El ojo electrónico que `ve´ un garbanzo en la Luna


España ‘estrenó’ en junio uno de los microscopios más potente del mundo

José A. Calvet en el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Ver un garbanzo en la Luna y, además, determinar de qué está compuesto. Esta es la resolución que puede llegar a alcanzar el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, el gigante que desde junio pasado está en acción en Madrid y que es uno de los tres que existen en el mundo. Su puesta en marcha ha abierto a los investigadores un sinfín de posibilidades para los estudios de materiales. Es capaz de “ver”, con una resolución de 0,5 Angström (A) -la diez mil millonésima parte de un metro-, lo que ocultan sus átomos.

Con esa facultad de hacer visible lo que no lo era hasta hace poco, no sólo es posible mejorar cualquiera de los materiales sólidos existentes, sino también crear otros que incluso permitan levitar a objetos tan grandes como un tren, mejorar las baterías de los móviles que llevamos en el bolsillo o descubrir con qué arcilla exactamente pintó Diego de Velázquez sus cuadros, de forma que puedan restaurarse con el mismo tinte que utilizó su autor hace más de cuatro siglos.

El JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es de tecnología japonesa, pero con una configuración diseñada en España. Todavía hoy los técnicos del país nipón visitan este país de vez en cuando para realizar unos últimos ajustes que mejoren sus capacidades, si bien lleva ya unos meses disponible para su uso científico. Sólo tres personas en su sede, el Centro Nacional de Microscopía Electromagnética (CNME), en el campus de la Universidad Complutense de Madrid, conocen perfectamente su complejo funcionamiento y aunque la demanda de su servicio va aumentando lentamente, aún es un gran desconocido para muchos de sus potenciales clientes, públicos y privados.

Este instrumento, que mide las distancias entre los átomos, es tan sensible a cualquier mínimo cambio ambiental que se encuentra dentro de una especie de ‘jaula’ para impedir que le afecten las inapreciables vibraciones del Metro, una de cuyas líneas pasa justamente por debajo del centro; también se mantiene su temperatura estable gracias a unos equipos acondicionadores especiales en sus paredes y en la puerta, justo antes de entrar en la sala, hay que pasar por unas alfombrillas atrapan las motas de polvo de las suelas de los zapatos. Nada puede interferir en la tarea de una herramienta que costó, en total, nueve millones de euros y que se encuentra en el exclusivo grupo de las 29  Instalaciones Científico-Tecnológicas Singulares (ICTS) de España.

El desarrollo de la tecnología del JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, a principios de este siglo, supuso un salto fundamental en la microscopía electrónica mundial, que se encontraba estancada desde hacía más de una década. Aún hoy, tan sólo hay otra herramienta como ésta en marcha en el mundo, en concreto, en Dresde (Alemania), y otros dos se encuentran en instalación, en Tokio (Japón) y Berkeley (Estados Unidos). Otra empresa alemana, Thermo, también ha puesto en el mercado equipos similares, si bien no alcanzan la precisión de un JEOL.

“Si Ramón y Cajal levantara la cabeza, no creería lo que somos capaces de ver con este microscopio, pese a que el fondo el mecanismo se basa en el mismo principio que el suyo: un haz de electrones que pasa por un objetivo”, explica el físico José Antonio Calbet, director y artífice de esta instalación en la UCM. “Si nuestro Nobel veía neuronas, aquí somos capaces de observar átomos y también la distancia que les separa. Es el equivalente a que una persona se pusiera a 10 kilómetros de nosotros con una cerilla en cada mano en mitad del desierto y distinguiéramos las dos pequeñas llamas. Antes de este JEOL sólo se vería una luz. Esta resolución no se ha podido alcanzar hasta que no se han corregido las distorsiones de las lentes electromagnéticas, ahora incluso podemos diferenciar los elementos más ligeros y pequeños de la tabla periódica”, explica Calbet. “ Es un cambio fundamental porque si queremos ver las propiedades de un material determinado hay que saber cómo están colocados sus átomos, y no sólo verlos”, argumenta el director del CNME.

Efectivamente, los investigadores que acuden al CNME ya pueden observar cada uno de los átomos de sus muestras, saber a qué elemento de la tabla periódica corresponden y observar los defectos que hay en sus cadenas. En definitiva, conocer para poder transformar, mejorar o crear. “Si comprendes un defecto o propiedad en la materia puedes averiguar si es perjudicial o justamente lo que le otorga una característica determinada para un fin. ¿Y cómo lo vemos? En realidad, el microscopio electrónico nos mide los electrones que rebotan en la materia, la energía que sale despedida de los átomos. Es una cantidad que varía según el elemento de que se trate. A menos longitud de onda de los electrones, más resolución se obtiene”, apunta el experto.

Hoy no hay otra tecnología que alcance este nivel de precisión, ni siquiera los rayos X: “Los rayos X también permiten ver distancias entre átomos, pero necesitan que el sólido a observar tenga sus átomos ordenados por debajo de los 70 Angström de resolución, porque en otro caso no los distingue. Sin embargo, este microscopio si los ve y podemos obtener información a nivel muy local, además de la información de su estructura en un plano medio”, señala Calbet.

La historia de este centro ICTS está muy ligada a su persona. Hasta que se propuso la apertura del CNME, en 1988, en España casi todos los microscopios electrónicos de gran potencia estaban instalados en los hospitales y se dedicaban a la Medicina. Tan sólo había alguno con el que trabajar con materiales inorgánicos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ese año, junto a un grupo de profesores de la Facultad de Física, Calbet propuso a la Complutense tener sus propios microscopios para el estudio de materia no orgánica. “Primero compramos un microscopio de 400.000 voltios, con una resolución de 1, 7 Angströms, que era lo máximo que existía entonces y que en la potencia que se quedó estancada la tecnología durante más de una década”, recuerda.

Cabe recordar que los microscopios electrónicos se conocen desde los años 30 del siglo XX. Fue el checo Ernest Ruska el primero en desarrollar lentes electrónicas, por lo que acabó recibiendo el Premio Nobel en Física en 1986. Durante décadas, estos instrumentos fueron haciéndose más precisos por el expeditivo método de aumentar su voltaje (a más voltios, más electrones y menos longitud de onda entre ellos, por lo tanto más calidad de imagen), hasta que llegó un momento en el que ya no se mejoraba la resolución, debido a las distorsiones de la propia lente.

Tras un periodo de estancamiento, a principios del siglo XXI la tecnología comenzó de nuevo a avanzar, con el desarrollo en Japón y Alemania de correctores capaces de subsanar esas anomalías. Se descubrió que al colocar unos imanes a ambos lados de las lentes, se generan campos magnéticos que eliminan las distorsiones. Gracias a ellos, hoy es posible ver las mencionadas resoluciones de 0,5 Angström donde antes se llegaba a 1,7. Es decir, ya es posible ver desde la Tierra el equivalente a un garbanzo sobre la superficie de la Luna. Y, además, con tal precisión que se observan las columnas de átomos, ya sean grandes o pequeños, en su lugar exacto.

Por todo ello, cuando en el año 2005, la Fundación de Ciencia y Tecnología (FECYT) preguntó a los científicos españoles cuáles eran sus necesidades tecnológicas, aprovechando los fondos FEDER disponibles, Colbet no tuvo dudas: quería uno de esos nuevos microscópicos electrónicos de sorprendente resolución atómica que se estaban desarrollando y situaría al CNME en un centro puntero en el mundo. Hay que señalar que, en principio, la condición para acceder a los nueve millones de euros de inversión que suponía la instalación, pasaba por una cofinanciación entre el Gobierno y la Comunidad Autónoma de Madrid, algo a lo que ambos se comprometieron, si bien ésta última se ha terminado desmarcando. “Lo propuse porque era consciente de que sería un avance muy importante para los científicos en este país. Los problemas con la cofinanciación lo retrasaron, pero finalmente, sin apoyo de la Comunidad, se hizo la petición en 2012 y en abril de 2016 se hizo realidad”, recuerda el director del CNME.

Un paso importante fue decidir qué modelo comprar: el de los japoneses de JEOL o el de la empresa Thermo (antigua Philips), del entorno europeo-americano. “En realidad, había una carrera entre ambas empresas por lograr la ultra-alta resolución antes que la competencia y llegar a estos 0,5 Angström, pero el primer microscopio comercial que los garantiza es el que tenemos aquí, el japonés JEOL, que es el que ex cogimos. Es más, incluso hemos llegado a alcanzar resoluciones de 0,45”, señala Calbet mientras muestra en la pantallas del ordenadores algunas de las sorprendentes imágenes capturadas por el “gran ojo”. En concreto, un ‘nanohilo’ con átomos de lantero, estroncio y maganeso enviado desde París para que analicen sus propiedades de cara a su utilización en cabezales de discos duros de ordenadores.

Paralelamente a la petición del CNME, en Aragón otro grupo de científicos conseguía fondos suficientes de su comunidad autónoma para montar el otro gran microscopio electrónico de España, el Laboratorio de Microscopías Avanzadas, en Zaragoza, también otra de las escogidas ICTS. En su caso lo adquirieron en la empresa europea Thermo y está más centrados en investigaciones de electromagnetismo, por lo que Calbet asegura que su trabajo es complementario al de CNME. Asimismo, hay algunos microscopios electrónicos más en el País Vasco de gran potencia, pero no alcanzan la del JEOL japonés.

En realidad, al visitar la instalación de Madrid se comprueba que el JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es tan sólo la mejor pieza de un complejo compuesto por dos piezas, que son dos microscopios con correctores de aberraciones. Si el JEOL corrige las anomalías de la lente del objetivo (que es la que toma la imagen), el que hay en la sala vecina -el JEM ARM200c- tiene instalado otro corrector para su lente condensadora de la luz. Juntos hacen un tándem hoy difícil de superar: “Si el JEOL es un microscopio que nos permite obtener la información cristalográfica con resolución atómica, el JEM nos da la información de sus composición con resolución atómica porque es de barrido. Podríamos haber puesto los dos correctores en un solo microscopio, pero entonces no pueden funcionar los dos a la vez, así que pensamos en este diseño con un corrector en cada uno”, precisa Almudena Torres, técnica especialista en su manejo.

En la actualidad, en el centro trabajan 10 personas, como ella, casi todos técnicos de alto nivel, si bien según su responsable deberían ser más para sacar el máximo provecho a la instalación. “El problema es que ahora no tenemos mecanismos de contratación de investigadores. Al estar en la universidad, la opción son oposiciones a profesores o contratos de técnicos de nivel básico, así que sólo tres personas tienen capacidad para manejarlo, pero sacamos un gran provecho”.

Ya antes de contar con estas nuevas herramientas, el CNME tenía una media anual de 850 grupos de investigación que requerían sus servicios, unas cifras que, previsiblemente, irán en aumento. “Es el segundo equipo montado en el mundo. Aunque lleva poco tiempo en España, apenas unos meses, ya han recibido peticiones de Francia, Holanda, Suecia y otros países, casi siempre a distancia. Nos envían sus muestras y les enviamos los resultados. Esta instalación abre infinitas posibilidades”, concluye Calbet.

 

CSI LAS VEGAS, BAJO LA LUPA ELECTRÓNICA

 

Entre las peticiones que llega al Centro Nacional de Microscopía Electrónica, hay algunas tan curiosas que los investigadores se sienten como si estuvieran en la sede de CSI Las Vegas. Han recibido muestras de la Policía y la Guardia Civil, interesada en que analicen suelos relacionados con delitos, del Museo del Prado, para que averigüen el origen de las arcillas de cuadros de Velázquez, y poder restaurarlos con el material más parecido al original; de componentes óxidos de los que se utilizan en los cabezales de los ordenadores, relacionadas con la catálisis de los motores diésel para rebajar sus emisiones contaminantes; de diminutos insectos amazónicos, en los que la diferencia entre una especie u otra es imposible de observar a simple vista porque depende de los pelos de una pata; de fósiles… Un sin fin de opciones que mantienen activos sus 11 microscopios actuales.

Ahora, el futuro pasa por poder bajar el voltaje para poder manejar material orgánicos sin que se deteriore y mayor rapidez de espectroscopia. “Se están diseñando microscopios a 15 megavoltios de gran precisión para que se pueda manejar material orgánico. Esa va a ser la siguiente revolución en este campo”, asegura Torres.

 

Reportaje publicado en ‘Estratos’ 117 

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Robots cuánticos, las máquinas creativas del futuro


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ROSA M. TRISTÁN

(Publicado en Estratos)

Las fronteras entre lo que somos como especie y las máquinas que creamos se diluyen a velocidad de vértigo. Robots capaces de aprender, improvisar, adaptarse y evolucionar. Y ya están aquí a pequeña escala, como las pequeñas criaturas en los inicios de la historia de la vida, pero con posibilidades que pueden dar un salto de gigante gracias a la mecánica cuántica, y en pocos años.

Hoy, ya existen “los planos” sobre los que podrán construirse esas máquinas inteligentes, y son obra, entre otros, del científico español Miguel Angel Martín-Delgado y el italiano Giuseppe Davide Paparo, ambos en el consorcio científico Quitemad, en Madrid.

La primera vez que un grupo de físicos empezó a hablar de la posibilidad de hacer cálculos de naturaleza cuántica fue en los años 80 del siglo pasado, pero no fue hasta los 90 cuando se empezó a poner en práctica. Es la mecánica que estudia las reglas que rigen los objetos microscópicos, el nivel atómico de la materia. Después de que Peter Shor, en 1994, publicara un algoritmo matemático que aumentaba exponencialmente la velocidad de procesamiento de información, y lleva su nombre, apenas pasó un año para que se presentara un sistema de computación cuántico, un trabajo del físico español Juan Ignacio Cirac, premio Príncipe de Asturias en 2006,hoy en el Instituto Max Planck de Alemania.

Paralelamente a estos desarrollos, la Inteligencia Artificial que está detrás de los robots ha ido buscando caminos para acercarse a lo que más caracteriza a los ‘sapiens’. “Lo que diferencia un ordenador de un robot es que el primero es una máquina de bits al que tienes que poner toda la información, pero la inteligencia artificial tiene una definición poco clara. Es hacer lo mismo que un ser humano, pero ¿qué es lo que nos hace inteligentes y cómo expresarlo mediante modelos matemáticos? Es una pregunta para la que nos falta un ingrediente”, afirma a ESTRATOS Martín-Delgado.

DIAGNÓSTICOS MÉDICOS

Sea como fuere, hoy los robots son capaces de hacer cosas asombrosas. Los hay que pueden evitar colisionar con una persona, otros se dejan llevar de la mano, pueden detectar una fuga de gas o radiaciones y hacer diagnósticos médicos. Gracias a los desarrollos de Inteligencia Artificial, son capaces de dar respuesta a estímulos externos de cualquier magnitud que se pueda medir.

Ordenador cuántico D-Wave Two

Ordenador cuántico D-Wave Two

Un paso más allá es su capacidad de improvisar, como los humanos, y ahí hay camino por recorrer, según el profesor Antonio Barrientos, del Centro de Automática y Robótica de la Universidad Politécnica de Madrid. “Improvisar es actuar sin un esquema previo entrenado. Los humanos lo hacemos continuamente combinando esquemas de comportamientos anteriores a contextos nuevos, mezclando lo que conocemos para resolver un problema que no conocemos. Un robot, su programa o algoritmo, puede hacer lo mismo. Igual que nosotros sopesamos mentalmente alternativas y optamos, también el robot puede seleccionar la mejor, en su caso en función del coste de batería o del tiempo, pero también es verdad que nuestra capacidad de cortar y pegar mentalmente es muy superior a la suya”, apunta Barrientos.

Su equipo trabaja en el desarrollo de robots que sirvan para vigilar y patrullar grandes infraestructuras utilizando el aprendizaje de las máquinas mediante la Teoría del Juego: se trata de robots que aprenden a resolver juegos aplicando cierta racionalidad, basándose en los beneficios que obtiene cada jugador, en este caso el tiempo empleado.

MÁQUINAS QUE APRENDEN

Y es que hoy los robots aprenden, aunque cada uno cosas muy sencillas: a jugar al tenis, a ir de la mano, reconocer caras o dar la vuelta a una tortilla. Y para ello se utilizan, principalmente, técnicas aprendizaje basadas en el razonamiento (buscando una lógica en el pensamiento abstracto humano), las redes neuronales humanas, o los ‘algoritmos genéticos”, es decir, la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Si la primera se basa en el pensamiento, la segunda parte del sistema nervioso animal, que funciona mediante conexiones eléctricas entre neuronas. Esas ‘chispas de salida’ saltan cuando estímulos del exterior superan cierto umbral y se recombinan en sucesivas capas de neuronas, hasta que damos una respuesta. Si nos equivocamos, nuestra plasticidad neuronal rompe esas conexiones para no repetir el error. Y si no ocurre, tenemos un problema. En el caso de los robots, explica Barrientos, es lo mismo: “Se entrena el sistema el número de veces adecuado hasta mejorar las conexiones y lograr que las decisiones sean las mejores frente a los estímulos recibidos del entorno”.

Jean Bautista Mouret. @Twitter

Jean Bautista Mouret. @Twitter

Por su parte, los algoritmos genéticos evolucionan como el ADN. La robótica sigue el modelo de la historia de la vida, en la que han sobrevivido los fuertes, que son los que se aparearon y generaron individuos mejor adaptados al entorno, a la vez que se  potenciaban posibles mutaciones favorables: “Los cromosomas son como las decisiones que tiene que tomar un robot para resolver un problema. Se proponen combinaciones y las que quedan más alejadas de la solución se eliminan. Luego se van “apareando” las certeras y al final, tras evaluar muchas opciones, aprende a hacer algo que no sabía”. Es así como el equipo del francés Jean Baptiste Mouret y Sylvain Koos, del Instituto de Sistemas Inteligentes y Robótica de la Sorbona, ha logrado que un ingenio, con forma de tarántula negra, sepa cómo caminar sin saber hacerlo previamente.

LOS ‘ROBOTS-SAPIENS’ DEL FUTURO

En esa misma línea, el israelí Hod Lipson, director del Laboratorio de Máquinas Creativas de la Universidad de Cornell (EEUU), ha diseñado con su equipo un robot-científico, capaz de determinar leyes físicas sencillas. Su centro es un lugar del que salen ‘criaturas’ mecánicas inquietantes: “En una ocasión indicamos a uno de los desarrollos que diseñara una estructura fotónica y del sistema surgió algo en lo que no habíamos pensado antes; y tenemos otros que ya ha creado modelo, que se han patentado”, señalaba en una entrevista reciente. Ahora, su ambicioso objetivo es crear robots con autoconciencia, el robot-sapiens lo llaman, y ya ha dado los primeros pasos para ello con máquinas capaces de “auotoreconocerse”.

La mecánica cuántica puede ser la baza que espera a la Inteligencia Artificial en un futuro cercano, aunque hay dudas de que sea el salto definitivo. Fue en 2014 cuando Martín-Delgado y sus colegas, algunos de la Universidad de Innbrück (Austria), publicaron “el plano” de la construcción de un robot basado en esta parte de la física que estudia el movimiento de las partículas microscópicas.

Para explicar sus posibilidades, el investigador, también profesor de la Universidad Complutense, distingue entre lo que se denomina Inteligencia Artificial débil y fuerte, que es la que más se acerca a la humana: “La débil ha desarrollado todos estos robots capaces de responder a estímulos y de aprender cosas sencillas, como el Curiosity que está en Marte; pero la fuerte es la de un robot con conciencia humana total. De la una a la otra quizás pasemos con la fuerza bruta, es decir, con más capacidad de cálculo o más velocidad, pero yo creo que falta algo más, un ingrediente que no sabemos cuál es todavía”.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL 

Pese a ello, el algoritmo cuántico que ha desarrollado con su equipo abre un futuro prometedor para la Inteligencia Artificial en su versión débil, en cuanto que incrementa asombrosamente la rapidez y la seguridad de la transferencia y el procesamiento de información.  “Los robots cuánticos serán más rápidos, aumentando de mil instrucciones por segundo a un millón, o incluso más”, augura.

El cambio cuantitativo significará un incremento espectacular de la rapidez con la que un robot se adaptará a su entorno, de su aprendizaje, de la búsqueda soluciones en entornos que requieren respuestas inmediatas, y en definitiva de su capacidad de crear más allá de algo sencillo.

Aún no existe este robot revolucionario, pero sí su arquitectura interior para un tamaño pequeño, incluso se conocen sus piezas fundamentales. Y matemáticamente se sabe que gracias a las reglas cuánticas optimizará a los robots actuales. “Quien quiera puede animarse a fabricarlo en un laboratorio para comprobar que improvisa mejor porque es más rápido y eso, como pasa con los cazadores, significa supervivencia. Por lo pronto, nuestro  siguiente reto es hacer el diseño para un robot más grande sin que se degraden sus características”, apunta Martín-Delgado.

Prueba del auge de  la mecánica cuántica es el interés en su desarrollo de Google, el más potente buscador informático, y la NASA. Juntos han creado el Laboratorio de Inteligencia Artificial Cuántica y ya tienen un ordenador, bautizado como D-Wave Two™, que es 35.000 veces más rápido que uno convencional.

LA FRONTERA DE 2020

Pero en éste, como en otros campos de la investigación, es difícil predecir qué pasarán en pocos años. Martín-Delgado si tiene claro que para 2020 la cuántica estará implantada, pues los chips ya están fabricándose en tamaños diminutos de 24 nanómetros, a punto de entrar en la escala atómica, la de los Armstrong, que es 10 veces más pequeña. Y en ese tamaño, sin contar con la mecánica cuántica, los átomos escapan.

La pregunta inevitable va mucho más allá:¿Llegará el día que los robots puedan sentir emociones? Hod Lipson está convencido de ello, aunque cree que serán sentimientos distintos a los nuestros. Para Antonio Barrientos, cualquier predicción es aventurada: “Es díficil saber cuándo se alcanzará una meta tan destacable como que sientan lealtad o gratitud. Cualquier respuesta es especulativa porque hace falta ese salto cualitativo que no conocemos. Algunos dicen que está en el aumento de las capacidades de cálculo, otros en la luz, o quizás en otras variables. Suena sugerente, o inquietante. Hoy no podemos saber adónde se puede llegar. Lo mismo que Leonardo da Vinci no pudo predecir el teléfono móvil, nosotros no podemos aventurar que pasará ni siquiera en 10 años”.

En todo caso, el día en el que “existirá Inteligencia Artificial que no seamos capaces de distinguir de la nuestra”, como auguró el matemático británico Alan Turing hace 70 años, parece mucho más cerca.

Los genios españoles se reúnen en la nueva mansión de la ciencia


ROSA M. TRISTÁN 

(Publicado en ESCUELA).

La sede madrileña del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología ha abierto recientemente sus puertas en Alcobendas (Madrid). En el mismo espacio que antes ocupó CosmoCaixa, que sucumbió a la crisis económica. Hasta entonces, el Museo Nacional se ‘escondía’ en los aledaños de una antigua estación de tren en el centro de la capital. Era un museo desconocido, obsoleto, más un almacén de piezas de nuestra historia científica que otra cosa. Fuimos de los últimos países del entorno en tener una institución dedicada a nuestros investigadores, pero fue abrirlo y prácticamente abandonarlo… Ahora ha cambiado de sede en Madrid (tiene otra en La Coruña) y aunque se ha alejado, de la ciudad, lo que evidentemente no facilita las cosas, al menos se ha puesto al día.

Recientemente publiqué este reportaje sobre las nuevas instalaciones en ESCUELA, que comparto con vosotros sobre ese espacio donde los genios del pasado y el presente de este país se encuentran. Abajo, los links a los PDF.

Ahora si merece la pena una visita!

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Aprender a leer: de los pergaminos a las ‘tablets’


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La exposición “Cómo aprendimos a leer” en la Casa del Lector de Madrid recoge la historia de la enseñanza de la lectura en los últimos 500 años.

ROSA M. TRISTÁN (Publicado en ESCUELA)

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“Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio…” (Mario Vargas Llosa, Estocolmo, 2010).

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Todas las aves de España, a un ‘click’ en el móvil


“Es un milano”.  “No, no, es un aguilucho”. “Pues a mí me parece una aguililla calzada”. “Y aquello es un pato, pero ¿qué pato? Casi siempre que miramos al cielo y vemos un ave desearíamos tener al lado un ornitólogo que, con la certeza que da la sabiduría en una materia, nos aclarara las dudas, o una guía de esas que al final no metemos en la mochila porque pesa y porque cuando queremos encontrar lo que buscamos, el ave en cuestión ha largado volando. Ahora, la Sociedad Ornitológica Española (SEO/Birdlife) nos lo pone muy fácil: acaba de presentar una aplicación para teléfonos móviles, totalmente gratuita, que contiene toda la Guía de Aves de España con sólo pulsar una tecla. Y no solo eso: también  incluye los mejores itinerarios para poder encontrarlas.

Abejaruco Tatavasco

Abejaruco Tatavasco

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Tecnalia 2012 premia un reportaje sobre el hambre de Rosa M.Tristán


Recogiendo el Premio TECNALIA 2012

Recogiendo el Premio TECNALIA 2012

El reportaje ‘LA CIENCIA, AGENTE SOLIDARIO CONTRA LAS HAMBRUNAS’, que publiqué el pasado 14 de mayo en el diario EL MUNDO ha recibido una Mención Especial en los Premios Tecnalia 2012, que cada dos años premian a los periodistas que más se han distinguido en la divulgación de la investigación y la innovación tecnológica. 

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Tecnología 2.0 para los ‘peques’ del colegio


A Marta Reina le encantan los niños. Tiene dos en casa, de cuatro y siete años, y 24 más en su trabajo que no superan los cinco, de todos los colores, casi de todas las partes del mundo. Marta es maestra de infantil, una labor que en su caso también es una ilusión. De no ser así, no se entendería de dónde saca el tiempo y la energía para organizar y mantener El Blog de la profe Marta (http://elblogdelaprofemarta.blogspot.com), un proyecto por el que ha sido galardonada ya en varias ocasiones. En diciembre, la profe Marta, del Colegio Público Antonio Machado de Collado Villalba (Madrid), recibe otro importante reconocimiento: el Premio Internacional EducaRed, convocado por la Fundación Telefónica para centros y docentes de todo el mundo que apliquen las llamadas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) en el aprendizaje. Recientemente, la visité en su colegio para hacer una entrevista para el periódico ESCUELA que ahora os adjunto para que podáis leerlo. 

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