¿Adiós a la Amazonía en sólo 245 años?


@Victor Moriyama (Greenpeace Brasil): PORTO VELHO, RONDONIA,

ROSA M. TRISTÁN

Hace más de 15 años, cuando aún se financiaban en TVE grandes documentales, hubo una serie que me dejó huella: “Amazonía, la última llamada“, de Luis Miguel Domínguez. Ahora, tras casi un mes de incendios en la selva que oxigena este planeta, y cientos de miles de hectáreas quemadas, está claro que la llamada quedó sin respuesta. La situación es hoy mucho más dramática, hasta el punto de que podría desaparecer en sólo 245 años de seguir los actuales niveles de degradación, dejando a la Tierra sin el 20% de oxígeno que nos proporciona esta selva. De hecho, ya ha dejado de ser el sumidero de CO2 que era en el pasado, debido a la muerte prematura de millones de árboles y la quema actual no hace sino empeorar la situación. O los derrames de petróleo. ..

La dramática fecha del año 2.264 que se avecina en la Amazonía sudamericana no dirá nada a los políticos de hoy, empeñados en estrellar la nave Tierra que pilotan, ni a los millones de ciudadanos que les votan, incapaces de pensar en la herencia carbonizada que dejarán, pero está en el horizonte según las previsiones de una investigación liderada por el geógrafo Mark Mulligan, del King’s College de Londres, basándose en el histórico ratio de degradación de las áreas protegidas de esta zona del planeta. Según sus resultados, si la deforestación no se detiene, el bosque amazónico desaparecerá en unos dos siglos y, además, justo antes de su fin, ya dejará de proporcionar servicios ambientales que ayuden a mantener la vida en el planeta, como el almacenamiento de carbono almacenamiento para la regulación climática (algo que ya disminuye), el suministro de agua o el control de erosión, entre otros relacionados con la biodiversidad, de la que no se habla lo suficiente, pero está también en crisis. “Tener más áreas protegidas de forma eficaz es vital. Con  áreas de protección ineficaces, el bosque amazónico, con 55 millones de años, tiene este futuro muy corto”, ha señalado Mulligan a través de Twitter al hilo de los incendios, activos en este momento.

Y es que son más de 72.800 focos los detectados entre enero y agosto  de 2019 en la Amazonia, según los datos recogidos vía satélites por el Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE) de Brasil, el mismo del que ha sido despedido su director, Ricardo Galvao, por tener el atrevimiento de denunciar el brutal deterioro de la selva desde que Jair Bolsonaro llegó al Gobierno, hace apenas unos meses. Ciertamente, la deforestación para uso agrícola siempre ha existido en este país y aledaños (Bolivia, Colombia, Ecuador..) pero datos de satélites indican que el pasado mes de julio se duplicaron las tasas de fuegos registradas, hasta suponer unos 60 km cuadrados de destrucción al día. Un kilómetro mientras lee este artículo..

En la revista científica ‘Nature Sustainability‘ se publicaba a finales de julio una investigación de la Universidad de Oklahoma que ya alertaba de pérdidas insostenibles antes de la ‘era Bolsonaro. El estudio, con datos satelitales entre los años 2000 a 2017 del área amazónica brasileña, señalaba que si bien había un 15% más de masa forestal que lo que decían fuentes oficiales del PRODES (Brasil), se reflejaban uno tasas de deforestación duplicaban lo que este mismo PRODES decía años antes, sobre todo desde 2013. El Niño y la sequía de un año en 2015/2016 incrementaron, según este estudio, las  pérdidas forestales,  que eran de un 11%  ‘áreas protegidas’. ¿Medidas del nuevo Gobierno? Desmantelar el sistema de protección y control sobre la deforestación, mientras anima a los grandes  intereses agroindustriales y mineros a expandirse hacia la selva amazónica. El indigenista Sydney Possuelo denunciaba en una entrevista en este blog lo que se avecinaba para los pueblos indígenas.

Bien es verdad que no sólo la Amazonía arde. Pero lo triste es que en este planeta donde sabemos quien marcó un gol al segundo a la otra punta del globo, nos enteramos del desastre dos semanas tarde. Y lo triste es que sólo por ello descubrimos que también África arde, que los bosques de Angola, República Democrática del Congo,  Zambia o  Mozambique desaparecen. Son lugares que habitan una extraordinaria fauna salvaje y, si bien es cierto que los incendios de sabana son habituales para regenerar pastos en este continente, la NASA detecta que también se está quemando la cada vez más escasa y rala selva africana por el mismo afán agrícola que mueve los hilos al otro lado del Océano Atlántico.

Por desgracia, nada indica que la tendencia vaya a cambiar porque desde que el ser humano se hizo campesino dejó de ver la naturaleza como un bien para verla como un recurso a explotar dentro de unas fronteras determinadas que nada tienen que ver con la vida planetaria ni con nuestra propia evolución biológico, como nos recuerda en ‘Sapiens‘ el historiador israelí Yuval Noah Harari.

Ahora bien, no basta quejarse. A comienzos de agosto el Panel Intergubernamental de expertos en Cambio Climático (IPCC) alertaba de cómo el consumo de carne está generando esta deforestación global catastrófica. La soja que consumen en pienso las vacas españolas (y muchas otras) sale en gran medida de este mismo Brasil que se carboniza: en 2018, este país batió su récord con más de 82 millones de toneladas exportadas de este cultivo , un 22% más que el año anterior. El 80% fue para una China cada vez más carnívora. Pero no hace falta irse tan lejos: España recibe el 40% de su soja de Brasil, según el reciente informe de Greenpeace “Enganchados a la carne“. De hecho, somos el segundo país de la UE que más carne consume, alimentada con piensos que destruyen los bosques.

No deja de ser llamativo que el Gobierno en funciones español haya sido uno de los principales impulsores de un acuerdo comercial de la UE con Mercosur que favorece, precisamente, importaciones agrícolas y ganaderas de países como Brasil y Argentina hacia Europa. También es llamativo su silencio frente al G-7. Los dirigentes de Francia, Irlanda o Luxemburgo ya han dicho que no ratificarán ese acuerdo si Bolsonaro no hace más por proteger la Amazonía.

Otros prefieren el estómago lleno por delante de los pulmones.

Lo irónico es que sin aire que respirar apenas sobrevivimos cinco minutos.

 

 

 

La Sierra de Guadarrama: la ‘piel’ de la Tierra después del fuego


ROSA M. TRISTÁN

7-8-2019.- Aún humea el fuego en el Parque Nacional de Guadarrama y en Rascafría (800 hectáreas arrasadas) y ya comienza el triste balance de lo destruido y de lo que puede acontecer en el futuro. En el balance, los árboles perdidos, los arbustos masacrados, los nidos desaparecidos, los arroyuelos contaminados, la fauna grande que habrá huido y la pequeña que habrá resultado incinerada. En el balance, también, la incapacidad que algunos tienen para relacionar nuestro utópico amor a la naturaleza (así, en general, nadie lo niega) con una actitud altiva frente a ella, que demuestra la reivindicación del derecho a disfrutarla sin respetarla, a explotarla sin respetarla, a vivir en ella o junto a ella sin respetarla. Y, por último, en el balance la sospecha de que será otro incendio-delito impune.

Con los incendios que han quemado más de 55.000 hectáreas en lo que va de año en este reseco y semi-desértico país, se va nuestro tesoro.  Y se va sean árboles o arbustos, nidos de biodiversidad que, como señalan los expertos, permiten que la tierra siga en su sitio evitando un desastre.

Bosque de Rascafría, el pasado sábado, un día antes del incendio. @Esperanza Fuertes

SEO/Birdlife informa de que, por suerte, el grueso de la colonia de buitre negro de la zonas de Rascafría (153 parejas)  y de La Granja segoviana (93 parejas), parece haberse salvado de la quema, salvo alguna excepción. Pero es que a los buitres negros se suman otras 132 especies diferentes de aves, desde águilas reales y halcones peregrinos, pasando por los alcaudones y los mirlos acuáticos, hasta búhos reales o los pequeños gorriones. Y reptiles, anfibios o insectos como la maravillosa mariposa isabelina (Graellsia isabelae), que alcanza los 10 centímetros de tamaño. ¡Y  los peces! Truchas o lamprehuelas (entre otras especies), que no sobrevivirán en las aguas contaminadas con cenizas de arroyos como los del Chorro Grande, las Flores, Morete y Carneros, todos ellos tributarios del río Cambrones.

¿Cuánto tiempo llevará recuperarlo en esas 800 hectáreas de ‘piel arrancada a la Tierra’ que hoy luce de luto? Según los expertos de la organización conservacionista, podría tardarse medio siglo, 50 largos años para volver a tener lo que existía hace apenas unos días rebosante de vida.

Pero el daño no ha sido sólo en la epidermis exterior. También las piedras sufren el daño del fuego, como han querido recordar los investigadores del Instituto Geológico y Minero de España (IGME). Si bien los Lugares de Interés Geológico catalogados en la sierra -en Madrid (desde 1995) y en Segovia (desde 2005)- no han sido afectados gravemente, los geólogos no están tranquilos. Las llamas -que no olvidemos que todo apunta a que fueron provocadas intencionadamente – han dañado y mucho pequeños manantiales fisurales y coluviales (mencionan la subida a Fuente Infante) y han deteriorado relieves en gneises pseudograníticos, como son lanchares, berruecos y peñas.

¿Y qué puede pasar en el futuro? Pues que sin esa piel de verde-vida que recubría el terreno, las lluvias y tormentas generarán procesos geológicos en el futuro entre los que se mencionan la erosión por arroyada en la zona incendiada, con pérdida de suelos fértiles; el arrastre de cenizas y carbones de vegetación a los pequeños cauces que cruzan la sierra que, a su vez,  pueden ver colmatadas sus pozas y azudes; y también, al ser un suelo más impermeable por falta de vegetación, el aumento de la escorrentía y con ella las inundaciones, aunque llueva lo mismo. Además, con menos raíces (aunque sean de pequeños arbustos) es posible que en la granítica zona quemada de la sierra tengan lugar más desprendimientos de esas rocas que llevan ahí, deteriorándose al albur del agua y el viento, más de 500 millones de años.

Imagen del fuego el pasado domingo, desde las cercanías de Guadarrama.

En resumen, si bien afortunadamente el balance de afecciones al patrimonio geológico de este espacio natural es favorable, el impacto de los procesos geológicos activos que pueden desencadenarse producirán daños y perjuicios a corto y medio plazo. Todos estos procesos potencialmente activos deberían ser monitorizados y articularse medidas correctoras y preventivas, para evitar mayores daños futuros.

Parece evidente que todo ello va a requerir un gran esfuerzo de monitorización, recuperación y vigilancia que deberán ser asumidas por las comunidades autónomas que gestionan el Parque Nacional, Madrid (que presidirá Isabel Díaz-Ayuso, PP) y Castilla y León (PP y Ciudadanos). En esta última, por cierto, Medio Ambiente y Fomento (es decir, construcción e infraestructuras)  están en la misma Consejería. A destacar que ni Díaz-Ayuso ni ningún líder del PP o Ciudadanos que se sepa (ni siquiera el senador por Segovia Javier Maroto, reciente ‘residente’ en el cercano municipio de Sotosalbos) se acercaron al lugar del incendio a interesarse por lo que ocurría en la sierra.

 

 

 

España, la vida sobre un ‘polvorín’ forestal


ROSA M. TRISTÁN

Llevo más de 30 años visitando de forma recurrentemente Cantabria. He visto cómo la ganadería ha ido desapareciendo, los prados se van convirtiendo en bosques, la maleza crece desordenada, las fuentes se secan y lo que era un verde luminoso aún en verano… amarillea. Ahora me paseo entre auténticas yescas y aunque recogemos la leña para nuestro hogar, no no damos a basto y temo lo peor. La peor pesadilla: que un día ese maravilloso bosque de robles de la imagen desaparezca.  Y es que comienza la era de los “superincendios“, según avisa la organización WWF España en el informe “Fuego a las puertas” que acaban de publicar, pero no queremos darnos cuenta. También calculan que al año destinamos 300 millones de euros a la prevención de los fuegos forestales. “¿Y cuánto a la limpieza?”. Un misterio. Es la cifra que nadie quiere dar, que ya es para temerse lo peor. En realidad, 300 millones de euros, no me parece caro para salvar los bosques de las llamas. Es lo mismo que la cláusula de rescisión del contrato de un conocido futbolista o lo  recaudado en Madrid en un fin semana gracias a un famoso festival. Sirva esta comparación para ponerlo en su justa medida.


                                                          Cantabria @Rosa Tristán 

No es que la extinción funcione mal. ¡Qué va! Según WWF, el 74% de los incendios se apagó en 2016 antes de que se quemara una sóla hectárea, y eso es un gran éxito. El problema es que están proliferando fuegos que resultan incontrolables (caso Doñana, o Río Tinto, o la Sierra Calderona… por decir los últimos ocurridos estos días). Son incendios ‘explosivos’, como los calificaba Lourdes Hernández, autora del informe que no sólo seguimos provocándolos (el 96% se deben a la acción humana), sino que aumentan exponencialmente el riesgo para las vidas humanas en la medida que ‘colonizamos’ o ‘urbanizamos’ los bosques sin ningún tipo de conciencia de donde estamos. Desde luego,  es evidente que esos ‘superincendios’ requieren ‘supermedidas’ para evitarlos, y  ‘super-presupuestos’ para poder trabajar en ellas. Si ahora se estima que hay una media de 19 al año (de los 12.500 fuegos forestales que sufre nuestro territorio al año), WWF ha constatado que están en aumento y augura que así seguirán mientras la yesca se hace dueña de unos parajes cada año más secos, con menos lluvias y con aún más escasa gestión.

“Hemos comprobado que los grandes incendios aumentan un 25% su tamaño y un 50% la superficie afectada. Esto no son sólo es un problema forestal o rural sino de emergencia civil, porque cada vez hay más personas que ponen en riesgo su vida, que tienen que ser desalojadas. Son incendios más difíciles de apagar y los servicios de extinción también arriesgan su seguridad”, recordaba Hernández.

Tres son las causas que convierten los bosques en ‘polvorines’ : un cambio climático que nos hace batir récords de temperatura cada año y enferma los bosques; un abandono del campo, del mundo rural que antes gestionaba los recursos madereros manteniendo la salud de la masa forestal, como compruebo en la cornisa cantábrica; y un caótico desarrollo de urbanizaciones, en medio de pinares, robledales o encinares, que ‘lucen’ estupendas en los folletos promocionales, pero que no sólo no tienen en cuenta que están en zona de riesgo de incendio, como señala WWF, sino que incrementan la posibilidad de que se produzcan ya sea por descuidos o accidentes. “Sin embargo, no hay una cartografía que indique cuáles son las zonas de alto riesgo de incendio. Los últimos datos son del año 2000 y señalan que había un 4% de zonas periurbanas forestales (zonas de riesgo)” , recordaban en WWF.

Si a ello se suma que, según denuncia la organización, la normativa de prevención está descoordinada (por un lado va la Ley de Montes, por otro las normas de urbanismo y por su lado las de Protección Civil) y que las construcciones ilegales acaban por legalizarse (del mismo modo que pozos ilegales, como los del entorno del Parque Nacional Doñana, siguen explotándose como si no fueran una barbaridad), ya tenemos la cerilla sobre la yesca. Y para evitar que prenda y la llama se extienda, apenas un gasto de 12 euros por hectárea ¡al año¡, que sería lo que se gastaría en limpiar, mantener, gestionar, informar para prevenir, etcétera. Y digo sería porque, por lo visto, de esos 300 millones de euros un buen pellizco se van en abrir pistas contra-incendios o dejar depósitos de agua, algo más relacionado con la extinción del fuego que con evitarlo.

Enrique Segovia, coordinador de Conservación en WWF, comentó algunas de las soluciones evidentes a este “fuego a las puertas”, pocas pero algunas a largo plazo y, por tanto, poco ‘rentables’ en votos y muy rentables ‘a futuros’. La primera, dar a conocer el riesgo real de las zonas, que todo el que tiene una casita como la del cuento sepa que está en un área de posible incendio y, a ser posible, cuidarlo (muy impopular entre los constructores). La segunda, no permitir que las zonas forestales se urbanicen (aún más impopular que la anterior). La tercera, realizar una buena gestión de los bosques, y ello pasa por su explotación controlada, por fomentar el retorno al ámbito rural y apoyar a los productores locales (¿para qué pudiendo ser camareros a 8 euros la hora?). Y la última, informar y comunicar del riesgo, más allá de ponerlo en los paneles de las autovías, que ya se me ha olvidado el último anuncio televisivo sobre el tema.

Yo añadiría otra: denunciar a quien consiente esas urbanizaciones, a quien recorta los presupuestos, a quien permite que exista una carbonera junto a un Parque Nacional (Doñana) sea o no culpable del incendio, a quien no protege estos bosques que nos dan la vida mientras nosotros se la quitamos.

Mirador de Piedrasluengas @Rosa Tristán