El misterioso palacio-santuario de los tartesos en Turuñuelo


PUBLICADO EN REVISTA ESTRATOS

 ROSA M. TRISTÁN

 Un equipo de arqueólogos descubren un yacimiento cerca de Mérida que esconde un edificio de hace 2.500 años con miles de objetos en los que descubrir su cultura

Un paraje como conocido como Turuñuelo, en el municipio de Guareña, cerca de Mérida (Bajadoz) escondía entre los campos de maíz un auténtico tesoro: los de un palacio-santuario que fue ocupado en el siglo V a. de C por los tartesos, pueblo que desciende de los fenicios que llegaron hasta el sur de la Península unos siglos antes y acabó por desaparecer tras la invasiones del norte.

Bañera encontrad en Turuñuelo @EstherRodríguez

El yacimiento de Turuñuelo, aún en sus primeras fases de excavación ha demostrado ya su espectacular riqueza. Cada día aparecen nuevas piezas de un ‘ajuar’ que va a ayudar a revelar muchos de los misterios que aún rodean a esta cultura y seguramente a abrir la puerta a otros nuevos. Jarras, copas, calderos gigantescos, pinchos morunos, platos y hasta una bañera de grandes dimensiones son parte de lo que los arqueólogos de Extremadura han encontrado en las dos únicas salas excavadas hasta la fecha de las muchas que podría tener. En total, de momento, en los laboratorios ya hay más de 2.000 piezas que están en restauración por parte del equipo del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM), que dirige Sebastián Celestino, también responsable del yacimiento junto a su compañera y arqueóloga Esther Rodríguez.

El hecho de que el equipo acabara picando de sol a sol en Turuñuelo en la primavera de 2014 tiene mucho que ver precisamente con la tesis que estaba realizando Rodríguez sobre los tartesos. La investigadora había identificado, basándose en el estudio de documentación histórica previa, una decena de enclaves en los que podría haber restos tartésicos como los ya conocidos de los yacimientos de Cancho Roano y La Mata (ambos en el municipio extremeño de Villanueva de la Serena).

“Uno de esos 10 puntos era el pequeño cerro artificial que había en mitad de una llanura en una finca en el paraje de Turuñuelo, un túmulo que quedó aislado en mitad de una finca cuando en los años 50, durante el Plan Badajoz, se hicieron muchas tierras de regadío en torno al río Guadiana. Pero el túmulo, de unas dos hectáreas de superficie, no podían ararlo debido a la pendiente así que -aunque sufrió un recorte importante, quedándose en una hectárea-, estaba intacto. De hecho, debido a los trabajos agrícolas, ya en los años 80 se habían encontrado materiales arqueológicos que habían despertado el interés. “Como mi tesis era sobre el poblamiento tartésico en el Valle Medio del Guadiana, era un buen lugar para empezar y lo elegimos”, recuerda Esther.

Conviene recordar que “Tartessos” es el nombre que los griegos dieron a la civilización que encontraron al Occidente de Europa, en concreto en lo que hoy son las provincias de Cádiz, Huelva, Málaga y Badajoz. El historiador Herodoto ya habla en sus textos del siglo V a. de C. de un rey llamado Argantonio, ‘El hombre de plata’, de gran riqueza y muy generoso, que habitaba esas lejanas tierras. Esta cultura tartésica había surgido de la fusión entre la que trajeron los fenicios hasta las costas españolas tres siglos antes de la referencia de Herodoto, y los pueblos indígenas que habitaban la península.

La ‘habitación 100’

La buena disposición de los propietarios de la finca de Turuñuelo para dejarles hacer un sondeo, hizo que poco tiempo después de plantearlo, en la primavera de 2014, los arqueólogos se pusieran manos a la obra con algunos fondos de un proyecto del Programa Estatal de I+D. Fue tal la cantidad de restos de cerámica y otros materiales que salieron en esa primera campaña que para el año siguiente presentaron ya un proyecto específico de excavación a la Consejería de Patrimonio y Cultura de la Junta de Extremadura. “En esa segunda campaña pudimos contar con un equipo de casi 30 estudiantes y un arquitecto que nos ayudó a interpretar lo que encontrábamos”, añade Celestino.

Y el resultado fue espectacular. Salió a la luz la que llaman “Habitación 100”, por su posición en la cuadrícula. Es una sala de 70 metros cuadrados, un gran espacio con paredes encaladas en la que encontraron un banco corrido, una gran bañera de cerámica hecha pedazos y también una pileta excavada en el suelo, forrada de cal. En el suelo, justo en el centro de la sala, tenía como decoración el dibujo de una piel de toro, que según los arqueólogos podría ser el lugar donde se situaba un altar. Aún no se sabe, pero el codirector del yacimiento aventura que el edificio bajo el cerro podría tener forma de “U” con 12 o 14 habitaciones en torno al patio central, siguiendo el modelo de otros enclaves similares en Andalucía.

Los trabajos desde entonces continúan y también los hallazgos. “En 2016 encontramos una puerta de dos metros de ancho, con dos pilastras, que comunicaba la ‘Habitación 100’ con una segunda sala, en las que ya estamos excavando y donde hemos hallado hasta ahora unos bronces magníficos, como los que se utilizarían en un gran banquete. En realidad, tenemos lo que podría ser todo el menaje necesario para un banquete de muchas personas”, señala el arqueólogo.

Gran parte de este ‘tesoro’ se encuentra ahora en el laboratorio de restauración de la Universidad Autónoma de Madrid, con el que el IAM colabora. Más de 100 piezas reconstruidas de cerámica, jarros de bronce, braserillos, una barbacoa, coladores, un gran caldero de un metro de diámetro, ‘quemaperfumes’ (candelabros altos con un plato para aromatizar el lugar) se acumulan en las mesas de reconstrucción y análisis. “Probablemente, los tartesos comerían ovejas, cabras, miel, aceite, y beberían vino. Era un pueblo que vivía de la agricultura, pero también comerciaba; en la costa. con la plata de las minas de Rio Tinto y Aznalcóllar y en el interior con el estaño”, recuerda del director del IAM.

Entre tantos tesoros arqueológicos, Celestino y Rodríguez destacan la belleza de unas piezas que fueron de importación: cajas de marfil con leones labrados y copas griegas. “Su presencia en el valle medio del Guadiana nos habla de que este pueblo tenían relaciones con Ática, que entonces estaba en su apogeo”, apuntan.

Para el equipo del IAM no hay duda de que el palacio-santuario de Turuñuelo era un lugar importante de la cultura tartésica. De hecho, no descartan que debajo de este edificio pudiera haber otros anteriores, que se fueron quedando pequeños con el tiempo. “Esta cultura surgió en torno al Guadalquivir. En el entorno de Doñana ya se han excavado edificios que eran también santuarios, pero que además de una función religiosa tenían también otra económica, política y comercial. En estos lugares vivían las personas que controlaban el territorio y eran asentamientos en los que no había murallas porque era sobre todo una cultura de paz, sin armas. De hecho se conoce como la época de la Paz Tartésica”, explica la codirectora del yacimiento. “Algunos subieron hacia el norte y se extendieron hacia la zona en la que trabajamos nosotros”.

Precisamente su desconocimiento de las estrategias de guerra está en el origen de la desaparición de este pueblo rico y sabio, pues a partir del siglo V a de. C. comenzaron a llegar hasta hasta su territorio extremeño invasores celtas que venían del norte, con un buen entrenamiento bélico. Todo indica que los tartesos no pudieron resistir la invasión y acabaron por desaparecer.

Pero antes de huir de lugares como Turuñuelo, y al igual que hicieron de todo el Guadiana, quemaron todas sus propiedades y derrumbaron todas las paredes de lo que habían sido sus centros de poder y sus lugares de culto, para sellarlos a continuación con arcilla con objeto de que el enemigo que llegaba no pudiera mancillar su cultura. Celestino explica que “esta forma de actuar ha permitido que encontráramos el yacimiento en unas condiciones de conservación que son realmente excepcionales. Tenemos fotos de los años 50 y ahí vemos que el túmulo era más grande, pero con solamente esta hectárea fácilmente tenemos para trabajar 10 años, siempre que haya fondos disponibles. Cada campaña de excavación de un mes supone unos 30.000 euros en gastos, así que para tener excavado el túmulo necesitamos unos 400.000 .

De momento, su objetivo inmediato es esta segunda habitación de los bronces en la que ya están excavando y una tercera, a las dedican la campaña de este año, previsiblemente con fondos de la Junta de Extremadura y con el apoyo del alcalde del cercano municipio de Guareña, que se ha comprometido a buscar alojamiento gratuito para las dos decenas de alumnos que participan en los trabajos.

Algunas piezas ya lucen en el Museo de Mérida. La “bañera” ya restaurada, y de una tonelada de peso, de momento sigue en el yacimiento. Esther reconoce que en realidad ese gran recipiente de cal de unos 70 centímetros de alto y 1, 70 m de largo, podría ser para acumular agua. “No hay otra igual en la Península. Hay algunas de dos siglos más tarde, pero con desagüe, y ésta no tiene, así que es en realidad no tenemos la certeza de para qué la utilizaban, aunque le hayamos puesto ese nombre por la forma que tiene. Estamos seguro de que este túmulo aún nos deparará muchas sorpresas”, concluye.

Los tartesos y la misteriosa Atlántida 

La leyenda del continente perdido de la Atlántida se ha intentado relacionar a lo largo de la historia con la cultura de Tartesos de la Península Ibérica. Su abrupta desaparición, en pocos años, algunos han querido relacionarla con esa gran isla perdida que parece que sólo existió en la imaginación del filósofo griego Platón. A raíz de sus indicaciones sobre la existencia de una civilización rica y poderosa “en una isla delante de las columnas de Hércules (el Estrechos de Gibraltar), muchos investigadores han buscado en el suroeste peninsular sus restos sin encontrarlos.

En 2011, el arqueólogo estadounidense Richard Freund, con el apoyo de la National Geographic Society, llegó a las marismas del río Guadalquivir y, en poco tiempo, concluyó que la supuesta Atlántida y Tartessos eran lo mismo, dejando su hipótesis plasmada en el documental “Encontrando la Atlántida”. Freud concluía que aquella gran isla frente a Doñana había desaparecido por un tsunami hace unos 2.500 años, justo con el fin de los tartesos.

Pero toda esta argumentación ha sido tajantemente desmentida por los investigadores españoles, entre ellos el director del Instituto Arqueológico de Mérdida, Sebastián Celestino, que en 2009 buscó restos arqueológicos en el punto del Parque Nacional de Doñana donde Freund había detectado supuestos restos de templos en fotos de satélite. Y no encontró nada. Otros trabajos también han descartado la conexión Atlántida-Tartessos, dejando a la Atlántida de nuevo en el capítulo de las leyendas.

 

 

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Tu ‘forro polar’, un peligro para los océanos: las microfibras


ROSA M. TRISTÁN

En los mares de la Tierra aparecen nuevas islas ‘artificiales’, grandes extensiones hechas con pedazos de plásticos diminutos, incluso microscópicos, que cambian de lugar y que acaban transformando a los organismos vivos que los ingieren. Se calcula que cada segundo 200 kilos acaban en los océanos, una cantidad que ha aumentado hasta un 450% en tan sólo medio siglo y, lo más preocupante, que no deja de incrementarse debido a las microfibras de la ropa o las microesferas de los cosméticos. Acabar con ellas es un reto pendiente para la ciencia y no seguir abusando de su uso el objetivo pendiente de la Humanidad.

@Discovery

Habitamos un planeta en el que el 23% de la población vive cerca de mares de los que, en buena medida, depende para su alimentación. Sin embargo, ese masa de agua que ocupa el l 75% de la superficie terrestre en el último siglo han sufrido una transformación insospechada. Recientes estudios científicos estiman que cada año ocho millones de toneladas de plásticos acaban en los océanos, y que el 80% proviene de tierra, cifras que no son fáciles de probar. El ser humano ha encontrado en el plástico la bicoca de un material resistente al paso del tiempo que, sin embargo, ha convertido del consumo de ‘usar y tirar’. De momento, según los científicos consultados por Estratos, la única solución factible pasa por reducir la cantidad de los vertidos mediante la concienciación ambiental, pues las alternativas factibles o no dan abasto o requieren desarrollos tecnológicos que están muy lejos en el horizonte.

Salud Deudero.

Así lo defiende, entre otros investigadores, la bióloga Salud Deudero, del Centro Oceanográfico de Baleares, que lleva muchos años navegando por uno de los mares más contaminados del planeta, el Mediterráneo. “En realidad, ni siquiera sabemos con exactitud la cantidad de fibras micro-plásticas que hay, pues lo que hacemos los investigadoes son muestreos que se extrapolan, pero lo de lo que no hay duda es que los polímeros del petróleo están en todos los lados, desde los polos a las aguas profundas, en los sedimentos. No hay un lugar en la Tierra libre de esta contaminación”, asegura.

El impacto más evidente tiene que ver con envases de plástico, desde botellas a bolsas. Ya antes de degradarse hasta convertirse en pequeñas partículas, acaban con la vida de seres como las tortugas marinas -que los confunden con medusas o se enredan entre ellos-. Cada año se calcula que mueren 300.000. Este tipo de residuos se están convirtiendo en grandes acumulaciones en costas y playas paradisíacas de Senegal, Haití o de la India, donde no existen sistemas de recogida. “Todos los productos envasados que nos llegan acaban en los ríos y el mar. Aquí no hay sistemas de reciclaje ni educación ambiental por falta de recursos, y los envases nos colapsan los sistemas de alcantarillado, generando inundaciones”, reconoce a ESTRATOS el responsable de Medio Ambiente en el sudeste de Haití, Pierre Debrousse.

Playa en Jacmel (Haití). @Rosa Tristán

Con todo, es el plástico ‘menos visible’ el que más preocupa hoy a muchos investigadores, las ‘micro-fibras’ y ‘microesferas’ de polietileno, polyester (PET), polipropileno (PP) o cloruro de polivinilo (PVC), partículas tan diminutas que las depuradoras no son capaces de detectarlas, y tan persistentes que han acabado formando cinco grandes islas de basura, en su mayor parte microscópica, que navegan a la deriva por el Pacífico (2), el Atlántico (2) y el Índico (2). “También las hemos visto en el Mediterráneo, pues las corrientes tienden a concentrarlos en algunos puntos y ni siquiera conocemos bien cuánto tiempo perduran. A veces, lo calculamos por la fecha que pone en una etiqueta, pero ¿cómo saberlo en un micro-plástico?”, señala la bióloga, quien ha publicado en la revista Marine Pollution Bulletin un estudio que identifica efectos de estos materiales en 137 especies.

El origen de estas pequeñas partículas, que no miden más de un milímetro de diámetro, no sólo está en la desintegración -debido a las mareas, los rayos ultravioletas o las olas- de los residuos visibles, que pueden tardar en degradarse de meses a cientos de años, sino también en muchos productos de uso cotidiano que ya, desde su fabricación, utilizan microfragmentos de este material. Son los cosméticos, los detergentes, los dentríficos y también la ropa sintética. Basten dos ejemplos para hacerse idea de su volumen: una crema ‘peeling’ para la piel puede contener más de 150.000 micro-perlas plásticas -lo que se puede probar en casa cogiendo una pequeña muestra, agitándola con agua y colándola a continuación- y un único forro polar libera en cada lavado hasta 1.900 partículas de fibra. Todo ello puede acabar en el estómago de una ballena, como probó en 2015 Mark Anthony Browne, de la Universidad de New South Wales (Australia), dada su capacidad para mezclarse con el placton que es la base de su alimento.

Mark Anthony Browne, recogiendo muestras en la costa americana.

Browne determinó el impacto que tiene nuestra ropa después de visitar 15 playas en los cinco continentes para muestrear la arena. Descubrió que en las zonas más cercanas a las depuradoras había un 250% más de micro-plásticos que donde no había vertidos, y que la mayoría eran partículas de polyester (56%) y acrílico (23%). Teniendo en cuenta que la industria textil transforma cada año 70 millones métricos de fibras en 400.000 millones de metros cuadrados de tela -con las que se hacen unos 15.000 millones de prendas de vestir-, las islas flotantes de nylon no tienen visos de desaparecer a corto plazo. “En este estudio comprobé que eran seis veces más abundantes en número que la gran basura plástica, como son bolsas, botellas o envases”, ha señalado Browne en artículo en The New York Times, en el que reclama más responsabilidad a las autoridades y las empresas para limitar este tipo de desechos. De momento, el Congreso de Estados Unidos es el único que ha dado un primer paso, al prohibir en enero de 2016 la utilización de las microperlas. De las micro-fibras, de momento, no se habla.

También en el estrecho de Vancouver (Canadá-Estados Unidos), el biólogo Peter Ross detectó en 2014 hasta 9.200 partículas de plástico en cada metro cúblico de agua marina, no lejos del lugar por donde pasan las ballenas. “Zooplancton que las ingiere, a su vez, es el alimento de muchos peces, como el salmón y de mamíferos marinos, para las que son un grave riesgo porque pueden bloquear su intestino o genera la lixiviación de sustancias químicas en su cuerpos”, afirma en la presentación de su trabajo.

Isla artificial de plásticos en el Pacífico detectada en junio de 2017. @UNAM

En España, incluso Parques Naturales como la Isla de Cabrera, que lleva décadas protegida como reserva integral, han sido ‘colonizados’ hasta los sedimentos marinos, como ha comprobado Daudera con sus investigaciones. “El peligro añadido es que es un material al que, por sus características químicas, se adhieren bacterias, virus y otros compuestos tóxicos, incrementando el daño que causa a los ecosistemas”, apunta la investigadora balear.

En los últimos años, abundan los estudios que ya han probado los cambios biológicos generados en peces y mariscos: en el Mediterráneo, Daudera y otros colegas compilaron trabajos europeos sobre la interacción con el plástico de 17.334 ejemplares de 134 especies diferentes, detectado el grave peligro de su ingestión, variable según la especie; en el Mar del Norte se han visto micro-plásticos en el intestino del 5,5% de los peces (Rummeel et al. 2016); en el Pacífico Norte, ya están contaminados el 9,2% (Davison y Asch, 2011) y también lo están los organismos de los mejillones o en las ostras del Atlántico (Cauwenberghe y Janssen 2014).

“No es fácil determinar qué cambios biológicos generan porque hay otros muchos factores que pueden influir y hacen falta más”, reconoce Salud Deudero. La alternativa ha sido realizar estudios de laboratorio, cuyas conclusiones no son halagüeñas. En un ensayo con lubinas realizado en Francia por David Mazurais, se probó que la mitad de los peces contaminados sufrían alteraciones intestinales; otro trabajo sobre el cangrejo común de mar ha determinado que al ingerir plásticos eclosionaban menos huevos; y también se ha visto que estos compuestos provocan la perdida de energía en gusanos ‘Arenicola marina’, un pequeño ser vivo fundamental porque remueve el sedimento oceánico.

Si estos cambios tienen lugar con esos ocho millones de basura plástica que echamos a los mares al año ¿hasta cuando podrán soportar los océanos el reinado de este material? ¿Cómo eliminar las microfibras de los jerseys sintéticos antes de que se incorporen a la cadena trófica?

El problema ya está sobre la mesa, pero las soluciones tecnológicas van lentas. En Estados Unidos, las empresas que venden ropa deportiva para el aire libre apenas han comenzado a recopilar información sobre su impacto ambiental; tampoco las de electrodomésticos parecen mostrar interés por el desarrollo de máquinas que eviten estos ‘microvertidos’, centradas como están en el ahorro de agua y de electricidad. Y las depuradoras capaces de detectarlos, aún son muy costosas.

Otro tipo de soluciones son las científicas, como la del hongo que ‘come’ plásticos parecen poco realistas: “Es tan poco el material que son capaces de depredar que no darían abasto”, afirma Decausa. De momento la única solución pasa por la sensibilización y la reducción del consumo, algo en lo que coinciden los científicos de todo el mundo con las organizaciones ecologistas. “En países en desarrollo no hay normas, ni conciencia social que impida que tiren su basura plástica a ríos y mares, pero aquí si la hay y no somos conscientes de que generamos microfibras continuamente, cada vez que lavamos o usamos una crema.

 

El ojo electrónico que `ve´ un garbanzo en la Luna


España ‘estrenó’ en junio uno de los microscopios más potente del mundo

José A. Calvet en el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Ver un garbanzo en la Luna y, además, determinar de qué está compuesto. Esta es la resolución que puede llegar a alcanzar el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, el gigante que desde junio pasado está en acción en Madrid y que es uno de los tres que existen en el mundo. Su puesta en marcha ha abierto a los investigadores un sinfín de posibilidades para los estudios de materiales. Es capaz de “ver”, con una resolución de 0,5 Angström (A) -la diez mil millonésima parte de un metro-, lo que ocultan sus átomos.

Con esa facultad de hacer visible lo que no lo era hasta hace poco, no sólo es posible mejorar cualquiera de los materiales sólidos existentes, sino también crear otros que incluso permitan levitar a objetos tan grandes como un tren, mejorar las baterías de los móviles que llevamos en el bolsillo o descubrir con qué arcilla exactamente pintó Diego de Velázquez sus cuadros, de forma que puedan restaurarse con el mismo tinte que utilizó su autor hace más de cuatro siglos.

El JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es de tecnología japonesa, pero con una configuración diseñada en España. Todavía hoy los técnicos del país nipón visitan este país de vez en cuando para realizar unos últimos ajustes que mejoren sus capacidades, si bien lleva ya unos meses disponible para su uso científico. Sólo tres personas en su sede, el Centro Nacional de Microscopía Electromagnética (CNME), en el campus de la Universidad Complutense de Madrid, conocen perfectamente su complejo funcionamiento y aunque la demanda de su servicio va aumentando lentamente, aún es un gran desconocido para muchos de sus potenciales clientes, públicos y privados.

Este instrumento, que mide las distancias entre los átomos, es tan sensible a cualquier mínimo cambio ambiental que se encuentra dentro de una especie de ‘jaula’ para impedir que le afecten las inapreciables vibraciones del Metro, una de cuyas líneas pasa justamente por debajo del centro; también se mantiene su temperatura estable gracias a unos equipos acondicionadores especiales en sus paredes y en la puerta, justo antes de entrar en la sala, hay que pasar por unas alfombrillas atrapan las motas de polvo de las suelas de los zapatos. Nada puede interferir en la tarea de una herramienta que costó, en total, nueve millones de euros y que se encuentra en el exclusivo grupo de las 29  Instalaciones Científico-Tecnológicas Singulares (ICTS) de España.

El desarrollo de la tecnología del JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, a principios de este siglo, supuso un salto fundamental en la microscopía electrónica mundial, que se encontraba estancada desde hacía más de una década. Aún hoy, tan sólo hay otra herramienta como ésta en marcha en el mundo, en concreto, en Dresde (Alemania), y otros dos se encuentran en instalación, en Tokio (Japón) y Berkeley (Estados Unidos). Otra empresa alemana, Thermo, también ha puesto en el mercado equipos similares, si bien no alcanzan la precisión de un JEOL.

“Si Ramón y Cajal levantara la cabeza, no creería lo que somos capaces de ver con este microscopio, pese a que el fondo el mecanismo se basa en el mismo principio que el suyo: un haz de electrones que pasa por un objetivo”, explica el físico José Antonio Calbet, director y artífice de esta instalación en la UCM. “Si nuestro Nobel veía neuronas, aquí somos capaces de observar átomos y también la distancia que les separa. Es el equivalente a que una persona se pusiera a 10 kilómetros de nosotros con una cerilla en cada mano en mitad del desierto y distinguiéramos las dos pequeñas llamas. Antes de este JEOL sólo se vería una luz. Esta resolución no se ha podido alcanzar hasta que no se han corregido las distorsiones de las lentes electromagnéticas, ahora incluso podemos diferenciar los elementos más ligeros y pequeños de la tabla periódica”, explica Calbet. “ Es un cambio fundamental porque si queremos ver las propiedades de un material determinado hay que saber cómo están colocados sus átomos, y no sólo verlos”, argumenta el director del CNME.

Efectivamente, los investigadores que acuden al CNME ya pueden observar cada uno de los átomos de sus muestras, saber a qué elemento de la tabla periódica corresponden y observar los defectos que hay en sus cadenas. En definitiva, conocer para poder transformar, mejorar o crear. “Si comprendes un defecto o propiedad en la materia puedes averiguar si es perjudicial o justamente lo que le otorga una característica determinada para un fin. ¿Y cómo lo vemos? En realidad, el microscopio electrónico nos mide los electrones que rebotan en la materia, la energía que sale despedida de los átomos. Es una cantidad que varía según el elemento de que se trate. A menos longitud de onda de los electrones, más resolución se obtiene”, apunta el experto.

Hoy no hay otra tecnología que alcance este nivel de precisión, ni siquiera los rayos X: “Los rayos X también permiten ver distancias entre átomos, pero necesitan que el sólido a observar tenga sus átomos ordenados por debajo de los 70 Angström de resolución, porque en otro caso no los distingue. Sin embargo, este microscopio si los ve y podemos obtener información a nivel muy local, además de la información de su estructura en un plano medio”, señala Calbet.

La historia de este centro ICTS está muy ligada a su persona. Hasta que se propuso la apertura del CNME, en 1988, en España casi todos los microscopios electrónicos de gran potencia estaban instalados en los hospitales y se dedicaban a la Medicina. Tan sólo había alguno con el que trabajar con materiales inorgánicos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ese año, junto a un grupo de profesores de la Facultad de Física, Calbet propuso a la Complutense tener sus propios microscopios para el estudio de materia no orgánica. “Primero compramos un microscopio de 400.000 voltios, con una resolución de 1, 7 Angströms, que era lo máximo que existía entonces y que en la potencia que se quedó estancada la tecnología durante más de una década”, recuerda.

Cabe recordar que los microscopios electrónicos se conocen desde los años 30 del siglo XX. Fue el checo Ernest Ruska el primero en desarrollar lentes electrónicas, por lo que acabó recibiendo el Premio Nobel en Física en 1986. Durante décadas, estos instrumentos fueron haciéndose más precisos por el expeditivo método de aumentar su voltaje (a más voltios, más electrones y menos longitud de onda entre ellos, por lo tanto más calidad de imagen), hasta que llegó un momento en el que ya no se mejoraba la resolución, debido a las distorsiones de la propia lente.

Tras un periodo de estancamiento, a principios del siglo XXI la tecnología comenzó de nuevo a avanzar, con el desarrollo en Japón y Alemania de correctores capaces de subsanar esas anomalías. Se descubrió que al colocar unos imanes a ambos lados de las lentes, se generan campos magnéticos que eliminan las distorsiones. Gracias a ellos, hoy es posible ver las mencionadas resoluciones de 0,5 Angström donde antes se llegaba a 1,7. Es decir, ya es posible ver desde la Tierra el equivalente a un garbanzo sobre la superficie de la Luna. Y, además, con tal precisión que se observan las columnas de átomos, ya sean grandes o pequeños, en su lugar exacto.

Por todo ello, cuando en el año 2005, la Fundación de Ciencia y Tecnología (FECYT) preguntó a los científicos españoles cuáles eran sus necesidades tecnológicas, aprovechando los fondos FEDER disponibles, Colbet no tuvo dudas: quería uno de esos nuevos microscópicos electrónicos de sorprendente resolución atómica que se estaban desarrollando y situaría al CNME en un centro puntero en el mundo. Hay que señalar que, en principio, la condición para acceder a los nueve millones de euros de inversión que suponía la instalación, pasaba por una cofinanciación entre el Gobierno y la Comunidad Autónoma de Madrid, algo a lo que ambos se comprometieron, si bien ésta última se ha terminado desmarcando. “Lo propuse porque era consciente de que sería un avance muy importante para los científicos en este país. Los problemas con la cofinanciación lo retrasaron, pero finalmente, sin apoyo de la Comunidad, se hizo la petición en 2012 y en abril de 2016 se hizo realidad”, recuerda el director del CNME.

Un paso importante fue decidir qué modelo comprar: el de los japoneses de JEOL o el de la empresa Thermo (antigua Philips), del entorno europeo-americano. “En realidad, había una carrera entre ambas empresas por lograr la ultra-alta resolución antes que la competencia y llegar a estos 0,5 Angström, pero el primer microscopio comercial que los garantiza es el que tenemos aquí, el japonés JEOL, que es el que ex cogimos. Es más, incluso hemos llegado a alcanzar resoluciones de 0,45”, señala Calbet mientras muestra en la pantallas del ordenadores algunas de las sorprendentes imágenes capturadas por el “gran ojo”. En concreto, un ‘nanohilo’ con átomos de lantero, estroncio y maganeso enviado desde París para que analicen sus propiedades de cara a su utilización en cabezales de discos duros de ordenadores.

Paralelamente a la petición del CNME, en Aragón otro grupo de científicos conseguía fondos suficientes de su comunidad autónoma para montar el otro gran microscopio electrónico de España, el Laboratorio de Microscopías Avanzadas, en Zaragoza, también otra de las escogidas ICTS. En su caso lo adquirieron en la empresa europea Thermo y está más centrados en investigaciones de electromagnetismo, por lo que Calbet asegura que su trabajo es complementario al de CNME. Asimismo, hay algunos microscopios electrónicos más en el País Vasco de gran potencia, pero no alcanzan la del JEOL japonés.

En realidad, al visitar la instalación de Madrid se comprueba que el JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es tan sólo la mejor pieza de un complejo compuesto por dos piezas, que son dos microscopios con correctores de aberraciones. Si el JEOL corrige las anomalías de la lente del objetivo (que es la que toma la imagen), el que hay en la sala vecina -el JEM ARM200c- tiene instalado otro corrector para su lente condensadora de la luz. Juntos hacen un tándem hoy difícil de superar: “Si el JEOL es un microscopio que nos permite obtener la información cristalográfica con resolución atómica, el JEM nos da la información de sus composición con resolución atómica porque es de barrido. Podríamos haber puesto los dos correctores en un solo microscopio, pero entonces no pueden funcionar los dos a la vez, así que pensamos en este diseño con un corrector en cada uno”, precisa Almudena Torres, técnica especialista en su manejo.

En la actualidad, en el centro trabajan 10 personas, como ella, casi todos técnicos de alto nivel, si bien según su responsable deberían ser más para sacar el máximo provecho a la instalación. “El problema es que ahora no tenemos mecanismos de contratación de investigadores. Al estar en la universidad, la opción son oposiciones a profesores o contratos de técnicos de nivel básico, así que sólo tres personas tienen capacidad para manejarlo, pero sacamos un gran provecho”.

Ya antes de contar con estas nuevas herramientas, el CNME tenía una media anual de 850 grupos de investigación que requerían sus servicios, unas cifras que, previsiblemente, irán en aumento. “Es el segundo equipo montado en el mundo. Aunque lleva poco tiempo en España, apenas unos meses, ya han recibido peticiones de Francia, Holanda, Suecia y otros países, casi siempre a distancia. Nos envían sus muestras y les enviamos los resultados. Esta instalación abre infinitas posibilidades”, concluye Calbet.

 

CSI LAS VEGAS, BAJO LA LUPA ELECTRÓNICA

 

Entre las peticiones que llega al Centro Nacional de Microscopía Electrónica, hay algunas tan curiosas que los investigadores se sienten como si estuvieran en la sede de CSI Las Vegas. Han recibido muestras de la Policía y la Guardia Civil, interesada en que analicen suelos relacionados con delitos, del Museo del Prado, para que averigüen el origen de las arcillas de cuadros de Velázquez, y poder restaurarlos con el material más parecido al original; de componentes óxidos de los que se utilizan en los cabezales de los ordenadores, relacionadas con la catálisis de los motores diésel para rebajar sus emisiones contaminantes; de diminutos insectos amazónicos, en los que la diferencia entre una especie u otra es imposible de observar a simple vista porque depende de los pelos de una pata; de fósiles… Un sin fin de opciones que mantienen activos sus 11 microscopios actuales.

Ahora, el futuro pasa por poder bajar el voltaje para poder manejar material orgánicos sin que se deteriore y mayor rapidez de espectroscopia. “Se están diseñando microscopios a 15 megavoltios de gran precisión para que se pueda manejar material orgánico. Esa va a ser la siguiente revolución en este campo”, asegura Torres.

 

Reportaje publicado en ‘Estratos’ 117 

Canfranc: en busca del silencio “cósmico”


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ROSA M. TRISTÁN

Estratos_Nº 115. PDF 

Sólo hay una docena de lugares en la Tierra comparables al Laboratorio Subterráneo de Canfranc, un puñado de recónditos espacios en los que es posible conseguir el ‘silencio cósmico’. Es la condición necesaria para llevar cabo sofisticados experimentos de la denominada física de Astropartículas. En otras palabras, para tratar de resolver algunas de las grandes preguntas que traen de cabeza a los investigadores de medio mundo: ¿qué es la materia oscura que compone un cuarto del Cosmos y que no vemos? ¿cómo son esas partículas llamadas neutrinos que nos atraviesan y somos incapaces de atrapar?

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LHC: En busca del origen de la materia


ROSA M. TRISTÁN 

Bajo los verdes campos de la frontera franco-suiza, no lejos de los Alpes ni del lago de ginebra, se oculta bajo tierra la mayor fuerza energética de la Tierra. La generan partículas de mínima masa, suba- tómicas, que chocan entre sí dentro de una inmensa circunferencia de 27 kilómetros, el gran Colisionador de hadrones (LhC, por sus siglas en inglés), una infraestructura subterránea que busca la respuesta a grandes preguntas de la Ciencia: el origen de la materia que cono- cemos o de la materia oscura y la energía, que entre ambas ocupan el 95% del Universo y que no somos capaces de ver ni entender. La llaman la ‘máquina de dios’ y es la más grande y compleja construida en el mundo.

(Publicado en la revista Estratos)

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El rompecabezas del megaterio americano


ROSA M. TRISTÁN (PUBLICADO EN ‘ESTRATOS’)

 

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Hace unos meses me encargaron este reportaje sobre un megaterio americano que desde el siglo XVIII forma parte de los tesoros casi desconocidos del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Salió publicado en la revista ‘Estratos’ y ahora se hace hueco en este ‘Laboratorio para Sapiens’ para quienes no tienen el gusto de conocerle. Aprovecho, además, para hacer un repaso a los métodos que se siguen en la recreación de animales extintos.

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La tumba del ADN neandertal: un viaje por la cueva El Sidrón


EL VALOR DEL PATRIMONIO PREHISTÓRICO

ROSA M. TRISTÁN

Hace unos meses, cuando estaban en plena campaña de excavación, tuve el privilegio de compartir dos días de trabajo con el equipo de investigadores de la cueva de El Sidrón, la tumba del ADN de neandertal, un lugar único en el que se ha encontrado material genético de toda una familia de aquellos humanos extintos hace casi 30.000 años, pero que habitaron este planeta más tiempo del que llevamos nosotros. El equipo lo dirigen Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y Marco de la Rasilla, de la Universidad de Oviedo. Una tercera pata investigadora la aporta Carles Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF).

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