Las finanzas ‘anti-ambientales’ de China por el mundo


Un estudio en ‘Nature’ revela gran parte de los créditos de bancos chinos, por valor de casi 500.000 millones de dólares, se destina a obras de ‘desarrollo’ que dañan la biodiversidad y las tierras indígenas

ROSA M. TRISTÁN

Raro es visitar hoy un país del hemisferio sur, especialmente de América Latina o África, donde China no tenga presencia. Si en el pasado fueron Europa y luego los Estados Unidos quienes pusieron el mundo del sur a su servicio, permitiendo así el desarrollo económico del que aún gozan, ahora el gigante de Asia se ha convertido en uno de los mayores prestamistas de mundo de carreteras, ferrocarriles, centrales eléctricas o grandes presas allá donde le llaman.

Un estudio publicado en la revista científica Nature ha examinado cómo estos proyectos tienen lugar en zonas de alto riesgo para la biodiversidad y las tierras de los pueblos indígenas, sin que los impactos ambientales y los derechos vulnerados sean tenidos en cuenta. En definitiva, el ‘modus operandi’ sigue siendo el mismo desde el siglo XIX para las ‘nuevas’ potencias económicas.

El trabajo, dirigido por Kevin Gallagher, de la Universidad de Boston, se centra en los proyectos de desarrollo financiados por China entre 2008 y 2019 fuera de sus fronteras. En total, han rastreado 859 préstamos internacionales en 93 países otorgados por los dos principales bancos chinos, el CDB y CHEXIM, por valor de 462.000 millones de dólares. En 594 de estos préstamos se han cartografiado las zonas donde tienen lugar (marcados con puntos, líneas o polígonos en el mapa que acompaña esta noticia).


Pues bien, en esa década, el 63% de los proyectos financiados por China están en hábitats críticos, protegidos o de tierras indígenas, con hasta un 24% de las aves, mamíferos, reptiles y anfibios amenazados del mundo potencialmente afectados. Son proyectos que se concentran, principalmente, en África Central, el sudeste asiático y partes de América del Sur, especialmente la cuenca amazónica. Apuntan los científicos que “en general, estos proyectos de desarrollo de China plantean mayores riesgos que los del Banco Mundial, particularmente los del sector energético”, aunque éste tampoco se libra de las críticas. “Estos resultados proporcionan una perspectiva global de los riesgos socioecológicos que existen y pueden servir para orientar estrategias para ecologizar la financiación del desarrollo de China en todo el mundo”, proponen Gallagher y sus colegas. El hecho de que China ya cuente con instrumentos aprobados que, supuestamente, defienden el desarrollo sostenible, no da alas al optimismo de que vayan a hacerlo.


Los territorios indígenas, a tenor de estos resultados, están siendo especialmente afectados. Ocupan el 28% del planeta, el 40% de las áreas protegidas terrestres y el 37% de los bosques intactos, pero a falta de ser reconocidos sus derechos de forma eficaz (en realidad, el convenio 169 de la OIT habla de esos derechos), los proyectos de desarrollo se implantan sin su consentimiento generando no sólo conflictos sociales, económicos y políticos, como señala la investigación, sino persecución y muerte de sus líderes.


En Nature demuestran que los bancos de China están atrayendo a los proyectos de más riesgo, evidentemente porque tienen menos reparos éticos que otros, y les recomiendan tomar medidas que eviten estos impactos, como sería proporcionar asistencia técnica a los países anfitriones que no pueden evaluar y monitorear los riesgos ambientales y sociales de los proyectos. Es más, señalan que aunque pudieran tenerse en cuenta algunas medidas de mitigación o algún beneficio a las comunidades, hay que tener en cuenta consecuencias menos visibles y muy graves en áreas con riesgos excepcionales. Incluso denuncian que aumentan a tal ritmo estos proyectos de desarrollo que los daños a la biodiversidad o los conflictos sólo se documentan después de realizados. De hecho, ni siquiera los bancos tienen personal para ello. El CHEXIM’s, con más activos que el Banco Mundial, sólo cuenta con 3.000 empleados, menos de la quinta parte que el BM.

Pero además de más personal, proponen otras soluciones, como contar con los conservacionistas a la hora de identificar proyectos y, si ya están en marcha, monitorizar y mitigar los impactos, como es el caso de una carretera que pueda expandir la frontera agrícola en zona boscosas. También apuntan que debieran utilizarse herramientas como el mapa global de riesgos que ha elaborado este grupo de científicos, si bien reconocen que es precisa una evaluación in situ para comprobar los riesgos no visibles, y considerar factores como qué se construye, cómo se gestiona o que medios de vida o prácticas culturales hay en la zona.

No deja de ser llamativo que el 38% de los proyectos financiados por China estén a menos de un kilómetro de hábitats críticos, protegidos o indígenas (70.000 km2 ) y si ampliamos el círculo a 25 kms, son 1.710. 000 km2. De todo ello, las tierras indígenas son el área más grande en riesgo (el 20%) mientras que las protegidas son el 6%. Al margen del impacto humano, habría 1.114 especies de las 7.000 amenazadas en el planeta que están en estas zonas de potenciales impactos.


Por continentes, señalan que las zonas más amenazadas (un 4,6% de la superficie terrestre) se concentran en el sudeste asiático, la cuenca del Amazonas y la zona al sur del Sáhara. Incluso en países donde, en general, el riesgo para los pueblos indígenas sería bajo, como Mali, Nigeria, Chad , Irán, Egipto o Namibia, los prestamos chinos están justamente en zonas de alto riesgo. Y lo mismo ocurre con áreas de gran biodiversidad en Benin o Bolivia.

La comparativa con el Banco Mundial en esta década, indican que en lo que se refiere a los indígenas, ambos mecanismos financieros les ponen igualmente en riesgo, salvo si son proyectos energéticos, donde China parece que es más dañina.

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Una ‘Arabia verde’ fue ruta de los humanos en su viaje a Asia hace 400.000 años


Tormenta de arena durante los trabajos de excavación. @Palaeodeserts Project (Klint Janulis).

ROSA M. TRISTÁN

Siempre se dice que es importante saber lo que ocurrió en el pasado y que la experiencia que debería servir para acumular conocimiento de lo que, inevitablemente, se repite. Durante años, escuché hablar sobre una ruta de migración humana de salida de África más allá de la hoy conocida de Oriente Próximo, un camino que estaba en buena parte oculto bajo el mar por la costa arábiga, y por tanto difícil de estudiar. Pero si algo tiene la ciencia es que rompe fronteras (al menos del conocimiento) y ahora un estudio fascinante, publicado en Nature, nos habla de cómo el interior de esa península de emires y beduinos hoy desértica -si acaso habitada en su interiro por altas torres petrolíferas que exprimen CO2 de la Tierra -, fue también un corredor de migrantes humanos primitivos que se movían al albur del clima, es decir, no de forma muy distinta a como ocurre hoy en muchas zonas del planeta.

La evidencia de que hubo especies de Homo en esas tierras desde hace 400.000 años es una pieza del rompecabezas del viaje de la evolución que nos faltaba para entender cómo nuestra especie y nuestros antepasados se movieron por el mundo hasta habitar casi todos los rincones (y el casi es la Antártida). También lo es haber descubierto que en todo ese largo tiempo hubo periodos de aumento de las lluvias que hacían que la Península Arábiga fuera un buen camino para salir de África hacia el suroeste asiático, pese al aspecto inhóspito que hoy presenta. En lugares del desierto del Nefud, sin agua ni alimentos en miles de kilómetros, hubo lagos y ríos que transformaban la región en pastizales, atrayendo a unos seres que, curiosamente, llevaban culturas diferentes con ellos, como revelan ahora los científicos del Instituto Max Planck de Alemania, en colaboración con la Comisión del Patrimonio del Ministerio de Cultura de Arabia Saudita y muchos otros investigadores saudíes e internacionales, incluidos los Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (CENIEH) de España.

Para el Dr. Huw Groucutt, autor principal de este trabajo, del Max Planck , no hay duda de que las dunas de arena escondían un gran secreto de nuestra Prehistoria. En concreto, en un lugar ya conocido como Khall Amayshan 4 (KAM 4) del Nefud, donde han constatado que hubo hasta seis fases en el pasado en las que se formó un lago de agua dulce y que en cinco de ellas, entre los sedimentos, quedaron atrapadas herramientas de piedra hechas por primitivos humanos hace 400.000, 300.000, 200.000, 100.000 y 55.000 años. Todo un botín que va desde un hacha de mano achelense propia del Paleolítico Inferior, hasta lascas típicas del Paleolítico Medio, en Eurasia neandertal y también otras hechas por los ‘sapiens’. No lejos, en un oasis situado a 150 kms de estas dunas el Oasis de Jubbah, había utensilios de factura humana con 200.000 y 75.000 años.

Stone axe. The Palaeodeserts Project

Llama la atención cómo fue posible encontrar algo en ese mundo infinito, casi uniforme, cambiante al albur del viento. Mathieu Duval, un investigador del programa Ramón y Cajal en el CENIEH que colabora en este trabajo, me cuenta que hace tiempo alguien dió una pista sobre alguna pieza lítica por esa zona del Nefud y hace 10 años, un equipo del Max Planck se lanzó a la búsqueda. “Nadie había buscado ahí antes. Se hacía en la costa, y por eso se encontraban restos allí . Pero la realidad es que si se busca en el desierto también aparecen, sea el Kalahari, el sur de Argelia o el norte de África. Eso nos habla de la cantidad de piezas que aún están por descubrirse sobre el pasado de nuestro género” , comenta Duval.

En este desierto, empezaron haciendo una prospección con fotos satélite buscando depósitos con potencial. Luego se pasó a la fase de hacer sondeos y luego comenzaron las excavaciones, que son muy complejas porque lo que ves un año, desaparece al siguiente. No hay hallazgo que resista la fuerza de una tormenta como la que ilustra la foto superior. “Hace un par de años descubrimos huellas fósilizadas de ‘sapiens’ y otros animales de hace 120.000 años en lo que había sido un lago y hubo que hacer todo el estudio en pocos días en una campaña porque sabíamos que a la siguiente habrían desaparecido”, señala el joven científico, que participó en su datación. Un par de años antes también habían encontrado el hueso de un dedo de esas mismas fechas en el yacimiento de Al Wusta.

Pero ahora hablan de episodios muy anteriores y para conseguir estas fechas han utilizado una técnica llamada datación por luminiscencia que se aplica sobre los sedimentos, es decir, registra el tiempo transcurrido desde que los pequeños granos de arena fueron expuestos por última vez a la luz solar, mostrando así las breves fases en las que el desierto se convertía casi en sabana, con miles de lagos, humedales y ríos en los huecos entre las dunas, momentos aprovechados para migraciones tanto humanas como de otros animales – los hipopótamos, por ejemplo- pues la realidad, como tantas veces he escuchado al paleontólogo español Bienvenido Martínez, nunca viajamos solos y lo hicimos siempre que hubo oportunidad, sin más fronteras, vallas ni concertinas que las impuestas por la geografía y el clima. El trabajo de Mathieu desde el CENIEH ha consistido, precisamente, en datar un diente de bóvido mediante otra técnica, denominada de uranio-torio, para comprobar que concordaban las fechas.

La investigación, publicada el 1 de septiembre de 2021, nos descubre, además, una gran variedad de grupos humanos a lo largo del tiempo, poblaciones que podían llegar de diferentes sitios, a tenor de las diferentes formas en las que hacían sus objetos durante los cortos periodos de tiempo que estaban en Arabia. Esto indica, según los arqueólogos, que provenían de lugares diferentes y por tanto certificaría la existencia de grupos muy divididos incluso de especies humanas distintas que eran contemporáneas. Es más ¿Y si Arabia fue otra zona de cruce para homínidos originarios de África y Eurasia? Son muchas las preguntas que surgen al hilo de esta nueva ‘pieza’ enterradas en el desierto. Lo que si parece es que las herramientas halladas son del mismo tipo de las que permanecieron más tiempo en uso en África. También los fósiles de animales que han encontrado muestran características más africanas que provenientes de Oriente Medio, apuntando más a una salida africana hacia Asia del sur que otras opciones.

Falange de ‘sapiens’ @Nature 2018

Y más preguntas ¿Quiénes eran esas especies que pasaron por allí? Ese es el gran misterio, todavía, porque hasta ahora en toda Arabia sólo se había encontrado el mencionado dedo humano de hace unos 85.000 años y las huellas de hace 102.000 y 130.000 que son claramente de Homo sapiens.

“Arabia ha sido vista durante mucho tiempo como un lugar vacío en el pasado”, ha señalado el doctor Groucutt en un comunicado. “Nuestro trabajo muestra que todavía sabemos muy poco sobre la evolución humana en vastas áreas del mundo y destaca el hecho de que aún hay muchas sorpresas”. “Este mapa coloca a Arabia en el mapa mundial de la Prehistoria humana”, agrega su colega, Michael Petraglia, también del Instituto Max Planck. Y es que, como explica el arqueólogo Robin Dennell (Universidad de Exeter), en un articulo paralelo en Nature, resulta que ahora sabemos que hubo más de una ruta de salida de África: una por la pequeña puerta que hoy es Israel, para los ‘sapiens’ abierta desde hace casi 200.000 años; y otra mucho más grande, pero inconstante, que fue la Península de Arabia, más al albur de los monzones y los periodos interglaciares que abrían el camino. Y dado que éste también fue lugar de paso, bien pudo ser que los neandertales que andaban por Oriente Próximo se cruzaran en Arabia con nosotros ‘sapiens’ en ese viaje. Dennell apunta que si hace entre 50.000 y 65.000 años ya estábamos en Australia, está claro que nuestra colonización de la Tierra tuvo que comenzar mucho antes.

Mathieu Duval

También concuerda ese vía árabe con las herramientas de hace entre 172.000 años (Paleolítico Medio) que se encontraron en India y otras , de hace 385.000, en el sudeste asiático. Algunas, como demuestran algunos estudios, probarían que los humanos ya estábamos por aquellas lejanas tierras antes de la gran erupción del volcán Toba en Indonesia (hace 74.000 años) e incluso hay dientes humanos en Sumatra que han sido datados por esas fechas.

El consorcio internacional de científicos que han trabajado en en Nefud incluye miembros de organizaciones y universidades e instituciones de Arabia Saudita, Alemania, Australia, Pakistán, el Reino Unido y España. En nuestro caso, Mathieu Duval, un investigador del programa Ramón y Cajal que trabaja en el CENIEH, que está especializado en geocronología y lleva años vinculado a este proyecto. “Estamos hablando de cientos de miles de años de presencia esporádica en ese desierto. No sabemos cuánto duraba cada fase de estancia, igual unos pocos años o unos pocos miles de años. En los sedimentos no podemos ver periodos tan pequeños, pero se han identificado decenas de yacimientos en el Nefud y hay trabajo para mucho tiempo”, asegura.

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Los microplásticos: del Ártico a la Antártida llenando estómagos


ROSA M. TRISTÁN

Un pinguino papúa y otro barbio en Isla Livingston. En sus estómagos es posible que haya microplásticos. @Rosa M. Tristán

La invasión plástica es de tal calibre que cada vez resulta más difícil encontrar un lugar de este planeta adonde no llega para dejar su huella. “Ser conscientes de los microplásticos nos abrió los ojos. Antes de saber de su existencia, veíamos desaparecer una bolsa o envase y creíamos que se había diluido, que ya no estaba, pero no es así, sigue ahí, presente, en lo inerte y lo vivo”, comenta el biólogo español Andrés Barbosa. Su último territorio conquistado: los estómagos de los pingüinos antárticos, según un estudio que acaba de ser publicado por científicos españoles y portugueses en la revista Science of the Total Environment.

Este trabajo científico hace recordar otro que hace justo un año multiplicó de un ‘plumazo’ los datos que teníamos sobre esa ‘basura invisible’ que es el resultado de lo que llevamos décadas vertiendo a los mares descontroladamente: la masa de microplásticos que se encuentran en las aguas superiores del Océano Atlántico, desde Gran Bretaña hasta las islas Malvinas, oscila entre los 12 y los 21 millones de toneladas, según una investigación que salió publicada en la revista Nature Communications por el equipo liderado por Katsiaryna Pabortsava, del National Oceanography Centre (NOC). Es decir, que sólo de diminutos plásticos habría tanta basura como la que pensábamos que era el total acumulado en los últimos 65 años, unos 17 millones de toneladas. Diez veces más de lo que se pensaba. Y aún hay más:  “Si se asumimos que la concentración de microplásticos que han medido a 200 metros de profundidad es representativa de toda la masa de agua hasta el fondo marino a una media de 3.000 metros , entonces sólo el Atlántico podría contener alrededor de 200 millones de toneladas de basura plástica de pequeño tamaño”, declaraba el coautor Richard Lampitt, también del NOC.

Con este panorama, podría no ser extraño que los plásticos y microplásticos presentes en la Antártida vengan de más allá de la corriente circumpolar que rodea al continente, aunque no se sabe con certeza. En realidad, basta pasearse por algunas playas de la Península Antártica para tropezarse con algún objeto del insidioso material ‘duradero’, y sin necesidad de microscopio ni espectroscopio alguno. Lo que se investiga ahora es cómo afecta a una fauna polar que, en principio, habita un lugar prístino, alejado y protegido.

Por ello alarma a los científicos descubrir que tres de las especies de pingüinos del continente (adelia, barbijos y papúa) ya los tienen incorporados a sus dietas y en unos porcentajes muy elevados: hay microplásticos en un 15% de las muestras de las heces de los adelia, en el 28% de los barbijos y el  29% de las de los papúa.

Basura plásticas recogida en la Antártida en la campaña 2020. @RosaTristán

Para esta investigación se han utilizado heces recogidas en siete campañas polares, entre 2006 y 2016. Algunas llevaban tres lustros congeladas por Andrés Barbosa, experto en pingüinos del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC. “Nunca se sabe para qué pueden servir en el futuro”, asegura. De las 317 muestras analizadas, se extrajeron 92 partículas contaminantes y el 35%  resultaron ser microplásticos (un 80% polietileno y un 10% poliéster). También identificaron otras partículas de origen humano en el 55% de ellas, como fibras de celulosa. “Es el primer estudio con esta gran amplitud geográfica y de especies que se realiza en el continente antártico. Ahora sabemos que desde 2006 había microplásticos, aunque entonces no se buscaran. Lo que no hay es una variación llamativa por zonas. Ojalá este trabajo sirva para concienciar del impacto tremendo que tienen los plásticos y para seguir mejorando las reglamentaciones que debemos tener quienes vamos a la Antártida, ya sea para investigar, visitar o pescar”, afirma el biólogo.

Esta investigación es una colaboración conjunta con un equipo científico de la Universidad de Coimbra, dirigidos por Joana Fragao. Entre las neveras de Barbosa y las muestras recogidas ‘in situ’ en diferentes lugares de la Península Antártica y las Islas Georgia tenían heces más que suficientes para estudiar una dieta que se basa, fundamentalmente, en el krill.  “Los niveles de microplásticos son similares en todos, algo más altos en el pingüino papúa. Su dieta es más variada y al comer más peces y calamares tienen menos riesgo de ser afectados por el cambio climático, que disminuye el krill, pero más por los plásticos”, señala el científico español, que ya ha detectado contaminantes orgánicos, algunos procedentes del plástico, en huevos, tejidos, corazón y hasta el cerebro de los pingüinos que lleva investigando desde hace muchos años.

Incineradora de basura en la base Juan Carlos I de la Antártida. Sólo emite vapor de agua.

Antes de este estudio, ya se habían encontrado microplásticos en lugares antárticos tan protegidos como la península Byers, en aguas superficiales del Océano Austral y hasta en los sedimentos del continente del sur. Pero, en un lugar tan poco habitado, lo que no se sabe es lo que llega de fuera, sea el Pacífico y sus islas de polietileno o de la ‘sopa plástica’ del Atlántico, y cuánto se genera allí mismo. “En las playas de Byers he visto mucho plástico y su origen es incierto; puede que venga de lejanos territorios tras cruzar el canal del Drake o de cerca. No olvidemos que hay bases científicas, cruceros turísticos y barcos de pesca. La legislación ambiental antártica, fijada en el Protocolo de Madrid, es clara y se cumple, pero siempre se puede mejorar”, reconoce Barbosa, que es también coordinador científico del Programa Polar Español, cargo que dejará en breve.

Gran parte de las partículas que había en las heces de los pingüinos son fibras que provienen de los modernos tejidos que utilizamos para vestirnos en todo el mundo, también allí. Además, había fibras naturales de algodón y lana, que son asimismo parte de nuestro vestuario. Ciertamente, algunas bases modernas, como la española Base Juan Carlos I, en Isla Livingston, han incorporado lavadoras con filtros especiales para retener esas microfibras, que pude ver acumuladas en cubos, pero hasta ahora no es obligatorio para todas y muchas instalaciones antárticas, algunas habitadas durante todo el año, en cada lavado expulsan estos diminutos residuos plásticos que acaban en los estómagos de la fauna. De hecho, en la misma investigación se reclaman nuevos filtros de lavado, además de la implementación de nuevos materiales para las redes de captura de pesca que ahora se utilizan. En realidad, es una medida que, dado el volumen de lavados que diariamente realiza la humanidad, resulta evidente que debiera se adoptada en todo el mundo.

“Lo importante es que artículos como éste sirvan para concienciar de la necesidad de reducir la oferta y demanda de plásticos. Incluso a los concienciados nos resulta complicado no adquirir más de la cuenta. Si los encontramos en lugares como éste, dentro del cuerpo de los pingüinos, pensemos lo que hay en los peces que nos comemos. Si no lo hacemos por los pingüinos y otros animales, debemos hacerlo por nosotros”, argumenta Barbosa.

Entre esos otro animales, por cierto, están también aves marinas como los petreles o las gaviotas. Otro estudio dado a conocer esta misma semana apunta que el 93% de los petreles tienen plásticos en sus estómagos y que algunos aditivos que llevan estos plásticos (como retardantes de llama) se quedan en sus aparatos digestivos hasta al menos tres meses. En el caso de las gaviotas, científicos de la Universidad de Exeter acaban de encontrar que los huevos que ponen ya llevan ftalatos, un componente de los plásticos que tendrán los polluelos que vendrán al mundo.

Pero aún hay más noticias esta semana, que si tienen que ver con nuestra salud, porque resulta que se ha visto que los microplásticos pueden ser el caldo de cultivo perfecto para genes resistentes a los antibióticos (ARG), como se informa en Enviromental Science and Technology: científicos chinos han analizado estos ARG en cinco tipos de microplásticos encontrados a lo largo del río chino de Beilun y concluyen que son mucho más abundantes en regiones urbanas (hasta mil veces más) que en las rurales, donde hay menos contaminación de este tipo. Los autores del trabajo, que recogieron muestras en todo el río, señalan que los microplásticos son una superficie favorable para que las bacterias los colonicen y se conviertan en biopelículas, donde pueden propagar esa bacterias resistentes a casi todos los antibióticos utilizados en humanos y animales. Además, comprobaron que aumentaba la diversidad de ARG. De los cinco tipos de plásticos, el polipropileno era el que más riesgo tiene de propagar estos genes, posiblemente debido a su mayor superficie y capacidad para liberar materia orgánica disuelta.

Todo ello pone de manifiesto, en primer lugar, cómo la ciencia dedicada a la contaminación plástica va en aumento y a medida que se investiga más, salen a la luz los impactos que genera en el conjunto de la biosfera, mientras las medidas para limitar el uso de este material son muy limitadas y los lobbies productores, así como el poderoso sector de la industria alimentaria, lejos de atajarlo, promueven un consumo que, a la vista está, no desaparecerá de la Tierra por más que no lo veamos.

P:D: En Madrid incluso se hizo recientemente un museo temporal dedicado al plástico, con la excusa de que sería reciclado. En su presentación decía que “era sostenible”.

Indígenas: cuidadores de la Amazonía desde hace 5.000 años


Una investigación revela que en el pasado los amazónicos sólo modificaron de forma intensa las zonas fértiles cercanas a los ríos para asentarse

PNAS

Rosa M. Tristán

Son muchos los estudios científicos que nos dicen que los pueblos indígenas son excelentes guardianes de la biodiversidad cuando mantienen su forma de vida tradicional, especialmente en lugares como la Amazonía, donde hay aún grandes espacios sin ‘reconvertir’ en pastos para vacas. Ahora, se ha dado a conocer que esta capacidad de preservar el entorno –eso si, siempre que estos pueblos no sean ‘colonizados’ y atraídos por otros modos de vida – perdura desde hace milenios, al menos 5.000 años en el caso de esa zona del mundo que sigue siendo un lugar privilegiado pese a las amenazas que se ciernen sobre la inmensa selva sudamericana.

Un trabajo liderado por científicos del Instituto Smithsonian de EEUU ha encontrado evidencias de cómo los pueblos amazónicos prehistóricos no alteraron de forma significativa grandes partes de los ecosistemas forestales en la Amazonía occidental, preservándolos de forma efectiva sin cambios en su composición, unas conclusiones que desmiente estudios previos que apuntaban a que en el pasado estos pueblos fueron moldeando la rica biodiversidad actual o que fue reforestada tras un periodo de cambio climático.  

Los autores señalan que sus nuevos datos pueden ser claves para la conservación de los ecosistemas amazónicos, siempre, claro está, que poderes económicos y políticos lo permitan, algo que en Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Colombia o Venezuela no está nada claro. Es más, no hay más que mirar a la web brasileña de Amazonía Sofocada para comprobar que mientras está leyendo esta noticia hay cientos de incendios en gran parte de esa cuenca y se sabe que prácticamente todos son premeditados.

Volviendo a la zona más inalterada, la distribución de las especies de flora había hecho pensar a algunos científicos que la selva había sido “modelada” de forma intensa por los indígenas precolombinos en función de sus intereses; otros mencionaban como origen de su estado actual el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo o incluso el hecho de que muchos de los amazónicos murieran tras la llegada de los colonizadores europeos. Veían ahí la explicación a unas supuestas transformaciones. Pero se equivocaban en la premisa, según los resultados publicados estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se sugiere que durante al menos los últimos 5.000 años todas las áreas alejadas de las tierras junto a los ríos se quedaron intactas, sin ser prácticamente deforestadas con fuego, el mismo método que ahora las destruye, y sin ser cultivadas intensivamente.

Como explica en un comunicado del Smithsonian la autora principal, Dolores Piperno, “los asentamientos humanos complejos y permanentes en la Amazonia no tuvieron influencia sobre el paisaje en algunas regiones”. “Nuestro estudio añade evidencias de que la mayor parte del impacto ambiental de la población indígena en el medio forestal se concentró en los suelos ricos en nutrientes cercanos a ríos y que su uso de la selva tropical circundante era sostenible, sin causar pérdidas de especies detectables o perturbaciones durante milenios”.

Para explorar la escala de la posible, o no, modificación indígena de la Amazonía, Piperno y sus colegas recogieron 10 núcleos de suelo (perforaciones de aproximadamente un metro de profundidad) en tres lugares remotos de las cuencas hidrográficas del Putumayo-Algodón, al noroeste de Perú. Querían analizar los fitolitos (microfósiles de plantas mineralizadas) y el carbón vegetal u hollín que se ha acumulado a lo largo del tiempo bajo los bosques más antiguos (los alejados de riberas y que no eran inundables). Esos ‘núcleos de tierra’ les permitieron profundizar en un pasado que se remonta unos 5.000 años, según dataron con carbono 14.

Comprobaron, tras comparar los registros de las muestras halladas con un inventario de árboles, que no había nada que indicara que hubo talas ni un uso agrícola anual que hubiera dejado raíces o semillas. Ni siquiera detectaron un aumento importante de especies de palmeras que eran aprovechables y que hoy son muy dominantes en la flora moderna, es decir, que hace cinco milenios nadie las cultivó. Y lo mismo pasa con otros árboles: a lo largo del tiempo encontraban la misma estructura forestal, estable y diversa.

“Nuestros datos respaldan algunas investigaciones anteriores que indican que áreas considerables de algunos bosques de tierra firme amazónicos no fueron impactadas significativamente por las actividades humanas durante la era prehistórica. Más bien parece que durante los últimos 5.000 años, las poblaciones indígenas de esta región coexistieron y ayudaron a mantener grandes extensiones de bosque relativamente sin modificar, como continúan haciéndolo hoy”, apuntan los autores.

Los tres lugares estudiados están ubicados a un kilómetro de los cursos de los ríos y las llanuras aluviales. Son bosques interfluviales que en realidad suponen más del 90% de la superficie del Amazonas y, por lo tanto, cruciales para comprenden la influencia de los asentamientos humanos que los arqueólogos encuentran cerca de los ríos, como, por otro lado, es natural en todas las civilizaciones. En un lugar donde llueve en grandes cantidades, el fuego ha sido casi siempre de origen humano y, de haberse usado para limpiar grandes áreas, para usos como la agricultura y los asentamientos, habría dejado su huella.

Los investigadores también realizaron estudios de los bosques modernos que se encuentran en el entorno de cada muestra extraída, un inventario extraordinario de 550 especies de árboles y 1.300 de otras especies de flora, que dan idea de la biodiversidad amazónica. “Pero no encontramos evidencias de plantas de cultivo o agricultura; no hay evidencia de tala de bosques ni de incendios; no hay prueba alguna del establecimiento de jardines forestales. Es similar a lo que se encuentra en otras regiones amazónicas “, señala Piperno.

A tenor de estos datos, podemos decir que todavía hoy existen regiones en la selva muy parecidas a las que había hace esos 5.000 años, incluso que permanecen totalmente inalteradas. “Esto significa que los ecólogos, científicos del suelo y climatólogos que buscan comprender la dinámica ecológica y la capacidad de almacenamiento de carbono de esta región pueden estar seguros de que están estudiando bosques que no han sido muy modificados por los humanos sustancialmente”, afirma la investigadora.

Pero también alerta de que, por otro lado “no debemos asumir que los bosques alguna vez fueron resilientes frente a perturbaciones importantes”, es decir, que más vale conservarlos con las políticas adecuadas porque su respuesta ante la destrucción y su capacidad de recuperación es desconocida.

La explicación que encuentran para que los precolombinos no usaran ese suelo alejado de ríos es que tiene pocos nutrientes, por lo que es poco agradecido para los cultivos, algo que ahora se solventa con la utilización de fertilizantes en el caso agrícola y robando nuevos espacios al bosque en el caso ganadero. Por desgracia, a ello se suman otras graves amenazas en la región del Putumayo, como es la minería ilegal, que está en aumento en Perú.

Para Piperno es importante hacer más trabajos en otras regiones alejadas de ríos y llanuras aluviales de la Amazonía aún no estudiadas para obtener una visión más amplia de lo sucedido en tiempos remotos. “En todo caso, no se trata de que los indígenas no utilizaran de ninguna forma el bosque, sino de que lo usaron de forma sostenible y no modificaron mucho su composición de especies”, comenta. “Es un lugar donde los humanos parecen haber sido una fuerza positiva en este paisaje y su biodiversidad durante miles de años”.

Desde luego, algo que no podemos decir de muchos otros sitios…

La productividad agrícola global se ha reducido un 21% por el cambio climático


Una investigación en ‘Nature’ revela que la pérdida es mayor a las ganancias por las innovaciones y muy grave en África, Latinoamérica y Caribe

ROSA M. TRISTÁN

El cambio climático, generado por el ser humano con la emisión de gases de efecto invernadero, no está compensando los avances en producción agrícola en grandes áreas de África, América Latina y el Caribe. De hecho, la producción agrícola mundial se ha reducido un 21% desde el año 1961 hasta 1915, respecto a lo que hubiera sido si ese factor no hubiera existido, datos que se analizan en una investigación publicada este mes de abril en la revista ‘Nature’ por un grupo de científicos norteamericanos, liderados por Ariel Ortiz-Bobea, de la Universidad de Cornell.

“Nuestro estudio sugiere que el clima y los factores relacionados con el clima ya han tenido un gran impacto en la productividad agrícola”, señala en un comunicado de su universidad Robert Chambers. Para llegar a esa conclusión desarrollaron un modelo que estima cómo son los patrones de productividad con el cambio climático y cómo hubieran sido sin este fenómeno. Las conclusiones son demoledoras: aunque la investigación agrícola ha fomentado el crecimiento de la productividad, la influencia histórica del cambio climático antropogénico es aún mayor, así que la producción global ha disminuido una quinta parte, lo que supone haber perdido siete años de crecimiento de la productividad que se hubiera producido sin ese calentamiento global y sus consecuencias.

La investigación determina que el impacto es más severo, precisamente, en las zonas de menor riqueza del planeta, alcanzando entre el 26% y el 34% en las zonas más cálidas, que corresponden con África, Latinoamérica y el Caribe. Además, detectan que la agricultura global ha aumentado en su vulnerabilidad al cambio climático.

Los datos utilizados, recabados en el Departamento de Agricultura de EEUU, corresponden a 172 países entre los años 1961–2015 . En total, 9.255 observaciones, si bien en el caso de Palestina son desde 1995 y hay algunos que se han incorporado recientemente (Chechoslovaquia, Yugoslavia, Etiopia, Sudan, etc.)

Mapa del estudio que indica la disminución de la productividad agrícola debida al cambio climático antropogénico

Los investigadores destacan que hasta ahora no se habían cuantificado los impactos en la producción agrícola del aumento de 1ºC en la temperatura global registrada desde hace un siglo. Si había estudios sobre productividad de los cereales, que suponen el 20% de la producción neta global, pero recuerdan que no es igual el impacto en los rendimientos de cultivos básicos que proporcionan la supervivencia a miles de millones de personas en el planeta, sobre todo en zonas como África subsahariana, donde la productividad ha crecido mucho más lentamente. En concreto, el impacto del cambio climático supone un 34% menos de producción agraria en África de lo que hubiera sido sin él, un 30% menos en Cercano Oriente y África del Norte y un 26% menos en Latinoamérica y Caribe, mientras que en América del Norte es sólo un 12% menos y en Europa y Asia Central un 7% menos. “Los grandes impactos negativos para África parecen particularmente preocupantes dada la gran parte de la población empleada en la agricultura”, señalan los autores.

Por otro lado, plantean una cuestión fundamental sobre la adaptación al cambio climático: si la agricultura se está volviendo más o menos sensible a los extremos climáticos. Para ello, hacen un estudio de dos periodos de su y encuentran que en la segunda parte (1989-2015) la respuesta a la temperatura es notablemente más pronunciada que en la primera (1962-1988), lo que significa, explican, que las temperaturas más altas se han vuelto más dañinas, una repuesta que no está impulsada por cambios aislados en países periféricos.

En general, sus hallazgos vienen a confirmar con datos lo que ya se ve sin ellos, habida cuenta de los movimientos migratorios que están produciéndose: el cambio climático generado por el ser humano exacerba la desigualdad entre países ricos y pobres. Es más, los agricultores afectados reducen cantidad de insumos (fertilizantes, insecticidas, etc) que utilizan, dado que disminuyen sus recursos para comprarlos. Así, el impacto del clima no sólo es directo (más sequías, más olas de calor, menos lluvias, más inundaciones, cambios en los ciclos…) sino que hay efectos indirectos. Si se tienen en cuenta estas reducciones, consideran que aún se habría reducido más la producción agrícola global: un 27,6%, siete puntos más.

Ortiz-Bobea declara al respecto en SciTechDaily que “en general, nuestro estudio encuentra que el cambio climático provocado por el hombre ya está teniendo un impacto desproporcionado en los países más pobres que dependen principalmente de la agricultura. Parece que el progreso tecnológico aún no se ha traducido en una mayor resiliencia climática”.

La investigación, eso si, no recoge el impacto positivo que el CO2 ha tenido en la agricultura, dado que los fertilizantes se producen con combustibles fósiles o la presencia de investigación agrícola o intensiva en entradas de carbono.

Sin embargo, señalan que ello no sesga sus estimaciones sino que las hace algo más imprecisas. En todo caso, señalan que su análisis es un primer paso hacia estadísticas más detalladas, si bien no hay duda de que se está reduciendo cada vez más la producción agrícola a medida que nos alejamos de un sistema climático sin influencias humanas, acumulándose ya un impacto detectable y considerable a partir de 2020, año fuera del estudio.

Chambers, por su parte, apunta que el trabajo puede ayudar a ver qué hacer en el futuro con los nuevos cambios en el clima “que van más allá de lo que hemos visto anteriormente”. “Se proyecta que tendremos casi 10.000 millones de personas que alimentar para 2050, por lo que asegurarnos de que la productividad crezca más rápido que nunca es una gran preocupación”, indica.

En este sentido, platea sus dudas sobre si los niveles actuales de inversión en investigación agrícola son suficiente para sostener las tasas de crecimiento de la productividad del siglo XX en el siglo XXI. Los investigadores no entran a valorar, dado que no es el tema de su estudio la cantidad de producción agrícola que no se destina a alimentar humanos, sino como biocombustibles para el transporte, ni tampoco el hecho de que un tercio de la comida que se produce acaba en la basura en el mundo desarrollado, factores que también tienen que ver directamente con la alimentación humana.

Articulo científico: LINK

Multa de 90€ por el robo de un cocodrilo fósil único en el mundo


ROSA M. TRISTÁN

“Se  me quedó cara de pasmo cuando llegamos a la excavación y el fósil perfecto que íbamos a extraer no estaba”. El paleontólogo Albert G. Selles, del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont, tiene muy grabado ese día. Su perplejidad sólo fue comparable a la que experimentó cuando conoció la ‘condena’ judicial por expoliar y destrozar aquel ‘tesoro’ de precio incalculable: 90 euros.

Pero ¿de qué pieza estamos hablando? Se trata de una nueva especie bautizada como Ogresuchus furatus, un cocodrilo terrestre de tamaño pequeño que pudo alimentarse de las crías de los dinosaurios que ponían sus huevos en la zona de Coll de Nargó, en los Pirineos. Su nombre significa “el cocodrilo-ogro que fue robado“, para que no se olvide el ‘secuestro’ que sufrió el esqueleto, cuyo análisis ha sido ahora publicado en la revista Scientific Reports. Al parecer, esta familia de sebécidos eran muy comunes hace entre 65 y 15 millones de años, pero en este caso se ha calculado que vivió hace 71,5 millones de años, así que a su valor como  nueva especie se suma que es el más antiguo especímen descubierto. “Su hallazgo nos obliga a redefinir la historia evolutiva de esta familia”, explica Sellés, que ha dirigido la investigación.

¿Y un tribunal considera que su valor es de 90 euros?

Recreación cocodrilo prehistórico encontrado en los Pirineos.

Y es que a punto estuvieron que de nada de todo esto fuera descubierto. La historia, con tintes policiacos, se remonta a 2013, cuando una Asociación de Amigos de los Dinosaurios en Coll de Nargó avisó del hallazgo de restos fósiles junto a unos huevos de dinosaurios, que por cierto siempre han sido expoliados en esta rica zona paleontológica. “Enseguida fuimos y empezamos a excavar. Un día apareció por allí un hombre diciendo que aquel terreno era suyo, aunque por lo que sabíamos era comunal. Quería alguna compensación. Nos dijo que si él no sacaba algo de allí, no lo sacaba nadie. No hicimos caso y un jueves dejamos el esqueleto fósil al descubierto para extraerlo al día siguiente. Nos quedamos perplejos el viernes cuando llegamos. No había nada. Inmediatamente avisamos a los Mossos.

Comenzó así una investigación del destacamento de Protección del Patrimonio Histórico de los Mossos. Tomaron muestras, encontraron restos del envoltorio del fósil por los alrededores, identificaron huellas de un vehículo y, un mes después, fueron en busca del expoliador con la certeza de no equivocarse. Le ofrecieron devolver el fósil en un plazo determinado y olvidar lo sucedido, pero no lo hizo y al final hubo que presionar mucho para que entregara el esqueleto del cocodrilo. “Nos lo devolvió hecho trizas, con muchas partes rotas y otras que faltaban, y que han desaparecido, pero que estaban cuando lo excavamos.  Debió sacarlo con un pico. Nos hemos pasado más de año y medio restaurando el destrozo para poder estudiarlo. Una pena”, denuncia el paleontólogo.

 

Pero aún quedaban sorpresas: en la denuncia interpuesta por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña, el propio Selles hizo un peritaje de valoración de daños, lo que no fue fácil: “¿Qué precio poner a un fósil que es único en el mundo? ¿300.000 euros? y a la restauración ¿20.000?. Pues al final, sólo le pusieron una multa de 90 euros. Y, claro, luego reincidió y volvió a ir al yacimiento a romper más cosas, creo recordar que en 2016”, señala el investigador.

Cabe señalar que a nivel nacional, la última ley que protege el patrimonio paleontológico español es de 2015, la Ley de Patrimonio Natural y la Biodiversidad, que modifica una anterior de 2007. También hay otra previa de 1985.  Otra cosa son las sanciones, que a tenor de este fallo judicial parecen dejar mucho que desear: al culpable del expolio le costó menos el robo y destrozo que una multa de tráfico por mal aparcamiento. “Si que hay normativas que protegen este patrimonio, pero la gente no las conoce, no que no se pueden coger fósiles legalmente porque no se sabe qué información puede contener. En este caso era muy valiosa”, comenta Selles.

Este extraño cocodrilo prehistórico, de menos de un metro de largo, se diferenciaba de los actuales en que tenía sus patas situadas debajo del cuerpo, lo que les permitía moverse como cuadrúpedos, como los mamíferos actuales. Sus dientes curvos y esas patas gráciles hacen pensar que eran grandes cazadores de presas pequeñas también en tierra. También su cráneo es distinto a otros similares que ya se conocían, razón por la que es nueva especie.

Dado que estaba tan cerca de un nido de huevos de titanosaurio (animales que podían medir hasta 12 metros de largo) y que había muchas cáscaras de estos huevo, se especula que podría haberse alimentado de sus crías. Según comenta Selles “las crías de dinosaurio probablemente no eran su principal fuente de alimento pero habrían sido una presa fácil para un cocodrilo de estas características que no habría desperdiciado la oportunidad de depredarlos”.

Hay que tener en cuenta que entonces la actual cordillera de los Pirineos no era tal como la conocemos. Su proceso de formación comenzó hace unos 80 millones de años, pero no terminó hasta hace 24 millones de años, así que aún era una llanura de vegetación tropical con humedales salobres en los que habitaba una gran diversidad de fauna, incluyendo dinosaurios titanosaurios y hadrosáurios, así como numerosas especies de cocodrilos, tortugas, peces, lagartos, ranas.. De hecho, los dinosaurios de los Pirineos, señalan los científicos catalanes, son los últimos que vivieron en Europa antes de su
extinción en todo el mundo. Durante más de 10 años, han organizado campañas de excavación y sus hallazgos han dado lugar a cientos de publicaciones científicas sobre las faunas del Pirineo durante el Mesozoico.

 

El “comienzo del futuro” en los yacimientos de Atapuerca


 

ROSA M. TRISTÁN

Antes de aparcar en la entrada de la Trinchera del Ferrocarril ya se nota que es un año raro. Apenas hay dos coches aparcados. Es 12 de Julio de 2020, casi en la mitad de la actual campaña de excavaciones en la paleo-sierra burgalesa, Atapuerca, a cuyos pies los trigales aún están a medio segar y las amapolas visten de color los campos. Este año, no hay visitas en julio en los yacimientos, ni de turistas ni de invitados especiales. Tampoco hay estudiantes. “Sólo han venido doctores, investigadores que llevan 20 o 30 años aquí trabajando y la productividad está siendo altísima para los pocos que somos”, me cuenta el codirector del proyecto, Eudald Carbonell.

María Martinón-Torres, con mascarilla, excavando en el Yacimiento Exterior Estatuas (Atapuerca). @Rosa M. Tristán

Al Eudald ‘enmascarado’ se le distingue bien por su altura y por el ‘salacot’ que forma parte de su identidad desde hace tantos años, pero no resulta tan fácil con otras personas, todas ocultas tras los ‘tapabocas’ siguiendo el estricto protocolo de seguridad que este año se ha impuesto en la campaña. Por un año, adiós al ‘almuerzo’ de las 11, cuando los grupos de los distintos yacimientos se reunían en torno a un bocadillo para compartir hallazgos. Estas semanas, cada grupo evita el contacto a toda costa. Por otro lado, la productividad aumenta y por donde el año pasado paseaba entre encinas y carrascos ha surgido, en unas pocas jornadas, un nuevo yacimiento de este inagotable laberinto de historias que es Atapuerca. Se llama ‘Estatuas Exterior’, porque en el fondo no es sino la continuación del que hay en la Galería de las Estatuas, dentro de la Cueva Mayor, un lugar donde ya se sabe que estuvieron los neandertales.

En medio del bosquecillo, Nacho Martínez-Mendizábal, que comparte trabajo este año mano a mano con María Martinón-Torres, me cuenta lo que se sabe de este lugar: “Aquí estaba la entrada de la cueva que se derrumbó y cayó a la Galería de las Estatuas. Abajo hemos encontrado un resto fósil de neandertal y algunas de sus herramientas, pero la cueva estaba aquí arriba y esperamos encontrar ocupaciones neandertales importantes. Es el comienzo del futuro porque aquí habrá para muchas generaciones de científicos”, asegura el investigador.

En realidad, ya saben que hay hasta 16 metros de sedimentos de relleno de cueva a sacar de este enclave. “Es como la Gran Dolina para que te hagas idea. Forma parte de una nueva generación de yacimientos, junto con la Cueva Fantasma. Como no está cortada como en La Trinchera, no tenemos la estratigrafía a la vista, pero esto será enorme y todo indica que hemos dado con la entrada”, explica junto a Carbonell.

Cueva Fantasma está muy cerca de este lugar. Tampoco existe porque en su día se derrumbó y porque después una cantera de cal cambió la fisonomía del lugar. Como en Estatuas, allí estuvieron los neandertales que tanto cuesta encontrar en Atapuerca, pero que van dando la cara poco a poco. En lo primero que pienso al llegar es lo que ha cambiado este lugar en sólo tres años. Ahora, un techado para evitar que la lluvia lo deteriore y que se ‘deterioren’ los excavadores a pleno sol. La responsable del yacimiento, Ana Isabel Ortega, me recuerda que en el lugar donde el primer año la ayudaba a recoger escombros, ahora ha aparecido un nivel con una gran concentración de fósiles de caballos, bóvidos, hienas… en lo que podría ser un cubil de hienas. Como además hay herramientas, pequeñas lascas de sílex, se sabe que en la cueva también se refugiaban puntualmente los neandertales, de los que ya se encontró un fragmento de un cráneo. Todo de hace entre 90.000 y 50.000 años aproximadamente, aunque también hay una zona que podría tener hasta 200.000 años. “Es la cavidad más grande. La cantera nos quitó el techo y no tocó los sedimentos. Tenemos toda la planta.

@Rosa M. Tristán

La Trinchera está bajo mínimos. Veo poca gente en la Gran Dolina, para lo grande que es, aunque distingo entre las mascarillas a la arqueóloga Palmira Saladié, nadie en el yacimiento de La Galería, cerrado totalmente, y ya de salida, me asomo al foso de la Sima del Elefante y ahí están Rosa Huguet e Isabel Cáceres, ésta última dándole a una pared con un pequeño pico. Me cuentan que tampoco hay nadie cribando sedimentos en el río Arlanzón. Todo se guardará para próximas campañas. “Es raro trabajar tan pocos, pero nos está cundiendo”, asegura Huguet.

El esfuerzo por haber mantenido abierto el trabajo, sorteando las dificultades, es evidente. “Esta es la campaña que ha llevado más tiempo preparar para tenerlo todo controlado, en total tres meses entre cambios de andamios, protocolos, etcétera. Pero no podíamos parar totalmente la máquina y al final está siendo muy productiva porque están solos los doctores, investigadores con una larga trayectoria que no paran de trabajar”, comenta Carbonell, preocupado por la cantidad de personas cuyos empleos dependen de Atapuerca y sus hallazgos en el Museo de la Evolución Humana (que justo el día de mi visita cumple 10 años), el Parque Arqueológicos, las visitas, los centros de interpretación…

Mientras hablamos, casi debajo de nuestros pies, está la Sima de los Huesos, donde este año el equipo de Juan Luis Arsuaga también excava. Al lado, una tapa recuerda la ‘Operación Mariscal”, allá por 1987. Para detalles como éste y otros más, os recomiendo leer ‘Atapuerca, 40 años inmersos en el pasado“, de RBA, que sigue en el ‘top’ de las ventas sobre este fascinante lugar….

 

El ‘link’ de los genes neandertales y la COVID-19 más grave


Una investigación preliminar revelaría que genes de estos humanos extintos que tenemos en el ADN agravan la infección por el coronavirus

ROSA M. TRISTÁN

Desde que en 2010 (Science), el equipo de Svante Pääbo, en el instituto Max Planck de Alemania, revelara el genoma de los neandertales, y descubriera que los euroasiáticos compartimos con ellos entre un 1% y un 3% de nuestro ADN (quizás más), son muchos los trabajos que han ido relevando cómo los genes que heredamos (los no africanos) de esta especie humana extinta tiene relación con el impacto de algunas enfermedades, como la depresión, la diabetes de tipo 2, el mal de Crohn o la cirrosis biliar, incluso la esquizofrenia. Ahora resulta que también podrían tener que ver con la infección por el SARS-Covid-19, según acaba de publicar The New York Times.

Sin embargo, es una información a coger ‘con pinzas‘ porque si bien el meticuloso Pääbo es uno de los firmantes, junto a Hugo Zeberg (del Instituto Karolinska), se trata de una investigación que aún no ha sido publicada en ninguna revista, y por tanto no ha sido revisada por otros científicos, que deberán dar su visto bueno. De momento, sólo ha sido publicada en un repositorio on line de artículos científicos ‘prepublicados‘, en este caso sobre biología. Es un sistema que, por un lado, permite que otros colegas tengan acceso libre a hacer comentarios a los artículos antes de ser publicados oficialmente, pero que tiene el riesgo de que se den por ciertos resultados que pueden tener cambios.

El pre-artículo en cuestión, titulado “El mayor factor de riesgo genético para la COVID-19 severo, heredado de los neandertales“, viene a decirnos que desde que nuestra especie ‘sapiens‘ salió de África y se hibridó con nuestros parientes prehistóricos euroasiáticos (hace entre 40.000 y 60.000 años), han permanecido en nuestro ADN seis genes en el Cromosoma 3 que coinciden con los que se relacionan con los enfermos más graves por el SARS-CoV-2 . En la investigación de  Ellinghaus y sus colegas también asociaban esa gravedad con una región del Cromosoma 9, que es la que determina el grupo sanguíneo ABO, y que también la tenemos heredada de los neandertales, si bien investigaciones posteriores ha restado protagonismo al grupo sanguíneo. Lo que si parece confirmarse, de momento, es que quien lleva esas variantes genéticas del Cromosoma 3 tiene hasta tres veces más riesgo de enfermar de gravedad.

Ellinghaus hizo su estudio -éste si publicado-, con datos de 3.199 pacientes hospitalizados por coronavirus en Italia y España para averiguar si había componentes genéticos en el hecho de que algunas personas contagiadas sean asintomáticas mientras otras llegan a fallecer o estar muy graves, sobre todo hombres y personas ancianas. Es un asunto en el que muchos grupos de todo el mundo se han puesto a trabajar y que llamó la atención de Zeberg y, a través de él, de Svante Pääbo.  “Demostramos -señalan en el texto- que el riesgo es conferido por un segmento genómico de unos 50 kb que se hereda de los neandertales y que ocurre con una frecuencia de un 30% en el sur de Asia y un 8% en Europa”.

Distribución geográfica de los genes de neandertal que podrían provocar el COVID-19 más grave.

Este fragmento del genoma implicado, consideran improbable que sea fruto de la selección natural y habría permanecido en el ADN porque, especulan, a lo largo de decenas de miles de años nos habrían protegido de virus, pero de virus europeos de hace 60.000 años no de un coronavirus del siglo XXI. Los investigadores alemanes explican que es una variante muy común en Bangladesh, donde la tiene el 63% de la población, y en sur de Asia (en torno al 30%), mientras que en el este de Asia la tiene sólo un 4% y casi no existe en África, dado que el cruce entre las dos especies humanas se produjo a la salida de ese continente de los ‘Homo sapiens‘ y pocos africanos tienen genes neandertales. También, indican, es posible que el segmento genético mejorara la salud de los surasiáticos, quizás favoreciendo una respuesta inmune a los virus en la región. Eso  puede explicar en parte por qué las personas de ascendencia bangladesí están muriendo a una alta tasa de Covid-19 en el Reino Unido”, según una declaración de Pääbo en el diario norteamericano.

Svante Päävo, del Max Planck Institute, en el UISPP en Burgos. @Rosa M. Tristán

Los autores reconocen en The New York Times  que sus conclusiones son ‘pura especulación’, pero como se lee en el ‘preprint‘, han comprobado que 12 de los 14 nucleótidos identificados por Ellinghaus como factores de riesgo están también en los 33 fragmentos de ADN de esta posición en el fósil neandertal de Vindija (Croacia), usado para descifrar el genoma de la especie. Curiosamente, son muchos menos en el ADN de neandertales de Siberia (en los de Altai o de la cueva Chagyrskaya, también secuenciados) y no existen en el de los denisovanos. También los buscaron en el ADN de ancestros comunes a todos estos humanos, de hace unos 500.000 años, pero sin resultado: los genes están más presentes en el fósil croata que en cualquier otro; por otro lado, esa es la población neandertal que más se ha extendido entre nuestra especie.

Actualmente no se sabe qué característica en la región derivada de neandertal confiere riesgo de graves con COVID-19 y si los efectos de cualquiera de estas características son específicos de los coronavirus actuales o, de hecho, de cualquier otro patógeno. Una vez que se aclare esto, es posible especular sobre la susceptibilidad de los neandertales a patógenos relevantes. Sin embargo, en la pandemia actual, está claro que el flujo de genes de los neandertales tienen consecuencias trágicas”, concluyen.

Un innovador centro científico en Valencia, cercenado


Día de la inauguración del instituto, con el ex rector de la Universidad de Valencia, Luis Gordillo, y la presidenta del CSIC, Rosa Menéndez

ROSA M. TRISTÁN

Mientras vemos cada día en las noticias hablar de la ‘reconstrucción’ Post-COVID19, la situación de la ciencia sigue en precario en España. Estos días, un centro de investigación puntero, y además uno de los que más proyectos relacionados con la investigación del coronavirus tiene aprobados, está siendo ‘cercenado’ en la Universidad de Valencia (UV) porque, parece ser, no hay mejor opción que ‘empequeñecer’ un proyecto para que crezca otro. La víctima es el Instituto Integrado de Sistemas Biológicos (I2SysBio) un centro mixto del CSIC y la UV, situado en el campus de esta última, al que el Rectorado ha decidido ‘recortar’ parte de su espacio (una planta entera) para destinarlo a otros científicos que nada tienen que ver con el tema. El asunto a indignado sobremanera no sólo a los cerca de 200 investigadores que ya trabajan allí, y que deberán ‘apretarse’ cuando lo que pensaban era crecer, sino también a los que desde el extranjero ya tienen el traslado pedido o se presentan a las plazas que han salido para crear allí sus grupos científicos.

El Instituto de Biología Integrativa de Sistemas, el único que existe en España de esta materia, abrió sus puertas en 2018, tras 10 años en proyecto, gracias a un convenio entre la Universidad levantina y el CSIC. Su objetivo es la investigación de la estructura, función, dinámica, evolución y manipulación de sistemas biológicos complejos, como los virus, y hacerlo en colaboración con la industria. Ha sido el primero mixto (universidad-CSIC) creado en los últimos 25 años y en su diseño y construcción se pensaron todos los detalles para que fuera perfecto para compaginar laboratorios experimentales y grandes equipos informáticos. En apenas dos años, el Instituto ha logrado situarse entre los más potentes de España y sólo durante la crisis del COVID19 presentó proyectos, que han sido aprobados, por los que recibirá tres millones de euros. “Es un centro tan joven que aún le queda mucho recorrido por delante”, señala una fuente  del I2SysBio.

De ahí la  perplejidad de los investigadores cuando les plantearon la necesidad de que dejaran libre toda una planta (la cuerta) para otros grupos de la Universidad de Valencia, debido, según el Rectorado, a los problemas de espacio en el campus. Una decisión, por cierto, que se ha tomado sin convocar a la comisión del convenio, es decir a los representantes del CSIC, que es parte interesada. Al centro les llegó el pasado viernes por email. Según fuentes del Instituto, los responsables no daban crédito porque este año han conseguido cinco plazas más en las próximas oposiciones del CSIC destinadas al este centro, científicos que querrán montar sus grupos de investigación en un lugar donde ya hay 14 funcionando .”Pero ¿Cómo hacerlo cuando no hay espacio? ¿Qué sentido tiene desmontar una planta diseñada para laboratorios que se necesitan para poner ordenadores, que pueden ponerse en cualquier sitio? ¿Cómo vamos a conseguir que los científicos quieran quedarse aquí si no ven unas condiciones mínimas para crecer?”, se preguntan.

Entre los afectados está Javier Buceta, actualmente en la Universidad de Lehigh de Estados Unidos. Es la segunda vez que Buceta se topa con la realidad de la ciencia en este país. En el pasado se fue a California, fue premiado en La Joya, volvió con un contrato Ramón y Cajal con intención de quedarse y se tuvo que volver a ir en 2014 porque le dejaron sin contrato. Por fin, este Instituto mixto le ha recuperado, incluso han comprado un microscopio electrónico para que pueda trabajar en condiciones. Andaba preparando la mudanza cuando le llegó la noticia de que el lugar donde pensaba instalarse ha sido cercenado. “Es tratar de solucionar un problema creando otros, eliminando de un plumazo la planificación y estrategia de este centro; un ejemplo monumental de cortoplacismo en ciencia y una moraleja deprimente. El ultimo que salga que cierre la puerta”, comenta Buceta desde EEUU.

Desde la parte del CSIC, José Luis García asegura no conocer precedentes en los que se rompe así lo pactado en un convenio mixto, justamente cuando lo que se quiere con este tipo de centros es promover la colaboración entre instituciones. “Yo a los investigadores sólo les podía ofrecer espacio, porque no tenemos dinero para contratar técnicos. En septiembre, en las oposiciones salen cuatro plazas porque nuestra estrategia era que el centro creciera hasta 2022, pero ya no habrá donde y, además, se están generando tensiones con grupos de la universidad que no existían”, señala. Todos indica que  el Rectorado está haciendo un uso patrimonial de un edificio sujeto a acuerdos.

¿Y qué opciones tienen? Una de las alternativas que se han planteado es que construya el segundo edificio que aún está pendiente de hacer porque llegó la crisis y se paralizó. Para ello sería necesario que el CSIC pusiera unos 4,5 millones de euros. De hecho, el actual del I2SysBio costó 9 millones y se financió con dinero de la UE y del CSIC. Otra opción se utilicen espacios de facultades que están fuera del campus. Incluso que, coyunturalmente, se queden en una zona del edificio dedicada a la informática, en lugar ocupar un laboratorio de biología. De momento no hay respuesta. “El CSIC hizo una apuesta por Valencia con este centro puntero y ahora corremos el riesgo de que se nos vayan o no vengan los investigadores que queríamos si ven que no hay espacio en el que crecer. Además, se genera un problema de confianza que rompe una política científica. Esa cuarta planta que nos piden desalojar no está vacía porque hay ya dos grupos trabajando allí que habrá que recolocar y para el futuro estaba planificado que habría tres más. Esperemos que reconsideren esta petición”, afirma.

#SinCienciaNoHayFuturo.

 

 

Nostalgia de una ‘misión’ antártica


 

ROSA M. TRISTÁN

Cuando dejaba atrás la Antártida y, lentamente, los icebergs fueron desapareciendo de mi vista no imaginaba cuánto echaría de menos ese espacio en el que todo es grandioso, indomablemente salvaje. La mano invisible de nuestra especie está también ahí, echando un maleficio que viene cargado de destrucción y muerte para quien allí habitan, pero lo que llena los ojos y todos los sentidos es la belleza. En estado puro. Hoy, confinada, con el solo respiro de una pequeña terraza, la nostalgia por lo vivido a veces se presenta como un torbellino.

Esa nostalgia viene a acompañada de dos sentimientos contrapuestos que luchan entre si: el entusiasmo por haber conocido un pedazo más de este asombroso hogar que es nuestra Tierra y haberlo hecho de la mano de quienes mejor lo conocen, y la tristeza de comprobar que ni siquiera una amenaza contundente y mortal a nuestra propia vida como es el coronavirus, provocado por nuestra estupidez humana, puede hacernos cambiar el rumbo. Y me pregunto… ¿Qué pasará si volvemos a usar coches privados para todo? ¿Habrá un repunte del uso de plásticos por un aumento de objetos de usar y tirar? ¿Volvemos a la tentación de invertir en construcción (en Madrid) o en turismo (el campo de golf de Nerja) que aumentará el desastre ambiental? ¿Nos olvidaremos de limpiar la casa que ahora nos parece más limpia en aras de un modelo económico que regresará al absurdo del crecimiento infinito?

Os quería compartir aquí, en el Laboratorio para Sapiens, el artículo publicado el domingo día 26 en EL PAÍS SEMANAL. MISIÓN ANTÁRTICA: SALVAR LA TIERRA. Os aconsejo escuchar el podcast y ver el vídeo que lo acompaña de Pepe Molina. Y sobre todo disfrutar con las fotos de Fernando Moreles, todo un artista de la cámara.  Y me gusta el título, que yo no escogí, porque estoy convencida de que para salvar la Tierra primero hay que conocer al detalle qué es lo que allí está ocurriendo, algo que no sería posible si no fuera por los científicos, técnicos y militares, miles en estos 33 años, que participan en las campañas antárticas. Convivir con algunos de ellos, comprender las dificultades a las que se enfrentan, compartir los riesgos, que los hay, y sobre todo ‘absorber’ su conocimiento es algo que no tiene precio. Me pesa no haber podido mencionar los trabajos de todos y cada uno de ellos en el reportaje, pero eran tantos…. ¡Es algo que da para un libro! No me extraña que otros colegas, como Valentín Carrera, hayan terminado escribiéndolos. Yo lo estoy pensando…

Porque, al final, ahí están sus resultados. Como todo en la ciencia, lentos pero contundentes. Estos días de atrás me dejaba perpleja la inmediatez que desde la sociedad se exigía a los investigadores del SARS-CoV19.  Me llegaban comentarios del tipo: necesitamos ya una vacuna, debemos tener test fiables al 100% o ¿qué pasa con los tratamientos?. Pero también veo que ahora ya comenzamos a comprender que este es un trabajo que lleva su tiempo porque no se basa en la magia, ni en creencias religiosas. Se basa en datos que hay que corroborar muchas veces. En el caso de la ciencia antártica además, implica un compromiso personal muy grande: dejar a la familia durante meses, realizar un viaje de casi 14.000 kilómetros del que no puedes volver fácilmente, trabajar a destajo de la mañana a la noche para aprovechar al máximo el tiempo compartido en tan asombroso lugar…

A cambio, la belleza.

Parémonos a reflexionar: basta ya de apoyar a quienes la destruyen, basta de escuchar a quienes en su inconsciencia premeditada nos condenan a un mundo sin futuro habitado por una humanidad sin abrazos.

Posdata:

En este mismo blog encontraréis el DIARIO)

En #SOMOSANTÁRTIDA de El País, muchos artículos por proyectos.