El niño neandertal de El Sidrón, un ‘aprendiz’ canibalizado


 

ROSA M. TRISTÁN

Un niño. Apenas levantaba un metro del suelo, exactamente 1,11 metros. Pesaba 26 kilos, por encima de lo que marca la media en una criatura actual para su edad. Tenía exactamente 7 años y 7 meses al morir y estaba enterrado en una cueva asturiana, El Sidrón, entre los restos de otros 13 individuos, algunos hermanos suyos, que fueron canibalizados, quien sabe si por venganza, hambre, por un rito o por nada especial. Como ellos, también algunos de sus huesos fueron ‘rebañados’ a cuchillo de piedra. Ese niño, pese a estar aún en edad de los juegos, ya hacía trabajos de adulto, cortando pieles, usando su boca como una herramienta más.  Había pasado hambre o una enfermedad en algún momento de su vida. Y crecía como todos a su alrededor, prácticamente igual que como los que llegaron después con sus innovadoras formas de vida, aunque él nunca llegó a conocerlos. Ese ‘Juvenil 1’ (su nombre) era neandertal y vivió hace 49.000 años, cuando ya su especie estaba en clara decaída.

 

Sabemos que su desarrollo era muy parecido al nuestro, salvo en dos partes importantes de su cuerpo: el cerebro y la columna vertebral, que crecían más lentamente, aunque no sepamos la razón. ¿Sencillamente por que eran más grandes? ¿Afectaba ello a su comportamiento? ¿A su capacidad cognitiva? ¿Tiene algo que ver con el consumo de energía, tan difícil de obtener en aquellos tiempos? Estas son algunas de las preguntas que se abren tras el trabajo, publicado esta semana en ‘Science’, del equipo del paleontólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) Antonio Rosas, que nos ha desvelado cómo crecían aquellos parientes extintos con los que llegamos a cruzarnos y tener descendencia.

La autora, en el yacimiento de El Sidrón, en 2012. @ROSA M. TRISTÁN

Hace unos años tuve el privilegio de conocer el yacimiento mientras estaban en activo las excavaciones con Rosas y el arqueólogo Marco de la Rasilla. Entonces, posiblemente, andaban sacando las piezas del puzzle que ha acabado siendo el esqueleto de niño neandertal más completo que se conoce, y de sus congéneres. “Ha sido un trabajo muy exhaustivo en el que hemos comprobado las similitudes en los patrones de crecimiento de nuestra especie y de los neandertales, comprobando su edad y su ritmo de desarrollo por tres caminos diferentes. La conclusión es que es similar, algo que no se sabía”, explica Luis de Ríos, otro de los autores de este trabajo, del que también han participado Rosa Huguet, Marcus Bastir y Antonio García-Tabernero, entre otros. “Eso nos dice que ese ritmo lo comparten por un ancestro común, una especie que puede ser el Homo antecessor. El Homo ergaster africano, sin embargo, maduraba más rápidamente, de forma más primitiva”, puntualiza Rosas.

Todos los huesos rescatados del niño neandertal de El Sidrón. @CSIC

Esas diferencias en la maduración de las vértebras (que corresponde a la de un niño moderno de unos cinco años) y,  del cerebro, tienen que tener una causa, pero no está clara. Rosas lo explica así: “En el caso del cerebro, en  el Homo sapiens requiere mucha energía para crecer y por ello se desarrolla totalmente [hasta los 1.350 cc de un ser adulto] en los primeros años mientras el cuerpo lo hace más lentamente hasta el ‘estirón’ de la adolescencia. En este niño neandertal su cerebro estaba al 87,5% del total cuando murió [de un volumen adulto de 1.520 cc en su especie]. No sabemos la razón por qué aún. Quizás sencillamente porque cerebro y tórax eran más grandes en su especie  pero debemos ser cautos. Tampoco sabemos si eso afectaba a su desarrollo cognitivo porque, de hecho, hacía tareas de adulto”, reconoce Rosas.

Por lo demás, el niño crecía como un ‘sapiens’ cualquiera (por cierto, el sexo lo ha inferido de un diente canino).  Al parecer, rodeado de su familia, como han desvelado los estudios de ADN, en los que El Sidrón es un yacimiento de referencia a nivel mundial:  entre los 13 individuos hallados está un hermano menor y también se sabe de dónde viene su madre. Los 138 fósiles encontrados de su esqueleto y su dentadura (un total de 30 piezas dentales) fueron arrastrados por una avalancha de lodo hacia el interior de la cueva

Antonio Rosas, entrando a El Sidrón, lugar de difícil acceso. @ROSA M. TRISTÁN

Me gusta pensar que esa criatura, que tan dura vida tuvo, y tan dura muerte, estaba aquel día sobre esa mesa bajo tierra en la que Antonio Rosas y su equipo intentaban recomponer una historia del pasado de la que ahora tenemos nuevas pistas… Y las que quedan: ahora tienen como meta estudiar la difícil etapa de la adolescencia neandertal gracias a los restos de tres jóvenes en esa edad, etapa de una masa gris en ebullición que por desgracia no fosiliza. Todo un reto.

Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), con una reproducción del cráneo del niño neandertal. @ROSA M. TRISTÁN

 

 

 

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La tumba del ADN neandertal: un viaje por la cueva El Sidrón


EL VALOR DEL PATRIMONIO PREHISTÓRICO

ROSA M. TRISTÁN

Hace unos meses, cuando estaban en plena campaña de excavación, tuve el privilegio de compartir dos días de trabajo con el equipo de investigadores de la cueva de El Sidrón, la tumba del ADN de neandertal, un lugar único en el que se ha encontrado material genético de toda una familia de aquellos humanos extintos hace casi 30.000 años, pero que habitaron este planeta más tiempo del que llevamos nosotros. El equipo lo dirigen Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y Marco de la Rasilla, de la Universidad de Oviedo. Una tercera pata investigadora la aporta Carles Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF).

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El carbón no ensucia las miradas, en imágenes


ROSA M. TRISTÁN

Son 52 fotografías y 97 minutos. Imágenes de hace tan sólo seis meses que los periodistas Javier Bauluz y Marcos Martínez Merino nos traen de nuevo a la cabeza; la lucha de los mineros que llenó las carreteras de medio país, que abarrotó las calles de Madrid el pasado mes de septiembre. Son 52 pedazos y 97 minutos de vídeo para no olvidar que el conflicto sigue abierto y muchas familias, como un goteo con fecha de caducidad, siguen saliendo de la mina para ir a la nada.

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