200 científicos revelan que la Amazonía y otros bosques tropicales se secan


ROSA M. TRISTÁN

Hay unos umbrales para los seres vivos más allá de los cuales la vida es imposible. Y no hay retorno posible. Ese es el punto al que están llegando los bosques tropicales debido a unas temperaturas máximas diarias que ya están situándose por encima de los 32,2ºC, según un reciente estudio publicado en la revista ‘Science’ , en el que han participado 178 instituciones de todo el mundo. A esas temperaturas, aseguran casi 200 investigadores de cuatro continentes, los árboles pierden el carbono que almacenan más rápidamente, no ya porque a más calor más riesgo de incendios, que también, sino por la propia fisiología de una vegetación que evolucionó en zonas donde las olas de calor eran esporádicas y las lluvias más continuas.

Los científicos que publicaban estas conclusiones señalan la urgencia de tomar medidas inmediatas para conservar estos bosques tropicales y estabilizar el clima global. Y lo explicaban así: el dióxido de carbono, como sabemos gas de efecto invernadero, es absorbido por los árboles a medida que crecen y se va almacenando como madera. Pero cuando se calientan demasiado y se secan (como cualquier planta) van cerrando los poros de sus hojas para ahorrar agua, algo que han comprobado que les impide absorber más carbono. Al morir, vuelven a liberar ese carbono almacenado a la atmósfera. Un dato a no olvidar es que los bosques tropicales contienen aproximadamente el 40% de todo el carbono almacenado por las plantas terrestres.

Vista aérea del bosque tropical en la Isla Barro, Panama. @Smithsonian Tropical Research Institute

Para este estudio, los investigadores midieron la capacidad que tienen a gran escala porque  “crecen en una amplia gama de condiciones climáticas”, según explica Stuart Davies, director de los Observatorios de la Tierra Global del Bosque del Smithsonian (ForestGEO), una red mundial en la que participan 70 espacios de 27 países para realizar estudios forestales. En esta investigación participan, además,científicos de Brasil, Ghana, Liberia, Congo, Colombia, Venezuela… “Queríamos evaluar su resistencia y sus respuestas a los cambios en las temperaturas y explorar las implicaciones de las condiciones térmicas, lo que es algo muy novedoso”, señala Davies, del Instituto Smithsonian. 

En la actualidad, el almacenamiento de carbono en los árboles en casi 600 lugares en todo el mundo se conoce gracias a diferentes iniciativas de monitoreo, como RAINFOR, AfriTRON, T-FORCES y la mencionada ForestGEO. En este caso, con el equipo de investigación dirigido por Martin Sullivan de la Universidad de Leeds y la de Manchester, primer firmante del trabajo, se monitorearon más de medio millón de árboles de 10.000 especies en un total de 813 áreas de bosques tropicales. En total, hicieron más de dos millones de mediciones del diámetro de estos árboles en 24 países distintos. 

En su análisis posterior, detectaron grandes diferencias en la cantidad de carbono almacenado por los bosques tropicales en América del Sur, África, Asia y Australia. Los de Sudamérica, fundamentalmente la Amazonía, según sus conclusiones almacenan menos carbono que los bosques del Viejo Mundo, tal vez debido a las diferencias evolutivas en las especies de árboles. También encontraron que los dos factores que predicen cuánto carbono pierden los bosques son la temperatura máxima diaria a la que están sometidos y la cantidad de lluvia que reciben en las épocas más secas del año. La buena noticia es que estos bosques siguen almacenando altos niveles de carbono aún cuando hace calor y que se pueden adaptar a las altas temperaturas, pero la mala es que tienen un umbral crítico de tolerancia, que es un máximo de 32ºC durante el día. El aumento de la temperatura en las noches lo llevan mejor…

Como explican en ‘Science’, a medida que las temperaturas alcanzan los 32,2ºC, liberan el carbono que almacenan mucho más rápido. Y predicen, además, que los bosques de América del Sur serán los más afectados por si no frenamos el calentamiento global porque, de hecho, las temperaturas allí ya son más altas que en otros continentes y las proyecciones de futuro también son más altas para esta región. Steve Paton, director del programa de monitoreo físico de STRI, señala que en 2019 ya hubo 32 días con temperaturas máximas de más de 32º en una estación meteorológica en Panamá y un primer vistazo a sus datos indica que los días excepcionalmente calurosos se están volviendo más comunes.

¿Y qué puede pasar? Pues, por un lado, el aumento de carbono en la atmósfera puede exacerbar el calentamiento pero, por otro, los bosques podrían adaptarse a temperaturas más altas, es decir, podría pasar que las especies de árboles que no pueden soportar el calor mueran y sean reemplazadas gradualmente por otras más tolerantes. Lo que pasa es que eso puede llevar varias generaciones humanas y no tenemos tiempo para tanto. Además, habría que mantener los bosques intactos, cuando estamos en la senda de la deforestación y los incendios.

El autor principal de este gran estudio global, Martin Sullivan, insiste sobre el hecho de que los bosques tropicales “son sorprendentemente resistentes a pequeñas diferencias de temperatura” y que podrían continuar almacenando una gran cantidad de carbono en un mundo más cálido, pero también en que eso pasa porque tengan tiempo para adaptarse y, sobre todo, no alcanzar esa frontera de los 32ºC, algo a lo que parece que se acercan cada día un poco más: “Si llegamos a temperaturas promedio globales de 2°C por encima de los niveles preindustriales, casi tres cuartas partes de los bosques tropicales estarían por encima de ese umbral y cualquier aumento adicional conduciría a pérdidas rápidas del carbono forestal que acumulan”, augura. La cuenta para la vida en la Tierra sería muy negativa: el carbono que liberarían los bosques a la atmósfera por la muerte y descomposición de los árboles sería mucho mayor que el que captan por su crecimiento.

Para Jefferson Hall, también coautor del trabajo y director del Proyecto Agua Salud del Smithsonian en Panamá, la solución pasa por conservar y por encontrar nuevas formas de restaurar la tierra ya degradada, como es plantar especies de árboles que ayuden a que los bosques tropicales sean más resistentes a las realidades del siglo XXI. Es lo que se hace desde este proyecto que busca especies nativas que pueden utilizarse para administrar el agua, almacenar carbono y promover la conservación de la biodiversidad en ese punto crítico que es Panamá, donde se conectan América del Norte y del Sur. Curiosamente, por culpa del COVID-19, se ha suspendido por primera vez en 40 años el monitoreo de su estación de investigación en la isla panameña de Barro Colorado.

Desde Brasil, Beatriz Marimon, de la Universidad Estatal de Mato Grosso, destaca que “cada aumento de un solo grado por encima de este umbral de 32ºC  libera cuatro veces más dióxido de carbono que el que se hubiera liberado por debajo del umbral” y lanza un mensaje sobre la imperiosa necesidad de “proteger y conectar los bosques que quedan”. Lo hace desde un país amazónico donde últimamente la deforestación ha aumentado su ritmo de destrucción un 54% en sólo 10 meses y donde el fuego ya campa a sus anchas. 

Un ‘balón desinflado’ en la Antártida que resultó ser un huevo gigante


Fósil del huevo gigante encontrado en la Antártida. @Legendre et al.

ROSA M. TRISTÁN

Cuando conocí a Julia A. Clarke en Punta Arenas, en el Instituto Antártico Chileno donde estaba de visita, el director de este centro, Marcelo Leppe, me dijo: “Tiene un gran hallazgo que contarte”. Y lo hizo, aunque no es hasta ahora que, tras ser publicado en Nature, podía publicarse: el descubrimiento de un gigantesco huevo de lagarto que se ha conservado en la Antártida desde el Cretácico, hace 66 millones de años, que nos recuerda que ese continente de hielo entonces no lo estaba -de hecho, el cambio comenzó hace unos 35 millones de años.

Este huevo, el primero encontrado en la Antártida, fue descubierto en el año 2011 por científicos chilenos en una formación llamada López de Bertodano, en la Isla Seymour  o Isla de Marambio, que es uno de esos casos antárticos en los que el mismo lugar tiene dos nombres distintos. Los investigadores se quedaron perplejos ante lo que parecía un balón de fútbol desinflado, así que lo guardaron sin etiquetar ni estudiar en las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural de Chile. Para ellos era “La Cosa”, apodo inspirado en la película de ciencia-ficción de 1982. Y ahí siguió acumulando polvo hasta que un día Julia Clarke, de la Universidad de Texas, pasó por el Museo y lo ‘redescubrió’. En realidad, David Rubilar-Rogers, del Museo Nacional de Chile de Historia Natural, que había sido uno de los científicos que descubrió el fósil, se lo mostraba a cuanto geólogo visitaba el museo, esperando que alguien tuviera una idea, pero no encontró a nadie que diera con ello, hasta que Clarke, profesora de la Escuela Jackson Departamento de Ciencias Geológicas, apareció por allí en 2018. “Se lo mostré y, después de unos minutos, Julia me dijo que podría ser un ¡huevo desinflado!”, recuerda Rubilar-Rogers. “Si, debo reconocer que tengo buen ojo para ver lo que para otros pasa desapercibido”.

Recreación del posible mosasaurio poniendo huevos. @Legendre et al.

Junto con su equipo, la geóloga inició entonces un análisis que ha revelado que era un fósil gigante del caparazón blando de un huevo con 66 millones de años. Mide 29,7 centímetros de largo por 17,7 de ancho, lo que hace del fósil de huevo blando el más grande jamás descubierto hasta ahora y el segundo mayor de cualquier otro huevo conocido. Además, es el primero encontrado en el continente de hielo, un lugar nada fácil donde escasean estos hallazgos debido a su cobertura blanca.

“No nos podíamos imaginar que existiera un huevo tan grande, y menos con una cáscara blanda, pero cuando lo ví, pensé que no podía ser otra cosa”, me comentaba Julia en el despacho de Punta Arenas el pasado mes de marzo.

Pero si su tamaño es una sorpresa, no lo es menos la especie a la que podría pertenecer, porque creen que era un reptil marino gigante, ya extinto, similar a lo que eran los mosasaurios, que recuerdan a gigantescos cocodrilos de hasta 19 metros de largo. Lo que pasa es que este descubrimiento desafía el pensamiento predominante de que tales criaturas no ponían huevos. “Lo que está claro es que pertenece a un animal del tamaño de un dinosaurio grande, pero es completamente diferente a un huevo de dinosaurio”, señala Lucas Legendre, un postdoc que figura como primer fimanante, en un comunicado de la Universidad de Texas.  “Más bien, es muy similar a los huevos de lagartos y serpientes, pero de un pariente verdaderamente gigantesco”.

Legendre fue el encargado de estudiar las muestras utilizando un conjunto de microscopios y encontró varias capas de membrana que confirmaron que era un huevo y con una estructura parecida a la que requiere la incubación rápida y transparente de algunas serpientes y lagartos  actuales. Como el huevo está eclosionado y no contiene esqueleto, tuvo que recurrir a otros medios para ver qué tipo de animal podía poner un huevo así, así que recopiló datos para comparar el tamaño del cuerpo de 259 reptiles vivos con el tamaño de sus huevos y así descubrió que ‘La Cosa’ medía más de seis metros de largo desde la punta del hocico hasta el final del cuerpo, y sin contar una cola. Todo encajaba con un reptil marino.

Además, en la formación rocosa donde se descubrió el huevo también hay esqueletos de bebés mosasaurios y plesiosaurios, junto con especímenes adultos, que no sufrieron el triste destino del huevo. El documento no discute cómo el antiguo reptil podría haber puesto los huevos. Pero los investigadores tienen dos ideas en competencia.

Por cierto, ‘La Cosa’ antártica ya tiene nombre y apellido: se llama ,Antarcticoolithus bradly, en una referencia al lugar donde fue encontrado y por otro a la palabra del griego antiguo “oolithus’ que se refiere a huevo y a piedra y la palabra ‘bradús’ que significa tardanza, en referencia a los 160 años que han pasado desde la descripción del primer huevo mesozoico en depósitos marinos. Es decir, “huevo de piedra antártico tardío”. 

 

“Primavera con una esquina rota”, un vídeo para el recuerdo


Se estrena un vídeo colectivo con imágenes de la naturaleza durante el confinamiento en todo el mundo

Diagrama Producciones acaba de estrenar en las redes sociales y con acceso libre su última producción, con el título de ‘Primavera con una esquina rota’, en referencia al poema del escritor uruguayo Mario Benedetti, que pretende ser un canto poético al resurgir de la naturaleza durante el confinamiento de esta primavera y a una llamada a la generación que lo ha vivido desde la niñez y la juventud.

El vídeo, de 10 minutos de duración, ha sido realizado con aportaciones de cientos de grabaciones realizadas con cámaras de móviles alrededor el mundo por un centenar de personas. La idea original de ‘Primavera con una esquina rota’ es del director y productor de documentales Miguel Angel Nieto, que tiene en su haber numerosos premios por sus producciones, y surgió tras ver cómo las redes sociales se inundaban de imágenes en las que los cielos lucían transparentes, las calles silenciosas, la fauna se adueñaba de espacios de los que habían sido desplazados… Pero también aquellos que nos mostraban cómo en los hospitales y morgues se acumulaba el dolor humano, la metafórica ‘esquina rota’ en el renacer de una vida que en esta primavera se ha hecho más patente que nunca en este siglo.

Durante cuatro semanas, Diagrama Producciones, con la colaboración de Rosa M. Tristán (co-guionista) lanzó la petición pública para recibir imágenes de cómo se veía esa primavera desde las ventanas, los jardines y balcones y comenzó a recibirlas de todo el mundo, en más de una veintena de países de cuatro continentes: muchos provenían de rincones naturales de España libres de presencia humana. También las hay de Taipei, Estambul, Paris, Nueva York, Washington, Boston, Bloomington, Minneapolis, Buenos Aires, Lisboa, Oporto, Ciudad del Cabo, Tanzania, Senegal, Roma, Bologna, Moscú, Krasnodar, Stepanakert (Nagorno Karabaj), Yerevan (Armenia), Ciudad de México, Los Ángeles, Alemania, Tokio, etcétera.

Todas las imágenes y la música han sido cedidas gratuitamente a la productora y también todos los derechos de autor que se devengan del vídeo serán destinados a la Fundación Española de Cooperación sanitaria, una organización solidaria que dedicada a la atención en países en desarrollo, que tanto apoyo necesitan en estos momentos. El guión se ha centrado en textos escogidos de Eduardo Galeano, Mario Benedetti o Claribel Alegría, leídos por ellos mismos, pero también de Albert Camus o Pedro Salinas, entre otros, buscan reflejar, gracias a su poesía, esos sentimientos y emociones que han acompañado a millones de personas.

Según su productor y realizador, Miguel Ángel Nieto, “se trata de dejar un mensaje a las generaciones de los niños y jóvenes que han vivido esta situación excepcional, transmitirles que ellos son el relevo para el resurgir de la vida en este planeta porque esta primavera ha dejado claro que es posible” .

Para más información dejar COMENTARIO en este artículo y nos pondremos en contacto.

 

Atapuerca: una excavación adaptada al coronavirus


Nuevos andamios en la Gran Dolina de Atapuerca @EudaldCarbonell

ROSA M. TRISTÁN

Atapuerca no está dispuesta a rendirse al COVID-19. “Los que estudiamos evolución humana sabemos que la clave es adaptarse para sobrevivir, así que nos hemos adaptado a la nueva realidad y Atapuerca no para”. Así de claro lo tiene Eudald Carbonell, codirector de las excavaciones que un año más van a desarrollarse en la famosa sierra burgalesa. Son ya 43 años seguidos de excavaciones en un lugar emblemático que nos ha descubierto grandes momentos de nuestro pasado humano.

Bien es verdad que lo hará en condiciones especiales, con limitaciones que impone la ‘nueva normalidad’ y que hará que esta campaña recuerde a las de hace ya muchos años: en total 50 personas, todas españolas, cuando el año pasado participaron un total de 283 de 22 nacionalidades distintas. De hecho, sólo se trabajará en tres yacimientos: la Gran Dolina, Sima del Elefante, Cueva Fantasma, Sima de los Huesos y Galería de las Estatuas. En Cueva del Mirador,  La Galería, La Paredeja o El Penal esta campaña no se podrá trabajar. El equipo que trabaja en el río Arlanzón cribando los sedimentos, que dirige Gloria Cuenca, también estará activo, con unas cinco personas. Además, en vez de 45 días de trabajo serán 25: del 1 al 25 de julio.

En los que si se podrá, se tomarán medidas especiales de seguridad. Así, en cada yacimiento habrá entre cinco y siete personas como máximo (Gran Dolina es grande así que permite mantener las distancias) y la logística de cada uno de los tres yacimientos activos (comidas, transporte…) será independiente para evitar que haya concentración de personas en ningún momento dentro del complejo. “Estamos contentos de contar finalmente con la financiación de la Junta de Castilla y León que nos permite mantener la excavación y estamos haciendo ya muchos cambios”, me explica Carbonell. Respecto a posibles prevenciones sanitarias, se ha recomendado a todos los que vayan este año a trabajar a las excavaciones que se hagan unos test de coronavirus, si bien es algo voluntario.

Los cambios en marcha es lo que han bautizado como “Tormenta metálica”, porque se están cambiando algunos de los andamios que durante años han definido el paisaje de esta sierra habitada desde hace más de un millón de años por parientes humanos. En concreto, con el apoyo de la Consejería de Cultura y Turismo se ha colocado una estructura metálica de refuerzo en la cubierta del yacimiento de Gran Dolina, con una inversión de más de 50.000 euros.

También está previsto que se reanuden las visitas turísticas. “Confiamos en que se pueda volver a la normalidad totalmente en julio, así que quien quiera podrá venir a vernos, también con las medidas de seguridad correspondientes”, explica el codirector del proyecto.

Por lo pronto, ya ha abierto sus puertas el Museo Nacional de Evolución Humana, en Burgos, y los paseos por la Trinchera de Ferrocarril se reanudarán una vez que  se levante el Estado de Alarma, ya superado el brote de una enfermedad humana que, por lo que se sabe hasta ahora, nunca antes en la historia de la especie había sido tan global.

 

SOS: el virus corona-sapiens se extiende


 

Mapa de incendios en la Amazonía en 2019. @INPE

ROSA M. TRISTÁN

Durante días y días, desde las ventanas de casa, desde la azotea, pero también en las imágenes que inundaban mis redes sociales, observé, como tantos y tantas, que la naturaleza urbana, se limpiaba a pasos agigantados del virus humano. Durante semanas absorbí ese resurgir de la vida en una gran ciudad y atendí a cuantos mensajes llegaban de que era el momento de hacer un punto y aparte y comenzar a pensar como sociedad, y no solamente en los círculos concéntricos de siempre, que otro mundo es posible, pero ya con la certeza de haber visto el cambio.

Esos días de confinamiento extremo escuché a muchos científicos que, como Fernando Valladares, nos dejaban claro que la pandemia no vino sola, sino que salimos en su busca  a fuerza de destruir la biodiversidad de la Tierra, de ocupar espacios que no eran nuestros, de no hacer caso a las señales de alarma… Es verdad que estos científicos han tenido un espacio ínfimo entre tanta información como los periodistas y medios hemos dedicado al COVID-19. Desde One Ocean (Reino Unido) me envían cada semana un informe global de medios en los que he ido comprobando cómo en abril, a nivel global, el medio ambiente tenía una presencia hermosa, centrado en el resurgir de la vida, que ha ido perdiendo a lo largo de las últimas semanas.

Río Manzanares, tramo renaturalizado. @Rosa M. Tristán

En pocas jornadas, hemos dejado de hablar de las oportunidades del parón (provocado por una tragedia) para repensar el modelo económico, de la fascinación de ver ciervos por las calles y escuchar el silencio… Y algunas personas, creo que no las suficientes, comenzamos a intuir que el futuro va a ir por otros derroteros que huelen a rancio, que por más que queramos ser optimistas y hablar soluciones factibles, el mismo saco se abre bajo los pies: el esclavismo del consumo para seguir en movimiento… Como si no hubiera un mañana.

El primer desasosiego comencé a sentirlo en el estómago cuando escuchaba las recomendaciones de utilizar transporte privado, de usar más objetos de usar y tirar para protegernos, del consumo de alimentos envasados en plásticos… En definitiva, de una ‘nueva normalidad’ que se centraba en distanciamiento social entre las personas, pero no en el distanciamiento de un sistema que no piensa que habitamos un mundo finito. Luego, ese desasosiego se me fue extendiendo por el cuerpo con las noticias que llegaban de Estados Unidos y hablaban del desmantelamiento de las leyes que recortan emisiones contaminante; o China, el país que primero ha salido de la crisis del COVID-19, que recuperaba rápidamente sus niveles de contaminación anteriores a la pandemia (pronto ocurrirá aquí) o que en Colombia se dejaba la puerta abierta a extraer hidrocarbunos de la Amazonía que les toca.

Indios amazónicos en Brasil. Foto cedida por @Sydney Possuelo.

Y así, mientras estábamos encerrados y escuchábamos embelesados los pájaros, resulta que en esa misma Amazonía, pero en Brasil, el río se convertía en vía de contagio para pueblos indígenas que podrían desaparecer en un visto y no visto porque no se han tomado ninguna medida para evitarlo, y a la vez aumentaba (y aumenta) la deforestación, aprovechándose del descontrol: ha habido en marzo casi un 30% más de alertas según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de este país (un 51% más que en tres meses que en el mismo periodo en 2019). Y en el centro de África, los furtivos se aprovechaban para masacrar fauna salvaje porque no hay turistas y tampoco dinero para tener guardas forestales. Lo leía y la inquietud se hacía cada vez más grande ante ese virus mortífero de la biodiversidad global que igual asesina que cambia el clima de todo un planeta. Por cierto, que desde Groenlandia y Siberia, los científicos avisaban también en ese confinamiento sin fin de que hay señales de que este año se avecina otro deshielo espectacular, justamente el mismo año en el que hubo una ‘ola de calor’ en la Antártida, que por cierto coincidió con mi viaje y que puede ser puntual, pero es la primera.

Claro que si miramos al panorama nacional, el desasosiego ya me sale por los poros hasta con la mascarilla puesta, tal es el olor a cemento que me llega. Bien es verdad que por fin se ha aprobado la Ley de Cambio Climático que deberá marcar la pauta, si, aunque ello conlleve el cierre de fábricas de coches que no se adapten al cambio (y digo yo que no será porque no han tenido tiempo), pero sinceramente no parece que sea suficiente para la que, ojalá me equivoque, se avecina.

Río Manzanares, también en tramo renaturalizado. @Rosa M. Tristán

Y es que en cuatro días, como quien dice, muchas comunidades autónomas han decidido que para salir de la crisis no les vienen bien las propuestas más sostenibles, y querría recordar en ese punto el informe que ha presentado WWF sobre empleo verde, sino que es mejor lanzarse a degüello contra el medio ambiente para su ‘nueva normalidad’, que a mi me apesta a rancia y vieja: es decir, a construir y construir, que no es sino destruir . ¿Para qué vamos a darle vueltas a eso del empleo verde, o la necesidad de reforzar el sector de los cuidados, especialmente de los ancianos, o promover la investigación o apostar por la agroecología? Paparruchas frente a un ladrillazo, que deja pingües beneficios a grandes empresas.

Así que en Madrid, el Gobierno autonómico ya han dicho que liberará suelo y que relajará else asunto de las licencias urbanísticas, todo un estorbo. En Murcia, más de lo mismo, con reformas en un visto y no visto de la Ley de Puertos, la Ley del Suelo, la Ley de Vivienda y la Ley de Protección Ambiental Integrada, algo que ya han  denunciado las cinco ONGs ambientalistas. Es más, de propina otro decreto permite aumentar un 25% los vertidos en tierra y mar. Imaginen cómo quedará el Mar Menor, que conocí como un paraíso y hoy da verdadero repelús. ¿Y qué me dicen de la eliminación de trabas burocráticas para promotores inmobiliarios en Andalucía? Claro, que en Extremadura también ha entrado en vigor el día 25 de Mayo un Decreto Ley que ‘flexibiliza’ mucho el asunto del cemento en aras del progreso económico.

Pero me faltaba el remate, en lo local y cercano, lo de al lado de casa… Por si alguna duda me quedaba de que este virus no hay vacuna que lo cure, cuando por fin pude salir a pasear, primero me encontré el suelo sembrado aquí y allá de guantes y mascarillas… Y días después, ya en Madrid Río, a orillas del Manzanares, con el derribo de un estadio que, a simple vista, me ha dejado sin palabras: Cascotes y cristales cayendo sobre los patos a cascoporro. Como soy malpensada, intuyo en el desastre las prisas por acabar antes de que los ciudadanos pudiéramos asomarnos a ver lo que ocurría, por comenzar a construir los pisos de lujo que veremos crecer en breve. ¿Culpables? La empresa, si, pero sobre todo las autoridades que debieran haberlos controlado. Una desafección así ante un espacio natural tan singular y cercano me dice que la infección de este virus humano está lejos de ‘aplanar la curva’.

Vamos de cabeza a la siguiente gran epidemia y con los ojos cerrados. Y dadas las características del virus que la provoca sólo puedo denominarla corona-sapiens. Como veis, el corona-sapiens tiene unas características muy definidas: se transmite en la distancia, incluso a miles de kilómetros hasta llegar a los polos, se contagia tanto a fauna como a flora, incluso a microorganismos que crecen a su amparo para dañarlo, destruye la calidad del aire y infecta las aguas de ríos, mares, lagos, incluso las subterráneas. Tiene mutaciones ‘multirresistentes’ a cualquier intento de control. Se conocen tratamiento eficaces y vacuna, pero no se utilizan.

POSTDATA: Aún así, desasosegada, y bastante deprimida con todo ello, comparto con algunos mensajes recibidos que no hay que tirar la toalla. Que hay esperanza porque no todos los humanos somos de la especie corona-sapiens y que los hay resistentes a ese virus destructor. Y como muestra, ahí están las movilizaciones de los jóvenes por el clima, las muchas iniciativas locales que como hormiguitas socavan sus defensas, las ongs ambientalistas y esa ciudadanía que tiene claro el rumbo y es consciente de que es importante saber a quien se vota cuando se vota.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nostalgia de una ‘misión’ antártica


 

ROSA M. TRISTÁN

Cuando dejaba atrás la Antártida y, lentamente, los icebergs fueron desapareciendo de mi vista no imaginaba cuánto echaría de menos ese espacio en el que todo es grandioso, indomablemente salvaje. La mano invisible de nuestra especie está también ahí, echando un maleficio que viene cargado de destrucción y muerte para quien allí habitan, pero lo que llena los ojos y todos los sentidos es la belleza. En estado puro. Hoy, confinada, con el solo respiro de una pequeña terraza, la nostalgia por lo vivido a veces se presenta como un torbellino.

Esa nostalgia viene a acompañada de dos sentimientos contrapuestos que luchan entre si: el entusiasmo por haber conocido un pedazo más de este asombroso hogar que es nuestra Tierra y haberlo hecho de la mano de quienes mejor lo conocen, y la tristeza de comprobar que ni siquiera una amenaza contundente y mortal a nuestra propia vida como es el coronavirus, provocado por nuestra estupidez humana, puede hacernos cambiar el rumbo. Y me pregunto… ¿Qué pasará si volvemos a usar coches privados para todo? ¿Habrá un repunte del uso de plásticos por un aumento de objetos de usar y tirar? ¿Volvemos a la tentación de invertir en construcción (en Madrid) o en turismo (el campo de golf de Nerja) que aumentará el desastre ambiental? ¿Nos olvidaremos de limpiar la casa que ahora nos parece más limpia en aras de un modelo económico que regresará al absurdo del crecimiento infinito?

Os quería compartir aquí, en el Laboratorio para Sapiens, el artículo publicado el domingo día 26 en EL PAÍS SEMANAL. MISIÓN ANTÁRTICA: SALVAR LA TIERRA. Os aconsejo escuchar el podcast y ver el vídeo que lo acompaña de Pepe Molina. Y sobre todo disfrutar con las fotos de Fernando Moreles, todo un artista de la cámara.  Y me gusta el título, que yo no escogí, porque estoy convencida de que para salvar la Tierra primero hay que conocer al detalle qué es lo que allí está ocurriendo, algo que no sería posible si no fuera por los científicos, técnicos y militares, miles en estos 33 años, que participan en las campañas antárticas. Convivir con algunos de ellos, comprender las dificultades a las que se enfrentan, compartir los riesgos, que los hay, y sobre todo ‘absorber’ su conocimiento es algo que no tiene precio. Me pesa no haber podido mencionar los trabajos de todos y cada uno de ellos en el reportaje, pero eran tantos…. ¡Es algo que da para un libro! No me extraña que otros colegas, como Valentín Carrera, hayan terminado escribiéndolos. Yo lo estoy pensando…

Porque, al final, ahí están sus resultados. Como todo en la ciencia, lentos pero contundentes. Estos días de atrás me dejaba perpleja la inmediatez que desde la sociedad se exigía a los investigadores del SARS-CoV19.  Me llegaban comentarios del tipo: necesitamos ya una vacuna, debemos tener test fiables al 100% o ¿qué pasa con los tratamientos?. Pero también veo que ahora ya comenzamos a comprender que este es un trabajo que lleva su tiempo porque no se basa en la magia, ni en creencias religiosas. Se basa en datos que hay que corroborar muchas veces. En el caso de la ciencia antártica además, implica un compromiso personal muy grande: dejar a la familia durante meses, realizar un viaje de casi 14.000 kilómetros del que no puedes volver fácilmente, trabajar a destajo de la mañana a la noche para aprovechar al máximo el tiempo compartido en tan asombroso lugar…

A cambio, la belleza.

Parémonos a reflexionar: basta ya de apoyar a quienes la destruyen, basta de escuchar a quienes en su inconsciencia premeditada nos condenan a un mundo sin futuro habitado por una humanidad sin abrazos.

Posdata:

En este mismo blog encontraréis el DIARIO)

En #SOMOSANTÁRTIDA de El País, muchos artículos por proyectos.

 

 

 

 

 

Supercomputación para prever el impacto de un desastre


Volcán islandés Grimsvötn en erupción.

ROSA M. TRISTÁN

¿Es posible detectar con tiempo una catástrofe natural y evitar, en lo posible, su impacto? ¿Y qué utilidad puede tener en el caso de una pandemia como la provocada por el SARS-COV-2, que no supimos ver, pese a las alertas que lanzaron hace tiempo algunos científicos? Esas son dos preguntas a las que una pequeña empresa española, Mitiga Solutions, una ‘spin off’ surgida en la Universidad Autónoma de Barcelona, está dando respuesta gracias a un innovador sistema que es capaz de anticipar el impacto de los peligros naturales antes de que se materialicen, además de hacer un seguimiento en tiempo real, gracias a la utilización de grandes supercomputadores.

Estas últimas semanas, los creadores de este sistema están volcando sus esfuerzos en una plataforma de prevención temprana de pandemias en países en desarrollo, una iniciativa con la que comenzaron a trabajar en octubre con Cruz Roja en África y que ahora centran en el COVID-19 . “Se trata de extrapolar el sistema que utilizamos en catástrofes naturales a riesgos sociales, generando modelos por supercomputación que ayuden a conocer la expansión del coronavirus, en principio en Kenia”, comenta Alejandro Martí, su director ejecutivo.

Cruz Roja, en Kenia.

La empresa comenzó con el desarrollo de un software que permitía la detección temprana de catástrofes como la erupción de un volcán. Gracias a su sistema, es posible saber cómo y por dónde se moverán las columnas de partículas que se emiten a la atmósfera, algo especialmente importante en el caso de las compañías de aviación -hay que recordar que hubo 100 000 vuelos cancelados con la erupción del Eyjafjallajökull en 2010 en Islandia- que se han convertido en sus grandes clientes, junto con las aseguradoras. “Estamos en contacto continuo con todos los centros de vulcanología del mundo y una vez que sabemos la altura de la columna que emite un volcán podemos ver hacia dónde irán las partículas de las 48 horas a los siguientes siete días. Es algo fundamental para las rutas de vuelo porque puede conocerse con antelación si tendrá que cerrar un aeropuerto”, explica Marti.

El asunto también es importante para las empresas que fabrican las turbinas de los aviones, dado que pueden predecir cuánto durarán en función del tiempo que estén expuestas a partículas como el polvo del desierto, las provenientes de grandes incendios, como los que el pasado año hubo en Australia o el Amazonas, e incluso la sal marina. “En este caso hacemos mapas de riesgos, modelos y diagnósticos de daños”, señala.

Martí comenta como ahora, gracias a la supercomputación, también realizan para aseguradoras modelos de riesgo de incendios forestales de grandes dimensiones, utilizando para ello datos de fuegos de años anteriores, meteorológicos y de estado de la vegetación, mediante el uso de datos satelitales. “Con ello hacemos un índice de riesgo por kilómetro”, comenta el directivo de Migita Solutions.

Pero también lo hacían ya antes con un objetivo social. En países volcánicos como Guatemala, Filipinas o México, Cruz Roja necesita saber con antelación el riesgo para las poblaciones aledañas a una erupción, es decir, si las cenizas y demás partículas van a afectarlas o no, para poder disponer de medios económicos que permitan su evacuación previa, en lugar de disponer de fondos a posteriori cuando el daño ya está hecho.

Extrapolar este trabajo previo a pandemias era algo en lo que ya trabajaban y que ahora ha tomado una nueva relevancia. Se trata de desarrollar una aplicación para móviles, pero también a través de la web o formularios en centros de salud, a través de las cuales se puedan recabar datos de personas con síntomas de coronavirus, de forma que en Mitiga Solutions puedan realizar modelos de movilidad del COVID-19 según las regiones. “Como la dispersión no es por el aire, sino de persona a persona, hacemos modelos teniendo en cuenta que se transite en torno a metro o metro y medio, de forma que podamos tener la imagen de un brote en una fase temprana”, explica.

De momento se ha iniciado una fase piloto en Sudáfrica y Kenia, en colaboración con Cruz Roja, que utiliza para llegar a la población un sistema de criptomonedas utilizado en otros proyectos: para animar a la gente a participar se les ofrece una cantidad de ciptomonedas, en colaboración con las autoridades, que luego pueden canjear por alimentos o equipamiento agrícola. Alejandro Marti es consciente de que para el brote actual no llegan a tiempo de ponerlo en marcha, pero confía en que ya esté disponible en caso de que hubiera otro e incluso otro tipo de infección general, como hubo en el pasado con el ébola. “Toda la información recabada se envía al sistema de salud, que es donde tendrán que hacer la gestión correspondiente según la información”, añade.

 

 

Las fibras de la ropa que ‘vuelan’ hasta lagos del Ártico


Lago de las Svalbard donde se recogieron microplásticos.

Encuentran hasta 90 microfibras por m2, que podrían haber llegado por el aire o con aves a uno de los lugares más aislados de la Tierra

 ROSA M. TRISTÁN

Las microfibras de nuestras ropa inundan la Tierra de un extremo a otro. Un solo forro polar, en cada lavado, libera hasta 1.900 de estas partículas microplásticas y, a falta de filtros en las lavadoras, viajan al albur del viento o las aves y pueden acabar en lo más profundo de los océanos, en el estómago de un pingüino o… en el fango en un lejano lago de Ártico. Esto último es lo que acaba de revelar al mundo un equipo de científicos españoles, que ha descubierto, por primera vez, restos procedentes de nuestra vestimenta de poliéster en un entorno que imaginamos tan inmaculado como es el fondo de uno de estos lagos cercanos al Polo Norte, en concreto en la isla Spitsbergen del archipiélago noruego de Svalbard. Allí, sobre unas rocas, han encontrado hasta 400 micropartículas por metro cuadrado, de las que 90 serían microplásticos, residuos que no vemos pero que cada día emitimos al medio ambiente en decenas de millones por todo el mundo.

La investigación, que es fruto de la colaboración entre varias instituciones científicas, forma parte de un proyecto nacional de investigación sobre microplásticos liderado por Francisca Fernández-Piñas, de la Universidad Autónoma de Madrid. Fueron científicos de otro grupo de la misma universidad, dirigidos por el biólogo Antonio Quesada, quienes en el verano de 2018 viajaron a Svalbard para proporcionar los sedimentos de un lugar muy alejado de actividades humanas masivas. “Se tomaron muchas medidas de seguridad para evitar que lo que recogíamos fuera contaminado por nuestra presencia, incluso nos hicimos fotos y análisis de la ropa que llevábamos”, explica Quesada, que a su vez coordina el proyecto europeo CLIMARCTIC en España.

De vuelta a España, las muestras pasaron para su análisis al equipo de Jesús Gago en el Instituto Español Oceanográfico, en Vigo, y por el de Roberto Rosal, de la Universidad de Alcalá, para acabar en el acelerador de partícula Sincotrón de Barcelona: “En total, se han utilizado tres técnicas diferentes para caracterizar los microplásticos, más que nunca antes en ningún trabajo”, destaca Miguel González-Pleiter, el primero de los autores.

Con todo ello, encontraron las micropartículas que son “inequívocamente” polímeros sintéticos de fabricación humana, como demuestran tanto su color como sus aditivos químicos. La inmensa mayoría son diminutas fibras plásticas procedentes de productos textiles, como ropas, redes, cuerdas, revestimientos… También había fibras naturales de lana, algodón o celulosa, pero con elementos como tintes, agentes blanqueadores, suavizantes o endurecedores, es decir, productos químicos que hablan de una ‘factoría’ humana y son ajenos a un medio natural. En cifras, el 17% de toda la basura ajena al medio eran partículas de poliéster.

Sincotrón Alba, en Barcelona.

Lo que no se conocen aún son los impactos o interrelaciones que pueden tener estas minúsculas fibras con la fauna del Ártico, aunque en otros lugares como la Antártida se han detectado enredadas en especies de zooplancton que habitan las aguas de Bahía Almirantazgo (Islas Shetland) y también se han visto microplásticos en unos pequeños animales oceánicos que habitan a profundidades de entre 7.000 y 10.890 metros y en las heces de los pingüinos.

Otras investigaciones anteriores también habían revelado ya que esta diminuta y a la vez masiva contaminación procedentes de nuestros tejidos artificiales se mueve por los mares, las aguas subterráneas profundas, la nieve o el hielo marino e incluso algunos trabajos mostraban que fibras de poliéster o acrílicas conforman la mayoría en la contaminación de las profundidades porque, al no flotar como otros materiales (polietileno o el polipropileno), se hunden en el mar.

Pero ¿cómo han llegado hasta un lago interior en las cercanías del Polo Norte? “Pues no lo sabemos, pero la hipótesis más probable es que hayan viajado por el aire o transportadas por aves. Podrían proceder de las bases de investigación cercanas, como la que nos quedamos durante la expedición, porque en su mayoría son fibras de ropa, pero también puede que lleguen de más lejos”, señala Quesada. De hecho, en el trabajo, publicado en la revista Science of the Total Environment, se menciona un estudio que reveló que hay hasta cinco veces más microplásticos en París después de la lluvia (en concreto, entre 3 y 10 toneladas de microfibras se depositaron por precipitación atmosférica en un año). Luego ¿acaso viajan también en las nubes?

Esa capacidad de moverse del microplástico que expulsamos de nuestras lavadoras será objeto de futuros trabajos, adelanta González Pleiter, pero de momento, el francés Steve Allen defiende que pueden transportarse unos 100 kilómetros por el aire, como determinó en una investigación realizada en los Pirineos. González Pleiter cree que “queda aún mucho por saber sobre la distancia máxima real que pueden recorrer, que podría ser mayor, pero hay que investigarlo”.

Por lo pronto, el Tratado Antártico, en su reunión en Praga del año pasado, ya recomendó a todos los países presentes en este continente del sur que hicieran una adecuada gestión de las microfibras, porque podría tener importantes impactos ecológicos.

De lo que no hay duda es de que estamos echando al medio ambiente un residuo que no vemos y que se puede evitar; por ejemplo, obligando a instalar filtros en lavadoras y en las depuradoras, porque hoy no los estamos eliminando y se encuentran en los lugares más insospechados.

 

¿Menos contaminación lleva a menos coronavirus?


Imagen que refleja poca la contaminación en la UE con el confinamiento. @ESA

ROSA M. TRISTÁN

Desde que más de un tercio de la Humanidad anda confinada, varias son las investigaciones que, a tenor de los datos, han revelado cómo los índices de contaminación ambiental han caído en picado. Cielos más limpios, más pájaros que cantan en nuestras ventanas, mariposas que revolotean por las azoteas… Ahora, un nuevo artículo científico nos dice que en los lugares donde las personas estamos más expuesta a más partículas PM2,5, es decir, las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras que provienen, mayoritariamente del transporte, tenemos más riesgo de fallecer a causa del COVID-19. Una prueba más de que la contaminación mata, aunque haya responsables políticos que no se lo crean.

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A por un ‘sistema de alerta’ del coronavirus


ROSA M. TRISTÁN

¿Podríamos prevenir por dónde y cuándo la expansión del coronavirus que genera el COVID-19 va a ser mayor, igual que ahora podemos predecir, con cierta antelación, cuándo lloverá o nos afectará una ola de calor? Cuando aún nos queda mucho por saber sobre este microorganismo que ha puesto el planeta patas arriba, esta es la posibilidad en la que ya están trabajando investigadores de la Agencia Española de Meteorología y del Instituto de Salud Carlos III: la puesta en marcha de un sistema de alerta temprana que adelante posibles ‘picos’ favorables a su expansión, a tenor de factores como la temperatura, la humedad, la radiación ultravioleta, la contaminación ambiental y el polvo sahariano (mineral) que tan a menudo nos llega del Sáhara.

Apenas se ha iniciado el estudio con los últimos 14 días (a fecha 14 de abril) y ya tienen algunos datos que pueden ser de gran interés porque resulta que confirman que a menor temperatura de promedio en un comunidad autónoma, hay un mayor número de casos de contagio por cada 100.000 habitantes, que son los datos de incidencia que se han proporcionado desde el Carlos III. Es decir, el aumento de temperatura frenaría los contagios, como apuntaban ya algunas investigaciones internacionales. También lo haría el aumento de la humedad ambiental. Sin embargo, tal como ya han señalado otros trabajos en Estados Unidos, la contaminación ambiental aumentaría los riesgos y lo mismo ocurriría con el polvo saharaino, dado que son partículas a las que podrían ‘pegarse’ los diminutos coronavirus para permanecer en el ambiente.

“Hemos buscado indicadores que sean sencillos de explicar como temperatura o humedad, aunque ésta última varía mucho según se viva cerca de un río, pero el objetivo es hacer este diagnóstico para tener modelos y poner en marcha un sistema de alerta temprana trabajando por áreas, como lo hacemos para el sistema de olas de calor mediante la elaboración de mapas de riesgo según las condiciones atmosféricas”, me explica Fernando Belda, científico encargado en Aemet de este estudio. En el caso de las olas de calor, Aemet lanza una alerta (verde, amarilla, naranja o roja) según el grado de riesgo que hay para la población.

Aunque de momento, las dos instituciones han comenzado a analizar los datos por comunidades autónomas, tienen previsto iniciar el mismo trabajo en Madrid, Valencia, Barcelona y Vitoria, que son las ciudades que han resultado más afectadas por la pandemia. De este modo, juntando datos ambientales y de salud (también con variables como ingresos hospitalarios, ingresos en UCI y mortalidad) se pueden llegar a identificar las zonas de riesgo en tiempo real  diseñar estrategias de diagnóstico y prevención para la gestión de medidas de actuación adecuadas desde el ámbito de la salud pública.

Por lo pronto, los resultados preliminares apuntan a que a medida que se acerque el verano tendremos menos coronavirus en el entorno, siempre y cuando mantengamos los niveles de contaminación que estos días de confinamiento han bajado como nunca antes.