¿Una sabana en la Amazonía? El futuro que viene, nos alerta la ciencia


Vista de los yacimientos de la Garganta de Olduvai, por la mañaña.|ROSA M. TRISTÁN
Vista de la sabana en la Garganta de Olduvai.|ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Científicos, activistas y pueblos indígenas llevan ya tanto tiempo alzando la voz de alarma sobre la Amazonía que pareciera que nos hemos acostumbrado y que pensáramos que la vida nuestra, la cotidiana, seguiría igual si no estuviera, que no pasa nada porque podremos ‘reconstruirla’ como una catedral francesa.


Pero no, esa selva amazónica que aún era un misterio cuando nací y que estudié en el colegio como “el pulmón de la Tierra” –ahora sabemos que también lo son los océanos-, está llegando a un punto de inflexión en el camino a su desaparición, es decir, al borde de un precipicio en el que será inevitable que sus frondosidades se conviertan en sabana hasta en un 40% de su extensión y que la fauna que la habita desaparezca. ¿Y quién lo dice? Pues lo concluye así un grupo de investigadores que han comprobado empíricamente sobre el terreno cómo en tan sólo 20 años la Amazonía ha perdido su resiliencia en más del 75% de su territorio, es decir, su capacidad de poder superar el trauma que supone el cambio climático, unido a una deforestación galopante.


Los autores -Chris A. Boulton y Timothy Lenton, de la Universidad de Exeter, y Niklas Boers, del Centro de Investigación del Clima de Postdam- se ha servido de datos captados por los satélites, que es el modo más eficaz hoy en día de controlar un área tan extensa como es ésta del continente americano. Y no olvidemos que es un lugar que sigue siendo fundamental para regular el clima y es fundamental porque es cuna de una biodiversidad única en la Tierra y un gran almacén de CO2.


Lo que hicieron fue analizar imágenes enviadas desde 1991 hasta casi nuestros días y luego las compararon con los datos climáticos y llegaron a la conclusión de que ese punto crítico está cerca y que esa pérdida de capacidad de recuperación es especialmente grave cuanto más próxima es una zona a la actividad humana, casi siempre ganadera, y también en las que reciben menos lluvias. El problema es que, además, no es una pérdida visible, como lo son con las talas masivas, que también las hay, sino que en buena parte de la cuenca amazónica los árboles y la vegetación de hojas más grandes –depósitos de un carbono que no desaparece, sólo se transforma en gas-, están perdiendo masa. De hecho, durante dos importantes sequías en 2005 y 2010, recuerdan que esta selva ya se convirtió temporalmente en una fuente de carbono porque los árboles comenzaron a morirse.


La cuestión, señalan, es que con el cambio climático hay fenómenos que se esán retroalimentando, como los incendios: al producirse amplían los efectos de la sequía dando lugar a gigantescos megacincendios. A su vez, la deforestación que ocasionan reduce la humedad, así que hay menos lluvias y eso acaba debilitando más a los árboles. “La Amazonía puede mostrar una potente muerte regresiva a fines del siglo XXI”, alertan. Vamos, que en 100 años nos habremos cargado un mundo que lleva 20 millones de años vivo, desde el surgimiento de los Andes.


Hay que tener en cuenta que cualquier sistema poco estable es más lento a la hora de responder a perturbaciones, como pueden ser variaciones del clima en el caso de un ecosistema. Pero ¿cómo hacerlo en tamaña una inmensidad de 6,7 millones de kilómetros cuadrados? En este caso, utilizaron instrumentos que miden cambios en la biomasa de la vegetación y su verdor (es decir, actividad fotosintética) y encontraron las relaciones con dos “factores estresantes” de la Amazonía que están cambiando su resiliencia: la disminución de las precipitaciones y la influencia humana.


En concreto, dividieron las selva en cuadrículas y se fijaron en las zonas de hoja perenne y ancha, comprobando así que ha habido una disminución general de la llamada Profundidad Óptica Vegetal (VOD) entre 2001–2016. En ese periodo, observaron que la vegetación perenne ha cambiado mucho en el sureste de la cuenca amazónica y en algunas zonas del norte y que los bosques de planicies aluviales cerca de los ríos, que cubren el 14% del territorio amazónico, son mucho menos resilientes a modificaciones que los bosques no inundables.

Mapa de incendios en la Amazonía en 2019. @INPE


Entre unas zonas y otras, resulta que un 76,2 % de la selva amazónica muestra desde principios de la década de 2000 poca capacidad de superar las nuevas condiciones, y la cosa se agrava en los lugares donde las lluvias están por debajo de 3500–4000 mm o cerca de asentamientos humanos. Y la mala noticia añadida es que en grandes partes del área estudiada cada vez lluvia menos debido al cambio climático, que aumenta la temperatura en el Atlántico tropical norte, causando sequías como las de 2005 y 2010 y que intensifica impactos de El Niño, con la sequía que hubo en 2015-16 .


Respecto al impacto humano, la expansión del uso de la tierra se ha acelerado desde 2010, generando perturbaciones como la eliminación directa de árboles, la construcción de caminos o los incendios. Hay que alejarse entre 200 y 250 kilómetros de esas actividades humanas para ver una selva resistente y fuerte. Además, el cambio o sustitución de unas especies vegetales por otras más resistentes a la sequía es mucho más lento que el de las precipitaciones escasas.


Dado que el riesgo de tener una sabana donde había selva es mucho mayor en áreas más cercanas al uso humano, los científicos señalan que es imprescindible desde ya reducir la deforestación, que no solo protegerá las partes del bosque que están directamente amenazadas, sino que también beneficiará a la resiliencia de toda la selva amazónica.
Artículo completo: https://www.nature.com/articles/s41558-022-01287-8


Por cierto que esta misma semana en Nature Communications se publica otro estudio sobre incendios en zonas naturales con previsiones poco halagüeñas. Aducen los firmantes que el calentamiento global alterará el potencial de incendios forestales y la gravedad de la temporada de incendios, especialmente en algunas zonas, entre las que, por cierto el área del Mediterráneo sale muy mal parada. Según sus modelos, lo incendios aumentaran un 29% de media, sobre todo en zonas boreales (un 111% más) y templadas (un 25%), donde serán más frecuentes y durante una temporada anual más larga, según los modelos climáticos.


Pero volviendo a la Amazonía, en este caso concluyen que su zona oriental pasará a tener muchos más incendios que hoy porque aumentará la superficie propensa al fuego por la falta de precipitaciones. Por ello, recomiendan cesar prácticas agrícolas y pastoriles como la tala de vegetación por el fuego. Creen que sólo reduciendo estos fuegos provocados, se podrá reducir el área quemada global, dada las grandes extensiones que acaban afectando.

¡Descubierto el «Endurance» de Shackleton! Uno de los tesoros sumergidos antárticos…


Imagen del «Endurance» sumergido a más de 3.000 metros en la Antártida

ROSA M. TRISTÁN

“El Falklands Maritime Heritage Trust tiene el placer de confirmar que la Expedición Endurance22 ha localizado el naufragio del Endurance , el barco de Sir Ernest Shackleton que no había sido visto desde que se resquebrajó y se hundió en el hielo en el Mar de Weddell en 1915”. El breve anuncio pone fin a una de las expediciones más complejas que se han desarrollado en los últimos tiempos: la búsqueda del histórico rompehielos bautizado como “Resistencia” (en inglés) con el que el explorador británico pretendió hace casi un siglo culminar la gran Expedición Imperial Trasantártica: quería cruzar el continente de un lado a otro, apoyado por este barco, en el que viajaba, y el “Aurora”. Pero, atrapado en el hielo, el barco se hundió en el gélido Weddell aquel año, dejando varadas a 28 personas en el hielo flotante, de donde fueron con trineos hasta Isla Elefante durante largos meses.

El «Endurance» antes de hundirse

No voy a detenerme en los detalles de aquella excepcional aventura de supervivencia, por cierto, tan bien retratada por el escritor y científico Javier Cacho en su libro “Shackleton, el indomable” o en  “Endurance: la prisión blanca”, de Alfred Lasing, pero si en los de la historia de este hallazgo durante el verano austral que ahora termina en la Antártida, y sobre una banquisa que va a menos debido a un cambio climático que no pudo imaginar el pionero británico.

Curiosamente, este hallazgo coincide con otro fundamental de la expedición, mucho más modesta, realizada por Greenpeace con el rompehielos “Arctic Sunrise” al mismo Mar de Weddell: han  descubierto una vida espectacular en las mismas profundidades que defienden que hay proteger desde hace tiempo tanto científicos como activistas y políticos, en el marco de la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR, en inglés). Un ‘tesoro’ de vida que, previsiblemente, no está lejos del esqueleto de un “Endurance” que buscaba también un mayor conocimiento de la Antártida, la última frontera.

El helicóptero regresa al S.A.Agulhas II con científicos que tomaron medidas del hielo flotante en el Mar de Weddell. @EstherHorvath

La expedición Endurande22 inició su rumbo al sur el pasado 5 de febrero desde Ciudad del Cabo. A bordo del buque polar sudafricano S. A. Agulhas II, uno de los más avanzados del mundo, iban – y aún están allí- científicos, ingenieros, arqueólogos y técnicos. El plan era que el viaje durara 35 días, aunque ampliables a 45 si era necesario. Pero ha sido justo en el día 35, el pasado sábado, cuando a 3.008 metros de profundidad dieron con el deseado barco. Está a 6,5 kilómetros de lugar dónde el capitán del Endurance, Frank Worsley, había dejado escrito que lo habían visto hundirse. De hecho, incluso antes de encontrarse, ya se consideraba como un Lugar Histórico y Monumento, protegido por el Tratado Antártico.

Pese a que este año ha habido menos hielo antártico que otros veranos –rompiéndose así la tendencia de las últimas décadas que tanto sorprendía a los científicos- la tarea no ha sido fácil, si bien han contado con una tecnología muy puntera. Han usado los Sabertoot de Saab, que son unos vehículos submarinos autónomos (AUV), que incluso pueden seguir una ruta preprogramada sin tener un vínculo físico con la superficie, y también vehículos de operación remota (ROV), que envían señales digitales a través de un cable de fibra óptica a la superficie en tiempo real. En esta expedición, los Sabertoot estuvieron conectados en todo momento al S. A. Agulhas II para evitar que se perdieran bajo el hielo que cubría el mar. A veces, los desplegaban desde el barco y otras desde campamentos que montaron sobre témpanos de hielo, utilizando para ello los dos helicópteros que llevaban a bordo.

Donald Lamont, presidente del Falklands Maritime Heritage Trust , ha destacado tras anunciar el éxito, que el objetivo no era sólo ha sido localizar, inspeccionar y filmar los restos del naufragio -sin tocar nada, como dice la normativa- sino  también realizar importantes investigaciones científicas y ejecutar un programa de divulgación excepcional gracias a todo el equipo, liderado por el investigador John Shears y la cooperación de otras muchas personas de Reino Unido, Sudáfrica, Alemania, Francia y Estados Unidos, entre otros países.

Mensun Bound, responsable de la exploración y uno de los primeros en ver las imágenes, señala en un comunicado oficial que “es con mucho el mejor naufragio de madera que he visto en mi vida”. “Está ergido, bien orgulloso en el fondo marino, intacto, en un brillante estado de conservación. Incluso se lee “Endurance” arqueado en la popa. Es un hito en la historia polar porque recupera la historia de Shackleton a nuevas audiencias y a la próxima generación, que es a quienes se les confiará la protección de las regiones polares y el planeta. Ojalá este descubrimiento involucre a los jóvenes y los inspire en el espíritu pionero, el coraje y la fortaleza de los que navegaron en el Endurance. También Shears cree que es un instrumento poderoso para divulgar la importancia de la exploración polar, hoy menos geográfica que climática o biológica y, en todo caso, transcendental.

@Nick Birtwistle

Y es que además de buscar el barco se ha hecho ciencia. Bajo el liderazgo de Lasse Rabenstein, un equipo de científicos dedicó cientos de horas a la investigación relacionada con el cambio climático: los miembros del Servicio Meteorológico de Sudáfrica desplegaron globos meteorológicos, flotadores oceánicos y boyas de deriva de hielo; los del Instituto Alfred-Wegener de Alemania han estudiado el hielo marino y aprendido sobre el funcionamiento de los sumergibles de aguas profundas para futuras expediciones; el Centro Aeroespacial Alemán (DLR) ha mapeado toda la zona desde el espacio con imágenes de satélites; y la Universidad Aalto en Finlandia, junto con la Universidad Stellenbosch de Sudáfrica, han desarrollado experimentos de ingeniería sobre el impacto del espesor y la resistencia del hielo marino en el casco y los motores del SA Agulhas I.

Ya anuncian que podrá verse todo en un documental que emitirá National Geographic en su canal “Explorer”, en otoño de ese mismo año. ¡Apuntado queda!

Más información en su web: https://endurance22.org/

La pandemia del COVID-19 pone en ‘jaque’ a la ciencia en la Antártida


Un brote de COVID-19 a bordo del buque Hespérides le obliga a regresar a Argentina cuando llevaba ocho proyectos a bordo en una campaña que ha afectado a Brasil, Bélgica, EEUU, Uruguay, Rusia, Argentina y a turistas.

El Hesperides en Caleta Cierva (Península Antártica) @Armada

ROSA M. TRISTÁN

“Aquí estamos, en burbuja, encuarentenados” . El mensaje fue enviado hace pocos días desde Punta Arenas (Chile) por la científica polar española Carlota Escutia, que llevaba meses preparando el viaje a la Antártica con su proyecto DRACC22. Pero no ha podido llegar a su destino. Un brote de COVID-19 a bordo del  buque oceanográfico Hespérides, declarado cuando cruzaba la noche de este miércoles el Mar de Hoces (canal del Drake) ha dado al traste con los planes, al detectarse, hasta ahora, nueve casos positivos del corononavirus y otro dos que aún están como “sospechosos”. Por segundo año, el buque de la Armada resulta afectado por la pandemia y se trastoca la campaña antártica española.

A bordo del buque, viajan cuando escribo estas líneas un total de 90 personas, de las que 37 son personal científico de ocho proyectos diferentes. Eran quienes iban a culminar con su trabajo un a 35º campaña antártica que se había salvado hasta ahora de la infección, hasta que el miércoles por la tarde las sospechosas toses de algunos compañeros de travesía –siete de la tripulación, casi todos oficiales, y dos científicos- se convirtieron en la peor noticia posible. “Me avisó el comandante sobre las 19.30 horas y tras reunirse un comité de crisis, se decidió que se dieran la vuelta hasta Ushuaia, en Argentina, y allí esperar que hagan los 14 días de cuarentena que se exige. Estamos buscando hoteles para que, en cuanto toquen puerto, los científicos puedan bajarse y dejar más espacio a bordo para que la tripulación pueda distribuirse mejor, dado que hay camarotes hasta con 10 personas”, señala el secretario técnico del Comité Polar Español, Antonio Quesada. “Pensábamos que este año nos íbamos a librar, pero nos ha tocado”, reconoce.

Y es que ya en la pasada campaña polar, hubo un brote en el Hespérides pocos días  después de salir de Cartagena hacia la Antártida y tuvo que regresar con urgencia a Canarias. Hubo 35 casos y al final un militar acabó falleciendo. En esta ocasión, todos los casos son leves hasta el momento y se espera que no se agraven dado que está todo el mundo vacunado.

Los planes son que los científicos que van a bordo, cuando se recuperen los enfermos y todos pasen la cuarentana, en su mayor parte regresen a España. El proyecto más afectado de todos es el DRACC22, que dirigen Escutia y Fernando Bohoyo, con los que viajan una veintena de personas que iban a investigar sobre la corriente circumpolar antártica y el impacto en ella del cambio climático en una campaña oceanográfica que ya no podrá ser, al menos este año. “Aquí estamos, marcha atrás y de vuelta a Ushuaia”, explica escuetamente Escutia en un mensaje. Su plan era estar unos 20 días navegando.

Según Antonio Quesada, se está valorando que algún otro proyecto, como ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), si podría aprovechar algunas jornadas hasta que se cierren las dos bases españolas. “Todavía no está confirmado nada. Nos harán mañana (por hoy) una PCR a todos nada más llegar a Ushuaia. Nosotros de momento estamos bien, aunque si hay casos entre los científicos”, confirma Asunción en otro mensaje.

Carlota Escutia, al fondo el Hespérides.

En la misma incertidumbre están los dos del equipo que estudia los glaciares, que dirige Francisco Navarro. «No saben aún si podrá ir uno de ellos cuando pasen la cuarentena, aunque sería para trabajar solo un par de día. También está el riesgo de que surjan más positivos. Están algo deprimidos», reconoce el científico de la UPM.

De hecho, el plan para la tripulación del Hespérides es que, una vez recuperada, vuelva a cruzar el Drake camino del hielo para así finalizar algunos proyectos y a mediados del mes de marzo recoger a la 73 personas que hay entre la base Juan Carlos I (Isla Livingston) y la Gabriel de Castilla (Isla Decepción), donde se sigue trabajando con normalidad.

Sobre cómo es posible que el brote se haya producido, con los protocolos de aislamientos puestos en marcha, no hay ninguna explicación. El año pasado la Armada hizo una investigación de lo ocurrido, de la que no se sabe aún el resultado. Este nuevo brote se ha declarado cuando el Hespérides llevaba desde diciembre sin pisar un puerto y más de 20 días sin tocar las bases científicas, que se han salvado hasta ahora de contagios. En teoría, la cuarentena era permanente, tanto entre tripulación como resto de personal, pero es evidente que ha habido alguna ‘fuga del coronavirus’.

En todo caso, la pandemia durante esta campaña ha impactado en la Antártida de lleno, mucho más que en la de 2020-2001. Ha hecho tanta mella en las campañas científicas de varios países que no va a ser fácil organizar la salida de todo el mundo que allí se encuentra, algo que preocupa en el CONNAP, el consejo  de directores de programas antárticos.

Se comenzó el verano austral con un brote en la base belga Princess Elisabeth que afectó a 11 de sus residentes. Luego vendrían los casos detectados en la base argentina Esperanza, los de la base brasileña Comandante Ferraz, los de la base uruguaya Artigas, los positivos de los turistas de un campamento sobre el hielo del interior continental, cerca de la base rusa de Novolazárevskaya -también afedctada por el COVID-19-, los positivos en las bases rusas Progress y Vostok (esta última en el lugar más inaccesible de la Antártida por ser el más alejado del océano), el viaje frustrado del rompehielos americano Laurence M. Gould por contagios a bordo, detectados en Punta Arenas, o el también cancelado, hace pocos días, por la misma razón del buque chileno Aquiles, que iba a hacer servicios de logística a varias bases, como la búlgara vecina de los españoles en Isla Livingston o la de checa, en la isla James Ross, que se han quedado colgadas de momento a falta de organizar esa logística, tan compleja en la Antártida.

El rompehielos americano Gould, en una imagen de la Academia de las Ciencias de EEUU

“La situación es muy complicada ahora mismo. Se anulan viajes de buques y también de vuelos a la Isla Rey Jorge por contagios de los pilotos. Y no son fáciles de reemplazar. A nivel internacional, se está tratando de buscar alternativas con otros buques para las bases que se han quedado sin ella. En el Comité Polar Español hemos contratado un avión desde Rey Jorge a mediados de marzo para sacar a parte del personal de la campaña cuando ésta acabe. Pero para ir a esa isla desde donde estamos precisamos del Hespérides. Esperemos que no se declaren más casos porque la cuenta con cada nuevo empieza de nuevo”, explica Quesada.

La situación, así, se dificulta también para campañas siguientes, dado que los proyectos no realizados deberán tener hueco en la del año que viene, lo que podría afectar, a su vez, a los que estaban ya previstos para ella; y hay que tener en cuenta que ya se acumula el retraso de la campaña anterior, cuando el buque oceanográfico se quedó sin viajar.

Una ‘ola de calor’ antártica ha roto una plataforma de hielo de 3.000 km2


Científicos chilenos anuncian que el 8 de febrero se batieron récords de temperaturas en varias bases con la llegada de vientos ‘tropicales’ al continente de hielo

@PRuiz (Inach)

ROSA M. TRISTÁN

Los vientos del trópico están transformando la Antártida. No sólo podrían tener influencia en la banquisa –como contaba en un artículo reciente en El País- sino que también andan detrás del colapso de grandes plataformas de hielo y de una subida súbita de las temperaturas, como las que han tenido lugar los pasados 7 y 8 de febrero de 2022: se alcanzaron los 13,7ºC en la base coreana King Sejong, la más alta desde 1988, en la Península Antártica. No se llegó a los 18,3ºC registrados ese mismo mes hace dos años, récord absoluto antártico, pero si que hubo una temperaturas fuera de lo normal para ese continente, tanto de día como de noche .


La explicación, según científicos chilenos, está en lo que denominan un “riego de vientos tropicales”, fenómenos puntuales que están investigando y que podrían estar detrás del fin de grandes plataformas de hielo antártico, como la que colapsó el pasado 20 de enero, más de 3.0000 kms cuadrados al este de la Península, es decir, como toda Álava, justo donde en 2002 también se rompió la gran plataforma Larsen B. En el evento de este año, ese hielo apenas tenía 20 años y unos 10 metros de espesor, frente a la gigantesca Larsen B, que si bien sólo era algo más grande (3.250 kms2) si tenía 20 veces más profundidad (200 metros) porque se trataba de hielo que llevaba allí 12.000 años . Toda la plataforma Larsen está situada la parte noroeste del Mar de Weddell, que por cierto se quiere proteger.


Raúl Cordero, científico del Instituto Nacional Antártico de Chile y en la Universidad de Santiago, explica que ese “riego de viento húmedo en la atmósfera provoca horas o días de altas temperaturas, aunque en general se trate de un verano austral frío”. “Estamos trabajando con colegas de Portugal para ver su posible relación con el cambio climático, que es muy probable, si bien aún no podemos no tenemos la absoluta certeza”.

En realidad, no fue sólo en la base asiática donde hubo una ‘ola de calor’ en esos días de febrero. También hubo récords de máximas en la base argentina Carlini (llegaron a los 13.6°C), en base ucraniana Vernadsky (los 11,5ºC alcanzados fue la temperatura más alta desde 1988) y en la base chilena Profesor Julio Escudero, donde se llegaron a los 8,1 °C a las 17.00 horas. Ésta última fue la tercera temperatura más elevada en medio siglo para un mes de febrero (recordemos que en base Esperanza se registraron 18,3º de hace dos años). “Lo curioso, además, es que también hubo elevadas temperaturas durante la noche, hasta los 6ºC, lo que en la Antártida es mucho”, señala Cordero.


La cuestión está en que estos vientos húmedos y cálidos del trópico provocan en el continente antártico lluvias que contribuyen al deshielo, aunque duren pocas horas. “El evento del pasado día 7 de febrero duró 24 horas. En el verano austral se forman lagos de agua sobre las plataformas de hielo costeras, un agua que con el sol aumenta y puede generar lo que se llama hidro-fracturas. Esos lagos son observables vía satélite. Si la plataforma está como un queso ‘gruyere’, con el empujón de estos vientos húmedos se fragmenta en pedazos, que es lo que ha pasado en enero y febrero de este año, cuando ha habido vientos de hasta 70km/h ”, explica a este blog Raúl Cordero.


Su equipo se muestra convencido de que la gran Plataforma Larser C, que pesa un billón de toneladas de hielos milenarios, podría destruirse totalmente también hacia mediados de este siglo si continúa este combinación de aumento de temperaturas y vientos. De hecho, una gran parte ya colapsó en 2017, desprendiéndose de ella el iceberg más grande detectado desde hace 65 años, el A68. Todo ello, afecta directamente el aumento del nivel del mar global, generando inundaciones y afectando a las corrientes oceánicas. Sólo ese iceberg ha vertido al océano global 150.000 millones de toneladas de agua dulce durante tres años.


Por ello, para los investigadores, el monitoreo de éste y otros fenómenos climáticos en tiempo real en Antártica se vuelve crítico para comprender los efectos del cambio climático. Chile ha instalado en sus bases cuatro nuevas estaciones de monitoreo, que están permitiendo tener datos de unas ‘olas de calor’ puntuales a las que hasta ahora no se les daba tanta importancia. “Las olas de calor de larga duración que se producen actualmente pueden dar lugar a lagunas persistentes de agua de deshielo, que a su vez han demostrado ser los principales mecanismos de colapso de las plataformas de hielo”, señalan las investigadoras chilenas Sarah Feron y Penny M. Rowe. En la misma línea, Irina Gorodetskaya, de la Universidad de Aveiro (Portugal) señala que “estas temperaturas extremas de corta duración ya han mostrado en el pasado impactos devastadores en las plataformas de hielo alrededor de la Península Antártica».


Y, por su parte, Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno (INACH) recuerda que hoy sabemos que la biodiversidad antártica es más rica de los que se pensaba y está siendo amenazada por el aumento de las temperaturas antárticas “pero estos cambios también afectan en el resto del planeta y la ciencia nos está demostrando que el calentamiento global aumenta los incendios forestales, que a su vez liberan material que cae sobre los glaciares y afecta su capacidad de reflejar la radiación solar y, por lo tanto, su capacidad de enfriar el planeta, en un circulo vicioso muy preocupante y que necesitamos comprender”.


Con el Observatorio de Cambio Climático, Chile busca instalar una red de sensores descentralizada de 8.000 kilómetros desde el norte grande a la Antártida, lo que permitirá recopilar información para la formulación de acciones de mitigación y adaptación necesarias para el futuro. Gorodetskaya, que lidera uno de esos equipos, señalaba que sobre el evento extremo de los pasados 7 y 8 de febrero han compartido la información con colegas que trabajan en la Península Antártica (chilenos, portugueses, coreanos, argentinos, españoles, rusos, británicos, ucranianos, entre otros).

Artículo en Nature (Raúl Cordero y grupo)

El colonialismo en la Paleontología mundial sigue vivo, según una investigación


Restos de ‘Lucy’ , en Etiopía

Una investigación revela el sistema de ‘ciencia del paracaídas’ que aún practican investigadores de fósiles que van a trabajar a países del Sur Global

ROSA M. TRISTÁN

Desde tiempos históricos, expediciones científicas, europeas primero y después también norteamericanas, han viajado a países del hemisferio sur en busca de especímenes y fósiles para su estudio y análisis. Su papel fue fundamental para el avance de la ciencia. Ahora, una investigación revela que un ‘colonialismo científico’, que se expandió durante el siglo XIX y XX, sigue muy vivo en pleno siglo XXI. Así lo revela, en la revista Nature Ecology & Evolution, un grupo de científicos de ambos hemisferios. Según sus resultados, en los últimos 30 años, el 97% de los datos sobre fósiles han sido aportados por originarios de países ricos (Estados Unidos y Europa Occidental, fundamentalmente) y “con poca o ninguna colaboración en el país” donde estaba el material. Aseguran que los legados coloniales y los factores socioeconómicos asociados no sólo han sesgado en el pasado la investigación paleontológica, sino que lo siguen haciendo.

Los autores, que proceden de Alemania, India, Brasil, Sudáfrica o Reino Unido, llaman ‘ciencia del paracaídas‘ a aquella en la que los extranjeros llegan al sur como caídos del cielo, a menudo sin interactuar con las comunidades locales, lo que hace que haya “un sesgo de muestreo, con impactos potenciales en las estimaciones de la biodiversidad pasada”. Nussaïbah Raja, Emma Dunne y otros miembros del equipo,  tras analizar lo ocurrido en estas tres décadas gracias a la base de datos Paleobiology Database, advierten de que “los análisis globales pueden enmascarar prácticas de investigación colonialistas dentro del país”.

Por países, señalan que EEUU y Europa Occidental son los que más invierten en investigación, por lo que es lógico que tengan más presencia. De hecho, el 50% de los datos sobre fósiles los aporta el primero, que tiene tantos trabajos dentro de sus fronteras como fuera. Le siguen Alemania, Reino Unido y Francia, cada uno con un 10% del total, pero en estos casos lo llamativo es que publican más cantidad de fósiles no europeos que europeos:  hacen más fuera de sus países que dentro y, además, casi la mitad de esa investigación que hicieron en el extranjero no involucró a ningún científico local (es ciencia de paracaídas al 100%).

También destacan el llamativo el caso de Suiza (el 86% de las investigaciones paleontológicas suizas las hacen fuera de sus fronteras) y que en países con territorios de ultramar, como Dinamarca en el caso de Groenlandia o Francia en el caso de la Polinesia Francesa,  la población local figure rara vez en un trabajo. No digamos ya alguien de la población indígena…

En el otro lado de la balanza, estarían los países cuyos científicos trabajan, sobre todo, con fósiles de su territorio, como China (el 75% es nacional), Argentina (66%) y Japón (50%). La razón, explican, es que son ‘centros regionales de conocimiento paleontológico’ y se ha impulsado su estudio, con yacimientos como los de Lagerstätten  , de fama mundial, o en el caso de Argentina con sus yacimientos espectaculares de dinosaurios. Además, tienen leyes que impiden sacar fósiles de estos países.

Los ‘paracaidistas’ de la ciencia en África

Muy llamativo es el caso de África, el continente por excelencia de la ‘ciencia del paracaídas’ . Casi todo el conocimiento desde 1990 sobre los fósiles africanos se ha producido fuera del continente, especialmente ligado a sus ex potencias coloniales: un 25%  de todas las investigaciones en Marruecos, Túnez y Argelia las hicieron franceses, el 17% de los fósiles tanzanos los estudiaron alemanes y el 10% de investigación paletontológica en Sudáfrica o Egipto es obra de británicos.

En todo caso, Europa occidental no se limita a investigar en antiguas colonias, siguiendo la tendencia extractiva de los siglos anteriores, sino que se extiende por el mundo entero y el suyo es un modelo que ya comienzan a seguir nuevos actores. China, por ejemplo, ya ¡ ha puesto el foco en los fósiles en ámbar de Myanmar, trabajos que los chinos hacen sin ninguna colaboración  local.

Precisamente Myanmar, pero también República Dominicana, Marruecos, Mongolia y Kazajistán son algunos de los países preferidos para los investigadores extranjeros, y por tanto, los más proclives al colonialismo científico. Si en el caso de Myanmar y República Dominicana el imán es el ámbar, que ya es comercial, en el desierto de Marruecos, Mongolia y Kazajistán, los atraen los espectaculares fósiles de vertebrados . Los autores explican que los vertebrados consiguen más fácilmente financiación para proyectos y, además, en esos casos hay desde hace décadas un tremendo tráfico de fósiles .

En definitiva, los autores denuncian que “la dinámica del poder observadas actualmente en la disciplina siguen siendo análoga a la que existió durante la era del saqueo colonial”. Es decir, que la Paleontología moderna se basa aún «en un sistema de explotación propio de la colonización” y que, si bien es verdad, que se están creando ‘centros regionales’ importantes (China, Brasil, Argentina…), en ellos se siguen las directrices científicas del Norte global y se discrimina a lo local. Leyes como las de China, Argentina, Brasil o Tanzania, que impiden sacar los fósiles, si que potencian los trabajos de sus investigadores nacionales, pero no existen en todos los lugares.

Otro factor discriminador, apuntan, es el hecho de que el inglés sea el rey de la ciencia: el 92% de las publicaciones registradas en la base de datos entre 1990 y 2020 son en ese idioma, seguido de chino, alemán, alemán, francés y español. Y detectan que, incluso donde figuran como coautores algunos científicos locales y nacionales de donde se extraen los fósiles, éstos no ocupan prácticamente nunca el puesto de ‘autores principales’, estando siempre “en una posición de subordinación”.

En sus conclusiones, recuerdan que lo que pasa en Paleontología también se ha detectado en otras áreas de la ciencia, como la genómica, las ciencias marinas y la ecología. Dado que ya se llevan al menos 70 años haciendo excavaciones paleontológicas, parece que tiempo ha habido para crear profesionales, si se hubiera querido.

Para dar la vuelta a esta situación, los firmantes del artículo recomiendan más colaboraciones científicas basadas en el respeto y los intereses de la población local, en las que los extranjeros, antes de llegar a un país, se informen sobre si ya hay científicos locales trabajando el tema y, si es así, diseñen el proyecto conjuntamente. No basta, dicen, recurrir a ese tipo de asociaciones sólo para facilitarse los trámites burocráticos, como no basta formar a paleontólogos en el país si no es para que se conviertan en los líderes de sus proyectos nacionales. Además, recuerdan, científicos del norte también pueden aprender de sus pares del sur por sus experiencias y prácticas locales.

Financiar ciencia colaborativa con el Sur Global

En el caso de la UE, por ejemplo, critican que el Consejo Europeo de Investigación promueva la financiación de proyectos en los que los científicos de instituciones europeas son evaluados individualmente por sus resultados y no se tengan en cuenta otros factores, como la colaboración local. “Incluso en el caso de colaboraciones con investigadores locales, la difusión de los resultados generalmente ocurre en la “base de operaciones” de los investigadores principales, marginando a estos investigadores locales y sus contribuciones”, añaden.

Como fósiles hay en todo el mundo, consideran que la Paleontología es un campo “ideal” para financiarse de esa forma colaborativa. “En lugar de luchar por el individualismo o competir entre sí, los paleontólogos de diferentes países podrían unir sus recursos, experiencia y esfuerzos para explorar una miríada de preguntas de investigación que tienen importancia global”.

Desde luego, apuntan que es fundamental que los países del sur global inviertan en sus instituciones para recoger y organizar las colecciones de fósiles y datos localmente, demás de promover la formación de sus paleontólogos, pero ello, reconocen, requiere esa colaboración entre países que podría ayudar a garantizar apoyos para ello. También consideran que tienen solución los problemas de visados a los que se enfrentan científicos del Sur, así como una  cultura editorial académica que se basa en publicar en revistas que están en el norte, en las que la ciencia local está poco o nada representada tanto por la barrera idiomática, como el bajo gasto en I+D y la ‘ciencia del paracaídas’.

El artículo acaba mencionando que “se requieren con urgencia cambios sistémicos generalizados para abordar desequilibrios de poder global en la disciplina de la Paleontología que han persistió durante más de dos siglos”. Y es algo que, dicen, deben hacer los investigadores para evitar este colonialismo, pero sobre todo está creen que en manos de los organismos que financian sus investigaciones, sociedades y revistas científicas “que deben garantizar que las prácticas de investigación poco éticas y explotadoras existentes estructuralmente integradas en la Paleontología se conviertan en una cosa del pasado”.

Como colofón, señalar que en el caso de España, los proyectos paleontológicos españoles que he visitado, como es el caso del que IDEA desarrolla en Olduvai (Tanzania), cuentan con un potente equipo local, y como codirector el tanzano Audax Mabulla. Es más, los propios españoles se enfrentaron al ‘colonialismo’ anglosajón en la zona, que hace años no veían con buenos ojos su presencia. Además, si bien hay numerosas colaboraciones de españoles con equipos extranjeros, son pocos los proyectos que nuestros investigadores realizan fuera, tanto por falta de fondos como porque la riqueza paleontológica española es mucha en nuestro territorio. A destacar, el trabajo de exploración que Eudald Carbonell y Bienvenido Navarro hicieron en Eritrea hace unos años.

También falta una reflexión profunda sobre la escasez de fondos para la investigación paleontológica en países del Sur Global, una investigación que, si bien tiene muchos ‘agujeros negros’, ha permitido averiguar tanto del pasado de la vida en la Tierra a lo largo de 200 años. Sin acceso a esos materiales, es posible que muchos de los materiales se hubieran perdido antes de ser puestos en valor.

Artículo completo: AQUÍ

El mundo patas arriba… pero los negocios ‘bien, gracias’ 


ROSA M. TRISTÁN

Llevamos unos días en los que resulta muy difícil dar crédito a lo que estamos viviendo. El batiburrillo en torno a las macrogranjas, que no son otra cosa que fábricas de carne viva, se ha convertido en una cuestión política –en tiempos de campaña electoral – obviando todo tipo de datos científicos, técnicos, sanitarios, por supuesto, al mundo ecologista en su conjunto e incluso los propios programas electorales, las agendas internacionales que se venden a ‘bombo y platillo’ en cumbres mundiales, los comunicados de asociaciones que ahora sacan el estandarte del ‘pobre de mí’… Pero no es solo eso lo que tenemos sobre la mesa: también cultivos en zonas protegidas, aviones sin pasajeros, glaciares gigantes que se resquebrajan, temperaturas récord en América del Sur y Australia… El mundo está ‘patas arriba’, pero los negocios, bien gracias.

Hace más de 10 años, en El Mundo, un encuentro con el escritor e investigador norteamericano Jonathan Safran Foer, que vino a presentar su exitoso libro “Comer animales”, ya me abrió los ojos a lo que estaba pasando en su país con la carne. Al parecer, todo comenzó por un granjero de Virginia que recibió, en 1923, por error, un envío de 500 pollos en vez de 50 y decidió criarlos encerrados. En 1926, tenía 10.000. Fue la primera granja industrial de la historia, me contaba.

Casi un siglo después, el 99,9% de los pollos, el 97% de las gallinas, el 95% de los cerdos y el 78% de las vacas que se crían en su país salen de esas ‘fábricas’ de hacinamiento. Pero también casi un siglo después, hemos pasado por las ‘vacas locas’, la gripe aviar y la triquinosis. Sabemos que ya hace unos años el 30% de la huella humana en el planeta la causaba la ganadería (ScienceDirect), que consumió en menos de 10 años (entre 1996 y 2005) una cantidad de litros de agua potable impronunciable: 2.422.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 . Hoy serán más. De los bosques, la cuenta es un despropósito: 450 millones de hectáreas menos desde 1990 y el 80% en zonas como la Amazonia, donde hoy en donde había árboles hay vacas, dice la FAO.

@United Egg Producers

En un artículo en Ecologismo de Emergencia ya se dan muchos datos del impacto que supone el negocio de las macrogranjas a nivel ambiental en España. En contaminación de acuíferos, ríos, humedales o lagos, nitratos o emisiones atmosféricas. Y basta echar un vistazo para encontrar quienes están detrás: Greenpeace reveló no hace mucho que la mayor y más contaminante macro-granja de España (en Catillejar, Granada) es de la gran marca El Pozo y… ¡¡cría 651.000 lechones al año. No es muy distinto de lo que pasa con Intercalopsa (que proporciona los jamones a Mercadona) y su proyecto de macrogranja en Cuenca ni tampoco de la que Campofrío y Elausa pretendían levantar en la comarca palentina de la Vega-Valdavia. Desistieron ante las quejas generales, para indignación del promotor y alcalde del PP del pueblo vecino.

En este tipo de ‘industrias’, que no granjas, se ‘cría-fabrica’ una parte de la carne de ese pollo deshuesado que encontramos en el supermercado en bandejas plastificadas a 4,5 euros medio kilo; y ese el kilo de cerdo adobado que ronda los 4,6 euros o ese filete que sólo suelta agua por un poco más: 6,7 euros los 600 gr. ¿Es eso es democratizar el consumo, como hay quien argumenta? ¿Realmente pagamos el coste que nos está suponiendo? Y, por otro lado, ¡si con 500 gramos a la semana tenemos de sobra! Lo dice la OMS y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que algo sabrán del tema…

Contenedores en puerto de la provincia de Zhejiang, en el este de China. @Xhinuanet

Menos he leído estos días sobre el destino final de la ‘gran tajada’ del negocio que emana de este territorio cada día más reseco y contaminado. Se exporta a China: los envíos de porcino, el ganado en el centro del huracán político, crecieron en más de 300.000 y 700.000 toneladas en 2019 y en 2020, respectivamente. Es un aumento de más del 100% . Y es que resulta que os 1.400 millones de chinos se quedaron sin cerdos por una epidemia de peste porcina que afectó a sus granjas y de la que ya se recupera el país asiático. ¿Qué pasará cuando los chinos ya no compren tanto? Pues yo lo veo venir: que los grandes agronegocios que han crecido al albur de ese excepcional evento hablarán de “grave crisis” del sector, ‘desastre’, ‘insostenibilidad’ y obtendrán más subvenciones de las que tienen para mantener ‘sine die’ su burbuja beneficios, en los que va empaquetada nuestra naturaleza. No hay más que ver lo que pasa con el descenso de las aves o la contaminación de aguas superficiales y acuíferos (Cuéllar, por ejemplo) o el insalubre aire que respiramos.

Por si ello fuera poco, esa carne de macrogranjas se alimenta a base de soja que nos llega en parte de Estados Unidos (1,7 millones de toneladas en 2017, de un país donde la soja es transgénica) y en otra gran proporción de dos países con deforestación galopante: en 2018, España compró 1,15 millones de toneladas de soja a Argentina y de ellos el 11% venía del Gran Chaco, un bosque seco en continuo retroceso por la deforestación, como denuncia la ONG Mongabay; al Brasil de Bolsonaro se compraron 2,4 millones de toneladas, el 31 % con sello de la Amazonía y el 10 % de la Mata Atlántica. Y son datos de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), que no duda en calificar esta soja como “sostenible” sin dar más explicaciones sobre qué significa ese adjetivo para ellos y cómo lo certifican en el terreno.

@Rosa M. Tristán

Aún andaba perpleja con las reacciones a este tema cárnico, que acertadamente está situando a cada cual en su sitio (ya sabemos que si nos hablan algunos de ODS hay que cogerlo con ‘pinzas’), cuando nos enteramos de que uno de los más importantes parques nacionales de Europa, el humedal de Doñana, está en el ‘punto de mira’ de los ‘tiros’ del mismo gran negocio agroalimentario. Otra novedad 2022 de las que quitan el hipo del susto. El gobierno andaluz, al que el medio ambiente le debe parecer un ‘atrezzo’ para que se muevan cazadores y poco más, quiere legalizar 1.400 hectáreas de cultivos de fresas y otros frutos rojos que llevan décadas esquilmando ilegalmente el acuífero de este lugar único en el mundo.

Hace muchos años que visité la zona con WWF y vi los pozos ilegales. Desde entonces se me atragantan las fresas de Huelva. Salvo las que llevan su certificado ‘eco’ y en su temporada de siempre, que aún sigue siendo la primavera. Doñana, así lo alertan científicos y ecologistas, está en grave riesgo por escasez de agua. Incluso tenemos ya una denuncia sobre el tema de la UE del pasado año. Entonces, ¿acaso no nos importa perder algo que es Patrimonio de la Humanidad? Porque esto no es cosa de ecologistas, es de todos, del mundo entero. ¿Y vamos a consentir que acabe como el Mar Menor, hecho una pocilga? Me da por pensar que igual en vez de millones de aves migratorias hay alguien ya está pensando en poner cerdos…

Enclave nuclear de Handfor. 200 millones de toneladas de residuos

Claro que a nivel internacional, también se me ponen los pelos de punta con algunas novedades de este 2022 de estreno. Resulta que para la Unión Europea, la energía nuclear ahora es “verde”. Que digo yo que este color pierde tono a pasos agigantados… Es un cambio de criterio que, por cierto, no se mencionó en la COP26 de noviembre. Que el ‘lobby’ nuclear iba a salir en danza como alternativa al gas y al petróleo, era de prever, pero que volviéramos a los 80 de un plumazo en este asunto tras un Chernóbil, un Fukushima y residuos radiactivos que se acumulan bajo tierra en Francia, Finlandia y con Alemania sin saber dónde meterlos, porque nadie los quiere de vecinos, no era de esperar. De hecho, aquí tampoco queremos cementerios nucleares, así que de momento nuestra porquería radiactiva anda concentrada en El Cabril y otra parte nos la llevamos a acumular a Francia, a un precio nada desdeñable.

He buscado datos y resulta que sólo en Estados Unidos se acumulan ya 80.000 toneladas métricas de basura radiactiva de sus 96 reactores nucleares. Y al parecer en condiciones más que discutibles para ser la primera potencia mundial . Mitch Jacoby, químico en EEUU, escribía para la Sociedad Científica de Química de su país, en 2020, que sólo en los depósitos subterráneos de Hanford (Washington) hay más de 200 millones de litros de estos desechos esperando ser procesados y que se sabe que un tercio de los 180 tanques de almacenamiento, muchos de los cuales han superado su ‘vida útil’, tienen fugas, contaminan el subsuelo y amenazan el cercano río Columbia. Otros 136 millones de litros del material esperan ser procesados en en otro lugar similar junto al río Savannah, en Carolina del Sur. Y todo ello es ‘verde’ para la UE, donde se calcula que hay otras 60.000 toneladas métricas de esta basura indestructible, sin contar lo que tenga Rusia.

Para remate final, en el año que comenzamos en manga corta, con temperaturas tan fuera de lugar en España que son penosas y con olas de calor desde Australia (¡¡51ºC han alcanzado estos días!!) a Argentina (hasta 43º), pasando por Senegal o Mali, resulta que las compañías aéreas nos informan de que van a volar sus aviones vacíos para no perder negocio, ni más ni menos que unos 18.000 vuelos fantasma en una sola compañía europea. Ello cuando acaba de terminar el año en el que alcanzamos una contaminación, a nivel global, de 414 ppm de CO2, que en el caso de España se acercan a las 420 ppm. Un momento perfecto para seguir llenando el cielo de una aviación que contribuye al 2% de las emisiones globales.

Si acaso, la única buena noticia que me ha llegado, según mi criterio, resulta que nos ‘la venden’ como un desastre. Me refiero a la bajada de la población en China, que según explican en un informativo televisivo es funesta porque “se frenaría su desarrollo económico”, es decir, su capacidad de producción. Que la población humana mundial pueda empezar a frenarse, y no por pandemias ni por desnutrición o miseria, sino porque a las familias, y especialmente a las mujeres, no les da la gana tener más hijos e hijas, me parece que es lo único que podría frenar tanto desaguisado planetario… Desde luego, todos podríamos vivir mejor (incluidos animales y plantas) si lo que redujéramos fueran nuestra ansia de tener más y más (y los ejemplos anteriores son un botón) pero creo que en 2022 no va a ser el caso…

Pero la rueda sigue y sigue…. y los negocios, bien gracias. Porque una vez que se consigue el premio de una bicoca de aumento de los beneficios estos se convierte en norma.

Y no me digan que los periodistas ambientales solo damos malas noticias.. ¡Nos lo ponen muy difícil!

Un paseo de luz y arte por el mundo de Frida Kahlo 


La exposición inmersiva de Frida Kahlo en Madrid, una experiencia para acercarse a la artista mexicana.

ROSA M. TRISTÁN

Hay vidas que están marcadas por la mala suerte y a la vez rodeadas de un haz de una luz que se hace más fuerte con el paso del tiempo. Ahora en Madrid, en el Teatro Instante (calle Palos de la Frontera, 20), tenemos la ocasión de sumergirnos en el baño de luces y color que es la exposición “Vida y obra de Frida Kahlo”, la artista mexicana que triunfó en vida en la primera mitad del siglo pasado pese a la alargada sombra del hombre que tenía al lado.

Ese baño de arte y emociones, no es una muestra al uso. Es ‘inmersiva’, esa aún novedosa tecnología que nos permite, no ya ver, sino ‘entrar’ en cuadros que están y no están, que son un reflejo a lo grande de su realidad, cuadros que no ocupan espacio, sino tiempo… En total, unos 45 minutos de viaje a 130 obras de esta mujer de Coyoacán que hoy es un icono en México y más allá, mucho más allá, hasta encontrar su rostro, uno de los muchos autoretratos que se hizo, en las ‘chapitas’ feministas, en camisetas de marcas comerciales, en tazas y pegatinas.

No fue fácil conseguir los derechos de emisión audiovisual de tanta obra. Lo sabe bien Carla Prat, coordinadora de la muestra promovida y organizada por la empresa Acciona Ingeniería Cultural. “Recurrimos al Banco de México, que tiene el fideicomiso de las obras y su legado, tal como lo dejó su viudo, el también pintor Diego Rivera, y rastreamos instituciones, museos, particulares… Desde Buenos Aires a Paris, el Centro Pompidou”, nos cuenta Carla. Así se enteró de que entre los grandes coleccionistas de la mexicana están Madonna o Salma Hayek (que la interpretó en su biografía en el cine).

Traducir todo aquello a imágenes en las que las obras toman vida propia, y el espectador se siente hormiga paseando por el universo Kahlo, es el trabajo que ha hecho el equipo de TrigreLab. Muros y suelo desaparecen al paso de esa Frida de la que salen las raíces como si fuera la tierra, metidos en una de sus frutas tropicales, acompañándola por los bosques, en sus amores y en su sufrimiento, aunque sin poner en ello el foco.

“Casi siempre se la ha presentado desde el dolor de los dos accidentes que, según ella misma, sufrió: el físico del autobús y el emocional con Rivera, que dice que fue el peor. O como acompañante de Diego. Aquí, queremos contar el triunfo de una artista internacional, creativa, única. Una mujer que se relaciona con gentes como André Bretón, Marcel Duchamp, Kandisnski o Leon Trostky”, explica Carla.  Y es que Frida fue reconocida en todo el mundo, de las pocas artistas por entonces a las que el Louvre compró un cuadro antes de muerta.

En ese paseo que nos lleva de un lado a otro de una sala en continuo movimiento, está también su vida privada, la herencia de esa familia medio europea y sobre todo medio indígena en la que se sentía tan a gusto; y, cómo no, los inconmensurables accidentes que marcaron su complejidad vital para siempre. Con Diego, del amor al odio, pasando por el odio-amor y el amor-odio. Y, cómo no, nos lleva también a La Casa Azul familiar, con sus animales, sus plantas y sus frutales.

Carla Prat reconoce que había muchos retos por delante cuando en el otoño de 2020 se plantearon sacar adelante el proyecto: “Uno, conseguir el permiso de reproducción de las obras “porque en este caso están en muchas manos , no como el caso de Van Gogh que ya son dominio público; otro, romper estereotipos sobre Frida, un personaje con muchas caras: feminista, artista, icono del pop, extraña surrealista (“Yo no soy surrealista porque no retrato mis sueños sino mi realidad”, dijo), hija o amante.

¿Por qué Frida? “En Acciona hemos hecho muchos trabajos expositivos para otros pero queríamos hacer un producto inmersivo nuestro y Frida Kahlo es un personaje muy atractivo y complejo”, reconoce la coordinadora de la muestra. Encontrar el espacio adecuado fue otro de los desafíos y al final fue ese Teatro del Instante, en lo que fueron las cocheras de compañía de transportes de viajeros, La Sepulvedana, un lugar muy especial para la autora de este artículo porque allí pasó muchas horas de su infancia, entrando y saliendo, fascinada con tantos autobuses que recorrían los pueblos de toda España, todos juntos cuando iba a visitar a los familiares que vivían y trabajaban en ese lugar.

Y luego está la música, que acompaña con sus palabras a la paleta de sus colores, que evoca sus viajes a Europa o el organillo en las calles de Ciudad de México. Emociones a flor de piel.

La experiencia es tan intensa que una se pregunta si con tanta inmersión los museos tradicionales tendrán sus horas contadas, en una humanidad que cada vez busca más las pantallas. “No, no lo creo. Es una tendencia global, indudablemente, pero es complementaria. Los libros no se han acabado porque haya e-books. Además, hubiera sido imposible reunir físicamente 130 obras de Frida. Recientemente un cuadro suyo se vendió por 39 millones de dólares, imagina lo que costaría en seguros. Así mucha más gente podrá conocer su obra y luego si va a un museo donde la haya, la buscará [no en España, donde no hay ninguna obra suya expuesta]. 

Aún así, da un poco de miedo esa forma de sentir que te absorbe un cuadro…

La exposición de Acciona, que coincide con otra de fotografías de la artista, estará abierta en Madrid hasta abril y luego tiene previsto viajar por el mundo. Primero a Barcelona, y luego a Bangkok, Tokio, Estocolmo… De hecho, que sepa Carla Prat es la única del mundo inmersiva sobre la Kahlo, a excepción de la que se inauguró hace unos meses en Ciudad de México.

Web para entradas: https://www.accionaexhibitions.com/

¡Rumbo a la Antártida! Un año más…


Estudiar la ‘personalidad’ de los pingüinos, ver el fondo del Océano Austral, buscar contaminantes emergentes, conexiones vía ionosfera… La ciencia española polar desplaza a 300 personas al continente de hielo esta XXXV campaña

Sobre el glaciar Johnson en Isla Livingston, 2020 @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN
Si hay años especialmente importantes para la campaña científica que España hace en la Antártida este será, sin duda, uno de ellos. Tras el semi-parón obligado del año pasado, debido al COVID-19, y muy especialmente a los contagios que hubo en el buque oceanográfico Hespérides cuando iba de camino, en estos momentos ya tenemos dos buques en o hacia el continente de hielo y a muchos de los científicos y científicas polares haciendo la ‘preceptiva’ cuarentena antipandémica en las ciudades de salida, como Punta Arenas (Chile) o Usuahia.

Este año, casi 300 personas entre investigadores (150 del total), técnicos, militares y demás personal de apoyo, ocuparán al 100% las bases Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, en dos islas de un archipiélago a las que va desde hace 35 años y que están situadas junto a la Península que más se calienta de ese lejano continente (recordemos que alcanzó los 18,3 ºC el 6 de febrero de 2020 en una base argentina, justo cuando la autora de este artículo estaba por allí). “Como el año pasado hubo poca actividad, en esta ocasión van varios de los proyectos que se quedaron sin salir y los que tenían que ir esta convocatoria, así que están a tope”, explica Antonio Quesada, el secretario general técnico del Comité Polar Español. En total, serán más de 26 proyectos científicos de los que una decena son internacionales. “Ha sido un gran esfuerzo el llevar los dos barcos este año”, reconoce Quesada, que este año vivirá la campaña en la distancia.


Aún a riesgo de dejar algo importante fuera, destacaría esta 35° campaña la presencia del proyecto DRACC2022 de Carlota Escutia y Fernando Bohoyo, que estudia esa corriente circumpolar que protege la Antártida y que estaría modificándose por el cambio climático. Un equipo de una veintena de investigadores (españoles, norteamericanos, británicos, daneses…) participan en un proyecto que estudia lo ocurrido hace 35 millones de años, momento con tres momentos climáticos críticos para la Tierra –eso si, entonces sin 7.700 millones de humanos- para ayudarnos a saber lo que puede ocurrirnos en el futuro. El Hespérides será su base de operaciones.

Entre corrientes y contaminantes


A bordo del mismo buque, también estará el proyecto ANTOM, que codirigen Begoña Jiménez y Jordi Dachs. Ellos buscan contaminantes emergentes (es decir, toda suerte de compuestos químicos inventados por el ser humano que vertemos a la naturaleza ) en las profundidades de las aguas oceánicas. Si el pasado año muestrearon el Atlántico, entre enero y febrero próximo lo harán entre América y la Antártida, además del Mar de Bellinghausen que rodea una parte de la Península.

Con la contaminación marina antártica tiene que ver otro proyecto más, el CHALLENGE, de Conxita Avila. Lo suyo es analizar los impactos humanos en el bentos antártico, o lo que es lo mismo, los organismos que habitan su fondo marino, para lo cual cogerán muestras en el entorno de las bases y zonas turísticas y en otras zonas más prístinas con las que hacer poder comparaciones.

Pingüinera de barbijos de Isla Decepción @Rosa M. Tristán

Personalidades pungüineras

Entre los habitantes más comunes de esas aguas australes están los pingüinos, que en esta época ya andan anidando por los acantilados de Punta Descubierta en Isla Decepción. En breve, les visitarán los investigadores Josabel Benlliure y Andrés Barbosa, entre otros miembros del equipo PERPANTAR, que este año estrenan proyecto y van dispuestos a estudiar a fondo la ‘personalidad pingüinera’. ¿Pero eso existe? Pues si y resulta que entre las 18 especies de pingüinos hay desde el gran explorador al más timorato de los individuos, y de ello, me comentan, depende que unos se adapten mejor que otros a cambios que les están dejando sin su necesario krill, al aumento de la temperatura o a la destrucción de su hábitat.

Seguramente coincidirán por allí con el grupo PiMetAn de Antonio Tovar, que ya el año pasado estudiaba el papel de estas siempre sorprendente aves como ‘recicladores de metales’, como os contaba en otro artículo. En esta ocasión, nos ofrecerán imágenes con los drones que llevan para estudiar sus poblaciones, por cierto tras hacer una gran labor en la isla de La Palma sobre la erupción volcànica.


Entre las novedades de la campaña -evidentemente muchos proyectos requieren años de trabajo y se repiten, así que consultad #SomosAntártida en El País, donde os los he ido contando- , mencionar la cámara de cielo que se va a instalar en la Juan Carlos I para estudiar las partículas flotantes atmosféricas (los aerosoles, que ahora casi todo el mundo conoce por el COVID-19) porque resulta que estas partículas dispersan la radiación solar y, por tanto, afectan al clima.

Nuevo es también, y en la misma base, el estudio mediante sensores de los líquenes que crecen sobre los ‘nunataks’, esas rocas que afloran en medio del hielo glaciar y son colonizadas por la lenta vida de los líquenes: es el proyecto POLAR-ROKCS que dirigirá nuestro experto en líquenes Leopoldo García Sancho. Y de estreno es igualmente el proyecto denominado ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), que buscará microorganismos colonizadores de las rocas que va dejando libre el hielo –por culpa del retroceso glaciar- y que acaban liberando nutrientes al degradar el mineral donde se asientan. Por primera vez, Asuncion y su grupo llevarán un laboratorio portátil a cuestas que es capaz de secuenciar el ADN en el mismo lugar del muestreo, sin tener que esperar meses para hacerlo de vuelta en España.

En un nivel más tecnológico, Joan Lluis Pijuan (Univ. Ramón Llul) viaja con una maleta llena de sensores con la técnica Near Vertical Incidence Skywave (NVIS), que permite la comunicación entre puntos a 200 kms de distancia, al utilizar ondas que llegan hasta la ionosfera, se reflejan y regresan a la Tierra, superando así cualquier tipo de accidente del terreno, algo muy útil en una Antártida donde las comunicaciones no son nada fáciles. O en el Himalaya..

Sobre el glaciar, recogiendo y colocando estacas para ver su avance. @ROSA M. TRISTÁN

Como señalaba, hay proyectos que vuelven una campaña más, porque no tendría sentido perder los datos tras varias décadas, como es el estudio de los glaciares que dirige Francisco Navarro (UPM). Hay curiosidad por saber en qué estado encuentran el glaciar Johnson este año, tras los últimos retrocesos de hielo y las demasiado altas temperaturas que ha habido la pasada primavera austral. Lo mismo cabe decir del permafrost, que analiza Miguel Angel de Pablos (UAH), esos suelos helados tan afectados por el deshielo como los glaciares en esa zona de la Antártida.

A ello, se suman otras series históricas que recogen datos desde hace más de 25 años sobre movimientos sísmicos, vulcanología o geomagnetismo terrestre. Por supuesto, también estará la Aemet, fundamental para el trabajo antártico . «Y no olvides que damos apoyo al desarrollo de proyectos internacionales, con países como Canadá, Italia, Reino Unido, Portugal, Colombia y Bulgaria. Es más, dos de los proyectos españoles trabajarán en bases de otros países: base Artigas (Uruguay) y King Sejong (Corea del Sur)», señala Fernando Bohoyo, que además de investigador es el nuevo responasable del Pograma Antártico Científico.

Esta campaña, para su desesperación, se han encontrado con unos precios disparados en los precios de los vuelos desde España hasta la punta sur de América. «Esto nos desbarata los presupuestos pero no hay mucha elección para cumplir con los protocolos anti-COVID, que tenemos que cumpliar estrictamente. Lo importante es que ya estamos abriendo las bases y sin problemas», señala.

Conviene recordar que las entidades que gestionan la campaña son la Unidad de Tecnología Marina del CSIC, que tiene a su cargo el buque Sarmiento de Gamboa y la BAE Juan Carlos I en la Isla Livingston y que coordina la logística general de la campaña; el Ejército de Tierra, que gestiona la BAE Gabriel de Castilla en la Isla Decepción y la Armada, que opera el BIO Hespérides.

#COP26 : Los científicos del IPCC no creen a los políticos


Una encuesta de ‘Nature’ revela que el 60% cree que llegaremos a los 3ºC más de temperatura global en 2100

ROSA M. TRISTÁN


No, lo científicos no creen a los políticos. En realidad, pareciera que no se creen ni ellos mismos, porque ya hemos visto al primer ministro británico Boris Johnson criticar el “bla, bla, bla” al estilo de Greta Thunberg en la Cumbre del Clima de Glasgow y al secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, clamando que la naturaleza no es un váter ante los líderes de más de medio mundo en la misma COP26 (es decir, llevamos 26 años de encuentros anuales…).


No es bueno caer en el derrotismo. Es más, es nefasto. Sin embargo, casi dos tercios de los autores del último informe del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático), formado por un selecto y numeroso grupo de investigadores e investigadoras -los mismos que nos vienen alertando del enfermizo estado del equilibrio planetario desde hace años- son escépticos sobre el futurible de que se va a conseguir limitar el aumento de la temperatura global a 1,5ºC, como escuchamos estos días a los políticos. Dos tercios de los que respondieron a una encuesta enviada por la revista Nature (el 60% exactamente), están convencidos de que el mundo se calentará al menos 3ºC al final de este siglo. De cumplirse tan agorero pronóstico, lo verán sus nietos, y sus hijos si aún son jóvenes. Es evidente que no creen en las promesas de los políticos de que desde 2050 (o 2060 si es China y 2070 si es India) no habrá más emisiones…

El científico del CSIC Fernando Valladares, que no es del IPCC pero si experto en cambio climático, comparte este descreimiento: «No nos creemos a los políticos por razones objetivas. La primera, por la forma en la que son elegidos, con vidas políticas cortas que no guardan relación con planes que precisan décadas. Y la segunda, por las reglas del juego democrático porque deben gustar al electorado y eso no va con las medidas impopulares que avalan los informes del IPCC. Hay pocos valientes que se enfrentan al sistema. Hemos oído tantas veces sus compromisos, que si me preguntan si sus propuestas de ahora son suficientes, la verdad es que me da igual. Lo que quiero es que se cumplan. ¿De qué me sirve que el G20 diga que va a reducir las misiones si se queda en nada? Es objetivo que los políticos distorsionan la realidad para ser votados, que el ‘modus operandi‘ de la democracia no favorece la implantación de medidas impopulares».


El cuestionario de la revista científica, publicado este lunes pasado, fue contestado por el 40% (92) de los 234 científicos que participaron en el informe presentado el pasado mes de agosto del IPCC y sus respuestas expresan sus serias dudas sobre el cumplimiento del Acuerdo de París de 2015, que tanto logró conseguir (décadas) y cuyas acciones concretas están en negociación y debate en esta COP26, seis años después. De hecho, tan sólo un escuálido 4% cree que nos quedaremos en los 1,5ªC que se pretenden para no provocar terribles impactos por toda la Tierra. El resto de los preguntados tira para arriba: 2º, 2,5º… Incluso hay otro 4% que aventura que se llegarán a los 4ºC. El colapso total de grandes zonas.


Entre los científicos del IPPCC que han respondido, también son inmensa mayoría (hasta un 88%) los que tienen claro que estamos viviendo una “crisis climática” e incluso hay otro 82% que está convencido de que verá una catástrofe por este motivo a lo largo de su vida. Se entiende que en directo, porque ya ha habido unas cuantas. A Unai Pascual -uno de los 50 autores del informe conjunto del IPCC y el IPBES (plataforma científica internacional centrada en la biodiversidad) presentado en junio pasado e e investigador en el Basque Centre for Climate Change (BC3)- no le sorprenden estas respuestas: «La comunidad científica lleva alertando a la sociedad y los gobiernos que estamos ante una crisis climática que requiere acciones valientes y urgentes. La labor del IPCC y el IPBES se hace por el bien común, sin cobrar nada por ello. No es extraño que ante la inacción surja la frustración y la desconfianza en la clase política», contesta desde un avión que le lleva a México a una reunión del IPBES.


Como expertos en el tema, ocho de cada 10 también están a favor de involucrarse en este asunto y alertar de las consecuencias; de hecho el 66% ya lo está, ya sea a través de publicaciones, vídeos, conferencias, libros o presionando con cartas y acudiendo a manifestaciones. Están tan preocupados que entre ellos hay un 60% sufre «ansiedad climática» (el 40% de forma esporádica y el resto habitualmente). Del total, 52 de los científicos reconocen que de alguna forma ya han cambiado su vida por este motivo, ya sea a la hora de elegir el lugar donde vivir, de tener más o menos hijos o de consumir y viajar, que ahora hacen de otra forma.

Para Valladares, hay dos grandes grupos de científicos: los que utilizan la frialdad de los datos de la ciencia para poner distancia respecto a la gravedad -«y es bueno que haya gente así»- y los que no pueden evitar implicarse emocionalmente: «Yo soy más emocional y me sale la necesidad de aunar los datos con la parte social y la necesidad de cambiar las cosas y detener los riesgos. Y eso me genera ansiedad, que llevo con dignidad pero es inevitable», reconoce. «Los datos acaban teniendo ese impacto tanto en científicos, que es donde primero se comenzó a estudiar hace ya unos cinco años, como en periodistas dedicados a este tema o part de le de la sociedad».

En general, los científicos consideran que el IPCC como tal no debe jugar un rol a la hora de promover los temas relacionados con el cambio climático, sino dedicarse a investigarlo desde una postura neutral, aunque luego si se involucren a nivel individual, y también creen que la representación de expertos de todos los países es la adecuada en este grupo, aunque algunas de las personas encuestadas señalan que falta camino por recorrer en este asunto, como también falta representación femenina.

Sobre su impacto, señalan que lo más importante del IPCC es hacer llegar los resultados de la ciencia a la sociedad en general y a los políticos (el 38% así lo cree), mientras que sólo un 14% considera que sus informes sirven para adoptar políticas determinadas, a nivel nacional o internacional. Un porcentaje muy escaso, teniendo en cuenta que en Glasgow no hay dirigente que no les mencione.


Hay quien opina también que el IPCC podría hacer más en términos de alcance local para promover la ciencia y para involucrar a los legisladores después de que se publican sus informes, aunque por lo que parece ocurre al contrario: como ha sido revelado por Greenpeace, los grupos de presión (empresas, países petroleros, científicos al servido de…) trabajan intensamente para que sus informes sean ’retocados’ convenientemente para que sus intereses no se vean amenazados.


De hecho, desde 1990, el informe de agosto pasado, el sexto, ha sido el más duro hasta el momento que han presentado, dando por hecho que el impacto de la acción humana está, no ya provocando, sino aceleramiento del cambio climático cada vez más.

La cuestión es que los mismos científicos nos plantean soluciones, nos cuantifican sus efectos, desarrollan tecnologías y recuperan el papel de la naturaleza como factor fundamental. Incluso hablan abiertamente de un cambio de modelo basado en el consumo por otro basado en el bienestar. Es decir, nos ofrecen salidas.

Para Unai Pascual está siendo muy importante la movilización y la organización social a nivel social, «pero la mayoría a nivel local» que asegura que «se han empoderado en gran parte por la labor de la comunidad científica y cada vez más científicos usan su labor conscientemente para que los movimientos sociales presionen a los gobiernos, lo que es muy positivo». «Desde esa relación se puede presionar con más eficacia para dar un giro de 180º a las políticas y atajar en lo posible la crisis climática. En eso estamos cada vez más científicos y esto no va a parar», concluye.

Quedan días por delante en esta COP26 y de momento lo que vemos es que la tendencia de esos mismos políticos es aplazar todo para la década siguiente, la de 2030. El freno a la deforestación, los límites al metano, la reducción de emisiones… Así que los científicos no creen a los políticos cuando hablan de que harán todo lo posible para no superar los 1,5ºC .. .

¿Por qué será?

Antártida, crónica de una frustración anunciada


Hoy comienza la COP26 ¿Habrá más suerte?

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ROSA M. TRISTÁN


El Océano Antártico no será protegido, tampoco este año. Con ser una decisión que se preveía en casi todas las esferas diplomáticas, políticas y científicas, no deja de ser una frustración, anunciada, que la decisión de crear nuevas áreas marinas con protección sea de nuevo aplazada otros 12 meses.


Frustración porque si no somos de capaces de considerar una prioridad dejar sin explotar un mar al que los humanos llegamos hace apenas 150 años, ¿cómo pensar en conseguirlo para ese 30% de todo el planeta, con sus minerales, sus maderas, sus ríos, sus plantas y animales, que ya está inmerso, de un modo u otro, en algún negocio, algún consumo, algo que alguien considera fundamental para ‘seguir creciendo’?


En el juego de la diplomacia internacional, la baza dependía de China y Rusia, dos países que se han quedado solos en la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, en inglés) que se ha reunido las pasadas dos semanas y que se cerró el pasado viernes con sus posturas inamovibles. China y Rusia, precisamente dos grandes implicados en el cambio climático –el uno por ser uno de los mayores contaminantes al acaparar buena parte de la producción mundial- y otro por ser quien tiene grandes reservas de gas natural (combustible fósil como el petróleo, por si alguien no lo sabe) con las que ‘chantajea’ a diestro y siniestro. Pues bien, la biodiversidad antártica no les preocupa, y lo dicen justo los días que en el gigante asiático se celebraba una reunión preliminar de la Cumbre de la Biodiversidad…. Ver para creer.


No ha bastado el impulso internacional que se intentó dar el asunto en España, coincidiendo con el 30 aniversario del Protocolo de Madrid, este ‘anexo’ al Tratado Antártico que sirvió para proteger la tierra de la minería y otro impactos. En realidad, pocos de los presentes –políticos, ministros, científicos y activistas- confiaban que hubiera el necesario consenso; que el millón y medio de firmas recogidas en el mundo para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de turbulentas y ricas aguas (en el Mar de Weddell, la Península Antártica y la Antártida Oriental) dejaran de ser visitadas por grandes buques pesqueros que rompen sus frágil equilibrio.


“Estamos muy decepcionados al presenciar una vez más esta oportunidad perdida de asegurar lo que podría han sido el acto más grande de protección de los océanos en la historia mediante el establecimiento de tres AMP en la Antártida. El planeta y las preciosas aguas de la Antártida no pueden permitirse un año más de inacción ”, ha declarado después Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), que también estuvo en Madrid recientemente. Similares declaraciones se han hecho desde WWF y Greenpeace.


Es más, para ASOC esta demora en las negociaciones y la incapacidad de avanzar “pone en riesgo la credibilidad internacional de la CCAMLR”, porque resulta que esta Convención habla de desarrollar recomendaciones científicas y la ciencia ya ha hablado hace tiempo, señalando la imperiosa necesidad de proteger el Austral y hacerlo cuanto antes.


Destaca, eso si, que de los 26 países que forman parte de CCAMLR, este año a la iniciativa de la protección de estas tres áreas se sumaron como co-patrocinadores otros cuatro países (India, Corea del Sur, Ucrania, Uruguay e incluso Noruega, éste último aunque tiene importantes empresas que capturan el krill). Pero no bastó. Al menos si se llegó a un consenso para evitar la sobrepesca de ese crustáceo, que proporciona el 96% de las calorías de todos los mamíferos y aves marinas de la Antártida (pingüinos, focas, ballenas…).


La cuestión es que estamos hablando de un lugar lejano, frío, inhóspito, de cuyos recursos no depende la alimentación humana. Si no somos capaces de consensuar este asunto ¿qué pasará con los retos que la COP26 tiene por delante? ¿Qué acciones serán capaces los líderes del mundo de iniciar? ¿cómo conseguir un compromiso firme y real de que se van a recortar emisiones contaminantes cuando resulta que líderes fundamentales para ello ni siquiera van a ir a Glasgow?


Las soluciones las tenemos, como también sabemos qué hay que hacer para no esquilmar ecosistemas que ni siquiera conocemos bien, como los antárticos. Sabemos que hay que reducir la presión del consumo a mansalva, que hay que cortar una globalización comercial que marea productos de acá para allá a bordo de ‘chimeneas de CO2’ flotantes, que las renovables están aquí para quedarse –a ser posible sin generar más destrozo- , que aunque está cara (y cada vez más) seguimos derrochando energía fósil y que, con todo ello, hemos generado un cambio climático que ya está causando miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de pérdidas económicas.


Uno de los temas fundamentales de esta cumbre será la financiación climática para mitigar, adaptarse y pagar los daños del cambio climático. Mitigar es invertir en tratar de que no vaya a más, adaptarse es prepararse para los impactos que ya están llegando y que, todo indica, que se agravarán, y pagar daños es asumir la responsabilidad de quien ha generado catástrofes climáticas que afectan más a quienes menos tienen, los países del sur global. Hasta ahora, no se han cumplido los compromisos de dotar de dinero estos fondos, y de lo que hay el 80% son créditos a devolver por quienes los pidan, aumentando así su deuda externa.


Otro tema es el de los mercados de carbono, es decir, crear un mecanismo que permita a los países más contaminantes compensar sus emisiones comprando ‘créditos de carbono” que pueden venir de acciones de reforestación, captura de CO2, proyectos de renovables y de países que tienen de sobra. Pero la cuestión es que ya existe en mecanismo puesto en marcha en Kioto y que unos países quieren mantener esos derechos ya adquirios (China, India y Corea el Sur) mientras la UE quiere partir de cero.

También está el riesgo de que en esa compraventa, los dos países implicados se apunten el tanto, lo que en el fondo es ‘trucar’ la cuenta de carbono. En definitiva, si bien según algunos aseguran que sin mercado de carbono es muy difícil que los grandes contaminadores cumplan el Acuerdo de Paris de 2015, según otros no deja de ser una ‘trampa’ para seguir contaminando a costa de pagar, mientras el clima en la Tierra sigue calentándose, con el grave riesgo de superar los 1,5ºC marcados.


Según el IPCC, de seguir así, las emisiones aumentarán un 16% más para 2030 y la temperatura subirá hasta 2,7ºC. Con esas temperaturas los hielos antártico y árticos acelerarían exponencialmente su derretimiento, el nivel del mar subiría inundando tierras donde viven millones de personas, países como España sufrirían olas de calor cada vez más intensas, superando quizás muchos días los 47ºC que ya hubo el pasado verano en Egipto, escasearía la comida y las migraciones climáticas serían un flujo continuo…


Comienzan dos semanas que son claves para la vida en la Tierra, la nuestra también. Visto lo ocurrido con la Antártida y la protección de su océano, no parece que vivamos tiempos de consensos… Ojalá me equivoque.