DIARIO ANTÁRTICO 2019-2020


Este blog acoge el diario de la campaña polar antártida española 2019-2020 en la que su autora participará desde 2 de febrero 2020. Hasta entonces, los preparativos… y noticias ‘en directo’ de la campaña.

27 de Enero 2020 (Madrid)

Acaban de comunicarme que el semáforo que estaba ‘en verde’ en Isla Decepción se ha puesto ‘amarillo’. Eso significa que los expertos vulcanólogos que están en esta isla, donde se encuentra la base española Gabriel de Castilla, han detectado “anomalías” en los parámetros que cada día controlan, es decir, algún tipo de actividad, pero el Comité Polar Español explica, en un email, que no hay que desalojar, ni dejar de trabajar… Eso sí, tienen que informar a todos los organismos nacionales e internacionales implicados de que hay cambios y que se deben extremar la recogida de datos… Es lo que ocurre cuando se vive encima de un volcán activo, como es esta isla. Y es que cada día hay novedades que me llegan desde allí que dan idea de que no es un lugar exento de riesgo, aunque la tecnología permite hoy tener esos peligros más a la vista…

Otro ejemplo: este fin de semana, desde el BIO Hespérides, el comandante José Emilio Regodón me contaba que estaban navegando a tan sólo unas 200 millas (320 kms) del iceberg A-68, un gigantesco bloque de hielo de 150 kms de largo por 45 de ancho. Para hacerse idea una comparación: es más grande que todas la islas Baleares juntas (tiene unos 5.800 km2). Por lo visto en su viaje a la deriva, ya ha llegado al borde de la barrera de hielo del Mar de Weddell por el que está el buque español  trabajando. “No creo que nos acerquemos”, me decía Regodón. Sentirlo tan cerca, es para estar alerta, eso si. Ese iceberg se desprendió en 2017 de la plataforma de hielo Larsen C, noticia que dio la vuelta al mundo. Y no ha sido el único en tiempos recientes: en octubre pasado se supo, gracias a los satélites del programa Copérnico, que otro inmenso bloque de hielo, tan grande ´éste como Menorca, llamado D28, se había desprendido, en este caso de la Barrera Amery. La ciencia descarta relación directa de ambos casos con el cambio climático, pero lo cierto es que son millones de litros de agua dulce que acaban en el mar polar. Y, desde luego, un riesgo para la navegación en la zona. O sea, que hielo y fuego se unen en las tierras del sur para que no olvidemos que el planeta está ‘vivo’ más allá de la vida que lo habita…

23 de Enero 2020 (Madrid)

Las ideas y venidas que hace el buque oceanográfico Hespérides estos días por el Mar de Weddell son un galimatías, a tenor de la foto que me envían. Son las líneas de exploración sísmica del proyecto Powell 2020 que llevan a bordo y en el esquema se ve claramente que a veces deben salirse de la línea porque se cruzan con un gigantesco iceberg. También se ve como, a veces, hacen ‘nudos’, vueltas que llaman ‘hipódromos’ en el lenguaje marinero de a bordo, que son el reflejo de maniobras en ese mar hostil para recoger los equipos que producen esa onda sísmica que penetra hasta 12 kilómetros bajo la superficie del fondo del mar y que, de cuando en cuando, hay que ajustar (lo que se hace con apoyo de técnicos de la Unidad de Tecnología Marina -UTM- del CSIC). Igual tantas líneas como la que hizo el famoso marino británico James Weddell antes de llegar, en 1823, a esa zona. En los ratos libres, me cuentan, hacen charlas divulgativas para la tripulación y científicos…

Por lo demás, se ha concretado hoy que en mi viaje lleve a las bases antárticas españolas y en el buque Hespérides el estandarte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la Agenda 20/30. Es un compromiso que adquirí con la anterior responsable de la Oficina de los ODS, Cristina Gallach, y se lo ha traspasado a  la nueva responsable, la secretaria de Estado Ione Belarra. La idea es visibilizar que también allí están presentes muchos de los 17 ODS que deben ser nuestra meta como humanidad en la próxima década. Y lo están de muy diversos modos: haciendo ciencia que es fundamental para conocer el cambio climático (el objetivo 13), estudiando el impacto de la contaminación y el uso de renovables (7) y la biodiversidad polar (15), sea terrestre o submarina (14); conla implicación de los responsables de estas infraestructuras españolas con la educación (hay infinidad de actividades con colegios desde allí, el 4), con una sostenibilidad creciente de las instalaciones para generar el menor impacto posible, con el afán de mantener el agua limpia en el entorno de las bases, (el 6), con un consumo inexistente o muy medido (en la Antártida se promueve llevar lo mínimo y lo ecológico (el 12), fomentando la igualdad de género (se dan cursillos previos al viaje sobre este tema (el 5), con la existencia de instituciones científicas sólidas internacionales, como el comité SCAR que funcionan desde hace décadas (16) o con la capacidad de generar alianzas y colaborar entre países para hacer ciencia sin conflicto en un entorno sin fronteras (17). Creo que está más que justificado que la bandera de los ODS ondee en esos lugares… Y participar de ello, es realmente gratificante.

17 de Enero 2020 (Madrid)

Hace tres semanas que inicié este diario, pero es ahora, a medida que se acerca el día 3 de Febrero, cuando el ‘gusanillo’ antártico se hace fuerte y me demanda más tiempo. Y es que preparar un viaje a la Antártida requiere su tiempo. Para empezar, hay que hacer un máster en ropa de abrigo, que es fundamental. Afortunadamente, gracias a la solidaridad de una ‘hada madrina polar’ llamada Ana Justel, matemática y premio este año Talent Woman Margarita Salas a la mejor trayectoria científica, he conseguido buena parte del equipamiento. También ha colaborado el explorador polar Ramón Larramendi, que como podéis imaginar es un asesor de lujo en estas lides. Así, poco a poco, la montaña de cosas para ese mes y medio que durará la aventura antártica crece un poco cada día. El problema surgirá cuando tenga me meterlo en la bolsa de viaje. No se yo si Ernest Shackleton tuvo estos problemas….Claro que entonces no había límite de peso por pasajero en los aviones.

Para ir preparándome en un sentido menos material, también estoy encontrando estos días con otros científicos que, como Justel, me aportan valiosa información sobre el trabajo de España a 14.000 kilómetros de distancia. Entre ellos, Jerónimo López, Andrés Barbosa, Leopoldo García Calvo, Francisco Navarro… Mi agradecimiento a todos es infinito. Algunos, como Andrés o Paco Navarro, acaban de regresar hace pocos días del continente de hielo, así que no coincidiré con ellos en esta campaña, pero si lo haré con personas relacionadas con sus proyectos. Y son una mina de información. De todos, Leo es  quien más lecturas me ha recomendado, todas apasionantes sobre la Patagonia, que atravesaré en mi ruta desde Punta Arenas a Ushuaia para coger el Hespérides. Ya estoy deseando conocer su ‘jardín’ antártico de líquenes.

Y luego está el fluido contacto que mantengo con el BIO Hespérides, cuyo comandante, José Emilio Regodón, me tiene informada puntualmente de todo lo que ocurre a bordo, ahora trabajando sin descanso para el proyecto Powell 2020, de Carlota Escutia y Fernando Bohoyo, que además mantienen muy activa su cuenta de Twiter @Tasmandrake. Y, por supuesto, sigo las crónicas de mis colegas Santiago Barnuevo (RNE) y Xavi Fonseca (La Voz de Galicia), que han ido en la primera fase de la campaña y me ponen ‘los dientes largos’ cada mañana. Otras cuentas interesantes para saber qué está pasando son @Permafrost_UAH, @UTM_CSIC, @ORCA_UAH… Entre las últimas imágenes recibidas de Regodón, algunas son de las conferencias que organizan en el buque mientas navegan por un mar plagado de hielos…

De todo estoy mucho más, pero con un enfoque más científico, os iré contando en las crónicas que ya podéis leer en el blog polar de El País #SomosAntártida. Este diario pretende ser una bitácora más personal, un anecdotario de lo que vaya aconteciendo.

Ahora apenas quedan 15 días para que os empiece a contar en directo mis pasos por ese mundo de hielo que nadie había pisado hasta hace 200 años y que hoy es un universo dedicado a la ciencia y exploración, sin fronteras. Eso si, me cuentan que también hasta allí está llegando ya un turismo de ‘selfie’ que, si bien tiene que cumplir estrictas normas según el Tratado Antártico, no deja de ser impactante. Esperemos que un día no se convierta en otro ‘Everest’ como el que vimos el pasado verano.

Y ahora, a buscar una bolsa estanca, que por lo visto es importante llevar para los equipos electrónicos (ordenador, cámaras, grabadora..) El viento gélido que sopla hoy en mi ciudad, Madrid, es tan sólo un aperitivo de lo que viene.

¡Para irme preparando!

23 de Diciembre 2019 (Madrid- conexión Hespérides)

El Hespérides haciendo ‘hipódromos’ en la caldera de Isla Decepción. En el cristal, la velocidad del viento. @ArmadaEspañola

Las bases antárticas españolas ya tienen vida. Tras su largo letargo invernal se desperezan como si surgieran de un soporífero y gélido sueño, mientras sus habitantes comienzan a hacerse con el lugar y a llenarlas de calor humano. Me lo cuentan varios de los participantes, vía satélite, desde el Hespérides y desde las bases. Así he podido saber que ayer tocó la Lotería Nacional a un militar que iba en la campaña, pero también muchos detalles de la travesía hasta la Antártida. Primero supe del encuentro fortuito en alta mar (mitad del Atlántico) con el buque escuela Sebastián Elcano, luego de la llegada a Montevideo (Uruguay) y el paso de las angosturas del Canal de Magallanes hasta Punta Arenas (Chile), también del desembarco de ayuda del Bio Hespérides para un colegio de huérfanos de esta ciudad (algo que se repite los últimos años) y, por fin, del paso del buque por el Mar de Hoces hasta la Antártida, con olas ‘pequeñas’, según su comandante, José Emilio Regodón, aunque imagino que a sus pasajeros igual no les parecieron tanto. “Pueden ser de hasta 12 metros, pero por ello intento siempre evitarlas”, me tranquiliza el marino mientras comienzo a pensar en los kilos de Biodramina que necesitaré a bordo..

Fu en ese paso donde el BIO Hespérides  se unió a otros muchos buques para buscar restos del avión chileno siniestrado días antes, el mismo que otras ocasiones cogieron científicos españoles. Y los encontraron, aunque no pudieron recogerlos por las malas condiciones de la mar. Eso si, los fotografiaron y geolocalizaron por si otros tenían más suerte.

Por fin, el día 19 el buque entraba en la bahía de Isla Livingston en cuya orilla está ubicada la reluciente base española, brillante en rojo con un sol radiante y el mar como una balsa. A la derecha, veo en la foto que me envían el glaciar Johnson, que tan bien conoce el equipo de Francisco Navarro, de la Universidad Politécnica de Madrid, que lleva años estudiándolo para que sepamos de sus cambios al albur del clima polar. Pero ese primer día había otras prioridades: la descarga de materiales y del personal que se quedaba allí para abrir la base.

Con pocas hora de diferencia, unos nueve científicos españoles salían volando de Punta Arenas hacia la isla antártica de San Jorge, que es la más cercana a nuestras bases con pista de aterrizaje. Los imagino con el hormigueo en el estómago al  repetir la ruta del Hércoles accidentado, o quizás intentando pensar en mil y una cosas diferentes para neutralizarlo. Total, bastan dos horas para llegar volando al continente del Polo Sur. Miguel Angel de Pablo, científico experto en permafrost de la Universidad de Alcalá de Henares, me cuenta que dejaron atrás una ciudad con las huellas de las últimas protestas sociales en forma de escaparates rotos o edificios blindados con maderas y chapas. Un Punta Arenas muy distinto al de otros años.

Para cuando los nueve científicos llegaron desde el aeródromo de Rey Jorge al borde del mar, ya les esperaba el Hespérides (son ocho horas de navegación de Livingston a Rey Jorge) y su tripulación cargaba materiales para el programa polar uruguayo, con el que también colabora España. Un grupo de 13 ecuatorianos que se habían quedado ‘colgados’ al no llegar su barco  (era uno de los que buscan restos del Hércules), también estaban siendo acogidos como improvisados ‘pasajeros’, una situación que todos me aseguran que es normal en el mundo antártico. “Hoy por tí, mañana por mí”, es una de las frases estrella en esos lejanos lares.

Fue estar todos a bordo y el tiempo comenzó a cambiar y no precisamente a mejor. En el camino, el Hespérides paró en Isla Greenwich, donde está la base ecuatoriana, y siguió hacia Livingston. Era de madrugada cuando  casi todos los recién llegados vía aérea desembarcaron, iluminados por esa luz crepuscular y mortecina que no acaba de difuminarse en estos días de verano austral.

Los que se quedaron a bordo siguieron ruta hacia Isla Decepción, a la que llegaron el domingo muy temprano con vientos de hasta 140 kms/hora y un cielo cada vez más negro. Estaban ya en el llamado Puerto Foster, la caldera de un volcán que no siempre es amistoso. De hecho, es el único volcán activo del mundo por cuya caldera se puede navegar, eso sí, tras superar los llamado ‘Fuelles de Neptuno’, el angosto paso que hay que atravesar para entrar en esta especie de ‘rosquilla’ en roca. Una vez allí, como manda el protocolo científico, hubo que esperar a que un ‘semáforo’ diera ‘luz verde’ al desembarco: es decir, a que los vulcanólogos a bordo tenían que comprobar que la montaña de fuego está tranquila.

El domingo por la tarde, a las 15.28 horas en el mundo polar español, por fin se vió el destello verde y comenzó la descarga de materiales, aprovechando unas horas de tranquilidad en la virulencia con las que les había recibido Eolo. En realidad, allí los españoles no estaban solos. Otro barco de apoyo, el Antarctic Warrior, contratado a una empresa chilena, llevaba días esperando a que se calmaran las aguas y los vientos para depositar su carga y marcharse.

Esta descarga iba a terminarse durante esta mañana del lunes previo al día de Nochebuena, pero una fuerte tormenta con nuevos y portentosos vientos (¡de hasta 125 kms/ hora y subiendo!) ha provocado que el fondeo del Hespérides perdiera su agarre en el fondo, así que han tenido que suspender la  tarea. Es más, se han puesto a hacer ‘hipódromos’, que es como llama la tripulación a navegar dando vueltas por el interior de la caldera, cual cabalgaduras en un picadero. Me cuentan que esta noche sólo seis militares de Tierra han dormido sin el vaivén de las olas en la base Gabriel de Castilla. Los demás, harán ‘hipódromos’ hasta que esa extraña e inhóspita tierra quiera recibirles. Aún no saben si tomaran el turrón entre las olas o entre las cenizas de Isla Decepción.

(¿Isla Decepción?, pues si: un cazador de focas norteamericano, allá por el siglo XIX por lo visto se llevó un chasco cuando descubrió que más que una isla era un volcán activo. Al parecer, no le hizo gracia).

22 de Diciembre 2019 (Madrid)

Cursillo polar en el Ministerio de Ciencia, Innovación y Unversidades en octubre.

Desde que el 25 de Septiembre recibí un email en el que se me aprobaba mi participación en la XXXIII Campaña Antártica española, sentí que me tocaba una Lotería de las reales, de las que marcan una vida. Podría decirse que fue mi auténtico 22 de Diciembre. Bien es verdad que gracias a mi trabajo con el Trineo de Viento he sentido de cerca lo que es el mundo polar, pero una cosa es que te lo cuenten y otra tener en el horizonte formar parte del pequeño grupo humano que ha conocido ese lugar. En estos tres meses, como ya contaba en #SomosAntártida, en El País, el blog donde iré resumiendo la aventura, he tenido que superar, como los otros 200 humanos que irán en este campaña, unas pruebas médicas y un cursillo de formación bien completo. Sobre normativas, seguridad personal, mucho medio ambiente y hasta sobre violencia de género, algo novedoso en esta campaña, que habrá que ir afinando…

Un poco tardé en saber las fechas que me tocaban en este ‘rompecabezas’ que es cuadrar los viajes de los 200 participantes en esta campaña (unos 100 científicos entre ellos) y cuando, por fin lo supe, resulta que iba en las segunda fase (febrero 2020) y a las dos bases, la Juan Carlos I y la Gabriel de Castilla. Si una es de estreno, vamos, ‘a la última’, me cuentan que en la otra viviré la aventura de un modo mucho más ‘tradicional’, es decir, más precario, pero me entusiasma la idea de conocer ambos lugares. Además, iría y volvería en el Buque Oceanográfico Hespérides, idea que me entusiasma, aunque no se si me arrepentiré.

Estos tres meses, entre otras muchas obligaciones laborales, me he empapado del literatura polar (gracias Javier Cacho y Leopoldo García Sancho, dos imprescindibles), el ministro de Ciencia Pedro Duque me ha dado algún consejillo (“¡¡Ten cuidado al bajar del Hespérides a la zodiac!!, me dijo al coincidir, “sobre todo con la espalda”), me he enterado de que en la Antártida hay ‘teletabis’ (tengo con confirmar este dato…), he recopilado datos del cambio climático en este lugar (la cumbre del clima COP25 fue una gran oportunidad de conocer informes que auguran un futuro muy negro) y he conseguido vuelos a Punta Arenas (Chile) a un precio aceptable. Eso si, como me recogen en Usuahia (Argentina), tendré un trayecto a unas 12 horas por la Tierra de Fuego que me acercará, espero, a lo que encontró Charles Darwin en estas latitudes…

También ha habido noticias funestas: el accidente de un avión Hércules chileno que viajaba hacia una base Antártica cuando cruzaba el Mar de Hoces (otros, más anglosajones, lo llaman Paso del Drake, pero yo me quedo con el homenaje del marino español que en 1535 lo descubrió). En ese siniestro murieron 38 personas, triste suceso que me hace tener muy presente que la Antártida no es un lugar cualquiera. Por ello, hasta hace 200 años nadie la había pisado…