Las claves de Schöningen en palabras de Nicholas Conard


Nick Conard, en el Congreso de la UISPP. |ROSA M. TRISTAN

Nick Conard, en el Congreso de la UISPP. |ROSA M. TRISTAN

ROSA M. TRISTÁN

El arqueólogo norteamericano Nicholas Conard es de esos científicos que ‘donde ponen el ojo, encuentran un tesoro’. Licenciado en Antropología y Química por la Universidad de Rochester, y doctor por la Universidad de Yale, pronto derivó su carrera hacia la Arqueología como camino para encontrar momentos claves del pasado humano. La historia humana de América es relativamente reciente, apenas 15.000 años, así que Conard se vino a Europa, en concreto a Alemania, donde su equipo ha acabado encontrando objetos e indicios claves del paso de la especie por el Viejo Continente.

En Suavia (Alemania) encontró hace unos años algunas de las primeras y más hermosas expresiones artísticas de los primitivos sapiens, incluso una flauta hecha con el hueso de un buitre de hace 35.000 años. Ahora, su trabajo se centra en el yacimiento de Schöningen, en el mismo país. Hace unas semanas, fue uno de los participantes en el Congreso de UISPP de Burgos, y allí tuve ocasión de que me contara las últimas noticias sobre sus investigaciones.

Lanzas de madera de hace 400.00 años, en Schöningen

Lanzas de madera de hace 400.00 años, en Schöningen

¿En qué momento se encuentran ahora los trabajos en Schöningen?

Es un proyecto muy dinámico, en el que trabajan equipos de todo el mundo, con mucha gente, pero  dos centros principales en Tübigen, que es donde se realizan las excavaciones acutales y el Centro Monrepós del Museo Central Romano-Germánico de Mainz, que se encarga del estudio de toda la fauna. Estamos ahora en plena actividad.

En Suavia su equipo encontró lo que se consideró la primera expresión artística compleja de nuestra especie. En este Congreso se ha presentado una obra hecha por neandertales ¿En qué cambia este hallazgo lo que se sabía?

El yacimiento de Schöningen es un lugar idóneo, por el estado de conservación de las piezas, para analizar este tipo de cuestiones relacionadas con diferencias entre homínidos antiguos, entre Homo heildebergensis tardíos o neandertales primitivos. Y lo que vemos es que tienen comportamientos con estrategias de subsistencia, de caza, de la forma de fabricar herramientas que son muy similares a las que se observan más tarde en el Pleistonceo Superior en los neandertrales recientes y en los humanos modernos. Un buen ejemplo son las lanzas de madera que encontramos allí, que son de hace 400.00 años, unos útiles muy complejos, que están muy bien realizado y  que funcionan perfectamente.

¿Cuáles son las preguntas pendientes de Schöningen, las hipótesis sobre las que están trabajando en estos momentos?

Schöningen tiene una gran ventaja y es que es un lugar único en el mundo para responder a interesantes respuestas sobre la organización social, para aclarar cuestiones específicas económicas y el link entre esas estructuras sociales y económicas en aquel momento. En definitiva, para tener una visión clara de cómo vivían los heidelbergensis hace 400.00 años. La ventaja de este yacimiento es que allí podemos documentar acciones muy específicas y, por tanto, se pueden hacer preguntas muy concretas.

Cnn el 'sapiens' Nick Conard, en la sede del Congreso de la UISPP, en el campus de Burgos.

Cnn el ‘sapiens’ Nick Conard, en el campus de Burgos.

¿Se está diluyendo las diferencias entre las especies que habitaron Europa?

Es cierto que se diluyen las diferencias, pero depende de la perspectiva que tengamos. Analizando las formas de vida, estrategias subsistencia, no son muchas, pero si hay grandes diferencias en el campo pensamientos simbólico y en el uso de objetos de arte, como instrumentos musicales, estatuillas con representaciones de figuras, adornos personales. Todo ello lo han hecho los Homo sapiens sapiens, lo que supone una gran capacidad de expresión abstracta, de comunicación, de lenguaje. Puede que los homínidos antiguos tuvieran algún tipo de simbolismo en el Pleistoceno Medio, un pensamiento complejo, pero no en el mismo nivel y de la misma manera que vemos más adelante. Y esa es una de las razones por las que nosotros estamos aquí y ellos no. Como decía, depende de lo que busques, encuentras. Uno puede centrarse en las diferencias o hacerlo en lo que tenemos en común; son dos punto de vista diferentes. En mi opinión, la diferencia entre los humanos europeos de hace 400.000 años y los sapiens modernos es clara. Si pudiésemos viajar al pasado de hace 40.000 años, cualquiera de nosotros podría relacionarse con nuestros antepasados. Bastaría con aprender su lenguaje porque seríamos muy similares. Pero si retrocediéramos más en el tiempo y viajásemos a hace 300.000 años a Schöningen, posiblemente nos relacionaríamos también, porque tendríamos que cazar o hacer fuego como ellos, pero la forma de afrontar las necesidades sería muy diferente.

En su opinión ¿qué llevó a la extinción a los neandertales?

En cierto modo, Schöningen ayuda a responder porque permite comprobar que, a pesar de tener comportamientos y tecnología compleja hace 400.000 años, no había elementos que si aparecen en Paleolítico Superior, con los sapiens, con los que se extiende rápidamente el arte rupestre. Hace 40.o00 años, en Alemania tenemos arte mueble como la Venus de Hohle Fels, el Hombre-León… Y todo ello, surge con los humanos modernos. Eso puede ser un factor que explique por qué etamos aquí y ellos no: la creatividad, esa capacidad de plasmar el pensamiento simbólico. Desde luego que la creatividad no es el único factor que explica su desaparición. También influye la demografía, porque los humanos modernos tienen un ratio de reproducción mayor y eso es fundamental. Pero arte y creatividad permitió tener a nuestra especie un pegamento social que les hizo ser más eficientes.

 

 

 

 

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El misterioso palacio-santuario de los tartesos en Turuñuelo


PUBLICADO EN REVISTA ESTRATOS

 ROSA M. TRISTÁN

 Un equipo de arqueólogos descubren un yacimiento cerca de Mérida que esconde un edificio de hace 2.500 años con miles de objetos en los que descubrir su cultura

Un paraje como conocido como Turuñuelo, en el municipio de Guareña, cerca de Mérida (Bajadoz) escondía entre los campos de maíz un auténtico tesoro: los de un palacio-santuario que fue ocupado en el siglo V a. de C por los tartesos, pueblo que desciende de los fenicios que llegaron hasta el sur de la Península unos siglos antes y acabó por desaparecer tras la invasiones del norte.

Bañera encontrad en Turuñuelo @EstherRodríguez

El yacimiento de Turuñuelo, aún en sus primeras fases de excavación ha demostrado ya su espectacular riqueza. Cada día aparecen nuevas piezas de un ‘ajuar’ que va a ayudar a revelar muchos de los misterios que aún rodean a esta cultura y seguramente a abrir la puerta a otros nuevos. Jarras, copas, calderos gigantescos, pinchos morunos, platos y hasta una bañera de grandes dimensiones son parte de lo que los arqueólogos de Extremadura han encontrado en las dos únicas salas excavadas hasta la fecha de las muchas que podría tener. En total, de momento, en los laboratorios ya hay más de 2.000 piezas que están en restauración por parte del equipo del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM), que dirige Sebastián Celestino, también responsable del yacimiento junto a su compañera y arqueóloga Esther Rodríguez.

El hecho de que el equipo acabara picando de sol a sol en Turuñuelo en la primavera de 2014 tiene mucho que ver precisamente con la tesis que estaba realizando Rodríguez sobre los tartesos. La investigadora había identificado, basándose en el estudio de documentación histórica previa, una decena de enclaves en los que podría haber restos tartésicos como los ya conocidos de los yacimientos de Cancho Roano y La Mata (ambos en el municipio extremeño de Villanueva de la Serena).

“Uno de esos 10 puntos era el pequeño cerro artificial que había en mitad de una llanura en una finca en el paraje de Turuñuelo, un túmulo que quedó aislado en mitad de una finca cuando en los años 50, durante el Plan Badajoz, se hicieron muchas tierras de regadío en torno al río Guadiana. Pero el túmulo, de unas dos hectáreas de superficie, no podían ararlo debido a la pendiente así que -aunque sufrió un recorte importante, quedándose en una hectárea-, estaba intacto. De hecho, debido a los trabajos agrícolas, ya en los años 80 se habían encontrado materiales arqueológicos que habían despertado el interés. “Como mi tesis era sobre el poblamiento tartésico en el Valle Medio del Guadiana, era un buen lugar para empezar y lo elegimos”, recuerda Esther.

Conviene recordar que “Tartessos” es el nombre que los griegos dieron a la civilización que encontraron al Occidente de Europa, en concreto en lo que hoy son las provincias de Cádiz, Huelva, Málaga y Badajoz. El historiador Herodoto ya habla en sus textos del siglo V a. de C. de un rey llamado Argantonio, ‘El hombre de plata’, de gran riqueza y muy generoso, que habitaba esas lejanas tierras. Esta cultura tartésica había surgido de la fusión entre la que trajeron los fenicios hasta las costas españolas tres siglos antes de la referencia de Herodoto, y los pueblos indígenas que habitaban la península.

La ‘habitación 100’

La buena disposición de los propietarios de la finca de Turuñuelo para dejarles hacer un sondeo, hizo que poco tiempo después de plantearlo, en la primavera de 2014, los arqueólogos se pusieran manos a la obra con algunos fondos de un proyecto del Programa Estatal de I+D. Fue tal la cantidad de restos de cerámica y otros materiales que salieron en esa primera campaña que para el año siguiente presentaron ya un proyecto específico de excavación a la Consejería de Patrimonio y Cultura de la Junta de Extremadura. “En esa segunda campaña pudimos contar con un equipo de casi 30 estudiantes y un arquitecto que nos ayudó a interpretar lo que encontrábamos”, añade Celestino.

Y el resultado fue espectacular. Salió a la luz la que llaman “Habitación 100”, por su posición en la cuadrícula. Es una sala de 70 metros cuadrados, un gran espacio con paredes encaladas en la que encontraron un banco corrido, una gran bañera de cerámica hecha pedazos y también una pileta excavada en el suelo, forrada de cal. En el suelo, justo en el centro de la sala, tenía como decoración el dibujo de una piel de toro, que según los arqueólogos podría ser el lugar donde se situaba un altar. Aún no se sabe, pero el codirector del yacimiento aventura que el edificio bajo el cerro podría tener forma de “U” con 12 o 14 habitaciones en torno al patio central, siguiendo el modelo de otros enclaves similares en Andalucía.

Los trabajos desde entonces continúan y también los hallazgos. “En 2016 encontramos una puerta de dos metros de ancho, con dos pilastras, que comunicaba la ‘Habitación 100’ con una segunda sala, en las que ya estamos excavando y donde hemos hallado hasta ahora unos bronces magníficos, como los que se utilizarían en un gran banquete. En realidad, tenemos lo que podría ser todo el menaje necesario para un banquete de muchas personas”, señala el arqueólogo.

Gran parte de este ‘tesoro’ se encuentra ahora en el laboratorio de restauración de la Universidad Autónoma de Madrid, con el que el IAM colabora. Más de 100 piezas reconstruidas de cerámica, jarros de bronce, braserillos, una barbacoa, coladores, un gran caldero de un metro de diámetro, ‘quemaperfumes’ (candelabros altos con un plato para aromatizar el lugar) se acumulan en las mesas de reconstrucción y análisis. “Probablemente, los tartesos comerían ovejas, cabras, miel, aceite, y beberían vino. Era un pueblo que vivía de la agricultura, pero también comerciaba; en la costa. con la plata de las minas de Rio Tinto y Aznalcóllar y en el interior con el estaño”, recuerda del director del IAM.

Entre tantos tesoros arqueológicos, Celestino y Rodríguez destacan la belleza de unas piezas que fueron de importación: cajas de marfil con leones labrados y copas griegas. “Su presencia en el valle medio del Guadiana nos habla de que este pueblo tenían relaciones con Ática, que entonces estaba en su apogeo”, apuntan.

Para el equipo del IAM no hay duda de que el palacio-santuario de Turuñuelo era un lugar importante de la cultura tartésica. De hecho, no descartan que debajo de este edificio pudiera haber otros anteriores, que se fueron quedando pequeños con el tiempo. “Esta cultura surgió en torno al Guadalquivir. En el entorno de Doñana ya se han excavado edificios que eran también santuarios, pero que además de una función religiosa tenían también otra económica, política y comercial. En estos lugares vivían las personas que controlaban el territorio y eran asentamientos en los que no había murallas porque era sobre todo una cultura de paz, sin armas. De hecho se conoce como la época de la Paz Tartésica”, explica la codirectora del yacimiento. “Algunos subieron hacia el norte y se extendieron hacia la zona en la que trabajamos nosotros”.

Precisamente su desconocimiento de las estrategias de guerra está en el origen de la desaparición de este pueblo rico y sabio, pues a partir del siglo V a de. C. comenzaron a llegar hasta hasta su territorio extremeño invasores celtas que venían del norte, con un buen entrenamiento bélico. Todo indica que los tartesos no pudieron resistir la invasión y acabaron por desaparecer.

Pero antes de huir de lugares como Turuñuelo, y al igual que hicieron de todo el Guadiana, quemaron todas sus propiedades y derrumbaron todas las paredes de lo que habían sido sus centros de poder y sus lugares de culto, para sellarlos a continuación con arcilla con objeto de que el enemigo que llegaba no pudiera mancillar su cultura. Celestino explica que “esta forma de actuar ha permitido que encontráramos el yacimiento en unas condiciones de conservación que son realmente excepcionales. Tenemos fotos de los años 50 y ahí vemos que el túmulo era más grande, pero con solamente esta hectárea fácilmente tenemos para trabajar 10 años, siempre que haya fondos disponibles. Cada campaña de excavación de un mes supone unos 30.000 euros en gastos, así que para tener excavado el túmulo necesitamos unos 400.000 .

De momento, su objetivo inmediato es esta segunda habitación de los bronces en la que ya están excavando y una tercera, a las dedican la campaña de este año, previsiblemente con fondos de la Junta de Extremadura y con el apoyo del alcalde del cercano municipio de Guareña, que se ha comprometido a buscar alojamiento gratuito para las dos decenas de alumnos que participan en los trabajos.

Algunas piezas ya lucen en el Museo de Mérida. La “bañera” ya restaurada, y de una tonelada de peso, de momento sigue en el yacimiento. Esther reconoce que en realidad ese gran recipiente de cal de unos 70 centímetros de alto y 1, 70 m de largo, podría ser para acumular agua. “No hay otra igual en la Península. Hay algunas de dos siglos más tarde, pero con desagüe, y ésta no tiene, así que es en realidad no tenemos la certeza de para qué la utilizaban, aunque le hayamos puesto ese nombre por la forma que tiene. Estamos seguro de que este túmulo aún nos deparará muchas sorpresas”, concluye.

Los tartesos y la misteriosa Atlántida 

La leyenda del continente perdido de la Atlántida se ha intentado relacionar a lo largo de la historia con la cultura de Tartesos de la Península Ibérica. Su abrupta desaparición, en pocos años, algunos han querido relacionarla con esa gran isla perdida que parece que sólo existió en la imaginación del filósofo griego Platón. A raíz de sus indicaciones sobre la existencia de una civilización rica y poderosa “en una isla delante de las columnas de Hércules (el Estrechos de Gibraltar), muchos investigadores han buscado en el suroeste peninsular sus restos sin encontrarlos.

En 2011, el arqueólogo estadounidense Richard Freund, con el apoyo de la National Geographic Society, llegó a las marismas del río Guadalquivir y, en poco tiempo, concluyó que la supuesta Atlántida y Tartessos eran lo mismo, dejando su hipótesis plasmada en el documental “Encontrando la Atlántida”. Freud concluía que aquella gran isla frente a Doñana había desaparecido por un tsunami hace unos 2.500 años, justo con el fin de los tartesos.

Pero toda esta argumentación ha sido tajantemente desmentida por los investigadores españoles, entre ellos el director del Instituto Arqueológico de Mérdida, Sebastián Celestino, que en 2009 buscó restos arqueológicos en el punto del Parque Nacional de Doñana donde Freund había detectado supuestos restos de templos en fotos de satélite. Y no encontró nada. Otros trabajos también han descartado la conexión Atlántida-Tartessos, dejando a la Atlántida de nuevo en el capítulo de las leyendas.

 

 

José Latova: el investigador de la luz en el Arqueológico


ROSA M. TRISTÁN

Si por algo me resisto a dejar mi profesión, pese a tantas trabas como hay en el camino, es porque me permite conocer a personas de la talla de José Latova, más que un fotógrafo, un investigador de la imagen, un científico de la luz. Hace cinco años que nos encontramos en Luxor (Egipto), en las excavaciones del Proyecto Djehuty en las que trabaja desde hace años con el egiptólogo José Manuel Galán. Estábamos muy lejos de nuestro entorno habitual en Madrid, donde acaba de inaugurar una exposición de su obra en el Museo Arqueológico Nacional con más de 100 fotografías, audiovisuales y hasta un interactivo que permite pasearse 360º por algunas piezas especiales. Hasta mediados de agosto hay ocasión de verla, y disfrutarla.

Javier Trueba, José Latova, José Manuel Galán, Asunción Rivera, Pía Frade, David García, Kamal Helmy, José Miguel Parra y Gema Menéndez, el Proyecto Djehuty al fondo, en una imagen de Latova. @ROSATRISTÁN

Y es que Pito Latova (como le llaman los amigos) lleva 40 años retratando el Patrimonio Nacional, es decir, nuestros tesoros del pasado. Nadie como él ha estado presente en tantas excavaciones arqueológicas con sus cámaras a cuestas para documentar los trabajos con una precisión y belleza que no pueden dejar indiferente. Si no hubiera sido por  él, no dispondríamos hoy de las imágenes de gran parte del proceso de trabajo que ha llevado a hallazgos en Altamira (cuyo ‘Techo de los Polícromos’ preside una de las salas), en Atapuerca, en Luxor (Egipto) y en toda la Península Ibérica, por donde ha buceado en cuevas, abrigos, ruinas y museos. Ahora, esas  imágenes nos miran desde las paredes del Museo Arqueológico Nacional, que por cierto ha tenido que recurrir a la Bolsa de Madrid para financiar la muestra (de ahí que figure su logo).

Dice el MAN en su web: “Latova ha aportado a la fotografía arqueológica soluciones técnicas y fotográficas punteras, como el uso y aplicación de la tecnología digital, de la fotogrametría, o de los escaneados tridimensionales y el análisis y toma de imágenes multiespectrales, que se aplican en la actualidad en proyectos de investigación del arte rupestre, restauración, conservación preventiva”. Cierto, pero es que además su pasión por la ciencia le ha llevado más lejos: a aplicar esas técnicas para descubrir lo oculto, como las 450 pinturas rupestres que escondía la cueva cántabra de El Castillo, o que la cueva de Altamira era un 20% más grande de lo que se creía.

Con Pito y con Luciano Municio, conocí el arte rupestre que se escondía en la Cueva de la Fuente Nueva (en Segovia), uno de los lugares más sorprendentes que he conocido, pero también que todas las cuevas de la Meseta esconden otros cientos de obras de arte primitivas que sólo el empeño de este fotógrafo ha sacado en parte a la luz.  Y digo en parte porque, pese a su valía, es un proyecto que ha tenido que abandonar por falta de fondos. Municio, por cierto, que estuvo en la inauguración, me comentaba que la Fuente Nueva se ha inundado este año (tampoco se pudo trabajar en ella por falta de dinero)  y está a la espera de poder entrar a ver lo que se ha perdido…

Extraña forma de sujetar una pieza en un museo, que documentó Latova con su cámara.

Desde luego, no podían faltar los miembros y ex miembros del equipo del Proyecto Djehuty, que tiene un gran espacio dedicado en la exposición. Es uno de los grandes proyectos arqueológicos de España en el extranjero, de esos por los que merece la pena apostar sí o sí, y que dirige José Manuel Galán. Triste ver que algunos arqueólogos de la talla de Gema Menéndez han tenido que dejar su trabajo y no encuentran donde seguir ejerciendo. Otros, como Pía Frade, siguen en la brecha. Y los hay que se dedican a escribir libros, como José Miguel Parra, que acaba de publicar “Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto”.

Sobre el mundo de la Arqueología recibí otra buena noticia: el documentalista José Manuel Novoa va a hacer una serie en TVE sobre los más importantes yacimientos arqueológicos en la Península Ibérica. Desde luego, excelente novedad para quienes estamos cansados de programas de cocina, citas a ciegas, faranduleo y casposidad. Un poquito de ciencia entretenida, como la que nos ofrece Novoa desde hace años (más fuera del país que dentro) suena de maravilla.

 

 

 

El ‘primo’ portugués de los humanos de Sima de Atapuerca, un nuevo misterio


Yacimiento de Aroeria.

ROSA M. TRISTÁN

Pocas veces los paleontólogos se encuentran un cráneo de un humano de hace cientos de miles de años. Tan  pocas que es un acontecimiento. Y es lo que acabamos de conocer que ocurrió en Portugal, en el yacimiento Aroeira. De hecho, en toda Europa, además de los cráneos de la Sima de los Huesos, apenas hay unos pocos ejemplares con cronologías de en torno a los 430.000 años de los que tienen los de la sierra de Atapuerca.

Reproducción del cráneo. El agujero no estaba: se hizo con el martillo neumático. Al saltar esquirlas de hueso, se encontró el cráneo.

Por ello, cuando Juan Luis Arsuaga, codirector del proyecto burgalés, recibió una llamada del portugués Joao Zilhao, en plena campaña de exacavación de 2014 en la sierra burgalesa, para contarle que acababan de encontrar fósiles humanos de esa antigüedad, no se lo pensó y junto con la paleontóloga Elena Santos, cogieron el coche y se presentaron en Aroeira.

Cuando llegaron, recuerda Elena, el equipo de Zilhao estaba dentro de la cueva, peleándose con un gran bloque de piedra con una sierra. “Este yacimiento se había excavado hace unos años y habían encontrado dos dientes, pero luego se abandonó hasta que Joao lo reabrió. Llevaba unos cinco años trabajando en él y salían muchas piezas de piedra, huesos de animales quemados…Todo indicaba que la cueva, que está en un sistema kárstico de cinco plantas, había sido ocupada por humanos, pero fue ese verano cuando surgió la sorpresa, mientras taladraban una zona y saltaron esquirlas de huesos”, recuerda Elena.

Finalmente, sacaron el bloque – “que pesaba un quintal”- y lo trasladaron al Centro de Evolución y Comportamiento Humanos que dirige Arsuaga en Madrid, donde durante dos largos años María José Ortega y otros miembros del equipo lograron recuperar hasta 50 piezas grandes y muchas más casi milimétricas de la piedra. “El trabajo de reconstrucción del rompecabezas ha sido espectacular, pero al final, ahí teníamos un cráneo casi completo para estudiar, que finalmente se ha publicado ahora en la revista PNAS. Y es con mucho el humano más antiguo encontrado en Portugal, pues lo anterior, a unos kilómetros, fueron restos de un neandertal de hace 60.000 años, pero estos fósiles tienen 400.000”, recuerda Elena.

Después, ya con la pieza reconstruida, fue ella misma quien puso manos a la obra y empezó a comparar su morfología con otros cráneos del Pleistoceno Medio. “Los junté con varios programas informáticos y vimos que el homínido al que pertenece está entre el cráneo número 4 y cráneo número 5 (Miguelón) de la Sima de los Huesos. Tiene rasgos parecidos y otros que los diferencian, como si fueran poblaciones diferentes. Las herramientas que usaban son achelenses, pero también algo diferentes a las de Atapuerca”, apunta.

Arsuaga cuenta a este Laboratorio para Sapiens que el volumen cerebral de este ‘primo’ de la Sima es el mismo al de su pariente, pero también destaca las diferencias. “Es una prueba de que en aquel momento había una gran diversidad de humanos en Europa, nada que ver con la uniformidad que vemos después en los neandertales o los Homo sapiens”. “Estas dos especies”, recuerda el paleontólogo “pasaron por cuellos de botella que acabaron con la diversidad, pero si hubieran existido 500.000 años antes, su variedad sería también muy alta. Por contra, en el Pleistoceno Medio hubo lo que llamo un ‘Juego de Tronos’, un mundo muy complejo del que salió únicamente el neandertal. Antes, en la época de este nuevo cráneo, había una gran complejidad de poblaciones que desaparecieron”.

Estas son las herramientas de piedra, con la tecnología achelense, que utilizaba el homínido portugués.

Aún queda por estudiar la parte ósea del oído interno del cráneo, para compararlo con el de la Sima, pero Arsuaga apunta que “se parece a sus contemporáneos de la Trinchera del Ferrocarril”, vamos a los que habitaron en la Gran Dolina de Atapuerca. “Es entre estas especies y la de Homo antecessor donde hay más dudas de lo que sucedió. No sabemos aún si estos homínidos vinieron de África con su tecnología achelense o si tienen que ver con el  Homo antecessor [900.000 ], porque no se parecen y hay  más de 400.000 años entre unos y otros. Necesitamos encontrar un fósil de hace unos 650.000 años”.

Todo ello, de nuevo, pone en evidencia que aún nos queda mucho por saber sobre la evolución humana en la Tierra. Cada hallazgo, no hace sino abrir otra puerta al pasado de nuestra historia y la de nuestros ancestros.

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinosaurio ‘cervantino’ que se paseó por Cuenca


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El paleontólogo de la UNED Francisco Ortega, posando en el yacimiento junto a los fósiles del dinosaurio.

ROSA M. TRISTÁN

Va para 10 años que las obras del AVE a Valencia nos descubrieron, a su paso por el municipio de Fuentes (en Cuenca) uno de los yacimientos paleontológicos más importantes de la Península Ibérica, en lo que a dinosaurios del Cretácico se refiere. Es el tiempo que ha tenido que pasar el Lohuecotitan pandafilandi pudiera ser bautizado y registrado oficialmente para la ciencia como el gigantesco titanosaurio que fue, por cierto uno de los últimos grandes saurios que habitaron la Tierra. Durante todo este tiempo, buena parte lo pasó guardado en los cajones de aquel gigantesco almacén de huesos que visité en 2008 en las cercanías del yacimiento de Lo Hueco, lugar en el que fue encontrado y al que debe su nombre. Fue una visita que no olvidaré porque mientras el paleontólogo Francisco Ortega me enseñaba el lugar, mis manos tropezaron con una piedra que resultó ser un pedazo de fósil de aquellos seres del pasado. A saber si era uno de los restos que ahora se presentan…

El apellido del gigante le viene de otro manchego, el monstruo Pandafilando de la Fosca Vista al que dió vida la imaginación de Miguel de Cervantes en su incomparable ‘Don Quijote de la Mancha’. 

El 'Lohuecotitan', un gigante del Cretácico nacido en Cuenca.

El ‘Lohuecotitan’, un gigante del Cretácico nacido en Cuenca.

El investigador de la UNED, que anda detrás de tan peculiar bautismo, reconoce que la crisis económica, y los subsiguientes y brutales recortes en los fondos para la investigación científica, paralizaron la posibilidad de poder estudiar a fondo los restos de los espectaculares ejemplares de dinosaurios que se habían encontrado…. hasta ahora. Eso sí, aún sin nombre, los fósiles han viajado en una exposición por el mundo (han llegado hasta Japón) porque  ya  se tenía claro que esos dos dinosaurios que ‘desenterraron’ unas vías, entre otros muchos animales, eran espectaculares. Todos vivieron en el Cretácico Superior, hace unos 75 millones de años, así que fueron de los últimos en habitar el planeta  antes de que un meteorito acabara con su ecosistema y les llevara a la extinción, o les ‘reconvirtiera’ en las aves que hoy surcan los cielos.

Localizo a Ortega cuando anda en Morella (Castellón) desenterrando un iguanodón en una mina de arcilla. Los paleontólogos no paran ni en agosto. Ya sabe que le llamo porque acaba de publicarse on line en ScienceDirect este saurópodo pandafilandi del que se ha recuperado más del 50% de su esqueleto (teniendo en cuenta que hay partes simétricas), un monstruo que llegó a medir 16 metros de largo y a pesar entre tres y cuatro toneladas. Es, me explica, el ejemplar de titanosaurio más completo encontrado en Europa Occidental. Y pese a sus dimensiones, Ortega comenta que “era muy grácil, mucho más que sus parientes del Jurásico”.

El yacimiento que sacó a la luz un AVE.

El yacimiento que sacó a la luz un AVE.

Otra de sus peculiaridades es, además de esa gracilidad, la especie de armadura que, como el mismísimo Don Quijote, llevaba sobre la parte superior de su cuerpo, unas placas que se cree que debían llevar espinas y que le servirían para protegerse y mantener la distancia con otros dinosaurios. “Desde luego, aunque no es el primer titanosaurio que tenemos, pues se han encontrado otros, si que tiene rasgos que nos permiten decir que es una especie que no se conocía”.  En concreto, se conocen otros dos en Francia y uno más en España, pero con rasgos diferentes al cervantino.

Ortega, antes de volver a la mina, me recuerda que “aún nos quedan muchos otros restos de Lo Hueco por publicar, lo que esperamos hacer en los próximos meses” y que, seguramente, darán muchas sorpresas. Desde luego, después de ver lo que había en aquel almacén, de un polígono industrial, puedo constatar que Francisco Ortega y su equipo tienen trabajo para mucho tiempo, si los ‘recortes’ no lo impiden. Gran parte del material se encuentra ahora en el Museo de Paleontología  de Cuenca. También en el municipio de Fuentes se ha creado un centro de interpretación con réplicas de los fósiles y vídeos e información para conocer el que se califica como segundo yacimiento más importante de Europa de aquella remota época.

 

 

 

EL CARBONO 14, EL GRAN DETECTIVE DEL PASADO


 El método de datación mediante carbono 14, basado en la radiactividad, está detrás del impulso que tuvo el conocimiento del pasado en el siglo XX y aún es el más utilizado para conocer la edad de cualquier resto orgánico con menos de 60.000 años

Marcos de la Rasilla y Antonio Rosas, con fósiles de neandertales en El Sidrón. |ROSA M. TRISTÁN

Marcos de la Rasilla y Antonio Rosas, con fósiles de neandertales en El Sidrón. |ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN (Publicado en ESTRATOS)

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Cuando los químicos norteamericanos Martin Kamen y Sam Ruben bombardearon un fragmento de grafito en un acelerador de partículas, buscando un átomo que les permitiera conocer mejor la fotosíntesis, no se esperaban que el resultado fuera un isótopo radiactivo sintético muy distinto al que buscaban: habían descubierto el carbono 14, el mismo que de forma natural se produce en la atmósfera con el bombardeo de átomos de nitrógeno por los rayos cósmicos.

Kamen y Ruben tampoco llegaron a sospechar entonces que aquel inesperado descubrimiento abriría las puertas al pasado de la Humanidad como lo ha hecho, pues hoy, 75 años después, sigue siendo el método más utilizado en el mundo para saber con precisión a qué fecha pertenece cualquier material orgánico, ya sea un fósil, una fragmento de madera, un pergamino o una semilla.

Durante ocho años desde aquel hallazgo, el comportamiento del carbono 14 fue un misterio para la ciencia. Hubo que esperar a que el físico Willard Libby, el 12 de julio de 1948, descubriera que aquel hallazgo de sus compatriotas tenía una capacidad asombrosa como reloj con marcha atrás. Ocurrió casi al final de la Segunda Guerra Mundial, poco antes del lanzamiento de unas bombas atómicas en cuyo desarrollo había participado el propio Libby. Aquel día de verano llegó a sus manos un pedazo de madera de acacia que había pertenecido a la tumba del faraón Zoser, de la III Dinastía. Por datos indirectos, los arqueólogos pensaban que tenía 4.650 años de antigüedad, pero Libby descubrió contando átomos de carbono 14 que en realidad tenía 3.979 años, una precisión asombrosa para la época. Hoy todas las momias se datan con un sistema gracias al cual en 1960 consiguió el Nobel de Química.

WILLARD LIBBY

WILLARD LIBBY

En realidad, unos años antes el propio Libby ya había revelado los mecanismos de formación de este isótopo a través de reacciones nucleares en la atmósfera, generadas por los rayos cósmicos. El carbono-14 así producido se esparce por la atmósfera y reacciona con el oxígeno para formar dióxido de carbono, que luego absorben las plantas en la fotosíntesis. De esta forma, el C-14 entra en la cadena alimentaria, pues de las plantas y de ahí, se transmite transmite a los animales. Es un proceso que tiene lugar a lo largo de toda la vida, por lo que su nivel es constante en todos los tejidos. En realidad, la proporción de carbono-14 en los seres vivos es similar a la atmosférica: aproximadamente, uno de cada billón de átomos de carbono es carbono-14.

Cuando el organismo muere, ese proceso de transmisión se interrumpe y entonces mpieza a disminuir su cantidad por agotamiento. Libby determinó que el periodo de semidesintegración o semivida del isótopo eran 5.568 años, una cifra que posteriormente se ha precisado más, hasta fijarse hoy en 5.730 años. Como se conoce la proporción inicial de carbono-14, es decir la que había en la atmósfera antes de morir ese organismo, es posible determinar el tiempo transcurrido desde la muerte de un ser vivo midiendo la que queda en los restos.

Con todo, como método de datación tiene algunas limitaciones. La más importante es que sólo es posible utilizarlo con restos orgánicos de hasta 60.000 años de antigüedad. En los más antiguos, la cantidad de carbono-14 es tan insignificante que resulta imposible conseguir unos resultados medianamente precisos. Es un margen de error que varía entre 40 y cientos de años, en función de la antigüedad de las muestras.

LAS PRUEBAS NUCLEARES

Otro problema con el que se encontraron los investigadores es que la concentración de C-14 en la atmósfera , que durante decenas de miles de años fue prácticamente inalterable, ha tenido alteraciones en los últimos 100 años. Por un lado, con la Revolución Industrial comenzó a liberarse carbono que estaba bajo tierra, un proceso que continúa acelerado, afectando las mediciones. Pero el cambio más importante se produjo a partir de 1950, debido a que las pruebas nucleares que de desarrollaron durante la Guerra Fría duplicaron su concentración natural.

La referencia atmosférica dejó de ser válida para las muestras orgánicas muertas a partir de entonces. A mediados de la década de los 90, el nivel de C-14 aún era un 20 % superior al de 1950, así que desde entonces se tomó como patrón de referencia las medidas de madera ese año, que se encuentra en el  Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST) de EEUU.

“Lo cierto es que el conocimiento de la historia de la vida en la Tierra dio un salto espectacular con el descubrimiento de la radioactividad y del carbono 14. Antes no teníamos fechas fiables para las muestras. Teníamos una escala con tiempos geológicos relativos. Ahora, cualquier material orgánico con carbono puede datarse y cada vez con más rapidez y menos cantidad de muestra”, apunta Josep María Parés, coordinador de Geocronología en el Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (Cenieh).

Parés es investigador del Proyecto de Atapuerca, donde en dos yacimientos se ha utilizado este método de datación, en El Portalón de Cueva Mayor y en El Mirador, donde ha restos humanos de hace menos de 10.000 años. “Utilizamos restos vegetales asociados a los fósiles, pues tiene menos complicaciones en su tratamiento que los huesos. En Cueva Mayor encontramos que en las estalactitas había restos del hollín de las hogueras que los antepasados prendieron en el interior. Lo más crítico del proceso es la preparación y recogida de las muestras para evitar contaminaciones si se quiere obtener un buen resultado. Las manipulaciones pueden dar lugar a grandes errores.”, explica el investigador.

 

El siguiente paso es llevarlas a un laboratorio, donde se realiza el análisis, por dos caminos distintos. El clásico, el mismo que utilizó Liby, es la datación radiométrica, que detecta cómo decae la radioactividad, es decir, como disminuyen los átomos de C-14 en la muestra, comparándolos con los que había cuando estaba viva. Pero se necesita una muestra grande, al menos 10 gramos, si se quieren tener datos fiables. Y requieren tiempo, pues hay que esperar a que tenga lugar la semidesintegración (unos 15 átomos por minutos).

La segunda técnica, más utilizada hoy, es la Espectometría de Masas con Aceleradores (AMS, por sus siglas en inglés) de partículas. En este caso, sólo se precisan unos miligramos, que primero se convierten en grafito y luego se bombardean con iones pesados, lo que permite medir las concentraciones al margen de la radioactividad natural. “En general, los arqueólogos y paleontólogos prefieren ahora usar los AMS, porque no tienen que destruir tanto material y, además, se puede tener una fecha muy aproximada en sólo una hora”, reconoce Javier Santos, investigador del Servicio de Datación de Carbono 14 del Centro Nacional de Aceleradores (CNA-CSIC), ubicado en Sevilla.

La investigadora Pía Frade, del Proyecto Djehuty, con textiles egipcios en Luxor. |R.M.T.

La investigadora Pía Frade, del Proyecto Djehuty, con textiles egipcios en Luxor. |R.M.T.

Esta instalación, inaugurada en 2007, es la única con AMS que existe en España. También en la Universidad de Barcelona se datan muestras, pero por el sistema de radiocarbono. y uno de los dos únicos lugares donde se realizan dataciones con Carbono 14 en el país, así que, en un país con tanto pasado por descubrir, son muchos los investigadores que recurren a instituciones extranjeras. “Nosotros no damos abasto, realizamos unas 700 dataciones al año, muchas relacionadas con arqueología, pero también nos piden análisis de sedimentos para estudiar el origen de los suelos, su evolución, para investigaciones geológicas y medioambientales”, explica Santos.

Santos reconoce que los aceleradores, que comenzaron a conocerse en la década de los 80, han supuesto una gran evolución técnica. “Los primeros de los años 80 eran máquinas de grandes dimensiones, de hasta 50 metros de largo, pero a mediados de los 90 comenzaron a desarrollarse aceleradores mucho más pequeños, de medio millón de voltios, y ahora la mayoría son de siete u ocho metros. Siguen suponiendo una gran inversión, pero en los últimos 60.000 años han cambiado mucho la vida en la Tierra y estos átomos nos ayudan a averiguarlo”, concluye

APOYO: DE LA SÁBANA SANTA A LOS NEANDERTALES

Son infinidad los misterios que ha revelado este isótopo desde los años 50, pero sin duda uno de los más conocidos es el del Lienzo de Turín o Sábana Santa, que según la Iglesia Católica envolvió el cuerpo de Jesucristo. En 1988, con autorización del Vaticano, los laboratorios de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, la Universidad de Oxford y la de Arizona realizaron, de forma separada, tres pruebas de datación por radiocarbono con pequeños fragmentos del sudario. Y los tres concluyeron que aquel lino era de la Edad Media, entre los años 1260 y 1390, unos resultados que se publicaron en la revista científica Nature y levantaron mucha polémica, pues ponía en duda la autenticidad de una de las reliquias más valiosas de esta doctrina.

Fue tal la repercusión, que años después se encargó otra investigación que contrarrestara los datos del C-14, pero la fiabilidad del nuevo estudio siempre quedó en entredicho.

Sábana Santa de Turín.

Sábana Santa de Turín.

En España, uno de los casos que más repercusión ha tenido fue la datación de los fósiles de neandertales de la cueva asturiana de El Sidrón. En una primera prueba se les otorgó una fecha de 10.000 años, tan “aberrante”, llegó a señalar el coordinador del yacimiento, Marco de la Rasilla, que ni siquiera se hizo pública. Tiempo después, el equipo recurrió al laboratorio de Oxford, donde cuentan con un AMS. Allí se les otorgó una antigüedad mucho más ajustada: aquellos humanos ocuparon la cueva hace 49.000 años, mil años arriba o abajo. Había habido un problema de contaminación.

También se utilizó este sistema en otro caso famoso: Ötzi, la momia de un hombre que vivió hace unos 5.300 años y que fue descubierta en 1991 por unos alpinistas alemananes en la frontera entre Austria e Italia. En un primer momento, debido a su excdelente estado de conservación se pensó que podía tratarse de algún montañero que en el pasado había fallecido en la cordillera, y quedó sepultado para siempre en el hielo. Gracias al Carbono 14 se reveló, para sorpresa de la comunidad científica, que se trataba de un individuo del Neolítico europeo, la momia más antigua del continente.

Se inició entonces una exhaustiva investigación de todo el equipamiento que llevaba, que ha permitido conocer muchos detalles de cómo era la vida de los grupos humanos que vivían en la zona: cómo era la ropa y los zapatos con los que se protegían del frío, los tatuajes que se ponían en la piel, los hongos medicinales que utilizaban para las infecciones, así como el ‘kit’ de herramientas con el que emprendían un viaje como el que realizaba Ötzi cuando le pilló la muerte.

La mano ‘humana’ que cambia dos millones de años de evolución humana


La falange Olduvai Hominin 86 (OH86), comparada con la nuestra. |Nature Communication

La falange Olduvai Hominin 86 (OH86), comparada con la nuestra. |Nature Communications

ROSA M. TRISTÁN

Un hueso de apenas dos centímetro de longitud, enterrado en una fina capa de lodos carbonatados, pueden dar la vuelta a la historia de la Humanidad. Perteneció a una mano, la izquierda, de un individuo que vivió hace casi dos millones de años en África, un primate que podría medir más de 1,70 de altura y que era capaz de fabricar herramientas con cierta soltura y, posiblemente, cazar animales que eran cientos de kilos más pesados que su cuerpo. Todo ello podría no significar nada, si no fuera porque hasta ahora se pensaba que en ese pasado remoto sólo vivía en este planeta un ser ‘habilidoso’ con las piedras, que precisamente fue bautizado como el Homo habilis; la verdad es que era más bien bajito -apenas 1,60-  y que aún tenía querencia por andar por los árboles, pero fue el primero en clasificarse como ‘humano’.

Manuel Domínguez-Rodrigo, junto a los excavadores del yacimiento PTK. | Javier Trueba

Manuel Domínguez-Rodrigo, junto a los excavadores del yacimiento PTK. | Javier Trueba

Hace dos años, un equipo español, que trabaja en la Garganta de Olduvai (Tanzania) desde hace unos años, se topó en un nuevo yacimiento con un pequeño fósil que resultó ser la falange proximal (la primera) de un meñique y, con tan poco material, los científicos dirigidos por Manuel Domínguez-Rodrigo, Enrique Baquedano y Audax Mabulla, quizás revolucionen nuestro pasado: ¿Quienes eran aquellos seres con manos tan similares a las nuestras, tan esbeltos y fuertes que habitaron esas tierras tanzanas hace 1.840.000 años? “No sabemos, nunca se encontró un hueso similar tan antiguo, pero sólo hay dos posibilidades: o era un Homo erectus o era de otra especie que no conocemos aún. Fuera quien fuera, revoluciona lo que sabemos de evolución humana”, me asegura Domínguez-Rodrigo, uno de los firmantes del hallazgo en la revista Nature Communications.

Tengo fresco en la memoria el viaje que hice en 2010 a este proyecto científico del Instituto de Evolución en África (IDEA), un tanto maltratado en este país por las administraciones. Por ello, a medida que el arqueólogo me relata cómo se encontró, puedo imaginarme al geólogo David Uribelarrea prospectando la Garganta en busca de sedimentos ricos en fósiles, con su pico en ristre y su sombrero de alas, y también el momento en el que tropezó -en el punto donde se une esta garganta con otra secundaria- con el yacimiento PTK,  un lugar que escondía “una orgía de fósiles”, como la describe ahora. Sabía que tenía la misma antigüedad que otro yacimiento bien conocido: el ZINJ, en el que Mary Leakey en 1969 y otros después que ella, localizaron restos del famoso habilis, a no más de 500 metros de distancia.

La falange OH86, en sus diferentes caras: de frente, de lado y por abajo. |Nature Communications

La falange OH86, en sus diferentes caras: de frente, de lado y por abajo. |Nature Communications

Enseguida se pusieron a excavar. Entre huesos de waterbucks y otros grandes antílopes, en un sedimento donde también había utensilios de piedra de la tecnología Olduvayense (o Modo 1), estaba la falange. Indiscutiblemente era de un primate. Y un primate muy parecido a nosotros.

En el trabajo publicado, que no fue aceptado en Nature por considerar que no es de interés general, según uno de los editores, diseccionan meticulosamente cada rasgo de ese pequeño fósil y lo comparan con los de otros simios bípedos que por entonces vivían en la sabana. Y es distinto: “Los dedos del Paranthropus boisei, del Australopithecus afansesis, incluso del Homo habilis, son alargados, estrechos y curvos porque hace dos millones de años todos subían y bajaban de los árboles y necesitaban esos dedos para agarrarse bien. Pero los de este individuo son más cortos, y más anchos, y rectos. Son manos para manipular objetos, no para trepar. Hasta ahora, la falange moderna más antigua de una mano era la que se encontró en la Sima del Elefante de Atapuerca, con 1,2 millones de años. Esta tiene casi 1,9 millones”, explica Domínguez-Rodrigo.

Entre los firmantes, un gran especialista en autópodos de homínidos, el paleontólogo Segio Almécija, que hizo su tesis doctoral sobre estas las manos y pies de los primates del Mioceno de Cataluña, que tuvo una beca postdoctoral en el American Museum of Natural History de Nueva York y que desde este verano tiene ya plaza fija en la Universidad George Washington, con Bernard Wood. ¿Otro cerebro fugado?

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Excavando en PTK con ‘palillos chinos’. O eso parecen. | Nature Communications

La pregunta siguiente respecto a este hallazgo es inevitable. ¿Y a quién pertenece esa mano izquierda que de un sopetón puede cambiar lo que sabemos de nuestro pasado? Pues como pasa con el fósil de Atapuerca, este “tercer hombre” (en alusión al Parántropos y al H. habilis con los que convivió) es un misterio. Un nuevo agujero negro que fue bípedo, alto y fuerte, con una mano similar a la del Niño de Turkana, casi medio millón de años más joven. Así que quizás es un Homo erectus, como él, o algo nuevo, desconocido, relacionado con ese otro pedazo de humano hallado en Etiopía con 2,8 millones de años (una mandíbula), o con esas discutidas herramientas aún más primitivas datadas hace la friolera de 3,3 millones de años. Esa es la disyuntiva del arqueólogo.

Así que, ¿y si el Homo habilis, con ese pequeño cerebro de 600 gramos, poco más que un chimpancé, no era tan listo como lo hemos pintado? ¿Y si fue otro homínido el autor de las herramientas que estaban cerca de sus fósiles y se le atribuyeron por error? A Manuel nunca le cuadró que aparecieran animales cazados por habilis de 300 kilos de peso. Esa caza requería estrategia de grupo, armas eficaces.. ¿Podía hacerlo ese animal pequeño y de pocas neuronas, aunque ya supiera caminar como nosotros? “Yo tenía muchas dudas”, me reconoce, aunque entonces, hace cinco años, cuando paseábamos por Olduvai recorriendo la Garganta, me argumentaba explicaciones que aún andaban bajo tierra.

¡Y lo que queda por sacar! Porque, aunque tardará en estar publicado, en la campaña de este año, que aún continúa en Tanzania, han descubierto otro yacimiento aún mejor que el PTK, y también con restos humanos de la misma cronología. Son fósiles de un pie. “Es otro lugar que ocuparon los homínidos y en el que también dejaron herramientas de Modo 1 y restos de animales. Lo encontramos porque lo afloraron las lluvias, así que tuvimos que ponernos a sacar lo que había para que no se deteriorara. Es espectacular. Si en Zinj el 80% de los fósiles están en 20 metros cuadrados, aquí tenemos esa misma concentración en 30o. Hay para muchos años de trabajo”, apunta.

Afortunadamente, el proyecto cuenta, además de con la escasa ayuda pública española, con financiación privada de EEUU, a través de la Universidad de Carolina del Norte, cuyos alumnos pagan cada verano por ir a aprender a Olduvai con el equipo. En total, unas 50 personas desplazadas y unas dos decenas de africanos han colaborado este año en una campaña que no deja de crecer año tras año. Ese ‘tercer hombre, o mujer, africano’ va a dar mucho que hablar.

El litoral de España, plagado de tesoros naufragados por descubrir


 

Sólo cuatro instituciones públicas trabajan en la recuperación, protección y divulgación de los restos arqueológicos subacuáticos en España, primera potencia mundial en pecios hundidos. La falta de recursos para investigar impide que salgan a la luz, mientras otros países se aprovechan

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ROSA M. TRISTÁN

(publicado en ESTRATOS, PDF patrimonio Subacuático Estratos)

Nadie lo duda. España es el país con más patrimonio arqueológico subacuático en todo el mundo. Se calcula que varios miles de buques de Estado, de todos los periodos de la Historia, andan sumergidos en los oceános a lo largo y ancho del planeta, en los lugares adonde temporales, batallas y piratas los enviaron cargados de vidas e historias. Solo en nuestras costas, con un litoral de 7.876 kilómetros, se esconden objetos de culturas que van desde la Prehistoria hasta nuestros días, pero ese imperio bajo las aguas se extiende también a las costas americanas. Rescatarlo del olvido es la tarea en la que se hallan inmersas las pocas instituciones que sacan ‘a flote’ sus misterios.

Pero todos los responsables de la arqueología subacuática hacen hincapié en la necesidad de aumentar la divulgación y las inversiones en un área de la investigación y la conservación del Patrimonio que alcanzó su mayor protagonismo por un gran expolio. Fue en el año 2007, cuando la empresa ‘cazatesoros’ norteamericana Odyssey anunció al mundo que había sacado medio millón de monedas de oro y plata de un lugar, en aguas internacionales, cercano a la costa sur portuguesa.

“Trataron de ocultarlo, pero se supo que era la fragata Mercedes; al final, la empresa tuvo que devolver todo a España, tras un juicio en el que fue condenada, pero el destrozo en el yacimiento fue brutal. Aquello sentó un precedente y las instituciones españolas se pusieron en marcha para que aquello, que no era el primer expolio, no volviera a ocurrir”, recuerda el arqueólogo submarino Carlos León Amores, director creativo de la exposición inaugurada en 2014 sobre La Mercedes en el Museo Arqueológico Nacional.

UN PLAN FRUTO DE UN EXPOLIO

El primer resultado de aquel suceso fue el Plan Nacional para la Protección del Patrimonio Nacional Subacuático, un auténtico ‘Libro Verde’ elaborado en 2009 y pendiente aún de llevar a la legislación, pero que ya ha ayudado a cambiar el panorama. A nivel internacional, la Convención de la UNESCO de 2001 ya indicaba que los países propietarios de los buques mantienen su “inmunidad soberana” sobre los mismos, estén donde estén hundidos, pero los buscadores de tesoros no tienen remilgos para saltárselo.

En el caso de España, sólo la Armada ha documentado 1.580 naufragios españoles, aunque nadie sabe la cifra exacta, que fácilmente se multiplica por dos o tres. Pese a mantener esa propiedad legal sobre ellos, expertos como Carlos León reconocen que para excavar un pecio en aguas de otros países es preciso el permiso de esos gobiernos, lo que conlleva alcanzar acuerdos para su protección e investigación en los que los materiales acaban repartidos, y más habitualmente en los museos de ultramar.

Son acuerdos similares al que se firmó en junio de 2014 entre el Ministerio de Cultura español y los responsables del Gobierno de México, en este caso para localizar y rescatar dos galeones de la Flota de la Nueva España de 1630-1631: el Santa Teresa y Nuestra Señora del Juncal, que iba cargado con un millón de monedas de plata y reales. Los términos del acuerdo sobre qué pasará con el material rescatado no se han hecho públicos. Y en todo caso, son sólo dos de los de los más de 300 barcos españoles que se calcula que hay en aguas mexicanas.

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“Somos un país inmensamente rico bajo el mar. El Juncal es uno de los miles que hay hundidos porque fueron más de 200 años de monopolio comercial entre Europa y América; muchos naufragaron en el Caribe por temporales o por ataques de los piratas y muchos iban cargados de materiales valiosos. Tras un arduo trabajo de investigación en los Archivos de Indias, tengo documentados unos 100 barcos fuera de nuestro país que diría que son muy buenos para excavarse”, afirma León Amores.

UN MUSEO DE ESPAÑA, FUERA DE ESPAÑA

Un escaparate de esa riqueza se exhibirá en unos meses en el futuro museo marítimo de  Santo Domingo (República Dominicana), impulsado por el Banco Interamericano y en el que el arqueólogo trabaja como asesor. Allí se podrán ver más de 1.000 piezas de 15 barcos españoles de la época del Imperio, la mayoría excavados por buscadores de tesoros entre los años 70 y 80. Uno de ellos, el Concepción, llevaba a bordo una espectacular colección de cerámica Ming  y una curiosa caja llena de esperma de ballena, usada en el siglo XVIII para cosmética. En otros, como el Guadalupe y el Conde de Tolosa,  se encontraron piezas tan valiosas como una Cruz de Santiago, de oro y  diamantes. Incluso se ha documentado un pecio que fue cargado de osos. ¿Su destino? Un misterio que la investigación debe resolver.

Pese a las normas nacionales e internacionales, basta echar un vistazo en internet para comprobar que aún hoy los ‘cazatesoros’ siguen haciendo ‘caja, si bien ahora suelen incluir un arqueólogo y hacen cuadrículas en los yacimientos. En definitiva, intentan dar un halo científico a su trabajo, pero continúan con la venta de piezas del patrimonio subacuático español y de otros países en el mercado negro.

LAS RICAS AGUAS PENÍNSULARES

Más si los pecios españoles en aguas ajenas son muchos, no menos hay en las propias, quizás con objetos menos deseados por los modernos ‘piratas’, pero con un valor para el conocimiento del pasado que no se puede cuantificar en metales preciosos.

En la actualidad, con las competencias en la materia transferidas a las comunidades autónomas, en toda la Península existen´únicamente tres centros específicos dedicados a la investigación de este Patrimonio: el andaluz, en la Playa de la Caleta de Cádiz, se creó en 1997; el de la Comunidad Valenciana comenzó en Alicante en 1986 y ahora tiene su sede en el Puerto de Burriana (Castellón), y el catalán, en Girona, se fundó1992, aunque ya existía un servicio a nivel provincial desde 1981; hoy, esta institución es la única del país que que tiene un barco propio: el Tethis. Todos están bajo mínimos.

Museo Arqua de Cartagena.A nivel estatal, España cuenta con el Museo Nacional Arqua, creado en 1980 en Cartagena (Murcia), que depende del Ministerio de Cultura, si bien desde 2008 no cuenta con un centro de investigación, cuando fue cerrado. Su director, Iván Negueruela, que retomó su puesto hace un año tras una sentencia judicial, quiere recuperarlo a toda costa. “Estos últimos años Arqua se ha dedicado únicamente a ser sede de exposiciones, pero debemos volver a investigar, a excavar bajo el agua y a hacer prospecciones micro y macro espaciales para tener una radiografía de lo que hay en nuestro litoral”, afirma Negueruela a ‘ESTRATOS’.

Entre los grandes hallazgos que se hicieron desde allí hace una década, el director de Arqua recuerda las prospecciones de 72.000 metros cuadrados en la bahía de Mazarrón, donde se encontró un valioso barco de finales de la Edad de Bronce. También en el Bajo de la Campana (La Manga) localizaron pecios fenicios, romanos y púnicos.

Asimismo, considera fundamental recuperar la revista del Museo, única que existía a nivel nacional, dado que, según afirma, “es importante tener una publicación para mantener nuestra presencia en instituciones internacionales y también porque muchos jóvenes arqueólogos hoy no tienen donde publicar sus investigaciones”.

Su tercer gran reto es promover la colaboración con las comunidades autónomas del norte e isleñas, que carecen de un departamento específico para la arqueología subacuática.  De hecho, allí no se hace nada . “No sabemos cuántos pecios hay hundidos ni por ahí fuera ni en nuestras costas. Las rías gallegas, por ejemplo, son muy ricas en Patrimonio Subacuático, y Baleares, y Canarias, pero no tienen centros de investigación. Desde Arqua podemos prospectar y buscar barcos con apoyo del Instituto Nacional de Oceanografía y de la Armada. Y en el Museo tenemos laboratorios para estudiar el material. Creo que el Gobierno central debe excavar al menos un galeón. Es caro, pero cada día es más necesario porque, en otro caso, lo harán los buscadores de tesoros”, afirma.

CATALUÑA, LA ÚNICA CON UN BARCO

El litoral levantino está mejor cubierto. En Girona, Gustau Vivar es el responsable del Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña, donde con el Thetis acaba de terminar una campaña de excavación. Vivar tiene localizados en su ‘carta’ arqueológica ni más ni menos que 820 yacimientos, desde estructuras neolíticas con 7.000 años, como el poblado sumergido de La Draga; a barcos romanos como el Culip IV o el Cap de Volt, que iba cargado de vino para los legionarios; o buques militares del siglo XIX, como el Deltebre I, hallado en el Delta del Ebro por unos pescadores y que ha revelado una gran obra de ingeniería. Estos meses, este barco es objeto de una exhaustiva exposición en el Museo Arqueológico de Alicante.

“Tenemos que ser conscientes de que cada pieza nos da una información histórica. La cala de Aiguablava, por ejemplo, se usó durante 23 siglos como fondeadero natural y hay al menos cinco barcos hundidos. Tenemos tanto patrimonio que no damos abasto. De hecho, todo el Mediterráneo está lleno de pecios y muchos serían fundamentales para reconstruir nuestra historia. Bajo el mar, los arqueólogos hallamos objetos muy cercanos a las personas que los perdieron, porque un naufragio es algo que pasa muy rápido y, por ello, podemos reconstruir los últimos momentos antes del hundimiento, algo que es mucho más difícil en tierra”, explica Vivar.

Como León Amores, Vivar pasa muchas horas bajo el agua. Gracias a su trabajo, la excavación en el Cap de Volt, que ya en los años 60 fue saqueado por buceadores belgas, ha servido para conocer la red de distribución y exportación del vino local entre el siglo I y el siglo II a. de C., y para documentar que los íberos eran capaces de diseñar barcos que navegaban por las marismas, gracias a una quilla menos pronunciada y con menor calado.

UN PAÍS DE MAR, DE ESPALDAS AL MAR

“Yo creo que España dio la espalda al mar tras el desastre de Trafalgar, que aún no lo hemos superado. Quizá por ello no hay ninguna especialidad de arqueología subacuática en ninguna universidad española. Los interesados o somos autodidactas, o nos vamos al extranjero, no tenemos cultura marítima, pese a nuestro extenso litoral. Sin embargo, no podemos entender nuestra historia sin saber lo que pasó en los mares. Afortunadamente, en el Mediterráneo hay pocos ‘cazatesoros’ porque el oro está en las Indias, no aquí, pero sí que hay expoliador de fin de semana, que se llevan unas ánforas y hacen mucho daño. Por ello hay que aumentar la vigilancia”, apunta el investigador catalán.

Siguiendo el litoral hacia el sur, en una casa cercana al mar del Puerto de Burriana (Castellón), se encuentra el Centro de Investigación Subacuática de la Comunidad Valenciana (CASCV). Dirigido por Asunción Fernández, la arqueóloga del centro, desde allí se gestiona el Patrimonio sumergido en 400 kilómetros de costa.  No ha sido posible hablar con ella. Desde la Generalitat  remiten a otra persona:“Necesitaríamos más recursos, pero con lo que hay seguimos con los proyectos en marcha e intentamos divulgar todo lo posible”, apunta Consuelo Matamoros, jefa de servicio de Patrimonio Cultural de la Generalitat. Una declaración que mal esconde la situación del CASCV.

En CASCV tienen hasta 136 fichas con localizaciones de restos arqueológicos y de 20 pecios hundidos, pero el mapa lo mantienen secreto para evitar expolios. En la actualidad, tienen cuatro proyectos en marcha. Por un lado, realizan un inventario documental de los barcos hundidos durante la Primera Guerra Mundial en la costa valenciana. Por otro, documentan una carta arqueológica de la Bahía de Alicante, después de que estudios previos concluyeran que allí pudo estar el puerto romano de Lucentum, el más importante que existió en Alicante desde el siglo II antes de Cristo hasta el final del Imperio Romano y por el que pasaron todas las rutas comerciales de la antigüedad. El tercer proyecto sería la carta arqueológica subacuática de Dénia.

Y por último, desde CASCV continúan excavando en el pecio romano Bou Ferrer, que con sus 20 metros de eslora es el más grande en el Mediterráneo de su época. Su excavación ha proporcionado datos fascinantes sobre la comida de aquella época, pues se han encontrado más de 200 ánforas, cada una de las cuales contenía unos 40 litros de salsas de pescado a base de boquerón, caballa y jurel. Incluso llevaban el famoso garum y otras salazones de pescado, que eran una de las mercancías más caras de la época, pero imprescindibles en la gastronomía romana.

Situado a 25 metros de profundidad, el Bou Ferrer ha sido declarado este año Bien de Interés Cultural y es el único bajo el agua con visitas guiadas, explica Matamoros: “Comenzamos hace dos años y está teniendo un gran éxito. Es una forma de divulgar y poner en valor este Patrimonio escondido bajo el agua, puesto que Unesco recomienda no sacar los barcos del fondo. Así, los visitantes pueden conocerlo, seguimos con la excavación”, señala.

ANDALUCÍA: 1.100 NAUFRÁGIOS DOCUMENTADOS

Tras dar un salto en Murcia, en cuyo litoral se encuentra el Museo Nacional Arqua, hay que navegar hasta Cádiz para encontrar la cuarta institución dedicada a ‘bucear’, literalmente, en el pasado. El Balneario Nuestra Señora de La Palma, en Cádiz, es la sede del Centro de Arqueología Subacuática andaluz. Al frente, Carmen García Rivero, que tiene más de 1.100 kilómetros bajo ‘su dominio’ científico.  Pero poca ayuda tiene para ello. “Siempre he pensado que es una disciplina muy atractiva para el público, pues está ligada a las aventuras, a los piratas. Pero habría que explotarla más. En Andalucía tenemos 1.100 naufragios documentados, gracias a los Archivos de Indias de Sevilla, y un total de 86 yacimientos que van desde los púnicos hasta épocas recientes. Es impresionante”.

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Tanto hay donde escoger y tanto por descubrir aún que la Ley de Patrimonio de la Junta de Andalucía optó por diferenciar entre las zonas arqueológicas (de las que hay 56) de las zonas de servidumbre (42), en las que podría haber pecios sin localizar. “Es una forma de protegerlos contra expolios y contra obras que se realizan en el medio marino. Con esta Ley, a los que las quieren hacer se les obliga a hacer un informe previo del lugar.

Con tres barcos en el Puerto de Cádiz reconocidos como Bien de Interés Cultural, que forman parte de los contendientes en la famosa Batalla de Trafalgar, para García Rivero la seguridad es uno de los asuntos a los que dedica parte de sus esfuerzos. De hecho, en 2005, antes de que saltara el caso ‘Odyssey’, la Guardia Civil desarticuló una extensa red de tráfico de material arqueológico que había sido extraído ilegalmente del Golfo de Cádiz. Fue la ‘Operación Bahía’. “Ahora hay en marcha una campaña con los clubs de buceo y arqueólogos para que avisen si ven barcos con un comportamiento extraño en zonas sensibles. Ahora, además, dentro del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE) de la Guardia Civil, además de vigilar el narcotráfico, también protegen estos yacimientos de los ‘cazatesoros’, que no ven los barcos como un contenedor de hisotiera, sino solo como un lugar del que sacar oro”.

En la actualidad, desde esta institución andaluza se investigan los barcos localizados a comienzos de este año en la obras de ampliación en el Puerto de Cádiz: el Delta-1, como se ha denominado provisionalmente, era del siglo XVIII y llevaba a bordo lingotes de plata; y el Delta-2, del siglo XVI, iba cargado de ánforas con aceitunas, semillas y cochinilla (muy utilizada para tintes), por lo que se cree que era un barco de redistribución de productos por la costa. “La arqueología subacuática nos cuenta grandes acontecimientos y otros cotidianos del pasado. Ponerla en valor es una función gratificante”, concluye García Rivero.

 

 

 

 

 

 

12.000 manuscritos del Fondo Kati siguen en la estacada


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ROSA M. TRISTÁN

Cuando Ismael Diadié Haidara se empeño en que España fuera quien disfrutara del tesoro heredado de sus antepasados no podía imaginarse que se las veía con un Estado, unos responsables políticos, unas empresas y una sociedad que no iban a saber valorar lo que se le ofrecía: 12.714 manuscritos con 550 años de historia, los mismos que salieron de Toledo en 1467 y que Ismael quería que fueran digitalizados para su estudio en el mismo país donde comenzó su andadura. Pero, por sorprendente que parezca, la realidad es que en este país no se ha valorado su oferta. Quince años después, Diadié aún no tiene salida clara para el FONDO KATI y algunas fuentes señalan que ya hay importantes instituciones extranjeras (en Francia, en Suiza…) que están tanteando cómo hacerse con la versión electrónica para que “sus” investigadores y “sus” expertos tengan acceso a lo que aquí tan alegremente se rechaza.

Hace un par de años  dediqué un artículo a este Fondo. Entonces, un grupo de personas, con más ánimo que capacidad financiera, nos constituimos en Círculo de Amigos del Fondo Kati. Entonces, aún coleaba el conflicto islamista en el norte de Mali, en Tombuctú, la ciudad donde los antepasados de Ismael recalaron tras ser expulsados de España, como recordaba él mismo el otro día en el centro cultural Conde Duque, en el ciclo “El viaje y sus culturas” organizado por Pilar Rubio Remiro.

Ismael  Diadié, durante la conferecia en el Centro Cultural Conde Duque. |R.M.T.

Ismael Diadié, durante la conferecia en el Centro Cultural Conde Duque. |R.M.T.

Ante una embelesada audiencia, Ismael fue relatando cómo un 2 de julio de 1467, tras una cruenta reyertas entre  cristianos,judías y musulmanes, el joven jurista Ali Ben Ziyad al-Quti,  de origen visigodo y una familia islamizada, salió de Toledo con su biblioteca a cuestas. El camino del exilio le llevó a Granada, Sevilla, al sur de Argelia, Siria, Bagdag, Jerusalén, Mauritania… para acabar en Malí, donde se casó con la sobrina del rey. Fue su hijo, Mohamed Kuti, el verdadero artífice de la biblioteca, comprando manuscritos en sus largos viajes, para acabar instalándose en Tombuctú. Casualidades de la Historia, estando en Fez se encontró con León el Africano (Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi), cuya familia también había sido expulsada de Granada por los Reyes Católicos. Kuti, el primer historiador, y León, el primer geógrafo, cruzaron sus pasos…

Desde entonces, la biblioteca, de siglo en siglo, fue sufriendo bandazos, como la propia familia Kuti, que iba escribiendo en los márgenes de los manuscritos sus avatares. Siglos en los que turcos, ingleses y españoles se disputaron aquellos legajos, siglos en los que se dispersaron para volver a reunirse y de nuevo perderse en un espacio que iba del Sáhara a El Escorial. Hasta que el padre de Ismael, en los años 80 del siglo pasado, comenzó a trabajar para que volviera a ser el gran tesoro bibliográfico con el que soñó Mohame Kuti. “Lamento profundamente que al final no llegara a ver su tarea totalmente terminada”, afirma Ismael.

 

Manuscritos del Fon.do Kati

Manuscritos del Fon.do Kati

Fue a finales de los 90, cuando el heredero comenzó a moverse para que aquel legado único fuera protegido, para que, ya en el siglo XXI, encontrara acomodo en el que asentarse para ser investigada. Se habló de llevar el Fondo, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, a la Biblioteca de Alejandría, traerlo a España… Pero un grupo de intelectuales (Jose Ángel Valente, José Saramago, Juan Goitisolo, etcétera) firmaron un manifiesto defendiendo que su lugar Tombuctú. Y el guante lo recogió la Junta de Andalucía, que financió en la ciudad del desierto un edificio para albergarla. Aquel convenio (firmado en el año 2002) preveía, además, la microfilmación de los manuscritos para su consulta por los investigadores.

El edificio, por cierto una construcción bastante deficiente, se hizo. La microfilmación nunca existió.

Diez años más tarde, Tombuctú había cambiado su mito medieval de “ciudad de oro” por el de “ciudad de la tinta”, en palabras de  Diadié Haidara. A la Bilioteca Nacional se unía la del Fondo Kati  y sus 12.714 manuscritos, con más de 7.000 textos marginales, todo un imán turístico. Antologías poéticas, actas de compra-venta de judíos, cartas a reyes… John Hunwick, de la Northwestern University de Chicago, llegó a asegurar que su contenido, aún por desvelar, “puede cambiar la historia de África”.

Sin embargo, la Humanidad no aprende y la religión se cruzó de nuevo en el camino de los Kati, y en abril de ese año, 2012, los islamistas entraron en Tombuctú. A Ismael no le quedó más remedio que volver a dispersar la biblioteca para que no fuera quemada por los fanáticos. “Es triste que, 545 años más tarde, el mismo fanatismo religioso que la obligó a dejar Toledo, la alejara de Tombuctú”, afirma.

Absurdo el fanatismo, pero no lo es menos que a estas alturas el Fondo siga guardado en cajas de metal (unas en el desierto, otras en Bamako y algunas en Andalucía), sin investigar y sin digitalizar. Y ya van para tres años que la situación no ha cambiado, pese a que la empresa de seguros DKV, desde finales de 2012,  asegura que trabaja para que puedan ser consultados. “A día de hoy, digitalizado no está”, afirma  el bibliógrafo y escritor maliense.

DKV ha anunciado la organización exposiciones en varias ciudades con los manuscritos, eventos que pueden costar un millón de euros, como ha salido publicado,  en Toledo, Jerez de la Frontera o Tarifa, con motivo del 550 aniversario de la salida del Fondo Kati de su lugar de origen. Ahora bien, con ello no se avanzará en lo importante, que es agrupar el material para que pueda ser restaurado y puesto a disposición de la investigación, una vez que sea accesible digitalmente. Y a todo esto: ¿ dónde está el Ministerio de Cultura, y dónde  la Biblioteca Nacional? Es muy triste que a final tengan más recursos en Malí, donde hay manuscritos de su bibilioteca ya accesibles en la red, que en España.

Por cierto,  la Sociedad Geográfica Española otorga este año su premio Iniciativa/ Empresa precisamente a DKV por “digitalizar” el Fondo Kati. Un premio que, de momento, se adelanta a la realidad.

Ismael Diadié acaba de publicar un hermoso libro titulado “ZIMMA”, de la editorial Vaso Roto.

Luis Siret, el belga que descubrió dos culturas en España


Luis Siret,, en un yacimiento a finales del siglo XIX.

Luis Siret,, en un yacimiento a finales del siglo XIX.

El belga Luis Siret se pasó la vida entre picos y palas sacando huesos. Lo hizo en el sur de la Península Ibérica, en Almería, ciudad donde hoy un colegio público lleva su nombre como póstumo homenaje a un hombre que ha pasado desapercibido para los no iniciados en el mundo de la Arqueología. Siret (1860-1934), quien sacó a la luz una decena de yacimientos  paleolíticos, neolíticos, calcolíticos y, sobre todo, de la Edad de Bronce, en Andalucía, le tocó vivir  una época en la que hacer agujeros por el mundo para encontrar vestigios del pasado, ya fuera en Egipto, Mesopotamia o Mojácar, tenía un atractivo irresistible.

Ahora, 81 años después de su muerte, el Museo Arqueológico Nacional, saca a la luz el archivo personal del arqueólogo, y lo hace en su versión digital tras ocho años de trabajo. Más de 31.000 documentos en los que Siret nos habla de todo aquello que encontró, junto a su hermano Henry y el capataz Pedro Flores. Más de 150 cuadernos de excavación, con anotaciones, dibujos, fotos e informes que desde el lunes 2 de marzo de 2015 están disponibles en la página web del Museo para aquellos que quieran investigar sobre sus trabajos, si es que logran apoyo financiero para ello, claro. Y material hay de sobra, desde las cartas que envió a otros científicos de prestigio en aquel momento, a recortes de prensa, informes sobre su participación en congresos y un largo etcétera de documentos.

luissiret

En la nota de prensa que envía el Museo, llama la atención que se tardara tanto tiempo en hacer inventario y organizar, pues Siret le donó sus colecciones en 1928 y  ese trabajo con las piezas se realizó entre los años 50 y 90, ni más ni menos que 40 años!

Siret había nacido en Saint Nicolas Waes (Bélgica) en una familia acomodada y culta que le inculcó, como a su hermano, interés por el pasado. Ambos se decantaron por la ingeniería y fue Henri el primero en venir a España a trabajar en la Sierra Almagrera, en Almería, pasos que poco después, con 21 años recién cumplidos, seguiría Luis. Hay que recordar que por entonces en España necesitaba de esa mano de obra cualificada, así que pronto crearon su propia compañía minera en Parazuelos (Murcia).
Juntos, durante unos años, compaginaron su profesión con su pasión, que fue buscar y excavar yacimientos arqueológicos tanto en Murcia como en Granada o Almería, y encontraron un buen número de ellos y, aunque no puede decirse que fueran muy exhaustivos en las excavaciones, lo cierto es que encontraron restos de una cultura de la Edad de Bronce que hoy se conoce como argárica, que se extendió por esas tierras desde hace 5.000 años hasta el siglo II de nuestra era. Hasta entonces, era desconocida.
Fruto de ese trabajo es su obra ‘Les premiers âges du métal dans le Sud-Est de l’Espagne’, publicada en Amberes en 1887, poco después de que Henri se volviera a su país de origen. Pero Luis se quedó, con su capataz Pedro Flores, y poco años después descubría la necrópolis de Villaricos (Almería) que excavaría hasta 1910. Se trataba de la antigua ciudad fenicia y romana de Baria, fundada por los navegantes tirios a finales del siglo VII a.C. para la explotación de las cercanas minas de plata y plomo. Siret excavó allí más de 2.000 tumbas de varios siglos, así como un área en la que se preparaban salazones y restos de un templo. Es penoso que sólo una pequeña parte de ello esté acondicionado para visitas del público, aunque no hay noticias de que ni siquiera se realicen más que de forma esporádica.
Paralelamente, mientras construía una vía férrea, encontró otro yacimiento en la Sierra de Gádor, que resultó ser un poblado fortificado de otra cultura desconocida, Los Millares, uno de los asentamientos más importantes de Europa del Calcolítico (también de hace unos 5.000 años), que se encuentra en  el municipio de Santa Fe de Mondújar. Allí, desenterró tumbas megalíticas con corredores y recintos circulares de falsa cúpula.
Hasta el final de sus días, Siret siguió trabajando como arqueólogo. Fue enterrado en Águilas (Murcia).