Krill, la ‘gamba de oro’ que puede ‘colapsar’ la vida en la Antártida


El mercado en auge de este crustáceo en China y Noruega y una posible entrada de Rusia ponen en riesgo a la fauna antártica. La protección del océano se discute estos días a nivel internacional

Foca sobre un témpano de hielo en la Antártida. @Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Cuanto más se profundiza en algunas cuestiones relacionadas con la especie humana y su relación con el resto de las especies… más se afianza la sensación de que ciencia (raciocinio) y economía (dinero) son mundos paralelos. Esa es la sensación al investigar sobre el krill antártico, esa especie de gamba/langostino, un crustáceo, que es fundamental para la fauna polar, incluidas las ballenas, y que proporciona nutrientes a los mares, gracias a las corrientes que circulan por los océanos del planeta. Además, los 379 millones de toneladas que existen -dicen algunos informes-, también retienen más de 23 millones de toneladas de CO2, ese gas contaminante que expelen nuestros tubos de escape,  chimeneas, aviones, buques, etc, etc… y que está empañando el futuro, el nuestro y el del krill.

Pues bien. Ese pequeña gamba, tan abundante como imprescindible, que se alimenta de algas que crecen bajo un hielo marino que va a menos, es objeto de deseo de quienes, sin ser conscientes del daño que causan, lo consumen convencidos de que es bueno para su salud porque tiene omega-3 (como las nueces, por cierto)  o para sus vacas, porque también se hace harina de pescado para piensos, o incluso para sus perros.

Una entrevista publicada en el portal SeaFood, de Mark Godfried, proporciona datos reveladores, a través del testimonio de Dmitri Sclabos, un agrónomo de Chile que dirige la empresa Tharos, especializada en pesquería de krill. Dice Sclabos que su empresa es sostenible porque ha ideado un sistema que permite conseguir el codiciado aceite de krill de forma más eficiente y productiva en los mismos buques que lo extraen del océano, que ya no se procesa en tierra. Y es sostenible porque así se consume menos petróleo, pero no porque se capture menos.

A finales de 2019, aventuraba que la demanda china de aceite de krill puede alcanzar hasta 4,5 veces la producción mundial actual y hasta cuatro veces la de harina. De hecho, la empresa china Shen Len ya botó el pasado año el barco más grande del mundo diseñado para pescar krill antártico. Y es el primero de dos.

Por cierto que también en la desarrollada Noruega, la empresa Aker Biomarine está buscando desarrollar alimentos y medicamentos de alto valor a partir del krill antártico. Es verdad que en 2018 se sumó al grupo de grandes compañías pesqueras noruegas que dejaron de pescar krill en la Península Antártica –tras una intensa gran campaña de Greenpeace- pero lo cierto es Aker que siguen haciéndolo en otras zonas del continente, también vulnerables, y que por sus proyectos no parece que vaya a rebajar sus cuotas de captura.

El barco chino Shen Lan, especializado la captura de krill antártico. De Web CCAMLR

En la entrevista, Sclabos apunta que la demanda china puede acabar cambiando la gestión del krill antártico, que ahora depende de la Convención para la Conservación de Recursos Marinos Antárticos (CCAMLR), de la que este país forma parte, y que podría trabajar en los próximos cuatro años hacia un sistema que promueva aumentar la pesca, en lugar de limitarla, que es lo que correspondería en un contexto de cambio climático y que es lo que quiere hacer la mayoría de CCAMLR siguiendo criterios científicos. Además ¿Cómo cuadra este hecho con la defensa de la biodiversidad en los grandes foros de la ONU por su presidente Xi Jinping? Y por otro lado, las cuotas de la CCAMLR, convención aprobada en 1982 de la que forman parte 25 países (con la UE), permite capturar un máximo de 620.000 toneladas… Entonces ¿Por qué seguir fomentando la demanda de ese pequeño y valioso animal marino? ¿Por qué buscarle más y más posibles salidas?

Basta entrar en la web de Aker para ver hacia donde van esos nuevos mercados para el krill: introducir su aceite en la comida para perros, como complemento alimenticio en todo el ejército de Estados Unidos, la acuicultura, nuevos fármacos… 

En el caso de China, además, se subvenciona su captura a través de un proyecto lanzado en 2011 destinado a su procesamiento rápido o apoyando la construcción de estos grandes buques arrastreros o invirtiendo en la ciudad de Haimen, donde se ha anunciando hace unos meses la instalación de una gran factoría que manejará ella sola 50.000 toneladas de krill al año (que se valoran en 773 millones de euros). 

La única esperanza que aporta Stablos es que si China se sale de los límites y por tanto de la CCMALR habría una gran reacción en contra en el mercado internacional, arriesgándose a un boicoteo de sus productos. Por otro lado, está la noruega Aker, que aunque dice ser ahora más sostenible en sus arrastreros, tiene una presencia mayor que China y también con creciente producción. Stablos estima que, pese a que el límite de capturas de krill actual es de 620.000 toneladas, para cubrir demanda anual en pocos años serán necesarias hasta 1,2 millones de toneladas, casi el doble que ahora, lo que puede romper el consenso en CCMALR.

Esta ballena azul come cuatro toneladas de krill al día. @BBC

¿Cómo cuadrar esto con el cambio climático y su impacto en este crustáceo? Porque la ciencia nos dice que ya está siendo afectado en su alimentación, pero es que además, ciclos biológicos que antes tenían lugar en febrero y marzo ahora se pueden ver en noviembre o diciembre. De hecho, estas razones, y la necesidad de proteger a la fauna antártica que vive de la ‘gamba de oro rojo’, están detrás de la propuesta para proteger una gran extensión del Océano Antártico de las pesquerías, hasta cuatro millones de kilómetros cuadrados. La propuesta se discute estos días, como os contaba en “Proteger la Antártida antes de que sea tarde”.

Pero falta hablar de Rusia, que tampoco es muy proclive a proteger nada más de lo que ya está protegido, que es poco. En mayo de este año, Pyotr Savchuk, presidente de la Agencia Federal de Pesca rusa, señalaba que “hay suficiente stock de krill’ para meterse en el mercado a lo grande. Savchuk dijo que tendrán que construir nuevos barcos especializados, además de instalaciones de procesamiento en tierra pero que los altos niveles de omega-3, vitaminas y otros ácidos grasos saludables del krill “lo hacen muy atractivo como recurso para aplicaciones en alimentos, acuicultura, farmacología y productos nutracéuticos”. Toda una declaración de intenciones.

De hecho, en mayo pasado culminó una expedición rusa a la Antártida de cinco meses (de AtlantNIRO) cuyo objetivo era “estudiar su hábitat y su situación” para así hacer ‘recomendaciones sobre cómo los barcos rusos pueden introducirse en este océano para que sea rentable”. A destacar que no se mencionó la palabra sostenibilidad.

Como miembro de la CCMALR, Rusia puede pescar allí. Es más, ya lo hizo en el pasado, llegando a capturar en 1982 un total de 491.000 toneladas, de las 528.000 totales ese año, vamos el 90%. Tras la caída de la URSS, su interés en el krill decayó hasta prácticamente desaparecer de escena hace 10 años. Claro que fue entonces cuando llegaron China, Noruega, Corea del Sur, Ucrania y Chile a tomar el relevo. En todo caso, aún no está claro si el gobierno ruso considera muy rentable invertir en un mercado con límites y con tanto actor presente, pero si ocurre ¿habrá pastel para tantos?

Con este panorama, cabe preguntarse dónde queda la ciencia y sus conclusiones, la sostenibilidad ambiental en un lugar tan especial como frágil, cabe preguntarse qué pasará con la demanda de crear grandes áreas marinas protegidas para, precisamente, entre otras especies, salvar al krill. Sobre todo, cabe preguntárselo porque hoy el mundo mira hacia otro lado.

De epílogo un dato para recordar: sólo una ballena azul necesita 3,4 toneladas de krill al día para su alimentación. Lleva consumiéndolo millones de años. ¿De verdad nuestros perros necesitan ahora un poco de aceite de esa gamba para vivir? ¿Lo necesitamos los humanos? ¿Y nuestras vacas?

“En la Amazonía tampoco podemos respirar. La Amazonia grita. ¿Nos escuchan?”


@Coica Amazónica

“No deja de ser irónico que en “el pulmón del Planeta” estemos usando máscaras para lidiar con el
humo mientras buscamos controlarlo o buscando tubos de oxígeno para que nuestra gente
sobreviva al cruel Covid-19. Porque tenemos que decirlo: en la Amazonia, tampoco podemos
respirar. La Amazonia grita, ¿ustedes están escuchando?”

(Carta de la COICA Amazónica a los presidentes) 

 

ROSA M. TRISTÁN

Hablaba Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, por una pantalla ante la Asamblea de Naciones Unidas. Y Sônia Bone de Souza Silva Santos, de los guajajara de ese país, más conocida como Sonia Guajajara, no pudo evitar soltar su indignación: “¡Está acusándonos a los indígenas de quemar la Amazonía!”. Ocurría durante un encuentro ‘virtual’ de prensa internacional celebrado este martes, día 22, en el que los representantes de los pueblos amazónicos pusieron sobre la mesa el abandono total que sienten por parte de los Estados, mientras son asediados por la pandemia de la COVID-19, los fuegos, la sequía y la violencia: “muerte y sangre de nuestra gente”.

El cardenal brasileño Claudio Hummes, Oscar Soria (Avaaz.org), Nadino Calapucha y Sonia Guajajara, en evento informativo el día 22-9-2020

El evento, organizado por la COICA (Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica), que reúne a 511 pueblos indígenas en nueve países, quería lanzar al mundo un grito de auxilio ante la dramática situación que están viviendo, azuzar conciencias y movilizar a esa comunidad internacional que habla tanto y hace tan poco, según sus palabras, para que el mayor bosque tropical del planeta siga estando ahí. “Están en Nueva York hablando de nuestro futuro pero nuestra voz no llega. Habla quien destruye nuestra casa y como mucho hablarán de otro compromiso entre líderes que no se cumplirá. Pero no habrá recuperación tras esta crisis sin respeto a la naturaleza. La pandemia es un ejemplo de que el planeta está enfermo y necesita sanar. Y para ello hay que frenar la destrucción, acabar con acuerdos comerciales que acaban con nuestros bosques, como el de la UE con Mercosur, poner fin a que los bancos del mundo financien la destrucción de la Amazonía”. Así de contundente se expresaba José Gregorio Díaz Mirabal, coordinador de la COICA.

Por mucho que se diga, nunca es suficiente: en esa cuenca está un tercio de los bosques tropicales de la Tierra; es el lugar más biodiverso del mundo conocido, reserva de 73.000 millones de toneladas de CO2 y habitado por unos 30 millones de indígenas. Sólo en el pasado mes de julio, el INPE (Instituto de Investigaciones Aeroespaciales de Brasil) detectó 29.307 incendios en su área brasileña, que se suma a lo perdido sólo en 2019, equivalente a la Comunidad de Madrid, que se suma a las llamas que han arrasado hasta ahora (también este año) el 15% del Pantanal (el humedal más rico de la Tierra), que se suma a los gigantescos fuegos que este mes se ha declarado en Bolivia y en Paraguay, que se suma a los derrames de petróleo en Ecuador (abril- 2020), que se suma a los asesinatos…. Hasta que llega el grito. ¿Hay alguien ahí?, preguntan.

José Gregorio Díaz Mirabal, coordinador de COICA.

Al otro lado, adivino que la convocatoria ha tenido poco eco. Apenas les llegan mis preguntas y alguna desde Bolivia. El foco está en Nueva York… En Bolsonaro. Y ¿Qué decía en esos momentos?: Pues que “la Amazonía es rica y por eso hay una campaña internacional interesada” para desprestigiarle,  que la selva no arde porque es húmeda (contra toda evidencia), que “los indígenas ancestrales queman el bosque para cultivar tierras en busca de medios de vida”. Y, contradiciéndose, pero sin mención de las grandes agroindustrias, ganaderas, ni a madereros, ni a minerías que asolan la selva,  que hoy Brasil “es el mayor exportador mundial de alimentos”.

A los líderes que tengo delante en ese momento, que les acusen de destruir su casa, les parece el colmo de la desfachatez: “Bolsonaro miente al decir que somos responsables de provocar los incendios.

“Debemos denunciar esta catástrofe política que destruye el medio ambiente y nuestro futuro. El mundo entero es testigo de este crimen, demasiado grande para ocultarlo. En lugar de atacar a las personas que trabajan para proteger el medio ambiente, las autoridades brasileñas deben garantizar los derechos de los pueblos indígenas, cumplir sus juramentos constitucionales y presentar a la nación un plan para enfrentar estos incendios que afligen al país”, denunciaba Sonia Guajajara. “Las mentiras de Bolsonaro en la ONU solo agregan aún más combustible al desastre humanitario que se desarrolla en la Amazonía, en lugar de extender una invitación necesaria a la comunidad internacional en busca de asistencia urgente. Es una oportunidad perdida”, reconocía Oscar Soria, el argentino que dirige las campañas de Avaaz.org y que apoya esta lucha desde la organización.

Todo ello ocurre en medio de una pandemia que, según datos recopilados por la COICA, ha causado ya 1.800 muertes e infectado a 58.000 personas de 239 pueblos de la cuenca amazónica, son casi el 50% de los 511 existentes. Y, así, mientras Bolsonaro explicaba en la ONU que había invertido mucho en llevar ayuda en alimentación y sanitaria a los indígenas, para éstos esas declaraciones forman parte de una realidad paralela porque sólo han visto a las ONG abrir centros de atención que estaban abandonados (hasta 260 han contabilizado), si bien no han podido llegar a los muchos puntos rojos, álgidos de COVID-19, que se ven en el gráfico que mostraban en pantalla, en lugares como Bolivia porque ni siquiera se permite el paso a quien va a ofrecer esa ayuda.

Mapa de la cuenca donde se ve los lugares con y sin cobertura de ayudas durante la pandemia.

“Hay que evitar llegar a un  punto de no retorno en la Amazonía, lo que tendrá enormes implicaciones para el clima global y la seguridad alimentaria”, señala la COICA en una carta dirigida a los líderes mundiales reunidos en la 75º Asamblea de la ONU, titulada “En la Amazonía tampoco podemos respirar”. Y no es metáfora. Cientos de científicos de todo el mundo, de diversas disciplinas, han firmado una declaración en la que manifiestan su preocupación por la destrucción de esta inmensa selva y exigen que Bolsonaro tome medidas urgentes, que revierta el recorte del Instituto Nacional de Protección Ambiental (IBAMA),

Pero, además, para Sonia, evitarla pasa por reconocer que son los amazónicos quienes mejor protegen su tierra, no los incendiarios. Un análisis presentado en este encuentro refleja, precisamente, que en la tierra amazónica, dependiendo de cada país, entre un 10% a un 93% de los territorios indígenas, comunidades locales y afrodescendientes todavía siguen sin ser reconocidos como propietarios por los estados nacionales, lo que representa unas 90 millones de hectáreas. El mismo estudio indica, además, que esos territorios son áreas clave en biodiversidad y en buen estado de conservación.

Sin embargo, la presión contra ellos aumenta cada vez más. Hace poco días supimos por Survival que había sido asesinado por indígenas no contactados Rieli Franciscato, coordinador del equipo de FUNAI que protegía sus tierras en Rondonia, incluido el territorio Uru Eu Wau Wau. Pero cómo lo iban a saber quienes le ‘flecharon’, desesperados al ver cómo los ganaderos cercan e invaden su reserva. Era un hombre blanco. Un enemigo. “Seguramente lo confundieron con uno de los muchos enemigos que amenazan su supervivencia. Están en una situación límite “, denunciaba Sarah Shenker, de la ONG. También han sido asesinados guardianes indígenas de la floresta y muchos los líderes comunitarios que se oponen a las invasiones de quienes cuando miran los árboles sólo ven dinero.

¿Y qué espera de la comunidad internacional para reaccionar? ¿Quién contestó a Bolsonaro? ¿Quién exige a Paraguay, o Bolivia o Venezuela o Colombia o Ecuador sus responsabilidades? ¿Acaso no podemos hacer nada? Podemos y los líderes de la COICA amazónica lo saben y también lo gritan al mundo:  “Les pedimos que dejen los discursos vacíos y que se comprometan a mantener al menos el 80% de la Amazonia de pie, que se reconozcan nuestros territorios para que podamos salvaguardar al menos la mitad de la tierra en la próxima década”, leía José Gregorio de la carta dirigida al foro de la ONU. “También, que se tengan en cuenta nuestros conocimientos ancestrales para la conservación”, añadía Guajajarq. Y Oscar Soria recapitulaba: que no se firmen acuerdos comerciales, como el de Mercosur, que promueven la destrucción amazónica; que “no guarden silencio” ante las tropelías de algunos gobiernos en los pueblos indígenas; que hagan donaciones para ayudar en la recuperación económica en este momento de pandemia, avergonzando así a los Estados (Francia ya donado dos millones de dólares. ¿Y los demás?), qué vigilen a los bancos internacionales que financian esa destrucción, que vigilen el Pacto de Leticia contra la deforestación, firmado en 2019 entre los estados amazónicos, de momento un pacto sin éxito… Son medidas concretas. Una emergencia.

“Llevamos 15.000 años en la Amazonía. Una vida ligada a la naturaleza. Acompáñennos a seguir viviendo”  

(José Gregorio Díaz Mirabal, del pueblo Wakuenai Kurripaco

 

 

 

Los mineros del oro asesinan a dos indígenas yanomami


Yanomamis superviviente de la matanza de 1993.

ROSA M. TRISTÁN

Infecciones, malaria, malnutrición, mercurio…. Esto son los males que según un estudio publicado en Science en agosto del año pasado estaban acabando con los yanomamis, ese pueblo amazónico disperso por la mayor selva tropical de la Tierra del que apenas quedan unos miles de representantes (unos 20.000). En realidad, detrás de casi todo ello está el oro, el mismo metal precioso que también es culpable del asesinato, hace unos días, de dos guerreros yanomamis a manos de unos mineros en el norte de Brasil. Ocurrió no lejos de la frontera con Venezuela, un lugar donde ya se viene avisando de que las grandes minas están surgiendo como setas, frente a la indiferencia mundial.

La noticia de estos dos crímenes nos llega de Survival Internacional y de Fiona Watson, investigadora de esta organización que lleva muchos años haciendo campaña para denunciar los abusos a los que se someten a los indígenas amazónicos. Las víctimas, explican, pertenecían a la comunidad de Xaruna, no lejos del río Uraricoera. Hoy es el epicentro de la fiebre del oro en la región. Survival recuerda que hace 27 años ya hubo un conflicto entre este pueblo, contactado pero que sigue viviendo según su cultura y tradiciones, y los mineros. En aquella ocasión, 16 yanomamis fueron asesinados, un auténtico genocidio según dictaminó entonces la Justicia brasileña.

Deforestación en el territorio yanomami, junto al río Uraricoera, de Enero de 2016 y Agosto de 2019.

La imagen de satélite que envía Survival lo dice todo: en 2016, selva virgen amazónica; en 2019, en el mismo lugar un agujero que se agranda y en el que el mercurio (que causa graves daños neurológicos en dosis elevadas) no se ve pero se presiente en las aguas de ese río donde los yanomami pescan desde hace siglos.

En realidad, la minería de oro es antigua en la Amazonía, pero a medida que aumenta su demanda -y nuestra electrónica, nuestros móviles y ordenadores tienen mucho que ver- se alcanzan zonas más profundas de los bosques tropicales, lugares donde las autoridades no llegan, aunque resulta evidente que saben de sus existencia. Y no son grandes compañías mineras, sino pequeñas empresas y mineros que ilegalmente se apropian de tierras que consideran libres, cuando no lo están, y que luego ‘blanquean’ su oro ilegal con intermediarios que lo ponen rumbo a nuestro mundo. Según el análisis de un grupo de investigación amazónico, la cuenca recibe al año 150 toneladas de mercurio con esta explotación.

Para protegerse y dar a conocer su realidad, los yanomami fundaron la asociación Hutukara, que desde hace unas semanas venía alertando de que los mineros estaban contagiando la COVID-19 a su étnia, Aseguran que por ello varios murieron y otros están muy enfermos y lanzaron la campaña #ForaGarimpoForaCovid. Ahora, los dos jóvenes que se les enfrentaron, también han perdido la vida: “El asesinato de dos yanomamis más por mineros debe ser investigado rigurosamente, y refuerza la necesidad de que el Estado brasileño actúe con urgencia para expulsar inmediatamente a los garimpeiros [mineros de oro] que están explotando ilegalmente la Tierra Yanomami y acosando y atacando a las comunidades indígenas que viven en ella. Pedimos a las autoridades que adopten todas las medidas necesarias para impedir que la minería siga costando las vidas de yanomamis”, dicen en un comunicado de Hutukara donde han lanzado una recogida de firmas para la expulsión de los 20.000 mineros ilegales que se calcula que hay en sus territorios. Su objetivo es conseguir 350.000 y ya van por 309.000.

Otras étnias amazónicas tampoco se están salvando de la COVID-19 son los  araras del territorio de Cachoeira Seca, en el río Xingú. Allí está la tasa más alta conocida de infección por COVID-19 de la Amazonía brasileña: según datos oficiales, el 46% de los 121 araras que viven en la reserva han contraído el virus, pero quizás cuando escribo esto ya sean más. Los araras son un pueblo contactado recientemente, en 1987, y por tanto muy vulnerable a infecciones, pero es que además su zona está siendo arrasada por madereros, agroganaderos y colonos ilegales a los que tampoco se controla. Es el mismo contexto que sufren los yanomami, coincidiendo con un Gobierno que está desmantelando las políticas indigenistas y recortando los recursos humanos que debían dedicarse a ese control.

De hecho, con la pandemia no sólo ha llegado el coronavirus sino que más mineros ilegales, madereros y demás invasores han aprovechado la circunstancia para llegar a lugares tan alejados como la región del Río Jutaí, territorio de indígenas korubos aislados, el territorio Ituna Itata, el territorio indígena Arariboia de los amenazados awá o la reserva Uru Eu Wau Wau, donde en abril pasado también fue asesinado uno de los guardianes del bosque.

La única buena noticia para los indígenas amazónicos, que por cierto visitaron el Congreso de los Diputados hace un año (querían ‘reforestar el corazón de las personas en Europa’) y luego vinieron a la Cumbre del Clima, es que un juez de Brasil destituyó en mayo al misionero evangélico que el presidente Jair Bolsonaro había puesto al frente de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI), como me contó el indigenista Sidney Possuelo en una entrevista. Sarah Shenker, también de Survival, dijo que era como “poner a un zorro al frente de un gallinero”. De hecho, Ricardo Lopes Dias se supo que trabajaba para evangelizar a los indios no contactados y de este modo tener excusa para que sus tierras fueran explotadas comercialmente, que es lo que busca Bolsonaro según los amazónicos.

Por lo demás, el panorama no es bueno para unos pueblos indígenas, que son muchos millones de personas a nivel global,  que con el cambio climático ven que sus bosques se les secan, como revelaban hace unos días más de 200 científicos, o que viven la pérdida de su biodiversidad, cuando no tienen que escapar de un fuego.

 

 

 

Las fibras de la ropa que ‘vuelan’ hasta lagos del Ártico


Lago de las Svalbard donde se recogieron microplásticos.

Encuentran hasta 90 microfibras por m2, que podrían haber llegado por el aire o con aves a uno de los lugares más aislados de la Tierra

 ROSA M. TRISTÁN

Las microfibras de nuestras ropa inundan la Tierra de un extremo a otro. Un solo forro polar, en cada lavado, libera hasta 1.900 de estas partículas microplásticas y, a falta de filtros en las lavadoras, viajan al albur del viento o las aves y pueden acabar en lo más profundo de los océanos, en el estómago de un pingüino o… en el fango en un lejano lago de Ártico. Esto último es lo que acaba de revelar al mundo un equipo de científicos españoles, que ha descubierto, por primera vez, restos procedentes de nuestra vestimenta de poliéster en un entorno que imaginamos tan inmaculado como es el fondo de uno de estos lagos cercanos al Polo Norte, en concreto en la isla Spitsbergen del archipiélago noruego de Svalbard. Allí, sobre unas rocas, han encontrado hasta 400 micropartículas por metro cuadrado, de las que 90 serían microplásticos, residuos que no vemos pero que cada día emitimos al medio ambiente en decenas de millones por todo el mundo.

La investigación, que es fruto de la colaboración entre varias instituciones científicas, forma parte de un proyecto nacional de investigación sobre microplásticos liderado por Francisca Fernández-Piñas, de la Universidad Autónoma de Madrid. Fueron científicos de otro grupo de la misma universidad, dirigidos por el biólogo Antonio Quesada, quienes en el verano de 2018 viajaron a Svalbard para proporcionar los sedimentos de un lugar muy alejado de actividades humanas masivas. “Se tomaron muchas medidas de seguridad para evitar que lo que recogíamos fuera contaminado por nuestra presencia, incluso nos hicimos fotos y análisis de la ropa que llevábamos”, explica Quesada, que a su vez coordina el proyecto europeo CLIMARCTIC en España.

De vuelta a España, las muestras pasaron para su análisis al equipo de Jesús Gago en el Instituto Español Oceanográfico, en Vigo, y por el de Roberto Rosal, de la Universidad de Alcalá, para acabar en el acelerador de partícula Sincotrón de Barcelona: “En total, se han utilizado tres técnicas diferentes para caracterizar los microplásticos, más que nunca antes en ningún trabajo”, destaca Miguel González-Pleiter, el primero de los autores.

Con todo ello, encontraron las micropartículas que son “inequívocamente” polímeros sintéticos de fabricación humana, como demuestran tanto su color como sus aditivos químicos. La inmensa mayoría son diminutas fibras plásticas procedentes de productos textiles, como ropas, redes, cuerdas, revestimientos… También había fibras naturales de lana, algodón o celulosa, pero con elementos como tintes, agentes blanqueadores, suavizantes o endurecedores, es decir, productos químicos que hablan de una ‘factoría’ humana y son ajenos a un medio natural. En cifras, el 17% de toda la basura ajena al medio eran partículas de poliéster.

Sincotrón Alba, en Barcelona.

Lo que no se conocen aún son los impactos o interrelaciones que pueden tener estas minúsculas fibras con la fauna del Ártico, aunque en otros lugares como la Antártida se han detectado enredadas en especies de zooplancton que habitan las aguas de Bahía Almirantazgo (Islas Shetland) y también se han visto microplásticos en unos pequeños animales oceánicos que habitan a profundidades de entre 7.000 y 10.890 metros y en las heces de los pingüinos.

Otras investigaciones anteriores también habían revelado ya que esta diminuta y a la vez masiva contaminación procedentes de nuestros tejidos artificiales se mueve por los mares, las aguas subterráneas profundas, la nieve o el hielo marino e incluso algunos trabajos mostraban que fibras de poliéster o acrílicas conforman la mayoría en la contaminación de las profundidades porque, al no flotar como otros materiales (polietileno o el polipropileno), se hunden en el mar.

Pero ¿cómo han llegado hasta un lago interior en las cercanías del Polo Norte? “Pues no lo sabemos, pero la hipótesis más probable es que hayan viajado por el aire o transportadas por aves. Podrían proceder de las bases de investigación cercanas, como la que nos quedamos durante la expedición, porque en su mayoría son fibras de ropa, pero también puede que lleguen de más lejos”, señala Quesada. De hecho, en el trabajo, publicado en la revista Science of the Total Environment, se menciona un estudio que reveló que hay hasta cinco veces más microplásticos en París después de la lluvia (en concreto, entre 3 y 10 toneladas de microfibras se depositaron por precipitación atmosférica en un año). Luego ¿acaso viajan también en las nubes?

Esa capacidad de moverse del microplástico que expulsamos de nuestras lavadoras será objeto de futuros trabajos, adelanta González Pleiter, pero de momento, el francés Steve Allen defiende que pueden transportarse unos 100 kilómetros por el aire, como determinó en una investigación realizada en los Pirineos. González Pleiter cree que “queda aún mucho por saber sobre la distancia máxima real que pueden recorrer, que podría ser mayor, pero hay que investigarlo”.

Por lo pronto, el Tratado Antártico, en su reunión en Praga del año pasado, ya recomendó a todos los países presentes en este continente del sur que hicieran una adecuada gestión de las microfibras, porque podría tener importantes impactos ecológicos.

De lo que no hay duda es de que estamos echando al medio ambiente un residuo que no vemos y que se puede evitar; por ejemplo, obligando a instalar filtros en lavadoras y en las depuradoras, porque hoy no los estamos eliminando y se encuentran en los lugares más insospechados.

 

¿Menos contaminación lleva a menos coronavirus?


Imagen que refleja poca la contaminación en la UE con el confinamiento. @ESA

ROSA M. TRISTÁN

Desde que más de un tercio de la Humanidad anda confinada, varias son las investigaciones que, a tenor de los datos, han revelado cómo los índices de contaminación ambiental han caído en picado. Cielos más limpios, más pájaros que cantan en nuestras ventanas, mariposas que revolotean por las azoteas… Ahora, un nuevo artículo científico nos dice que en los lugares donde las personas estamos más expuesta a más partículas PM2,5, es decir, las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras que provienen, mayoritariamente del transporte, tenemos más riesgo de fallecer a causa del COVID-19. Una prueba más de que la contaminación mata, aunque haya responsables políticos que no se lo crean.

sigue en PÚBLICO. 

 

A por un ‘sistema de alerta’ del coronavirus


ROSA M. TRISTÁN

¿Podríamos prevenir por dónde y cuándo la expansión del coronavirus que genera el COVID-19 va a ser mayor, igual que ahora podemos predecir, con cierta antelación, cuándo lloverá o nos afectará una ola de calor? Cuando aún nos queda mucho por saber sobre este microorganismo que ha puesto el planeta patas arriba, esta es la posibilidad en la que ya están trabajando investigadores de la Agencia Española de Meteorología y del Instituto de Salud Carlos III: la puesta en marcha de un sistema de alerta temprana que adelante posibles ‘picos’ favorables a su expansión, a tenor de factores como la temperatura, la humedad, la radiación ultravioleta, la contaminación ambiental y el polvo sahariano (mineral) que tan a menudo nos llega del Sáhara.

Apenas se ha iniciado el estudio con los últimos 14 días (a fecha 14 de abril) y ya tienen algunos datos que pueden ser de gran interés porque resulta que confirman que a menor temperatura de promedio en un comunidad autónoma, hay un mayor número de casos de contagio por cada 100.000 habitantes, que son los datos de incidencia que se han proporcionado desde el Carlos III. Es decir, el aumento de temperatura frenaría los contagios, como apuntaban ya algunas investigaciones internacionales. También lo haría el aumento de la humedad ambiental. Sin embargo, tal como ya han señalado otros trabajos en Estados Unidos, la contaminación ambiental aumentaría los riesgos y lo mismo ocurriría con el polvo saharaino, dado que son partículas a las que podrían ‘pegarse’ los diminutos coronavirus para permanecer en el ambiente.

“Hemos buscado indicadores que sean sencillos de explicar como temperatura o humedad, aunque ésta última varía mucho según se viva cerca de un río, pero el objetivo es hacer este diagnóstico para tener modelos y poner en marcha un sistema de alerta temprana trabajando por áreas, como lo hacemos para el sistema de olas de calor mediante la elaboración de mapas de riesgo según las condiciones atmosféricas”, me explica Fernando Belda, científico encargado en Aemet de este estudio. En el caso de las olas de calor, Aemet lanza una alerta (verde, amarilla, naranja o roja) según el grado de riesgo que hay para la población.

Aunque de momento, las dos instituciones han comenzado a analizar los datos por comunidades autónomas, tienen previsto iniciar el mismo trabajo en Madrid, Valencia, Barcelona y Vitoria, que son las ciudades que han resultado más afectadas por la pandemia. De este modo, juntando datos ambientales y de salud (también con variables como ingresos hospitalarios, ingresos en UCI y mortalidad) se pueden llegar a identificar las zonas de riesgo en tiempo real  diseñar estrategias de diagnóstico y prevención para la gestión de medidas de actuación adecuadas desde el ámbito de la salud pública.

Por lo pronto, los resultados preliminares apuntan a que a medida que se acerque el verano tendremos menos coronavirus en el entorno, siempre y cuando mantengamos los niveles de contaminación que estos días de confinamiento han bajado como nunca antes.

 

 

Los ‘respiradores’ que necesita el cambio climático


ROSA M. TRISTÁN

Cada día surgen más voces que alertan de la urgencia de poner fin a la crisis climática con tanto ímpetu y esfuerzos como se está poniendo a la pandemia más impactante en la historia de la Humanidad, entre otras cosas, porque nunca hemos sido tantos los afectados. Son voces científicas que, igual que alertaron en el pasado de que podía producirse una crisis global sanitaria como la actual, también vienen avisando de lo que se nos viene encima si no atendemos a los daños que estamos haciendo a la Tierra.

Agobiados por el microscópico coronavirus, que tanta muerte en soledad está provocando, se nos puede olvidar mirar otros sucesos que, no por ser menos inmediatos, serán menos cruentos en vidas y en pérdidas económicas. Me refiero al cambio climático. Es más, ya hay investigaciones (que deberán ser publicadas en revisas de impacto, pero ya son públicas) que nos dicen que a más aire sucio, más posibilidades tendremos de morir por una infección como la del COVID-19 o la del SARS que si habitamos en un entorno saludable. Os lo contaba en Público.

Esta pandemia nos está demostrando que cuando vemos nuestra salud humana amenazada, nos plegamos a mandatos y recomendaciones, invertimos en frenarla, recurrimos a la ciencia en busca de salvación… Ponemos la supervivencia por encima de consideraciones económicas. Sin embargo, cuando vemos que los hielos del Ártico desaparecen, los glaciares en las más altas cordilleras del mundo se diluyen, la biodiversidad corre riesgo de colapsar en 10 años o la Antártida se calienta, la respuesta es, cuando menos, insignificante.

Hace pocas semanas, como sabéis, volví de la Antártida tras un mes y medio de viaje con científicos españoles. Quizás todo es casualidad, pero en esta campaña, en el continente de hielo, que acumula más del 80% del agua dulce terrestre, se vivió una ola de calor en enero en su parte oriental (registraron una media de más de 7ºC en una base australiana a finales de ese mes y hasta un día 9ºC), luego un récord de 18,3ºC en febrero en una base argentina de la Península Antártida (eso fue a mi llegada)y, ahora, en abril,me llegan noticias desde esa misma base de que están a 2,51ºC cuando a estas alturas, según sus propios datos, debían estar siempre a bajo cero… Todos los investigadores con los que estuve allí detectaron más deshielo glaciar y del permafrost, menos nieve, más agua vertiéndose en los mares…

Mientras veo esta urgencia,  resulta que debido a la pandemia, la Cumbre del Clima se aplaza, Donald Trump elimina las leyes restrictivas a vehículos más contaminantes y en España la Junta de Andalucía aprovecha para ‘cepillarse’ la normativa ambiental… y, aunque ya se ha dicho, no puedo por menos que reincidir en que tenemos, no una, sino dos crisis abiertas y que deberíamos aprovechar para mitigar esa contaminación que está colapsando los pulmones de la Tierra como el COVID-19 colapsa los nuestros. También en este caso, tener ‘respiradores’ se hace imprescindible y no se fabrican en China, sino que son medidas de mitigación del cambio climático -como las energías renovables o un consumo energético más eficiente o, mejor, menos consumo- que podrían generar beneficios.

Así lo cree un grupo de científicos chinos que acaba de publicar un artículo en Nature,. En el fondo, lo que buscan con su trabajo es equilibrar los beneficios que a largo plazo se tienen con la mitigación climática con los costos de reducción de la contaminación a corto plazo para cada país, teniendo en cuenta el reparto equitativo del esfuerzo entre todos los países. Es decir, cuantifican los beneficios directos que se perderían si no se hace nada o muy poco para no superar un aumento global de temperatruas de entre 1.5ºC y 2°C. Es la visión ‘economicista’ del calentamiento global.

La investigación, cuyo primer firmante es Yi-Ming We, estima que habrá una pérdida global entre 50.000 y 792.000 millones de dólares en  2100 si las naciones no cumplen con lo que se comprometieron en sus planes nacionales para frenar el cambio climático (conocidas como NDCs), es decir, lo que van a reducir en las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, indican que con una estrategia de cooperación global para esa misma fecha, en lugar de esas pérdidas, podría haber un beneficio económico de entre 127.000 y 616.000 millones de dólares. ¿Qué queremos dejar a nuestros nietos y bisnietos? ¿Pérdidas o ganancias?

Los investigadores recuerdan que las temperaturas globales pueden aumentar en 1.5ºC entre 2030 y 2052. Siempre conviene recordar que es una media, así que en muchos sitios será mucho más y que los daños causados tendrá unos costes que ya quedaron en evidencia en la Cumbre celebrada en Madrid, en el intento de que se aprobara un fondo para ayudar a los países en desarrollo en esos trances.  Pero es que, además, Yi-Ming Wei, Biying Yu concluyen que se pueden alcanzar los objetivos de limitación de temperatura por debajo de 2ºC y a la vez aumentar en el ingreso neto de un país. Es más, todos los del mundo tendrían beneficios en apenas 80 años si no se superan los 2ºC. Eso si, para ello hay un grupo que debe hacer una inversión inicial, que son para las economías del G20, de entre 16.300 y 103.530 miles de millones de dólares. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, entre 5.410  y 33.270 millones y para  Canadá y Australia, la inversión inicial también es relativamente más alta que otras economías del G20. En 80 años, lo habrían recuperado.

Ahora bien, ¿cómo conseguirlo? Pues para no llegar a esos 2°C, señalan que la mayoría de los países necesitan mejorar al menos modestamente sus planes de reducción de emisiones actuales, si bien el problema es que ni siquiera estos planes se están cumpliendo y que, además, cada uno los ha elaborado con criterios que no son reales. Para alcanzar el objetivo de 1.5 ° C, se requieren 28-30 reducciones adicionales de GEI de GtCO2-eq en 2030, a nivel mundial.

Hespérides día 3: ¡concierto sobre el Antártico!


ROSA M. TRISTÁN

Hoy el BIO Hespérides ha tenido un día más tranquilo que ayer. Estamos en el Estrecho Bransfield (o mar de la Flota), esa parte del océano Antártico que se encuentra entre las islas Shetland del Sur, al norte, y la península Antártica y el archipiélago de Joinville al sur. Sus 120 km de anchura media nos impiden ver las costas, pues vamos alejados de ellas, pero se intuyen. Esta mañana el espectáculo era inconmensurable, con la imagen de algunas de las islas de este archipiélago e el horizonte. Y esta mañana comenzó a hacerse ciencia polar con ese paisaje de fondo. (SIGUE)

 

 

 

 

Hespérides día 1: Calma chicha en el Mar de Hoces


@Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

El día ha sido realmente tranquilo en alta mar. Ahora si que estoy rumbo a la Antártida, hacia donde partimos ayer a las 23 horas, dos horas después de embarcar en el buque oceanográfico Hespérides, un barco de Estado con 55 tripulantes de la Armada a bordo y 36 pasajeros más, todos científicos o técnicos de la Unidad de Tecnología Marina (UTM); también algunos estudiantes americanos, incluidos en el proyecto de vulcanología Bravoseis (acrónimo del área BRAndsfield VOcanology SEismology) y una periodista… Vamos, no queda ni una cama libre en una campaña antártica que cuenta este barco para logística y ciencia. (SIGUE)

Próxima estación…. ¡la Antártida!


ROSA M. TRISTÁN

Dentro de dos horas dejaré mi casa para embarcarme en una aventura informativa de las que dejan huella. No se me ocurre otro lugar tan especial como la Antártida, salvo la Estación Espacial Internacional, que para poder contar la ciencia que se está haciendo allí de primera mano. Este viaje al continente de hielo comienza este 2 de febrero y me lleva, vía Lima-Santiago de Chile-Punta Arenas-Ushuaia-Hespérides- Antártida (Base Juan Carlos I).. Acabará el 15 de marzo. Y entre medias, seguro que mil historias que contaros…

Este artículo de Laboratorio para Sapiens tan sólo es para recordaros que podréis seguir mis crónicas periodísticas de lo que allí acontece desde el continente de hielo en el blog :

SOMOS ANTÁRTIDA de EL PAÍS

Y en la página de este BLOG , donde os contaré esa visión más personal de lo que ocurra hasta 15 de marzo.

DIARIO ANTÁRTICO 2019-2020

*Aviso que la página del diario no se envía como noticia cada día, por lo que hay que entrar para verla o seguir mi cuenta de @Twitter: @RosaTristan, donde iré compartiendo el link siempre que la tecnología polar me lo permita.

¡¡Acompáñame a la Antártida!!