Los #Plastívoros: comemos una tarjeta de crédito a la semana


Jordi Menéndez (Justicia Alimentaria) y Adriana Espinosa (Amigos de la Tierra) en el acto organizado para la presentación de Plastívoros, en Madrid. @Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Cada año, la agricultura global utiliza unas 6,5 toneladas de plástico en el proceso de producción. Los más visibles son los que se ven en los invernaderos, los sistemas de riego, semilleros… En total, en se calcula que España la agricultura utiliza más de 220.000 toneladas plásticas, que en buena parte están en Levante y el sur, ocupando tanto espacio que han llegado a ser fotografiadas desde el espacio. Sin embargo, son los más invisibles los que acaban en nuestros estómagos, los micro y nanoplásticos que contaminan alarmantemente las tierras de cultivo, según un informe titulado “Plástívoros”, publicado por Amigos de la Tierra y Justicia Alimentaria.

El informe, un compendio de diferentes estudios e investigaciones, entre las que no hay muchas europeas, apunta que esta contaminación podría ser hasta 23 veces mayor que la de los océanos, aunque ésta es mucho más conocida, si bien es sabido que el 80% de la que acaba en ellos procede de tierra. “Con este trabajo se trata de poner de manifiesto los impactos de los microplásticos en las tierras agrícolas; muchas de las 4.000 sustancias aditivas que contienen son tóxicas y algunas, como el biofenol o los ftlatos se sabe que afectan a las hormonas, al sistema endocrino, al neurológico, a la reproducción”, explica Adriana Espinosa, responsable de Recursos Naturales y Residuos de Amigos de la Tierra.

Y es que precisamente el sector agroalimentario es el de mayor consumo de plásticos en este país, hasta suponer el 25% del total, es decir, uno de los cuatro millones de toneladas que se producen cada año; de ellos hay un  6% directamente relacionado con la producción agrícola, según ‘Plastívoros’. Es más, si el sector agroganadero extendiera en el suelo todo el plástico que utiliza daría para 40.000 millones de bolsas, que darían para cubrir entera la Comunidad de Madrid.

Instalación de Plastívoros, junto al Museo Reina Sofía de Madrid. @Rosa M. Tristán

Uno de los fenómenos que revela este estudio es que la gran puerta de entrada de los microplásticos en esa tierra agrícola la llega en diminuto a través de lodos de las depuradoras, que se usan como fertilizantes. “Estos lodos provienen de aguas residuales de la actividad doméstica o industrial, pero salen de las depuradoras con microplásticos y nanoplásticos. Hoy se prima más el aprovechamiento de la materia orgánica que contienen que el impacto que tienen esos residuos que llegan a los cultivos”, apunta Jordi Menéndez, de Justicia Alimentaria. Según los datos recabados, 17.000 toneladas de microplásticos (equivalentes a 3.000 millones de bolsas) acaban entre las raíces de las plantas que nos comemos, situación que emularon con una instalación junto al Museo Reina Sofía de Madrid.

“De hecho, cada semana consumimos unas 2.000 micropiezas de plástico, que equivalen a una tarjeta de crédito”, comenta Menéndez. “La cuestión es que, además, si son nanoplásticos tienen menos de un milímetro y las normativas europeas y españolas actualmente en revisión no los tienen en cuenta, aunque pueden añadirse a muchos productos, así que hay que seguir insistiendo en el peligro que conllevan”, añade Espinosa, quien recuerda que los residuos de los vertederos se transforman en lixiviados que acaban en aguas subterráneas y van a la tierra, o se incinera y acaba sobre suelos agrícolas.

¿Y cómo nos ingerimos esa tarjeta de crédito? Pues si algo quieren poner de manifiesto los autores es que falta mucha investigación por hacer, aunque según un estudio de la Universidad de Canadá, quienes beben agua embotellada en plástico se traga hasta 130.000 partículas al año, que se suman a las que nos comemos con los animales marinos, la que se ha detectado en la sal y la que se ha visto en la miel y hasta en la cerveza. “El problema es que hay muy pocos estudios de la presencia de plásticos dentro de los alimentos y también se sabe poco de las consecuencias para el cuerpo, no ya del ftalato, sino de las miles de sustancias químicas que llevan adheridos. Habría que aplicar la precaución”, dice Menéndez.

El informe hace un repaso al procesado y embalaje de los alimentos. De hecho, sólo en 2018 la industria alimentaria utilizó más de 1,13 trillones de artículos de embalaje, entre los que prima el plástico. En el mundo, son los envases los receptores del 40% de todo el plástico que se fabrica. Pero también pone el dedo sobre el lobby europeo de Plastic Europe, con empresas de hidrocarburos y químicas, así como productoras de alimentos y grandes distribuidoras “que ponen más empeño en el reciclaje, que sólo es del 9%, que en la reducción de su uso”, denuncia la representante de Amigos de la Tierra.

¿Soluciones? Para empezar, y en relación con la contaminación agrícola, en el informe proponen prohibir el uso de lodos de depuradoras para usos en tierras de cultivo, pero apuntan que hay que ir a la raíz del asunto, que es el exceso de consumo de  plásticos de usar y tirar. “Hay reforma en marcha de la ley de residuos, pero hay que reducir plásticos y su toxicidad, aumentar la reutilización, mejoras en gestión y sobre todo desplastifiicar la alimentación y no insistir solo en el reciclaje y la responsabilidad individual. Tampoco pasa por sustituir un material que perdura por uno que es alternativo porque aún así usan recursos como suelo, agua, energía y también parte de petróleo. Lo importante es ser conscientes de los impactos y reducir su consumo”, concluyen.