La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

Cuando una catástrofe climática llega a su puerta.. ¿quién paga?


Alta Verapaz, Guatemala
@Pedro Armestre / Alianza por la Solidaridad

ROSA M. TRISTÁN

Desde hace días, los huracanes y tormentas tropicales que asolan Centroamérica están siendo noticia, más o menos relevante según el medio. Desde hace días vemos casas flotantes, coches flotantes, tierras que son barrizales donde antes había cultivos, gentes desoladas, otras gentes que hacen negocio de la desesperación… Casi todos son pequeños campesinos, muchos indígenas, de Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador… No fueron muy visibles en la última Cumbre del Clima, la COP 25 chilena celebrada en Madrid, menos aún que los de Brasil, Colombia o Ecuador. Venden aún menos que la Amazonía. Diría que no existieron, y sin embargo este 2020 nos está demostrando que para ellos el cambio climático no es un futurible del 2050. Cientos de fallecidos, decenas de miles de hogares que se llevó el agua y el viento, cosechas y animales ahogados…

Si hubieran ido a la COP 25 se hubieran enterado que una vez más la comunidad internacional aplazó la decisión sobre la financiación de los daños y pérdidas que ya causa el cambio climático, porque esos 30 huracanes que este año ha habido en el Atlántico (hasta ahora) ha superado todas las previsiones y porque su intensidad de hasta un categoría 5 a finales de la temporada ha sido inesperada. Son fenómenos climáticos extremos y más comunes. Una de las consecuencias de un calentamiento del agua de los mares, que forma parte del calentamiento global.

Pero las víctimas no tienen cómo recuperarse de ello, salvo por unos programas de cooperación internacional, menguante en tiempos de crisis, como la actual, o créditos que salen caros a sus gobiernos. 

Lo que si existe es el Fondo Verde del Clima, que no sirve para pagar esos daños que están ahí, sino para mitigar y adaptarse a un cambio climático que es ya inevitable. Para evitar daños, habría que haberlo puesto en marcha hace muchos años, de forma que ya hubieran ‘mitigado’ lo que está pasando, pero ¿qué líderes de este mundo tienen visión a largo plazo?. El Fondo, la verdad, ha ido a cámara lenta y, lo que es peor, aún cuesta que los países ricos y contaminantes ‘aflojen el bolsillo. Precisamente, días atrás, la junta que decide sobre este Fondo (con representantes de 24 países), en su reunión número 27 -reuniones hay muchas- impulsó algo esta financiación climática para países en desarrollo. Aprobaron 16 proyectos por un total de 1.010 millones de dólares para proyectos de bajas emisiones contaminantes y resistentes/resilientes al clima global cambiante. Con ellos, ya son 7.000 millones los aprobados desde que está en marcha, 2.000 millones este año. Por ponerlo en perspectiva, la marca de vehículos BMW obtuvo en 2018 beneficios netos de 7.000 millones en euros, la misma cantidad. Es evidente que queda un largo camino por recorrer para llegar a los 100.000 millones de dólares que pretendían recaudar cuando se creó en 2010. 

El director ejecutivo de Fondo, Yannick Glemarec, declaraba que “se está brindando más apoyo que nunca a los países en desarrollo”, lo que es cierto dado el poco o nulo que hubo antes. Otra cosa es saber si con tan pocos recursos, y dada la velocidad de la emergencia climática, es realmente un instrumento hoy eficaz. De hecho, al investigar un poco su funcionamiento se comprueba que hay poco más de 100 entidades acreditadas para proponer los proyectos, de los que en estos 10 años se han puesto en marcha 53 relacionados con la adaptación y 35 con la mitigación de los efectos. Otros 32 son transversales. ¿Es esto suficiente para un mundo donde 5.000 millones de humanos no cuentan con recursos suficientes para enfrentarse a 1,5ºC más de media que, recordemos, no han provocado? Cabe señalar que en 102 de estos proyectos, el dinero se ha enviado a entidades públicas y 27 a ONG u otras entidades privadas, como empresas (2.700 millones). Ahora bien, otra pregunta: ¿Qué hacen los gobiernos con ese dinero, sobre todo aquellos en los que la corrupción está muy arraigada? Algunos investigadores de universidades han señalado que lo mejor sería crear comisiones nacionales que controlaran que la financiación acaba donde se necesita realmente. También ha sido una propuesta de escaso eco.

Volviendo a esta última reunión, se dió via libre a proyectos que conviene conocer (recordemos que es el único fondo que ayuda a países que ya están sufriendo impactos): 23 millones de dólares para comunidades rurales en Mongolia (beneficiará, señalan, a casi un millón de pastores), 82 millones destinados a un plan forestal en Argentina (país de la ganadería extensiva por excelencia, con 53,8 millones de vacas que son las que más emisiones generan) o 99 millones para que una agencia de la ONU (la International Fund for Agricultural Development, IFAD) lo invierta en apoyos al nordeste de Brasil, mientras Bolsonaro sigue promoviendo la deforestación.

Para la maltratada Centroamérica, el Fondo Verde ha destinado 54 millones a Costa Rica, para un proyecto contra la deforestación, 30 millones para el Corredor Seco de Guatemala a través de la FAO (ayudas a la agricultura) y otros 64 millones para la reserva de Bosawás  y la biosfera de Rio San Juan de Nicaragua. A ello se suman otros 100 millones para financiación ‘verde’ al Banco de Desarrollo de América Latina, que no llegará a las comunidades. Desde luego no basta. Sólo en Guatemala ha habido 1,3 millones de afectados, la inmensidad de ellos pequeños campesinos indígenas, tras el paso de dos huracanes en 15 días -Eta e Iota-. Su presidente, Alejandro Giammattei, ha pedido ayudas para crear seguros agrarios (que no podrán pagar los damnificados, porque no tienen nada), pero el suyo es un claro ejemplo de una realidad que está ahí: mientras la FAO consigue dinero para los guatemaltecos, el Congreso del país recorta en 21 millones de euros su presupuesto en 2021 para un programa de desnutrición mientras aumenta el del propio parlamento. Por cierto que ese presupuesto se aprobó a puerta cerrada y ha desencadenado la rebelión popular contra lo que llaman ‘pacto de corruptos’ entre gobierno y empresarios que suman al cambio climático el expolio de los pocos recursos naturales que quedan. Ese Congreso ha ardido en llamas.

No menos sorprendente es el reducido tamaño de las partidas aprobadas por el Fondo Verde Del Clima para África en este encuentro: se destinan a alimentación adaptada al cambio climático en Burundi unos 10 millones de dólares, en sistemas de información climática que pueden ayudar en la prevención para Liberia otros 10 millones y para ampliar en Sudán la ‘Gran Muralla Verde de África’, como sumidero de carbono con árboles de goma arábiga, 10 millones más. En total, 30.  

Por contra, el gran beneficiado ha sido una institución financiera de Bangladesh, el IDCOL, que recibirá 256 millones de dólares para promover la inversión ‘a gran escala’ del sector privado textil del país asiático en tecnologías y equipos de ahorro de energía, un sector privado que por cierto tiene pingües beneficios, dado que en todo el mundo se vende ropa ‘low cost’ con origen en sus fábricas a través de grandes multinacionales… 

En definitiva, que en este momento no hay fondos para reconstruirse tras una debacle climática en esa parte del mundo que las sufre en soledad (y más que se avecinan…), pero tampoco los suficientes como para mantener a las poblaciones arraigadas en sus tierras en un contexto de cambio climático, sin olvidar que en muchos casos esas tierras y su agua son codiciadas para explotación minera, cultivos extensivos como la palma africana o grandes hidroeléctricas sobre ríos que en un contexto de calentamiento global o llevan cada vez menos agua o se desbordan en grandes crecidas. 

Eso si: a quienes lo han perdido todo, que no se les ocurra venir a llamar a nuestra puerta, que les devolveremos a sus tierras resecas, sus comunidades devastadas, sus casas hundidas y o sus campos inundados. Eso tiene un nombre: INJUSTICIA CLIMÁTICA. Y no podemos cerrar los ojos.