Españolas en una expedición mundial antártica sólo para investigadoras del cambio climático


@Horneward Bond Project

ROSA M. TRISTÁN

Crear una red mundial de 1.000 científicas que trabajen globalmente y lideren políticas y proyectos sobre el cambio climático. En definitiva, reivindicar el papel de la mujer en este asunto de impacto global que afecta, sobre todo, a madres, hijas, nietas. A mujeres. Este es el reto que busca la plataforma australiana Homeward Bound. Un reto al que se han sumado tres científicas españolas y una francesa que vive en Córdoba. Las cuatro han sido seleccionadas entre cientos de candidatas para formar parte de una expedición polar muy especial: la Homeward Bound Antarctic Expedition, el viaje de tres semanas en el que buscarán el liderazgo femenino en el ámbito de la ciencia climática.

Entre los apoyos a esta iniciativa figuran científicas de renombrado prestigio –como la primatóloga Jane Goodall o la oceanógrafa Sylvia Earle–, así como tinfluyentes mujeres en el mundo de la comunicación, la diplomacia y los negocios–como la diplomática Christiana Figueres, la actriz Amy Poehler o Chelsea Clinton.

Expedición Homeward Bound 2016. @HomewardBound

Desde España se embarcarán (aunque una lo haga literalmente desde Estados Unidos) Alicia Pérez Porro, Ana Payo Payo, Uxua López y la francesa Alexandra Dubini. Las cuatro compartirán navegación entre icebergs y verán de cerca los impactos del calentamiento,  con otras 76 participantes llegadas de los cinco continentes (Estados Unidos, Kenia, China, Colombia, Venezuela… y así hasta 13 países) Su meta: el ‘sexto’, el continente de hielo. Se trata de una travesía de seis semanas que comenzará en febrero de 2018 y les llevará de ruta por varios enclaves científicos cercanos a la costa. Aún no saben si se incluye el paso por alguna base española, la Base Juan Carlos I o la Gabriel de Castilla.

“Estamos entusiasmadas. Por el viaje, pero sobre todo es lo que hay detrás, por la posibilidad de hacer co-working para para poner el tema del género sobre la mesa respecto a políticas y proyectos relacionados con el cambio climático global, un asunto que lideran sobre todo los hombres pero que afecta a las mujeres. El objetivo es que el proyecto dure 10 años y logre reunir a 1.000 mujeres con formación académica. Nosotras somos el segundo gran paso para conseguirlo, tras la expedición del año pasado”, comenta vía Skype Alicia Pérez desde Nueva York, donde trabaja en el  National Museum of Natural History, como investigadora asociada. Alicia es especialista en esponjas de mar y estudia mediante herramientas genómicas cómo el cambio climático puede afectarlas y cambiar los ecosistemas en los que viven.

La idea surgió de dos australianas, la activista Fabian Dattner y la científica polar Jess Melbourne Thomas, cansadas de que fueran hombres quienes ‘llevaban la voz cantante’ en el asunto del cambio climático. “Faltaba una perspectiva de género, cuando los estudios señalan que cuando hay mujeres liderando proyectos se consiguen más cosas, que son ellas quienes más sufren los impactos más graves del calentamiento global y no sólo en los países en desarrollo. Aquí  nos van a enseñar a ejercer ese liderazgo que nos falta”, argumenta Alicia Pérez.

 

Ana Payo Payo.

Participar en el proyecto, una vez seleccionada, les exige ya estar todo un año recibiendo formación ‘on line’ en diversos temas relacionados con ese liderazgo, desde ‘coaching’ hasta  cómo tener presencia en los medios, a lo que hay que sumar el atractivo viaje a la Antártida. Eso si, la investigadoras deben costeárselo las investigadoras en un 40% (unos 20.000 euros).

Para esta edición, se presentaron 300 candidatas, entre las que hay también ingenieras, economistas y periodistas especializadas en cambio climático. “Todas somos mujeres que podemos ejercer de líderes de lo local a lo global”, señala Ana Payo Payo, bióloga y experta en el estudio de las aves marinas y el impacto de la contaminación sobre sus poblaciones, otra de las participantes. Su investigación ha ayudado a desarrollar estrategias de gestión para la conservación de especies amenazadas bajo las nuevas políticas ambientales europeas.

Para poder conseguir esa cuantiosa cantidad de dinero algunas participantes, como Alicia Pérez Porro, han lanzado un crowndfunding con el que esperan conseguir los fondos que les faltan todavía, con el lema de la expedición: “La naturaleza necesita a sus hijas”. “Vamos a ver lo que pasa en tiempo real, pero no queremos hacer ciencia, ni recoger muestras, no vamos en un barco científico, sino que queremos constituir esa red mundial y mejorar nuestra capacidad de divulgación”, argumenta. “Queremos dejar de ser de segunda, así que la inversió merece la pena” asegura.

Alexandra Dubini

Alexandra Dubini trabaja en la Universidad de Córdoba como investigadora. Es una gran experta en algas verdes y su función ‘biorremediadora’ a la hora de limpiar aguas sucias. También lo es en el campo de las energías renovables.  “Estoy encantada de participar en la Homeward Bound Antarctic Expedition . Me apunté porque conocía una mujer que participó el año anterior y voy con el objetivo de que pueda salir un plan de acción internacional conjunto respecto al cambio climático que puede ser diferente a los que hay ahora y dirigen los hombres”. También Alexandra ha lanzado su crowdfunding particular.

La zamorana Ana Payo Payo, por su parte, trabaja en el IMEDEA-CSIC en Mallorca. Oceanógrafa y licenciada en Ciencias Ambientales lo suyo son los estudios demográficos de aves marina, pero en su caso también es una buena divulgadora a través de Big Van. “La figura de la mujer científica está olvidada. Si le dices a un niño que dibuje a alguien que haga ciencia, siempre hacen un hombre con barba y gafas. Es fundamental tener contacto con otras mujeres para que eso cambie en el futuro. Volveremos enriquecidas de esta experiencia”, afirma. Como sus compañeras también cuenta con un crowdfunding en marcha, y ya ha recaudado el 70%.

Uxua López

La cuarta es la vasca Uxua López, ingeniera de telecomunicaciones en Acciona Energía , con una experiencia de más de una década en el campo de las energías renovables.

Con ellas, España es uno de los países mejor representados en la expedición. La mayoría de las 76, no obstante, proceden de Estados Unidos y, sobre todo, de Australia, que es el país de lanzamiento.

En octubre se cerró el plazo para presentarse a la expedición del 2019, pero todavía quedan años por delante para participar y en unos meses volverá a estar vigente la convocatoria. Para entonces, estas cuatro científicas ya estarán de vuelta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Antonio Quesada (Comité Polar): España en el reto geoestratégico del Ártico (entrevista)


ROSA M. TRISTÁN

El biólogo Antonio Quesada ha sido nombrado, recientemente, secretario técnico del Comité Polar Español, máximo responsable ejecutivo de un organismo poco conocido pero en cuyas manos está la presencia de España en los territorios polares del Ártico y la Antártida. Llega a este puesto tras encargarse durante los últimos años del Programa Polar, subdirección desde la que se coordinan los proyectos científicos. Ahora, desde su nuevo puesto quiere dar un impulso a la actividad polar española, especialmente en el Ártico, una zona que considera que está en una situación “muy peligrosa” desde el punto de vista de la política geoestratégica mundial.

¿Qué es exactamente el Comité Polar Español?

Es un organismo que depende administrativamente del Ministerio de Economía y Hacienda pero del que forman parte el de Exteriores, Defensa, Medio Ambiente y también la Armada, el Ejército de Tierra, el CSIC, la Unidad de Tecnología Marina (UTM), el IGME, del que depende el Centro Nacional de Datos Polares, el IEO. La presidenta es la secretaria de Estado Carmen Vela, si bien ejerce Marina Villegas, directora de la Agencia Estatal de Investigación. Todos sus miembros se reunían dos veces al año, pero desde ahora lo hará cuatro porque hay mucho trabajo ejecutivo que hacer. El Comité coordina toda la actividad polar española, en tres partes: la ciencia, la logística y la legislación. Es un organismo técnico, aunque tiene influencia política, sobre todo a nivel internacional. Somos miembros como observadores del Arctic Council (https://www.arctic-council.org/index.php/en/), el organismo del que forman parte todos los países árticos para promover su cooperación y coordinación en esta zona polar. Y para mantener ese status no sólo hay que hacer una ciencia de calidad, sino tener presencia. No se trata de tener infraestructuras en el Ártico, como las bases que tenemos en la Antártida, sino de llegar a acuerdos con otros países para que nuestros científicos puedan utilizar las suyas y estar presentes en foros internacionales. Estamos ya preparando acuerdos con Canadá, Noruega y Japón.

¿Y su papel en la Antártida?

España es miembro del Tratado Antártico y tenemos dos bases allí: la Juan Carlos I y la Gabriel de Castilla. El Comité Polar es el responsable de dar los permisos para que funcionen, de los protocolos que deben seguir. En general, de hacer que se cumpla la ley e informar al sistema antártico, especialmente en todo lo que se refiere al impacto ambiental. También coordinamos las inversiones en las infraestructuras. Ahora, por ejemplo, en la base Gabriel de Castilla hay que arreglar un módulo científico que está en muy malas condiciones. El Comité lo comunica al Ejército, que es quien lleva la gestión, a la UTM y a las instituciones deben poner el dinero. Y lo mismo en cuanto a los buques. Necesitamos dos: un nuevo buque oceanográfico como el Hespérides, que en unos años cumplirá su vida útil, y otro para la logística, como el que hubo que jubilar (Las Palmas). El Hespérides es un buque muy caro y debes ser utilizado para hacer ciencia, no funciones de taxi. Estoy contento porque la comisión de trabajo sobre este tema va para adelante.

¿Cree que el Comité requiere un cambio respecto a lo que ha venido siendo?

Ha funcionado, pero ahora quiero que sea más participativo. Antes el secretario técnico, que además no vivía en Madrid, se tenía que encargar de todo y creo que es preciso crear un comité de gestión, otro ejecutivo… Implicar a más miembros, más allá de las reuniones. Veo que hay interés en mejorarlo y en destinar recursos para que los técnicos y profesionales que trabajan para este organismo lo vean remunerado, no puede ser algo altruista, como hasta ahora porque hasta ahora no hemos tenido ningún presupuesto. Así es difícil mantener el nivel que deseo, para el que requiero colaboradores cuyo trabajo se reconozca. También es importante mejorar la difusión de nuestras actividades y crear un Observatorio Antártico Español.

¿Considera que la ciencia polar española se difunde lo suficiente?

Creo que es una de las actividades científicas que más difusión tienen. No obstante, quiero aclarar que el Comité Polar no se encarga de los proyectos científicos. Eso depende del Programa Polar, que tiene su gestor, justo el puesto que antes ocupaba yo. Es ahí donde se envían las propuestas científicas y se evalúa en paneles su calidad, las posibilidades logísticas para realizarlas y su legalidad. Nadie puede ser autorizado a cazar ballenas aunque sea para investigar, por ejemplo. En general, son para la Antártida pero este año ha habido dos solicitudes para el Ártico, así que si se aprueban, el Comité si deberá buscar colaboraciones con otros países que tienen allí instalaciones. Cada año, el Programa, en función del dinero que hay disponible, aprueba más o menos proyectos, pero el Comité no entra en ello, sólo en que el trabajo se desempeñe como debe hacerlo.

Existen unas directrices sobre los objetivos del Comité Polar que hablan de promover la investigación, del seguimiento de las pesquerías, de que la presencia polar sea asunto de Estado. ¿Cuál es su importancia real?

Es un documento que comenzó a trabajarse hace dos años porque no había nada al respecto. Y ha despertado el debate, porque son solo directrices cuando algunos esperaban más. En realidad, no tenemos una estrategia científica polar, algo que me hubiera gustado diseñar con todos los científicos polares españoles, de abajo a arriba. Ahora es un trabajo que depende de mi sucesor en el Programa. Pero estas directrices son importantes y quiero llevarlas a Comisión Parlamentaria para que la estudien, hagan enmiendas y se apruebe. Es el modo de que no dependan de un gobierno y puedan perdurar.

El Comité controla pero ¿quién castiga los delitos en la Antártida?

Nosotros tenemos que salvaguardar que se cumple el Tratado Antártico al que España se adhirió en 1988, pero lo que ocurre es que 30 años después aún no se ha desarrollado en Ley, como debiera. A veces detectamos veleros que atracan sin permiso. Si son de otros países, lo comunicamos al Sistema del Tratado y si no hacen caso o reinciden, pasan a una lista negra. En algunos países, hay penas de cárcel. Pero en España la falta de ley complica la situación.

Mencionaba antes un Observatorio Antártico Español ¿En qué consistirá?

Forma parte de la mejora de la comunicación. Tenemos mucha información que difundir. Llevamos 30 años recogiendo datos en la Antártida, series temporales para las que es difícil conseguir fondos porque generan impacto científico a muy largo plazo, pero que son importantes. Tenemos series de geomagnetismo, geodesia, permafrost y vulcanismo. Me gustaría que todos estos datos estuvieran en un canal, un Observatorio Antártico Español. También es importante la información de vulcanología, pues estamos en una isla antártica, Isla Decepción, donde hay un volcán con actividad. Del Comité Polar depende el ‘semáforo’ que dice cuando se puede ir o no. Ahora es un servicio que realizan los vulcanólogos que van a la Antártida con sus proyectos. Cuando barcos de otros países quieren acceder, llaman y preguntan, pero sería bueno que ese semáforo estuviera disponible como servicio oficial y que se pagara a alguien por mantenerlo. Luego está la divulgación a la sociedad, que debemos mejorarla.

¿Cómo de grande es la comunidad científica polar española?

Cada año van unos 80 científicos a la Antártida y en total seremos unos 200. No es fácil serlo porque para que se apruebe un proyecto hay que tener una buena memoria técnica, presupuesto y hasta siete documentos más, lo que es complejo para los nuevos. Pero es bueno que los haya. En el Ártico somos menos. El Hespérides no puede hacer largas distancias durante seis meses, así que no puede viajar en el verano boreal. Otro problema es que los científicos sólo pueden dirigir un proyecto financiado por el Plan Nacional y si lo tienen en la Antártida no pueden tenerlo en el Ártico, salvo que haya financiación internacional.

Apuntaba antes que hay que estar en el Ártico ¿Cómo ve la situación en esa compleja zona del planeta?

Está cambiando mucho. Ahora los caladeros de pesca están más al norte y en todo el Ártico sólo hay dos pequeños pedazos que son aguas internacionales, y que reclaman Rusia y Noruega. Si se abre con el deshielo el Paso del Nordeste, el transporte entre Asia y Europa llevará menos tiempo y combustible que ahora por el Canal de Suez y el Mediterráneo. Eso nos afecta directamente. Y Rusia ya está haciendo puertos, aunque aún el riesgo para la navegación es alto. Es preocupante. En 2016, Obama convocó una reunión mundial para un Tratado Ártico, para que fuera un lugar para la ciencia y la paz. Este verano, la comisaria de la UE Federica Mogherini reconocía que el problema del Ártico es de seguridad. Es una ‘patata caliente’, con una situación peligrosa. Por ello es importante desde la ‘diplomacia científica’ hacer lo que podamos. A veces la ciencia ayuda a relajar tensiones y abrir puertas y en el Comité Polar Español sabemos que es parte de trabajo.

¿Cómo será la próxima campaña antártica?

Está previsto realizar dos campañas oceanográficas y que vayan 20 proyectos. Esperemos que el Hespérides salga en Noviembre porque tarda un mes en llegar y, así, comenzar hacia el 8 de Diciembre hasta marzo.

Una gran aventura: “Atapuerca: 40 años inmersos en el pasado” (RBA)



ROSA M. TRISTÁN

Hay veces que la vida te pone delante oportunidades que no puedes dejar escapar. Recuerdo que iba en el coche cuando un domingo, a esa hora en la que casi todo el mundo sestea, me llamó Eudald Carbonell, uno de los tres codirectores de Atapuerca. “¿Quieres escribir un libro conmigo sobre el proyecto?”. Han pasado cuatro años desde esa llamada y el libro que ahora tengo en mis manos. Muchos días de buscar documentación, de confirmar datos, de entrevistas,  de visitas a los yacimientos para ‘empaparme’ bien de todo lo que allí se cuece, siempre de la mano de Eudald, a veces de José María Bermúdez de Castro, o de Juan Luis Arsuaga, pero también de otros muchos y muchas que están ahora aquí, en mis manos, en estas 400 páginas envueltas en el cráneo de ‘Miguelón’. A todos ellos les dedico mi parte en este trabajo “Atapuerca: 40 años inmersos en el pasado” (National Geographic, RBA).

Aquel día tuve que parar el coche. Atapuerca. Desde que conocí esa grieta en la sierra me atrapó entre sus entrañas, no sólo porque era el primer yacimiento paleontológico que visitaba sino porque las gentes que por allí pululaban, piqueta en mano, me acogieron desde el principio como alumna novata pero aplicada. Después, he visitado muchas otras excavaciones, en España, en África, en América Latina… Todas fascinantes, con historias que contar que van mucho más allá que la mera noticia. Historias de humanos de hoy y de un ayer que se remonta al origen de nuestros tiempos como especie. Quien le iba a decir al Homo antecessor que sus parientes acabarían viviendo apiñados en gigantescos y extraños montículos cuadrados que se llaman rascacielos, que se incendiarían los bosques llenos de caza por placer o, lo que es casi peor, para que unos fueran superiores a otros por sus riquezas, que sería cada día más difícil respirar el aire que da la vida, que no se podría beber el agua turbia de los ríos porque alguien la envenenó, que hablarían mis mirarse a los ojos y se reproducirían tras depositar sus ‘semillas’ en extraños objetos transparentes.

Con Eudald, Emiliano Aguirre y su mujer, en su despacho. @ROSATRISTAN

Pero también, quien le iba a decir que alguien mimaría sus huesos como un tesoro, y los estudiaría con mil y una técnicas para descubrirnos lo que comía, lo que le enfermaba, lo que hacía con sus manos, lo que sentía por los demás…

Aparqué y contesté a Eudald que sí, que contara conmigo para contar la historia de esos 40 años de trabajo, de dificultades y éxitos espectaculares. Y decidimos que él, como no podía ser menos, sería el hilo de un relato hecho en primera persona, porque sus experiencias vitales son intransferibles, como lo es su visión del proyecto.

Así, nos pusimos manos a la obra, interrumpida a veces por otros asuntos, pero nunca olvidada. Durante muchos fines de semana nos reunimos en una casa rural cercana a Burgos, familiar, acogedora (El Molino), acompañados por una chimenea y los buenos guisos de Mila y Maxi. Otras, en la sede de la Fundación Atapuerca, en Ibeas de Juarros, más formal, pero donde el equipo de allí nos apoyaba para buscar un dato, una imagen..  Luego, para ordenar ideas, también hice alguna escapada ultramar, hasta Fuerteventura, la isla de la tranquilidad, y sobre todo muchas visitas a la sierra, casi siempre en campaña estival, pero también en el frío invierno, compartiendo una carne asada en una hoguera, de forma no muy distinta a como lo harían los neandertales que la habitaron. Y así hasta ‘empaparme’ bien, del pasado y del presente.

Ahora aquí está el resultado. Y no sería lo mismo sin las ilustraciones de Mauricio Antón, sin las fotos de Javier Trueba, Jordi Mestre y muchos más, sin la cuidada edición de National Geographic (RBA) y, sobre todo, sin los fantásticos prólogos que nos han hecho Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez de Castro, codirectores del proyecto con Eudald Carbonell en esos 40 años.

El libro desde ya está a la venta ‘on line’ y en las librerías. En breve, también en versión digital para quien prefiera leerlo en ebook. Pero, la verdad, es una edición tan hermosa que merece la pena tenerlo entre las manos.

Sólo deseo, como coautora, que disfrutéis tanto leyéndolo como Eudald  y yo lo hemos hecho al escribirlo. Puedo decir que desde que colgué aquella llamada, un domingo invernal, a la hora de la siesta,hasta hoy, con “Atapuerca : 40 años inmersos en el pasado” ya en mis manos, no he dejado de aprender ni un sólo día.

UN ÁLBUM PARA EL RECUERDO

Y FIN….

Crowdfunding ‘Proyecto Djehuty’: el tesorero se queda sin dinero


ROSA M. TRISTÁN

LINK A CROWDFUNDING: EXCAVACIÓN EN EGIPTO

Djehuty, un proyecto puntero de la investigación arqueológica española en el extrajero, capitaneado por el egiptólogo José Manuel Galán, el munir, ha lanzado un “crowdfunding” (una iniciativa de captación de fondos colectiva) para poder sacar adelante las excavaciones que cada año realiza en Luxor (Egipto) desde 2001. El equipo ha recurrido a este sistema ante la falta de suficientes recursos económicos públicos (no hay más que ver los presupuestos del Gobierno para la ciencia) y también de empresas ‘mecenas’. En concreto, el proyecto Djehuty necesita 20.000 euros para continuar rescatando el pasado de la colina de Dra Abu el-Naga, que se eleva justo en frente del templo de Amón-Ra en Karnak, el santuario más importante de la civilización faraónica  en Tebas. Djehuty, el tesorero de Hatshepsut, se ha quedado sin dinero (por cierto, un título que me han ‘cedido’ para este artículo).

Con José Manuel Galán, a la entrada de la excavación.

El proyecto, que se dirige desde el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y es tutelado por el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, es sin duda uno de los más emblemáticos en España. Sus impresionantes resultados en forma de piezas únicas figuran ya en varias vitrinas del Museo de Luxor, donde las misiones arqueológicas de medio mundo se pelean por estar. A lo largo de los años, bajo esa colina junto al Nilo, el equipo (en la foto superior) ha sacado a la luz hallazgos tan relevantes como el primer jardín funerario conocido, tumbas de príncipes y ministros de hace 3.500 años, cientos de momias de animales y también unas cuantas de humanos, ataúdes con flechas y arcos… Y, por supuesto, la espectacular tumba de Djehuty, el tesorero de la reina Hatshepsut, que era su primer objetivo cuando hace ya 17 años se encontraron en mitad de un espectacular cementerio lleno de tesoros. También la de Hery, otro noble de la época.

Hace ya algún tiempo que tuve la suerte de visitar ese lugar. Una foto con Galán de aquel viaje encabeza este blog desde que fue creado. Desde entonces, cuando veo las fotos de cada campaña, compruebo lo mucho que ha cambiado su aspecto, fruto de un esfuerzo que ha seguido adelante pese a las dificultades para la ciencia española en el último decenio. Aquel 2012, las excavaciones las patrocinaba Unión Fenosa Gas (UFG), que lo hizo hasta 2016. La empresa dejó de interesarse por el negocio del gas en Egipto. Este año, tras la salida de UFG, Galán consiguió ayuda de Técnicas Reunidas (empresa especializada en infraestructuras para petróleo y gas y también con presencia en Egipto) y de Indra. Con ellas, financió las excavaciones, justo en las que se descubrió el jardín milenario, pero el acuerdo era por una temporada  y proyectos como Djehuty no tienen fecha a corto plazo. Cuanto más excavan, más encuentran.

Lo cierto es que el patrocinio empresarial que lograron daba para pagar la campaña de excavación, en la que tienen que contratar cada año a un centenar de trabajadores de la zona, pero no bastaba para mantener a un equipo de investigadores activo, algo necesario, como recogí en 2014 en un artículo titulado “Apadrina un egiptólogo”.  Ya entonces mucha gente valiosa había tenido que dejar el proyecto, y en algunos casos la ciencia, por falta de recursos para pagarles.

Para 2018, tras mucho buscar y poco encontrar (Indra acaba de comprometerse por otra temporada, pero no basta), Galán finalmente se ha decidido por pedir a la sociedad el apoyo que no consigue de las instituciones, porque no se rinde y porque está dispuesto a regresar en enero y febrero de este año a Dra Abu El Naga para acabar el trabajo, para seguir encontrando piezas maravillosas y para que un día las tumbas de esa colina, que restauran con esmero un buen puñado de investigadores, sea visitada por millones de turistas. “Tenemos algo de ayuda del Plan Nacional y del Ministerio de Cultura, pero nos encontramos problemas porque hay muchos gastos que no podemos justificar y existen, como el pago a los egipcios, y también porque esos fondos exigen co-financiación de los contratos con la institución, y el CSIC no tiene dinero. Algunos investigadores se han quedado sin contrato por esa razón”.

Su idea es conseguir fondos por ‘suscripción popular’ que luego la Asociación Djehuty done al CSIC, una fórmula que permite sacar adelante el proyecto a falta de que el CSIC logre atraer empresas para el mismo. “Lo bueno es que socializas Djehuty, que abres la puerta a que la gente se sienta partícipe. No somos los primeros en hacer un crownfunding científico, aunque no conozco otro en Arqueología en el CSIC”.

Si se piensa, parece increíble lo poco que necesita: ¡20.000 euros! Como comprarse un coche nuevo, y no de alta gama. Comparado con lo que cuesta patrocinar cualquier evento deportivo  o una gala de famoseo o un programa de televisión  basura, sinceramente parece una nimiedad, pero es la diferencia entre que España siga con un proyecto arqueológico puntero en Egipto o acabe en otras manos.

Lo gastarán, dicen, en cosas tan imprescindibles como:

  • Sueldo de los más de 100 trabajadores egipcios implicados en la campaña.
  • Alojamiento y manutención del equipo técnico. Como todos los años, en el pequeño hotel rural Marsam, justo detrás de los colosos de Memnón, a 3 Km del yacimiento  (corroboro que nada lujoso, pero acogerdor).
  • Material arqueológico y de restauración comprado en el mercado de Luxor, que así es más barato.

Y su plan de trabajo es intenso para los dos meses (enero y febrero de 2018) que tienen previsto ir:

  • Excavación y estudio exhaustivo del jardín funerario encontrado este año y sus alrededores.
  • Excavación de la gran tumba del año 2000 a. C. asociada al jardín
  • Excavación de las cámaras donde se depositaron centenares de momias de animales en el siglo II a. C., además de radiografiar una selección de ellas y estudiarlas en detalle.
  • Radiografiar y estudiar las momias humanas halladas en campañas anteriores.
  • Trabajos de conservación de los objetos hallados.
  • Restauración de las tumbas de Djehuty y Hery y su acondicionamiento para ser abiertas al público.

Si sacan más, hay toda una lista de asuntos en los que gastarlo, sobre todo en contratos. A cambio de las aportaciones, ofrecen diferentes materiales del proyecto: libros, documentales, cuadernos, calendarios.. Pero es lo de menos. Lo de más es que, ante la falta de interés en proyectos que sitúan a la ciencia española en el mundo, la sociedad, al menos una parte, tenga que colaborar para que el trabajo de tantos años no quede en la estacada por unos presupuestos para la ciencia tan pobres que ni siquiera le llegan enteros.

“En 2018, además queremos doblar en el equipo para estudiar y reconstruir el medio ambiente de la antigua Tebas, con el estudio del jardín. No se ha hecho antes nada así. Hemos pedido a Europa un proyecto que se llama EDEN para ello, pero tardará en decidirse y el jardín puede deteriorarse. Hay que estudiarlo ya. Y tenemos semillas, polén, momias de aves, de serpientes, musarañas. Tengo una reponsabilidad con el equipo y hay que hacerlo bien”, me asegura Galán.

Resulta una irónica coincidencia que el mismo día que se inaugura una gran exposición en el Museo Arqueológico Nacional, titulada “El Poder del  Pasado”, sobre los 150 años de historia de la Arqueología en ese país, un proyecto de este calibre no logre el apoyo de los grandes para seguir adelante. Esperemos que si lo tenga de quienes lean esto. Su nombre figurará para siempre entre los mecenas de la Egiptología, al más puro estilo de Lord Carnavon, que pagó a Howard Carter las excavaciones en las que se encontró la tumba intacta de  Tutankamón. Quién sabe lo que nos puede deparar esa reseca y agujereada colina de Luxor…

LINK A CROWDFUNDING: EXCAVACIÓN EN EGIPTO

 

La ciencia, hermana pobre: no llega ni ‘su’ dinero


ROSA M. TRISTÁN

En la COSCE (Confederación de Sociedades Científicas de España), que representa a unos 80.000 investigadores de todo el país, no acaban de ver por ningún lado la cacareada recuperación económica en España (aunque estos días anda en caída libre), al menos en lo que se refiere a la ciencia. Es más, la ven en unos números rojos cada vez más altos, creciendo al mismo ritmo que las grúas-torre en las costas. Esos números rojos son los 20.000 millones de euros que tiene de déficit el sistema científico español. Pero es que, además, constatan un desinterés profundo de los políticos respecto a la realidad que se vive en los laboratorios. “Antes nos veíamos con algunos políticos cuando se planteaba la negociación de los presupuestos, aunque no nos hacían mucho caso. Ahora ni eso”, reconocen.

LINK a “Informe COSCE PGE 2017”

(sigue)

La lista de agravios contra la investigación y el desarrollo de los gobernantes tiene tantos puntos negros que la presentación de su último informe sobre los Presupuestos Generales del Estado 2017 es como un pozo sin fondo. Entre todos los datos, llama la atención que un seis de cada 10 euros públicos (el 61,7%) destinados a la ciencia no se hayan gastado en 2016. Pareciera que los científicos no necesitan dinero. Sin embargo, resulta que un año más (porque esto viene de lejos) la mayoría de los fondos presupuestados eran créditos (en concreto, el 60%) y el minoritario resto son las subvenciones (2.612,11 M€), que son las que realmente utilizan los investigadores. Ahora bien, también sorprende mucho que un 18% de esas subvenciones se quedara en las arcas del Estado (230 millones), cuando tan bien habrían venido a los investigadores. ¿Cómo es posible? Pues porque el año presupuestario 2016  lo cerró el ministro Montoro en  julio, dejando a muchos científicos en la estacada.

El informe también entra en el asunto de si las cifras confirman que la “ciencia es una prioridad” . Si partimos de que el dinero total disponible es de 6.513,7 millones y de que sólo ha habido para este año 84,18 más que el anterior (un 1,3%) es fácil de entender su desesperación. Ese aumento es menos que la inflación prevista (1,9%), por lo que en realidad no es un aumento sino una disminución. “Es otro año perdido”, señalaba José de Nó, tras mostrar una sucesión de gráficos en las que se veían en caída los recursos públicos.

Pero no sólo los proyectos tienen menos, sino que los organismos públicos de investigación (OPIS) también han sufrido recortes. El que más el INIA, de un 32%, pero también el Instituto Español de Oceanografía (un 7%), el IGME (un 4,1%), el Ciemat (un 2,7%)… y otros muchos aparentemente se han quedado como estaban en 2016, lo que quiere decir que también pierden. Crecer en fondo, no crecen en ninguno. Sin ir más lejos, el CSIC, que representa casi la mitad de todos, vió desaparecer este año casi 6 millones de euros (un 0,95%) de su ya escuálida cuenta presupuestaria.

Más allá  de las funestas cifras, COSCE no oculta el desencanto con la ansiada Agencia Estatal de Investigación, que iba a librar a la ciencia de una burocracia con la que casa tan mal la ciencia y la innovación. De momento, parece que no es ese su objetivo. Las sociedades científicas denuncian que el organismo, cuya función es gestionar los fondos y paliar los trámites administrativos al sistema, se ha quedado en  “una sección más de la Administración, con las mismas limitaciones que otros órganos administrativos”. Total, la ciencia sigue como estaba. “El problema es que ni siquiera se detalla cuánto del presupuesto va a gestión de esa agencia y cuánto es para proyectos. Y seguimos sometiendo a la investigación a plazos que van de año en año, sin contar con que hay proyectos financiados a varios años. Si la agencia no sirve y sigue el descontrol, entonces mal vamos”, reconocía otro de los autores del informe en su presentación, José Molero.

La preocupación se extiende al ámbito de la formación de investigadores. “Realmente, no hay forma de saber el presupuesto que se destina a este asunto. En cuanto a la formación de profesorado universitario (FPU) si vemos una caída del 2,2% , que aún es más grave si echamos la vista atrás y vemos de donde venimos”, señalaban los representantes de COSCE tras poner otro gráfico. En él se veía como la formación  de investigadores dispone hoy de  23,46 M€ menos que en 2011. “Tendríamos que recordar que es ahí donde está el futuro del país si queremos ser competitivos. Y también poner mecanismos para atraer a científicos que están fuera y “para contratar a investigadores punteros, pero no es así”, reconocía Molero. “Para solucionar este panorama sería necesario que los presupuestos crecieran al año un 5%, que no es tanto si pensamos que la media del PIB destinado en la OCDE es del 3%”, concluía.

Entre las soluciones, desde COSCE siguen apostando por un pacto por la ciencia, como aquel que se quiso firmar en 2013 y al que no se apuntó el PP, para que se saque a la ciencia del enfrentamiento político. Pero para ello hay que tener políticos que sepan algo de ciencia y de la gestión que lleva detrás, y eso de momento si que es ‘ciencia-ficción’ a tenor de los resultados. Por ello, otra propuesta es que en el Parlamento y en el Gobierno haya asesores científicos, al estilo del que tuvo Barak Obama (seguramente despedido por Trump) y del que tienen otros muchos dirigentes europeos. “España no asiste a foros internacionales porque no tiene esa figura que sería muy necesaria. Nosotros no queremos que los partidos pongan ideología y utilicen la ciencia para enfrentarse, como ocurre a veces, sino de que dispongan soluciones para que ésta avance en nuestro país”, apuntan.

De momento, todo indica que no les tienen en cuenta ni para aquello que les afecta.

 

 

 

 

 

La ‘diplomacia científica’, a debate en España


  • Los científicos en el extranjero, a favor de colaborar con las embajadas en política científica pero piden a la instituciones que se respete  su independencia
  • La mayoría se ‘desmarca’ de la Marca España, dado que consideran que hacen ciencia donde están trabajando, que es fuera de España.

Representantes de las asociaciones y de las instituciones en el encuentro en Madrid.

ROSA M. TRISTÁN

Los representantes de 12 asociaciones de científicos españoles en el extranjero, desde Japón a Australia, pasando por Estados Unidos o China, por mencionar algunas de ellas, han solicitado una mayor sensibilidad en la comunicación pública por parte de las instituciones del Gobierno y “que se respete en todo momento la naturaleza independiente de las asociaciones”, tras un encuentro mantenido en Madrid, en la sede de la Fundación Ramón Areces. A las jornadas, acudieron también consejeros culturales y científicos de las embajadas, la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), la secretaria de Estado de I+D+i y el marqués Carlos Espinosa de los Montero, a la sazón Alto Comisariado del Gobierno de la Marca España.

El encuentro, el tercero que se celebra, ha tenido lugar unos meses después de la publicación de un artículo por miembros de FECYT que no sentó nada bien en buena parte de un colectivo en el que siete de cada 10 querrían volver a España si tuvieran aquí algún futuro y  en el que la mayoría asegura que la ciencia que hacen no es española, sino del país que se la paga. Así, en su comunicado final huyen del slogan ‘Marca España’, desmarcándose así de un mensaje que estuvo ‘flotando’ en los discursos de las instituciones.

Carmen Vela, secretaria de Estado de I+D+i en la Fundación Ramón Areces. @RosaTristan

Y es que la cuestión a dilucidar es quiénes son los diplomáticos científicos: ¿los investigadores que han dejado España, muchos por falta de oportunidades, o personal especializado en el cuerpo diplomático para atender sus necesidades en el extranjero? Del encuentro, quedó claro que para las asociaciones, que representan a unos 3.500 científicos, “los científicos e investigadores no se identifican como diplomáticos”. Eso no quita que por su trabajo no creen lazos entre países y sean un elemento más de la llamada ‘diplomacia científica’, concepto que viene del mundo anglosajón, donde hay auténticos ‘lobbies’ científico en el cuerpo diplomático. En el caso de España, las asociaciones considera fundamental “la necesidad de mayor transparencia y mejor flujo en la comunicación· con las instituciones” que la que ha habido hasta ahora y saben que tienen mucho que aportar, evidentemente si se les hace caso. De ahí a ser ‘embajadores’ de la ciencia española va un mundo para la mayoría.

Vela, en su intervención señaló la necesidad de aumentar las inversiones en ciencia, y señaló:”Queremos favorecer la movilidad del talento, estar cerca de nuestros investigadores que están fuera de nuestras fronteras y aprender de ellos, que es mucho lo que saben”, un guiño a las asociaciones que si recogieron ese último guante: “Somos elementos esenciales en diplomacia científica”, señalan, pero una diplomacia que en su opinión, debe ser siempre “abierta, multidireccional y basada en el respeto y la transparencia”.

Algunos aún recuerdan cuando se dijo que eran una ‘leyenda urbana’. Aquella frase dió lugar a una campaña que visibilizó a miles de investigadores fuera de las fronteras (sólo en el CERN trabajan entre 300 y 400).

En el evento, Espinosa de los Monteros, de ‘Marca España’, se centró en destacar  lo importante que es tener buena imagen y destacó que España es líder en I+D en energías renovables o ciencia aeroespacial, si bien ambos son sectores muy dañados por los recortes presupuestarios del Gobierno. Sin olvidar que el PP fue el único partido que no firmó la propuesta de un Pacto por la Ciencia, donde se abordaba la sostenibilidad del sistema científico.

Pablo Lanillos, portavoz de CERFA.

Para las asociaciones, el encuentro sirvió fundamentalmente para fortalecer el diálogo entre científicos e instituciones públicas o privadas “para que una diplomacia científica robusta revierta en una mejora de las condiciones para los científicos en España y en el exterior, así como para la competitividad de España en I+D.10 de septiembre de 2017”, como señalan en el comunicado consensuado, y también  para consolidar una “Red de Científicos Españoles en el Exterior” como organismo interlocutor . Esta red tiene como objetivos mejorar las condiciones de los investigadores españoles dentro y fuera e impulsar investigación de calidad en este país y potenciar las colaboraciones internacionales. “CERFA (en Alemania) acudimos porque queríamos dialogar, dejar claro que no queremos que nos utilicen pero que podemos colaborar porque nosotros surgimos, fundamentalmente, para dar apoyo a los científicos en el extranjero y mejorar sus condiciones”, apunta Pablo Lanillos, portavoz de esta  asociación.

Entre las posibilidades que pueden aportar señala las siguientes: “Partiendo de que hay quienes no quieren volver, pero otros sí, ahora como Red tendremos una voz para asesorar a las instituciones en ese sentido, dado que conocemos los modelos de investigación en otros países.  Y no queremos ser diplomáticos, sino participar de ello. Un paso importante sería tener una persona en todas las embajadas, un coordinador científico, que fuera nuestro interlocutor. De momento sólo hay en tres (Alemania, Gran Bretaña y EEUU), ahora en dos a la espera de una reposición en EEUU. Fuera hay un descontento generalizado sobre la política científica española, porque  no puede tener buena imagen si no hay financiación. Pero podemos aportar para la construcción científica en este país, en soluciones para el retorno. Para ello hubiera sido importante que estuvieran también las organizaciones que hay en España”, señala el miembro de CERFA.

Desde ECUSA (Estados Unidos) también defienden la figura de los coordinadores científicos en las embajadas: “Esto nos ha permitido establecer colaboraciones para la organización de eventos como los encuentros bi-anuales de científicos españoles en EEUU o sesiones de información sobre centros de investigación en España para aquellos interesados en volver”, señala su presidencia a preguntas de este medio.

Como otras asociaciones, defiende su independencia “política e ideológica”  y apuesta porque se cuente con los científicos, de dentro y de fuera, como asesores para mejorar el sistema científico, a la hora de elaborar documentos que tengan un impacto en la carrera investigadora.

Estrella Luna, presidenta de CERU (Reino Unido) también cree que pueden aportar “las experiencias adquiridas en los países de destino”. “Por ejemplo, nosotros desde el Reino Unido podemos aconsejar en la elaboración de una carrera investigadora bien definida y con ‘puntos de escape’ del sistema académico exclusivo, políticas de género y conciliación, organización de las instituciones científicas, de la financiación, etcétera.

Hay muchos matices y experiencias, pero en general los científicos españoles en el Reino Unido estamos financiados por fondos no españoles, por lo tanto, una mayoría no se siente identificado con el concepto de ‘Marca España”, concluye Luna.

Desde ECUSA, precisan que esa experiencia, que puede aumentar la competitividad de España, podrían centrarse en la introducción de protocolos para la transferencia tecnológica y de conocimiento y el desarrollo de colaboraciones a nivel internacional. Y añaden que en Estados Unidos ya han desarrollado dos programas de mentorazgo (formación) que trasladan las lecciones aprendidas en el extranjero a personas que están en España y que ayudan al intercambio bi-direccional de estos científicos”.

El mensaje final parece claro: colaboremos, pero no nos utilicen.

El ojo electrónico que `ve´ un garbanzo en la Luna


España ‘estrenó’ en junio uno de los microscopios más potente del mundo

José A. Calvet en el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Ver un garbanzo en la Luna y, además, determinar de qué está compuesto. Esta es la resolución que puede llegar a alcanzar el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, el gigante que desde junio pasado está en acción en Madrid y que es uno de los tres que existen en el mundo. Su puesta en marcha ha abierto a los investigadores un sinfín de posibilidades para los estudios de materiales. Es capaz de “ver”, con una resolución de 0,5 Angström (A) -la diez mil millonésima parte de un metro-, lo que ocultan sus átomos.

Con esa facultad de hacer visible lo que no lo era hasta hace poco, no sólo es posible mejorar cualquiera de los materiales sólidos existentes, sino también crear otros que incluso permitan levitar a objetos tan grandes como un tren, mejorar las baterías de los móviles que llevamos en el bolsillo o descubrir con qué arcilla exactamente pintó Diego de Velázquez sus cuadros, de forma que puedan restaurarse con el mismo tinte que utilizó su autor hace más de cuatro siglos.

El JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es de tecnología japonesa, pero con una configuración diseñada en España. Todavía hoy los técnicos del país nipón visitan este país de vez en cuando para realizar unos últimos ajustes que mejoren sus capacidades, si bien lleva ya unos meses disponible para su uso científico. Sólo tres personas en su sede, el Centro Nacional de Microscopía Electromagnética (CNME), en el campus de la Universidad Complutense de Madrid, conocen perfectamente su complejo funcionamiento y aunque la demanda de su servicio va aumentando lentamente, aún es un gran desconocido para muchos de sus potenciales clientes, públicos y privados.

Este instrumento, que mide las distancias entre los átomos, es tan sensible a cualquier mínimo cambio ambiental que se encuentra dentro de una especie de ‘jaula’ para impedir que le afecten las inapreciables vibraciones del Metro, una de cuyas líneas pasa justamente por debajo del centro; también se mantiene su temperatura estable gracias a unos equipos acondicionadores especiales en sus paredes y en la puerta, justo antes de entrar en la sala, hay que pasar por unas alfombrillas atrapan las motas de polvo de las suelas de los zapatos. Nada puede interferir en la tarea de una herramienta que costó, en total, nueve millones de euros y que se encuentra en el exclusivo grupo de las 29  Instalaciones Científico-Tecnológicas Singulares (ICTS) de España.

El desarrollo de la tecnología del JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, a principios de este siglo, supuso un salto fundamental en la microscopía electrónica mundial, que se encontraba estancada desde hacía más de una década. Aún hoy, tan sólo hay otra herramienta como ésta en marcha en el mundo, en concreto, en Dresde (Alemania), y otros dos se encuentran en instalación, en Tokio (Japón) y Berkeley (Estados Unidos). Otra empresa alemana, Thermo, también ha puesto en el mercado equipos similares, si bien no alcanzan la precisión de un JEOL.

“Si Ramón y Cajal levantara la cabeza, no creería lo que somos capaces de ver con este microscopio, pese a que el fondo el mecanismo se basa en el mismo principio que el suyo: un haz de electrones que pasa por un objetivo”, explica el físico José Antonio Calbet, director y artífice de esta instalación en la UCM. “Si nuestro Nobel veía neuronas, aquí somos capaces de observar átomos y también la distancia que les separa. Es el equivalente a que una persona se pusiera a 10 kilómetros de nosotros con una cerilla en cada mano en mitad del desierto y distinguiéramos las dos pequeñas llamas. Antes de este JEOL sólo se vería una luz. Esta resolución no se ha podido alcanzar hasta que no se han corregido las distorsiones de las lentes electromagnéticas, ahora incluso podemos diferenciar los elementos más ligeros y pequeños de la tabla periódica”, explica Calbet. “ Es un cambio fundamental porque si queremos ver las propiedades de un material determinado hay que saber cómo están colocados sus átomos, y no sólo verlos”, argumenta el director del CNME.

Efectivamente, los investigadores que acuden al CNME ya pueden observar cada uno de los átomos de sus muestras, saber a qué elemento de la tabla periódica corresponden y observar los defectos que hay en sus cadenas. En definitiva, conocer para poder transformar, mejorar o crear. “Si comprendes un defecto o propiedad en la materia puedes averiguar si es perjudicial o justamente lo que le otorga una característica determinada para un fin. ¿Y cómo lo vemos? En realidad, el microscopio electrónico nos mide los electrones que rebotan en la materia, la energía que sale despedida de los átomos. Es una cantidad que varía según el elemento de que se trate. A menos longitud de onda de los electrones, más resolución se obtiene”, apunta el experto.

Hoy no hay otra tecnología que alcance este nivel de precisión, ni siquiera los rayos X: “Los rayos X también permiten ver distancias entre átomos, pero necesitan que el sólido a observar tenga sus átomos ordenados por debajo de los 70 Angström de resolución, porque en otro caso no los distingue. Sin embargo, este microscopio si los ve y podemos obtener información a nivel muy local, además de la información de su estructura en un plano medio”, señala Calbet.

La historia de este centro ICTS está muy ligada a su persona. Hasta que se propuso la apertura del CNME, en 1988, en España casi todos los microscopios electrónicos de gran potencia estaban instalados en los hospitales y se dedicaban a la Medicina. Tan sólo había alguno con el que trabajar con materiales inorgánicos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ese año, junto a un grupo de profesores de la Facultad de Física, Calbet propuso a la Complutense tener sus propios microscopios para el estudio de materia no orgánica. “Primero compramos un microscopio de 400.000 voltios, con una resolución de 1, 7 Angströms, que era lo máximo que existía entonces y que en la potencia que se quedó estancada la tecnología durante más de una década”, recuerda.

Cabe recordar que los microscopios electrónicos se conocen desde los años 30 del siglo XX. Fue el checo Ernest Ruska el primero en desarrollar lentes electrónicas, por lo que acabó recibiendo el Premio Nobel en Física en 1986. Durante décadas, estos instrumentos fueron haciéndose más precisos por el expeditivo método de aumentar su voltaje (a más voltios, más electrones y menos longitud de onda entre ellos, por lo tanto más calidad de imagen), hasta que llegó un momento en el que ya no se mejoraba la resolución, debido a las distorsiones de la propia lente.

Tras un periodo de estancamiento, a principios del siglo XXI la tecnología comenzó de nuevo a avanzar, con el desarrollo en Japón y Alemania de correctores capaces de subsanar esas anomalías. Se descubrió que al colocar unos imanes a ambos lados de las lentes, se generan campos magnéticos que eliminan las distorsiones. Gracias a ellos, hoy es posible ver las mencionadas resoluciones de 0,5 Angström donde antes se llegaba a 1,7. Es decir, ya es posible ver desde la Tierra el equivalente a un garbanzo sobre la superficie de la Luna. Y, además, con tal precisión que se observan las columnas de átomos, ya sean grandes o pequeños, en su lugar exacto.

Por todo ello, cuando en el año 2005, la Fundación de Ciencia y Tecnología (FECYT) preguntó a los científicos españoles cuáles eran sus necesidades tecnológicas, aprovechando los fondos FEDER disponibles, Colbet no tuvo dudas: quería uno de esos nuevos microscópicos electrónicos de sorprendente resolución atómica que se estaban desarrollando y situaría al CNME en un centro puntero en el mundo. Hay que señalar que, en principio, la condición para acceder a los nueve millones de euros de inversión que suponía la instalación, pasaba por una cofinanciación entre el Gobierno y la Comunidad Autónoma de Madrid, algo a lo que ambos se comprometieron, si bien ésta última se ha terminado desmarcando. “Lo propuse porque era consciente de que sería un avance muy importante para los científicos en este país. Los problemas con la cofinanciación lo retrasaron, pero finalmente, sin apoyo de la Comunidad, se hizo la petición en 2012 y en abril de 2016 se hizo realidad”, recuerda el director del CNME.

Un paso importante fue decidir qué modelo comprar: el de los japoneses de JEOL o el de la empresa Thermo (antigua Philips), del entorno europeo-americano. “En realidad, había una carrera entre ambas empresas por lograr la ultra-alta resolución antes que la competencia y llegar a estos 0,5 Angström, pero el primer microscopio comercial que los garantiza es el que tenemos aquí, el japonés JEOL, que es el que ex cogimos. Es más, incluso hemos llegado a alcanzar resoluciones de 0,45”, señala Calbet mientras muestra en la pantallas del ordenadores algunas de las sorprendentes imágenes capturadas por el “gran ojo”. En concreto, un ‘nanohilo’ con átomos de lantero, estroncio y maganeso enviado desde París para que analicen sus propiedades de cara a su utilización en cabezales de discos duros de ordenadores.

Paralelamente a la petición del CNME, en Aragón otro grupo de científicos conseguía fondos suficientes de su comunidad autónoma para montar el otro gran microscopio electrónico de España, el Laboratorio de Microscopías Avanzadas, en Zaragoza, también otra de las escogidas ICTS. En su caso lo adquirieron en la empresa europea Thermo y está más centrados en investigaciones de electromagnetismo, por lo que Calbet asegura que su trabajo es complementario al de CNME. Asimismo, hay algunos microscopios electrónicos más en el País Vasco de gran potencia, pero no alcanzan la del JEOL japonés.

En realidad, al visitar la instalación de Madrid se comprueba que el JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es tan sólo la mejor pieza de un complejo compuesto por dos piezas, que son dos microscopios con correctores de aberraciones. Si el JEOL corrige las anomalías de la lente del objetivo (que es la que toma la imagen), el que hay en la sala vecina -el JEM ARM200c- tiene instalado otro corrector para su lente condensadora de la luz. Juntos hacen un tándem hoy difícil de superar: “Si el JEOL es un microscopio que nos permite obtener la información cristalográfica con resolución atómica, el JEM nos da la información de sus composición con resolución atómica porque es de barrido. Podríamos haber puesto los dos correctores en un solo microscopio, pero entonces no pueden funcionar los dos a la vez, así que pensamos en este diseño con un corrector en cada uno”, precisa Almudena Torres, técnica especialista en su manejo.

En la actualidad, en el centro trabajan 10 personas, como ella, casi todos técnicos de alto nivel, si bien según su responsable deberían ser más para sacar el máximo provecho a la instalación. “El problema es que ahora no tenemos mecanismos de contratación de investigadores. Al estar en la universidad, la opción son oposiciones a profesores o contratos de técnicos de nivel básico, así que sólo tres personas tienen capacidad para manejarlo, pero sacamos un gran provecho”.

Ya antes de contar con estas nuevas herramientas, el CNME tenía una media anual de 850 grupos de investigación que requerían sus servicios, unas cifras que, previsiblemente, irán en aumento. “Es el segundo equipo montado en el mundo. Aunque lleva poco tiempo en España, apenas unos meses, ya han recibido peticiones de Francia, Holanda, Suecia y otros países, casi siempre a distancia. Nos envían sus muestras y les enviamos los resultados. Esta instalación abre infinitas posibilidades”, concluye Calbet.

 

CSI LAS VEGAS, BAJO LA LUPA ELECTRÓNICA

 

Entre las peticiones que llega al Centro Nacional de Microscopía Electrónica, hay algunas tan curiosas que los investigadores se sienten como si estuvieran en la sede de CSI Las Vegas. Han recibido muestras de la Policía y la Guardia Civil, interesada en que analicen suelos relacionados con delitos, del Museo del Prado, para que averigüen el origen de las arcillas de cuadros de Velázquez, y poder restaurarlos con el material más parecido al original; de componentes óxidos de los que se utilizan en los cabezales de los ordenadores, relacionadas con la catálisis de los motores diésel para rebajar sus emisiones contaminantes; de diminutos insectos amazónicos, en los que la diferencia entre una especie u otra es imposible de observar a simple vista porque depende de los pelos de una pata; de fósiles… Un sin fin de opciones que mantienen activos sus 11 microscopios actuales.

Ahora, el futuro pasa por poder bajar el voltaje para poder manejar material orgánicos sin que se deteriore y mayor rapidez de espectroscopia. “Se están diseñando microscopios a 15 megavoltios de gran precisión para que se pueda manejar material orgánico. Esa va a ser la siguiente revolución en este campo”, asegura Torres.

 

Reportaje publicado en ‘Estratos’ 117 

Becas National Geographic, ayuda a la ciencia sin burocracia


ROSA M. TRISTÁN

Hace unos días visitaba España David Schacht, vicepresidente de la National Geographic Society y quien desarrolla las estrategias de futuro de una institución que tiene ya 129 años de historia y que está relacionada con todo aquello que tiene que ver con la exploración y la ciencia en el amplio sentido de la palabra. En ese tiempo, nos contó Schacht a un grupo de periodistas, National Geographic ha otorgado 12.500 becas para diferentes investigaciones. “La premisa para conseguirlas es que nos presentes ideas transformadoras y audaces, que sirvan para un mejor entendimiento del mundo y que supongan avances hacia los desafíos que tenemos para conseguir un planeta más sostenible”, explicaba.

Todo aquello que tenga que ver con el cambio del planeta, el viaje humano y la vida salvaje es susceptible de conseguir unos fondos que están disponibles a lo largo de todo el año (cuatro veces al año un tribunal revisa los proyectos recibidos y se seleccionan) y, de hecho, en España 122 proyectos los han conseguido a lo largo de la historia, 13 de ellos en los últimos cinco años (por valor de 1,7 millone de euros).

Schacht también nos contó que hay ayudas de tres tipos (para estudiantes, las llamadas ‘standard’ de unos 30.000 dólares al año, y las de ‘repuesta rápida’ , de unos 15.000 dólares, destinadas a catástrofes naturales. Eso si, si National Geographic puede pedir que los exploradore y científicos se conviertan a cambio en reporteros y fotógrafos para que sus trabajos lleguen al público a través de su revista, que tiene 750 millones de seguidores en 130 países. De hecho, me encuentro entre ellos, y es la única publicación, junto con Quercus, que he guardado durante años acumulando polvo en las estanterías.

Pero lo que más me llamó la atención son las diferencias entre la forma de conseguir una ayuda para la investigación en Estados Unidos y en España. Para explicarlo, reunieron a cuatro españoles que han conseguido una de estas ‘golosas’ becas.

Una de ellas es la geóloga Soledad Domingo, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), a la que conocí hace algún tiempo, cuando visité el yacimiento de Cerro Batallones, en Torrejón de Velasco (Madrid), un lugar que fue África en Madrid, como podéis leer en ese reportaje. “Conseguí la beca en 2016 para estudiar cómo se había formado este yacimiento. Lo mejor de todo fue que pude ir adaptando aquello para lo que había pedido el dinero a medida que surgían nuevos hallazgos y necesidades. Eso es algo que en España es imposible. Ellos, sin embargo, adaptaban la burocracia a la ciencia, y no al contrario”, comentaba Domingo.

Yacimiento Cerro Batallones. @RosaTristán

Curiosamente, otra de las becadas fue su hermana Laura Domingo, también geóloga del CSIC, en su caso para el estudo de un yacimiento argentino de hace entre 18.000 y 10.000 años. “Es un lugar con un gran registro fósil y se trataba de entender cómo fue la invasión de especies de Norteamérica a Suramérica, incluida la especie humana.

También el biólogo David Velázquez, de la Universidad Autónoma de Madrid, consiguió ser seleccionado con un proyecto polar que dirige Antonio Quesada: el estudio de las comunidades microbianas en las zonas polares, tanto el Ártico como la Antártida. Gracias al dinero de National Geographic, en 2012 pudo viajar a Resolute Bay y otros puntos del Ártico en un helicóptero, único modo de transporte posible para su trabajo. “Ahora estamos pensando presentar un nuevo proyecto para desarrollarlo en una expedición a la Antártida en 2018 con el Trineo de Viento que ha diseñado el explorador Ramón Larramendi. De hecho, ya colaboramos en la expedición Río de Hielo Groenlandia 2017 y queremos seguir adelante”.

El cuarto proyecto español seleccionado, entre el 10% de los más de 5.000 que se presentan al año, del que nos hablaron fue el de la ingeniera de Montes Reyes Alejano, que es capaz extraer información de la madera de gran utilidad para la historia. En este caso, su proyecto consistía en averiguar lo acontecido en la ribera del Guadalquivir estudiando la madera utilizada en edificios antiguos, dado que nos hemos cargado buena parte de los bosques antiguos. Alejano descubrió, por ejemplo, que había inmuebles en Sevilla construidos con madera del Báltico, lo que da idea de las rutas comerciales en la zona.

Después de este encuentro, me puse a pensar a qué institución nacional puede acudir un científico español para pedir este tipo de ayuda o beca, en competencia con otros colegas y en una cantidad suficiente para llevarla a cabo, y a la vez que la sociedad se entere de ello. Y, la verdad, es que no se me ocurre ninguna. Aquí los proyectos científicos innovadores, rompedores o de exploración lo tienen crudo. Pueden intentar conseguir patrocinios de empresas (y en ello están muchos científicos del CSIC), que  los apoyarán si tienes intereses especiales en el sector o en el país concreto donde se desarrollen -hay que quedar bien con el país anfitrión, que la ciencia ya es otro asunto-, pero la verdad es que, como no se trata de  fútbol, motos, coches o tenis, lo tienen ‘crudo’; pueden intentar conseguir alguna de las escasas ayudas públicas, y si son demasiado innovadores y no tienen una institución detrás, también lo tienen ‘crudo’; y pueden buscar fondos en el extranjero, con el riesgo de que proyecto y emprendedor, explorador o científico se vayan detrás del dinero que le permitirá seguir trabajando.

Es lo que hay.

José Latova: el investigador de la luz en el Arqueológico


ROSA M. TRISTÁN

Si por algo me resisto a dejar mi profesión, pese a tantas trabas como hay en el camino, es porque me permite conocer a personas de la talla de José Latova, más que un fotógrafo, un investigador de la imagen, un científico de la luz. Hace cinco años que nos encontramos en Luxor (Egipto), en las excavaciones del Proyecto Djehuty en las que trabaja desde hace años con el egiptólogo José Manuel Galán. Estábamos muy lejos de nuestro entorno habitual en Madrid, donde acaba de inaugurar una exposición de su obra en el Museo Arqueológico Nacional con más de 100 fotografías, audiovisuales y hasta un interactivo que permite pasearse 360º por algunas piezas especiales. Hasta mediados de agosto hay ocasión de verla, y disfrutarla.

Javier Trueba, José Latova, José Manuel Galán, Asunción Rivera, Pía Frade, David García, Kamal Helmy, José Miguel Parra y Gema Menéndez, el Proyecto Djehuty al fondo, en una imagen de Latova. @ROSATRISTÁN

Y es que Pito Latova (como le llaman los amigos) lleva 40 años retratando el Patrimonio Nacional, es decir, nuestros tesoros del pasado. Nadie como él ha estado presente en tantas excavaciones arqueológicas con sus cámaras a cuestas para documentar los trabajos con una precisión y belleza que no pueden dejar indiferente. Si no hubiera sido por  él, no dispondríamos hoy de las imágenes de gran parte del proceso de trabajo que ha llevado a hallazgos en Altamira (cuyo ‘Techo de los Polícromos’ preside una de las salas), en Atapuerca, en Luxor (Egipto) y en toda la Península Ibérica, por donde ha buceado en cuevas, abrigos, ruinas y museos. Ahora, esas  imágenes nos miran desde las paredes del Museo Arqueológico Nacional, que por cierto ha tenido que recurrir a la Bolsa de Madrid para financiar la muestra (de ahí que figure su logo).

Dice el MAN en su web: “Latova ha aportado a la fotografía arqueológica soluciones técnicas y fotográficas punteras, como el uso y aplicación de la tecnología digital, de la fotogrametría, o de los escaneados tridimensionales y el análisis y toma de imágenes multiespectrales, que se aplican en la actualidad en proyectos de investigación del arte rupestre, restauración, conservación preventiva”. Cierto, pero es que además su pasión por la ciencia le ha llevado más lejos: a aplicar esas técnicas para descubrir lo oculto, como las 450 pinturas rupestres que escondía la cueva cántabra de El Castillo, o que la cueva de Altamira era un 20% más grande de lo que se creía.

Con Pito y con Luciano Municio, conocí el arte rupestre que se escondía en la Cueva de la Fuente Nueva (en Segovia), uno de los lugares más sorprendentes que he conocido, pero también que todas las cuevas de la Meseta esconden otros cientos de obras de arte primitivas que sólo el empeño de este fotógrafo ha sacado en parte a la luz.  Y digo en parte porque, pese a su valía, es un proyecto que ha tenido que abandonar por falta de fondos. Municio, por cierto, que estuvo en la inauguración, me comentaba que la Fuente Nueva se ha inundado este año (tampoco se pudo trabajar en ella por falta de dinero)  y está a la espera de poder entrar a ver lo que se ha perdido…

Extraña forma de sujetar una pieza en un museo, que documentó Latova con su cámara.

Desde luego, no podían faltar los miembros y ex miembros del equipo del Proyecto Djehuty, que tiene un gran espacio dedicado en la exposición. Es uno de los grandes proyectos arqueológicos de España en el extranjero, de esos por los que merece la pena apostar sí o sí, y que dirige José Manuel Galán. Triste ver que algunos arqueólogos de la talla de Gema Menéndez han tenido que dejar su trabajo y no encuentran donde seguir ejerciendo. Otros, como Pía Frade, siguen en la brecha. Y los hay que se dedican a escribir libros, como José Miguel Parra, que acaba de publicar “Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto”.

Sobre el mundo de la Arqueología recibí otra buena noticia: el documentalista José Manuel Novoa va a hacer una serie en TVE sobre los más importantes yacimientos arqueológicos en la Península Ibérica. Desde luego, excelente novedad para quienes estamos cansados de programas de cocina, citas a ciegas, faranduleo y casposidad. Un poquito de ciencia entretenida, como la que nos ofrece Novoa desde hace años (más fuera del país que dentro) suena de maravilla.

 

 

 

“Deben buscarse a las mujeres en los libros escolares, recuperarlas del olvido”


Las autoras en la Residencia de Estudiantes. @ROSA TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

PUBLICADO EN ‘Periódico ESCUELA’)

La catedrática y filósofa Eulalia Pérez Sedeño y la profesora de Psicología Silvia García Dauder llevan décadas detrás del estudio del papel de las mujeres en la sociedad española. Ahora, han decidido poner sobre la mesa las falsedades que rodean a las mujeres en la historia de la ciencia; quieren visibilizar un sesgo que va desde los libros de texto a las investigaciones más punteras.

De todo ello hablan en un último libro que firman conjuntamente: “Las mentiras científicas sobre las mujeres”, editado por Catarata después de tres largos años de trabajo. Nos citamos en la emblemática Residencia de Estudiantes, lugar de encuentro desde hace más de un siglo del conocimiento y ligada, en su versión femenina, Residencia de Señoritas, a nombres tan emblemáticos como los de Victoria Kent, María Zambrano, Gabriela Mistral o Clara Campoamor.

Ambas llevan muchos tiempo investigando el ámbito de la ciencia y las mujeres ¿qué ha cambiado en estas últimas décadas?

Eulalia Pérez Sedeño: A nivel sociológico sí ha cambiado, ya que ahora hay muchas más mujeres en la investigación y también más conciencia de que existe desigualdad en este campo, pero estamos igual respecto a la idea de que la ciencia es una institución meritocrática en la que los sesgos de género no tienen cabida, de que los contenidos científicos son puros, sin valores, y no es cierto: sí que los hay.

Silvia García Dauder: Digamos que no hay un avance lineal, sino avances y retrocesos. A menudo, en seminarios que imparto de Psicología invito al alumnado a buscar nombres de mujeres en los manuales y enseguida se dan cuenta de que no hay ni una, aun siendo una profesión muy feminizada. Es un ejercicio que debería hacerse también en los institutos y colegios porque un grave problema es la invisibilización. La costumbre de hacer manuales que repiten lo mismo que los anteriores impide que las mujeres salgan a la luz.

EPS: Y es algo que pasa en casi todas disciplinas. En Física, en Química, en Historia de la Ciencia… Y, si, también en los textos escolares. Hace años se hizo un estudio y se demostró que las mujeres son casi invisibles en lo que se enseña. Más recientemente, se repitió este trabajo por un grupo de la Universidad de Salamanca y aparecemos algo más, pero siempre en segundo plano. En el fondo, es un problema que se muerde la cola, porque la transformación hacia la igualdad debe empezar desde la infancia. El mes pasado, un estudio publicado en Science, realizado con niños y niñas, concluyó que a los 5 años ambos sexos se ven igual de brillantes, pero a los 6 y los 7 las niñas ya no se consideraban brillantes como sus compañeros, sino trabajadoras. Recuerdo que en los 80, había unos programas del Ministerio de Educación en los que las investigadoras íbamos a los centros de formación del profesorado para hablar de estas cuestiones. Tuve experiencias buenas, y también desagradables con algunos docentes muy machistas, pero desde hace 30 años no los hay.

SGD. A los alumnos de primero en mi universidad [la Rey Juan Carlos], recién aterrizados de los institutos, a veces les he pedido que pusieran en un cartel alguien conocido de la Filosofía, de la Psicología y alguien de quien se desconoce la profesión. En el primer y segundo caso siempre me describen a un varón mayor, barbudo y blanco; en Medicina, a veces alguna mujer; pero en alguien sin profesión siempre dibujan una mujer joven. Y eso que en Psicología ellas son el 90%. Pero esos hombres son sus modelos de referencia, la autoridad. Es algo que influye en sus aspiraciones personales.

EPS: Curiosamente, yo a los docentes también les mostraba un ejercicio para hacer con los alumnos, que consistía en dibujar una persona dedicada a la ciencia. Luego me los enviaban y la mayoría dibujaba a un científico loco, como el de Regreso al futuro. En una ocasión, una niña dibujó una científica ¡que había inventado una máquina que la volvía guapa! Entraba desastrada y salía como una princesa. Esos son los imaginarios con los que crecen. Pese a ello, va aumentando el número de mujeres dedicadas a la investigación. Aunque luego se encuentren con un “techo de cristal” que les impida alcanzar puestos de dirección.

EPS: Esa presencia está aumentando en carreras femeninas, de cuidados: Medicina, Biomedicina, Tecnología de Alimentos, Químicas… pero en ingenierías no. Y hay casos curiosos, como el de Informática. Mientras fue Licenciatura Informática se matricularon bastantes alumnas, en torno al 40%, y desde que pasó a denominarse Ingeniería Informática han bajado y ahora son en torno al 12%. Sólo por cambiar el nombre, porque una ingeniería es cosa de chicos.

En el libro mencionan investigaciones que se han hecho y concluyen que las mujeres no están capacitadas para las Matemáticas o las ciencias ¿Qué hay de cierto?

EPS: No es verdad. Demostramos en el libro que son estudios muy concretos. El SAT [examen de admisión universitaria] de Estados Unidos, por ejemplo, es una prueba muy específica. Y los informes PISA demuestran que hay diferencias en determinadas pruebas de Matemáticas, pero no en la resolución de problemas científicos. También es cierto que en países como Corea del Sur o Finlandia estas diferencias han desaparecido, lo cual nos dice que las pruebas, más que las capacidades innatas, miden cómo se enseñan las Matemáticas.

SGD: Y es difícil distinguir capacidad de motivación. También hay un estudio reciente que revela que las chicas juegan mejor al ajedrez cuando no saben el sexo de su contrincante que cuando conocen que es un varón, y es por la amenaza del estereotipo. Si te motivan a estudiar unas asignaturas, congruentes con tu identidad de género, tendrás más capacidad en ellas. Y tendrás menos en otras que te dicen que son complicadas para ti.

¿El cerebro es exactamente igual en ambos sexos?

EPS: No es exactamente igual, pero ello no quiere decir que haya diferencias innatas en aptitudes y comportamientos. De hecho, hay más diferencias entre unas mujeres y otras, o entre unos hombres y otros, que entre hombres y mujeres. Hoy sabemos, gracias a otra reciente investigación, que cerebros masculinos 100% y femeninos 100% son los menos y que el resto es cuestión de grado.

SGD: Además, no hay que olvidar que el cerebro es flexible y que las diferencias no tienen por qué ser fijas para siempre. Por ello, es intolerable que el presidente de la Universidad de Harvard dijera hace unos pocos años que era absurdo invertir en formar mujeres en Matemáticas si iba a ser mediocres; aunque así fuera, más habría que invertir porque la resistencia al cambio no es biológica, es psicosocial y depende de las sinergias que se van generando en el entorno.

En el libro mencionan casos de grandes científicas cuyos trabajos han quedado ocultos. El “efecto Matilda” . ¿En qué consiste y cómo afecta?

EPS: En realidad tocamos pocos casos para los que hay. El ‘efecto Matilda” surge a raíz de que el sociólogo Robert Merton, en los años 60, identificara como un mecanismo positivo que cuando hay descubrimientos simultáneos de dos personas, es lógico que se le reconozca más a la persona con más prestigio. Lo llamó “efecto Mateo”, por un versículo del Evangelio Mateo que dice: ‘al que más tiene, más se le dará”. En contrapartida, Margaret Rossi identificó el “efecto Matilda”, nombre de una sufragista del siglo XIX, fijándose en la segunda parte del proverbio: ‘y al que menos tiene, se le quitará hasta lo poco que tiene”. Y es lo que pasa con las mujeres. El caso más famoso es el de Rosalind Franklin, a la que robaron el hallazgo del ADN, pero hay muchísimos en todos los campos.

¿Y ese “efecto Matilda” sigue vivo?

EPS: Por supuesto. El año pasado la astrofísica Jocelyne Bell vino a España y nos contó que encontró los púlsares cuando hacía su tesis doctoral, pero el Nobel se lo dieron a su director de tesis, Antony Hewish. Para ella, ni una mención. Ella informaba a su profesor de lo que veía y él le decía ¡que las mediciones estaban mal! En realidad, Bell llevaba bien ese ocultamiento. Es lo que llamamos el ‘síndrome de las hojas verdes”, es decir, mejor dejar lo que se puede conseguir. Yo he entrevistado a brillantes profesoras de Universidad que dicen que no merece la pena aspirar a ser catedráticas, pero escarbas y descubres que no lo hacen porque lo tienen difícil. Es un mecanismo de defensa.

SGD: Defender que si no hay negros o mujeres en la ciencia es por falta de méritos es un mito. Hay que ser conscientes de que no partimos de lo mismo y sin políticas que compensen las desigualdades, no hay solución.

EPS: A las mujeres que me dicen: “Yo no quiero estar en esa comisión por ser mujer, sino por lo que valgo”, les digo que si no están es precisamente por serlo. Por ello defiendo las cuotas, que nos ayudarán a llegar a un nivel adecuado.

Ese sesgo masculino de la ciencia, comentáis que incluso afecta a la salud.

SGD: Efectivamente. Si las mujeres no son sujeto de conocimiento, tampoco lo son de estudio, así que siempre lo ha sido el cuerpo de un hombre. Y si luego algo diferente ocurría en el de la mujer, se infravaloraba. No se utilizaba a mujeres en ensayos clínicos, ni se estudiaban los efectos de los fármacos en ellas. En salud mental incluso se han utilizado teorías sexistas para probar la inferioridad de las mujeres. Con más científicas, habría habido otro punto de vista.

EPS: Además, la salud de las mujeres se ha centrado en los aspectos reproductivos, que era lo considerado importante. Por el contrario, sabemos poco de la menstruación o la menopausia.

¿Qué recomendaciones harían a los docentes a la hora de tratar estos temas?

EPS: En general que traten igual a todos, porque hay una tendencia a educar de forma diferente a niños y niñas. Y que lean el libro, que es un comienzo a abrirse a otra perspectiva. No es sólo que no haya mujeres en los libros, sino que ni el profesorado ni el alumnado son conscientes de que no están. Que las busquen, que sean conscientes de su ausencia y las rescaten del olvido.

¿Y qué papel tienen las instituciones, el Ministerio de Educación?

EPS: Me contentaría con que aplicaran la Ley de Igualdad. Es buena, pero no se aplica. Ahora mismo, en la Residencia de Estudiantes, en un acto sobre educación, no hay ni una mujer en el estrado.

¿Cómo se imaginan la sociedad en otros 30 años?

EPS: No me preguntes, porque las perspectivas son nefastas. En 2006, se decía que la sociedad sería igualitaria para 2050 y el otro día la investigadora María Blasco decía que para 2090.