Los microplásticos: del Ártico a la Antártida llenando estómagos


ROSA M. TRISTÁN

Un pinguino papúa y otro barbio en Isla Livingston. En sus estómagos es posible que haya microplásticos. @Rosa M. Tristán

La invasión plástica es de tal calibre que cada vez resulta más difícil encontrar un lugar de este planeta adonde no llega para dejar su huella. “Ser conscientes de los microplásticos nos abrió los ojos. Antes de saber de su existencia, veíamos desaparecer una bolsa o envase y creíamos que se había diluido, que ya no estaba, pero no es así, sigue ahí, presente, en lo inerte y lo vivo”, comenta el biólogo español Andrés Barbosa. Su último territorio conquistado: los estómagos de los pingüinos antárticos, según un estudio que acaba de ser publicado por científicos españoles y portugueses en la revista Science of the Total Environment.

Este trabajo científico hace recordar otro que hace justo un año multiplicó de un ‘plumazo’ los datos que teníamos sobre esa ‘basura invisible’ que es el resultado de lo que llevamos décadas vertiendo a los mares descontroladamente: la masa de microplásticos que se encuentran en las aguas superiores del Océano Atlántico, desde Gran Bretaña hasta las islas Malvinas, oscila entre los 12 y los 21 millones de toneladas, según una investigación que salió publicada en la revista Nature Communications por el equipo liderado por Katsiaryna Pabortsava, del National Oceanography Centre (NOC). Es decir, que sólo de diminutos plásticos habría tanta basura como la que pensábamos que era el total acumulado en los últimos 65 años, unos 17 millones de toneladas. Diez veces más de lo que se pensaba. Y aún hay más:  “Si se asumimos que la concentración de microplásticos que han medido a 200 metros de profundidad es representativa de toda la masa de agua hasta el fondo marino a una media de 3.000 metros , entonces sólo el Atlántico podría contener alrededor de 200 millones de toneladas de basura plástica de pequeño tamaño”, declaraba el coautor Richard Lampitt, también del NOC.

Con este panorama, podría no ser extraño que los plásticos y microplásticos presentes en la Antártida vengan de más allá de la corriente circumpolar que rodea al continente, aunque no se sabe con certeza. En realidad, basta pasearse por algunas playas de la Península Antártica para tropezarse con algún objeto del insidioso material ‘duradero’, y sin necesidad de microscopio ni espectroscopio alguno. Lo que se investiga ahora es cómo afecta a una fauna polar que, en principio, habita un lugar prístino, alejado y protegido.

Por ello alarma a los científicos descubrir que tres de las especies de pingüinos del continente (adelia, barbijos y papúa) ya los tienen incorporados a sus dietas y en unos porcentajes muy elevados: hay microplásticos en un 15% de las muestras de las heces de los adelia, en el 28% de los barbijos y el  29% de las de los papúa.

Basura plásticas recogida en la Antártida en la campaña 2020. @RosaTristán

Para esta investigación se han utilizado heces recogidas en siete campañas polares, entre 2006 y 2016. Algunas llevaban tres lustros congeladas por Andrés Barbosa, experto en pingüinos del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC. “Nunca se sabe para qué pueden servir en el futuro”, asegura. De las 317 muestras analizadas, se extrajeron 92 partículas contaminantes y el 35%  resultaron ser microplásticos (un 80% polietileno y un 10% poliéster). También identificaron otras partículas de origen humano en el 55% de ellas, como fibras de celulosa. “Es el primer estudio con esta gran amplitud geográfica y de especies que se realiza en el continente antártico. Ahora sabemos que desde 2006 había microplásticos, aunque entonces no se buscaran. Lo que no hay es una variación llamativa por zonas. Ojalá este trabajo sirva para concienciar del impacto tremendo que tienen los plásticos y para seguir mejorando las reglamentaciones que debemos tener quienes vamos a la Antártida, ya sea para investigar, visitar o pescar”, afirma el biólogo.

Esta investigación es una colaboración conjunta con un equipo científico de la Universidad de Coimbra, dirigidos por Joana Fragao. Entre las neveras de Barbosa y las muestras recogidas ‘in situ’ en diferentes lugares de la Península Antártica y las Islas Georgia tenían heces más que suficientes para estudiar una dieta que se basa, fundamentalmente, en el krill.  “Los niveles de microplásticos son similares en todos, algo más altos en el pingüino papúa. Su dieta es más variada y al comer más peces y calamares tienen menos riesgo de ser afectados por el cambio climático, que disminuye el krill, pero más por los plásticos”, señala el científico español, que ya ha detectado contaminantes orgánicos, algunos procedentes del plástico, en huevos, tejidos, corazón y hasta el cerebro de los pingüinos que lleva investigando desde hace muchos años.

Incineradora de basura en la base Juan Carlos I de la Antártida. Sólo emite vapor de agua.

Antes de este estudio, ya se habían encontrado microplásticos en lugares antárticos tan protegidos como la península Byers, en aguas superficiales del Océano Austral y hasta en los sedimentos del continente del sur. Pero, en un lugar tan poco habitado, lo que no se sabe es lo que llega de fuera, sea el Pacífico y sus islas de polietileno o de la ‘sopa plástica’ del Atlántico, y cuánto se genera allí mismo. “En las playas de Byers he visto mucho plástico y su origen es incierto; puede que venga de lejanos territorios tras cruzar el canal del Drake o de cerca. No olvidemos que hay bases científicas, cruceros turísticos y barcos de pesca. La legislación ambiental antártica, fijada en el Protocolo de Madrid, es clara y se cumple, pero siempre se puede mejorar”, reconoce Barbosa, que es también coordinador científico del Programa Polar Español, cargo que dejará en breve.

Gran parte de las partículas que había en las heces de los pingüinos son fibras que provienen de los modernos tejidos que utilizamos para vestirnos en todo el mundo, también allí. Además, había fibras naturales de algodón y lana, que son asimismo parte de nuestro vestuario. Ciertamente, algunas bases modernas, como la española Base Juan Carlos I, en Isla Livingston, han incorporado lavadoras con filtros especiales para retener esas microfibras, que pude ver acumuladas en cubos, pero hasta ahora no es obligatorio para todas y muchas instalaciones antárticas, algunas habitadas durante todo el año, en cada lavado expulsan estos diminutos residuos plásticos que acaban en los estómagos de la fauna. De hecho, en la misma investigación se reclaman nuevos filtros de lavado, además de la implementación de nuevos materiales para las redes de captura de pesca que ahora se utilizan. En realidad, es una medida que, dado el volumen de lavados que diariamente realiza la humanidad, resulta evidente que debiera se adoptada en todo el mundo.

“Lo importante es que artículos como éste sirvan para concienciar de la necesidad de reducir la oferta y demanda de plásticos. Incluso a los concienciados nos resulta complicado no adquirir más de la cuenta. Si los encontramos en lugares como éste, dentro del cuerpo de los pingüinos, pensemos lo que hay en los peces que nos comemos. Si no lo hacemos por los pingüinos y otros animales, debemos hacerlo por nosotros”, argumenta Barbosa.

Entre esos otro animales, por cierto, están también aves marinas como los petreles o las gaviotas. Otro estudio dado a conocer esta misma semana apunta que el 93% de los petreles tienen plásticos en sus estómagos y que algunos aditivos que llevan estos plásticos (como retardantes de llama) se quedan en sus aparatos digestivos hasta al menos tres meses. En el caso de las gaviotas, científicos de la Universidad de Exeter acaban de encontrar que los huevos que ponen ya llevan ftalatos, un componente de los plásticos que tendrán los polluelos que vendrán al mundo.

Pero aún hay más noticias esta semana, que si tienen que ver con nuestra salud, porque resulta que se ha visto que los microplásticos pueden ser el caldo de cultivo perfecto para genes resistentes a los antibióticos (ARG), como se informa en Enviromental Science and Technology: científicos chinos han analizado estos ARG en cinco tipos de microplásticos encontrados a lo largo del río chino de Beilun y concluyen que son mucho más abundantes en regiones urbanas (hasta mil veces más) que en las rurales, donde hay menos contaminación de este tipo. Los autores del trabajo, que recogieron muestras en todo el río, señalan que los microplásticos son una superficie favorable para que las bacterias los colonicen y se conviertan en biopelículas, donde pueden propagar esa bacterias resistentes a casi todos los antibióticos utilizados en humanos y animales. Además, comprobaron que aumentaba la diversidad de ARG. De los cinco tipos de plásticos, el polipropileno era el que más riesgo tiene de propagar estos genes, posiblemente debido a su mayor superficie y capacidad para liberar materia orgánica disuelta.

Todo ello pone de manifiesto, en primer lugar, cómo la ciencia dedicada a la contaminación plástica va en aumento y a medida que se investiga más, salen a la luz los impactos que genera en el conjunto de la biosfera, mientras las medidas para limitar el uso de este material son muy limitadas y los lobbies productores, así como el poderoso sector de la industria alimentaria, lejos de atajarlo, promueven un consumo que, a la vista está, no desaparecerá de la Tierra por más que no lo veamos.

P:D: En Madrid incluso se hizo recientemente un museo temporal dedicado al plástico, con la excusa de que sería reciclado. En su presentación decía que “era sostenible”.

¿Lágrimas de sirena? No, pélets de plástico fuera de control


Foto del impacto en Sri Lanka del accidente de un portacontenedores hace unas semanas. Eso son pélets. FIRMA: S. KODIKARA AFP

ROSA M. TRISTÁN

Hay quien las llama ‘lágrimas de sirena’ pero el poético nombre oculta una de las contaminaciones plásticas marinas más desconocida: la invasión de pélets, esas bolitas blancas procedentes del petróleo que son la materia prima de infinidad de objetos de plástico y que se mueven por millones de toneladas por el mundo, con estratosféricas previsiones de consumo para la próxima década. En el caso del Mediterráneo, su presencia es visible en infinidad de playas y ahora una expedición oceanográfica trata de determinar algunas de las ‘rutas’ que siguen desde costas españolas.

El volumen de pélets en movimiento es exorbitado. Un reciente informe, realizado por UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), señala que el 5% del comercio mundial son hoy objetos de plástico (cifras que no incluyen el que contienen incorporado coches, ordenadores, etcétera)  y que suponen ya UN TRILLÓN de dólares al año, un 40% más de lo que decían estimaciones previas. Pues bien, en su exhaustivo documento, UNCTAD señala que el material primario (es decir, pellets y fibras para fabricarlos) suponen hasta el 56% de ese volumen comercial, seguido de formas intermedias (11%),  bienes manufacturados intermedios (5%), productos finales (21%) y, finalmente, los residuos plásticos, que al final del ciclo viajan de nuevo de un país a otro (el 2% de ese comercio). A destacar que sólo entre los textiles sintéticos y los neumáticos ya suponen el 60% de la producción mundial plástica que se comercializa fuera de las fronteras nacionales.

La economista de UNCTAD y coautora del informe, Diana Barrowclough, destaca que era importante estudiar el comercio de todo el ciclo del plástico para tener un retrato más fiel de la realidad y “promover el cambio hacia una producción, un consumo y un comercio más sostenibles ” que reconoce que “excede con mucho la capacidad de gestión de los residuos”.

Pélets en playa La Pineda . Foto de Vila Nova Comú

Si nos centramos en el pélet, sólo en la UE, según datos de la Comisión, al año se pierden en el medio ambiente unas 160.000 toneladas de estas bolitas, un buen pellizco de las 250.000 toneladas desaparecidas a nivel global. ¿Y dónde van? A los mares, en un alto porcentaje, hasta acabar en el estómago de la fauna oceánica, incorporarse en los músculos de las tortugas y sardinas. Es más, hoy su posible impacto en la salud humana es una de las mayores preocupaciones de los europeos y australianos, como ha determinado un estudio de la Universidad de Exeter, pero sigue siendo un asunto pendiente. “Si bien ya conocemos bastante de los impactos ambientales se sabe poco de cómo afecta a nuestra salud humana y es algo que preocupa y se debería investigarse más”, reconoce la científica Sophie Davison, cuyo trabajo ha sido publicado este mes en la revista Global Environmental Change.

La realidad es que es raro visitar una playa sin tropezarse con plásticos. Y, si nos fijamos más, lo es también no ver estas bolitas blancas que para la mayoría son ‘objetos no identificados’ y están en la base de la fabricación de bolsas, envases o zapatos. En algunos casos son auténticas ‘granizadas’, eso si, no se deshacen, como reflejan las imágenes que días pasados han llegado de las playas de Sri Lanka, tras el incendio en un buque portacontenedores que llevaba más de 1.800 apilados, 80 de ellos con sustancias peligrosas como los pélets. Todo ha acabado en el océano en lo que, según la ONU, ha sido un accidente de impacto planetario, con escaso impacto mediático a este lado del mundo.

Mucho más cerca, en la costa catalana, estas pandemias plásticas flotantes son recurrentes, al albur de las corrientes y el viento, en lugares como la playa de La Pineda, de Vila-seca (Tarragona), según denuncia la ONG Good Karma Projects . La organización catalana señala que, con toda probabilidad, estas ‘no lágrimas’ provienen del Polígono Industrial tarraconense, dado que las han visto en el río Francolí y en barrancos a más de 20 kilómetros tierra adentro. También el Seprona apunta a este lugar en una investigación iniciada tras una gran fuga de pélets plásticos, por más que la  Associación Empresarial Química de Tarragona (AEQT) asegura que todas las empresas están adheridas a un compromiso de control de los microplásticos. La realidad refleja poco de ese compromiso. “Es el complejo petroquímico más grande de Europa, con el 0,7% de la producción mundial de pélets, dos millones de toneladas al año. A las dos semanas de la tormenta Filomena, la playa de La Pineda estaba llena de bolitas. Con el viento mistral, que sopla hacia el Mediterráneo, la mayoría van mar adentro, en dirección a Mallorca y Menorca, donde ya se han visto en cuatro calas”, señalaba Jordi Oliva, cofundador de Good Karma Projects.

El compromiso al que se refiere la asociación empresarial es el certificado de Operation Clean Swepp, una iniciativa mundial que deja en manos de las empresas fabricantes tanto la prevención como la solución a escapes de microplásticos . Para Surfrider Foundation Europe, que colabora con Good Karma Projects, el problema es la falta de una normativa sobre el asunto y un control muy sui géneris.

En todo caso, como no se ha podido constatar fehacientemente que el pélet que inunda el Mediterráneo tenga origen en Tarragona, ambas organizaciones se han unido en una expedición oceanográfica bautizada como #ChasingPellets, para buscar las pruebas. Con un velero de 9,5 metros de eslora, y durante diez días, recogerán los pélets de las aguas entre Tarragona y Baleares, utilizando una manta trawl.  “Surfrider estamos en 12 países de la UE y en otros continentes para la defensa de los océanos y hemos hecho numerosas campañas Cost Defenders desde 2008, de las que 14 están en activo, y esta expedición forma parte de ello”, recordaba Simon Witt, responsable del programa Coastal Defenders de Surfrider Europe, y uno de los miembros de la tripulación.

Según el estudio de la UNCTAD, Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudí y Corea del Sur son los mayores exportadores de estas formas primarias de plástico mientras que China figura como el principal exportador de productos manufacturados, intermedios y finales. Para ello, el país asiático necesita importar muchos pélets y fibras, que viajan de acá para allá cruzando océanos. También hay países -como los de la UE, Alemania y Estados Unidos- que a la vez importan y exportan, en un ir y venir sin tregua. “Otros países destacan sólo en ciertas partes del ciclo de vida de los plásticos o en sectores específicos”, señala Julien Christen, investigador asociado del Graduate Institute y otro coautor del trabajo.

Al mismo tiempo, se reconoce que algunos de los países más afectados por la contaminación del plástico son los que menos contribuyen a su producción, consumo y comercio, especialmente los pequeños estados insulares en desarrollo donde hasta las sirenas lloran.. pero lágrimas de agua salada.

El deshielo de 217.000 glaciares de la Tierra: una amenaza que se acelera


Una investigación en ‘Nature’ revela que el deshielo de los glaciares de montaña cada vez es más rápido y amenaza la supervivencia de cientos de millones de personas

Glaciar en el sur de Groenlandia, una de las zonas donde más se deshielan. @Rosa M. Tristán

Los glaciares de la Tierra desaparecen…y muchos a ritmo acelerado. Desde que comenzó este siglo y hasta 2019, han perdido unas de 267 gigatoneladas de hielo cada año. Menos al principio y más al final de la segunda década. Es el equivalente al 21% del aumento del nivel del mar que se ha producido en este tiempo, es decir, si las sumáramos, casi 5.000 gigatoneladas (1 gigatonelada = 1.000 toneladas). Las cifras, aunque rebajan algo las que señalaban estudios previos más imprecisos, no dejan de ser preocupantes habida cuenta de que unos 200 millones de personas habitan las costas del planeta y podrían estar en zonas ya inundadas a final de este siglo. Ponerles cifras, cada vez más certeras, es el camino de la ciencia para poner el foco en la urgencia de tomar medidas que palíen estas pérdidas y sus consecuencias.

Lo datos han sido publicados en la revista Nature por el grupo dirigido por uno de los científicos más relevantes en la materia, Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulousse. “El mensaje más importante detrás de nuestros hallazgos es de gran significancia política. El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con el acuerdo de París y luchar por lograr un escenario de cambio climático con reducción de emisiones de efecto invernadero. Solo así podremos asegurar la existencia de hielo en las montañas del futuro, pero más importante aún, reducir los diversos y profundos riesgos asociados al aumento de la temperatura global”, asegura vía email Inés Dussaillant, coautora del trabajo.

El estudio anterior más similar –siempre sin incluir las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia-, cifraba esa pérdida de hielo en 335 gigatoneladas anuales entre 2006 y 2016. “Las estimaciones de error del anterior trabajo, firmado por Michael Zemp, incluía un error relativo del 40%  y en este nuevo es sólo el 6%. Para el primero hicieron extrapolaciones regionales de observaciones en el terreno en un conjunto limitado de glaciares, mientras que esta investigación se basa en técnicas altimétricas de satélite, que calculan lo que se llama el balance de masa geodésico”, explica el glaciólogo español Francisco Navarro, de la Universidad Politécnica de Madrid, que trabaja en el estudio de glaciares antárticos desde hace décadas.

Esta concreción es, de hecho, el gran valor de este trabajo Dussaillant: “Se puede decir que estamos seguros de que nuestros números se acercan más a la realidad de lo que sucede. Otra gran diferencia es la resolución espacial: mientras los otros estudios solo eran capaces de estimar los valores de pérdida de hielo regional, el nuestro permite estimar las pérdidas de cada glaciar individualmente, por lo que la estimación a nivel regional es más precisa”.

La conclusión, aún mejorando modelos previos, es preocupante: midiendo esos cambios en la elevación de la superficie en todos los glaciares de la Tierra han comprobado que su adelgazamiento se ha duplicado en dos décadas: “Los glaciares actualmente pierden más masa y a tasas de aceleración similares o mayores que las capas de hielo de Groenlandia o la Antártida”, aseguran.

Dussaillant nos da más detalles de unos hallazgos que, como adelanta, serán recogidos, en el próximo trabajo del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) que se presentará en agosto: “Entre los glaciares que se derriten de forma más rápida están los de Alaska, Islandia y los Alpes. De estas regiones la que tiene menos hielo son los Alpes, por lo que se podría esperar que esta región pierda sus glaciares antes. Pero la situación también muestra un efecto profundo en los glaciares de las montañas de Pamir, el Hindu Kush y el Himalaya. Los principales ríos de esta región, como el Ganges, Brahmaputra e Indo, son alimentados por glaciares del Himalaya. Ahora, el deshielo asegura el acceso al agua para quienes viven río abajo pero si el retroceso de los glaciares del Himalaya continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas”.  La situación, dice, es igualmente preocupante para los Andes, donde los glaciares son cruciales para sostener los caudales de los ríos en los meses del verano y en sequía. 

Sin embargo, pese a la importancia que tienen para la humanidad, los autores señalan que había una importante “brecha de investigación” debido a que están muy repartidos por el mundo. Algunos, como los de nuestra cordillera de los Pirineos, están muy estudiados, pero en realidad sólo se monitorean desde el terreno unos pocos cientos en todo el globo.  En este caso, utilizaron datos de satélites, como el IceSat o el instrumento ASTER a bordo del satélite Terra (ambos de la NASA) con un enfoque que permitía un estudio global y preciso, incluso recogiendo datos de diferentes épocas del año para mitigar el efecto de las estaciones. Consiguieron hasta 39 observaciones independientes por cada píxel en el 99,9% de los 217.175 glaciares inventariados. Incluyeron casi 200.000 km2 de glaciares de la costa de Groenlandia y en los mares antárticos, denominados glaciares periféricos.

En este deshielo general, mencionan dos anomalías: una en el Atlántico Norte y otra ya conocida en el Karakórum. “Identificamos zonas del mundo donde las tasas de derretimiento glaciar se vieron desaceleradas entre 2000 y 2019. Están a lo largo de la costa este de Groenlandia, Islandia y Escandinavia. Este patrón divergente se atribuye principalmente a una anomalía meteorológica en el Atlántico Norte, que provocó temperaturas más bajas y un aumento en las precipitaciones entre los años 2010 y 2019, los dos factores principales que contribuyeron a reducir la pérdida de hielo”, explica la científica.

Respecto a la Anomalía del Karakoram, que también ha tenido muy intrigados a los científicos, explica que “antes del 2010, los glaciares en esta cordillera se encontraban estables y en algunos casos incluso aumentando su volumen, pero ahora nuestro análisis revela que también pierden hielo, al igual que los de otras regiones del mundo”.

Al margen de anomalías, mencionan siete regiones que representan el 83% de la pérdida de hielo global: Alaska (25%); la periferia de Groenlandia (13%); Norte y Sur del Ártico de Canadá (10% cada uno); Antártico y subantártico, Asia de alta montaña (Asia Central, Asia Meridional Occidental y Sur de Asia Este) y los Andes del Sur (8% cada uno).  En 20 años, sólo las regiones árticas más al norte perdieron hielo equivalente a una media de 0,28 metros de agua al año. En comparación, en la Antártida y la zona subantártica fue mucho menor (0,17 m/año).  Y la desaparición de los glaciares también va a buen ritmo en otras zonas, como Nueva Zelanda, donde han “adelgazado” entre 2,5 y 0,5 metros anualmente, en los últimos años, siete veces más que en 2000-2004.

Según Dussalillant, “los hallazgos de este estudio permitirán mejorar los modelos hidrológicos y usarse para hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos del Himalaya o de los Andes durante los próximos años. Estas dos regiones son de alta preocupación hídrica y si el retroceso de los glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas a venir”.

Atribuyen la aceleración global de la pérdida glaciares al calentamiento global de la atmósfera, dado que observan en general que las precipitaciones de nieve son modestas y hay un fuerte aumento en la temperatura del aire (0.030º Kelvin al año. Aunque parte de esa pérdida puede ser natural, reconocen que “la fuerte concordancia con el aumento en las temperaturas de la superficie global sugiere, indirectamente, una considerable respuesta al forzamiento antropogénico”.

“Con el tiempo, esperamos que nuestro trabajo a línea ayude a impulsar el desarrollo de la próxima generación de modelos hidrológicos y glaciológicos globales, y en última instancia, den lugar a proyecciones más fiables en todas las escalas. A la luz de el cambio rápido y continuo de la criosfera,  unas proyecciones más fiables son críticas para el diseño de estrategias de adaptación, con impactos que van de un mayor aumento del nivel del mar a cambios en la gestión del agua”, concluyen en su artículo.

Sobre si es reversible o no esta situación, la científica responde con claridad: “Hay una parte de la perdida del hielo que está ya comprometida. Actualmente los glaciares no están en equilibrio con el clima actual y seguirán retrocediendo hasta alcanzar un nuevo equilibrio, incluso si las condiciones climáticas actuales se mantienen constantes durante los próximos años. Sin embargo, si logramos disminuir las emisiones actuales y alcanzar la meta del Acuerdo de Paris, podremos contribuir a reducir el deshielo considerablemente. Y junto a ello, reducir riesgos relacionados con el calentamiento global que tendrán impactos más profundos para la humanidad”.

La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

Las minas a cielo abierto en Groenlandia, el futuro que viene…


Un joven adolescente por las calles de Narsaq, en Groenlandia. @Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Hay lugares tan remotos que se quedan en los márgenes del imaginario colectivo, pero que están sufriendo unas transformaciones aceleradas que tienen mucho que ver con nuestro mundo. Y Groenlandia, la gran isla del hemisferio norte, es uno de ellos, aunque sólo nos acordamos cuando, al final de cada verano, los científicos nos recuerdan que hay menos hielo que en el anterior registro, que sus casas se tambalean y sus mares se templan. El cambio climático deshace el Ártico y ahora el riesgo, irónicamente, puede ser el negocio de la minería, a la que viene muy bien este calentamiento.

Y  es que, al contrario que en el caso de la Antártida, estos territorios del norte, y sus hielos, no están protegidos internacionalmente y se sabe que ocultan las llamadas ‘tierras raras’, minerales de gran valor para la tecnología más puntera. No es de extrañar que desde que en 2009 Groenlandia lograra el autogobierno de Dinamarca, muchos sean los ojos que se han puesto en los ricos depósitos de minerales que oculta, fruto de una historia geológica peculiar que ha generado compuestos con propiedades fisioquímicas en alza en las bolsas. China, Estados Unidos y también Australia quieren su pedazo del pastel y es precisamente este último país de las antípodas el que ha generado el primer gran conflicto.

Protesta en Narsaq contra la mina. @John Rasmussen/ Enviromental Justice Atlas

Se trata de la explotación minera Kuannersuit/Kvanefjeld, a escasos ocho kilómetros de Narsaq, el gran asentamiento del sur del país, un lugar entre fiordos habitado por apenas 1.350 familias de pescadores, cazadores de focas y granjeros, una ciudad que se congela en invierno y que vive del incipiente turismo de naturaleza en el verano. Un paraíso natural.

En realidad, la mina no es nueva. Su hallazgo se remonta a 1956, cuando los daneses comenzaron a explotarla en pleno auge de las centrales nucleares. Cuando pasé por Narsaq en 2012 no sospechaba que cerca de aquellas montañas abruptas ya se planeaba el proyecto. En los años 80, se había cerrado cuando el gobierno danés abandonó sus planes de centrales de nucleares y se aprobó, de hecho, una política de tolerancia cero con la energía nuclear.

Fue en 2007 cuando la compañía Australian Greenland Minerals Ltd. (en adelante GML) obtuvo la licencia para explotar minerales raros en la zona, pero concluyó que el proceso de extracción era demasiado costoso si no le dejaban sacar también el uranio y explotarlo comercialmente. Aquella propuesta llevó a que se votara de nuevo la prohibición de extraer este mineral y, finalmente en 2015, y por un solo voto, salió adelante el proyecto empresarial.

Con 120 kilómetros cuadrados de extensión, se calcula que será una de las minas de uranio a cielo abierto más grandes del mundo. GML ha tenido que presentar, desde 2016, cuatro informes sobre el  impacto ambiental, tres de ellos rechazados por el Gobierno groenlandés y grupos ambientales como Amigos de la Tierra. El cuarto está ahora en proceso de análisis, si bien tampoco gusta a los ecologistas. Como el proceso se alarga, la empresa ha llegado a presionar a ministros de ministerios que no son competentes en el asunto para intentar sacar adelante sus planes. Paralelamente, para finales de este mes prepara consultas con la población de Narsaq y alrededores en encuentros que despiertan muchas suspicacias.

En el otro lado, expertos, científicos, el partido groenlandés Inuit Ataqatigiit (IA) y organizaciones ambientales locales e internacionales señalan las consecuencias que tendrá reabrir esta mina de uranio y otros minerales. Preocupa, según señalan estas fuentes, qué pasará con los materiales de desecho, dado el alto contenido de torio radiactivo del depósito que hay, tal como refleja el informe realizado por un experto holandés. Como la mina será a cielo abierto, también se teme la contaminación del agua, posibles derrames o qué pasará con el polvo que contiene materiales radiactivos, dada la cercanía de poblaciones como Narsaq o de granjas de ovejas y otras producciones agrícolas. De hecho, en la zona hay con frecuencia fuertes vientos árticos, que podrían levantar ese polvo radiactivo y expandirlo, denuncia en un comunicado el grupo ecologista de Narsaq llamado Urani Naamik (No al uranio).  Y por otro lado, recuerdan, ¿qué pasará con los residuos que se congelen y descongelen cada año? 

Otro asunto es que la empresa australiana planifica poner las presas de relaves de la mina en el lago Taseq, que sería el lugar de almacenamiento asignado para los materiales de desecho radiactivo, lo que podría suponer la contaminación de las aguas subterráneas, los ríos y el suelo si estas presas tuvieran fugas. En definitiva, consideran que son demasiados riesgos de contaminación radiactiva, lo que sería un desastre ambiental de grandes dimensiones para el sur de Groenlandia dada la lenta tasa de recuperación del medio ambiente polar.

Como en tantos otros proyectos, al tema ambiental se suman las amenazas a la identidad cultural de la región y las divisiones que la mina genera en la pequeña comunidad afectada, tal como recogió el Relator especial de la ONU sobre derechos humanos tras una visita a Groenlandia en 2017. Es la misma división que se vive en toda Groenlandia respecto a la autorización o no de extraer uranio y tierras raras, asunto sobre los que algunos partidos groenlandeses han planteado un referéndum, aunque no está claro quien ganaría, si a favor o en contra. Para algunos esa riqueza será la panacea de su desarrollo económico, en un lugar de apenas 50.000 habitantes, a medida que los hielos desaparecen y el proceso de extracción se hace más fácil. Otros ven las amenazas. 

El proyecto de la compañía minera australiana, además de la mina en sí, incluye la construcción de una planta de procesamiento, un puerto, instalaciones mineras complementarias, las instalaciones de relaves ya mencionadas, una carretera que conecta el proyecto minero y un sistema para el suministro de energía que incluye una gran presa, con embalse y estación generadora de energía. 

Para intentar frenarlo y darlo a conocer, desde Change.org las organizaciones de Narsaq han lanzado una petición de firmas: AQUÍ. 

 

 

El Ártico se vuelve negro por un ‘combustible alquitrán’


ROSA M. TRISTÁN

Hasta hace unos días no había oído hablar del fuel oil HFO. Es un combustible de consistencia similar al alquitrán, conocido como combustible búnker, o fuel oil residual, porque es el resultado de la destilación y craqueo del petróleo. Esta contaminante sustancia es el carburante que utiliza la mayoría del transporte marítimo, ya sea en las transparentes aguas del Caribe o en el impoluto Ártico. Y es ahí, en el norte de la Tierra, donde es en parte culpable de la aparición de ese ‘hielo negro’ que tanto preocupa a los científicos porque, por si no bastara con el impacto de la contaminación atmosférica global, su efecto local favorece aún más el cambio climático. Pero ¿se está haciendo algo para impedirlo?

Glaciar Qaleraliq en Groenlandia. @Rosa M. Tristán

 

Para dar respuesta a esta pregunta, la organización Ecología y Sociedad (Ecodes), reunió el otro día a varios expertos, que comenzaron haciendo un retrato desalentador de la situación en el Ártico, cuando es un regulador clave del clima planetario. La encargada de recordar cómo está el Ártico fue la física Mar Gómez, responsable de ElTiempo.es, quien mostró los funestos datos de su deshielo. Entre otros, que en 30 años se han perdido tres cuartas partes de hielo marino, que este verano ha sido de nuevo récord y que, además, la temperatura de su océano está en ascenso.

Basta dar una vuelta a las noticias para comprobar que las inundaciones en el Levante español cada vez son más frecuentes y destructivas, y en eso la subida del nivel del mar es determinante… Es más, aquellos que habitan cerca de la Albufera, el delta del Ebro o Doñana, debieran ir pensando en dejar otra herencia a sus descendientes porque la suya tiene muchas papeletas de acabar sumergida. O emparedada. Gómez recordaba a quien no se ha dado cuenta aún que ahora tenemos cinco semanas más de tiempo de verano que cuando yo iba a la universidad, en los no tan lejanos finales de los años 80. 

Y la cuestión es que el Ártico no está protegido. Parece que coordinar intereses de ocho países (EEUU, Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia) es un imposible, algo que al menos en tierra antártica no sucede (eso si, proteger el océano antártico es otro cantar, como se ha visto recientemente en CCAMLR). Así que, si bien en las cercanías del Polo Sur se ha prohibido totalmente el uso de este peligroso combustible HFO, en las del Polo Norte, su impacto cada vez es mayor, toda vez que lo usan el 66% de los barcos que por allí transitan y que cada vez son más porque, a su vez, la falta de hielo favorece su llegada a más recursos, sea pesca o turismo, y más adelante quizás minería. 

La impactante imagen de llegar a un glaciar de Groenlandia y pisar hielo negruzco debo decir que es deprimente. Ya la he tenido. El científico americano Jason Box lleva años estudiando este fenómeno, que atribuye en parte a la quema de madera por incendios, pero también se debe, aunque no se puede precisar en qué porcentaje, al uso en las cercanías del infumable HFO. Box me explicaba cómo por culpa de esa ‘suciedad’ que tanto me impactó, el hielo pierde su capacidad de reflejar el calor que recibe la Tierra (albedo), lo que favorece aún más su calentamiento y pérdida de hielo.  

@Tierras Polares

En el evento de Ecodes me enteré de que la Organización Marítima Internacional decidió en febrero pasado que para julio de 2024 se prohibirá totalmente el uso y transporte de este HFO por el vulnerable Ártico, pero que algunos barcos tendrían exenciones y también habría excepciones hasta 2029. ¿Y qué excepciones y exenciones hay? Pues Brian Comer, investigador del ICCT (Comité Internacional para un Transporte Limpio), explicó que no deberán cumplir la prohibición en cuatro años todos los buques que lleven banderas de países árticos. “Es evidente que muchos que no lo son, cambiarán de bandera y seguirán usándolo, sobre todo teniendo en cuenta que su uso ha aumentado entre 2015 y 2019 un 75%”, comentó. Una investigación de su comité, de hecho, ha concluido que sólo se reducirá en la década un 16% del total de barcos que lo consumen y, por tanto, sólo se reducirá un 5% de las emisiones que genera. Entre otras cosas, porque Rusia es un país ártico y responsable del tres cuartas partes del uso del HFO. “Rusia apoya la prohibición pero sólo con la cláusula de excepción. Veremos si su posición cambia en el MEPC 75, que será del 16 al 20 de noviembre”, añade Comer.

La autora en un glaciar ennegrecido por la contaminación en Groenlandia. @Rosa M. Tirstán

Es decir, pese a ser una especie de ‘alquitrán’ muy peligroso, aún hay una década por delante para que se utilice y siga en aumento, con el riesgo de que los hielos árticos sigan ennegreciéndose, y el peligro de que, a medida que aumenta el tráfico marítimo en la zona, dado que cada vez es más fácil el paso, haya un accidente y un derrame de consecuencias catastróficas para la vida ártica ¿Por qué entonces no prohibirlo de una vez por todas? 

Esta es la apuesta también de la abogada norteamericana Danielle Gabriel, del equipo Wildlife Team. “Esta relajación sobre los estándares del HFO es un precedente peligroso, porque la realidad es que la comunidad internacional ha reconocido el riesgo que existe y exige a los estados un control rígido de la contaminación, pero luego incluye excepciones que socavan el espíritu de protección, plantean dificultades y dejan a discreción de los países si se adaptan o no”, concluía en el encuentro. 

Para el director de Ecodes, Víctor Viñuales, está claro que este es otro ejemplo de que aunque siempre es mejor, y además más barato, actuar para prevenir que esperar a que el desastre esté encima, no siempre somos capaces de verlo. “Esas excepciones y exenciones son vías de agua a tapar, porque en otro caso el impacto de la prohibición será tardío y pequeño”, afirmaba.