Antártida, crónica de una frustración anunciada


Hoy comienza la COP26 ¿Habrá más suerte?

Photo by Pixabay on Pexels.com

ROSA M. TRISTÁN


El Océano Antártico no será protegido, tampoco este año. Con ser una decisión que se preveía en casi todas las esferas diplomáticas, políticas y científicas, no deja de ser una frustración, anunciada, que la decisión de crear nuevas áreas marinas con protección sea de nuevo aplazada otros 12 meses.


Frustración porque si no somos de capaces de considerar una prioridad dejar sin explotar un mar al que los humanos llegamos hace apenas 150 años, ¿cómo pensar en conseguirlo para ese 30% de todo el planeta, con sus minerales, sus maderas, sus ríos, sus plantas y animales, que ya está inmerso, de un modo u otro, en algún negocio, algún consumo, algo que alguien considera fundamental para ‘seguir creciendo’?


En el juego de la diplomacia internacional, la baza dependía de China y Rusia, dos países que se han quedado solos en la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, en inglés) que se ha reunido las pasadas dos semanas y que se cerró el pasado viernes con sus posturas inamovibles. China y Rusia, precisamente dos grandes implicados en el cambio climático –el uno por ser uno de los mayores contaminantes al acaparar buena parte de la producción mundial- y otro por ser quien tiene grandes reservas de gas natural (combustible fósil como el petróleo, por si alguien no lo sabe) con las que ‘chantajea’ a diestro y siniestro. Pues bien, la biodiversidad antártica no les preocupa, y lo dicen justo los días que en el gigante asiático se celebraba una reunión preliminar de la Cumbre de la Biodiversidad…. Ver para creer.


No ha bastado el impulso internacional que se intentó dar el asunto en España, coincidiendo con el 30 aniversario del Protocolo de Madrid, este ‘anexo’ al Tratado Antártico que sirvió para proteger la tierra de la minería y otro impactos. En realidad, pocos de los presentes –políticos, ministros, científicos y activistas- confiaban que hubiera el necesario consenso; que el millón y medio de firmas recogidas en el mundo para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de turbulentas y ricas aguas (en el Mar de Weddell, la Península Antártica y la Antártida Oriental) dejaran de ser visitadas por grandes buques pesqueros que rompen sus frágil equilibrio.


“Estamos muy decepcionados al presenciar una vez más esta oportunidad perdida de asegurar lo que podría han sido el acto más grande de protección de los océanos en la historia mediante el establecimiento de tres AMP en la Antártida. El planeta y las preciosas aguas de la Antártida no pueden permitirse un año más de inacción ”, ha declarado después Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), que también estuvo en Madrid recientemente. Similares declaraciones se han hecho desde WWF y Greenpeace.


Es más, para ASOC esta demora en las negociaciones y la incapacidad de avanzar “pone en riesgo la credibilidad internacional de la CCAMLR”, porque resulta que esta Convención habla de desarrollar recomendaciones científicas y la ciencia ya ha hablado hace tiempo, señalando la imperiosa necesidad de proteger el Austral y hacerlo cuanto antes.


Destaca, eso si, que de los 26 países que forman parte de CCAMLR, este año a la iniciativa de la protección de estas tres áreas se sumaron como co-patrocinadores otros cuatro países (India, Corea del Sur, Ucrania, Uruguay e incluso Noruega, éste último aunque tiene importantes empresas que capturan el krill). Pero no bastó. Al menos si se llegó a un consenso para evitar la sobrepesca de ese crustáceo, que proporciona el 96% de las calorías de todos los mamíferos y aves marinas de la Antártida (pingüinos, focas, ballenas…).


La cuestión es que estamos hablando de un lugar lejano, frío, inhóspito, de cuyos recursos no depende la alimentación humana. Si no somos capaces de consensuar este asunto ¿qué pasará con los retos que la COP26 tiene por delante? ¿Qué acciones serán capaces los líderes del mundo de iniciar? ¿cómo conseguir un compromiso firme y real de que se van a recortar emisiones contaminantes cuando resulta que líderes fundamentales para ello ni siquiera van a ir a Glasgow?


Las soluciones las tenemos, como también sabemos qué hay que hacer para no esquilmar ecosistemas que ni siquiera conocemos bien, como los antárticos. Sabemos que hay que reducir la presión del consumo a mansalva, que hay que cortar una globalización comercial que marea productos de acá para allá a bordo de ‘chimeneas de CO2’ flotantes, que las renovables están aquí para quedarse –a ser posible sin generar más destrozo- , que aunque está cara (y cada vez más) seguimos derrochando energía fósil y que, con todo ello, hemos generado un cambio climático que ya está causando miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de pérdidas económicas.


Uno de los temas fundamentales de esta cumbre será la financiación climática para mitigar, adaptarse y pagar los daños del cambio climático. Mitigar es invertir en tratar de que no vaya a más, adaptarse es prepararse para los impactos que ya están llegando y que, todo indica, que se agravarán, y pagar daños es asumir la responsabilidad de quien ha generado catástrofes climáticas que afectan más a quienes menos tienen, los países del sur global. Hasta ahora, no se han cumplido los compromisos de dotar de dinero estos fondos, y de lo que hay el 80% son créditos a devolver por quienes los pidan, aumentando así su deuda externa.


Otro tema es el de los mercados de carbono, es decir, crear un mecanismo que permita a los países más contaminantes compensar sus emisiones comprando ‘créditos de carbono” que pueden venir de acciones de reforestación, captura de CO2, proyectos de renovables y de países que tienen de sobra. Pero la cuestión es que ya existe en mecanismo puesto en marcha en Kioto y que unos países quieren mantener esos derechos ya adquirios (China, India y Corea el Sur) mientras la UE quiere partir de cero.

También está el riesgo de que en esa compraventa, los dos países implicados se apunten el tanto, lo que en el fondo es ‘trucar’ la cuenta de carbono. En definitiva, si bien según algunos aseguran que sin mercado de carbono es muy difícil que los grandes contaminadores cumplan el Acuerdo de Paris de 2015, según otros no deja de ser una ‘trampa’ para seguir contaminando a costa de pagar, mientras el clima en la Tierra sigue calentándose, con el grave riesgo de superar los 1,5ºC marcados.


Según el IPCC, de seguir así, las emisiones aumentarán un 16% más para 2030 y la temperatura subirá hasta 2,7ºC. Con esas temperaturas los hielos antártico y árticos acelerarían exponencialmente su derretimiento, el nivel del mar subiría inundando tierras donde viven millones de personas, países como España sufrirían olas de calor cada vez más intensas, superando quizás muchos días los 47ºC que ya hubo el pasado verano en Egipto, escasearía la comida y las migraciones climáticas serían un flujo continuo…


Comienzan dos semanas que son claves para la vida en la Tierra, la nuestra también. Visto lo ocurrido con la Antártida y la protección de su océano, no parece que vivamos tiempos de consensos… Ojalá me equivoque.

#SomosAntártida: ¡Alerta! Se aceleran cambios que afectarán a miles de kilómetros


Un informe alerta de la situación crítica en el continente del Polo Sur y la necesidad de tomar medidas de protección y conservación ligadas al cambio climático, coincidiendo con una reunión del Tratado Antártico

Orcas en el mar de hielo @John Weller

ROSA M. TRISTÁN

Punto de inflexión inminente. Umbrales críticos para un cambio irreversible y rápido.  La vida del planeta, en línea directa de los efectos cascada que se pueden provocar. Las frases están en el informe sobre la Antártida que científicos polares líderes en sus áreas acaban de hacer público mientras se celebra, un año más, la Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA), entre los días 14 y 24 de junio, que reúne a los 54 estados firmantes (entre ellos España) de este convenio internacional.

Crisis Climática y Resiliencia del Océano Austral”, publicado por el Instituto Polar del Wilson Center y la ONG The Pew Charitable Trusts, revisa las presiones climáticas, todas de origen humano, en un continente que está cambiando rápidamente y cómo a su vez, su transformación afectará globalmente a esa misma crisis climática que la provoca y, por tanto a la vida en la Tierra. También la nuestra. Su objetiv es  no  olvidarnos de que este casquete de hielos del sur y el Océano Austral que lo circunda tienen un rol fundamental en la red de la vida y hay que aumentar sus áreas protegidas.  

“La protección de las áreas que están en más riesgo debido a la crisis climática, como la Península Antártica, no sólo nos ayudará a revivir la biodiversidad allí, sino que también a estimular la resiliencia de los ecosistemas marinos lejanos. Además, nos permitirá monitorear los efectos a largo plazo de actividades humanas, como la pesca. De esta manera, al nutrir su salud, estamos nutriendo la nuestra. Al desarrollar su resiliencia a la crisis climática, estamos estimulando la nuestra”. Lo ha dicho Andrea Capurro, investigadora chilena en la Universidad de Boston y co-autora del informe. Toda una llamada de atención a los firmantes de un Tratado que entró en vigor hace 60 años, en unas circunstancias muy distintas.

Preguntada sobre si la situación es irreversible, Capurro, en comunicación ‘on line’ desde EEUU, comenta que “volver atrás es casi imposible” porque “en unas décadas el continente ha cambiado, la mayoría de los glaciares ha desaparecido, las barreras de hielo colapsan y si seguimos con más emisiones, como parece, llegaremos a ese punto de inflexión”.

En realidad el trabajo de estos expertos en ciencias sociales, gobernanza, biogeografía, oceanografía y biología  es un compendio de lo mucho que ya se sabe a nivel científico pero tanto cuesta trasladar a nivel social. No ayuda que sea un territorio tan lejano, inhóspito. “Por eso es importante aumentar su visibilidad, comprender que lo que allí ocurre no nos es ajeno porque forma parte de un micro-planeta, que el tema del calor, los nutrientes, el CO2… Y soy optimista pese a que hay que decir que estamos en un momento clave de récords en temperaturas, en calentamiento del permafrost, y lo más grave es la velocidad de los cambios, que conocemos gracias a la cantidad de ciencia que se hace mejor que en el pasado”, señala la investigadora.

@John Weller

Entre las señales de alerta destaca cómo las aguas cálidas alrededor de la Antártida pueden estar provocando una inestabilidad irreversible de la plataforma de hielo que la rodea, lo que, a su vez, puede provocar el colapso de la capa helada interior que la cubre y que ya se adelgaza. El impacto será devastador para las regiones costeras de todo el mundo, con aumentos del nivel de mar de varios metros que los últimos estudios triplican respecto a previsiones previas. Una amenaza, dicen, sobre 1.000 millones de personas. La última investigación en Science Direct, hace unos días, sobre el glaciar Pine Island certificaba esta situación crítica: el Pine Island, que contiene suficiente hielo (5 trillones de toneladas) como para subir medio metro el nivel oceánico global, se está acelerando a medida que se requebraja y se rompe la plataforma helada que tiene delante.

Pero no es sólo deshielo lo que está pasando, avisan. Los océanos absorben el 40% del CO2, pero en Austral, desde la superficie hasta los 2.000 metros de profundidad, ha aumentado ese porcentaje hasta situarse entre el 45% y el 62% entre 2005-2017. Es más, por debajo de esos dos kilómetros, almacena hasta un tercio del calor que hemos generado desde 1992. A más CO2 acumulado, más se acidifica, lo que podría llevar a cambios en el ecosistema marino.   

Se menciona, en concreto, el colapso al krill austral, básico en la cadena de la vida antártica, pero también las alteraciones en comunidades de fitoplancton que generan impactos en cascada en ecosistemas regionales pero también lejanos. De hecho, los nutrientes que afloran en este Océano Austral sustentan ¾ partes de la producción marina mundial. Si disminuye la cantidad de peces y cambia la distribución de especies, la pesca global disminuirá, afectando la seguridad alimentaria y otros servicios de los ecosistemas fuera de la Antártida. Todo ello ocurre, además, en ecosistemas aún tienen impactos de las pesquerías de finales de los años 90 y de la demanda creciente de nuevos productos derivados del krill.

Los expertos dejan claro que todos estos cambios son dinámicos en un lugar que contiene el 70% del agua dulce del planeta, con un hielo marino flotante que cubre 1,5 millones de kms2 y conecta el continente con su océano, con glaciares que pierden masa rápidamente, drenando el hielo occidental y oriental. Y hay muchas dudas sobre cómo responderá el hielo interior al inestable hielo marino en el que se sustenta.. “La inestabilidad de la capa de hielo marino, podría causar 4 o 5 metros de aumento del nivel del mar para 2300 en escenarios de altas emisiones contaminantes”, auguran sus modelos. Atrás está quedando ese ciclo de enfriamiento antártico en el que ganaba masa helada. Ahora todo son pérdidas.

“Los científicos nos están diciendo que la Antártida juega un papel vital en el futuro de nuestro planeta y tienen un argumento convincente para que las organizaciones que gestionan la diplomacia antártica incorporen las consideraciones climáticas a su trabajo”, asegura Evan Bloom, del Instituto Polar del Wilson Center y antiguo jefe para Política Exterior Antártica de Estados Unidos.

Esta diplomacia, en la que el Tratado Antártico tiene mucho que ver pero también la CCAMLR (la convención para la conservación de la vida marina antártica), en palabras de Andrea Capurro, “tiene que incorporar el cambio climático en su toma de decisiones: identificar las especies afectadas, preservar hábitats únicos”.

Ahí se encuadra la petición de aumentar la proteccion de áreas marinas antárticas, que se tratan de ampliar y se encuentran con el veto (dado que se require unanimidad) de Rusia y China en el seno de la CCAMLR. “Ha quedado claro que, como parte del manejo de la crisis climática, el establecimiento de una red circumpolar de áreas marinas protegidas en el Océano Austral, entre otras acciones de gestión, contribuirá de gran manera a la ciencia climática y ayudará a desarrollar políticas relacionadas con el clima para todo el planeta”, asegura Mike Sfraga, director del Instituto Polar del Wilson Center.

“El sistema de consenso”, explica Capurro, “es una fortaleza porque las decisiones deben ser adoptadas por todos los países o no servirán, pero eso require negociación, y tiempo”. “Ahora hay una gran presión diplomática de la UE, EEEUU, Argentina y Chile para seguir negociando”.

¿Y de qué sirve proteger si el cambio climático continúa? “Será mejor si reducimos emisiones de CO2, pero esas nuevas áreas generarán mayor resilencia en la Antártida, controlando más la pesca, donde ahora no se tiene en cuenta el cambio climático”, responde.

Y es que ddemás de nuevas áreas protegidas (en el Mar de Weddell, la Antártida Oriental y la Península Antártica) proponen incorporar la crisis climática en las políticas de gestión de pesca y apostar por “una estrategia preventiva” para prevenir cambios irreversibles en las especies, en lugar de tratar de arreglar a posteri lo desastres. Afiman los científicos que la CCAMLR no puede basarse sólo en poblaciones de peces para aprobar cuotas de pesca, sin contar con variable climática. Y ponen de nuevo de ejemplo el krill: la normativa actual puede esatr omitiendo presiones pesqueras en lugares localizados donde ya tienen el impacto de sus depredadores (pingüinos, ballenas y focas).

“Los gobiernos tienen la oportunidad de promover estrategias de mitigación del cambio climático con la conservación de la Antártida. Debido a la importancia que tiene para toda la vida en la Tierra, hacemos un llamado a los estados miembros de la CCAMLR para proteger nuestro futuro estableciendo esa red globalmente coordinada de áreas marinas protegidas alrededor de la Antártida”, ha señalado por su parte Andrea Kavanagh, directiva de The Pew Charitable Trusts.

“El Tratado Antártico es un ejemplo de éxito al dedicar un continente entero a la paz, la ciencia y la cooperación. Ahora la esperanza es que se puede proteger”, concluye Andrea Capurro.

Indígenas: cuidadores de la Amazonía desde hace 5.000 años


Una investigación revela que en el pasado los amazónicos sólo modificaron de forma intensa las zonas fértiles cercanas a los ríos para asentarse

PNAS

Rosa M. Tristán

Son muchos los estudios científicos que nos dicen que los pueblos indígenas son excelentes guardianes de la biodiversidad cuando mantienen su forma de vida tradicional, especialmente en lugares como la Amazonía, donde hay aún grandes espacios sin ‘reconvertir’ en pastos para vacas. Ahora, se ha dado a conocer que esta capacidad de preservar el entorno –eso si, siempre que estos pueblos no sean ‘colonizados’ y atraídos por otros modos de vida – perdura desde hace milenios, al menos 5.000 años en el caso de esa zona del mundo que sigue siendo un lugar privilegiado pese a las amenazas que se ciernen sobre la inmensa selva sudamericana.

Un trabajo liderado por científicos del Instituto Smithsonian de EEUU ha encontrado evidencias de cómo los pueblos amazónicos prehistóricos no alteraron de forma significativa grandes partes de los ecosistemas forestales en la Amazonía occidental, preservándolos de forma efectiva sin cambios en su composición, unas conclusiones que desmiente estudios previos que apuntaban a que en el pasado estos pueblos fueron moldeando la rica biodiversidad actual o que fue reforestada tras un periodo de cambio climático.  

Los autores señalan que sus nuevos datos pueden ser claves para la conservación de los ecosistemas amazónicos, siempre, claro está, que poderes económicos y políticos lo permitan, algo que en Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Colombia o Venezuela no está nada claro. Es más, no hay más que mirar a la web brasileña de Amazonía Sofocada para comprobar que mientras está leyendo esta noticia hay cientos de incendios en gran parte de esa cuenca y se sabe que prácticamente todos son premeditados.

Volviendo a la zona más inalterada, la distribución de las especies de flora había hecho pensar a algunos científicos que la selva había sido “modelada” de forma intensa por los indígenas precolombinos en función de sus intereses; otros mencionaban como origen de su estado actual el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo o incluso el hecho de que muchos de los amazónicos murieran tras la llegada de los colonizadores europeos. Veían ahí la explicación a unas supuestas transformaciones. Pero se equivocaban en la premisa, según los resultados publicados estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se sugiere que durante al menos los últimos 5.000 años todas las áreas alejadas de las tierras junto a los ríos se quedaron intactas, sin ser prácticamente deforestadas con fuego, el mismo método que ahora las destruye, y sin ser cultivadas intensivamente.

Como explica en un comunicado del Smithsonian la autora principal, Dolores Piperno, “los asentamientos humanos complejos y permanentes en la Amazonia no tuvieron influencia sobre el paisaje en algunas regiones”. “Nuestro estudio añade evidencias de que la mayor parte del impacto ambiental de la población indígena en el medio forestal se concentró en los suelos ricos en nutrientes cercanos a ríos y que su uso de la selva tropical circundante era sostenible, sin causar pérdidas de especies detectables o perturbaciones durante milenios”.

Para explorar la escala de la posible, o no, modificación indígena de la Amazonía, Piperno y sus colegas recogieron 10 núcleos de suelo (perforaciones de aproximadamente un metro de profundidad) en tres lugares remotos de las cuencas hidrográficas del Putumayo-Algodón, al noroeste de Perú. Querían analizar los fitolitos (microfósiles de plantas mineralizadas) y el carbón vegetal u hollín que se ha acumulado a lo largo del tiempo bajo los bosques más antiguos (los alejados de riberas y que no eran inundables). Esos ‘núcleos de tierra’ les permitieron profundizar en un pasado que se remonta unos 5.000 años, según dataron con carbono 14.

Comprobaron, tras comparar los registros de las muestras halladas con un inventario de árboles, que no había nada que indicara que hubo talas ni un uso agrícola anual que hubiera dejado raíces o semillas. Ni siquiera detectaron un aumento importante de especies de palmeras que eran aprovechables y que hoy son muy dominantes en la flora moderna, es decir, que hace cinco milenios nadie las cultivó. Y lo mismo pasa con otros árboles: a lo largo del tiempo encontraban la misma estructura forestal, estable y diversa.

“Nuestros datos respaldan algunas investigaciones anteriores que indican que áreas considerables de algunos bosques de tierra firme amazónicos no fueron impactadas significativamente por las actividades humanas durante la era prehistórica. Más bien parece que durante los últimos 5.000 años, las poblaciones indígenas de esta región coexistieron y ayudaron a mantener grandes extensiones de bosque relativamente sin modificar, como continúan haciéndolo hoy”, apuntan los autores.

Los tres lugares estudiados están ubicados a un kilómetro de los cursos de los ríos y las llanuras aluviales. Son bosques interfluviales que en realidad suponen más del 90% de la superficie del Amazonas y, por lo tanto, cruciales para comprenden la influencia de los asentamientos humanos que los arqueólogos encuentran cerca de los ríos, como, por otro lado, es natural en todas las civilizaciones. En un lugar donde llueve en grandes cantidades, el fuego ha sido casi siempre de origen humano y, de haberse usado para limpiar grandes áreas, para usos como la agricultura y los asentamientos, habría dejado su huella.

Los investigadores también realizaron estudios de los bosques modernos que se encuentran en el entorno de cada muestra extraída, un inventario extraordinario de 550 especies de árboles y 1.300 de otras especies de flora, que dan idea de la biodiversidad amazónica. «Pero no encontramos evidencias de plantas de cultivo o agricultura; no hay evidencia de tala de bosques ni de incendios; no hay prueba alguna del establecimiento de jardines forestales. Es similar a lo que se encuentra en otras regiones amazónicas «, señala Piperno.

A tenor de estos datos, podemos decir que todavía hoy existen regiones en la selva muy parecidas a las que había hace esos 5.000 años, incluso que permanecen totalmente inalteradas. «Esto significa que los ecólogos, científicos del suelo y climatólogos que buscan comprender la dinámica ecológica y la capacidad de almacenamiento de carbono de esta región pueden estar seguros de que están estudiando bosques que no han sido muy modificados por los humanos sustancialmente», afirma la investigadora.

Pero también alerta de que, por otro lado “no debemos asumir que los bosques alguna vez fueron resilientes frente a perturbaciones importantes», es decir, que más vale conservarlos con las políticas adecuadas porque su respuesta ante la destrucción y su capacidad de recuperación es desconocida.

La explicación que encuentran para que los precolombinos no usaran ese suelo alejado de ríos es que tiene pocos nutrientes, por lo que es poco agradecido para los cultivos, algo que ahora se solventa con la utilización de fertilizantes en el caso agrícola y robando nuevos espacios al bosque en el caso ganadero. Por desgracia, a ello se suman otras graves amenazas en la región del Putumayo, como es la minería ilegal, que está en aumento en Perú.

Para Piperno es importante hacer más trabajos en otras regiones alejadas de ríos y llanuras aluviales de la Amazonía aún no estudiadas para obtener una visión más amplia de lo sucedido en tiempos remotos. “En todo caso, no se trata de que los indígenas no utilizaran de ninguna forma el bosque, sino de que lo usaron de forma sostenible y no modificaron mucho su composición de especies», comenta. «Es un lugar donde los humanos parecen haber sido una fuerza positiva en este paisaje y su biodiversidad durante miles de años».

Desde luego, algo que no podemos decir de muchos otros sitios…

El lenguaje de los gorilas


ROSA M. TRISTÁN

@NATURE

La imagen de un gorila de montaña dándose golpes en el pecho como diciendo “aquí estoy yo” me retrotrae a imágenes de la película “El Libro de la Selva”. Ahora, un estudio internacional publicado en Nature hace unos días nos revela cómo esos golpes que se dan con las manos para producir un sonido de tambor, están transmitiendo una información real sobre el tamaño de su cuerpo y permite la identificación de individuos.

Los autores reconocen que ya se había sugerido anteriormente que los gorilas pueden golpearse el pecho para transmitir información, pero la naturaleza exacta de la información no estaba clara. Para explicarnos los detalles de este ‘lenguaje mímico’ Edward Wright, del Instituto Max Planck de Alemania, y sus colegas observaron y grabaron a un total de 25 gorilas de espalda plateada, machos adultos salvajes de más de 12 años, que llevan años monitoreados por la Dian Fossey Gorilla Fund (https://gorillafund.org/) en el Parque Nacional de los Volcanes de  Ruanda, entre enero de 2014 y julio de 2016.

Para comprobar el tamaño corporal les hicieron fotografías en las que se midió la distancia entre los hombros de los gorilas y también grabaron el sonido para comprobar la duración, el número y las frecuencias de 36 los golpes de pecho hechos por seis de los  machos, concluyendo que las frecuencias de sonido de los machos más grandes eran significativamente más bajas que las de los más pequeños. Dado que los machos más grandes pueden tener sacos de aire más grandes cerca de la laringe, ello podría reducir las frecuencias de sonido. También observaron variaciones en la duración y el número golpes realizados por diferentes gorilas, lo que permitiría identificar a los sujetos que realizan la acción.

Makmba. @Rosa M. Tristán
Makumba en parque nacional Dzanga Shanga de Rep. Centroafricana @Rosa M. Tristán

Los autores sugieren que  ese sonido de los golpes en el pecho permite que los gorilas de montaña se comuniquen a través de los densos bosques tropicales en los que viven, donde a menudo les resulta difícil verse y proponen que los usan para informar para la elección de pareja sexual y evaluar la capacidad de lucha de los competidores.

En general, los sonidos emitidos juegan un papel crucial para evaluar a los rivales y elegir compañeros en muchas especies de animales, dado que no se pueden fingir fácilmente y cuesta producirlos. Quienes no alcanzan un nivel de capacidades sonoras quedan fuera de juego, ya sea de ganar en una competición o de tener éxito reproductivo. Así se determina en especies tan distintas como los macacos rhesus los monos colobos blancos y negros,  el ciervo rojo, el gamo, los pandas gigantes o los elefantes marinos.

Pero no se habían estudiado prácticamente nada sobre las señales acústicas no vocales como el golpe en el pecho de los gorilas, que no sólo se ve sino que se escucha a más de un kilómetro de distancia. Y hay que recordar que los gorilas viven en grupos con un solo macho y varias hembras, así que hay una gran competencia entre ellos para no perderlas a ellas, porque las gorilas pueden dispersarse y elegir otros compañeros. De hecho, una de las que conocí en el parque de Dzanga Shanga (República Centroafricana) me cuentan que se ha ido con otro macho, abandonando al gran Makumba.

Investigaciones anteriores ya sugerían que golpearse el pecho es una señal importante en la competencia para hacerse con pareja, por lo que si bien un espalda plateada apenas se golpea una vez cada 20 horas de forma habitual, pude hacerlo cada muy pocos minutos cuando hay encuentros con otros grupos, como observó el investigador M. Robbins, y también cuando las hembras están en celo. La investigación prueba que así están dando idea del volumen del pecho, es decir su corpulencia pues los machos mayores se lo golpean durante más tiempo y a más ritmo que los más pequeños, dada la energía que tienen que gastar en ello.

“Este es uno de los pocos estudios en mamíferos que demuestran que el tamaño del cuerpo está codificado de manera confiable en una señal acústica no vocal”, apuntan los autores en su trabajo. “El golpe en el pecho ha evolucionado como una señal multimodal para, al menos en parte, mejorar la transmisión de información en un entorno con visibilidad limitada”.

La Tierra está ya malherida en la «década esencial»


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

El tráfico de especies acaba con el 62% de las poblaciones de fauna salvaje


Una investigación internacional revela cómo el comercio de especies salvajes afecta a la biodiversidad

Trampas de animales salvajes requisadas y expuestas a la entrada del Parque Nacional Hlane, en Swazilandia. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

A la entrada del Parque Nacional de Hlane, en Swazilandia, una amalgama de alambres recibe a los visitantes. «Los tenemos aquí para que todo el mundo vea la terrible cantidad de caza furtiva,  incluso en espacios protegidos», me contaba hace unos años uno de los guardas, en uno de los pocos lugares donde se pueden rinocerontes blancos, presas codiciadas para el comercio con especies salvajes. Hoy, el comercio de vida silvestre mueve entre los 4.000 y los 20.000 millones de dólares anuales y afecta a la mayoría de los principales grupos taxonómicos. Al menos 100 millones de ejemplares de plantas y animales son objeto de tráfico internacional, un comercio que afecta al  24% de las especies de vertebrados terrestres (es decir, 7.638 especies diferentes). Pese a este elevado volumen, y el daño en la biodiversidad global de este negocio, hay una gran falta de compresión global del impacto real que tiene estas ‘sustracciones‘ de vida, según revela un trabajo de compilación desarrollado por un equipo de investigadores, dirigido por el británico Oscar Morton (Universidad de Sheffield)  que ha publicado en la Nature Ecology & Evolution, utilizando 31 estudios previos diferentes. 

En sus conclusiones, destacan que la abundancia de especies disminuye en un 62% en los lugares del planeta donde se comercia con ellas, legal o ilegalmente, y que las especies en peligro de extinción sufren una disminución aún más pronunciada, el 81%, que las que no lo son.  Los autores afirman que las medidas de protección actuales están fallando a las especies con las que compartimos la Tierra, estén en áreas protegidas, como Hlane, o no lo estén. 

Rinocerontes en parque del sur de África, P.N. Hlane. @ROSA M. TRISTÁN

El análisis distingue entre las capturas a escala local, cuyo fin suele ser dar seguridad alimentaria y algunos ingresos a 150 millones de hogares en el mundo, y un comercio a escala nacional e internacional que se sale de ese pequeño ámbito y tiene que ver con el tráfico ilegal de mascotas, medicinas y carnes de lujo o de partes de animales de gran valor, sean cuernos de rinoceronte, orquídea, exóticas aves de Java o escamas de pangolín. «En todas las escalas, el comercio puede tener potencial para apoyar los medios de vida e incluso proteger a las especies de la extinción, pero un comercio sostenible,  potencialmente tan lucrativo como los métodos insostenibles», señalan los autores. Por desgracia, como indican, se opta por un comercio intensivo.

A diferencia de otras investigaciones sobre este asunto, Morton y sus colegas (de Estados Unidos y Noruega)  se centran en comparar poblaciones de lugares con tráfico y sin tráfico de especies. En total, analizan 506 taxones,  de los que 452 ​​son para mamíferos, 36 aves y 18 reptiles. Comprobaron que cuando en una zona se sacan las especies de gran tamaño proliferan otras de aves y ardillas, comercializadas con menos frecuencia; y también que los traficantes suelen ir a áreas cercanas a zonas inaccesibles por estar muy protegidas. 

Pangonlin en la reserva centroafricana de Dzanga Sangha. @PANGOLIN SANGHA PROJECT

Esa mascota…. exótica

Un autobús en Petén, Guatemala. Un control de policía hace bajar a los viajeros. Inusitadamente, de bolsas y refajos comienzan a salir tucanes, guacamayos de mil colores… Si el comercio de carne de fauna salvaje (al margen de la subsistencia) provocó caídas de un 59,7% en las especies, el de mascotas llega al 73%. De «tremenda» califican en Nature la escala de este tráfico a nivel mundial (hasta 84 millones de pájaros cantores en Java) y sin embargo solo el 5% de los estudios que encontraron se centran en este asunto. Todo indica que falta mucho trabajo por hacer para saber el volumen real de esta amenaza, en relación con otras como la deforestación, la degradación de los hábitats o el exceso de caza. 

También se fijan en el tráfico internacional, que se desvincula de las comunidades locales, y ven la gran amenaza que suponen los planes para coordinar la salida de la medicina tradicional china a través de la nueva Ruta de la Seda hacia Europa (vía Kazajistán), la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, que aumentará el comercio del país con el 62% de la población mundial y, con ello, el peligro para especies de valor medicinal, como el oso pardo (Ursus arctos) o el escaso leopardo de las nieves (Panthera uncia) . «La ampliación de redes comerciales sin una comprensión sólida de los impactos será desastrosa para la conservación, acelerando la extinción de especies», señalan los autores. Entre las que creen que corren un gran riesgo de desaparecer mencionan el mono araña Ateles belzebuth (99,9%) y el Ateles chamek (99,9%), así como el tapir de Baird (Tapirus bairdii)

Si bien el tráfico en áreas protegidas y reconocidas mundialmente fue menor que en las no protegidas (un 56% frente a un 71%), lo cierto es que destacan lo grave que es el problema en lugares que  porcentaje. Y lo mismo pasa con la protección más local: no evita totalmente la caza o captura,  que se prevé que empeorará cuanto más zonas urbanizadas y más rutas de acceso existan. En todo caso, y aunque apuestan por la necesidad de proteger mejor determinados territorios con fauna especialmente valorada para el comercio, recuerdan que hay que hacerlo «sin castigar injustamente» a los marginados económicamente, es decir, a pequeños agricultores que dependen de la carne de animales silvestres para obtener algunos ingresos y proteínas suplementarias. Por ello, apuntan que esa protección debe combinarse con programas de mejora de las habilidades o garantías de ingresos para la población local.

En todo caso, recuerdan que mientras no haya una respuesta globalmente coordinada y financiación para generar y sintetizar datos, así como promulgar prohibiciones comerciales específicas y una vigilancia adecuada, será muy difícil acabar con tan lucrativo negocio…. 

Y para muestra algún botón:

Sólo en África central cada año se cazan 400.000 pagolines. En Camerún ya están en extinción

En el mismo continente, cada 26 minutos es asesinado un elefante según la organización IFAW.

En Asia, Indonesia sigue siendo un agujero negro: En enero pasado se han incautado 11.000 aves exóticas con destino a la isla de Java. 

 

 

 

El Ártico se vuelve negro por un ‘combustible alquitrán’


ROSA M. TRISTÁN

Hasta hace unos días no había oído hablar del fuel oil HFO. Es un combustible de consistencia similar al alquitrán, conocido como combustible búnker, o fuel oil residual, porque es el resultado de la destilación y craqueo del petróleo. Esta contaminante sustancia es el carburante que utiliza la mayoría del transporte marítimo, ya sea en las transparentes aguas del Caribe o en el impoluto Ártico. Y es ahí, en el norte de la Tierra, donde es en parte culpable de la aparición de ese ‘hielo negro’ que tanto preocupa a los científicos porque, por si no bastara con el impacto de la contaminación atmosférica global, su efecto local favorece aún más el cambio climático. Pero ¿se está haciendo algo para impedirlo?

Glaciar Qaleraliq en Groenlandia. @Rosa M. Tristán

 

Para dar respuesta a esta pregunta, la organización Ecología y Sociedad (Ecodes), reunió el otro día a varios expertos, que comenzaron haciendo un retrato desalentador de la situación en el Ártico, cuando es un regulador clave del clima planetario. La encargada de recordar cómo está el Ártico fue la física Mar Gómez, responsable de ElTiempo.es, quien mostró los funestos datos de su deshielo. Entre otros, que en 30 años se han perdido tres cuartas partes de hielo marino, que este verano ha sido de nuevo récord y que, además, la temperatura de su océano está en ascenso.

Basta dar una vuelta a las noticias para comprobar que las inundaciones en el Levante español cada vez son más frecuentes y destructivas, y en eso la subida del nivel del mar es determinante… Es más, aquellos que habitan cerca de la Albufera, el delta del Ebro o Doñana, debieran ir pensando en dejar otra herencia a sus descendientes porque la suya tiene muchas papeletas de acabar sumergida. O emparedada. Gómez recordaba a quien no se ha dado cuenta aún que ahora tenemos cinco semanas más de tiempo de verano que cuando yo iba a la universidad, en los no tan lejanos finales de los años 80. 

Y la cuestión es que el Ártico no está protegido. Parece que coordinar intereses de ocho países (EEUU, Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia) es un imposible, algo que al menos en tierra antártica no sucede (eso si, proteger el océano antártico es otro cantar, como se ha visto recientemente en CCAMLR). Así que, si bien en las cercanías del Polo Sur se ha prohibido totalmente el uso de este peligroso combustible HFO, en las del Polo Norte, su impacto cada vez es mayor, toda vez que lo usan el 66% de los barcos que por allí transitan y que cada vez son más porque, a su vez, la falta de hielo favorece su llegada a más recursos, sea pesca o turismo, y más adelante quizás minería. 

La impactante imagen de llegar a un glaciar de Groenlandia y pisar hielo negruzco debo decir que es deprimente. Ya la he tenido. El científico americano Jason Box lleva años estudiando este fenómeno, que atribuye en parte a la quema de madera por incendios, pero también se debe, aunque no se puede precisar en qué porcentaje, al uso en las cercanías del infumable HFO. Box me explicaba cómo por culpa de esa ‘suciedad’ que tanto me impactó, el hielo pierde su capacidad de reflejar el calor que recibe la Tierra (albedo), lo que favorece aún más su calentamiento y pérdida de hielo.  

@Tierras Polares

En el evento de Ecodes me enteré de que la Organización Marítima Internacional decidió en febrero pasado que para julio de 2024 se prohibirá totalmente el uso y transporte de este HFO por el vulnerable Ártico, pero que algunos barcos tendrían exenciones y también habría excepciones hasta 2029. ¿Y qué excepciones y exenciones hay? Pues Brian Comer, investigador del ICCT (Comité Internacional para un Transporte Limpio), explicó que no deberán cumplir la prohibición en cuatro años todos los buques que lleven banderas de países árticos. «Es evidente que muchos que no lo son, cambiarán de bandera y seguirán usándolo, sobre todo teniendo en cuenta que su uso ha aumentado entre 2015 y 2019 un 75%», comentó. Una investigación de su comité, de hecho, ha concluido que sólo se reducirá en la década un 16% del total de barcos que lo consumen y, por tanto, sólo se reducirá un 5% de las emisiones que genera. Entre otras cosas, porque Rusia es un país ártico y responsable del tres cuartas partes del uso del HFO. «Rusia apoya la prohibición pero sólo con la cláusula de excepción. Veremos si su posición cambia en el MEPC 75, que será del 16 al 20 de noviembre», añade Comer.

La autora en un glaciar ennegrecido por la contaminación en Groenlandia. @Rosa M. Tirstán

Es decir, pese a ser una especie de ‘alquitrán’ muy peligroso, aún hay una década por delante para que se utilice y siga en aumento, con el riesgo de que los hielos árticos sigan ennegreciéndose, y el peligro de que, a medida que aumenta el tráfico marítimo en la zona, dado que cada vez es más fácil el paso, haya un accidente y un derrame de consecuencias catastróficas para la vida ártica ¿Por qué entonces no prohibirlo de una vez por todas? 

Esta es la apuesta también de la abogada norteamericana Danielle Gabriel, del equipo Wildlife Team. «Esta relajación sobre los estándares del HFO es un precedente peligroso, porque la realidad es que la comunidad internacional ha reconocido el riesgo que existe y exige a los estados un control rígido de la contaminación, pero luego incluye excepciones que socavan el espíritu de protección, plantean dificultades y dejan a discreción de los países si se adaptan o no», concluía en el encuentro. 

Para el director de Ecodes, Víctor Viñuales, está claro que este es otro ejemplo de que aunque siempre es mejor, y además más barato, actuar para prevenir que esperar a que el desastre esté encima, no siempre somos capaces de verlo. «Esas excepciones y exenciones son vías de agua a tapar, porque en otro caso el impacto de la prohibición será tardío y pequeño», afirmaba.

 

 

 

 

Proteger el Océano Antártico en 2020, una oportunidad perdida


-La falta de apoyo de Rusia y China frustra la declaración de tres áreas marinas protegidas pese al impuso de países como España, quedando aplazada para 2021.

-Numerosos reacciones en contra de organizaciones ambientalistas de todo el mundo y representantes de la ONU 

-No se ha logrado sancionar al buque ruso Palmer por pesca ilegal en el Mar de Ross por la oposición de Rusia.

Océano Antártico, desde el BIO Hespérides. @Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

No estaba fácil, pero la necesidad de impulsar la protección del Océano Antártico en un contexto de cambio climático, que parece acelerarse en algunas zonas del continente de hielo, daba alas de esperanza a quienes confiaban (científicos, activistas ambientales, algunos gobiernos..) en que se diera algún paso importante en la reunión de la Convención para la Conservación de los Recursos Marinos Antárticos (CCAMLR), celebrada de forma virtual este año. Pero no ha sido posible, pese al impulso de España, que presidía el encuentro.

Rusia y China siguen empeñados en poner trabas para que tres nuevas áreas de ese océano del sur del mundo (Mar de Weddell, oeste de la Península Antártica y zonas de la Antártida Oriental, en total cuatro millones de kms2) puedan tener un estatus de conservación que proteja a la fauna polar de acciones comerciales, cuando ya se detectan cambios importantes en los hábitats. Y sin unanimidad no hay posibilidad de avances. 

«Vamos a paso de hormiga», reconocen fuentes cercanas a las negociaciones, que este 2020 partían con el hándicap de no ser presenciales debido a la COVID-19, pero con una presidencia española, con la ministra y vicepresidenta Teresa Ribera muy implicada, dispuesta a potenciar un mayor compromiso. Tras una semana de deliberaciones, ha quedado de nuevo aplazado para 2021. De hecho, la propuesta de sumar estas tres áreas al ya protegido Mar de Ross (desde 2017), ya se debatió en el pasado, también sin éxito. En 2018, se aplazó a esta reunión que acaba de terminar el 31 de octubre.

Desde luego, el COVID-19 no ha ayudado. A España ya le costó arduas negociaciones que el tema de las áreas marinas protegidas (MPA, en inglés) no cayera de la agenda de trabajo. Eso si, acabó en el apartado de «asuntos varios» o equivalente, lo que no auguraba grandes progresos, si bien la urgencia de dar pasos adelante, como se ha venido manifestando desde el mundo de la ciencia, y la mala imagen internacional de defender lo contrario en un lugar tan emblemático de la Tierra, podría haber jugado a favor de un cambio en los que vetan los avances.  

La intervención, el jueves día 30 de octubre, de la secretaria de Estado de Asuntos Exteriores Cristina Gallach fue claramente a favor. «España felicita a los proponentes de las Áreas Marinas Protegidas para la Antártida Oriental, Mar de Weddell y Dominio 1 de la Península Antártica por su esfuerzo y constante trabajo para que dichas áreas sean adoptadas dentro de la red de la CCAMLR». Y añadía que apostar por estas áreas «representa lo mejor de la diplomacia internacional, la ciencia y el esfuerzo de los países para conservar la biodiversidad y cooperar en mitigar los impactos del cambio climático». 

Buque ruso Palmer acusado de pesca ilegal @ WEB de CCAMLR

¿Qué hay detrás para que Rusia y China no permitan avanzar en este asunto, en el que los otros 22 países miembros y la UE están de acuerdo? Por un lado, como señalaba en otro artículo, los intereses económicos en un negocio en auge: el krill, una especie muy vulnerable al cambio climático. De hecho, en estas reuniones de CCAMLR ha habido denuncias de pesca ilegal de un buque ruso que los representantes rusos se negaron a reconocer. En concreto, del barco F/V Palmer, que Nueva Zelanda aseguraba que estaba pescando ilegalmente en las aguas protegidas del Mar de Ross. Pero Rusia dijo que según sus datos no era cierto, así que no se incluyó entre los buques ilegales y podrá seguir con su actividad . «La CCAMLR está retrocediendo en la lucha contra la pesca ilegal al permitir que Palmer continúe pescando”, ha denunciado al respecto Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición del Océano Antártico y Austral.

También China anda detrás del krill, aunque fuentes polares españolas apuntan que, dado que esta especie no sólo existe en las áreas que se quieren proteger, quizás ambos países también están utilizando este asunto «como moneda de cambio para conseguir otros objetivos, en una estrategia que tendría mucho más que ver con la política que con lo que dice la ciencia».

De hecho, los representantes de ambos países este 2020 volvieron a recurrir en las negociaciones al argumento de que «no hay información científica suficiente» que avale la necesidad de protección esas tres áreas. Ni siquiera en la región de la Península Antártica, el lugar del continente donde se concentran casi todas las bases científicas. Esta zona fue propuesta por Chile y Argentina y donde se ha incrementado más el calentamiento (casi 3ºC en 50 años) y donde este 2020 se han alcanzado temperaturas récords . «Al menos, sería deseable que se lograra proteger la Península», comentaba días antes Ana Payo Payo, oceanógrafa española que participó en la expedición Homeward Bound en 2018. «Los chinos se escudan en que desde 2017 no hay un plan de gestión aprobado para el área ya protegida del Mar de Ross [la más grande de las dos existentes ahora], pero lo que eso pone en evidencia es que se tarda mucho en llegar a acuerdos y por eso hay que avanzar», señalan fuentes gubernamentales españolas. Hay que recordar que la propuesta para proteger el Mar de Weddell partió de Alemania, allá por 2012 y la de la Antártida Oriental, de Australia y la UE, un año después. Es evidente el paso de hormiga… Respecto a la posición de España, en CCAMLR se ha posicionado en la defensa de las tres y se también se han ofrecido datos de las investigaciones realizadas por científicos españoles, especialmente en la zona de la Península. 

Finalmente, en sus conclusiones, la CCAMLR ha vuelto a aplazar el asunto y, además. se han aprobado las mismas cuotas pesqueras antárticas que ya estaban vigentes. En el caso de España, se mantiene la autorización para realizar actividades de pesquería con fines científicos, del Instituto Español de Oceanografía. 

Las reacciones de diferentes organizaciones de conservación ambiental  a nivel global no se han hecho esperar: 

PEW CHARITABLE: “En general, el fracaso del liderazgo global para proteger este ecosistema crítico es profundamente preocupante. En el 200 aniversario del descubrimiento de la Antártida y en vísperas del 60 aniversario de la entrada en vigor del Tratado Antártico, un acuerdo alcanzado en el apogeo de la Guerra Fría para proteger todo un continente, estableciendo nuevas áreas marinas protegidas en el Océano Austral debería haber sido una decisión fácil», ha señalado Andrea Kavanagh, directora de Antártida y Océano Austral,que  trabaja con la ONG norteamericana Pew Charitable Trusts.

WWF: «El cambio climático y la crisis de la biodiversidad no van a desaparecer. La pesca ilegal debe ser erradicada. Tenemos las soluciones y los compromisos para proteger el Océano Austral y su icónica vida silvestre. En 2021, instamos a todos los gobiernos a demostrar colaboración y liderazgo en beneficio de las personas y la naturaleza», ha declarado su responsable de océanos Chris Johnson.

GREENPEACE: «¿Cuántas veces más estos gobiernos presionarán el botón de posponer y pospondrán la decisión de proteger el océano Antártico? El fracaso constante en asumir la responsabilidad de esta frágil naturaleza salvaje, mientras que al mismo tiempo continúa permitiendo que los intereses comerciales la exploten más, está poniendo el destino de la humanidad está en peligro. Nuestro planeta está dando vueltas, los países deben tomar medidas urgentes si quieren abordar seriamente las emergencias climáticas y naturales. A pesar de los mejores esfuerzos de muchos delegados nacionales en la lucha por la protección de la Antártida, está claro que el próximo año necesitamos políticos de alto nivel y jefes de estado para hacer de la protección de los océanos una prioridad. Simplemente no podemos permitirnos ver la misma falta de progreso en 2021», comentó al término del CCAMLR Will McCallum, director de océanos de Greenpeace Reino Unido.

PETER THOMSON (ONU): El enviado especial del Secretario General de la ONU para los Océanos ha enviado un mensaje en el que se declara decepcionado: «Me uno a los que expresaron su gran decepción porque las tres AMP antárticas propuestas no fueran aprobadas en la reunión. Esto no ha servido bien al ODS 14.5. Ahora debemos poner nuestra esperanza y determinación en una decisión positiva en 2021. No nos rendimos».

VARDA GROUP (consultor ambiental internacional): Remi Parmentier, director de esta consultora y en su día fundador de organizaciones ambientales internacionales, ha criticado en su Twitter que «este año que no había vuelos para correr a casa tras la reunión, los miembros podían haberse tomado en serio su mandato de proteger el Océano Austral y haber continuado el encuentro virtual el tiempo que fuera necesario para alcanzar un consenso».

PHILIPPE COUSTEAU Y ASHLAN COUSTEAU (periodistas y exploradores): “Estamos sumamente decepcionados por la oportunidad perdida de la CCAMLR de lograr el acto de conservación más grande de la historia mediante el establecimiento de las tres áreas vitales en la Antártida. Las devastadoras consecuencias del cambio climático ya están afectando a innumerables millones y la Antártida está en primera línea, cualquier demora en protegerla es inconcebible. Sin embargo, continuaremos luchando incansablemente por la protección del sistema de soporte vital de nuestro planeta, nuestro océano”.

También el oceanógrafo Carlos Duarte ha compartido en un mensaje por las redes sociales su decepción: «Poco liderazgo y miopía espantosa. La pregunta es ¿cómo se utilizará entonces el Océano Austral?».

Si que hay que destacar como positivo que, frente al veto de dos, el apoyo de la mayoría de los países miembros de la Convención para proteger el océano Antártico se afianza.  Australia y Uruguay se inscribieron para copatrocinar la área protegida del Mar de Weddell, mientras que Noruega y Uruguay se han sumado a los que proponen la Antártida Oriental. También la mayoría  (incluso Corea y Brasil) acordaron suscribir una declaración que respalda la importancia de la designación de AMP, presentada por la UE . “Agradecemos a los países que han impulsado estos esfuerzos y hacemos un llamamiento a su diplomacia de alto nivel para asegurar designaciones en 2021. Confiamos en que la CCAMLR logre este importante hito para la conservación el próximo año», señala Kavanagh, de PEW.

También lo esperaba así la representante española, Cristina Gallach, que en su discurso final señaló: «2021 será un año especial en el que conmemoramos los 40 años de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, y los 30 años del Protocolo de Madrid sobre Protección del Medio Ambiente Antártico. España desea contribuir con acción movilizadora a generar un creciente entendimiento que permita dar pasos decisivos en la protección de la Antártida». 

A ver si para entonces es posible dejar de ser hormigas para ser gacelas…

El cambio climático no va a esperar.

ANEXO:

Dominio1: Western Peninsula – South Scotia Arc
Domonio 2: North Scotia Arc
Dominio 3: Weddell Sea
Dominio 4: Bouvet Maud
Dominio 5: Crozet – del Cano
Dominio 6: Kerguelen Plateau
Domimio 7: Eastern Antarctica
Dominio 8: Ross Sea
Dominio 9: Amundsen – Bellingshausen