#SomosAntártida: ¡Alerta! Se aceleran cambios que afectarán a miles de kilómetros


Un informe alerta de la situación crítica en el continente del Polo Sur y la necesidad de tomar medidas de protección y conservación ligadas al cambio climático, coincidiendo con una reunión del Tratado Antártico

Orcas en el mar de hielo @John Weller

ROSA M. TRISTÁN

Punto de inflexión inminente. Umbrales críticos para un cambio irreversible y rápido.  La vida del planeta, en línea directa de los efectos cascada que se pueden provocar. Las frases están en el informe sobre la Antártida que científicos polares líderes en sus áreas acaban de hacer público mientras se celebra, un año más, la Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA), entre los días 14 y 24 de junio, que reúne a los 54 estados firmantes (entre ellos España) de este convenio internacional.

Crisis Climática y Resiliencia del Océano Austral”, publicado por el Instituto Polar del Wilson Center y la ONG The Pew Charitable Trusts, revisa las presiones climáticas, todas de origen humano, en un continente que está cambiando rápidamente y cómo a su vez, su transformación afectará globalmente a esa misma crisis climática que la provoca y, por tanto a la vida en la Tierra. También la nuestra. Su objetiv es  no  olvidarnos de que este casquete de hielos del sur y el Océano Austral que lo circunda tienen un rol fundamental en la red de la vida y hay que aumentar sus áreas protegidas.  

“La protección de las áreas que están en más riesgo debido a la crisis climática, como la Península Antártica, no sólo nos ayudará a revivir la biodiversidad allí, sino que también a estimular la resiliencia de los ecosistemas marinos lejanos. Además, nos permitirá monitorear los efectos a largo plazo de actividades humanas, como la pesca. De esta manera, al nutrir su salud, estamos nutriendo la nuestra. Al desarrollar su resiliencia a la crisis climática, estamos estimulando la nuestra”. Lo ha dicho Andrea Capurro, investigadora chilena en la Universidad de Boston y co-autora del informe. Toda una llamada de atención a los firmantes de un Tratado que entró en vigor hace 60 años, en unas circunstancias muy distintas.

Preguntada sobre si la situación es irreversible, Capurro, en comunicación ‘on line’ desde EEUU, comenta que “volver atrás es casi imposible” porque “en unas décadas el continente ha cambiado, la mayoría de los glaciares ha desaparecido, las barreras de hielo colapsan y si seguimos con más emisiones, como parece, llegaremos a ese punto de inflexión”.

En realidad el trabajo de estos expertos en ciencias sociales, gobernanza, biogeografía, oceanografía y biología  es un compendio de lo mucho que ya se sabe a nivel científico pero tanto cuesta trasladar a nivel social. No ayuda que sea un territorio tan lejano, inhóspito. “Por eso es importante aumentar su visibilidad, comprender que lo que allí ocurre no nos es ajeno porque forma parte de un micro-planeta, que el tema del calor, los nutrientes, el CO2… Y soy optimista pese a que hay que decir que estamos en un momento clave de récords en temperaturas, en calentamiento del permafrost, y lo más grave es la velocidad de los cambios, que conocemos gracias a la cantidad de ciencia que se hace mejor que en el pasado”, señala la investigadora.

@John Weller

Entre las señales de alerta destaca cómo las aguas cálidas alrededor de la Antártida pueden estar provocando una inestabilidad irreversible de la plataforma de hielo que la rodea, lo que, a su vez, puede provocar el colapso de la capa helada interior que la cubre y que ya se adelgaza. El impacto será devastador para las regiones costeras de todo el mundo, con aumentos del nivel de mar de varios metros que los últimos estudios triplican respecto a previsiones previas. Una amenaza, dicen, sobre 1.000 millones de personas. La última investigación en Science Direct, hace unos días, sobre el glaciar Pine Island certificaba esta situación crítica: el Pine Island, que contiene suficiente hielo (5 trillones de toneladas) como para subir medio metro el nivel oceánico global, se está acelerando a medida que se requebraja y se rompe la plataforma helada que tiene delante.

Pero no es sólo deshielo lo que está pasando, avisan. Los océanos absorben el 40% del CO2, pero en Austral, desde la superficie hasta los 2.000 metros de profundidad, ha aumentado ese porcentaje hasta situarse entre el 45% y el 62% entre 2005-2017. Es más, por debajo de esos dos kilómetros, almacena hasta un tercio del calor que hemos generado desde 1992. A más CO2 acumulado, más se acidifica, lo que podría llevar a cambios en el ecosistema marino.   

Se menciona, en concreto, el colapso al krill austral, básico en la cadena de la vida antártica, pero también las alteraciones en comunidades de fitoplancton que generan impactos en cascada en ecosistemas regionales pero también lejanos. De hecho, los nutrientes que afloran en este Océano Austral sustentan ¾ partes de la producción marina mundial. Si disminuye la cantidad de peces y cambia la distribución de especies, la pesca global disminuirá, afectando la seguridad alimentaria y otros servicios de los ecosistemas fuera de la Antártida. Todo ello ocurre, además, en ecosistemas aún tienen impactos de las pesquerías de finales de los años 90 y de la demanda creciente de nuevos productos derivados del krill.

Los expertos dejan claro que todos estos cambios son dinámicos en un lugar que contiene el 70% del agua dulce del planeta, con un hielo marino flotante que cubre 1,5 millones de kms2 y conecta el continente con su océano, con glaciares que pierden masa rápidamente, drenando el hielo occidental y oriental. Y hay muchas dudas sobre cómo responderá el hielo interior al inestable hielo marino en el que se sustenta.. “La inestabilidad de la capa de hielo marino, podría causar 4 o 5 metros de aumento del nivel del mar para 2300 en escenarios de altas emisiones contaminantes”, auguran sus modelos. Atrás está quedando ese ciclo de enfriamiento antártico en el que ganaba masa helada. Ahora todo son pérdidas.

“Los científicos nos están diciendo que la Antártida juega un papel vital en el futuro de nuestro planeta y tienen un argumento convincente para que las organizaciones que gestionan la diplomacia antártica incorporen las consideraciones climáticas a su trabajo”, asegura Evan Bloom, del Instituto Polar del Wilson Center y antiguo jefe para Política Exterior Antártica de Estados Unidos.

Esta diplomacia, en la que el Tratado Antártico tiene mucho que ver pero también la CCAMLR (la convención para la conservación de la vida marina antártica), en palabras de Andrea Capurro, “tiene que incorporar el cambio climático en su toma de decisiones: identificar las especies afectadas, preservar hábitats únicos”.

Ahí se encuadra la petición de aumentar la proteccion de áreas marinas antárticas, que se tratan de ampliar y se encuentran con el veto (dado que se require unanimidad) de Rusia y China en el seno de la CCAMLR. “Ha quedado claro que, como parte del manejo de la crisis climática, el establecimiento de una red circumpolar de áreas marinas protegidas en el Océano Austral, entre otras acciones de gestión, contribuirá de gran manera a la ciencia climática y ayudará a desarrollar políticas relacionadas con el clima para todo el planeta”, asegura Mike Sfraga, director del Instituto Polar del Wilson Center.

“El sistema de consenso”, explica Capurro, “es una fortaleza porque las decisiones deben ser adoptadas por todos los países o no servirán, pero eso require negociación, y tiempo”. “Ahora hay una gran presión diplomática de la UE, EEEUU, Argentina y Chile para seguir negociando”.

¿Y de qué sirve proteger si el cambio climático continúa? “Será mejor si reducimos emisiones de CO2, pero esas nuevas áreas generarán mayor resilencia en la Antártida, controlando más la pesca, donde ahora no se tiene en cuenta el cambio climático”, responde.

Y es que ddemás de nuevas áreas protegidas (en el Mar de Weddell, la Antártida Oriental y la Península Antártica) proponen incorporar la crisis climática en las políticas de gestión de pesca y apostar por “una estrategia preventiva” para prevenir cambios irreversibles en las especies, en lugar de tratar de arreglar a posteri lo desastres. Afiman los científicos que la CCAMLR no puede basarse sólo en poblaciones de peces para aprobar cuotas de pesca, sin contar con variable climática. Y ponen de nuevo de ejemplo el krill: la normativa actual puede esatr omitiendo presiones pesqueras en lugares localizados donde ya tienen el impacto de sus depredadores (pingüinos, ballenas y focas).

“Los gobiernos tienen la oportunidad de promover estrategias de mitigación del cambio climático con la conservación de la Antártida. Debido a la importancia que tiene para toda la vida en la Tierra, hacemos un llamado a los estados miembros de la CCAMLR para proteger nuestro futuro estableciendo esa red globalmente coordinada de áreas marinas protegidas alrededor de la Antártida”, ha señalado por su parte Andrea Kavanagh, directiva de The Pew Charitable Trusts.

“El Tratado Antártico es un ejemplo de éxito al dedicar un continente entero a la paz, la ciencia y la cooperación. Ahora la esperanza es que se puede proteger”, concluye Andrea Capurro.

Indígenas: cuidadores de la Amazonía desde hace 5.000 años


Una investigación revela que en el pasado los amazónicos sólo modificaron de forma intensa las zonas fértiles cercanas a los ríos para asentarse

PNAS

Rosa M. Tristán

Son muchos los estudios científicos que nos dicen que los pueblos indígenas son excelentes guardianes de la biodiversidad cuando mantienen su forma de vida tradicional, especialmente en lugares como la Amazonía, donde hay aún grandes espacios sin ‘reconvertir’ en pastos para vacas. Ahora, se ha dado a conocer que esta capacidad de preservar el entorno –eso si, siempre que estos pueblos no sean ‘colonizados’ y atraídos por otros modos de vida – perdura desde hace milenios, al menos 5.000 años en el caso de esa zona del mundo que sigue siendo un lugar privilegiado pese a las amenazas que se ciernen sobre la inmensa selva sudamericana.

Un trabajo liderado por científicos del Instituto Smithsonian de EEUU ha encontrado evidencias de cómo los pueblos amazónicos prehistóricos no alteraron de forma significativa grandes partes de los ecosistemas forestales en la Amazonía occidental, preservándolos de forma efectiva sin cambios en su composición, unas conclusiones que desmiente estudios previos que apuntaban a que en el pasado estos pueblos fueron moldeando la rica biodiversidad actual o que fue reforestada tras un periodo de cambio climático.  

Los autores señalan que sus nuevos datos pueden ser claves para la conservación de los ecosistemas amazónicos, siempre, claro está, que poderes económicos y políticos lo permitan, algo que en Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Colombia o Venezuela no está nada claro. Es más, no hay más que mirar a la web brasileña de Amazonía Sofocada para comprobar que mientras está leyendo esta noticia hay cientos de incendios en gran parte de esa cuenca y se sabe que prácticamente todos son premeditados.

Volviendo a la zona más inalterada, la distribución de las especies de flora había hecho pensar a algunos científicos que la selva había sido “modelada” de forma intensa por los indígenas precolombinos en función de sus intereses; otros mencionaban como origen de su estado actual el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo o incluso el hecho de que muchos de los amazónicos murieran tras la llegada de los colonizadores europeos. Veían ahí la explicación a unas supuestas transformaciones. Pero se equivocaban en la premisa, según los resultados publicados estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se sugiere que durante al menos los últimos 5.000 años todas las áreas alejadas de las tierras junto a los ríos se quedaron intactas, sin ser prácticamente deforestadas con fuego, el mismo método que ahora las destruye, y sin ser cultivadas intensivamente.

Como explica en un comunicado del Smithsonian la autora principal, Dolores Piperno, “los asentamientos humanos complejos y permanentes en la Amazonia no tuvieron influencia sobre el paisaje en algunas regiones”. “Nuestro estudio añade evidencias de que la mayor parte del impacto ambiental de la población indígena en el medio forestal se concentró en los suelos ricos en nutrientes cercanos a ríos y que su uso de la selva tropical circundante era sostenible, sin causar pérdidas de especies detectables o perturbaciones durante milenios”.

Para explorar la escala de la posible, o no, modificación indígena de la Amazonía, Piperno y sus colegas recogieron 10 núcleos de suelo (perforaciones de aproximadamente un metro de profundidad) en tres lugares remotos de las cuencas hidrográficas del Putumayo-Algodón, al noroeste de Perú. Querían analizar los fitolitos (microfósiles de plantas mineralizadas) y el carbón vegetal u hollín que se ha acumulado a lo largo del tiempo bajo los bosques más antiguos (los alejados de riberas y que no eran inundables). Esos ‘núcleos de tierra’ les permitieron profundizar en un pasado que se remonta unos 5.000 años, según dataron con carbono 14.

Comprobaron, tras comparar los registros de las muestras halladas con un inventario de árboles, que no había nada que indicara que hubo talas ni un uso agrícola anual que hubiera dejado raíces o semillas. Ni siquiera detectaron un aumento importante de especies de palmeras que eran aprovechables y que hoy son muy dominantes en la flora moderna, es decir, que hace cinco milenios nadie las cultivó. Y lo mismo pasa con otros árboles: a lo largo del tiempo encontraban la misma estructura forestal, estable y diversa.

“Nuestros datos respaldan algunas investigaciones anteriores que indican que áreas considerables de algunos bosques de tierra firme amazónicos no fueron impactadas significativamente por las actividades humanas durante la era prehistórica. Más bien parece que durante los últimos 5.000 años, las poblaciones indígenas de esta región coexistieron y ayudaron a mantener grandes extensiones de bosque relativamente sin modificar, como continúan haciéndolo hoy”, apuntan los autores.

Los tres lugares estudiados están ubicados a un kilómetro de los cursos de los ríos y las llanuras aluviales. Son bosques interfluviales que en realidad suponen más del 90% de la superficie del Amazonas y, por lo tanto, cruciales para comprenden la influencia de los asentamientos humanos que los arqueólogos encuentran cerca de los ríos, como, por otro lado, es natural en todas las civilizaciones. En un lugar donde llueve en grandes cantidades, el fuego ha sido casi siempre de origen humano y, de haberse usado para limpiar grandes áreas, para usos como la agricultura y los asentamientos, habría dejado su huella.

Los investigadores también realizaron estudios de los bosques modernos que se encuentran en el entorno de cada muestra extraída, un inventario extraordinario de 550 especies de árboles y 1.300 de otras especies de flora, que dan idea de la biodiversidad amazónica. “Pero no encontramos evidencias de plantas de cultivo o agricultura; no hay evidencia de tala de bosques ni de incendios; no hay prueba alguna del establecimiento de jardines forestales. Es similar a lo que se encuentra en otras regiones amazónicas “, señala Piperno.

A tenor de estos datos, podemos decir que todavía hoy existen regiones en la selva muy parecidas a las que había hace esos 5.000 años, incluso que permanecen totalmente inalteradas. “Esto significa que los ecólogos, científicos del suelo y climatólogos que buscan comprender la dinámica ecológica y la capacidad de almacenamiento de carbono de esta región pueden estar seguros de que están estudiando bosques que no han sido muy modificados por los humanos sustancialmente”, afirma la investigadora.

Pero también alerta de que, por otro lado “no debemos asumir que los bosques alguna vez fueron resilientes frente a perturbaciones importantes”, es decir, que más vale conservarlos con las políticas adecuadas porque su respuesta ante la destrucción y su capacidad de recuperación es desconocida.

La explicación que encuentran para que los precolombinos no usaran ese suelo alejado de ríos es que tiene pocos nutrientes, por lo que es poco agradecido para los cultivos, algo que ahora se solventa con la utilización de fertilizantes en el caso agrícola y robando nuevos espacios al bosque en el caso ganadero. Por desgracia, a ello se suman otras graves amenazas en la región del Putumayo, como es la minería ilegal, que está en aumento en Perú.

Para Piperno es importante hacer más trabajos en otras regiones alejadas de ríos y llanuras aluviales de la Amazonía aún no estudiadas para obtener una visión más amplia de lo sucedido en tiempos remotos. “En todo caso, no se trata de que los indígenas no utilizaran de ninguna forma el bosque, sino de que lo usaron de forma sostenible y no modificaron mucho su composición de especies”, comenta. “Es un lugar donde los humanos parecen haber sido una fuerza positiva en este paisaje y su biodiversidad durante miles de años”.

Desde luego, algo que no podemos decir de muchos otros sitios…

Ríos de mercurio con el deshielo de Groenlandia


ROSA M. TRISTÁN

Si hay un elemento en la Tierra que se ha demostrado peligroso para la salud neurológica es el mercurio (Hg), un metal que forma parte del planeta y cuyos más importantes yacimientos están en China, Indonesia o Tayakistán, aunque también en España hay una gran mina, en Almadén, que nos sitúa en el mapa. Lo que no estaba en los ‘presupuestos’ globales de mercurio era la tierra bajo los hielos de Groenlandia, que a través de las cuencas glaciares está llegando al Océano Ártico, alterando su composición y suponiendo un grave peligro, dada su toxicidad, para la fauna que allí habita y, por tanto, para las poblaciones humanas.

La voz de alarma la han lanzado esta semana en la revista Nature Geoscience una veintena de investigadores de diferentes instituciones americanas y europeas, en un trabajo donde detectan “concentraciones extremadamente altas de mercurio disuelto que se encuentran en los ríos de agua de deshielo”.

Los científicos habían detectado ya un incremento llamativo de mercurio, que es bioacumulativo, en organismos marinos. De ahí que se iniciara una investigación en los cerca de 4.000 kilómetros cuadrados que cubren tres cuencas glaciales: la del Glaciar Russell, el Glaciar Leverett y el Isunnguata Sermia, además de los tres sistemas de fiordos (Nuup Kangerlua, Ameralik Fjord  y Søndre Strømfjord, que reciben entradas sustanciales de agua de deshielo). Todos ellos están en la zona suroeste de la capa de hielo de la gran isla helada, donde se recogieron muestras del agua en temporadas de verano de diferentes campañas.

Los resultados no dejan lugar a dudas: las concentraciones de mercurio disuelto que se encuentran en las aguas naturales y los rendimientos de mercurio de estas cuencas glaciales son dos órdenes de magnitud más altos que los de los ríos árticos de otras zonas. Se estima que el mercurio disuelto de la región suroeste de Groenlandia representan aproximadamente el 10% del flujo fluvial mundial estimado para este elemento, en concreto 42 toneladas al año, incluyendo la exportación de metilmercurio bioacumulable.

Liderados por el norteamericano John Hawkings, el equipo encontró también altas concentraciones a través de los gradientes de salinidad de los fiordos, llegando a ser las más altas registradas hasta ahora, mucho más elevadas que en otros glaciares de cordilleras como el Himalaya. “Los resultados sugieren una fuente geológica de mercurio en el lecho de la capa de hielo. Son altas concentraciones de mercurio y su gran exportación a los fiordos río abajo tienen importantes implicaciones para los ecosistemas árticos, lo que destaca la necesidad urgente de comprender mejor dinámica del mercurio en la escorrentía de la capa de hielo bajo el calentamiento global”, afirman en el artículo publicado ahora.

La urgencia de que se realicen más estudios está en la elevada toxicidad del mercurio, que podría estar en la capa de hielo, y en que esa capa se está derritiendo cada vez a mayor ritmo en los últimos años debido al cambio climático. Es más, según otro trabajo publicado también estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS), este derretimiento del Ártico está llegando ya al peligroso “punto de no retorno” , es decir, el punto en el que la nieve caída es menor que la cantidad de hielo que se derrite. Es un proceso que se da fundamentalmente en las áreas más bajas, que son las más cercanas a los fiordos.

La cuestión es que ahora no sólo se sabe que ese hielo hecho agua podría aumentar hasta siete metros el nivel del mar, desplazando a millones de personas, sino que además llegará contaminada por cientos de toneladas de mercurio, que no se destruye sino que se acumula en los organismos vivos, ya sea de peces o de los humanos que se comen esos peces. Usando una palabra más técnica, se biomagnifica en las redes alimentarias acuáticas, sobre todo a través del consumo de mariscos. Incluso se ha cuantificado el costo socioeconómico de sus impactos en más de 5.000 millones de dólares al año, cifras que pueden dispararse al aumentar el deshielo, como está pasando.

El deshielo de 217.000 glaciares de la Tierra: una amenaza que se acelera


Una investigación en ‘Nature’ revela que el deshielo de los glaciares de montaña cada vez es más rápido y amenaza la supervivencia de cientos de millones de personas

Glaciar en el sur de Groenlandia, una de las zonas donde más se deshielan. @Rosa M. Tristán

Los glaciares de la Tierra desaparecen…y muchos a ritmo acelerado. Desde que comenzó este siglo y hasta 2019, han perdido unas de 267 gigatoneladas de hielo cada año. Menos al principio y más al final de la segunda década. Es el equivalente al 21% del aumento del nivel del mar que se ha producido en este tiempo, es decir, si las sumáramos, casi 5.000 gigatoneladas (1 gigatonelada = 1.000 toneladas). Las cifras, aunque rebajan algo las que señalaban estudios previos más imprecisos, no dejan de ser preocupantes habida cuenta de que unos 200 millones de personas habitan las costas del planeta y podrían estar en zonas ya inundadas a final de este siglo. Ponerles cifras, cada vez más certeras, es el camino de la ciencia para poner el foco en la urgencia de tomar medidas que palíen estas pérdidas y sus consecuencias.

Lo datos han sido publicados en la revista Nature por el grupo dirigido por uno de los científicos más relevantes en la materia, Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulousse. “El mensaje más importante detrás de nuestros hallazgos es de gran significancia política. El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con el acuerdo de París y luchar por lograr un escenario de cambio climático con reducción de emisiones de efecto invernadero. Solo así podremos asegurar la existencia de hielo en las montañas del futuro, pero más importante aún, reducir los diversos y profundos riesgos asociados al aumento de la temperatura global”, asegura vía email Inés Dussaillant, coautora del trabajo.

El estudio anterior más similar –siempre sin incluir las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia-, cifraba esa pérdida de hielo en 335 gigatoneladas anuales entre 2006 y 2016. “Las estimaciones de error del anterior trabajo, firmado por Michael Zemp, incluía un error relativo del 40%  y en este nuevo es sólo el 6%. Para el primero hicieron extrapolaciones regionales de observaciones en el terreno en un conjunto limitado de glaciares, mientras que esta investigación se basa en técnicas altimétricas de satélite, que calculan lo que se llama el balance de masa geodésico”, explica el glaciólogo español Francisco Navarro, de la Universidad Politécnica de Madrid, que trabaja en el estudio de glaciares antárticos desde hace décadas.

Esta concreción es, de hecho, el gran valor de este trabajo Dussaillant: “Se puede decir que estamos seguros de que nuestros números se acercan más a la realidad de lo que sucede. Otra gran diferencia es la resolución espacial: mientras los otros estudios solo eran capaces de estimar los valores de pérdida de hielo regional, el nuestro permite estimar las pérdidas de cada glaciar individualmente, por lo que la estimación a nivel regional es más precisa”.

La conclusión, aún mejorando modelos previos, es preocupante: midiendo esos cambios en la elevación de la superficie en todos los glaciares de la Tierra han comprobado que su adelgazamiento se ha duplicado en dos décadas: “Los glaciares actualmente pierden más masa y a tasas de aceleración similares o mayores que las capas de hielo de Groenlandia o la Antártida”, aseguran.

Dussaillant nos da más detalles de unos hallazgos que, como adelanta, serán recogidos, en el próximo trabajo del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) que se presentará en agosto: “Entre los glaciares que se derriten de forma más rápida están los de Alaska, Islandia y los Alpes. De estas regiones la que tiene menos hielo son los Alpes, por lo que se podría esperar que esta región pierda sus glaciares antes. Pero la situación también muestra un efecto profundo en los glaciares de las montañas de Pamir, el Hindu Kush y el Himalaya. Los principales ríos de esta región, como el Ganges, Brahmaputra e Indo, son alimentados por glaciares del Himalaya. Ahora, el deshielo asegura el acceso al agua para quienes viven río abajo pero si el retroceso de los glaciares del Himalaya continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas”.  La situación, dice, es igualmente preocupante para los Andes, donde los glaciares son cruciales para sostener los caudales de los ríos en los meses del verano y en sequía. 

Sin embargo, pese a la importancia que tienen para la humanidad, los autores señalan que había una importante “brecha de investigación” debido a que están muy repartidos por el mundo. Algunos, como los de nuestra cordillera de los Pirineos, están muy estudiados, pero en realidad sólo se monitorean desde el terreno unos pocos cientos en todo el globo.  En este caso, utilizaron datos de satélites, como el IceSat o el instrumento ASTER a bordo del satélite Terra (ambos de la NASA) con un enfoque que permitía un estudio global y preciso, incluso recogiendo datos de diferentes épocas del año para mitigar el efecto de las estaciones. Consiguieron hasta 39 observaciones independientes por cada píxel en el 99,9% de los 217.175 glaciares inventariados. Incluyeron casi 200.000 km2 de glaciares de la costa de Groenlandia y en los mares antárticos, denominados glaciares periféricos.

En este deshielo general, mencionan dos anomalías: una en el Atlántico Norte y otra ya conocida en el Karakórum. “Identificamos zonas del mundo donde las tasas de derretimiento glaciar se vieron desaceleradas entre 2000 y 2019. Están a lo largo de la costa este de Groenlandia, Islandia y Escandinavia. Este patrón divergente se atribuye principalmente a una anomalía meteorológica en el Atlántico Norte, que provocó temperaturas más bajas y un aumento en las precipitaciones entre los años 2010 y 2019, los dos factores principales que contribuyeron a reducir la pérdida de hielo”, explica la científica.

Respecto a la Anomalía del Karakoram, que también ha tenido muy intrigados a los científicos, explica que “antes del 2010, los glaciares en esta cordillera se encontraban estables y en algunos casos incluso aumentando su volumen, pero ahora nuestro análisis revela que también pierden hielo, al igual que los de otras regiones del mundo”.

Al margen de anomalías, mencionan siete regiones que representan el 83% de la pérdida de hielo global: Alaska (25%); la periferia de Groenlandia (13%); Norte y Sur del Ártico de Canadá (10% cada uno); Antártico y subantártico, Asia de alta montaña (Asia Central, Asia Meridional Occidental y Sur de Asia Este) y los Andes del Sur (8% cada uno).  En 20 años, sólo las regiones árticas más al norte perdieron hielo equivalente a una media de 0,28 metros de agua al año. En comparación, en la Antártida y la zona subantártica fue mucho menor (0,17 m/año).  Y la desaparición de los glaciares también va a buen ritmo en otras zonas, como Nueva Zelanda, donde han “adelgazado” entre 2,5 y 0,5 metros anualmente, en los últimos años, siete veces más que en 2000-2004.

Según Dussalillant, “los hallazgos de este estudio permitirán mejorar los modelos hidrológicos y usarse para hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos del Himalaya o de los Andes durante los próximos años. Estas dos regiones son de alta preocupación hídrica y si el retroceso de los glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas a venir”.

Atribuyen la aceleración global de la pérdida glaciares al calentamiento global de la atmósfera, dado que observan en general que las precipitaciones de nieve son modestas y hay un fuerte aumento en la temperatura del aire (0.030º Kelvin al año. Aunque parte de esa pérdida puede ser natural, reconocen que “la fuerte concordancia con el aumento en las temperaturas de la superficie global sugiere, indirectamente, una considerable respuesta al forzamiento antropogénico”.

“Con el tiempo, esperamos que nuestro trabajo a línea ayude a impulsar el desarrollo de la próxima generación de modelos hidrológicos y glaciológicos globales, y en última instancia, den lugar a proyecciones más fiables en todas las escalas. A la luz de el cambio rápido y continuo de la criosfera,  unas proyecciones más fiables son críticas para el diseño de estrategias de adaptación, con impactos que van de un mayor aumento del nivel del mar a cambios en la gestión del agua”, concluyen en su artículo.

Sobre si es reversible o no esta situación, la científica responde con claridad: “Hay una parte de la perdida del hielo que está ya comprometida. Actualmente los glaciares no están en equilibrio con el clima actual y seguirán retrocediendo hasta alcanzar un nuevo equilibrio, incluso si las condiciones climáticas actuales se mantienen constantes durante los próximos años. Sin embargo, si logramos disminuir las emisiones actuales y alcanzar la meta del Acuerdo de Paris, podremos contribuir a reducir el deshielo considerablemente. Y junto a ello, reducir riesgos relacionados con el calentamiento global que tendrán impactos más profundos para la humanidad”.

La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

¿Deforestas? Cuatro árboles por persona al año en los países ricos


Una investigación de ‘Nature’ revela el impacto del comercio internacional global en la deforestación tropical

ROSA M. TRISTÁN

Incendio en la Amazonía.

La imagen de los miles de contenedores varados en el Canal de Suez, tras el accidente del gigantesco buque Ever Given (Evergreen, pone en su casco) da idea del volumen de un comercio global que implica millones de toneladas de recursos naturales (léase agua, tierra, biodiversidad, minerales o bosques) viajando de un lugar a otro del planeta. Ahora, una investigación publicada en Nature, pone algunas preocupantes cifras a lo que se refiere a los árboles: cada persona de los países más ricos del planeta consume al año una media de cuatro árboles o 58 m2 de bosque al año y, lo que es peor, muchos proceden de los trópicos. Algunos, comos los suecos, llegan a los 22 árboles. ¿Cómo es posible entonces que en sus informes nacionales florezcan los bosques?

Una investigación de los japoneses Nguyen Tien Hoang y Keiichiro Kanemoto, del Instituto de Investigación de la Humanidad y la Naturaleza de la Universidad de Kioto, contesta a esta pregunta con un análisis de la deforestación global desde el punto de vista del comercio internacional que abarca desde 2001 a 2015. Volviendo al Ever Given ¿Cuánta madera habrá sido talada para llenar un buque de esas dimensiones? ¿Y los más de 300 que esperaban detrás?

Nguyen explica, por email, que  “mientras tienen ganancias forestales netas a nivel nacional, muchas economías importantes, como China, India, los países del G7 (excepto Canadá, donde el área de cubierta forestal se reduce)  y otros países desarrollados han expandido principalmente sus huellas de deforestación no doméstica en todos los biomas forestales, entre los que destacan los bosques tropicales” . Es decir, que “las importaciones de productos básicos relacionados con la deforestación tropical tienden a aumentar, mientras que se informa que la tasa de deforestación global está disminuyendo”.

Gráfico sobre la huella pér cápita de la deforestación

Para esta investigación, Nguyen y Keiichiro han utilizado datos de teledetección y un modelo de entrada-salida de productos de múltiples regiones, mapeando los cambios espacio-temporales en las huellas de deforestación global durante esos 15 años con una resolución de 30 metros.  “Dado que es la deforestación es la principal amenaza para la biodiversidad, nuestros mapas pueden ayudar a los legisladores a seleccionar los puntos críticos de especies que puede priorizar un país específico para reducir el impacto ecológico de su huella de deforestación. Además, políticos y las empresas pueden tener una idea aproximada de dónde y qué cadenas de suministro están causando esa deforestación y revisarlas para buscar soluciones específicas”, argumenta Nguyen.

De hecho, los 3,9 árboles que indirectamente talan al año cada uno de los consumidores que habitan en el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) proceden de puntos críticos de biodiversidad, como el sudeste asiático, Madagascar, Liberia, América Central y la Amazonía. Y son pérdidas asociadas a las actividades humanas, como la agricultura, silvicultura, urbanización o la producción de servicios básicos, sin considerar los incendios forestales, que no tienen que ver directamente con el comercio internacional, aunque si en gran parte con la actividad huamana. También dejaron fuera lo relativo a los consumos nacionales.

Las huellas de la deforestación, indican, son muy visibles en Brasil, Madagascar, Argentina, Indonesia y Costa de Marfil, que exportan productos que dañan los bosques (ganado, soja, café, cacao, aceite de palma y madera) al G-7 y China. Es llamativa la huella de algunos consumos muy concentrados, como el caso de Singapur (cuyo impacto se siente en Malasia, Sarawak, Madagascar o en el Petén  de Guatemala). La huella deforestadora de China, Japón y Alemania es también muy elevada en África y la Amazonia.

Incluso hacen un mapeo por productos concretos: el consumo de cacao en Alemania destruye los bosques de Costa de Marfil y Ghana, el algodón y sésamo que compran los japoneses, afecta a  la costa de Tanzania y el caucho y la madera que importa los chinos les llega de Indochina y el norte de Laos. En el caso de Estados Unidos, los puntos críticos son sus importaciones de madera de Camboya y Canadá, caucho de Liberia, frutas y nueces de Guatemala, carne y soja de Brasil y Chile. De la UE destacan que está entre los grandes importadores de soja y carne brasileña, que fomenta la destrucción de la Amazonía y la larga mano de China la detectan en las talas en Malasia, de donde importa palma de aceite, caucho y cacao.

Los investigadores encuentran que, pese a que aumenta la concienciación social sobre la deforestación, países como China e India han expandido su huella rápidamente: en 2014, la deforestación causada por sus importaciones fue más de seis veces superior a la de 2001.

Otros países del G20 también entraron en déficit en 2015.

Respecto a la pérdida promedio de árboles importados por persona en Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido fueron similares, alrededor de la mitad de los cinco árboles por estadounidense. Y si el consumo sueco supone 22 árboles por persona (la biomasa representa el 23% del suministro de energía nacional), en Noruega y Canadá rondan los 16. Pero para los autores, lo importante no es tanto el número como el rol que tiene ese árbol en la biodiversidad: “El impacto ambiental de tres árboles de la selva amazónica puede ser más grave que el de 14 árboles de una plantación por un noruego”.

Detectan, además, cómo hay países (como EEUU y Rusia) que importan ‘bosques tropicales’ mientras exportan ‘bosques boreales”. ¿Cómo no va a haber ‘atascos’ de tráfico de impacto global? Porque comprueban que en los 15 años de su estudio es una tendencia que va a más: la deforestación ‘importada’ es ya del 74% en USA y del 77% en Rusia; y en el caso de Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, en 2015 entre el 91% y el 99% y, de ella, entre el 46% y el 57% procedía de zonas tropicales.

Asimismo, ponen en evidencia como la deforestación y el PIB tiene mucho que ver: en esos 15 años todos los países desarrollados, salvo excepciones, aumentaron su PIB per cápita, es decir, su consumo y su dependencia de lo que importan. “El crecimiento económico no evita la deforestación, sino que la potencia, por más que a nivel nacional los países ricos eviten pérdidas de bosques”, aseguran.

Es decir, que si bien detectan un aumento de la concienciación contra la deforestación tropical –con iniciativas como la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación forestal (REDD +), que pone en valor no deforestar, o el consumo de bosques sostenibles, cuyos productos son certificados como tales, no es suficiente. “Los fondos disponibles para asegurar estos acuerdos y las certificaciones son limitados y su efectividad para detener la deforestación sigue siendo incierta. Más del 80% de las áreas forestales certificadas en el marco del Programa para la Aprobación de la Certificación Forestal (PEFC), el sistema de certificación forestal líder en el mundo, se encuentran en Europa y América del Norte, no en los países de acogida de la deforestación tropical”, recuerda Nguyen.

Tampoco está siendo efectiva, a su modo de ver, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques, aprobada en 2014, con la que pretendía reducir la deforestación en un 50% para el año 2020. Nada más lejos de lo logrado porque, recuerdan, las acciones son lentas, no cubren toda la oferta de productos y, además, hay poca transparencia y mucho blanqueo y fugas de madera.

¿Soluciones?

Los autores insisten en que proteger los bosques tropicales requiere soluciones integrales y a largo plazo, porque no vale mejorar mucho en el norte si con ello empeoramos la zona más rica del planeta.

Queremos que la gente piense en la deforestación antes de consumir productos que hacen peligrar esos bosques. Combatir la deforestación es una responsabilidad compartida entre los sectores público y privado y entre productores y consumidores. Y los países desarrollados tienen bases financieras y legales sólidas para reducir su huella de deforestación. Por el contrario, la protección de los bosques en los trópicos, principalmente en países pobres, requiere soluciones integrales a largo plazo, junto con una financiación significativa”, señala el investigador japonés. “Noruega ha comenzado recientemente a pagar parte de un acuerdo de 1.000 millones de dólares a Indonesia para reducir las emisiones forestales. También escuchamos que el gobierno alemán había impulsado recientemente ‘regulaciones vinculantes’ para toda la UE sobre el cacao producido de manera sostenible. Son buenos pasos adelante en la reducción de la deforestación tropical incorporada en el comercio y el consumo internacionales”.

No puedo dejar de mencionar otra investigación reciente, publicada en Frontiers in Veterinary Science, que apunta a la deforestación tropical como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad con un impacto negativo en la salud humana. En este caso, lo hacen estudiando la cobertura forestal y el aumento de plantaciones de palma aceitera en varios países y encuentran una relación entre brotes de enfermedades zoonóticas, transmitidas por vectores, entre 1990 y 2016, en la deforestación de los trópicos, pero también en la reforestación de zonas templadas, que suele hacerse sin atender a la biodiversidad de especies.

Los autores, en este caso investigadores de Tailandia y Francia, insisten en “la necesidad de construir urgentemente un marco de gobernanza internacional para garantizar la preservación de los bosques y los servicios ecosistémicos que brindan, incluida la regulación de enfermedades”, algo que ahora más que nunca se está poniendo en evidencia con la pandemia de coronavirus.

En definitiva, bosques, comercio y salud son un trío hoy indisoluble en un desequilibrio que nos hará caer. Multiplicar 4 árboles per cápita al año por cada uno de nosotros da una cifra de vértigo para una cubierta forestal que ya ocupa apenas el 30% de la tierra de la Tierra.

Frente a las presiones, nuevo manifiesto en favor del lobo ibérico


Manada de lobos en Asturias, captada por foto-trampeo. @CENSO NACIONAL LOBO IBÉRICO/ Angel M. Sánchez

La iniciativa del Censo Nacional Lobo Ibérico, con unas 500 firmas recogidas, avala la decisión del Gobierno de proteger la emblemática especie pese a las presiones recibidas

 

ROSA M. TRISTÁN

Casi 500 investigadores, asociaciones de conservación, políticos y particulares de todo el país han firmado un “Manifiesto por la Protección del Lobo”, promovido por el proyecto científico Voluntariado Nacional para el Censo del Lobo Ibérico y Evaluación del Estado de Conservación de sus Hábitats Naturales, con sede en la Universidad de Alcalá (UAH). La iniciativa se suma a la que hace unos días presentó la ONG conservacionista WWF España, que reunió a 300 científicos con el mismo fin: contrarrestar las presiones que está recibiendo el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO) para que de marcha atrás o modifique la decisión de incluir esta emblemática especie en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), medida aprobada el pasado 4 de Febrero de 2021 en la Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y la Biodiversidad. 

Desde entonces, el sector agroganadero y determinados partidos políticos han hecho bandera, a través de diferentes organizaciones, en la supuesta debacle que supone dejar de matar al Canis lupus por supuestos daños que hace al ganado,  por lo general ovejas pero también terneras, llenando las redes sociales de imágenes de hipotéticos ataques, en los que no es posible confirmar si los culpables fueron lobos o perros asilvestrados. Ayer mismo, se votó en el Congreso de los Diputados una Proposición No de Ley del PP para que pueda seguir cazándose, pero fue rechazada por mayoría de votos. Otra prueba de las presiones son declaraciones como las del ministro de Agricultura, Luis Planas, señalando que “proteger la biodiversidad no puede recaer sobre los hombros de los ganaderos“, declaraciones que contradicen la defensa de esa biodiversidad como bien común, tanto en España como en otros lugares, como la Amazonía, por otro lado muy afectada por el aumento sin control de agricultura extensiva. 

Frente a quienes aseguran que este carnívoro salvaje es “el mayor peligro para la supervivencia de la ganadería española”, como se ha declarado, las  estimaciones científicas del Censo indican que en toda la Península, incluido Portugal, habría unos 1.300 lobos, en torno a un millar en España y el resto en el país vecino. Otras fuentes suben la cifra hasta 2.000 o 2.500, si bien todos reconocen que es difícil concretar y en todo caso nada indica que es una especie que pueda ser cazada.

Esta es la razón por las que el grupo de trabajo del biólogo Angel M. Sánchez, del Proyecto Voluntariado Nacional Censo de Lobo Ibérico, lanzó un Manifiesto (que aún se puede firmar) en forma de carta a la ministra Teresa Ribera, en el que se defiende su protección, que ha tenido una gran acogida y es complementario del que promovió WWF: “Este es un proyecto de ciencia ciudadana y queríamos que la sociedad también se manifestase. Al final, muchas organizaciones se han sumado, como el Instituto Jane Goodall, FAPAS, grupos de Ecologistas en Acción, Lobo Marley y un largo etcétera. Ya lo hemos enviado a la ministra y a Hugo Morán (Secretario de Estado de Medio Ambiente)… Queremos que en temas de conservación los que decidan sean los científicos y los políticos; si incluyes a agricultores y cazadores, mal asunto. Ya tenemos un modelo ganadero insostenible. En Ávila, donde hay mucha ganadería extensiva, no se ven corzos, ni ciervos, ni jabalíes y los ríos están contaminados. Los ungulados silvestres son fundamentales para el hábitat del lobo. Lo que hay que hacer es reconstruir sus ecosistemas”, afirma Ángel M. Sánchez.

Precisamente, el manifiesto va en esa línea: “El conjunto de las organizaciones y personas firmantes agradecen al Ministerio de Transición Ecológica su apuesta firme y decidida por la recuperación de nuestros ecosistemas y la conservación de nuestra biodiversidad al conceder, a una especie emblemática y esencial de la fauna ibérica, como es el lobo, el respeto y la protección legal que sin duda merece. Confiando en que el futuro plan del lobo potencie las buenas prácticas ganaderas, descarte el control letal y se base principalmente en la conservación científica de la especie en cuanto a su indispensable papel, como súper- depredador apical, en los ecosistemas ibéricos”.

Volviendo a los números, el último censo oficial de la especie de 2014 habla de 297 manadas; como se señalaba, los especialistas coinciden es que es muy complejo tener una cifra, aunque hay estimaciones. Un trabajo de campo publicado en la revista WildLife Biology, en 2020, por científicos del CSIC y otras instituciones, indica que son grupos  de unos cuatro ejemplares en invierno y una media de 6,8 en verano, incluyendo subadultos. Lo hicieron con datos recogidos en 64 localizaciones (sumadas áreas de ambas temporadas). “Si se cuentan en verano parecen más, pero en invierno muchos cachorros mueren. Hay que hacer estudios de al menos cinco años. Hay manadas que desaparecen y resurgen años después. Como media, en toda Europa, las manadas de entre tres y cinco ejemplares, menos en zona mal conservadas y más al norte del Duero. En zonas poco estables no se reproducen todos los años. Y en España, el lobo tiene cero capacidad de dispersión porque no ‘reclutan’ jóvenes. Por ello no los hay ni en Andalucía ni en Extremadura y desaparece en Salamanca, Soria, La Rioja o Euscaki. Además, la protección es imprescindible porque hay poco flujo genético desde Pirineos, así que casi todos están emparentados. Deberían abrirse corredores ecológicos para que venga genética centroeuropea. “, señala el científico de la Universidad de Alcalá de Henares. 

Coincidiendo con el envío de este manifiesto, Ecologistas en Acción lanzaba ayer una batería de medidas que consideran que pueden permitir la coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva, unas acciones que, indican, es fruto de su experiencia con la campaña “Vivir con lobos”, en la que colaboran 50 ganaderos y ganaderas de zonas loberas. La primera de ellas es implantar ayudas públicas que faciliten la convivencia entre ganado y lobos, subvenciones para comprar y mantener mastines, que deben ser reconocidos como animales de trabajo, para hacer cerramientos con pastores eléctricos y otros sistemas y para contratar pastores. También aboga por agilizar el asunto de las indemnizaciones por daños, penalizando a los ganaderos que cometan fraude, informar de la posible llegada del lobo antes de que esté para poder prepararse y promover normativas que favorezcan el comercio de ganadería extensiva frente a la de las macro-granjas intensivas, así como dar valor social entre los consumidores a los productos que vienen de zonas con lobos. La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), los lobos matan anualmente “más de 15.000″ cabezas de ganado en España”, una cifra de la que no presentan prueba alguna y que resulta inverosímil para los lobos que hay.

En todo caso, la Ley propuesta por el Gobierno deja abiertas para el futuro la posibilidad de “algunas acciones de control de la especie” en determinadas condiciones, es decir, en zonas donde se certifiquen daños. La cuestión, señalan los expertos, es determinar el origen de esos daños y si esos daños compensan o no la gran función ecológica que realizan los lobos en la naturaleza.  A nivel mundial, el 62% de las poblaciones de fauna salvaje desaparecen, como certificaba recientemente una invstigación en Nature

Queda pendiente el debate sobre si es sostenible el modelo de mercado y nivel de consumo de carne actual, ya sea producida de forma intensiva en macro-granjas o de forma extensiva, ocupando grandes espacios. Sobre todo si, finalmente, esa carne acaba vendiéndose fuera de nuestras fronteras : en la UE y también en Marruecos, los Emiratos Árabes, Vietnam o Hong Kong, con el coste en agua, tierra, contaminación y daños a la biodiversidad en nuestro territorio que conlleva. Como colofón otro dato: el 21,4% de la carne de vaca española sale de nuestras fronteras mientras por otro lado de importa de Argentina o Brasil… ¿Nos quedamos con un planeta de vacas, cerdos y pollos y nada más? 

 

 

El tráfico de especies acaba con el 62% de las poblaciones de fauna salvaje


Una investigación internacional revela cómo el comercio de especies salvajes afecta a la biodiversidad

Trampas de animales salvajes requisadas y expuestas a la entrada del Parque Nacional Hlane, en Swazilandia. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

A la entrada del Parque Nacional de Hlane, en Swazilandia, una amalgama de alambres recibe a los visitantes. “Los tenemos aquí para que todo el mundo vea la terrible cantidad de caza furtiva,  incluso en espacios protegidos”, me contaba hace unos años uno de los guardas, en uno de los pocos lugares donde se pueden rinocerontes blancos, presas codiciadas para el comercio con especies salvajes. Hoy, el comercio de vida silvestre mueve entre los 4.000 y los 20.000 millones de dólares anuales y afecta a la mayoría de los principales grupos taxonómicos. Al menos 100 millones de ejemplares de plantas y animales son objeto de tráfico internacional, un comercio que afecta al  24% de las especies de vertebrados terrestres (es decir, 7.638 especies diferentes). Pese a este elevado volumen, y el daño en la biodiversidad global de este negocio, hay una gran falta de compresión global del impacto real que tiene estas ‘sustracciones‘ de vida, según revela un trabajo de compilación desarrollado por un equipo de investigadores, dirigido por el británico Oscar Morton (Universidad de Sheffield)  que ha publicado en la Nature Ecology & Evolution, utilizando 31 estudios previos diferentes. 

En sus conclusiones, destacan que la abundancia de especies disminuye en un 62% en los lugares del planeta donde se comercia con ellas, legal o ilegalmente, y que las especies en peligro de extinción sufren una disminución aún más pronunciada, el 81%, que las que no lo son.  Los autores afirman que las medidas de protección actuales están fallando a las especies con las que compartimos la Tierra, estén en áreas protegidas, como Hlane, o no lo estén. 

Rinocerontes en parque del sur de África, P.N. Hlane. @ROSA M. TRISTÁN

El análisis distingue entre las capturas a escala local, cuyo fin suele ser dar seguridad alimentaria y algunos ingresos a 150 millones de hogares en el mundo, y un comercio a escala nacional e internacional que se sale de ese pequeño ámbito y tiene que ver con el tráfico ilegal de mascotas, medicinas y carnes de lujo o de partes de animales de gran valor, sean cuernos de rinoceronte, orquídea, exóticas aves de Java o escamas de pangolín. “En todas las escalas, el comercio puede tener potencial para apoyar los medios de vida e incluso proteger a las especies de la extinción, pero un comercio sostenible,  potencialmente tan lucrativo como los métodos insostenibles”, señalan los autores. Por desgracia, como indican, se opta por un comercio intensivo.

A diferencia de otras investigaciones sobre este asunto, Morton y sus colegas (de Estados Unidos y Noruega)  se centran en comparar poblaciones de lugares con tráfico y sin tráfico de especies. En total, analizan 506 taxones,  de los que 452 ​​son para mamíferos, 36 aves y 18 reptiles. Comprobaron que cuando en una zona se sacan las especies de gran tamaño proliferan otras de aves y ardillas, comercializadas con menos frecuencia; y también que los traficantes suelen ir a áreas cercanas a zonas inaccesibles por estar muy protegidas. 

Pangonlin en la reserva centroafricana de Dzanga Sangha. @PANGOLIN SANGHA PROJECT

Esa mascota…. exótica

Un autobús en Petén, Guatemala. Un control de policía hace bajar a los viajeros. Inusitadamente, de bolsas y refajos comienzan a salir tucanes, guacamayos de mil colores… Si el comercio de carne de fauna salvaje (al margen de la subsistencia) provocó caídas de un 59,7% en las especies, el de mascotas llega al 73%. De “tremenda” califican en Nature la escala de este tráfico a nivel mundial (hasta 84 millones de pájaros cantores en Java) y sin embargo solo el 5% de los estudios que encontraron se centran en este asunto. Todo indica que falta mucho trabajo por hacer para saber el volumen real de esta amenaza, en relación con otras como la deforestación, la degradación de los hábitats o el exceso de caza. 

También se fijan en el tráfico internacional, que se desvincula de las comunidades locales, y ven la gran amenaza que suponen los planes para coordinar la salida de la medicina tradicional china a través de la nueva Ruta de la Seda hacia Europa (vía Kazajistán), la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, que aumentará el comercio del país con el 62% de la población mundial y, con ello, el peligro para especies de valor medicinal, como el oso pardo (Ursus arctos) o el escaso leopardo de las nieves (Panthera uncia) . “La ampliación de redes comerciales sin una comprensión sólida de los impactos será desastrosa para la conservación, acelerando la extinción de especies”, señalan los autores. Entre las que creen que corren un gran riesgo de desaparecer mencionan el mono araña Ateles belzebuth (99,9%) y el Ateles chamek (99,9%), así como el tapir de Baird (Tapirus bairdii)

Si bien el tráfico en áreas protegidas y reconocidas mundialmente fue menor que en las no protegidas (un 56% frente a un 71%), lo cierto es que destacan lo grave que es el problema en lugares que  porcentaje. Y lo mismo pasa con la protección más local: no evita totalmente la caza o captura,  que se prevé que empeorará cuanto más zonas urbanizadas y más rutas de acceso existan. En todo caso, y aunque apuestan por la necesidad de proteger mejor determinados territorios con fauna especialmente valorada para el comercio, recuerdan que hay que hacerlo “sin castigar injustamente” a los marginados económicamente, es decir, a pequeños agricultores que dependen de la carne de animales silvestres para obtener algunos ingresos y proteínas suplementarias. Por ello, apuntan que esa protección debe combinarse con programas de mejora de las habilidades o garantías de ingresos para la población local.

En todo caso, recuerdan que mientras no haya una respuesta globalmente coordinada y financiación para generar y sintetizar datos, así como promulgar prohibiciones comerciales específicas y una vigilancia adecuada, será muy difícil acabar con tan lucrativo negocio…. 

Y para muestra algún botón:

Sólo en África central cada año se cazan 400.000 pagolines. En Camerún ya están en extinción

En el mismo continente, cada 26 minutos es asesinado un elefante según la organización IFAW.

En Asia, Indonesia sigue siendo un agujero negro: En enero pasado se han incautado 11.000 aves exóticas con destino a la isla de Java. 

 

 

 

El Ártico se vuelve negro por un ‘combustible alquitrán’


ROSA M. TRISTÁN

Hasta hace unos días no había oído hablar del fuel oil HFO. Es un combustible de consistencia similar al alquitrán, conocido como combustible búnker, o fuel oil residual, porque es el resultado de la destilación y craqueo del petróleo. Esta contaminante sustancia es el carburante que utiliza la mayoría del transporte marítimo, ya sea en las transparentes aguas del Caribe o en el impoluto Ártico. Y es ahí, en el norte de la Tierra, donde es en parte culpable de la aparición de ese ‘hielo negro’ que tanto preocupa a los científicos porque, por si no bastara con el impacto de la contaminación atmosférica global, su efecto local favorece aún más el cambio climático. Pero ¿se está haciendo algo para impedirlo?

Glaciar Qaleraliq en Groenlandia. @Rosa M. Tristán

 

Para dar respuesta a esta pregunta, la organización Ecología y Sociedad (Ecodes), reunió el otro día a varios expertos, que comenzaron haciendo un retrato desalentador de la situación en el Ártico, cuando es un regulador clave del clima planetario. La encargada de recordar cómo está el Ártico fue la física Mar Gómez, responsable de ElTiempo.es, quien mostró los funestos datos de su deshielo. Entre otros, que en 30 años se han perdido tres cuartas partes de hielo marino, que este verano ha sido de nuevo récord y que, además, la temperatura de su océano está en ascenso.

Basta dar una vuelta a las noticias para comprobar que las inundaciones en el Levante español cada vez son más frecuentes y destructivas, y en eso la subida del nivel del mar es determinante… Es más, aquellos que habitan cerca de la Albufera, el delta del Ebro o Doñana, debieran ir pensando en dejar otra herencia a sus descendientes porque la suya tiene muchas papeletas de acabar sumergida. O emparedada. Gómez recordaba a quien no se ha dado cuenta aún que ahora tenemos cinco semanas más de tiempo de verano que cuando yo iba a la universidad, en los no tan lejanos finales de los años 80. 

Y la cuestión es que el Ártico no está protegido. Parece que coordinar intereses de ocho países (EEUU, Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia) es un imposible, algo que al menos en tierra antártica no sucede (eso si, proteger el océano antártico es otro cantar, como se ha visto recientemente en CCAMLR). Así que, si bien en las cercanías del Polo Sur se ha prohibido totalmente el uso de este peligroso combustible HFO, en las del Polo Norte, su impacto cada vez es mayor, toda vez que lo usan el 66% de los barcos que por allí transitan y que cada vez son más porque, a su vez, la falta de hielo favorece su llegada a más recursos, sea pesca o turismo, y más adelante quizás minería. 

La impactante imagen de llegar a un glaciar de Groenlandia y pisar hielo negruzco debo decir que es deprimente. Ya la he tenido. El científico americano Jason Box lleva años estudiando este fenómeno, que atribuye en parte a la quema de madera por incendios, pero también se debe, aunque no se puede precisar en qué porcentaje, al uso en las cercanías del infumable HFO. Box me explicaba cómo por culpa de esa ‘suciedad’ que tanto me impactó, el hielo pierde su capacidad de reflejar el calor que recibe la Tierra (albedo), lo que favorece aún más su calentamiento y pérdida de hielo.  

@Tierras Polares

En el evento de Ecodes me enteré de que la Organización Marítima Internacional decidió en febrero pasado que para julio de 2024 se prohibirá totalmente el uso y transporte de este HFO por el vulnerable Ártico, pero que algunos barcos tendrían exenciones y también habría excepciones hasta 2029. ¿Y qué excepciones y exenciones hay? Pues Brian Comer, investigador del ICCT (Comité Internacional para un Transporte Limpio), explicó que no deberán cumplir la prohibición en cuatro años todos los buques que lleven banderas de países árticos. “Es evidente que muchos que no lo son, cambiarán de bandera y seguirán usándolo, sobre todo teniendo en cuenta que su uso ha aumentado entre 2015 y 2019 un 75%”, comentó. Una investigación de su comité, de hecho, ha concluido que sólo se reducirá en la década un 16% del total de barcos que lo consumen y, por tanto, sólo se reducirá un 5% de las emisiones que genera. Entre otras cosas, porque Rusia es un país ártico y responsable del tres cuartas partes del uso del HFO. “Rusia apoya la prohibición pero sólo con la cláusula de excepción. Veremos si su posición cambia en el MEPC 75, que será del 16 al 20 de noviembre”, añade Comer.

La autora en un glaciar ennegrecido por la contaminación en Groenlandia. @Rosa M. Tirstán

Es decir, pese a ser una especie de ‘alquitrán’ muy peligroso, aún hay una década por delante para que se utilice y siga en aumento, con el riesgo de que los hielos árticos sigan ennegreciéndose, y el peligro de que, a medida que aumenta el tráfico marítimo en la zona, dado que cada vez es más fácil el paso, haya un accidente y un derrame de consecuencias catastróficas para la vida ártica ¿Por qué entonces no prohibirlo de una vez por todas? 

Esta es la apuesta también de la abogada norteamericana Danielle Gabriel, del equipo Wildlife Team. “Esta relajación sobre los estándares del HFO es un precedente peligroso, porque la realidad es que la comunidad internacional ha reconocido el riesgo que existe y exige a los estados un control rígido de la contaminación, pero luego incluye excepciones que socavan el espíritu de protección, plantean dificultades y dejan a discreción de los países si se adaptan o no”, concluía en el encuentro. 

Para el director de Ecodes, Víctor Viñuales, está claro que este es otro ejemplo de que aunque siempre es mejor, y además más barato, actuar para prevenir que esperar a que el desastre esté encima, no siempre somos capaces de verlo. “Esas excepciones y exenciones son vías de agua a tapar, porque en otro caso el impacto de la prohibición será tardío y pequeño”, afirmaba.

 

 

 

 

La Antártida amenazada: proteger antes de que sea tarde…


@Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Los científicos, políticos y activistas ambientales de todo el mundo se movilizan estos días en busca de lograr una mayor protección del Océano Antártico. Entre ellos, un grupo de investigadoras de diferentes países, que participaron en las expediciones polares Homeward Bound y que han publicado en Nature un artículo que resume la situación, coincidiendo con el inicio de las reuniones de la Convención para la Conservación de los Recursos Marinos Antárticos (CCAMLR), este año on line, que se celebra este mes de Octubre.

La campaña de presión para conseguir proteger uno de los lugares más prístinos y amenazados del planeta no es nueva, pero sigue siendo necesaria dado que hay gobiernos de países que aún no entienden que sin conservación no hay futuro que valga. Organizaciones como la de Philipe Cousteau, Greenpeace o la americana Pew Environment llevan meses reclamando que los mares antárticos dejen de ser expoliados por la infatigable depredación humana. Basta fijarse en el supermercado de al lado de casa para comprobarlo. Fauna antártica a bajo costo, congelada o en píldoras metidas en cajitas.

Un informe firmado, entre otras investigadoras, por Casssandra Brooks en la revista científica PloSOne, recordaba este mismo año que hay un 12% de ese océano calificado entre las Áreas Marinas Protegidas, pero solo un 4,6% (el Mar de Ross) está libre de capturas. Y todo ello en un lugar donde las masacres se han repetido a lo largo de la historia. En concreto, desde que a finales del siglo XVIII llegaron los primeros foqueros (el escritor y científico Javier Cacho cuenta en ‘Héroes de la Antártida’  que se llegaron a cazar tres millones de focas en siete años) y a finales del siglo XIX lo hicieron los balleneros. Pude ver en Isla Decepción los restos de los grandes depósitos en los que se acumulaba su grasa, hoy ruinas entre las que que pasean ceñudos leones marinos y algunos despistados pingüinos.

Pero si bien esa imagen que aún huele a muerte es pasado, el mismo aroma sigue acechando a la fauna antártica. Y con enemigos poderosos y diversos. Para empezar, ahora las víctimas principales de las capturas no son las simpáticas focas y ballenas, pero si otras fundamentales para su futuro. Se trata de una especie de ‘gamba roja’, el krill, que vive bajo los hielos antárticos marinos y es el alimento de sus vecinas mayores. A su vez, sus excreciones alimentan a otros microorganismos. Es decir, está en la base de toda una cadena tejida a lo largo de millones de años.

Y esa cadena se está rompiendo. Desde luego, por el cambio climático: en febrero de este año, cuando yo andaba por allí, las temperaturas alcanzaron los 20,75°C en la Península Antártica, un récord que fue circunstancial pero que se encuadra dentro de una ‘ola de calor’ con medias superiores a las registradas en los 70 años anteriores. Es más, científicos chilenos han comprobado que también el invierno antártico que acaba de terminar ha sido el más cálido en 30 años, y como consecuencia, la mayoría de los glaciares y el hielo marino retrocede, así que el krill pierde su hogar y se desplaza más hacia el Polo Sur buscando frío; con él va el resto de la fauna en busca de su supervivencia. Y, claro, los buques pesqueros…

Pero es que, además, este crustáceo se ha puesto de moda, como un moderno antioxidante, un  suplemento dietético de omega-3 que se vende en tiendas y webs que promocionan ‘la vida natural’. Y también se utiliza como harina de pescado para alimento de nuestras vacas, pollos y cerdos, aunque pocos ganaderos se preguntan por el origen del pienso. ¿Quién va a imaginarse que con un filete está acabando con la vida de los pingüinos? Sólo en 2019, según el artículo de Nature, se capturaron casi 400.000 toneladas de krill, la tercera captura más grande de la historia, y más del 90% se recogió alrededor de la Península Antártica. Como por el deshielo viaja cada vez más al sur, en su búsqueda, como decía, también van los buques pesqueros, que alcanzan zonas donde se reproducen pingüinos, focas y ballenas. A ello se suman otras especies de peces, sobre cuyas poblaciones pocos datos se han conseguido en tan gélidas aguas, aunque si se sabe que la pesca de merluza antártica (también llamado bacalao austral) es un pingüe negocio, y que de merluza austral o de langostinos australes es masiva. Los dos últimos es fácil encontrarlos en supermercados en España ¡Y en oferta a dos euros el kilo!.

Otra amenaza es el turismo. Según este artículo, más de 74.000 personas visitaron en 2019 la Antártida. En algunos sitios hubo hasta 20.000 visitantes, como Isla Rey Jorge. Incluso hay viajes de ida y vuelta en el día desde Punta Arenas por aquello de hacerse el ‘selfie antártico’. Bien es verdad que el coronavirus está poniendo en crisis estos viajes, que ya se resintieron la temporada pasada y aún lo harán más la siguiente, pero todo puede volver a ser lo que era, así que las autoras recuerdan que los barcos contaminan el océano con microplásticos y aceites y que el ruido de motores de naves y aeronaves es también dañino. Eso cuando no hay accidentes porque entre 1981 y 2011, al menos 19 buques encallaron y vertieron petróleo en aguas antárticas. Debo decir que es difícil olvidar el impacto que me produjo encontrarme plásticos mientras paseaba por la costa entre elefantes marinos en Isla Livingston. Los habían llevado las corrientes.

Bien es verdad que hay una Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida (IAATO), que restringe el número de visitantes, pero también lo es que llegan cada vez más veleros descontrolados, que no son de IAATO y para los que no hay normas obligatorias.

En el recuento de daños, no se obvian los impactos que genera el propio mundillo científico, demasiado concentrado en unas zonas. De hecho, en la Península Antártica tienen bases científicas 18 países, incluido España, en dos islas de las Shetland del Sur, y no todo el mundo es igual de respetuoso con el medio ambiente. A destacar, el impacto de los aviones que llegan a Rey Jorge y los edificios bien cimentados que desplazan a flora y fauna, pero también los residuos que se dejan en forma de hidrocarburos, metales, retardadores de fuego o contaminación microbiana de las aguas residuales. Debo añadir que en Isla Rey Jorge me sorprendió mucho ver tirados por el campo hierros retorcidos, alambres y aparatos herrumbrosos, dejados ahí por algún desaprensivo grupo de investigadores. Son pocos los que actúan así, pero haberlos, haylos.

Critican, además, casos como el de la espectacular y gigantesca base brasileña Comandante Ferraz, que se quemó y se ha reconstruido con el doble de su tamaño original; también la nueva española, Juan Carlos I, es mayor, pero está sobre pilotes. Además, recuerdan que Australia planea construir una pista asfaltada de 2,7 kilómetros en la Antártida Oriental. Y que China está construyendo otra estación de investigación en la bahía Terra Nova Bay, la quinta en el continente de este país, precisamente junto al único santuario, el Mar de Ross. Una base para 80 personas, justo en el lugar más protegido, que por cierto en su día no querían proteger.

Con este panorama, la propuesta en discusión estos días es aumentar en tres las Areas Marinas Protegidas (MAP, en inglés). Actualmente, está el mencionado santuario del Mar de Ross, desde 2016 (con 1,55 millones de km2) y hay otra reserva al norte de las Islas Orcadas del Sur (desde 2009, con 94.000 km2) . Ahora se quieren sumar una reserva en torno a la Península Antártica, otra más en el Mar de Wedell y la tercera en la Antártida Oriental . “Va a ser difícil que se aprueben las tres, pero es fundamental que se consiga proteger al menos el área de la Península Antártida”, explica Ana Payo, una de las dos científicas españolas firmantes en Nature. Se refiere a un área de 670.000 kms que se divide en dos zonas. En la del norte, se permitiría pescar cupos de krill, pero no en la del sur, que sería otro santuario. Con ello, estiman que el número de ballenas subiría en torno a un 5% y el de pingüinos en un 10%. También proponen que no se revisen estos límites cada 35 años, como ahora, sino cada 70 años.

La cuestión es que se va el tiempo… Sólo las negociaciones para proteger el Mar de Ross llevaron cinco largos años de tira y afloja y, recuerdan, en la CCAMLR hay “algunos miembros que ignoran la ciencia y niegan las amenazas a la vida silvestre y el cambio climático, un movimiento totalmente político”. Es la forma diplomática de mencionar a China y a Rusia, los más reticentes. Lo malo es que sin unanimidad, no habrá acuerdo.

Pingüinera en Isla Decepción. @Rosa M. Tristán

Por cierto que  defienden que la tierra antártica requiere mejorar también su protección más allá de lo que ya establece el Tratado Antártico. Ahora lo está un escaso 1,5% de la tierra libre de hielo (el 0,005% del área continental total), cuando la Convención por la Diversidad Biológica indica que debería protegerse el 17% del total.

En todo caso, la reunión en marcha de la Comisión se refiere al mar y este año, bajo presidencia española, no lo tiene fácil. Como es ‘on line’, no habrá oportunidad de negociaciones y encuentros en cócteles y cenas, donde tantas veces se dirimen estas cuestiones… Aún así, hay esperanzas de convencer a los países reticentes. La ministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, ya considera un éxito que se haya mantenido el tema en la agenda. “No será fácil pero continuaremos trabajando duro para lograr un consenso. Europa, América Latina, Australia, Rusia y China son claves para un resultado.. La Antártida y el Océano Austral están en primera línea de los impactos del cambio climático y es hora de aumentar la resiliencia de la Antártida“, comentaba hace pocos días en Twitter. “Sería un gran legado que bajo la presidencia española se consiguiera incluir al menos una de las áreas propuestas, la Península Antártica. Ojalá se consiga ya, antes de que sea demasiado tarde“, concluye la oceanógrafa Ana Payo. La otra española firmante es Marga Gual Soler.