‘Cuchillos en el aire’ en la reunión del Tratado que rige la Antártida


Christopher Michel via Flickr under CC BY 2.0

España ha logrado que sus propuestas sobre el impacto del turismo y la coordinación científica se aprobaran en una cita marcada por la guerra y los recelos en aumento de China

ROSA M. TRISTÁN

La Antártica ya no es inmune a las tensiones políticas y a las guerras, sean frías o calientes y así ha quedado de manifiesto en la 44ª Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) que esta semana ha tenido lugar en Berlín. Mientras hablaba el delegado ruso, 25 delegaciones de otros tantos países abandonaron la sala. El representante de Ucrania, por su parte, recordaba que la ciencia polar antártica se ha quedado desmantelada a causa de la invasión ordenada por Vladimir Putin, cuando no destruidos sus centros de investigación. “¿Cómo vamos a hacer ciencia ahora – se preguntaba- si ni siquiera puede tener el puerto de Odesa para el nuevo buque polar que acababa de adquirir?


Al final, no hubo suspensión de la reunión en el seno del Tratado, como si la hubo en el Consejo Ártico el pasado mes de abril, pero tampoco se ha conseguido introducir ninguna de las medidas más urgentes que se exigían desde algunas delegaciones y también desde la sociedad civil, representada con las ONG, dada las amenazas que se ciernen sobre el continente blanco. El éxito más rotundo es de dos propuestas del Comité Polar Español: una sobre coordinación científica y otra sobre los impactos del turismo antártico.


Jennifer Morgan, ex presidenta de Greenpeace y actual titular de la secretaría del Tratado Antártico, ya dijo en la conferencia inaugural que «lo que ocurre en la Antártida no se queda en la Antártida”, en referencia a como nos afecta a todos. Pero es que a la vez, lo que ocurre fuera de la Antártida la afecta en gran medida, en términos de impactos ambientales, y la casi paralización en las decisiones es hoy tan grande que los reunidos en la capital alemana ni siquiera han sido capaces de designar a los emblemáticos pingüinos emperador, los más grandes del planeta, como “especie especialmente protegida”, cuando ya se sabe que sus poblaciones están amenazadas por el cambio climático, como toda la fauna del continente de hielo.

De hecho, un estudio internacional publicado en Global Change Biology en agosto de 2021 augura que el 98% podrían desaparecer en sólo siete décadas si no se disminuyen drásticamente las emisiones contaminantes que generan el cambio climático. “El bloqueo vino de China, que dice que no es necesario, que falta ciencia”, señala Antonio Quesada, responsable del Comité Polar Español y máximo representante de la delegación española en el encuentro de Berlín.


La propuesta de protección fue presentada por el Reino Unido y contaba con el apoyo de muchos gobiernos occidentales a un plan de acción específico, pero China argumentó que hacía falta más investigación científica sobre las amenazas a las que se enfrenta esta especie polar. Es la misma postura que esgrime desde 2016, junto con Rusia, para bloquear las declaración de nuevas áreas protegidas en el Océano Austral, que hoy está amenazadas por el aumento del deshielo y el impacto en especies como el krill, base de la cadena trófica, es decir, de la alimentación de la vida polar.


Como observadora del Tratado, la organización ASOC (Antarctic and Southern Ocean Coalition) mostraba al término del encuentro su perplejidad porque esta iniciativa fuera rechazada. “Todos los países que son Partes del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid tienen obligaciones de proteger a las especies antárticas. Esta designación habría sido una medida lógica para mitigar las amenazas que pesan sobre una especie majestuosa y muy querida por gente de todo el mundo”, afirmaba su directora ejecutiva Claire Christian.

Desde días antes, ASOC y otras organizaciones habían apostado fuerte porque esta medida de protección saliera adelante. Ricardo Roura, presente en las reuniones de Berlín, nos declaraba: “Nos hemos movilizado ante la Puerta de Brademburgo por la protección del pingüino emperador, que es el único que anida sobre el hielo marino para conseguir la máxima protección posible, que puede poner límites a la visitas turísticas a sus colonias”, explicaba. De momento, el ‘emperador’ deberá esperar.


Otra de las esperanzas estaban puestas en que se adoptara un plan completo de respuesta al cambio climático, dado que ya hay pruebas científicas incuestionables de que la Antártida se halla en la primera línea de fuego de la crisis climática. Cada vez son más frecuentes las noticias sobre olas de calor, con subidas de temperaturas de hasta 40º C sobre las habituales –incluso se ha llegado a un registro de 18º C-, desplomes de plataformas de hielo marino que contenían hasta ahoar la salida de grandes masas de hielo interior glaciar y, este mismo año, récords de mínimos de ese mismo hielo marino invernal, tan fundamental para mantener el frágil equilibrio en esa zona del globo.


El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) —una evaluación de vanguardia sobre el cambio climático realizada por cientos de científicos de todo el mundo— ya ha lanzado un funesto mensaje de advertencia sobre los riesgos para todo el planeta derivados de no actuar con determinación frente al derretimiento de los polos. No sólo por el aumento del nivel del océano global y el daño la biodiversidad de esas zonas únicas, sino porque cambia las corrientes oceánicas que ‘diseñan’ el clima terrestre.

Esta misma semana, en un evento en el Instituto Francés, el director del Instituto Polar Francés, Jerome Chappellaz, recordaba que realmente no sabemos qué va a pasar cuando lancemos más CO2 a la atmósfera. Hay mucha incertidumbre. “Gran cantidad de energía acumulada en la Tierra, que hemos añadido como CO2, está almacenada en el océano en un 90% porque la absorbe, y el 70% está en el Océano Austral. Pero no tenemos idea de cuánto más de si seguirá ahí en el futuro, si dejará de captarlo o si comenzará a emitir ese CO2. Nos faltan respuestas -reconocía – y es una dinámica climática monstruosa, como un petrolero que entra en un puerto a toda velocidad. Cuantos más esperemos para frenar, con más fuerza chocará. No hay que esperar a más trabajos científicos para tomar medidas, ni esperar al final de la guerra de Ucrania. Pero todos los políticos siguen hablando de crecimiento, cuando hacerlo de otro indicador: el estado del planeta”.


“Lo importante es mantenerse por debajo de una subida de 1,5 grados. En las cumbres del clima, los gobiernos se comprometen a hacer cambios y hay empresas ya comienzan a cambiar, pero también debemos hacerlo con nuestros hábitos. Debemos reducir al máximo el cambio climático”, señalaba, por su parte, la investigadora polar Carlota Escutia, representante de España en el comité científico antártico SCAR en temas de evolución del cambio climático.


Ambos saben de lo que hablan. Chapellaz lleva muchos años taladrando el hielo antártico para obtener ‘testigos de hielo’ que nos hablan de lo que ocurrió hasta hace 800.000 años y Escutia recoge sedimentos en el fondo oceánico, retrocediendo muchos millones de años en el pasado, que nos da pistas de lo que puede pasar. Los trabajos de su equipo han permitido averiguar que hace entre tres y cuatro millones de años con una contaminación de unos 400 ppm (partes por millón de CO2) similar a la que tenemos hoy (en realidad, tenemos 414 ppm) en la Antártida había hielo, pero mucha más vegetación. «Era como hoy el sur de Chile», señala Escutia. El nivel del mar aumentó hasta 20 metros en todo el planeta. ¿Cuántos miles de millones de personas verían sus hogares y tierras submarinas si esto acontece? “Si se cumpliera el Acuerdo de París, a finales de este siglo tendríamos medio metro más de agua, aquí, en nuestra costa, pero si no se cumple podrá ser hasta un metro”, alertaba la científica.


Sin embargo, pese a estas y otras muchas alarmas, el Tratado Antártico no avanza. Todas las decisiones se toman en su seno por un consenso que cada vez es más difícil y también hay cada vez más voces que hablan de crisis. No sólo por la actual guerra. Es verdad que el conflicto ha hundido a la ciencia ucraniana –de hecho, sus científicos están saliendo a otros países a trabajar, incluido España, donde habría ya cerca de un centenar- y que si se ha frenado la inclusión de Canadá como miembro consultivo del Tratado, el veto de Rusia y China tiene mucho que ver, pero lo más grave, según los asistentes a estos días de cumbre polar, es que se han paralizado los posibles avances relacionados con el cambio climático, retrasándose una resolución oficial para un plan concreto de respuesta. Es como una vuelta a la situación en 2016, cuando debería caminarse hacia el 2030…


La clave estaría en el papel de China, protagonista indiscutible de los últimos desencuentros, más preocupante que Rusia. “Sus posiciones de bloqueo a posibles avances desde 2019 son una culpa compartida –reconoce Quesada- porque hasta ahora hemos aplicado el ‘rodillo occidental’ con nuestra forma de hacer ciencia, desde nuestra óptica, cuando hay otros modos, con un control más gubernamental, como es el caso chino; ahora es una potencia y ya no se calla, no acepta que se la ningunee en estos foros, así que al final el resultado es que no se avanza”.


En similares términos habla Jerome Chappellaz, consciente de que China está en vías de establecer un nuevo orden mundial y, en pleno siglo XXI, ya no sigue las órdenes ni de Europa ni de Estados Unidos: “Es inquietante, porque se oponen a menudo en detalles, pero eso indica una posición de principios, un pulso con el que quieren demostrar que China decide; y la realidad es que si una sola nación no quiere aprobar algo, no avanzamos en las reuniones del Tratado, así que habrá que sentarse con China en las negociaciones y reconocer que la situación está cambiando, que tiene peso en el nuevo orden mundial, y habrá que llevarles hacia una postura que vaya más allá de sus intereses nacionales porque hay que trabajar juntos”, declaraba el científico y responsable polar francés.


DOS APORTACIONES FUNDAMENTALES DE ESPAÑA


Lo más importante que se ha logrado en la reunión anual en Berlín, casi lo único, están dos avances que se deben a la propuestas de España, una en materia de coordinación científica y otra sobre el turismo. Gracias a la primera, desde ahora los trabajos científicos en el continente se coordinarán mejor que hasta ahora, gracias a un sistema de intercambio de estos trabajos entre países que permita sistematizar mejor la información. “Se trata de saber mejor qué queremos investigar cada país y qué información interesa de cara al futuro”, señala Quesada.


La otra gran propuesta de la delegación española, un éxito total apoyado por 22 países, es la de investigar cómo el turismo antártico está impactando en el continente, analizar los impactos acumulativos. Recordemos que en la temporada estival de 2019-2020 fueron 74.400 turistas (concentrados en pocos meses y zonas), cifras que cayeron por el COVID-19 y que ya han empezado a remontarse, esperando que se alcancen los 106.000 en la temporada 2022-2023 según la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO, por sus siglas en inglés). Como explica el representante español, “desde ahora los países, por una resolución del Tratado, tendrán que monitorizar cómo están impactando estas visitas en las zona cercanas a sus bases científicas, algo de lo que hay información, pero no suficiente”.


Esta decisión, que fue cofirmada por Estados Unidos, se basa en artículos científicos publicados por el equipo del investigador Javier Benayas, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre turismo antártico. Según Benayas “nos faltan datos de los impactos reales y si no se conocen, no se puede hacer una gestión turística adecuada, adaptada a cada lugar”. Tiene muy presente lo ocurrido en la pequeña Isla Barrientos, un lugar cercano a la isla Rey Jorge, muy visitado por su espectacular belleza. Allí, los visitantes acabaron creando senderos muy impactantes para la fauna que hubo que acabar cerrando después de que analizaran a fondo los daños. De cara al futuro, el proyecto con su equipo es aplicar lo que denomina ‘gestión adaptativa’ a seis lugares cercanos a la dos bases españolas, con apoyo de financiación española y holandesa.


La resolución sobre el turismo también se opone a ciertos tipos de infraestructuras turísticas permanentes, dado que sigue siendo un continente dedicado a la ciencia, aunque sea visitable.


Pero de momento, otros asuntos tan fundamentales como urgentes, tendrán que esperar a más adelante. En el aire sigue la decisión sobre la protección del Océano Austral en la sensible área del Mar de Weddell, pero también en la Península Antártica y un área de la zona oriental del continente. En total, cuatro millones de kilómetros cuadrados que dependen de que la Comisión para la Conservación de los Recursos Marinos Vivos Antárticos (CCAMLR, en inglés) logre algún día solventar el veto de China y Rusia. Con ‘los cuchillos en el aire’, metafóricamente hablando, de momento parece más imposible que el fracaso con los pingüinos empererador…. La 37º reunión (presencial) de CCAMLAR tendrá lugar en octubre en Australia y no pinta bién.


Y mientras tanto, los hielos antárticos, como los árticos, siguen su camino de deshielo…

Olas de calor en la Antártida: un 25% más cálidas por el cambio climático de origen humano


En Isla Decepción, en febrero de 2020, cuando se alcanzado los 13,3º C. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Viajar hacia la Antártida en un buque oceanográfico como el Hespérides casi en mangas de camisa, no es normal, pero si es una experiencia que es hasta 10 veces más probable que se repita debido a la emergencia que está generando transformaciones en el clima del planeta, causada por la intervención humana. Por primera vez, un estudio científico, español, nos dice expresamente que un 25% de esa intensificación del calor se debe el cambio climático, confirmándose así lo que hasta ahora se sabía, pero no se había cuantificado.

Esta es la principal conclusión de un artículo que el grupo antártico de la Aemet, junto con la Universidad de Barcelona, la de Lisboa y el Instituto de Geociencias del CSIC, publica esta semana en la revista “Communications Earth & Environment. Se centran, precisamente, en la ola de calor que vivió la autora de este artículo cuando llegó a la base española Juan Carlos I, en febrero de 2020. El termómetro entre los días 6 y 11 llegó a marcar allí los 12,6º C -al sol, la sensación térmica aún era mayor- pero es que en la base argentina Esperanza marcó los 18,3º C, en la de Marambio los 15,8º C y en la Gabriel de Castilla, los 13,3º C. ¿Qué probabilidad había de que me tocara un evento así?

Ahora ya sabemos, gracias a estos investigadores, que tenía 10 veces más de probabilidad de tenerla que si hubiera viajado entre 1950 y 1984, cuando las olas de calor eran un 25% más fresquitas. «Lo que hemos hecho es un estudio de atribución, es decir, utilizando la estadística para ver qué pasaba antes en situaciones similares, con análogas circulaciones del aire, y qué es lo que sucedió diferente en esos días de 2020. De este modo, descartamos el posible efecto que pudiera haber tenido la parte dinámica y lo que queda es la subida de temperatura que tiene que ver con el cambio climático de origen humano, al que es atribuida la ola de calor», asegura el científico de Aemet, Sergi González, primer firmante de este trabajo.

En realidad, momentos puntuales con subidas de temperatura no son nuevos en la Antártida. Pero si que ahora se certifica que son 0,4º C más cálidas de lo que eran antes, según señala este trabajo, y además son mucho más probables, según dice otro trabajo chileno reciente, al margen de que haya cambios de circulación de las corrientes, también llamados ríos atmosféricos. Es más, desde ese mes de febrero ahora estudiado, ha habido nuevas olas de calor en ese continente. En ninguna se superado los más de 18º C, ni se han aproximado a esa temperatura, pero si se han superado las que son las medias habituales (hasta ahora) en algunas zonas, tanto en el verano como en el invierno polar. La ola más reciente, en marzo pasado, en la Antártida Oriental se superaron en 40 grados sobre lo que se considera habitual, produciéndose apenas unos días después el colapso de una gran plataforma de hielo milenario de 1.200 kilómetros cuadrados.

Siempre que se mencionan estos episodios en un lugar tan lejano, conviene recordar el impacto que tiene el deshielo antártico en el aumento del nivel del mar -justamente estos días se habla en España de playas en el Levante que se quedan sin arena tras grandes tormentas, pero sobre todo hay que hablar de comunidades enteras que se quedarán inundadas- y en el cambio de las corriente océanicas, tan relacionadas con el clima global de la Tierra. También conviene recordar que todo ello tiene que ver con las emisiones contaminantes generadas por la actividad humana en apenas 100 años, sobre todo en las últimas décadas, un ciclo basado en el consumo, y derroche, de combustibles fósiles que no parece tener fin.

LINK al artículo científico: https://www.nature.com/articles/s43247-022-00450-5

Ríos de aire tropicales que desintegran hielos antárticos


Isla Livingston en febrero 2020, días después de la ola de calor. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Tras los últimos eventos climáticos en la Antártida y los colapsos del hielo que les han acompañado, incluso en la zona más fría de la Tierra, algunos científicos polares apuntaban a corrientes de aire tropicales, húmedas, que están llegando hasta el continente del sur, provocando olas de calor que acaban acelerando el deshielo y con él los cambios en el nivel del mar y en las corrientes oceánicas a nivel global.

Faltaba poner datos a estos fenómenos, especialmente numerosos en la Península Antártica, la zona del continente de hielo que se calienta a doble velocidad que el resto, y ahora es que han hecho los investigadores de Francia, Portugal, Bélgica, Alemania y Noruega en el trabajo que acaban de publicar en la revista “Communications Earth and Environment”.

Los datos que han recopilado indican que el 60% de los eventos de desprendimientos de hielo alrededor de las plataformas de hielo Larsen de la Península Antártica entre los años 2000 y 2020, fueron provocados por condiciones atmosféricas extremas, olas de calor polares que, si se cumplen las proyecciones –y todo indica que así va a ser si no se frenan las emisiones contaminantes globales- pueden poner en riesgo de colapso a la plataforma marina Larsen C. Al tratarse de hielo marino podría pensarse que ello no tiene que afectar al aumento del nivel del mar a nivel planetario, pero  resulta que el 80% del hielo interior antártico se ‘evacúa’ por los glaciares y éstos son contenidos, como si de un contrafuerte se tratara, por estas plataformas heladas. Sin ese contrafuerte, el hielo interior sale “como el vino espumoso se vierte tras la expulsión del corcho”, señalan los científicos en un comunicado. Y la Larsen C es el ‘tapón’ más grande que contiene el hielo interior en la zona del Mar de Weddell.

Estas olas de calor -entre las que destaca la que tuvo lugar en febrero de 2020, cuando se alcanzaron más de 18,3º C en una base polar argentina- se producen, según explican, porque llegan hasta la Antártida ríos atmosféricos de aire cargados de humedad que se originan en zonas subtropicales o latitudes medias y que aumentan las temperaturas bruscamente. La última de estas corrientes de aire llegó en marzo de este año a la Antártida Oriental, donde si bien no se llegaron a rebasar los cero grados en el interior, si subió la temperatura 40º respecto a lo normal y se provocó el colapso de la plataforma de hielo frente al Glaciar Conger.

Irina Gorodetskaya, una de las autoras de este trabajo y gran experta en este tema, nos deja claro que estos ríos atmosféricos están relacionados con el cambio climático global, que aumenta su frecuencia y su intensidad, pero especifica que su causa última son eventos en los que se superan umbrales de temperatura máxima. “Las proyecciones climáticas futuras nos muestran la extensión de la temporada de deshielo y su migración hacia el sur de la plataforma Larsen C, pero también una mayor frecuencia e intensidad de ríos atmosféricos que llegarán a tierra en la Antártida, en concreto a la Península”. Todo ello, afirma, “conlleva el riesgo de tener un impacto perjudicial en la estabilidad de la Larsen C”.

Irina Gorodetskaya . Foto del proyecto antártico HYDRANT

No conviene olvidar que esta plataforma de hielo marino es la más grande que queda en torno a la Península Antártica y que, como se explicaba, funciona como un ‘tapón’ de un hielo interior que es suficiente para aumentar 60 metros el nivel del mar global si de derrite en su totalidad. Esos 60 metros más de agua supondría la inundación de grandes extensiones de la tierra, hoy habitadas por miles de millones de seres humanos que no estaban cuando hace decenas de millones de años la Antártida era verde.

En realidad, lo que puede pasar con el hielo marino de la Larsen C no es muy distinto de lo que ya ocurrió con las Larsen A y Larsen B en la misma zona: la primera colapsó en 1995 y la segunda en 2002. En su momento, ambos eventos se relacionaron con el derretimiento superficial de su hielo, que las debilitó, y con el fuerte oleaje oceánico provocado por las tormentas. Ahora, Jonathan Wille y sus colegas han añadido el factor «vientos cálidos» que provocan ‘olas de calor’ puntuales.

En las dos primeras décadas de este siglo han identificado un total de 21 eventos de desprendimiento y colapso de plataformas marinas y en 13 detectaron que antes hubo una llegada de fuertes ríos atmosféricos, con una diferencia de unos días con el colapso. Como en marzo pasado. Estos corredores en la atmósfera por los que viaja vapor de agua tropical, elevan las temperaturas y generan charcos de agua que se acumula en lagos o rellena grietas y que acaba fracturando las plataformas y desestabilizándolas. A  ello se añade que sus bordes se desintegran, permitiendo que entren corrientes desde el océano.

Gorodetskaya nos cuenta que estos ríos atmosféricos cálidos también están llegando al Ártico si bien allí no existen plataformas del tamaño de las antárticas. “En el Ártico, los ríos atmosféricos y las olas de calor se han relacionado con fuertes impactos en la reducción del hielo marino y el extenso derretimiento de la superficie sobre la capa de hielo de Groenlandia”, responde. Precisamente, Irina acaba de regresar este 16 de abril de participar en la campaña ártica del avión HALO que estudia estas corrientes de viento árticas.

Un estudio científico se pregunta: «Medio billón de toneladas de basura de plásticos ¿dónde están?»


@KYUSHU UNIVERSITY

ROSA M. TRISTÁN

Mientras se escribe este artículo decenas de miles de kilos de plástico en todo el planeta están vertiéndose al océano en algún punto. Seguramente, en 2022 superaremos la producción de 461 millones de toneladas de plásticos de todo tipo a nivel global y sólo un 9% será reciclado de algún modo. Si bien no es nada fácil calcular qué cantidad acaba en los mares y las cifras son muy dispares según la fuente, un nuevo equipo de la Universidad de Kyushu, en Japón, acaba de publicar una investigación que podría acercarse a la realidad: pueden ser más de 25 millones de toneladas (25,3 millones de toneladas exactamente) y dos tercios de ellos ni siquiera se pueden monitorear.

Flujo de plásticos en el Atlántico

El trabajo está dirigido por uno de los más importantes expertos en la materia a nivel internacional, el japonés Atsuhiko Isobe, que ha liderado numerosas expediciones por el Pacífico y el Indico para visibilizar lo que no vemos bajo las olas. Se ha publicado en la revista Science of Total Environment, donde se asegura que pese a ser cifras alarmantes, son la punta del iceberg, dado que hay al menos otros 540 millones de toneladas de basura plástica mal gestionada en el mundo, casi el 10% de la producción global, que aún están atrapadas en la tierra y no se sabe dónde. Además, aunque tanto Isobe como muchos científicos inspeccionan fundamentalmente las superficies y playas, hay grandes cantidades de plásticos oceánicos muy por debajo de la superficie o en el lecho marino, ocultos del alcance de la observación científica más habitual.

“Para evaluar la cantidad y el paradero de los desechos plásticos en los océanos de la Tierra, debemos considerar todo el proceso desde su nacimiento hasta su enterramiento, comenzando con la emisión desde los ríos al océano y continuando con su transporte y fragmentación en pedazos”, dice Isobe en un comunicado de su Universidad.

Flujo de plásticos en el Pacífico

Para hacer los modelos que nos permiten aproximarnos a esta realidad, los japoneses se basaron en estudios previos que describen cómo se descomponen y envejecen los plásticos y los cruzaron con datos del viento obtenidos por satélite, que permiten saber hacia dónde y cómo se mueven. Para conocer las fuentes de estos desechos, ajustaron las estimaciones más recientes sobre este tipo de basura en los ríos en función del PIB de los países y las predicciones sobre lo que no se está reciclando adecuadamente desde 2010 (por cierto, que en Japón más que reciclar se incinera y hay incineradoras hasta en el centro de Tokio). Además, tuvieron en cuenta el dato de que el 20% del plástico oceánico proviene de la industria pesquera mundial.

Incineradora de Higashisumida (Tokio, 2019) @Rosa M. Tristán

SÓLO UN 3% DE LOS PLÁSTICOS FLOTA

Según sus resultados, los plásticos grandes y los microplásticos que flotan en la superficie del océano suponen sólo el 3% de todos los plásticos oceánicos. Si bien hay en torno a otro 3% de microplásticos en las playas, el 23% de los plásticos del océano son más grandes y están cerca de las costas. Pero sus simulaciones sugieren que los otros dos tercios restantes pueden estar ocultos (66.7%). Más de la mitad, estarían en el lecho marino porque pesan y son más densos que el agua de mar, como es el caso de aquellos que incluyen tereftalato de polietileno (PET) y cloruro de polivinilo (PVC), que son muchos.

El resto son microplásticos viejos que llevan muchos años almacenándose en el fondo y en otros lugares de los océanos del mundo.

Con todo, señalan que lo más preocupante -y ya lo es que nos comamos el pescado con plástico o forme parte de los músculos de las tortugas, como han relevado trabajos españoles en el IDAEA- es la cantidad de residuos de este material que están siendo mal gestionados en la tierra y que podrían llegar a los ecosistemas y al océano en el futuro, multiplicando por 20 la cantidad actual. Para concluir que son esa décima parte de los 5.700 millones de toneladas producidas hasta la fecha, combinaron las estimaciones sobre lo que llega anualmente al océano con datos disponibles sobre lo que realmente se recicla o incinera. Y alertan de que más de medio billón de toneladas, al no descomponerse en la naturaleza , «sobrevivirán a los humanos en este planeta». De hecho, se han encontrado del Ártico a la Antártida.

La autora con Atsuhiko Isobe, en Tokio @Rosa M. Tristán

«Pudimos estimar el presupuesto de los plásticos oceánicos, pero son solo la punta del iceberg», asegura Isobe, al que tuve la oportunidad de conocer en Tokio durante la cumbre climática del G-20 en 2019, cita en la que la basura plástica fue tema prioritario, junto con el hidrógeno.

Ahora, anuncia que su próxima tarea es investigar y evaluar el paradero de esos más de 500 millones de toneladas que aún no ha llegado al océano, pero podrán hacerlo: “Esa va a ser una tarea hercúlea. Se han logrado pocos avances hasta ahora en el campo de los ‘plásticos terrestres‘ debido a la falta de métodos de observación”, reconoce.

Isobe lanzó hace unos años un programa de ciencia ciudadana en su país utilizando fotos de colaboración colectiva e Inteligencia Artificial para evaluar la masa de desechos plásticos vertidos en ciudades y playas.

En esta investigación, de impacto mundial, se recuerda que de los 32 millones de toneladas de plástico que cada año tiramos al medio ambiente, entre 1,8 y dos millones acaban, como mínimo, en los océanos a través de los ríos, plásticos que duran de cientos a miles de años, aunque ese período puede acortarse debido a la remineralización por bacterias. De hecho, hay estudios que dicen que están mutando bacterias para convertirse en ‘come-plásticos’ .

ARTICULO COMPLETO: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0048969722010270?via%3Dihub

¿Una sabana en la Amazonía? El futuro que viene, nos alerta la ciencia


Vista de los yacimientos de la Garganta de Olduvai, por la mañaña.|ROSA M. TRISTÁN
Vista de la sabana en la Garganta de Olduvai.|ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Científicos, activistas y pueblos indígenas llevan ya tanto tiempo alzando la voz de alarma sobre la Amazonía que pareciera que nos hemos acostumbrado y que pensáramos que la vida nuestra, la cotidiana, seguiría igual si no estuviera, que no pasa nada porque podremos ‘reconstruirla’ como una catedral francesa.


Pero no, esa selva amazónica que aún era un misterio cuando nací y que estudié en el colegio como “el pulmón de la Tierra” –ahora sabemos que también lo son los océanos-, está llegando a un punto de inflexión en el camino a su desaparición, es decir, al borde de un precipicio en el que será inevitable que sus frondosidades se conviertan en sabana hasta en un 40% de su extensión y que la fauna que la habita desaparezca. ¿Y quién lo dice? Pues lo concluye así un grupo de investigadores que han comprobado empíricamente sobre el terreno cómo en tan sólo 20 años la Amazonía ha perdido su resiliencia en más del 75% de su territorio, es decir, su capacidad de poder superar el trauma que supone el cambio climático, unido a una deforestación galopante.


Los autores -Chris A. Boulton y Timothy Lenton, de la Universidad de Exeter, y Niklas Boers, del Centro de Investigación del Clima de Postdam- se ha servido de datos captados por los satélites, que es el modo más eficaz hoy en día de controlar un área tan extensa como es ésta del continente americano. Y no olvidemos que es un lugar que sigue siendo fundamental para regular el clima y es fundamental porque es cuna de una biodiversidad única en la Tierra y un gran almacén de CO2.


Lo que hicieron fue analizar imágenes enviadas desde 1991 hasta casi nuestros días y luego las compararon con los datos climáticos y llegaron a la conclusión de que ese punto crítico está cerca y que esa pérdida de capacidad de recuperación es especialmente grave cuanto más próxima es una zona a la actividad humana, casi siempre ganadera, y también en las que reciben menos lluvias. El problema es que, además, no es una pérdida visible, como lo son con las talas masivas, que también las hay, sino que en buena parte de la cuenca amazónica los árboles y la vegetación de hojas más grandes –depósitos de un carbono que no desaparece, sólo se transforma en gas-, están perdiendo masa. De hecho, durante dos importantes sequías en 2005 y 2010, recuerdan que esta selva ya se convirtió temporalmente en una fuente de carbono porque los árboles comenzaron a morirse.


La cuestión, señalan, es que con el cambio climático hay fenómenos que se esán retroalimentando, como los incendios: al producirse amplían los efectos de la sequía dando lugar a gigantescos megacincendios. A su vez, la deforestación que ocasionan reduce la humedad, así que hay menos lluvias y eso acaba debilitando más a los árboles. “La Amazonía puede mostrar una potente muerte regresiva a fines del siglo XXI”, alertan. Vamos, que en 100 años nos habremos cargado un mundo que lleva 20 millones de años vivo, desde el surgimiento de los Andes.


Hay que tener en cuenta que cualquier sistema poco estable es más lento a la hora de responder a perturbaciones, como pueden ser variaciones del clima en el caso de un ecosistema. Pero ¿cómo hacerlo en tamaña una inmensidad de 6,7 millones de kilómetros cuadrados? En este caso, utilizaron instrumentos que miden cambios en la biomasa de la vegetación y su verdor (es decir, actividad fotosintética) y encontraron las relaciones con dos “factores estresantes” de la Amazonía que están cambiando su resiliencia: la disminución de las precipitaciones y la influencia humana.


En concreto, dividieron las selva en cuadrículas y se fijaron en las zonas de hoja perenne y ancha, comprobando así que ha habido una disminución general de la llamada Profundidad Óptica Vegetal (VOD) entre 2001–2016. En ese periodo, observaron que la vegetación perenne ha cambiado mucho en el sureste de la cuenca amazónica y en algunas zonas del norte y que los bosques de planicies aluviales cerca de los ríos, que cubren el 14% del territorio amazónico, son mucho menos resilientes a modificaciones que los bosques no inundables.

Mapa de incendios en la Amazonía en 2019. @INPE


Entre unas zonas y otras, resulta que un 76,2 % de la selva amazónica muestra desde principios de la década de 2000 poca capacidad de superar las nuevas condiciones, y la cosa se agrava en los lugares donde las lluvias están por debajo de 3500–4000 mm o cerca de asentamientos humanos. Y la mala noticia añadida es que en grandes partes del área estudiada cada vez lluvia menos debido al cambio climático, que aumenta la temperatura en el Atlántico tropical norte, causando sequías como las de 2005 y 2010 y que intensifica impactos de El Niño, con la sequía que hubo en 2015-16 .


Respecto al impacto humano, la expansión del uso de la tierra se ha acelerado desde 2010, generando perturbaciones como la eliminación directa de árboles, la construcción de caminos o los incendios. Hay que alejarse entre 200 y 250 kilómetros de esas actividades humanas para ver una selva resistente y fuerte. Además, el cambio o sustitución de unas especies vegetales por otras más resistentes a la sequía es mucho más lento que el de las precipitaciones escasas.


Dado que el riesgo de tener una sabana donde había selva es mucho mayor en áreas más cercanas al uso humano, los científicos señalan que es imprescindible desde ya reducir la deforestación, que no solo protegerá las partes del bosque que están directamente amenazadas, sino que también beneficiará a la resiliencia de toda la selva amazónica.
Artículo completo: https://www.nature.com/articles/s41558-022-01287-8


Por cierto que esta misma semana en Nature Communications se publica otro estudio sobre incendios en zonas naturales con previsiones poco halagüeñas. Aducen los firmantes que el calentamiento global alterará el potencial de incendios forestales y la gravedad de la temporada de incendios, especialmente en algunas zonas, entre las que, por cierto el área del Mediterráneo sale muy mal parada. Según sus modelos, lo incendios aumentaran un 29% de media, sobre todo en zonas boreales (un 111% más) y templadas (un 25%), donde serán más frecuentes y durante una temporada anual más larga, según los modelos climáticos.


Pero volviendo a la Amazonía, en este caso concluyen que su zona oriental pasará a tener muchos más incendios que hoy porque aumentará la superficie propensa al fuego por la falta de precipitaciones. Por ello, recomiendan cesar prácticas agrícolas y pastoriles como la tala de vegetación por el fuego. Creen que sólo reduciendo estos fuegos provocados, se podrá reducir el área quemada global, dada las grandes extensiones que acaban afectando.

La pandemia del COVID-19 pone en ‘jaque’ a la ciencia en la Antártida


Un brote de COVID-19 a bordo del buque Hespérides le obliga a regresar a Argentina cuando llevaba ocho proyectos a bordo en una campaña que ha afectado a Brasil, Bélgica, EEUU, Uruguay, Rusia, Argentina y a turistas.

El Hesperides en Caleta Cierva (Península Antártica) @Armada

ROSA M. TRISTÁN

“Aquí estamos, en burbuja, encuarentenados” . El mensaje fue enviado hace pocos días desde Punta Arenas (Chile) por la científica polar española Carlota Escutia, que llevaba meses preparando el viaje a la Antártica con su proyecto DRACC22. Pero no ha podido llegar a su destino. Un brote de COVID-19 a bordo del  buque oceanográfico Hespérides, declarado cuando cruzaba la noche de este miércoles el Mar de Hoces (canal del Drake) ha dado al traste con los planes, al detectarse, hasta ahora, nueve casos positivos del corononavirus y otro dos que aún están como “sospechosos”. Por segundo año, el buque de la Armada resulta afectado por la pandemia y se trastoca la campaña antártica española.

A bordo del buque, viajan cuando escribo estas líneas un total de 90 personas, de las que 37 son personal científico de ocho proyectos diferentes. Eran quienes iban a culminar con su trabajo un a 35º campaña antártica que se había salvado hasta ahora de la infección, hasta que el miércoles por la tarde las sospechosas toses de algunos compañeros de travesía –siete de la tripulación, casi todos oficiales, y dos científicos- se convirtieron en la peor noticia posible. “Me avisó el comandante sobre las 19.30 horas y tras reunirse un comité de crisis, se decidió que se dieran la vuelta hasta Ushuaia, en Argentina, y allí esperar que hagan los 14 días de cuarentena que se exige. Estamos buscando hoteles para que, en cuanto toquen puerto, los científicos puedan bajarse y dejar más espacio a bordo para que la tripulación pueda distribuirse mejor, dado que hay camarotes hasta con 10 personas”, señala el secretario técnico del Comité Polar Español, Antonio Quesada. “Pensábamos que este año nos íbamos a librar, pero nos ha tocado”, reconoce.

Y es que ya en la pasada campaña polar, hubo un brote en el Hespérides pocos días  después de salir de Cartagena hacia la Antártida y tuvo que regresar con urgencia a Canarias. Hubo 35 casos y al final un militar acabó falleciendo. En esta ocasión, todos los casos son leves hasta el momento y se espera que no se agraven dado que está todo el mundo vacunado.

Los planes son que los científicos que van a bordo, cuando se recuperen los enfermos y todos pasen la cuarentana, en su mayor parte regresen a España. El proyecto más afectado de todos es el DRACC22, que dirigen Escutia y Fernando Bohoyo, con los que viajan una veintena de personas que iban a investigar sobre la corriente circumpolar antártica y el impacto en ella del cambio climático en una campaña oceanográfica que ya no podrá ser, al menos este año. “Aquí estamos, marcha atrás y de vuelta a Ushuaia”, explica escuetamente Escutia en un mensaje. Su plan era estar unos 20 días navegando.

Según Antonio Quesada, se está valorando que algún otro proyecto, como ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), si podría aprovechar algunas jornadas hasta que se cierren las dos bases españolas. “Todavía no está confirmado nada. Nos harán mañana (por hoy) una PCR a todos nada más llegar a Ushuaia. Nosotros de momento estamos bien, aunque si hay casos entre los científicos”, confirma Asunción en otro mensaje.

Carlota Escutia, al fondo el Hespérides.

En la misma incertidumbre están los dos del equipo que estudia los glaciares, que dirige Francisco Navarro. «No saben aún si podrá ir uno de ellos cuando pasen la cuarentena, aunque sería para trabajar solo un par de día. También está el riesgo de que surjan más positivos. Están algo deprimidos», reconoce el científico de la UPM.

De hecho, el plan para la tripulación del Hespérides es que, una vez recuperada, vuelva a cruzar el Drake camino del hielo para así finalizar algunos proyectos y a mediados del mes de marzo recoger a la 73 personas que hay entre la base Juan Carlos I (Isla Livingston) y la Gabriel de Castilla (Isla Decepción), donde se sigue trabajando con normalidad.

Sobre cómo es posible que el brote se haya producido, con los protocolos de aislamientos puestos en marcha, no hay ninguna explicación. El año pasado la Armada hizo una investigación de lo ocurrido, de la que no se sabe aún el resultado. Este nuevo brote se ha declarado cuando el Hespérides llevaba desde diciembre sin pisar un puerto y más de 20 días sin tocar las bases científicas, que se han salvado hasta ahora de contagios. En teoría, la cuarentena era permanente, tanto entre tripulación como resto de personal, pero es evidente que ha habido alguna ‘fuga del coronavirus’.

En todo caso, la pandemia durante esta campaña ha impactado en la Antártida de lleno, mucho más que en la de 2020-2001. Ha hecho tanta mella en las campañas científicas de varios países que no va a ser fácil organizar la salida de todo el mundo que allí se encuentra, algo que preocupa en el CONNAP, el consejo  de directores de programas antárticos.

Se comenzó el verano austral con un brote en la base belga Princess Elisabeth que afectó a 11 de sus residentes. Luego vendrían los casos detectados en la base argentina Esperanza, los de la base brasileña Comandante Ferraz, los de la base uruguaya Artigas, los positivos de los turistas de un campamento sobre el hielo del interior continental, cerca de la base rusa de Novolazárevskaya -también afedctada por el COVID-19-, los positivos en las bases rusas Progress y Vostok (esta última en el lugar más inaccesible de la Antártida por ser el más alejado del océano), el viaje frustrado del rompehielos americano Laurence M. Gould por contagios a bordo, detectados en Punta Arenas, o el también cancelado, hace pocos días, por la misma razón del buque chileno Aquiles, que iba a hacer servicios de logística a varias bases, como la búlgara vecina de los españoles en Isla Livingston o la de checa, en la isla James Ross, que se han quedado colgadas de momento a falta de organizar esa logística, tan compleja en la Antártida.

El rompehielos americano Gould, en una imagen de la Academia de las Ciencias de EEUU

“La situación es muy complicada ahora mismo. Se anulan viajes de buques y también de vuelos a la Isla Rey Jorge por contagios de los pilotos. Y no son fáciles de reemplazar. A nivel internacional, se está tratando de buscar alternativas con otros buques para las bases que se han quedado sin ella. En el Comité Polar Español hemos contratado un avión desde Rey Jorge a mediados de marzo para sacar a parte del personal de la campaña cuando ésta acabe. Pero para ir a esa isla desde donde estamos precisamos del Hespérides. Esperemos que no se declaren más casos porque la cuenta con cada nuevo empieza de nuevo”, explica Quesada.

La situación, así, se dificulta también para campañas siguientes, dado que los proyectos no realizados deberán tener hueco en la del año que viene, lo que podría afectar, a su vez, a los que estaban ya previstos para ella; y hay que tener en cuenta que ya se acumula el retraso de la campaña anterior, cuando el buque oceanográfico se quedó sin viajar.

El colonialismo en la Paleontología mundial sigue vivo, según una investigación


Restos de ‘Lucy’ , en Etiopía

Una investigación revela el sistema de ‘ciencia del paracaídas’ que aún practican investigadores de fósiles que van a trabajar a países del Sur Global

ROSA M. TRISTÁN

Desde tiempos históricos, expediciones científicas, europeas primero y después también norteamericanas, han viajado a países del hemisferio sur en busca de especímenes y fósiles para su estudio y análisis. Su papel fue fundamental para el avance de la ciencia. Ahora, una investigación revela que un ‘colonialismo científico’, que se expandió durante el siglo XIX y XX, sigue muy vivo en pleno siglo XXI. Así lo revela, en la revista Nature Ecology & Evolution, un grupo de científicos de ambos hemisferios. Según sus resultados, en los últimos 30 años, el 97% de los datos sobre fósiles han sido aportados por originarios de países ricos (Estados Unidos y Europa Occidental, fundamentalmente) y “con poca o ninguna colaboración en el país” donde estaba el material. Aseguran que los legados coloniales y los factores socioeconómicos asociados no sólo han sesgado en el pasado la investigación paleontológica, sino que lo siguen haciendo.

Los autores, que proceden de Alemania, India, Brasil, Sudáfrica o Reino Unido, llaman ‘ciencia del paracaídas‘ a aquella en la que los extranjeros llegan al sur como caídos del cielo, a menudo sin interactuar con las comunidades locales, lo que hace que haya “un sesgo de muestreo, con impactos potenciales en las estimaciones de la biodiversidad pasada”. Nussaïbah Raja, Emma Dunne y otros miembros del equipo,  tras analizar lo ocurrido en estas tres décadas gracias a la base de datos Paleobiology Database, advierten de que “los análisis globales pueden enmascarar prácticas de investigación colonialistas dentro del país”.

Por países, señalan que EEUU y Europa Occidental son los que más invierten en investigación, por lo que es lógico que tengan más presencia. De hecho, el 50% de los datos sobre fósiles los aporta el primero, que tiene tantos trabajos dentro de sus fronteras como fuera. Le siguen Alemania, Reino Unido y Francia, cada uno con un 10% del total, pero en estos casos lo llamativo es que publican más cantidad de fósiles no europeos que europeos:  hacen más fuera de sus países que dentro y, además, casi la mitad de esa investigación que hicieron en el extranjero no involucró a ningún científico local (es ciencia de paracaídas al 100%).

También destacan el llamativo el caso de Suiza (el 86% de las investigaciones paleontológicas suizas las hacen fuera de sus fronteras) y que en países con territorios de ultramar, como Dinamarca en el caso de Groenlandia o Francia en el caso de la Polinesia Francesa,  la población local figure rara vez en un trabajo. No digamos ya alguien de la población indígena…

En el otro lado de la balanza, estarían los países cuyos científicos trabajan, sobre todo, con fósiles de su territorio, como China (el 75% es nacional), Argentina (66%) y Japón (50%). La razón, explican, es que son ‘centros regionales de conocimiento paleontológico’ y se ha impulsado su estudio, con yacimientos como los de Lagerstätten  , de fama mundial, o en el caso de Argentina con sus yacimientos espectaculares de dinosaurios. Además, tienen leyes que impiden sacar fósiles de estos países.

Los ‘paracaidistas’ de la ciencia en África

Muy llamativo es el caso de África, el continente por excelencia de la ‘ciencia del paracaídas’ . Casi todo el conocimiento desde 1990 sobre los fósiles africanos se ha producido fuera del continente, especialmente ligado a sus ex potencias coloniales: un 25%  de todas las investigaciones en Marruecos, Túnez y Argelia las hicieron franceses, el 17% de los fósiles tanzanos los estudiaron alemanes y el 10% de investigación paletontológica en Sudáfrica o Egipto es obra de británicos.

En todo caso, Europa occidental no se limita a investigar en antiguas colonias, siguiendo la tendencia extractiva de los siglos anteriores, sino que se extiende por el mundo entero y el suyo es un modelo que ya comienzan a seguir nuevos actores. China, por ejemplo, ya ¡ ha puesto el foco en los fósiles en ámbar de Myanmar, trabajos que los chinos hacen sin ninguna colaboración  local.

Precisamente Myanmar, pero también República Dominicana, Marruecos, Mongolia y Kazajistán son algunos de los países preferidos para los investigadores extranjeros, y por tanto, los más proclives al colonialismo científico. Si en el caso de Myanmar y República Dominicana el imán es el ámbar, que ya es comercial, en el desierto de Marruecos, Mongolia y Kazajistán, los atraen los espectaculares fósiles de vertebrados . Los autores explican que los vertebrados consiguen más fácilmente financiación para proyectos y, además, en esos casos hay desde hace décadas un tremendo tráfico de fósiles .

En definitiva, los autores denuncian que “la dinámica del poder observadas actualmente en la disciplina siguen siendo análoga a la que existió durante la era del saqueo colonial”. Es decir, que la Paleontología moderna se basa aún «en un sistema de explotación propio de la colonización” y que, si bien es verdad, que se están creando ‘centros regionales’ importantes (China, Brasil, Argentina…), en ellos se siguen las directrices científicas del Norte global y se discrimina a lo local. Leyes como las de China, Argentina, Brasil o Tanzania, que impiden sacar los fósiles, si que potencian los trabajos de sus investigadores nacionales, pero no existen en todos los lugares.

Otro factor discriminador, apuntan, es el hecho de que el inglés sea el rey de la ciencia: el 92% de las publicaciones registradas en la base de datos entre 1990 y 2020 son en ese idioma, seguido de chino, alemán, alemán, francés y español. Y detectan que, incluso donde figuran como coautores algunos científicos locales y nacionales de donde se extraen los fósiles, éstos no ocupan prácticamente nunca el puesto de ‘autores principales’, estando siempre “en una posición de subordinación”.

En sus conclusiones, recuerdan que lo que pasa en Paleontología también se ha detectado en otras áreas de la ciencia, como la genómica, las ciencias marinas y la ecología. Dado que ya se llevan al menos 70 años haciendo excavaciones paleontológicas, parece que tiempo ha habido para crear profesionales, si se hubiera querido.

Para dar la vuelta a esta situación, los firmantes del artículo recomiendan más colaboraciones científicas basadas en el respeto y los intereses de la población local, en las que los extranjeros, antes de llegar a un país, se informen sobre si ya hay científicos locales trabajando el tema y, si es así, diseñen el proyecto conjuntamente. No basta, dicen, recurrir a ese tipo de asociaciones sólo para facilitarse los trámites burocráticos, como no basta formar a paleontólogos en el país si no es para que se conviertan en los líderes de sus proyectos nacionales. Además, recuerdan, científicos del norte también pueden aprender de sus pares del sur por sus experiencias y prácticas locales.

Financiar ciencia colaborativa con el Sur Global

En el caso de la UE, por ejemplo, critican que el Consejo Europeo de Investigación promueva la financiación de proyectos en los que los científicos de instituciones europeas son evaluados individualmente por sus resultados y no se tengan en cuenta otros factores, como la colaboración local. “Incluso en el caso de colaboraciones con investigadores locales, la difusión de los resultados generalmente ocurre en la “base de operaciones” de los investigadores principales, marginando a estos investigadores locales y sus contribuciones”, añaden.

Como fósiles hay en todo el mundo, consideran que la Paleontología es un campo “ideal” para financiarse de esa forma colaborativa. “En lugar de luchar por el individualismo o competir entre sí, los paleontólogos de diferentes países podrían unir sus recursos, experiencia y esfuerzos para explorar una miríada de preguntas de investigación que tienen importancia global”.

Desde luego, apuntan que es fundamental que los países del sur global inviertan en sus instituciones para recoger y organizar las colecciones de fósiles y datos localmente, demás de promover la formación de sus paleontólogos, pero ello, reconocen, requiere esa colaboración entre países que podría ayudar a garantizar apoyos para ello. También consideran que tienen solución los problemas de visados a los que se enfrentan científicos del Sur, así como una  cultura editorial académica que se basa en publicar en revistas que están en el norte, en las que la ciencia local está poco o nada representada tanto por la barrera idiomática, como el bajo gasto en I+D y la ‘ciencia del paracaídas’.

El artículo acaba mencionando que “se requieren con urgencia cambios sistémicos generalizados para abordar desequilibrios de poder global en la disciplina de la Paleontología que han persistió durante más de dos siglos”. Y es algo que, dicen, deben hacer los investigadores para evitar este colonialismo, pero sobre todo está creen que en manos de los organismos que financian sus investigaciones, sociedades y revistas científicas “que deben garantizar que las prácticas de investigación poco éticas y explotadoras existentes estructuralmente integradas en la Paleontología se conviertan en una cosa del pasado”.

Como colofón, señalar que en el caso de España, los proyectos paleontológicos españoles que he visitado, como es el caso del que IDEA desarrolla en Olduvai (Tanzania), cuentan con un potente equipo local, y como codirector el tanzano Audax Mabulla. Es más, los propios españoles se enfrentaron al ‘colonialismo’ anglosajón en la zona, que hace años no veían con buenos ojos su presencia. Además, si bien hay numerosas colaboraciones de españoles con equipos extranjeros, son pocos los proyectos que nuestros investigadores realizan fuera, tanto por falta de fondos como porque la riqueza paleontológica española es mucha en nuestro territorio. A destacar, el trabajo de exploración que Eudald Carbonell y Bienvenido Navarro hicieron en Eritrea hace unos años.

También falta una reflexión profunda sobre la escasez de fondos para la investigación paleontológica en países del Sur Global, una investigación que, si bien tiene muchos ‘agujeros negros’, ha permitido averiguar tanto del pasado de la vida en la Tierra a lo largo de 200 años. Sin acceso a esos materiales, es posible que muchos de los materiales se hubieran perdido antes de ser puestos en valor.

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El mundo patas arriba… pero los negocios ‘bien, gracias’ 


ROSA M. TRISTÁN

Llevamos unos días en los que resulta muy difícil dar crédito a lo que estamos viviendo. El batiburrillo en torno a las macrogranjas, que no son otra cosa que fábricas de carne viva, se ha convertido en una cuestión política –en tiempos de campaña electoral – obviando todo tipo de datos científicos, técnicos, sanitarios, por supuesto, al mundo ecologista en su conjunto e incluso los propios programas electorales, las agendas internacionales que se venden a ‘bombo y platillo’ en cumbres mundiales, los comunicados de asociaciones que ahora sacan el estandarte del ‘pobre de mí’… Pero no es solo eso lo que tenemos sobre la mesa: también cultivos en zonas protegidas, aviones sin pasajeros, glaciares gigantes que se resquebrajan, temperaturas récord en América del Sur y Australia… El mundo está ‘patas arriba’, pero los negocios, bien gracias.

Hace más de 10 años, en El Mundo, un encuentro con el escritor e investigador norteamericano Jonathan Safran Foer, que vino a presentar su exitoso libro “Comer animales”, ya me abrió los ojos a lo que estaba pasando en su país con la carne. Al parecer, todo comenzó por un granjero de Virginia que recibió, en 1923, por error, un envío de 500 pollos en vez de 50 y decidió criarlos encerrados. En 1926, tenía 10.000. Fue la primera granja industrial de la historia, me contaba.

Casi un siglo después, el 99,9% de los pollos, el 97% de las gallinas, el 95% de los cerdos y el 78% de las vacas que se crían en su país salen de esas ‘fábricas’ de hacinamiento. Pero también casi un siglo después, hemos pasado por las ‘vacas locas’, la gripe aviar y la triquinosis. Sabemos que ya hace unos años el 30% de la huella humana en el planeta la causaba la ganadería (ScienceDirect), que consumió en menos de 10 años (entre 1996 y 2005) una cantidad de litros de agua potable impronunciable: 2.422.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 . Hoy serán más. De los bosques, la cuenta es un despropósito: 450 millones de hectáreas menos desde 1990 y el 80% en zonas como la Amazonia, donde hoy en donde había árboles hay vacas, dice la FAO.

@United Egg Producers

En un artículo en Ecologismo de Emergencia ya se dan muchos datos del impacto que supone el negocio de las macrogranjas a nivel ambiental en España. En contaminación de acuíferos, ríos, humedales o lagos, nitratos o emisiones atmosféricas. Y basta echar un vistazo para encontrar quienes están detrás: Greenpeace reveló no hace mucho que la mayor y más contaminante macro-granja de España (en Catillejar, Granada) es de la gran marca El Pozo y… ¡¡cría 651.000 lechones al año. No es muy distinto de lo que pasa con Intercalopsa (que proporciona los jamones a Mercadona) y su proyecto de macrogranja en Cuenca ni tampoco de la que Campofrío y Elausa pretendían levantar en la comarca palentina de la Vega-Valdavia. Desistieron ante las quejas generales, para indignación del promotor y alcalde del PP del pueblo vecino.

En este tipo de ‘industrias’, que no granjas, se ‘cría-fabrica’ una parte de la carne de ese pollo deshuesado que encontramos en el supermercado en bandejas plastificadas a 4,5 euros medio kilo; y ese el kilo de cerdo adobado que ronda los 4,6 euros o ese filete que sólo suelta agua por un poco más: 6,7 euros los 600 gr. ¿Es eso es democratizar el consumo, como hay quien argumenta? ¿Realmente pagamos el coste que nos está suponiendo? Y, por otro lado, ¡si con 500 gramos a la semana tenemos de sobra! Lo dice la OMS y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que algo sabrán del tema…

Contenedores en puerto de la provincia de Zhejiang, en el este de China. @Xhinuanet

Menos he leído estos días sobre el destino final de la ‘gran tajada’ del negocio que emana de este territorio cada día más reseco y contaminado. Se exporta a China: los envíos de porcino, el ganado en el centro del huracán político, crecieron en más de 300.000 y 700.000 toneladas en 2019 y en 2020, respectivamente. Es un aumento de más del 100% . Y es que resulta que os 1.400 millones de chinos se quedaron sin cerdos por una epidemia de peste porcina que afectó a sus granjas y de la que ya se recupera el país asiático. ¿Qué pasará cuando los chinos ya no compren tanto? Pues yo lo veo venir: que los grandes agronegocios que han crecido al albur de ese excepcional evento hablarán de “grave crisis” del sector, ‘desastre’, ‘insostenibilidad’ y obtendrán más subvenciones de las que tienen para mantener ‘sine die’ su burbuja beneficios, en los que va empaquetada nuestra naturaleza. No hay más que ver lo que pasa con el descenso de las aves o la contaminación de aguas superficiales y acuíferos (Cuéllar, por ejemplo) o el insalubre aire que respiramos.

Por si ello fuera poco, esa carne de macrogranjas se alimenta a base de soja que nos llega en parte de Estados Unidos (1,7 millones de toneladas en 2017, de un país donde la soja es transgénica) y en otra gran proporción de dos países con deforestación galopante: en 2018, España compró 1,15 millones de toneladas de soja a Argentina y de ellos el 11% venía del Gran Chaco, un bosque seco en continuo retroceso por la deforestación, como denuncia la ONG Mongabay; al Brasil de Bolsonaro se compraron 2,4 millones de toneladas, el 31 % con sello de la Amazonía y el 10 % de la Mata Atlántica. Y son datos de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), que no duda en calificar esta soja como “sostenible” sin dar más explicaciones sobre qué significa ese adjetivo para ellos y cómo lo certifican en el terreno.

@Rosa M. Tristán

Aún andaba perpleja con las reacciones a este tema cárnico, que acertadamente está situando a cada cual en su sitio (ya sabemos que si nos hablan algunos de ODS hay que cogerlo con ‘pinzas’), cuando nos enteramos de que uno de los más importantes parques nacionales de Europa, el humedal de Doñana, está en el ‘punto de mira’ de los ‘tiros’ del mismo gran negocio agroalimentario. Otra novedad 2022 de las que quitan el hipo del susto. El gobierno andaluz, al que el medio ambiente le debe parecer un ‘atrezzo’ para que se muevan cazadores y poco más, quiere legalizar 1.400 hectáreas de cultivos de fresas y otros frutos rojos que llevan décadas esquilmando ilegalmente el acuífero de este lugar único en el mundo.

Hace muchos años que visité la zona con WWF y vi los pozos ilegales. Desde entonces se me atragantan las fresas de Huelva. Salvo las que llevan su certificado ‘eco’ y en su temporada de siempre, que aún sigue siendo la primavera. Doñana, así lo alertan científicos y ecologistas, está en grave riesgo por escasez de agua. Incluso tenemos ya una denuncia sobre el tema de la UE del pasado año. Entonces, ¿acaso no nos importa perder algo que es Patrimonio de la Humanidad? Porque esto no es cosa de ecologistas, es de todos, del mundo entero. ¿Y vamos a consentir que acabe como el Mar Menor, hecho una pocilga? Me da por pensar que igual en vez de millones de aves migratorias hay alguien ya está pensando en poner cerdos…

Enclave nuclear de Handfor. 200 millones de toneladas de residuos

Claro que a nivel internacional, también se me ponen los pelos de punta con algunas novedades de este 2022 de estreno. Resulta que para la Unión Europea, la energía nuclear ahora es “verde”. Que digo yo que este color pierde tono a pasos agigantados… Es un cambio de criterio que, por cierto, no se mencionó en la COP26 de noviembre. Que el ‘lobby’ nuclear iba a salir en danza como alternativa al gas y al petróleo, era de prever, pero que volviéramos a los 80 de un plumazo en este asunto tras un Chernóbil, un Fukushima y residuos radiactivos que se acumulan bajo tierra en Francia, Finlandia y con Alemania sin saber dónde meterlos, porque nadie los quiere de vecinos, no era de esperar. De hecho, aquí tampoco queremos cementerios nucleares, así que de momento nuestra porquería radiactiva anda concentrada en El Cabril y otra parte nos la llevamos a acumular a Francia, a un precio nada desdeñable.

He buscado datos y resulta que sólo en Estados Unidos se acumulan ya 80.000 toneladas métricas de basura radiactiva de sus 96 reactores nucleares. Y al parecer en condiciones más que discutibles para ser la primera potencia mundial . Mitch Jacoby, químico en EEUU, escribía para la Sociedad Científica de Química de su país, en 2020, que sólo en los depósitos subterráneos de Hanford (Washington) hay más de 200 millones de litros de estos desechos esperando ser procesados y que se sabe que un tercio de los 180 tanques de almacenamiento, muchos de los cuales han superado su ‘vida útil’, tienen fugas, contaminan el subsuelo y amenazan el cercano río Columbia. Otros 136 millones de litros del material esperan ser procesados en en otro lugar similar junto al río Savannah, en Carolina del Sur. Y todo ello es ‘verde’ para la UE, donde se calcula que hay otras 60.000 toneladas métricas de esta basura indestructible, sin contar lo que tenga Rusia.

Para remate final, en el año que comenzamos en manga corta, con temperaturas tan fuera de lugar en España que son penosas y con olas de calor desde Australia (¡¡51ºC han alcanzado estos días!!) a Argentina (hasta 43º), pasando por Senegal o Mali, resulta que las compañías aéreas nos informan de que van a volar sus aviones vacíos para no perder negocio, ni más ni menos que unos 18.000 vuelos fantasma en una sola compañía europea. Ello cuando acaba de terminar el año en el que alcanzamos una contaminación, a nivel global, de 414 ppm de CO2, que en el caso de España se acercan a las 420 ppm. Un momento perfecto para seguir llenando el cielo de una aviación que contribuye al 2% de las emisiones globales.

Si acaso, la única buena noticia que me ha llegado, según mi criterio, resulta que nos ‘la venden’ como un desastre. Me refiero a la bajada de la población en China, que según explican en un informativo televisivo es funesta porque “se frenaría su desarrollo económico”, es decir, su capacidad de producción. Que la población humana mundial pueda empezar a frenarse, y no por pandemias ni por desnutrición o miseria, sino porque a las familias, y especialmente a las mujeres, no les da la gana tener más hijos e hijas, me parece que es lo único que podría frenar tanto desaguisado planetario… Desde luego, todos podríamos vivir mejor (incluidos animales y plantas) si lo que redujéramos fueran nuestra ansia de tener más y más (y los ejemplos anteriores son un botón) pero creo que en 2022 no va a ser el caso…

Pero la rueda sigue y sigue…. y los negocios, bien gracias. Porque una vez que se consigue el premio de una bicoca de aumento de los beneficios estos se convierte en norma.

Y no me digan que los periodistas ambientales solo damos malas noticias.. ¡Nos lo ponen muy difícil!

¡Rumbo a la Antártida! Un año más…


Estudiar la ‘personalidad’ de los pingüinos, ver el fondo del Océano Austral, buscar contaminantes emergentes, conexiones vía ionosfera… La ciencia española polar desplaza a 300 personas al continente de hielo esta XXXV campaña

Sobre el glaciar Johnson en Isla Livingston, 2020 @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN
Si hay años especialmente importantes para la campaña científica que España hace en la Antártida este será, sin duda, uno de ellos. Tras el semi-parón obligado del año pasado, debido al COVID-19, y muy especialmente a los contagios que hubo en el buque oceanográfico Hespérides cuando iba de camino, en estos momentos ya tenemos dos buques en o hacia el continente de hielo y a muchos de los científicos y científicas polares haciendo la ‘preceptiva’ cuarentena antipandémica en las ciudades de salida, como Punta Arenas (Chile) o Usuahia.

Este año, casi 300 personas entre investigadores (150 del total), técnicos, militares y demás personal de apoyo, ocuparán al 100% las bases Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, en dos islas de un archipiélago a las que va desde hace 35 años y que están situadas junto a la Península que más se calienta de ese lejano continente (recordemos que alcanzó los 18,3 ºC el 6 de febrero de 2020 en una base argentina, justo cuando la autora de este artículo estaba por allí). “Como el año pasado hubo poca actividad, en esta ocasión van varios de los proyectos que se quedaron sin salir y los que tenían que ir esta convocatoria, así que están a tope”, explica Antonio Quesada, el secretario general técnico del Comité Polar Español. En total, serán más de 26 proyectos científicos de los que una decena son internacionales. “Ha sido un gran esfuerzo el llevar los dos barcos este año”, reconoce Quesada, que este año vivirá la campaña en la distancia.


Aún a riesgo de dejar algo importante fuera, destacaría esta 35° campaña la presencia del proyecto DRACC2022 de Carlota Escutia y Fernando Bohoyo, que estudia esa corriente circumpolar que protege la Antártida y que estaría modificándose por el cambio climático. Un equipo de una veintena de investigadores (españoles, norteamericanos, británicos, daneses…) participan en un proyecto que estudia lo ocurrido hace 35 millones de años, momento con tres momentos climáticos críticos para la Tierra –eso si, entonces sin 7.700 millones de humanos- para ayudarnos a saber lo que puede ocurrirnos en el futuro. El Hespérides será su base de operaciones.

Entre corrientes y contaminantes


A bordo del mismo buque, también estará el proyecto ANTOM, que codirigen Begoña Jiménez y Jordi Dachs. Ellos buscan contaminantes emergentes (es decir, toda suerte de compuestos químicos inventados por el ser humano que vertemos a la naturaleza ) en las profundidades de las aguas oceánicas. Si el pasado año muestrearon el Atlántico, entre enero y febrero próximo lo harán entre América y la Antártida, además del Mar de Bellinghausen que rodea una parte de la Península.

Con la contaminación marina antártica tiene que ver otro proyecto más, el CHALLENGE, de Conxita Avila. Lo suyo es analizar los impactos humanos en el bentos antártico, o lo que es lo mismo, los organismos que habitan su fondo marino, para lo cual cogerán muestras en el entorno de las bases y zonas turísticas y en otras zonas más prístinas con las que hacer poder comparaciones.

Pingüinera de barbijos de Isla Decepción @Rosa M. Tristán

Personalidades pungüineras

Entre los habitantes más comunes de esas aguas australes están los pingüinos, que en esta época ya andan anidando por los acantilados de Punta Descubierta en Isla Decepción. En breve, les visitarán los investigadores Josabel Benlliure y Andrés Barbosa, entre otros miembros del equipo PERPANTAR, que este año estrenan proyecto y van dispuestos a estudiar a fondo la ‘personalidad pingüinera’. ¿Pero eso existe? Pues si y resulta que entre las 18 especies de pingüinos hay desde el gran explorador al más timorato de los individuos, y de ello, me comentan, depende que unos se adapten mejor que otros a cambios que les están dejando sin su necesario krill, al aumento de la temperatura o a la destrucción de su hábitat.

Seguramente coincidirán por allí con el grupo PiMetAn de Antonio Tovar, que ya el año pasado estudiaba el papel de estas siempre sorprendente aves como ‘recicladores de metales’, como os contaba en otro artículo. En esta ocasión, nos ofrecerán imágenes con los drones que llevan para estudiar sus poblaciones, por cierto tras hacer una gran labor en la isla de La Palma sobre la erupción volcànica.


Entre las novedades de la campaña -evidentemente muchos proyectos requieren años de trabajo y se repiten, así que consultad #SomosAntártida en El País, donde os los he ido contando- , mencionar la cámara de cielo que se va a instalar en la Juan Carlos I para estudiar las partículas flotantes atmosféricas (los aerosoles, que ahora casi todo el mundo conoce por el COVID-19) porque resulta que estas partículas dispersan la radiación solar y, por tanto, afectan al clima.

Nuevo es también, y en la misma base, el estudio mediante sensores de los líquenes que crecen sobre los ‘nunataks’, esas rocas que afloran en medio del hielo glaciar y son colonizadas por la lenta vida de los líquenes: es el proyecto POLAR-ROKCS que dirigirá nuestro experto en líquenes Leopoldo García Sancho. Y de estreno es igualmente el proyecto denominado ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), que buscará microorganismos colonizadores de las rocas que va dejando libre el hielo –por culpa del retroceso glaciar- y que acaban liberando nutrientes al degradar el mineral donde se asientan. Por primera vez, Asuncion y su grupo llevarán un laboratorio portátil a cuestas que es capaz de secuenciar el ADN en el mismo lugar del muestreo, sin tener que esperar meses para hacerlo de vuelta en España.

En un nivel más tecnológico, Joan Lluis Pijuan (Univ. Ramón Llul) viaja con una maleta llena de sensores con la técnica Near Vertical Incidence Skywave (NVIS), que permite la comunicación entre puntos a 200 kms de distancia, al utilizar ondas que llegan hasta la ionosfera, se reflejan y regresan a la Tierra, superando así cualquier tipo de accidente del terreno, algo muy útil en una Antártida donde las comunicaciones no son nada fáciles. O en el Himalaya..

Sobre el glaciar, recogiendo y colocando estacas para ver su avance. @ROSA M. TRISTÁN

Como señalaba, hay proyectos que vuelven una campaña más, porque no tendría sentido perder los datos tras varias décadas, como es el estudio de los glaciares que dirige Francisco Navarro (UPM). Hay curiosidad por saber en qué estado encuentran el glaciar Johnson este año, tras los últimos retrocesos de hielo y las demasiado altas temperaturas que ha habido la pasada primavera austral. Lo mismo cabe decir del permafrost, que analiza Miguel Angel de Pablos (UAH), esos suelos helados tan afectados por el deshielo como los glaciares en esa zona de la Antártida.

A ello, se suman otras series históricas que recogen datos desde hace más de 25 años sobre movimientos sísmicos, vulcanología o geomagnetismo terrestre. Por supuesto, también estará la Aemet, fundamental para el trabajo antártico . «Y no olvides que damos apoyo al desarrollo de proyectos internacionales, con países como Canadá, Italia, Reino Unido, Portugal, Colombia y Bulgaria. Es más, dos de los proyectos españoles trabajarán en bases de otros países: base Artigas (Uruguay) y King Sejong (Corea del Sur)», señala Fernando Bohoyo, que además de investigador es el nuevo responasable del Pograma Antártico Científico.

Esta campaña, para su desesperación, se han encontrado con unos precios disparados en los precios de los vuelos desde España hasta la punta sur de América. «Esto nos desbarata los presupuestos pero no hay mucha elección para cumplir con los protocolos anti-COVID, que tenemos que cumpliar estrictamente. Lo importante es que ya estamos abriendo las bases y sin problemas», señala.

Conviene recordar que las entidades que gestionan la campaña son la Unidad de Tecnología Marina del CSIC, que tiene a su cargo el buque Sarmiento de Gamboa y la BAE Juan Carlos I en la Isla Livingston y que coordina la logística general de la campaña; el Ejército de Tierra, que gestiona la BAE Gabriel de Castilla en la Isla Decepción y la Armada, que opera el BIO Hespérides.

Antártida, crónica de una frustración anunciada


Hoy comienza la COP26 ¿Habrá más suerte?

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ROSA M. TRISTÁN


El Océano Antártico no será protegido, tampoco este año. Con ser una decisión que se preveía en casi todas las esferas diplomáticas, políticas y científicas, no deja de ser una frustración, anunciada, que la decisión de crear nuevas áreas marinas con protección sea de nuevo aplazada otros 12 meses.


Frustración porque si no somos de capaces de considerar una prioridad dejar sin explotar un mar al que los humanos llegamos hace apenas 150 años, ¿cómo pensar en conseguirlo para ese 30% de todo el planeta, con sus minerales, sus maderas, sus ríos, sus plantas y animales, que ya está inmerso, de un modo u otro, en algún negocio, algún consumo, algo que alguien considera fundamental para ‘seguir creciendo’?


En el juego de la diplomacia internacional, la baza dependía de China y Rusia, dos países que se han quedado solos en la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, en inglés) que se ha reunido las pasadas dos semanas y que se cerró el pasado viernes con sus posturas inamovibles. China y Rusia, precisamente dos grandes implicados en el cambio climático –el uno por ser uno de los mayores contaminantes al acaparar buena parte de la producción mundial- y otro por ser quien tiene grandes reservas de gas natural (combustible fósil como el petróleo, por si alguien no lo sabe) con las que ‘chantajea’ a diestro y siniestro. Pues bien, la biodiversidad antártica no les preocupa, y lo dicen justo los días que en el gigante asiático se celebraba una reunión preliminar de la Cumbre de la Biodiversidad…. Ver para creer.


No ha bastado el impulso internacional que se intentó dar el asunto en España, coincidiendo con el 30 aniversario del Protocolo de Madrid, este ‘anexo’ al Tratado Antártico que sirvió para proteger la tierra de la minería y otro impactos. En realidad, pocos de los presentes –políticos, ministros, científicos y activistas- confiaban que hubiera el necesario consenso; que el millón y medio de firmas recogidas en el mundo para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de turbulentas y ricas aguas (en el Mar de Weddell, la Península Antártica y la Antártida Oriental) dejaran de ser visitadas por grandes buques pesqueros que rompen sus frágil equilibrio.


“Estamos muy decepcionados al presenciar una vez más esta oportunidad perdida de asegurar lo que podría han sido el acto más grande de protección de los océanos en la historia mediante el establecimiento de tres AMP en la Antártida. El planeta y las preciosas aguas de la Antártida no pueden permitirse un año más de inacción ”, ha declarado después Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), que también estuvo en Madrid recientemente. Similares declaraciones se han hecho desde WWF y Greenpeace.


Es más, para ASOC esta demora en las negociaciones y la incapacidad de avanzar “pone en riesgo la credibilidad internacional de la CCAMLR”, porque resulta que esta Convención habla de desarrollar recomendaciones científicas y la ciencia ya ha hablado hace tiempo, señalando la imperiosa necesidad de proteger el Austral y hacerlo cuanto antes.


Destaca, eso si, que de los 26 países que forman parte de CCAMLR, este año a la iniciativa de la protección de estas tres áreas se sumaron como co-patrocinadores otros cuatro países (India, Corea del Sur, Ucrania, Uruguay e incluso Noruega, éste último aunque tiene importantes empresas que capturan el krill). Pero no bastó. Al menos si se llegó a un consenso para evitar la sobrepesca de ese crustáceo, que proporciona el 96% de las calorías de todos los mamíferos y aves marinas de la Antártida (pingüinos, focas, ballenas…).


La cuestión es que estamos hablando de un lugar lejano, frío, inhóspito, de cuyos recursos no depende la alimentación humana. Si no somos capaces de consensuar este asunto ¿qué pasará con los retos que la COP26 tiene por delante? ¿Qué acciones serán capaces los líderes del mundo de iniciar? ¿cómo conseguir un compromiso firme y real de que se van a recortar emisiones contaminantes cuando resulta que líderes fundamentales para ello ni siquiera van a ir a Glasgow?


Las soluciones las tenemos, como también sabemos qué hay que hacer para no esquilmar ecosistemas que ni siquiera conocemos bien, como los antárticos. Sabemos que hay que reducir la presión del consumo a mansalva, que hay que cortar una globalización comercial que marea productos de acá para allá a bordo de ‘chimeneas de CO2’ flotantes, que las renovables están aquí para quedarse –a ser posible sin generar más destrozo- , que aunque está cara (y cada vez más) seguimos derrochando energía fósil y que, con todo ello, hemos generado un cambio climático que ya está causando miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de pérdidas económicas.


Uno de los temas fundamentales de esta cumbre será la financiación climática para mitigar, adaptarse y pagar los daños del cambio climático. Mitigar es invertir en tratar de que no vaya a más, adaptarse es prepararse para los impactos que ya están llegando y que, todo indica, que se agravarán, y pagar daños es asumir la responsabilidad de quien ha generado catástrofes climáticas que afectan más a quienes menos tienen, los países del sur global. Hasta ahora, no se han cumplido los compromisos de dotar de dinero estos fondos, y de lo que hay el 80% son créditos a devolver por quienes los pidan, aumentando así su deuda externa.


Otro tema es el de los mercados de carbono, es decir, crear un mecanismo que permita a los países más contaminantes compensar sus emisiones comprando ‘créditos de carbono” que pueden venir de acciones de reforestación, captura de CO2, proyectos de renovables y de países que tienen de sobra. Pero la cuestión es que ya existe en mecanismo puesto en marcha en Kioto y que unos países quieren mantener esos derechos ya adquirios (China, India y Corea el Sur) mientras la UE quiere partir de cero.

También está el riesgo de que en esa compraventa, los dos países implicados se apunten el tanto, lo que en el fondo es ‘trucar’ la cuenta de carbono. En definitiva, si bien según algunos aseguran que sin mercado de carbono es muy difícil que los grandes contaminadores cumplan el Acuerdo de Paris de 2015, según otros no deja de ser una ‘trampa’ para seguir contaminando a costa de pagar, mientras el clima en la Tierra sigue calentándose, con el grave riesgo de superar los 1,5ºC marcados.


Según el IPCC, de seguir así, las emisiones aumentarán un 16% más para 2030 y la temperatura subirá hasta 2,7ºC. Con esas temperaturas los hielos antártico y árticos acelerarían exponencialmente su derretimiento, el nivel del mar subiría inundando tierras donde viven millones de personas, países como España sufrirían olas de calor cada vez más intensas, superando quizás muchos días los 47ºC que ya hubo el pasado verano en Egipto, escasearía la comida y las migraciones climáticas serían un flujo continuo…


Comienzan dos semanas que son claves para la vida en la Tierra, la nuestra también. Visto lo ocurrido con la Antártida y la protección de su océano, no parece que vivamos tiempos de consensos… Ojalá me equivoque.