‘Cuchillos en el aire’ en la reunión del Tratado que rige la Antártida


Christopher Michel via Flickr under CC BY 2.0

España ha logrado que sus propuestas sobre el impacto del turismo y la coordinación científica se aprobaran en una cita marcada por la guerra y los recelos en aumento de China

ROSA M. TRISTÁN

La Antártica ya no es inmune a las tensiones políticas y a las guerras, sean frías o calientes y así ha quedado de manifiesto en la 44ª Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) que esta semana ha tenido lugar en Berlín. Mientras hablaba el delegado ruso, 25 delegaciones de otros tantos países abandonaron la sala. El representante de Ucrania, por su parte, recordaba que la ciencia polar antártica se ha quedado desmantelada a causa de la invasión ordenada por Vladimir Putin, cuando no destruidos sus centros de investigación. “¿Cómo vamos a hacer ciencia ahora – se preguntaba- si ni siquiera puede tener el puerto de Odesa para el nuevo buque polar que acababa de adquirir?


Al final, no hubo suspensión de la reunión en el seno del Tratado, como si la hubo en el Consejo Ártico el pasado mes de abril, pero tampoco se ha conseguido introducir ninguna de las medidas más urgentes que se exigían desde algunas delegaciones y también desde la sociedad civil, representada con las ONG, dada las amenazas que se ciernen sobre el continente blanco. El éxito más rotundo es de dos propuestas del Comité Polar Español: una sobre coordinación científica y otra sobre los impactos del turismo antártico.


Jennifer Morgan, ex presidenta de Greenpeace y actual titular de la secretaría del Tratado Antártico, ya dijo en la conferencia inaugural que «lo que ocurre en la Antártida no se queda en la Antártida”, en referencia a como nos afecta a todos. Pero es que a la vez, lo que ocurre fuera de la Antártida la afecta en gran medida, en términos de impactos ambientales, y la casi paralización en las decisiones es hoy tan grande que los reunidos en la capital alemana ni siquiera han sido capaces de designar a los emblemáticos pingüinos emperador, los más grandes del planeta, como “especie especialmente protegida”, cuando ya se sabe que sus poblaciones están amenazadas por el cambio climático, como toda la fauna del continente de hielo.

De hecho, un estudio internacional publicado en Global Change Biology en agosto de 2021 augura que el 98% podrían desaparecer en sólo siete décadas si no se disminuyen drásticamente las emisiones contaminantes que generan el cambio climático. “El bloqueo vino de China, que dice que no es necesario, que falta ciencia”, señala Antonio Quesada, responsable del Comité Polar Español y máximo representante de la delegación española en el encuentro de Berlín.


La propuesta de protección fue presentada por el Reino Unido y contaba con el apoyo de muchos gobiernos occidentales a un plan de acción específico, pero China argumentó que hacía falta más investigación científica sobre las amenazas a las que se enfrenta esta especie polar. Es la misma postura que esgrime desde 2016, junto con Rusia, para bloquear las declaración de nuevas áreas protegidas en el Océano Austral, que hoy está amenazadas por el aumento del deshielo y el impacto en especies como el krill, base de la cadena trófica, es decir, de la alimentación de la vida polar.


Como observadora del Tratado, la organización ASOC (Antarctic and Southern Ocean Coalition) mostraba al término del encuentro su perplejidad porque esta iniciativa fuera rechazada. “Todos los países que son Partes del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid tienen obligaciones de proteger a las especies antárticas. Esta designación habría sido una medida lógica para mitigar las amenazas que pesan sobre una especie majestuosa y muy querida por gente de todo el mundo”, afirmaba su directora ejecutiva Claire Christian.

Desde días antes, ASOC y otras organizaciones habían apostado fuerte porque esta medida de protección saliera adelante. Ricardo Roura, presente en las reuniones de Berlín, nos declaraba: “Nos hemos movilizado ante la Puerta de Brademburgo por la protección del pingüino emperador, que es el único que anida sobre el hielo marino para conseguir la máxima protección posible, que puede poner límites a la visitas turísticas a sus colonias”, explicaba. De momento, el ‘emperador’ deberá esperar.


Otra de las esperanzas estaban puestas en que se adoptara un plan completo de respuesta al cambio climático, dado que ya hay pruebas científicas incuestionables de que la Antártida se halla en la primera línea de fuego de la crisis climática. Cada vez son más frecuentes las noticias sobre olas de calor, con subidas de temperaturas de hasta 40º C sobre las habituales –incluso se ha llegado a un registro de 18º C-, desplomes de plataformas de hielo marino que contenían hasta ahoar la salida de grandes masas de hielo interior glaciar y, este mismo año, récords de mínimos de ese mismo hielo marino invernal, tan fundamental para mantener el frágil equilibrio en esa zona del globo.


El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) —una evaluación de vanguardia sobre el cambio climático realizada por cientos de científicos de todo el mundo— ya ha lanzado un funesto mensaje de advertencia sobre los riesgos para todo el planeta derivados de no actuar con determinación frente al derretimiento de los polos. No sólo por el aumento del nivel del océano global y el daño la biodiversidad de esas zonas únicas, sino porque cambia las corrientes oceánicas que ‘diseñan’ el clima terrestre.

Esta misma semana, en un evento en el Instituto Francés, el director del Instituto Polar Francés, Jerome Chappellaz, recordaba que realmente no sabemos qué va a pasar cuando lancemos más CO2 a la atmósfera. Hay mucha incertidumbre. “Gran cantidad de energía acumulada en la Tierra, que hemos añadido como CO2, está almacenada en el océano en un 90% porque la absorbe, y el 70% está en el Océano Austral. Pero no tenemos idea de cuánto más de si seguirá ahí en el futuro, si dejará de captarlo o si comenzará a emitir ese CO2. Nos faltan respuestas -reconocía – y es una dinámica climática monstruosa, como un petrolero que entra en un puerto a toda velocidad. Cuantos más esperemos para frenar, con más fuerza chocará. No hay que esperar a más trabajos científicos para tomar medidas, ni esperar al final de la guerra de Ucrania. Pero todos los políticos siguen hablando de crecimiento, cuando hacerlo de otro indicador: el estado del planeta”.


“Lo importante es mantenerse por debajo de una subida de 1,5 grados. En las cumbres del clima, los gobiernos se comprometen a hacer cambios y hay empresas ya comienzan a cambiar, pero también debemos hacerlo con nuestros hábitos. Debemos reducir al máximo el cambio climático”, señalaba, por su parte, la investigadora polar Carlota Escutia, representante de España en el comité científico antártico SCAR en temas de evolución del cambio climático.


Ambos saben de lo que hablan. Chapellaz lleva muchos años taladrando el hielo antártico para obtener ‘testigos de hielo’ que nos hablan de lo que ocurrió hasta hace 800.000 años y Escutia recoge sedimentos en el fondo oceánico, retrocediendo muchos millones de años en el pasado, que nos da pistas de lo que puede pasar. Los trabajos de su equipo han permitido averiguar que hace entre tres y cuatro millones de años con una contaminación de unos 400 ppm (partes por millón de CO2) similar a la que tenemos hoy (en realidad, tenemos 414 ppm) en la Antártida había hielo, pero mucha más vegetación. «Era como hoy el sur de Chile», señala Escutia. El nivel del mar aumentó hasta 20 metros en todo el planeta. ¿Cuántos miles de millones de personas verían sus hogares y tierras submarinas si esto acontece? “Si se cumpliera el Acuerdo de París, a finales de este siglo tendríamos medio metro más de agua, aquí, en nuestra costa, pero si no se cumple podrá ser hasta un metro”, alertaba la científica.


Sin embargo, pese a estas y otras muchas alarmas, el Tratado Antártico no avanza. Todas las decisiones se toman en su seno por un consenso que cada vez es más difícil y también hay cada vez más voces que hablan de crisis. No sólo por la actual guerra. Es verdad que el conflicto ha hundido a la ciencia ucraniana –de hecho, sus científicos están saliendo a otros países a trabajar, incluido España, donde habría ya cerca de un centenar- y que si se ha frenado la inclusión de Canadá como miembro consultivo del Tratado, el veto de Rusia y China tiene mucho que ver, pero lo más grave, según los asistentes a estos días de cumbre polar, es que se han paralizado los posibles avances relacionados con el cambio climático, retrasándose una resolución oficial para un plan concreto de respuesta. Es como una vuelta a la situación en 2016, cuando debería caminarse hacia el 2030…


La clave estaría en el papel de China, protagonista indiscutible de los últimos desencuentros, más preocupante que Rusia. “Sus posiciones de bloqueo a posibles avances desde 2019 son una culpa compartida –reconoce Quesada- porque hasta ahora hemos aplicado el ‘rodillo occidental’ con nuestra forma de hacer ciencia, desde nuestra óptica, cuando hay otros modos, con un control más gubernamental, como es el caso chino; ahora es una potencia y ya no se calla, no acepta que se la ningunee en estos foros, así que al final el resultado es que no se avanza”.


En similares términos habla Jerome Chappellaz, consciente de que China está en vías de establecer un nuevo orden mundial y, en pleno siglo XXI, ya no sigue las órdenes ni de Europa ni de Estados Unidos: “Es inquietante, porque se oponen a menudo en detalles, pero eso indica una posición de principios, un pulso con el que quieren demostrar que China decide; y la realidad es que si una sola nación no quiere aprobar algo, no avanzamos en las reuniones del Tratado, así que habrá que sentarse con China en las negociaciones y reconocer que la situación está cambiando, que tiene peso en el nuevo orden mundial, y habrá que llevarles hacia una postura que vaya más allá de sus intereses nacionales porque hay que trabajar juntos”, declaraba el científico y responsable polar francés.


DOS APORTACIONES FUNDAMENTALES DE ESPAÑA


Lo más importante que se ha logrado en la reunión anual en Berlín, casi lo único, están dos avances que se deben a la propuestas de España, una en materia de coordinación científica y otra sobre el turismo. Gracias a la primera, desde ahora los trabajos científicos en el continente se coordinarán mejor que hasta ahora, gracias a un sistema de intercambio de estos trabajos entre países que permita sistematizar mejor la información. “Se trata de saber mejor qué queremos investigar cada país y qué información interesa de cara al futuro”, señala Quesada.


La otra gran propuesta de la delegación española, un éxito total apoyado por 22 países, es la de investigar cómo el turismo antártico está impactando en el continente, analizar los impactos acumulativos. Recordemos que en la temporada estival de 2019-2020 fueron 74.400 turistas (concentrados en pocos meses y zonas), cifras que cayeron por el COVID-19 y que ya han empezado a remontarse, esperando que se alcancen los 106.000 en la temporada 2022-2023 según la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO, por sus siglas en inglés). Como explica el representante español, “desde ahora los países, por una resolución del Tratado, tendrán que monitorizar cómo están impactando estas visitas en las zona cercanas a sus bases científicas, algo de lo que hay información, pero no suficiente”.


Esta decisión, que fue cofirmada por Estados Unidos, se basa en artículos científicos publicados por el equipo del investigador Javier Benayas, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre turismo antártico. Según Benayas “nos faltan datos de los impactos reales y si no se conocen, no se puede hacer una gestión turística adecuada, adaptada a cada lugar”. Tiene muy presente lo ocurrido en la pequeña Isla Barrientos, un lugar cercano a la isla Rey Jorge, muy visitado por su espectacular belleza. Allí, los visitantes acabaron creando senderos muy impactantes para la fauna que hubo que acabar cerrando después de que analizaran a fondo los daños. De cara al futuro, el proyecto con su equipo es aplicar lo que denomina ‘gestión adaptativa’ a seis lugares cercanos a la dos bases españolas, con apoyo de financiación española y holandesa.


La resolución sobre el turismo también se opone a ciertos tipos de infraestructuras turísticas permanentes, dado que sigue siendo un continente dedicado a la ciencia, aunque sea visitable.


Pero de momento, otros asuntos tan fundamentales como urgentes, tendrán que esperar a más adelante. En el aire sigue la decisión sobre la protección del Océano Austral en la sensible área del Mar de Weddell, pero también en la Península Antártica y un área de la zona oriental del continente. En total, cuatro millones de kilómetros cuadrados que dependen de que la Comisión para la Conservación de los Recursos Marinos Vivos Antárticos (CCAMLR, en inglés) logre algún día solventar el veto de China y Rusia. Con ‘los cuchillos en el aire’, metafóricamente hablando, de momento parece más imposible que el fracaso con los pingüinos empererador…. La 37º reunión (presencial) de CCAMLAR tendrá lugar en octubre en Australia y no pinta bién.


Y mientras tanto, los hielos antárticos, como los árticos, siguen su camino de deshielo…

Olas de calor en la Antártida: un 25% más cálidas por el cambio climático de origen humano


En Isla Decepción, en febrero de 2020, cuando se alcanzado los 13,3º C. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Viajar hacia la Antártida en un buque oceanográfico como el Hespérides casi en mangas de camisa, no es normal, pero si es una experiencia que es hasta 10 veces más probable que se repita debido a la emergencia que está generando transformaciones en el clima del planeta, causada por la intervención humana. Por primera vez, un estudio científico, español, nos dice expresamente que un 25% de esa intensificación del calor se debe el cambio climático, confirmándose así lo que hasta ahora se sabía, pero no se había cuantificado.

Esta es la principal conclusión de un artículo que el grupo antártico de la Aemet, junto con la Universidad de Barcelona, la de Lisboa y el Instituto de Geociencias del CSIC, publica esta semana en la revista “Communications Earth & Environment. Se centran, precisamente, en la ola de calor que vivió la autora de este artículo cuando llegó a la base española Juan Carlos I, en febrero de 2020. El termómetro entre los días 6 y 11 llegó a marcar allí los 12,6º C -al sol, la sensación térmica aún era mayor- pero es que en la base argentina Esperanza marcó los 18,3º C, en la de Marambio los 15,8º C y en la Gabriel de Castilla, los 13,3º C. ¿Qué probabilidad había de que me tocara un evento así?

Ahora ya sabemos, gracias a estos investigadores, que tenía 10 veces más de probabilidad de tenerla que si hubiera viajado entre 1950 y 1984, cuando las olas de calor eran un 25% más fresquitas. «Lo que hemos hecho es un estudio de atribución, es decir, utilizando la estadística para ver qué pasaba antes en situaciones similares, con análogas circulaciones del aire, y qué es lo que sucedió diferente en esos días de 2020. De este modo, descartamos el posible efecto que pudiera haber tenido la parte dinámica y lo que queda es la subida de temperatura que tiene que ver con el cambio climático de origen humano, al que es atribuida la ola de calor», asegura el científico de Aemet, Sergi González, primer firmante de este trabajo.

En realidad, momentos puntuales con subidas de temperatura no son nuevos en la Antártida. Pero si que ahora se certifica que son 0,4º C más cálidas de lo que eran antes, según señala este trabajo, y además son mucho más probables, según dice otro trabajo chileno reciente, al margen de que haya cambios de circulación de las corrientes, también llamados ríos atmosféricos. Es más, desde ese mes de febrero ahora estudiado, ha habido nuevas olas de calor en ese continente. En ninguna se superado los más de 18º C, ni se han aproximado a esa temperatura, pero si se han superado las que son las medias habituales (hasta ahora) en algunas zonas, tanto en el verano como en el invierno polar. La ola más reciente, en marzo pasado, en la Antártida Oriental se superaron en 40 grados sobre lo que se considera habitual, produciéndose apenas unos días después el colapso de una gran plataforma de hielo milenario de 1.200 kilómetros cuadrados.

Siempre que se mencionan estos episodios en un lugar tan lejano, conviene recordar el impacto que tiene el deshielo antártico en el aumento del nivel del mar -justamente estos días se habla en España de playas en el Levante que se quedan sin arena tras grandes tormentas, pero sobre todo hay que hablar de comunidades enteras que se quedarán inundadas- y en el cambio de las corriente océanicas, tan relacionadas con el clima global de la Tierra. También conviene recordar que todo ello tiene que ver con las emisiones contaminantes generadas por la actividad humana en apenas 100 años, sobre todo en las últimas décadas, un ciclo basado en el consumo, y derroche, de combustibles fósiles que no parece tener fin.

LINK al artículo científico: https://www.nature.com/articles/s43247-022-00450-5

Cómo el clima de la Tierra ‘modeló’ a los seres humanos en dos millones de años


ROSA M. TRISTÁN


Hasta tiempos muy recientes el clima ha modelado nuestra vida y nos ha hecho como somos. Durante dos largos e intensos millones de años, los cambios de temperaturas, lluvias y, por tanto, de biomasa de la que poder alimentarnos, han afectado a la evolución de nuestro cuerpo y nuestro cerebro y también nos han llevado de un lado a otro a medida que nuestro hábitat cambiaba, sin más fronteras que los accidentes geográficos, ni banderas ni visados ni concertinas. Es algo que se intuía, porque igual ha ocurrido con otros animales, y ahora se confirma en un estudio publicado en Nature.

Durante los últimos cinco millones de años, señalan, la Tierra pasó de tener un clima más cálido y húmedo durante el Plioceno (hace entre 5,3 y 2,6 millones de años) a otro más frío y seco en el Pleistoceno (entre 2,6 millones y 10.000 años). Dentro de este marco de tiempo, los cambios en la órbita de nuestro planeta alrededor del Sol, los llamados ciclos de Milankovitch, cambiaron el clima. Los científicos, en el siglo XX, ya han establecido un vínculo entre ese cambio climático forzoso con las migraciones humanas primitivas, pero faltaba demostrar esa relación con datos, que es lo que se ha hecho ahora.

Axel Timmermann y sus colegas han combinado registros ambientales con los análisis de los fósiles y arqueológicos para estudiar los movimientos de seis especies de homínidos, agrupadas en cinco grupos: los más primitivos (Homo habilis y ergaster), los H. erectus, los heidelbergensis o preneandertales, los neandertales y los sapiens. Demuestran que los cambios en la temperatura, las precipitaciones y la producción primaria neta terrestre (una medida de la cantidad neta de carbono capturada por las plantas cada año) tuvieron un gran impacto en la distribución, dispersión y, potencialmente, diversificación de todos los homínidos.

Durante el Pleistoceno Inferior, los más primitivos se asentaron en ambientes con poca variabilidad climática. Sin embargo, hacia el final de Pleistoceno, todo indica que se convirtieron en vagabundos o nómadas globales y se adaptaron a una amplia gama de condiciones climáticas en su deambular. Además, se cree que las perturbaciones climáticas en el sur de África y Eurasia hace entre 400.000 y 300.000 años contribuyeron a la transformación evolutiva de los heidelbergensis en sapiens y neandertales.


Los primeros humanos africanos parece que si que disponían de estrechos corredores en el sur y el este de África -Valle del Rift- que se caracterizaban por una variabilidad de hábitats acorde con la especialización de estas especies, si bien ya los posteriores Homo erectus, hace un millón de años, podían vivir en ambientes muy diferentes, como prueba el hecho de que restos suyos se hayan encontrado en lugares muy distintos. Los más recientes heiderbergensis y los neandertales eran más especiales para buscar un lugar donde asentarse. Pero los más expansivos somos, sin duda, los sapiens, que desde el principio fuimos capaces de vivir en zonas tan secas y calurosas como un desierto o tan frías como las estepas siberianas.

De hecho, los heidelbergensis con los que tenía nuestra especie hábitats compartidos, no disponían tanta capacidad de adaptarse. Para ellos, las zonas donde encontraron un clima adecuado, además de Eurasia, fueron la parte centro-oriental y austral de África. Hace entre 400.000 y 300.000 años, un fuerte estrés climático en el sur, según este trabajo, cambió las condiciones de su hábitat, lo que provocó su desaparición y favoreció que surgiéramos los sapiens, hace entre 300.000 y 200.000 años. Es más, Timmerman y su equipo plantean que una especie se convirtió en otra. No habría habido esa misma transición en África del Este, donde está la llamada Cuna de la Humanidad. Apuntan que hay muchas ‘lagunas’ de fósiles que hacen pensar menos en una transición de una a otra especie que en una llegada, si bien esta hipótesis choca con la más extendida sobre una evolución de nuestra especie multirregional en diferentes grupos de sapiens.

Los mapas de hábitat idóneos que han hecho los investigadores en este trabajo, en todo caso, nos ayudan a conocer las ubicaciones posibles de formación de nuevas especies humanas, su sucesión y su superposición, como ocurre en Europa. Vemos que la tolerancia a las condiciones climáticas secas pudo mejorar la movilidad de nuestra especie, facilitando las dispersiones en oleadas diferentes documentadas en Eurasia a través de la península del Sinaí, el paso de Bab-el Mandeb hacia el Levante o la Península Arábiga.

Pese a ello se mantienen incertidumbres en la atribución de especies, particularmente para el período entre un millón y 300.000 años. Su cálculo de la superposición de especies según el clima, permite ver dónde estaban los espacios habitables para cada especies de acuerdo con una perspectiva multirregional y ahí surgen el sur y el este de África, además de región al norte de la Zona de Convergencia Intertropical, como refugios a largo plazo para varios tipos de humanos arcaicos. A medida que el clima cambiaba en las escalas de tiempo orbitales, estos refugios cambiaron geográficamente, creando patrones de población con mayor complejidad.

En definitiva, los cambios climáticos, forzados a nivel astronómico, fueron claves en la distribución de los humanos y en su diversificación . Ahora son cambios forzados por causas humanas -las emisiones de gases contaminantes- y la diversificación no está siendo biológica, pero una nueva distribución es inevitable bajo la brújula de la supervivencia, que marca al norte.

Ríos de aire tropicales que desintegran hielos antárticos


Isla Livingston en febrero 2020, días después de la ola de calor. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Tras los últimos eventos climáticos en la Antártida y los colapsos del hielo que les han acompañado, incluso en la zona más fría de la Tierra, algunos científicos polares apuntaban a corrientes de aire tropicales, húmedas, que están llegando hasta el continente del sur, provocando olas de calor que acaban acelerando el deshielo y con él los cambios en el nivel del mar y en las corrientes oceánicas a nivel global.

Faltaba poner datos a estos fenómenos, especialmente numerosos en la Península Antártica, la zona del continente de hielo que se calienta a doble velocidad que el resto, y ahora es que han hecho los investigadores de Francia, Portugal, Bélgica, Alemania y Noruega en el trabajo que acaban de publicar en la revista “Communications Earth and Environment”.

Los datos que han recopilado indican que el 60% de los eventos de desprendimientos de hielo alrededor de las plataformas de hielo Larsen de la Península Antártica entre los años 2000 y 2020, fueron provocados por condiciones atmosféricas extremas, olas de calor polares que, si se cumplen las proyecciones –y todo indica que así va a ser si no se frenan las emisiones contaminantes globales- pueden poner en riesgo de colapso a la plataforma marina Larsen C. Al tratarse de hielo marino podría pensarse que ello no tiene que afectar al aumento del nivel del mar a nivel planetario, pero  resulta que el 80% del hielo interior antártico se ‘evacúa’ por los glaciares y éstos son contenidos, como si de un contrafuerte se tratara, por estas plataformas heladas. Sin ese contrafuerte, el hielo interior sale “como el vino espumoso se vierte tras la expulsión del corcho”, señalan los científicos en un comunicado. Y la Larsen C es el ‘tapón’ más grande que contiene el hielo interior en la zona del Mar de Weddell.

Estas olas de calor -entre las que destaca la que tuvo lugar en febrero de 2020, cuando se alcanzaron más de 18,3º C en una base polar argentina- se producen, según explican, porque llegan hasta la Antártida ríos atmosféricos de aire cargados de humedad que se originan en zonas subtropicales o latitudes medias y que aumentan las temperaturas bruscamente. La última de estas corrientes de aire llegó en marzo de este año a la Antártida Oriental, donde si bien no se llegaron a rebasar los cero grados en el interior, si subió la temperatura 40º respecto a lo normal y se provocó el colapso de la plataforma de hielo frente al Glaciar Conger.

Irina Gorodetskaya, una de las autoras de este trabajo y gran experta en este tema, nos deja claro que estos ríos atmosféricos están relacionados con el cambio climático global, que aumenta su frecuencia y su intensidad, pero especifica que su causa última son eventos en los que se superan umbrales de temperatura máxima. “Las proyecciones climáticas futuras nos muestran la extensión de la temporada de deshielo y su migración hacia el sur de la plataforma Larsen C, pero también una mayor frecuencia e intensidad de ríos atmosféricos que llegarán a tierra en la Antártida, en concreto a la Península”. Todo ello, afirma, “conlleva el riesgo de tener un impacto perjudicial en la estabilidad de la Larsen C”.

Irina Gorodetskaya . Foto del proyecto antártico HYDRANT

No conviene olvidar que esta plataforma de hielo marino es la más grande que queda en torno a la Península Antártica y que, como se explicaba, funciona como un ‘tapón’ de un hielo interior que es suficiente para aumentar 60 metros el nivel del mar global si de derrite en su totalidad. Esos 60 metros más de agua supondría la inundación de grandes extensiones de la tierra, hoy habitadas por miles de millones de seres humanos que no estaban cuando hace decenas de millones de años la Antártida era verde.

En realidad, lo que puede pasar con el hielo marino de la Larsen C no es muy distinto de lo que ya ocurrió con las Larsen A y Larsen B en la misma zona: la primera colapsó en 1995 y la segunda en 2002. En su momento, ambos eventos se relacionaron con el derretimiento superficial de su hielo, que las debilitó, y con el fuerte oleaje oceánico provocado por las tormentas. Ahora, Jonathan Wille y sus colegas han añadido el factor «vientos cálidos» que provocan ‘olas de calor’ puntuales.

En las dos primeras décadas de este siglo han identificado un total de 21 eventos de desprendimiento y colapso de plataformas marinas y en 13 detectaron que antes hubo una llegada de fuertes ríos atmosféricos, con una diferencia de unos días con el colapso. Como en marzo pasado. Estos corredores en la atmósfera por los que viaja vapor de agua tropical, elevan las temperaturas y generan charcos de agua que se acumula en lagos o rellena grietas y que acaba fracturando las plataformas y desestabilizándolas. A  ello se añade que sus bordes se desintegran, permitiendo que entren corrientes desde el océano.

Gorodetskaya nos cuenta que estos ríos atmosféricos cálidos también están llegando al Ártico si bien allí no existen plataformas del tamaño de las antárticas. “En el Ártico, los ríos atmosféricos y las olas de calor se han relacionado con fuertes impactos en la reducción del hielo marino y el extenso derretimiento de la superficie sobre la capa de hielo de Groenlandia”, responde. Precisamente, Irina acaba de regresar este 16 de abril de participar en la campaña ártica del avión HALO que estudia estas corrientes de viento árticas.

¿Una sabana en la Amazonía? El futuro que viene, nos alerta la ciencia


Vista de los yacimientos de la Garganta de Olduvai, por la mañaña.|ROSA M. TRISTÁN
Vista de la sabana en la Garganta de Olduvai.|ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Científicos, activistas y pueblos indígenas llevan ya tanto tiempo alzando la voz de alarma sobre la Amazonía que pareciera que nos hemos acostumbrado y que pensáramos que la vida nuestra, la cotidiana, seguiría igual si no estuviera, que no pasa nada porque podremos ‘reconstruirla’ como una catedral francesa.


Pero no, esa selva amazónica que aún era un misterio cuando nací y que estudié en el colegio como “el pulmón de la Tierra” –ahora sabemos que también lo son los océanos-, está llegando a un punto de inflexión en el camino a su desaparición, es decir, al borde de un precipicio en el que será inevitable que sus frondosidades se conviertan en sabana hasta en un 40% de su extensión y que la fauna que la habita desaparezca. ¿Y quién lo dice? Pues lo concluye así un grupo de investigadores que han comprobado empíricamente sobre el terreno cómo en tan sólo 20 años la Amazonía ha perdido su resiliencia en más del 75% de su territorio, es decir, su capacidad de poder superar el trauma que supone el cambio climático, unido a una deforestación galopante.


Los autores -Chris A. Boulton y Timothy Lenton, de la Universidad de Exeter, y Niklas Boers, del Centro de Investigación del Clima de Postdam- se ha servido de datos captados por los satélites, que es el modo más eficaz hoy en día de controlar un área tan extensa como es ésta del continente americano. Y no olvidemos que es un lugar que sigue siendo fundamental para regular el clima y es fundamental porque es cuna de una biodiversidad única en la Tierra y un gran almacén de CO2.


Lo que hicieron fue analizar imágenes enviadas desde 1991 hasta casi nuestros días y luego las compararon con los datos climáticos y llegaron a la conclusión de que ese punto crítico está cerca y que esa pérdida de capacidad de recuperación es especialmente grave cuanto más próxima es una zona a la actividad humana, casi siempre ganadera, y también en las que reciben menos lluvias. El problema es que, además, no es una pérdida visible, como lo son con las talas masivas, que también las hay, sino que en buena parte de la cuenca amazónica los árboles y la vegetación de hojas más grandes –depósitos de un carbono que no desaparece, sólo se transforma en gas-, están perdiendo masa. De hecho, durante dos importantes sequías en 2005 y 2010, recuerdan que esta selva ya se convirtió temporalmente en una fuente de carbono porque los árboles comenzaron a morirse.


La cuestión, señalan, es que con el cambio climático hay fenómenos que se esán retroalimentando, como los incendios: al producirse amplían los efectos de la sequía dando lugar a gigantescos megacincendios. A su vez, la deforestación que ocasionan reduce la humedad, así que hay menos lluvias y eso acaba debilitando más a los árboles. “La Amazonía puede mostrar una potente muerte regresiva a fines del siglo XXI”, alertan. Vamos, que en 100 años nos habremos cargado un mundo que lleva 20 millones de años vivo, desde el surgimiento de los Andes.


Hay que tener en cuenta que cualquier sistema poco estable es más lento a la hora de responder a perturbaciones, como pueden ser variaciones del clima en el caso de un ecosistema. Pero ¿cómo hacerlo en tamaña una inmensidad de 6,7 millones de kilómetros cuadrados? En este caso, utilizaron instrumentos que miden cambios en la biomasa de la vegetación y su verdor (es decir, actividad fotosintética) y encontraron las relaciones con dos “factores estresantes” de la Amazonía que están cambiando su resiliencia: la disminución de las precipitaciones y la influencia humana.


En concreto, dividieron las selva en cuadrículas y se fijaron en las zonas de hoja perenne y ancha, comprobando así que ha habido una disminución general de la llamada Profundidad Óptica Vegetal (VOD) entre 2001–2016. En ese periodo, observaron que la vegetación perenne ha cambiado mucho en el sureste de la cuenca amazónica y en algunas zonas del norte y que los bosques de planicies aluviales cerca de los ríos, que cubren el 14% del territorio amazónico, son mucho menos resilientes a modificaciones que los bosques no inundables.

Mapa de incendios en la Amazonía en 2019. @INPE


Entre unas zonas y otras, resulta que un 76,2 % de la selva amazónica muestra desde principios de la década de 2000 poca capacidad de superar las nuevas condiciones, y la cosa se agrava en los lugares donde las lluvias están por debajo de 3500–4000 mm o cerca de asentamientos humanos. Y la mala noticia añadida es que en grandes partes del área estudiada cada vez lluvia menos debido al cambio climático, que aumenta la temperatura en el Atlántico tropical norte, causando sequías como las de 2005 y 2010 y que intensifica impactos de El Niño, con la sequía que hubo en 2015-16 .


Respecto al impacto humano, la expansión del uso de la tierra se ha acelerado desde 2010, generando perturbaciones como la eliminación directa de árboles, la construcción de caminos o los incendios. Hay que alejarse entre 200 y 250 kilómetros de esas actividades humanas para ver una selva resistente y fuerte. Además, el cambio o sustitución de unas especies vegetales por otras más resistentes a la sequía es mucho más lento que el de las precipitaciones escasas.


Dado que el riesgo de tener una sabana donde había selva es mucho mayor en áreas más cercanas al uso humano, los científicos señalan que es imprescindible desde ya reducir la deforestación, que no solo protegerá las partes del bosque que están directamente amenazadas, sino que también beneficiará a la resiliencia de toda la selva amazónica.
Artículo completo: https://www.nature.com/articles/s41558-022-01287-8


Por cierto que esta misma semana en Nature Communications se publica otro estudio sobre incendios en zonas naturales con previsiones poco halagüeñas. Aducen los firmantes que el calentamiento global alterará el potencial de incendios forestales y la gravedad de la temporada de incendios, especialmente en algunas zonas, entre las que, por cierto el área del Mediterráneo sale muy mal parada. Según sus modelos, lo incendios aumentaran un 29% de media, sobre todo en zonas boreales (un 111% más) y templadas (un 25%), donde serán más frecuentes y durante una temporada anual más larga, según los modelos climáticos.


Pero volviendo a la Amazonía, en este caso concluyen que su zona oriental pasará a tener muchos más incendios que hoy porque aumentará la superficie propensa al fuego por la falta de precipitaciones. Por ello, recomiendan cesar prácticas agrícolas y pastoriles como la tala de vegetación por el fuego. Creen que sólo reduciendo estos fuegos provocados, se podrá reducir el área quemada global, dada las grandes extensiones que acaban afectando.

¡Descubierto el «Endurance» de Shackleton! Uno de los tesoros sumergidos antárticos…


Imagen del «Endurance» sumergido a más de 3.000 metros en la Antártida

ROSA M. TRISTÁN

“El Falklands Maritime Heritage Trust tiene el placer de confirmar que la Expedición Endurance22 ha localizado el naufragio del Endurance , el barco de Sir Ernest Shackleton que no había sido visto desde que se resquebrajó y se hundió en el hielo en el Mar de Weddell en 1915”. El breve anuncio pone fin a una de las expediciones más complejas que se han desarrollado en los últimos tiempos: la búsqueda del histórico rompehielos bautizado como “Resistencia” (en inglés) con el que el explorador británico pretendió hace casi un siglo culminar la gran Expedición Imperial Trasantártica: quería cruzar el continente de un lado a otro, apoyado por este barco, en el que viajaba, y el “Aurora”. Pero, atrapado en el hielo, el barco se hundió en el gélido Weddell aquel año, dejando varadas a 28 personas en el hielo flotante, de donde fueron con trineos hasta Isla Elefante durante largos meses.

El «Endurance» antes de hundirse

No voy a detenerme en los detalles de aquella excepcional aventura de supervivencia, por cierto, tan bien retratada por el escritor y científico Javier Cacho en su libro “Shackleton, el indomable” o en  “Endurance: la prisión blanca”, de Alfred Lasing, pero si en los de la historia de este hallazgo durante el verano austral que ahora termina en la Antártida, y sobre una banquisa que va a menos debido a un cambio climático que no pudo imaginar el pionero británico.

Curiosamente, este hallazgo coincide con otro fundamental de la expedición, mucho más modesta, realizada por Greenpeace con el rompehielos “Arctic Sunrise” al mismo Mar de Weddell: han  descubierto una vida espectacular en las mismas profundidades que defienden que hay proteger desde hace tiempo tanto científicos como activistas y políticos, en el marco de la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR, en inglés). Un ‘tesoro’ de vida que, previsiblemente, no está lejos del esqueleto de un “Endurance” que buscaba también un mayor conocimiento de la Antártida, la última frontera.

El helicóptero regresa al S.A.Agulhas II con científicos que tomaron medidas del hielo flotante en el Mar de Weddell. @EstherHorvath

La expedición Endurande22 inició su rumbo al sur el pasado 5 de febrero desde Ciudad del Cabo. A bordo del buque polar sudafricano S. A. Agulhas II, uno de los más avanzados del mundo, iban – y aún están allí- científicos, ingenieros, arqueólogos y técnicos. El plan era que el viaje durara 35 días, aunque ampliables a 45 si era necesario. Pero ha sido justo en el día 35, el pasado sábado, cuando a 3.008 metros de profundidad dieron con el deseado barco. Está a 6,5 kilómetros de lugar dónde el capitán del Endurance, Frank Worsley, había dejado escrito que lo habían visto hundirse. De hecho, incluso antes de encontrarse, ya se consideraba como un Lugar Histórico y Monumento, protegido por el Tratado Antártico.

Pese a que este año ha habido menos hielo antártico que otros veranos –rompiéndose así la tendencia de las últimas décadas que tanto sorprendía a los científicos- la tarea no ha sido fácil, si bien han contado con una tecnología muy puntera. Han usado los Sabertoot de Saab, que son unos vehículos submarinos autónomos (AUV), que incluso pueden seguir una ruta preprogramada sin tener un vínculo físico con la superficie, y también vehículos de operación remota (ROV), que envían señales digitales a través de un cable de fibra óptica a la superficie en tiempo real. En esta expedición, los Sabertoot estuvieron conectados en todo momento al S. A. Agulhas II para evitar que se perdieran bajo el hielo que cubría el mar. A veces, los desplegaban desde el barco y otras desde campamentos que montaron sobre témpanos de hielo, utilizando para ello los dos helicópteros que llevaban a bordo.

Donald Lamont, presidente del Falklands Maritime Heritage Trust , ha destacado tras anunciar el éxito, que el objetivo no era sólo ha sido localizar, inspeccionar y filmar los restos del naufragio -sin tocar nada, como dice la normativa- sino  también realizar importantes investigaciones científicas y ejecutar un programa de divulgación excepcional gracias a todo el equipo, liderado por el investigador John Shears y la cooperación de otras muchas personas de Reino Unido, Sudáfrica, Alemania, Francia y Estados Unidos, entre otros países.

Mensun Bound, responsable de la exploración y uno de los primeros en ver las imágenes, señala en un comunicado oficial que “es con mucho el mejor naufragio de madera que he visto en mi vida”. “Está ergido, bien orgulloso en el fondo marino, intacto, en un brillante estado de conservación. Incluso se lee “Endurance” arqueado en la popa. Es un hito en la historia polar porque recupera la historia de Shackleton a nuevas audiencias y a la próxima generación, que es a quienes se les confiará la protección de las regiones polares y el planeta. Ojalá este descubrimiento involucre a los jóvenes y los inspire en el espíritu pionero, el coraje y la fortaleza de los que navegaron en el Endurance. También Shears cree que es un instrumento poderoso para divulgar la importancia de la exploración polar, hoy menos geográfica que climática o biológica y, en todo caso, transcendental.

@Nick Birtwistle

Y es que además de buscar el barco se ha hecho ciencia. Bajo el liderazgo de Lasse Rabenstein, un equipo de científicos dedicó cientos de horas a la investigación relacionada con el cambio climático: los miembros del Servicio Meteorológico de Sudáfrica desplegaron globos meteorológicos, flotadores oceánicos y boyas de deriva de hielo; los del Instituto Alfred-Wegener de Alemania han estudiado el hielo marino y aprendido sobre el funcionamiento de los sumergibles de aguas profundas para futuras expediciones; el Centro Aeroespacial Alemán (DLR) ha mapeado toda la zona desde el espacio con imágenes de satélites; y la Universidad Aalto en Finlandia, junto con la Universidad Stellenbosch de Sudáfrica, han desarrollado experimentos de ingeniería sobre el impacto del espesor y la resistencia del hielo marino en el casco y los motores del SA Agulhas I.

Ya anuncian que podrá verse todo en un documental que emitirá National Geographic en su canal “Explorer”, en otoño de ese mismo año. ¡Apuntado queda!

Más información en su web: https://endurance22.org/

Una ‘ola de calor’ antártica ha roto una plataforma de hielo de 3.000 km2


Científicos chilenos anuncian que el 8 de febrero se batieron récords de temperaturas en varias bases con la llegada de vientos ‘tropicales’ al continente de hielo

@PRuiz (Inach)

ROSA M. TRISTÁN

Los vientos del trópico están transformando la Antártida. No sólo podrían tener influencia en la banquisa –como contaba en un artículo reciente en El País- sino que también andan detrás del colapso de grandes plataformas de hielo y de una subida súbita de las temperaturas, como las que han tenido lugar los pasados 7 y 8 de febrero de 2022: se alcanzaron los 13,7ºC en la base coreana King Sejong, la más alta desde 1988, en la Península Antártica. No se llegó a los 18,3ºC registrados ese mismo mes hace dos años, récord absoluto antártico, pero si que hubo una temperaturas fuera de lo normal para ese continente, tanto de día como de noche .


La explicación, según científicos chilenos, está en lo que denominan un “riego de vientos tropicales”, fenómenos puntuales que están investigando y que podrían estar detrás del fin de grandes plataformas de hielo antártico, como la que colapsó el pasado 20 de enero, más de 3.0000 kms cuadrados al este de la Península, es decir, como toda Álava, justo donde en 2002 también se rompió la gran plataforma Larsen B. En el evento de este año, ese hielo apenas tenía 20 años y unos 10 metros de espesor, frente a la gigantesca Larsen B, que si bien sólo era algo más grande (3.250 kms2) si tenía 20 veces más profundidad (200 metros) porque se trataba de hielo que llevaba allí 12.000 años . Toda la plataforma Larsen está situada la parte noroeste del Mar de Weddell, que por cierto se quiere proteger.


Raúl Cordero, científico del Instituto Nacional Antártico de Chile y en la Universidad de Santiago, explica que ese “riego de viento húmedo en la atmósfera provoca horas o días de altas temperaturas, aunque en general se trate de un verano austral frío”. “Estamos trabajando con colegas de Portugal para ver su posible relación con el cambio climático, que es muy probable, si bien aún no podemos no tenemos la absoluta certeza”.

En realidad, no fue sólo en la base asiática donde hubo una ‘ola de calor’ en esos días de febrero. También hubo récords de máximas en la base argentina Carlini (llegaron a los 13.6°C), en base ucraniana Vernadsky (los 11,5ºC alcanzados fue la temperatura más alta desde 1988) y en la base chilena Profesor Julio Escudero, donde se llegaron a los 8,1 °C a las 17.00 horas. Ésta última fue la tercera temperatura más elevada en medio siglo para un mes de febrero (recordemos que en base Esperanza se registraron 18,3º de hace dos años). “Lo curioso, además, es que también hubo elevadas temperaturas durante la noche, hasta los 6ºC, lo que en la Antártida es mucho”, señala Cordero.


La cuestión está en que estos vientos húmedos y cálidos del trópico provocan en el continente antártico lluvias que contribuyen al deshielo, aunque duren pocas horas. “El evento del pasado día 7 de febrero duró 24 horas. En el verano austral se forman lagos de agua sobre las plataformas de hielo costeras, un agua que con el sol aumenta y puede generar lo que se llama hidro-fracturas. Esos lagos son observables vía satélite. Si la plataforma está como un queso ‘gruyere’, con el empujón de estos vientos húmedos se fragmenta en pedazos, que es lo que ha pasado en enero y febrero de este año, cuando ha habido vientos de hasta 70km/h ”, explica a este blog Raúl Cordero.


Su equipo se muestra convencido de que la gran Plataforma Larser C, que pesa un billón de toneladas de hielos milenarios, podría destruirse totalmente también hacia mediados de este siglo si continúa este combinación de aumento de temperaturas y vientos. De hecho, una gran parte ya colapsó en 2017, desprendiéndose de ella el iceberg más grande detectado desde hace 65 años, el A68. Todo ello, afecta directamente el aumento del nivel del mar global, generando inundaciones y afectando a las corrientes oceánicas. Sólo ese iceberg ha vertido al océano global 150.000 millones de toneladas de agua dulce durante tres años.


Por ello, para los investigadores, el monitoreo de éste y otros fenómenos climáticos en tiempo real en Antártica se vuelve crítico para comprender los efectos del cambio climático. Chile ha instalado en sus bases cuatro nuevas estaciones de monitoreo, que están permitiendo tener datos de unas ‘olas de calor’ puntuales a las que hasta ahora no se les daba tanta importancia. “Las olas de calor de larga duración que se producen actualmente pueden dar lugar a lagunas persistentes de agua de deshielo, que a su vez han demostrado ser los principales mecanismos de colapso de las plataformas de hielo”, señalan las investigadoras chilenas Sarah Feron y Penny M. Rowe. En la misma línea, Irina Gorodetskaya, de la Universidad de Aveiro (Portugal) señala que “estas temperaturas extremas de corta duración ya han mostrado en el pasado impactos devastadores en las plataformas de hielo alrededor de la Península Antártica».


Y, por su parte, Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno (INACH) recuerda que hoy sabemos que la biodiversidad antártica es más rica de los que se pensaba y está siendo amenazada por el aumento de las temperaturas antárticas “pero estos cambios también afectan en el resto del planeta y la ciencia nos está demostrando que el calentamiento global aumenta los incendios forestales, que a su vez liberan material que cae sobre los glaciares y afecta su capacidad de reflejar la radiación solar y, por lo tanto, su capacidad de enfriar el planeta, en un circulo vicioso muy preocupante y que necesitamos comprender”.


Con el Observatorio de Cambio Climático, Chile busca instalar una red de sensores descentralizada de 8.000 kilómetros desde el norte grande a la Antártida, lo que permitirá recopilar información para la formulación de acciones de mitigación y adaptación necesarias para el futuro. Gorodetskaya, que lidera uno de esos equipos, señalaba que sobre el evento extremo de los pasados 7 y 8 de febrero han compartido la información con colegas que trabajan en la Península Antártica (chilenos, portugueses, coreanos, argentinos, españoles, rusos, británicos, ucranianos, entre otros).

Artículo en Nature (Raúl Cordero y grupo)

El mundo patas arriba… pero los negocios ‘bien, gracias’ 


ROSA M. TRISTÁN

Llevamos unos días en los que resulta muy difícil dar crédito a lo que estamos viviendo. El batiburrillo en torno a las macrogranjas, que no son otra cosa que fábricas de carne viva, se ha convertido en una cuestión política –en tiempos de campaña electoral – obviando todo tipo de datos científicos, técnicos, sanitarios, por supuesto, al mundo ecologista en su conjunto e incluso los propios programas electorales, las agendas internacionales que se venden a ‘bombo y platillo’ en cumbres mundiales, los comunicados de asociaciones que ahora sacan el estandarte del ‘pobre de mí’… Pero no es solo eso lo que tenemos sobre la mesa: también cultivos en zonas protegidas, aviones sin pasajeros, glaciares gigantes que se resquebrajan, temperaturas récord en América del Sur y Australia… El mundo está ‘patas arriba’, pero los negocios, bien gracias.

Hace más de 10 años, en El Mundo, un encuentro con el escritor e investigador norteamericano Jonathan Safran Foer, que vino a presentar su exitoso libro “Comer animales”, ya me abrió los ojos a lo que estaba pasando en su país con la carne. Al parecer, todo comenzó por un granjero de Virginia que recibió, en 1923, por error, un envío de 500 pollos en vez de 50 y decidió criarlos encerrados. En 1926, tenía 10.000. Fue la primera granja industrial de la historia, me contaba.

Casi un siglo después, el 99,9% de los pollos, el 97% de las gallinas, el 95% de los cerdos y el 78% de las vacas que se crían en su país salen de esas ‘fábricas’ de hacinamiento. Pero también casi un siglo después, hemos pasado por las ‘vacas locas’, la gripe aviar y la triquinosis. Sabemos que ya hace unos años el 30% de la huella humana en el planeta la causaba la ganadería (ScienceDirect), que consumió en menos de 10 años (entre 1996 y 2005) una cantidad de litros de agua potable impronunciable: 2.422.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 . Hoy serán más. De los bosques, la cuenta es un despropósito: 450 millones de hectáreas menos desde 1990 y el 80% en zonas como la Amazonia, donde hoy en donde había árboles hay vacas, dice la FAO.

@United Egg Producers

En un artículo en Ecologismo de Emergencia ya se dan muchos datos del impacto que supone el negocio de las macrogranjas a nivel ambiental en España. En contaminación de acuíferos, ríos, humedales o lagos, nitratos o emisiones atmosféricas. Y basta echar un vistazo para encontrar quienes están detrás: Greenpeace reveló no hace mucho que la mayor y más contaminante macro-granja de España (en Catillejar, Granada) es de la gran marca El Pozo y… ¡¡cría 651.000 lechones al año. No es muy distinto de lo que pasa con Intercalopsa (que proporciona los jamones a Mercadona) y su proyecto de macrogranja en Cuenca ni tampoco de la que Campofrío y Elausa pretendían levantar en la comarca palentina de la Vega-Valdavia. Desistieron ante las quejas generales, para indignación del promotor y alcalde del PP del pueblo vecino.

En este tipo de ‘industrias’, que no granjas, se ‘cría-fabrica’ una parte de la carne de ese pollo deshuesado que encontramos en el supermercado en bandejas plastificadas a 4,5 euros medio kilo; y ese el kilo de cerdo adobado que ronda los 4,6 euros o ese filete que sólo suelta agua por un poco más: 6,7 euros los 600 gr. ¿Es eso es democratizar el consumo, como hay quien argumenta? ¿Realmente pagamos el coste que nos está suponiendo? Y, por otro lado, ¡si con 500 gramos a la semana tenemos de sobra! Lo dice la OMS y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que algo sabrán del tema…

Contenedores en puerto de la provincia de Zhejiang, en el este de China. @Xhinuanet

Menos he leído estos días sobre el destino final de la ‘gran tajada’ del negocio que emana de este territorio cada día más reseco y contaminado. Se exporta a China: los envíos de porcino, el ganado en el centro del huracán político, crecieron en más de 300.000 y 700.000 toneladas en 2019 y en 2020, respectivamente. Es un aumento de más del 100% . Y es que resulta que os 1.400 millones de chinos se quedaron sin cerdos por una epidemia de peste porcina que afectó a sus granjas y de la que ya se recupera el país asiático. ¿Qué pasará cuando los chinos ya no compren tanto? Pues yo lo veo venir: que los grandes agronegocios que han crecido al albur de ese excepcional evento hablarán de “grave crisis” del sector, ‘desastre’, ‘insostenibilidad’ y obtendrán más subvenciones de las que tienen para mantener ‘sine die’ su burbuja beneficios, en los que va empaquetada nuestra naturaleza. No hay más que ver lo que pasa con el descenso de las aves o la contaminación de aguas superficiales y acuíferos (Cuéllar, por ejemplo) o el insalubre aire que respiramos.

Por si ello fuera poco, esa carne de macrogranjas se alimenta a base de soja que nos llega en parte de Estados Unidos (1,7 millones de toneladas en 2017, de un país donde la soja es transgénica) y en otra gran proporción de dos países con deforestación galopante: en 2018, España compró 1,15 millones de toneladas de soja a Argentina y de ellos el 11% venía del Gran Chaco, un bosque seco en continuo retroceso por la deforestación, como denuncia la ONG Mongabay; al Brasil de Bolsonaro se compraron 2,4 millones de toneladas, el 31 % con sello de la Amazonía y el 10 % de la Mata Atlántica. Y son datos de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), que no duda en calificar esta soja como “sostenible” sin dar más explicaciones sobre qué significa ese adjetivo para ellos y cómo lo certifican en el terreno.

@Rosa M. Tristán

Aún andaba perpleja con las reacciones a este tema cárnico, que acertadamente está situando a cada cual en su sitio (ya sabemos que si nos hablan algunos de ODS hay que cogerlo con ‘pinzas’), cuando nos enteramos de que uno de los más importantes parques nacionales de Europa, el humedal de Doñana, está en el ‘punto de mira’ de los ‘tiros’ del mismo gran negocio agroalimentario. Otra novedad 2022 de las que quitan el hipo del susto. El gobierno andaluz, al que el medio ambiente le debe parecer un ‘atrezzo’ para que se muevan cazadores y poco más, quiere legalizar 1.400 hectáreas de cultivos de fresas y otros frutos rojos que llevan décadas esquilmando ilegalmente el acuífero de este lugar único en el mundo.

Hace muchos años que visité la zona con WWF y vi los pozos ilegales. Desde entonces se me atragantan las fresas de Huelva. Salvo las que llevan su certificado ‘eco’ y en su temporada de siempre, que aún sigue siendo la primavera. Doñana, así lo alertan científicos y ecologistas, está en grave riesgo por escasez de agua. Incluso tenemos ya una denuncia sobre el tema de la UE del pasado año. Entonces, ¿acaso no nos importa perder algo que es Patrimonio de la Humanidad? Porque esto no es cosa de ecologistas, es de todos, del mundo entero. ¿Y vamos a consentir que acabe como el Mar Menor, hecho una pocilga? Me da por pensar que igual en vez de millones de aves migratorias hay alguien ya está pensando en poner cerdos…

Enclave nuclear de Handfor. 200 millones de toneladas de residuos

Claro que a nivel internacional, también se me ponen los pelos de punta con algunas novedades de este 2022 de estreno. Resulta que para la Unión Europea, la energía nuclear ahora es “verde”. Que digo yo que este color pierde tono a pasos agigantados… Es un cambio de criterio que, por cierto, no se mencionó en la COP26 de noviembre. Que el ‘lobby’ nuclear iba a salir en danza como alternativa al gas y al petróleo, era de prever, pero que volviéramos a los 80 de un plumazo en este asunto tras un Chernóbil, un Fukushima y residuos radiactivos que se acumulan bajo tierra en Francia, Finlandia y con Alemania sin saber dónde meterlos, porque nadie los quiere de vecinos, no era de esperar. De hecho, aquí tampoco queremos cementerios nucleares, así que de momento nuestra porquería radiactiva anda concentrada en El Cabril y otra parte nos la llevamos a acumular a Francia, a un precio nada desdeñable.

He buscado datos y resulta que sólo en Estados Unidos se acumulan ya 80.000 toneladas métricas de basura radiactiva de sus 96 reactores nucleares. Y al parecer en condiciones más que discutibles para ser la primera potencia mundial . Mitch Jacoby, químico en EEUU, escribía para la Sociedad Científica de Química de su país, en 2020, que sólo en los depósitos subterráneos de Hanford (Washington) hay más de 200 millones de litros de estos desechos esperando ser procesados y que se sabe que un tercio de los 180 tanques de almacenamiento, muchos de los cuales han superado su ‘vida útil’, tienen fugas, contaminan el subsuelo y amenazan el cercano río Columbia. Otros 136 millones de litros del material esperan ser procesados en en otro lugar similar junto al río Savannah, en Carolina del Sur. Y todo ello es ‘verde’ para la UE, donde se calcula que hay otras 60.000 toneladas métricas de esta basura indestructible, sin contar lo que tenga Rusia.

Para remate final, en el año que comenzamos en manga corta, con temperaturas tan fuera de lugar en España que son penosas y con olas de calor desde Australia (¡¡51ºC han alcanzado estos días!!) a Argentina (hasta 43º), pasando por Senegal o Mali, resulta que las compañías aéreas nos informan de que van a volar sus aviones vacíos para no perder negocio, ni más ni menos que unos 18.000 vuelos fantasma en una sola compañía europea. Ello cuando acaba de terminar el año en el que alcanzamos una contaminación, a nivel global, de 414 ppm de CO2, que en el caso de España se acercan a las 420 ppm. Un momento perfecto para seguir llenando el cielo de una aviación que contribuye al 2% de las emisiones globales.

Si acaso, la única buena noticia que me ha llegado, según mi criterio, resulta que nos ‘la venden’ como un desastre. Me refiero a la bajada de la población en China, que según explican en un informativo televisivo es funesta porque “se frenaría su desarrollo económico”, es decir, su capacidad de producción. Que la población humana mundial pueda empezar a frenarse, y no por pandemias ni por desnutrición o miseria, sino porque a las familias, y especialmente a las mujeres, no les da la gana tener más hijos e hijas, me parece que es lo único que podría frenar tanto desaguisado planetario… Desde luego, todos podríamos vivir mejor (incluidos animales y plantas) si lo que redujéramos fueran nuestra ansia de tener más y más (y los ejemplos anteriores son un botón) pero creo que en 2022 no va a ser el caso…

Pero la rueda sigue y sigue…. y los negocios, bien gracias. Porque una vez que se consigue el premio de una bicoca de aumento de los beneficios estos se convierte en norma.

Y no me digan que los periodistas ambientales solo damos malas noticias.. ¡Nos lo ponen muy difícil!

¡Rumbo a la Antártida! Un año más…


Estudiar la ‘personalidad’ de los pingüinos, ver el fondo del Océano Austral, buscar contaminantes emergentes, conexiones vía ionosfera… La ciencia española polar desplaza a 300 personas al continente de hielo esta XXXV campaña

Sobre el glaciar Johnson en Isla Livingston, 2020 @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN
Si hay años especialmente importantes para la campaña científica que España hace en la Antártida este será, sin duda, uno de ellos. Tras el semi-parón obligado del año pasado, debido al COVID-19, y muy especialmente a los contagios que hubo en el buque oceanográfico Hespérides cuando iba de camino, en estos momentos ya tenemos dos buques en o hacia el continente de hielo y a muchos de los científicos y científicas polares haciendo la ‘preceptiva’ cuarentena antipandémica en las ciudades de salida, como Punta Arenas (Chile) o Usuahia.

Este año, casi 300 personas entre investigadores (150 del total), técnicos, militares y demás personal de apoyo, ocuparán al 100% las bases Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, en dos islas de un archipiélago a las que va desde hace 35 años y que están situadas junto a la Península que más se calienta de ese lejano continente (recordemos que alcanzó los 18,3 ºC el 6 de febrero de 2020 en una base argentina, justo cuando la autora de este artículo estaba por allí). “Como el año pasado hubo poca actividad, en esta ocasión van varios de los proyectos que se quedaron sin salir y los que tenían que ir esta convocatoria, así que están a tope”, explica Antonio Quesada, el secretario general técnico del Comité Polar Español. En total, serán más de 26 proyectos científicos de los que una decena son internacionales. “Ha sido un gran esfuerzo el llevar los dos barcos este año”, reconoce Quesada, que este año vivirá la campaña en la distancia.


Aún a riesgo de dejar algo importante fuera, destacaría esta 35° campaña la presencia del proyecto DRACC2022 de Carlota Escutia y Fernando Bohoyo, que estudia esa corriente circumpolar que protege la Antártida y que estaría modificándose por el cambio climático. Un equipo de una veintena de investigadores (españoles, norteamericanos, británicos, daneses…) participan en un proyecto que estudia lo ocurrido hace 35 millones de años, momento con tres momentos climáticos críticos para la Tierra –eso si, entonces sin 7.700 millones de humanos- para ayudarnos a saber lo que puede ocurrirnos en el futuro. El Hespérides será su base de operaciones.

Entre corrientes y contaminantes


A bordo del mismo buque, también estará el proyecto ANTOM, que codirigen Begoña Jiménez y Jordi Dachs. Ellos buscan contaminantes emergentes (es decir, toda suerte de compuestos químicos inventados por el ser humano que vertemos a la naturaleza ) en las profundidades de las aguas oceánicas. Si el pasado año muestrearon el Atlántico, entre enero y febrero próximo lo harán entre América y la Antártida, además del Mar de Bellinghausen que rodea una parte de la Península.

Con la contaminación marina antártica tiene que ver otro proyecto más, el CHALLENGE, de Conxita Avila. Lo suyo es analizar los impactos humanos en el bentos antártico, o lo que es lo mismo, los organismos que habitan su fondo marino, para lo cual cogerán muestras en el entorno de las bases y zonas turísticas y en otras zonas más prístinas con las que hacer poder comparaciones.

Pingüinera de barbijos de Isla Decepción @Rosa M. Tristán

Personalidades pungüineras

Entre los habitantes más comunes de esas aguas australes están los pingüinos, que en esta época ya andan anidando por los acantilados de Punta Descubierta en Isla Decepción. En breve, les visitarán los investigadores Josabel Benlliure y Andrés Barbosa, entre otros miembros del equipo PERPANTAR, que este año estrenan proyecto y van dispuestos a estudiar a fondo la ‘personalidad pingüinera’. ¿Pero eso existe? Pues si y resulta que entre las 18 especies de pingüinos hay desde el gran explorador al más timorato de los individuos, y de ello, me comentan, depende que unos se adapten mejor que otros a cambios que les están dejando sin su necesario krill, al aumento de la temperatura o a la destrucción de su hábitat.

Seguramente coincidirán por allí con el grupo PiMetAn de Antonio Tovar, que ya el año pasado estudiaba el papel de estas siempre sorprendente aves como ‘recicladores de metales’, como os contaba en otro artículo. En esta ocasión, nos ofrecerán imágenes con los drones que llevan para estudiar sus poblaciones, por cierto tras hacer una gran labor en la isla de La Palma sobre la erupción volcànica.


Entre las novedades de la campaña -evidentemente muchos proyectos requieren años de trabajo y se repiten, así que consultad #SomosAntártida en El País, donde os los he ido contando- , mencionar la cámara de cielo que se va a instalar en la Juan Carlos I para estudiar las partículas flotantes atmosféricas (los aerosoles, que ahora casi todo el mundo conoce por el COVID-19) porque resulta que estas partículas dispersan la radiación solar y, por tanto, afectan al clima.

Nuevo es también, y en la misma base, el estudio mediante sensores de los líquenes que crecen sobre los ‘nunataks’, esas rocas que afloran en medio del hielo glaciar y son colonizadas por la lenta vida de los líquenes: es el proyecto POLAR-ROKCS que dirigirá nuestro experto en líquenes Leopoldo García Sancho. Y de estreno es igualmente el proyecto denominado ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), que buscará microorganismos colonizadores de las rocas que va dejando libre el hielo –por culpa del retroceso glaciar- y que acaban liberando nutrientes al degradar el mineral donde se asientan. Por primera vez, Asuncion y su grupo llevarán un laboratorio portátil a cuestas que es capaz de secuenciar el ADN en el mismo lugar del muestreo, sin tener que esperar meses para hacerlo de vuelta en España.

En un nivel más tecnológico, Joan Lluis Pijuan (Univ. Ramón Llul) viaja con una maleta llena de sensores con la técnica Near Vertical Incidence Skywave (NVIS), que permite la comunicación entre puntos a 200 kms de distancia, al utilizar ondas que llegan hasta la ionosfera, se reflejan y regresan a la Tierra, superando así cualquier tipo de accidente del terreno, algo muy útil en una Antártida donde las comunicaciones no son nada fáciles. O en el Himalaya..

Sobre el glaciar, recogiendo y colocando estacas para ver su avance. @ROSA M. TRISTÁN

Como señalaba, hay proyectos que vuelven una campaña más, porque no tendría sentido perder los datos tras varias décadas, como es el estudio de los glaciares que dirige Francisco Navarro (UPM). Hay curiosidad por saber en qué estado encuentran el glaciar Johnson este año, tras los últimos retrocesos de hielo y las demasiado altas temperaturas que ha habido la pasada primavera austral. Lo mismo cabe decir del permafrost, que analiza Miguel Angel de Pablos (UAH), esos suelos helados tan afectados por el deshielo como los glaciares en esa zona de la Antártida.

A ello, se suman otras series históricas que recogen datos desde hace más de 25 años sobre movimientos sísmicos, vulcanología o geomagnetismo terrestre. Por supuesto, también estará la Aemet, fundamental para el trabajo antártico . «Y no olvides que damos apoyo al desarrollo de proyectos internacionales, con países como Canadá, Italia, Reino Unido, Portugal, Colombia y Bulgaria. Es más, dos de los proyectos españoles trabajarán en bases de otros países: base Artigas (Uruguay) y King Sejong (Corea del Sur)», señala Fernando Bohoyo, que además de investigador es el nuevo responasable del Pograma Antártico Científico.

Esta campaña, para su desesperación, se han encontrado con unos precios disparados en los precios de los vuelos desde España hasta la punta sur de América. «Esto nos desbarata los presupuestos pero no hay mucha elección para cumplir con los protocolos anti-COVID, que tenemos que cumpliar estrictamente. Lo importante es que ya estamos abriendo las bases y sin problemas», señala.

Conviene recordar que las entidades que gestionan la campaña son la Unidad de Tecnología Marina del CSIC, que tiene a su cargo el buque Sarmiento de Gamboa y la BAE Juan Carlos I en la Isla Livingston y que coordina la logística general de la campaña; el Ejército de Tierra, que gestiona la BAE Gabriel de Castilla en la Isla Decepción y la Armada, que opera el BIO Hespérides.

Antártida, crónica de una frustración anunciada


Hoy comienza la COP26 ¿Habrá más suerte?

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ROSA M. TRISTÁN


El Océano Antártico no será protegido, tampoco este año. Con ser una decisión que se preveía en casi todas las esferas diplomáticas, políticas y científicas, no deja de ser una frustración, anunciada, que la decisión de crear nuevas áreas marinas con protección sea de nuevo aplazada otros 12 meses.


Frustración porque si no somos de capaces de considerar una prioridad dejar sin explotar un mar al que los humanos llegamos hace apenas 150 años, ¿cómo pensar en conseguirlo para ese 30% de todo el planeta, con sus minerales, sus maderas, sus ríos, sus plantas y animales, que ya está inmerso, de un modo u otro, en algún negocio, algún consumo, algo que alguien considera fundamental para ‘seguir creciendo’?


En el juego de la diplomacia internacional, la baza dependía de China y Rusia, dos países que se han quedado solos en la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, en inglés) que se ha reunido las pasadas dos semanas y que se cerró el pasado viernes con sus posturas inamovibles. China y Rusia, precisamente dos grandes implicados en el cambio climático –el uno por ser uno de los mayores contaminantes al acaparar buena parte de la producción mundial- y otro por ser quien tiene grandes reservas de gas natural (combustible fósil como el petróleo, por si alguien no lo sabe) con las que ‘chantajea’ a diestro y siniestro. Pues bien, la biodiversidad antártica no les preocupa, y lo dicen justo los días que en el gigante asiático se celebraba una reunión preliminar de la Cumbre de la Biodiversidad…. Ver para creer.


No ha bastado el impulso internacional que se intentó dar el asunto en España, coincidiendo con el 30 aniversario del Protocolo de Madrid, este ‘anexo’ al Tratado Antártico que sirvió para proteger la tierra de la minería y otro impactos. En realidad, pocos de los presentes –políticos, ministros, científicos y activistas- confiaban que hubiera el necesario consenso; que el millón y medio de firmas recogidas en el mundo para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de turbulentas y ricas aguas (en el Mar de Weddell, la Península Antártica y la Antártida Oriental) dejaran de ser visitadas por grandes buques pesqueros que rompen sus frágil equilibrio.


“Estamos muy decepcionados al presenciar una vez más esta oportunidad perdida de asegurar lo que podría han sido el acto más grande de protección de los océanos en la historia mediante el establecimiento de tres AMP en la Antártida. El planeta y las preciosas aguas de la Antártida no pueden permitirse un año más de inacción ”, ha declarado después Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), que también estuvo en Madrid recientemente. Similares declaraciones se han hecho desde WWF y Greenpeace.


Es más, para ASOC esta demora en las negociaciones y la incapacidad de avanzar “pone en riesgo la credibilidad internacional de la CCAMLR”, porque resulta que esta Convención habla de desarrollar recomendaciones científicas y la ciencia ya ha hablado hace tiempo, señalando la imperiosa necesidad de proteger el Austral y hacerlo cuanto antes.


Destaca, eso si, que de los 26 países que forman parte de CCAMLR, este año a la iniciativa de la protección de estas tres áreas se sumaron como co-patrocinadores otros cuatro países (India, Corea del Sur, Ucrania, Uruguay e incluso Noruega, éste último aunque tiene importantes empresas que capturan el krill). Pero no bastó. Al menos si se llegó a un consenso para evitar la sobrepesca de ese crustáceo, que proporciona el 96% de las calorías de todos los mamíferos y aves marinas de la Antártida (pingüinos, focas, ballenas…).


La cuestión es que estamos hablando de un lugar lejano, frío, inhóspito, de cuyos recursos no depende la alimentación humana. Si no somos capaces de consensuar este asunto ¿qué pasará con los retos que la COP26 tiene por delante? ¿Qué acciones serán capaces los líderes del mundo de iniciar? ¿cómo conseguir un compromiso firme y real de que se van a recortar emisiones contaminantes cuando resulta que líderes fundamentales para ello ni siquiera van a ir a Glasgow?


Las soluciones las tenemos, como también sabemos qué hay que hacer para no esquilmar ecosistemas que ni siquiera conocemos bien, como los antárticos. Sabemos que hay que reducir la presión del consumo a mansalva, que hay que cortar una globalización comercial que marea productos de acá para allá a bordo de ‘chimeneas de CO2’ flotantes, que las renovables están aquí para quedarse –a ser posible sin generar más destrozo- , que aunque está cara (y cada vez más) seguimos derrochando energía fósil y que, con todo ello, hemos generado un cambio climático que ya está causando miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de pérdidas económicas.


Uno de los temas fundamentales de esta cumbre será la financiación climática para mitigar, adaptarse y pagar los daños del cambio climático. Mitigar es invertir en tratar de que no vaya a más, adaptarse es prepararse para los impactos que ya están llegando y que, todo indica, que se agravarán, y pagar daños es asumir la responsabilidad de quien ha generado catástrofes climáticas que afectan más a quienes menos tienen, los países del sur global. Hasta ahora, no se han cumplido los compromisos de dotar de dinero estos fondos, y de lo que hay el 80% son créditos a devolver por quienes los pidan, aumentando así su deuda externa.


Otro tema es el de los mercados de carbono, es decir, crear un mecanismo que permita a los países más contaminantes compensar sus emisiones comprando ‘créditos de carbono” que pueden venir de acciones de reforestación, captura de CO2, proyectos de renovables y de países que tienen de sobra. Pero la cuestión es que ya existe en mecanismo puesto en marcha en Kioto y que unos países quieren mantener esos derechos ya adquirios (China, India y Corea el Sur) mientras la UE quiere partir de cero.

También está el riesgo de que en esa compraventa, los dos países implicados se apunten el tanto, lo que en el fondo es ‘trucar’ la cuenta de carbono. En definitiva, si bien según algunos aseguran que sin mercado de carbono es muy difícil que los grandes contaminadores cumplan el Acuerdo de Paris de 2015, según otros no deja de ser una ‘trampa’ para seguir contaminando a costa de pagar, mientras el clima en la Tierra sigue calentándose, con el grave riesgo de superar los 1,5ºC marcados.


Según el IPCC, de seguir así, las emisiones aumentarán un 16% más para 2030 y la temperatura subirá hasta 2,7ºC. Con esas temperaturas los hielos antártico y árticos acelerarían exponencialmente su derretimiento, el nivel del mar subiría inundando tierras donde viven millones de personas, países como España sufrirían olas de calor cada vez más intensas, superando quizás muchos días los 47ºC que ya hubo el pasado verano en Egipto, escasearía la comida y las migraciones climáticas serían un flujo continuo…


Comienzan dos semanas que son claves para la vida en la Tierra, la nuestra también. Visto lo ocurrido con la Antártida y la protección de su océano, no parece que vivamos tiempos de consensos… Ojalá me equivoque.