#SomosAntártida: ¡Alerta! Se aceleran cambios que afectarán a miles de kilómetros


Un informe alerta de la situación crítica en el continente del Polo Sur y la necesidad de tomar medidas de protección y conservación ligadas al cambio climático, coincidiendo con una reunión del Tratado Antártico

Orcas en el mar de hielo @John Weller

ROSA M. TRISTÁN

Punto de inflexión inminente. Umbrales críticos para un cambio irreversible y rápido.  La vida del planeta, en línea directa de los efectos cascada que se pueden provocar. Las frases están en el informe sobre la Antártida que científicos polares líderes en sus áreas acaban de hacer público mientras se celebra, un año más, la Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA), entre los días 14 y 24 de junio, que reúne a los 54 estados firmantes (entre ellos España) de este convenio internacional.

Crisis Climática y Resiliencia del Océano Austral”, publicado por el Instituto Polar del Wilson Center y la ONG The Pew Charitable Trusts, revisa las presiones climáticas, todas de origen humano, en un continente que está cambiando rápidamente y cómo a su vez, su transformación afectará globalmente a esa misma crisis climática que la provoca y, por tanto a la vida en la Tierra. También la nuestra. Su objetiv es  no  olvidarnos de que este casquete de hielos del sur y el Océano Austral que lo circunda tienen un rol fundamental en la red de la vida y hay que aumentar sus áreas protegidas.  

“La protección de las áreas que están en más riesgo debido a la crisis climática, como la Península Antártica, no sólo nos ayudará a revivir la biodiversidad allí, sino que también a estimular la resiliencia de los ecosistemas marinos lejanos. Además, nos permitirá monitorear los efectos a largo plazo de actividades humanas, como la pesca. De esta manera, al nutrir su salud, estamos nutriendo la nuestra. Al desarrollar su resiliencia a la crisis climática, estamos estimulando la nuestra”. Lo ha dicho Andrea Capurro, investigadora chilena en la Universidad de Boston y co-autora del informe. Toda una llamada de atención a los firmantes de un Tratado que entró en vigor hace 60 años, en unas circunstancias muy distintas.

Preguntada sobre si la situación es irreversible, Capurro, en comunicación ‘on line’ desde EEUU, comenta que “volver atrás es casi imposible” porque “en unas décadas el continente ha cambiado, la mayoría de los glaciares ha desaparecido, las barreras de hielo colapsan y si seguimos con más emisiones, como parece, llegaremos a ese punto de inflexión”.

En realidad el trabajo de estos expertos en ciencias sociales, gobernanza, biogeografía, oceanografía y biología  es un compendio de lo mucho que ya se sabe a nivel científico pero tanto cuesta trasladar a nivel social. No ayuda que sea un territorio tan lejano, inhóspito. “Por eso es importante aumentar su visibilidad, comprender que lo que allí ocurre no nos es ajeno porque forma parte de un micro-planeta, que el tema del calor, los nutrientes, el CO2… Y soy optimista pese a que hay que decir que estamos en un momento clave de récords en temperaturas, en calentamiento del permafrost, y lo más grave es la velocidad de los cambios, que conocemos gracias a la cantidad de ciencia que se hace mejor que en el pasado”, señala la investigadora.

@John Weller

Entre las señales de alerta destaca cómo las aguas cálidas alrededor de la Antártida pueden estar provocando una inestabilidad irreversible de la plataforma de hielo que la rodea, lo que, a su vez, puede provocar el colapso de la capa helada interior que la cubre y que ya se adelgaza. El impacto será devastador para las regiones costeras de todo el mundo, con aumentos del nivel de mar de varios metros que los últimos estudios triplican respecto a previsiones previas. Una amenaza, dicen, sobre 1.000 millones de personas. La última investigación en Science Direct, hace unos días, sobre el glaciar Pine Island certificaba esta situación crítica: el Pine Island, que contiene suficiente hielo (5 trillones de toneladas) como para subir medio metro el nivel oceánico global, se está acelerando a medida que se requebraja y se rompe la plataforma helada que tiene delante.

Pero no es sólo deshielo lo que está pasando, avisan. Los océanos absorben el 40% del CO2, pero en Austral, desde la superficie hasta los 2.000 metros de profundidad, ha aumentado ese porcentaje hasta situarse entre el 45% y el 62% entre 2005-2017. Es más, por debajo de esos dos kilómetros, almacena hasta un tercio del calor que hemos generado desde 1992. A más CO2 acumulado, más se acidifica, lo que podría llevar a cambios en el ecosistema marino.   

Se menciona, en concreto, el colapso al krill austral, básico en la cadena de la vida antártica, pero también las alteraciones en comunidades de fitoplancton que generan impactos en cascada en ecosistemas regionales pero también lejanos. De hecho, los nutrientes que afloran en este Océano Austral sustentan ¾ partes de la producción marina mundial. Si disminuye la cantidad de peces y cambia la distribución de especies, la pesca global disminuirá, afectando la seguridad alimentaria y otros servicios de los ecosistemas fuera de la Antártida. Todo ello ocurre, además, en ecosistemas aún tienen impactos de las pesquerías de finales de los años 90 y de la demanda creciente de nuevos productos derivados del krill.

Los expertos dejan claro que todos estos cambios son dinámicos en un lugar que contiene el 70% del agua dulce del planeta, con un hielo marino flotante que cubre 1,5 millones de kms2 y conecta el continente con su océano, con glaciares que pierden masa rápidamente, drenando el hielo occidental y oriental. Y hay muchas dudas sobre cómo responderá el hielo interior al inestable hielo marino en el que se sustenta.. “La inestabilidad de la capa de hielo marino, podría causar 4 o 5 metros de aumento del nivel del mar para 2300 en escenarios de altas emisiones contaminantes”, auguran sus modelos. Atrás está quedando ese ciclo de enfriamiento antártico en el que ganaba masa helada. Ahora todo son pérdidas.

“Los científicos nos están diciendo que la Antártida juega un papel vital en el futuro de nuestro planeta y tienen un argumento convincente para que las organizaciones que gestionan la diplomacia antártica incorporen las consideraciones climáticas a su trabajo”, asegura Evan Bloom, del Instituto Polar del Wilson Center y antiguo jefe para Política Exterior Antártica de Estados Unidos.

Esta diplomacia, en la que el Tratado Antártico tiene mucho que ver pero también la CCAMLR (la convención para la conservación de la vida marina antártica), en palabras de Andrea Capurro, “tiene que incorporar el cambio climático en su toma de decisiones: identificar las especies afectadas, preservar hábitats únicos”.

Ahí se encuadra la petición de aumentar la proteccion de áreas marinas antárticas, que se tratan de ampliar y se encuentran con el veto (dado que se require unanimidad) de Rusia y China en el seno de la CCAMLR. “Ha quedado claro que, como parte del manejo de la crisis climática, el establecimiento de una red circumpolar de áreas marinas protegidas en el Océano Austral, entre otras acciones de gestión, contribuirá de gran manera a la ciencia climática y ayudará a desarrollar políticas relacionadas con el clima para todo el planeta”, asegura Mike Sfraga, director del Instituto Polar del Wilson Center.

“El sistema de consenso”, explica Capurro, “es una fortaleza porque las decisiones deben ser adoptadas por todos los países o no servirán, pero eso require negociación, y tiempo”. “Ahora hay una gran presión diplomática de la UE, EEEUU, Argentina y Chile para seguir negociando”.

¿Y de qué sirve proteger si el cambio climático continúa? “Será mejor si reducimos emisiones de CO2, pero esas nuevas áreas generarán mayor resilencia en la Antártida, controlando más la pesca, donde ahora no se tiene en cuenta el cambio climático”, responde.

Y es que ddemás de nuevas áreas protegidas (en el Mar de Weddell, la Antártida Oriental y la Península Antártica) proponen incorporar la crisis climática en las políticas de gestión de pesca y apostar por “una estrategia preventiva” para prevenir cambios irreversibles en las especies, en lugar de tratar de arreglar a posteri lo desastres. Afiman los científicos que la CCAMLR no puede basarse sólo en poblaciones de peces para aprobar cuotas de pesca, sin contar con variable climática. Y ponen de nuevo de ejemplo el krill: la normativa actual puede esatr omitiendo presiones pesqueras en lugares localizados donde ya tienen el impacto de sus depredadores (pingüinos, ballenas y focas).

“Los gobiernos tienen la oportunidad de promover estrategias de mitigación del cambio climático con la conservación de la Antártida. Debido a la importancia que tiene para toda la vida en la Tierra, hacemos un llamado a los estados miembros de la CCAMLR para proteger nuestro futuro estableciendo esa red globalmente coordinada de áreas marinas protegidas alrededor de la Antártida”, ha señalado por su parte Andrea Kavanagh, directiva de The Pew Charitable Trusts.

“El Tratado Antártico es un ejemplo de éxito al dedicar un continente entero a la paz, la ciencia y la cooperación. Ahora la esperanza es que se puede proteger”, concluye Andrea Capurro.

Indígenas: cuidadores de la Amazonía desde hace 5.000 años


Una investigación revela que en el pasado los amazónicos sólo modificaron de forma intensa las zonas fértiles cercanas a los ríos para asentarse

PNAS

Rosa M. Tristán

Son muchos los estudios científicos que nos dicen que los pueblos indígenas son excelentes guardianes de la biodiversidad cuando mantienen su forma de vida tradicional, especialmente en lugares como la Amazonía, donde hay aún grandes espacios sin ‘reconvertir’ en pastos para vacas. Ahora, se ha dado a conocer que esta capacidad de preservar el entorno –eso si, siempre que estos pueblos no sean ‘colonizados’ y atraídos por otros modos de vida – perdura desde hace milenios, al menos 5.000 años en el caso de esa zona del mundo que sigue siendo un lugar privilegiado pese a las amenazas que se ciernen sobre la inmensa selva sudamericana.

Un trabajo liderado por científicos del Instituto Smithsonian de EEUU ha encontrado evidencias de cómo los pueblos amazónicos prehistóricos no alteraron de forma significativa grandes partes de los ecosistemas forestales en la Amazonía occidental, preservándolos de forma efectiva sin cambios en su composición, unas conclusiones que desmiente estudios previos que apuntaban a que en el pasado estos pueblos fueron moldeando la rica biodiversidad actual o que fue reforestada tras un periodo de cambio climático.  

Los autores señalan que sus nuevos datos pueden ser claves para la conservación de los ecosistemas amazónicos, siempre, claro está, que poderes económicos y políticos lo permitan, algo que en Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Colombia o Venezuela no está nada claro. Es más, no hay más que mirar a la web brasileña de Amazonía Sofocada para comprobar que mientras está leyendo esta noticia hay cientos de incendios en gran parte de esa cuenca y se sabe que prácticamente todos son premeditados.

Volviendo a la zona más inalterada, la distribución de las especies de flora había hecho pensar a algunos científicos que la selva había sido “modelada” de forma intensa por los indígenas precolombinos en función de sus intereses; otros mencionaban como origen de su estado actual el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo o incluso el hecho de que muchos de los amazónicos murieran tras la llegada de los colonizadores europeos. Veían ahí la explicación a unas supuestas transformaciones. Pero se equivocaban en la premisa, según los resultados publicados estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se sugiere que durante al menos los últimos 5.000 años todas las áreas alejadas de las tierras junto a los ríos se quedaron intactas, sin ser prácticamente deforestadas con fuego, el mismo método que ahora las destruye, y sin ser cultivadas intensivamente.

Como explica en un comunicado del Smithsonian la autora principal, Dolores Piperno, “los asentamientos humanos complejos y permanentes en la Amazonia no tuvieron influencia sobre el paisaje en algunas regiones”. “Nuestro estudio añade evidencias de que la mayor parte del impacto ambiental de la población indígena en el medio forestal se concentró en los suelos ricos en nutrientes cercanos a ríos y que su uso de la selva tropical circundante era sostenible, sin causar pérdidas de especies detectables o perturbaciones durante milenios”.

Para explorar la escala de la posible, o no, modificación indígena de la Amazonía, Piperno y sus colegas recogieron 10 núcleos de suelo (perforaciones de aproximadamente un metro de profundidad) en tres lugares remotos de las cuencas hidrográficas del Putumayo-Algodón, al noroeste de Perú. Querían analizar los fitolitos (microfósiles de plantas mineralizadas) y el carbón vegetal u hollín que se ha acumulado a lo largo del tiempo bajo los bosques más antiguos (los alejados de riberas y que no eran inundables). Esos ‘núcleos de tierra’ les permitieron profundizar en un pasado que se remonta unos 5.000 años, según dataron con carbono 14.

Comprobaron, tras comparar los registros de las muestras halladas con un inventario de árboles, que no había nada que indicara que hubo talas ni un uso agrícola anual que hubiera dejado raíces o semillas. Ni siquiera detectaron un aumento importante de especies de palmeras que eran aprovechables y que hoy son muy dominantes en la flora moderna, es decir, que hace cinco milenios nadie las cultivó. Y lo mismo pasa con otros árboles: a lo largo del tiempo encontraban la misma estructura forestal, estable y diversa.

“Nuestros datos respaldan algunas investigaciones anteriores que indican que áreas considerables de algunos bosques de tierra firme amazónicos no fueron impactadas significativamente por las actividades humanas durante la era prehistórica. Más bien parece que durante los últimos 5.000 años, las poblaciones indígenas de esta región coexistieron y ayudaron a mantener grandes extensiones de bosque relativamente sin modificar, como continúan haciéndolo hoy”, apuntan los autores.

Los tres lugares estudiados están ubicados a un kilómetro de los cursos de los ríos y las llanuras aluviales. Son bosques interfluviales que en realidad suponen más del 90% de la superficie del Amazonas y, por lo tanto, cruciales para comprenden la influencia de los asentamientos humanos que los arqueólogos encuentran cerca de los ríos, como, por otro lado, es natural en todas las civilizaciones. En un lugar donde llueve en grandes cantidades, el fuego ha sido casi siempre de origen humano y, de haberse usado para limpiar grandes áreas, para usos como la agricultura y los asentamientos, habría dejado su huella.

Los investigadores también realizaron estudios de los bosques modernos que se encuentran en el entorno de cada muestra extraída, un inventario extraordinario de 550 especies de árboles y 1.300 de otras especies de flora, que dan idea de la biodiversidad amazónica. “Pero no encontramos evidencias de plantas de cultivo o agricultura; no hay evidencia de tala de bosques ni de incendios; no hay prueba alguna del establecimiento de jardines forestales. Es similar a lo que se encuentra en otras regiones amazónicas “, señala Piperno.

A tenor de estos datos, podemos decir que todavía hoy existen regiones en la selva muy parecidas a las que había hace esos 5.000 años, incluso que permanecen totalmente inalteradas. “Esto significa que los ecólogos, científicos del suelo y climatólogos que buscan comprender la dinámica ecológica y la capacidad de almacenamiento de carbono de esta región pueden estar seguros de que están estudiando bosques que no han sido muy modificados por los humanos sustancialmente”, afirma la investigadora.

Pero también alerta de que, por otro lado “no debemos asumir que los bosques alguna vez fueron resilientes frente a perturbaciones importantes”, es decir, que más vale conservarlos con las políticas adecuadas porque su respuesta ante la destrucción y su capacidad de recuperación es desconocida.

La explicación que encuentran para que los precolombinos no usaran ese suelo alejado de ríos es que tiene pocos nutrientes, por lo que es poco agradecido para los cultivos, algo que ahora se solventa con la utilización de fertilizantes en el caso agrícola y robando nuevos espacios al bosque en el caso ganadero. Por desgracia, a ello se suman otras graves amenazas en la región del Putumayo, como es la minería ilegal, que está en aumento en Perú.

Para Piperno es importante hacer más trabajos en otras regiones alejadas de ríos y llanuras aluviales de la Amazonía aún no estudiadas para obtener una visión más amplia de lo sucedido en tiempos remotos. “En todo caso, no se trata de que los indígenas no utilizaran de ninguna forma el bosque, sino de que lo usaron de forma sostenible y no modificaron mucho su composición de especies”, comenta. “Es un lugar donde los humanos parecen haber sido una fuerza positiva en este paisaje y su biodiversidad durante miles de años”.

Desde luego, algo que no podemos decir de muchos otros sitios…

El lenguaje de los gorilas


ROSA M. TRISTÁN

@NATURE

La imagen de un gorila de montaña dándose golpes en el pecho como diciendo “aquí estoy yo” me retrotrae a imágenes de la película “El Libro de la Selva”. Ahora, un estudio internacional publicado en Nature hace unos días nos revela cómo esos golpes que se dan con las manos para producir un sonido de tambor, están transmitiendo una información real sobre el tamaño de su cuerpo y permite la identificación de individuos.

Los autores reconocen que ya se había sugerido anteriormente que los gorilas pueden golpearse el pecho para transmitir información, pero la naturaleza exacta de la información no estaba clara. Para explicarnos los detalles de este ‘lenguaje mímico’ Edward Wright, del Instituto Max Planck de Alemania, y sus colegas observaron y grabaron a un total de 25 gorilas de espalda plateada, machos adultos salvajes de más de 12 años, que llevan años monitoreados por la Dian Fossey Gorilla Fund (https://gorillafund.org/) en el Parque Nacional de los Volcanes de  Ruanda, entre enero de 2014 y julio de 2016.

Para comprobar el tamaño corporal les hicieron fotografías en las que se midió la distancia entre los hombros de los gorilas y también grabaron el sonido para comprobar la duración, el número y las frecuencias de 36 los golpes de pecho hechos por seis de los  machos, concluyendo que las frecuencias de sonido de los machos más grandes eran significativamente más bajas que las de los más pequeños. Dado que los machos más grandes pueden tener sacos de aire más grandes cerca de la laringe, ello podría reducir las frecuencias de sonido. También observaron variaciones en la duración y el número golpes realizados por diferentes gorilas, lo que permitiría identificar a los sujetos que realizan la acción.

Makmba. @Rosa M. Tristán
Makumba en parque nacional Dzanga Shanga de Rep. Centroafricana @Rosa M. Tristán

Los autores sugieren que  ese sonido de los golpes en el pecho permite que los gorilas de montaña se comuniquen a través de los densos bosques tropicales en los que viven, donde a menudo les resulta difícil verse y proponen que los usan para informar para la elección de pareja sexual y evaluar la capacidad de lucha de los competidores.

En general, los sonidos emitidos juegan un papel crucial para evaluar a los rivales y elegir compañeros en muchas especies de animales, dado que no se pueden fingir fácilmente y cuesta producirlos. Quienes no alcanzan un nivel de capacidades sonoras quedan fuera de juego, ya sea de ganar en una competición o de tener éxito reproductivo. Así se determina en especies tan distintas como los macacos rhesus los monos colobos blancos y negros,  el ciervo rojo, el gamo, los pandas gigantes o los elefantes marinos.

Pero no se habían estudiado prácticamente nada sobre las señales acústicas no vocales como el golpe en el pecho de los gorilas, que no sólo se ve sino que se escucha a más de un kilómetro de distancia. Y hay que recordar que los gorilas viven en grupos con un solo macho y varias hembras, así que hay una gran competencia entre ellos para no perderlas a ellas, porque las gorilas pueden dispersarse y elegir otros compañeros. De hecho, una de las que conocí en el parque de Dzanga Shanga (República Centroafricana) me cuentan que se ha ido con otro macho, abandonando al gran Makumba.

Investigaciones anteriores ya sugerían que golpearse el pecho es una señal importante en la competencia para hacerse con pareja, por lo que si bien un espalda plateada apenas se golpea una vez cada 20 horas de forma habitual, pude hacerlo cada muy pocos minutos cuando hay encuentros con otros grupos, como observó el investigador M. Robbins, y también cuando las hembras están en celo. La investigación prueba que así están dando idea del volumen del pecho, es decir su corpulencia pues los machos mayores se lo golpean durante más tiempo y a más ritmo que los más pequeños, dada la energía que tienen que gastar en ello.

“Este es uno de los pocos estudios en mamíferos que demuestran que el tamaño del cuerpo está codificado de manera confiable en una señal acústica no vocal”, apuntan los autores en su trabajo. “El golpe en el pecho ha evolucionado como una señal multimodal para, al menos en parte, mejorar la transmisión de información en un entorno con visibilidad limitada”.

La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

¿Deforestas? Cuatro árboles por persona al año en los países ricos


Una investigación de ‘Nature’ revela el impacto del comercio internacional global en la deforestación tropical

ROSA M. TRISTÁN

Incendio en la Amazonía.

La imagen de los miles de contenedores varados en el Canal de Suez, tras el accidente del gigantesco buque Ever Given (Evergreen, pone en su casco) da idea del volumen de un comercio global que implica millones de toneladas de recursos naturales (léase agua, tierra, biodiversidad, minerales o bosques) viajando de un lugar a otro del planeta. Ahora, una investigación publicada en Nature, pone algunas preocupantes cifras a lo que se refiere a los árboles: cada persona de los países más ricos del planeta consume al año una media de cuatro árboles o 58 m2 de bosque al año y, lo que es peor, muchos proceden de los trópicos. Algunos, comos los suecos, llegan a los 22 árboles. ¿Cómo es posible entonces que en sus informes nacionales florezcan los bosques?

Una investigación de los japoneses Nguyen Tien Hoang y Keiichiro Kanemoto, del Instituto de Investigación de la Humanidad y la Naturaleza de la Universidad de Kioto, contesta a esta pregunta con un análisis de la deforestación global desde el punto de vista del comercio internacional que abarca desde 2001 a 2015. Volviendo al Ever Given ¿Cuánta madera habrá sido talada para llenar un buque de esas dimensiones? ¿Y los más de 300 que esperaban detrás?

Nguyen explica, por email, que  “mientras tienen ganancias forestales netas a nivel nacional, muchas economías importantes, como China, India, los países del G7 (excepto Canadá, donde el área de cubierta forestal se reduce)  y otros países desarrollados han expandido principalmente sus huellas de deforestación no doméstica en todos los biomas forestales, entre los que destacan los bosques tropicales” . Es decir, que “las importaciones de productos básicos relacionados con la deforestación tropical tienden a aumentar, mientras que se informa que la tasa de deforestación global está disminuyendo”.

Gráfico sobre la huella pér cápita de la deforestación

Para esta investigación, Nguyen y Keiichiro han utilizado datos de teledetección y un modelo de entrada-salida de productos de múltiples regiones, mapeando los cambios espacio-temporales en las huellas de deforestación global durante esos 15 años con una resolución de 30 metros.  “Dado que es la deforestación es la principal amenaza para la biodiversidad, nuestros mapas pueden ayudar a los legisladores a seleccionar los puntos críticos de especies que puede priorizar un país específico para reducir el impacto ecológico de su huella de deforestación. Además, políticos y las empresas pueden tener una idea aproximada de dónde y qué cadenas de suministro están causando esa deforestación y revisarlas para buscar soluciones específicas”, argumenta Nguyen.

De hecho, los 3,9 árboles que indirectamente talan al año cada uno de los consumidores que habitan en el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) proceden de puntos críticos de biodiversidad, como el sudeste asiático, Madagascar, Liberia, América Central y la Amazonía. Y son pérdidas asociadas a las actividades humanas, como la agricultura, silvicultura, urbanización o la producción de servicios básicos, sin considerar los incendios forestales, que no tienen que ver directamente con el comercio internacional, aunque si en gran parte con la actividad huamana. También dejaron fuera lo relativo a los consumos nacionales.

Las huellas de la deforestación, indican, son muy visibles en Brasil, Madagascar, Argentina, Indonesia y Costa de Marfil, que exportan productos que dañan los bosques (ganado, soja, café, cacao, aceite de palma y madera) al G-7 y China. Es llamativa la huella de algunos consumos muy concentrados, como el caso de Singapur (cuyo impacto se siente en Malasia, Sarawak, Madagascar o en el Petén  de Guatemala). La huella deforestadora de China, Japón y Alemania es también muy elevada en África y la Amazonia.

Incluso hacen un mapeo por productos concretos: el consumo de cacao en Alemania destruye los bosques de Costa de Marfil y Ghana, el algodón y sésamo que compran los japoneses, afecta a  la costa de Tanzania y el caucho y la madera que importa los chinos les llega de Indochina y el norte de Laos. En el caso de Estados Unidos, los puntos críticos son sus importaciones de madera de Camboya y Canadá, caucho de Liberia, frutas y nueces de Guatemala, carne y soja de Brasil y Chile. De la UE destacan que está entre los grandes importadores de soja y carne brasileña, que fomenta la destrucción de la Amazonía y la larga mano de China la detectan en las talas en Malasia, de donde importa palma de aceite, caucho y cacao.

Los investigadores encuentran que, pese a que aumenta la concienciación social sobre la deforestación, países como China e India han expandido su huella rápidamente: en 2014, la deforestación causada por sus importaciones fue más de seis veces superior a la de 2001.

Otros países del G20 también entraron en déficit en 2015.

Respecto a la pérdida promedio de árboles importados por persona en Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido fueron similares, alrededor de la mitad de los cinco árboles por estadounidense. Y si el consumo sueco supone 22 árboles por persona (la biomasa representa el 23% del suministro de energía nacional), en Noruega y Canadá rondan los 16. Pero para los autores, lo importante no es tanto el número como el rol que tiene ese árbol en la biodiversidad: “El impacto ambiental de tres árboles de la selva amazónica puede ser más grave que el de 14 árboles de una plantación por un noruego”.

Detectan, además, cómo hay países (como EEUU y Rusia) que importan ‘bosques tropicales’ mientras exportan ‘bosques boreales”. ¿Cómo no va a haber ‘atascos’ de tráfico de impacto global? Porque comprueban que en los 15 años de su estudio es una tendencia que va a más: la deforestación ‘importada’ es ya del 74% en USA y del 77% en Rusia; y en el caso de Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, en 2015 entre el 91% y el 99% y, de ella, entre el 46% y el 57% procedía de zonas tropicales.

Asimismo, ponen en evidencia como la deforestación y el PIB tiene mucho que ver: en esos 15 años todos los países desarrollados, salvo excepciones, aumentaron su PIB per cápita, es decir, su consumo y su dependencia de lo que importan. “El crecimiento económico no evita la deforestación, sino que la potencia, por más que a nivel nacional los países ricos eviten pérdidas de bosques”, aseguran.

Es decir, que si bien detectan un aumento de la concienciación contra la deforestación tropical –con iniciativas como la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación forestal (REDD +), que pone en valor no deforestar, o el consumo de bosques sostenibles, cuyos productos son certificados como tales, no es suficiente. “Los fondos disponibles para asegurar estos acuerdos y las certificaciones son limitados y su efectividad para detener la deforestación sigue siendo incierta. Más del 80% de las áreas forestales certificadas en el marco del Programa para la Aprobación de la Certificación Forestal (PEFC), el sistema de certificación forestal líder en el mundo, se encuentran en Europa y América del Norte, no en los países de acogida de la deforestación tropical”, recuerda Nguyen.

Tampoco está siendo efectiva, a su modo de ver, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques, aprobada en 2014, con la que pretendía reducir la deforestación en un 50% para el año 2020. Nada más lejos de lo logrado porque, recuerdan, las acciones son lentas, no cubren toda la oferta de productos y, además, hay poca transparencia y mucho blanqueo y fugas de madera.

¿Soluciones?

Los autores insisten en que proteger los bosques tropicales requiere soluciones integrales y a largo plazo, porque no vale mejorar mucho en el norte si con ello empeoramos la zona más rica del planeta.

Queremos que la gente piense en la deforestación antes de consumir productos que hacen peligrar esos bosques. Combatir la deforestación es una responsabilidad compartida entre los sectores público y privado y entre productores y consumidores. Y los países desarrollados tienen bases financieras y legales sólidas para reducir su huella de deforestación. Por el contrario, la protección de los bosques en los trópicos, principalmente en países pobres, requiere soluciones integrales a largo plazo, junto con una financiación significativa”, señala el investigador japonés. “Noruega ha comenzado recientemente a pagar parte de un acuerdo de 1.000 millones de dólares a Indonesia para reducir las emisiones forestales. También escuchamos que el gobierno alemán había impulsado recientemente ‘regulaciones vinculantes’ para toda la UE sobre el cacao producido de manera sostenible. Son buenos pasos adelante en la reducción de la deforestación tropical incorporada en el comercio y el consumo internacionales”.

No puedo dejar de mencionar otra investigación reciente, publicada en Frontiers in Veterinary Science, que apunta a la deforestación tropical como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad con un impacto negativo en la salud humana. En este caso, lo hacen estudiando la cobertura forestal y el aumento de plantaciones de palma aceitera en varios países y encuentran una relación entre brotes de enfermedades zoonóticas, transmitidas por vectores, entre 1990 y 2016, en la deforestación de los trópicos, pero también en la reforestación de zonas templadas, que suele hacerse sin atender a la biodiversidad de especies.

Los autores, en este caso investigadores de Tailandia y Francia, insisten en “la necesidad de construir urgentemente un marco de gobernanza internacional para garantizar la preservación de los bosques y los servicios ecosistémicos que brindan, incluida la regulación de enfermedades”, algo que ahora más que nunca se está poniendo en evidencia con la pandemia de coronavirus.

En definitiva, bosques, comercio y salud son un trío hoy indisoluble en un desequilibrio que nos hará caer. Multiplicar 4 árboles per cápita al año por cada uno de nosotros da una cifra de vértigo para una cubierta forestal que ya ocupa apenas el 30% de la tierra de la Tierra.

Los árboles revelan que las mayores sequías en 2.000 años fueron las de 2015 y 2018


@ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTAN

Europa se seca más que en los últimos 2.100 años, cuando el Imperio Romano era el mandamás del continente y promovió una deforestación tan intensa que dejó el suelo del Viejo Continente erosionado en toda la cuenca del Mediterráneo. Ahora es el cambio climático, también generado por los seres humanos, lo que nos está secando y precisamente nos lo cuentan los árboles a los que tan poco aprecio tenía Julio César. 

Utilizando los anillos de los troncos, que son estables en isótopos de carbono y oxígeno, un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge y la Academia de Ciencias Checa, publican en Nature Geoscience esta semana el resultado de un trabajo con más de 27.000 mediciones realizadas en la República Checa y sureste de Bavaria, además de las cercanías (Alemania, Austria, Hungría, Eslovaquia…). Gracias a estos anos nos remontan en la historia, hasta el clima del año 75 a. C. Más de dos milenios atrás, en los que 21 robles vivos y 126 relictos (Quercus spp.) han sido testigos de sequías de tiempos tan remotos como la que hubo en el año 40, el 590 y el 950l 1510 d.C. También las del siglo XXI, que son las más intensas. “Nuestra reconstrucción demuestra que la secuencia de sequías estivales en Europa desde 2015 no tiene precedentes en los últimos 2.110 años. Esta anomalía hidroclimática probablemente sea causada por el calentamiento antropogénico y los cambios asociados en el posición de la corriente en chorro de verano”, señalan en sus conclusiones.

En concreto, en el trabajo utilizan dos especies de robles: el Quercus robur y el Quercus petraea, los géneros muy extendidos
en Europa central. Explican que el crecimiento del roble está limitado por la disponibilidad de humedad del suelo, sobre todo en el  período que va desde finales de primavera hasta principios de otoño. Los investigadores, liderados por Ulf Büntgen, además de los árboles vivos, recurrieron a fósiles y a madera histórica de construcciones de campanarios y torres de iglesias, así como muestras arqueológicas que extrajeron en colaboración con varias entidades comerciales durante las excavaciones. “Es la primera vez en la historia que tenemos una visión tan completa de la historia del clima en Europa y se confirma que estamos en el periodo más seco”, señala el biólogo Fernando Valladares sobre este trabajo.

Y es que en el artículo mencionan expresamente los graves impactos de las tres últimas grandes sequías europeas: la de 2003 (hubo más de 70.000 muertos por el calor aquel verano), la de 2015 y la de 2018, sobre todo en el sur del continente, donde hubo un aumento de plagas, pérdida de cosechas, límites al tráfico marítimo e incluso problemas de refrigeración en las centrales nucleares. No hay nada parecido en los dos milenios anteriores.

No es que sean las primeras… En lo que llaman Atlas de Sequías del Viejo Mundo recogen otras variaciones de sequedad y humedad antiguas y encuentran que entre la Edad Media y 1978 había sequías son interanuales y por decenios, si bien nunca hubo una tendencia a un clima seco como en las últimas décadas, sobre todo desde los años 50 del siglo XX. Las más extremas, no obstantes, fueron en 2015 y 2018. Antes de estas últimas, señalan, los más episodios más llamativos habían tenido lugar entre  los años 1490 y 1540, con un pico en torno a 1508-9. También hubo un periodo de aridez en torno a la Pequeña Edad de Hielo, en el siglo VI, un momento de grandes migraciones humanas. Siglos después, en la madera quedó registrado un periodo húmedo, en el XIII y XIV, que coincidió con la terrible Peste Negra.  Y más adelante, los anillos retrataron la llamada ‘sequía del Renacimiento’, en pleno siglo XVI, momento en el que Centroeuropa se llenó de más de 70.000 embalses y sistemas de recogida de agua para paliar sus efectos.

“Es una investigación muy interesante porque utiliza los isótopos de carbono y oxígeno para dar una visión muy completa del pasado. Conocíamos un trabajo de reconstrucción de las temperaturas de los últimos 11.000 años [se han hecho análisis con insectos semifosilizados y con sedimentos de tierra y hielo] pero no con este nivel de detalle. Lo más aproximado que había eran trabajos hasta dos siglos atrás, pero aquí usan un bio-indicador como es un árbol y la forma como vive la sequía con un detalle revelador”, señala el científico español. 

Los investigadores añaden que, en contraste con hallazgos realizados de Europa Occidental y en el occidente Cuenca mediterránea, el aumento e intensidad de las sequías en Centroeuropa no tiene que ver con grandes erupciones volcánicas. Ninguna de las cuatro erupciones históricas más grandes – la de 536 (desconocida), en 1257 (Samalas), en 1783-1784 (Laki) y en 1815 (Tambora)-, parecen haber afectado a esta zona ni haber causado variaciones de clima. Tampoco lo hicieron las 12 erupciones que ocurrieron entre el año 100 y el año 1200. De ahí que apunten a las emisiones de gases con efecto invernadero de origen en la actividad humana como causantes de las últimas grandes sequías, lo que no hace sino confirmar que el cambio climático es una realidad.

Por último, reconocen que los impactos de la circulación atmosférica y oceánica en el norte del Atlántico sobre las sequías en el continente europeo son un ámbito de estudio que todavía es muy desconocido. Así que queda mucho trabajo pendiente, y habrá que esperar a modelos simulen la variabilidad hidroclimática regional con mayor precisión, pero lo que parece claro es que los árboles y su madera son un buen termómetro de lo que está pasando en la Tierra. Además de arder cada vez en incendios más monstruosos, sucumbir a tormentas extremas (como Filomena, en España) o no prosperar en zonas donde antes si lo hacían, son cuidadosos ‘escribanos’ de lo que estamos haciendo. 

 

Frente a las presiones, nuevo manifiesto en favor del lobo ibérico


Manada de lobos en Asturias, captada por foto-trampeo. @CENSO NACIONAL LOBO IBÉRICO/ Angel M. Sánchez

La iniciativa del Censo Nacional Lobo Ibérico, con unas 500 firmas recogidas, avala la decisión del Gobierno de proteger la emblemática especie pese a las presiones recibidas

 

ROSA M. TRISTÁN

Casi 500 investigadores, asociaciones de conservación, políticos y particulares de todo el país han firmado un “Manifiesto por la Protección del Lobo”, promovido por el proyecto científico Voluntariado Nacional para el Censo del Lobo Ibérico y Evaluación del Estado de Conservación de sus Hábitats Naturales, con sede en la Universidad de Alcalá (UAH). La iniciativa se suma a la que hace unos días presentó la ONG conservacionista WWF España, que reunió a 300 científicos con el mismo fin: contrarrestar las presiones que está recibiendo el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO) para que de marcha atrás o modifique la decisión de incluir esta emblemática especie en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), medida aprobada el pasado 4 de Febrero de 2021 en la Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y la Biodiversidad. 

Desde entonces, el sector agroganadero y determinados partidos políticos han hecho bandera, a través de diferentes organizaciones, en la supuesta debacle que supone dejar de matar al Canis lupus por supuestos daños que hace al ganado,  por lo general ovejas pero también terneras, llenando las redes sociales de imágenes de hipotéticos ataques, en los que no es posible confirmar si los culpables fueron lobos o perros asilvestrados. Ayer mismo, se votó en el Congreso de los Diputados una Proposición No de Ley del PP para que pueda seguir cazándose, pero fue rechazada por mayoría de votos. Otra prueba de las presiones son declaraciones como las del ministro de Agricultura, Luis Planas, señalando que “proteger la biodiversidad no puede recaer sobre los hombros de los ganaderos“, declaraciones que contradicen la defensa de esa biodiversidad como bien común, tanto en España como en otros lugares, como la Amazonía, por otro lado muy afectada por el aumento sin control de agricultura extensiva. 

Frente a quienes aseguran que este carnívoro salvaje es “el mayor peligro para la supervivencia de la ganadería española”, como se ha declarado, las  estimaciones científicas del Censo indican que en toda la Península, incluido Portugal, habría unos 1.300 lobos, en torno a un millar en España y el resto en el país vecino. Otras fuentes suben la cifra hasta 2.000 o 2.500, si bien todos reconocen que es difícil concretar y en todo caso nada indica que es una especie que pueda ser cazada.

Esta es la razón por las que el grupo de trabajo del biólogo Angel M. Sánchez, del Proyecto Voluntariado Nacional Censo de Lobo Ibérico, lanzó un Manifiesto (que aún se puede firmar) en forma de carta a la ministra Teresa Ribera, en el que se defiende su protección, que ha tenido una gran acogida y es complementario del que promovió WWF: “Este es un proyecto de ciencia ciudadana y queríamos que la sociedad también se manifestase. Al final, muchas organizaciones se han sumado, como el Instituto Jane Goodall, FAPAS, grupos de Ecologistas en Acción, Lobo Marley y un largo etcétera. Ya lo hemos enviado a la ministra y a Hugo Morán (Secretario de Estado de Medio Ambiente)… Queremos que en temas de conservación los que decidan sean los científicos y los políticos; si incluyes a agricultores y cazadores, mal asunto. Ya tenemos un modelo ganadero insostenible. En Ávila, donde hay mucha ganadería extensiva, no se ven corzos, ni ciervos, ni jabalíes y los ríos están contaminados. Los ungulados silvestres son fundamentales para el hábitat del lobo. Lo que hay que hacer es reconstruir sus ecosistemas”, afirma Ángel M. Sánchez.

Precisamente, el manifiesto va en esa línea: “El conjunto de las organizaciones y personas firmantes agradecen al Ministerio de Transición Ecológica su apuesta firme y decidida por la recuperación de nuestros ecosistemas y la conservación de nuestra biodiversidad al conceder, a una especie emblemática y esencial de la fauna ibérica, como es el lobo, el respeto y la protección legal que sin duda merece. Confiando en que el futuro plan del lobo potencie las buenas prácticas ganaderas, descarte el control letal y se base principalmente en la conservación científica de la especie en cuanto a su indispensable papel, como súper- depredador apical, en los ecosistemas ibéricos”.

Volviendo a los números, el último censo oficial de la especie de 2014 habla de 297 manadas; como se señalaba, los especialistas coinciden es que es muy complejo tener una cifra, aunque hay estimaciones. Un trabajo de campo publicado en la revista WildLife Biology, en 2020, por científicos del CSIC y otras instituciones, indica que son grupos  de unos cuatro ejemplares en invierno y una media de 6,8 en verano, incluyendo subadultos. Lo hicieron con datos recogidos en 64 localizaciones (sumadas áreas de ambas temporadas). “Si se cuentan en verano parecen más, pero en invierno muchos cachorros mueren. Hay que hacer estudios de al menos cinco años. Hay manadas que desaparecen y resurgen años después. Como media, en toda Europa, las manadas de entre tres y cinco ejemplares, menos en zona mal conservadas y más al norte del Duero. En zonas poco estables no se reproducen todos los años. Y en España, el lobo tiene cero capacidad de dispersión porque no ‘reclutan’ jóvenes. Por ello no los hay ni en Andalucía ni en Extremadura y desaparece en Salamanca, Soria, La Rioja o Euscaki. Además, la protección es imprescindible porque hay poco flujo genético desde Pirineos, así que casi todos están emparentados. Deberían abrirse corredores ecológicos para que venga genética centroeuropea. “, señala el científico de la Universidad de Alcalá de Henares. 

Coincidiendo con el envío de este manifiesto, Ecologistas en Acción lanzaba ayer una batería de medidas que consideran que pueden permitir la coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva, unas acciones que, indican, es fruto de su experiencia con la campaña “Vivir con lobos”, en la que colaboran 50 ganaderos y ganaderas de zonas loberas. La primera de ellas es implantar ayudas públicas que faciliten la convivencia entre ganado y lobos, subvenciones para comprar y mantener mastines, que deben ser reconocidos como animales de trabajo, para hacer cerramientos con pastores eléctricos y otros sistemas y para contratar pastores. También aboga por agilizar el asunto de las indemnizaciones por daños, penalizando a los ganaderos que cometan fraude, informar de la posible llegada del lobo antes de que esté para poder prepararse y promover normativas que favorezcan el comercio de ganadería extensiva frente a la de las macro-granjas intensivas, así como dar valor social entre los consumidores a los productos que vienen de zonas con lobos. La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), los lobos matan anualmente “más de 15.000″ cabezas de ganado en España”, una cifra de la que no presentan prueba alguna y que resulta inverosímil para los lobos que hay.

En todo caso, la Ley propuesta por el Gobierno deja abiertas para el futuro la posibilidad de “algunas acciones de control de la especie” en determinadas condiciones, es decir, en zonas donde se certifiquen daños. La cuestión, señalan los expertos, es determinar el origen de esos daños y si esos daños compensan o no la gran función ecológica que realizan los lobos en la naturaleza.  A nivel mundial, el 62% de las poblaciones de fauna salvaje desaparecen, como certificaba recientemente una invstigación en Nature

Queda pendiente el debate sobre si es sostenible el modelo de mercado y nivel de consumo de carne actual, ya sea producida de forma intensiva en macro-granjas o de forma extensiva, ocupando grandes espacios. Sobre todo si, finalmente, esa carne acaba vendiéndose fuera de nuestras fronteras : en la UE y también en Marruecos, los Emiratos Árabes, Vietnam o Hong Kong, con el coste en agua, tierra, contaminación y daños a la biodiversidad en nuestro territorio que conlleva. Como colofón otro dato: el 21,4% de la carne de vaca española sale de nuestras fronteras mientras por otro lado de importa de Argentina o Brasil… ¿Nos quedamos con un planeta de vacas, cerdos y pollos y nada más? 

 

 

Okavango, un tesoro único amenazado por el petróleo


En Namibia, cerca del Delta del Okavango, uno de los lugares con más concentración de fauna salvaje del planeta. @ROSA M. TRISTÁN

Una compañía canadiense tiene licencia para explotar 25.000 kms2 en la zona del delta africano con mayor biodiversidad de vida salvaje

ROSA M. TRISTÁN

Cada vez quedan menos lugares en la Tierra tan asombrosos como el Delta del Okavango y sus alrededores, en el corazón de África. En realidad, no es un río que desemboca en el mar, como el Ebro, sino que el Kavango lo hace en una inmensa llanura por la que los cinco grandes (león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo), entre otros muchos seres vivos, corren, cazan, se reproducen y viven ajenos a un mundo que cada día les acorrala un poco más. También hay comunidades humanas. La noticia de que en las cercanías de ese majestuoso lugar se preparan explotaciones petrolíferas, por parte de una compañía canadiense, ha desencadenado una campaña internacional que pretende ponerle freno y que viene a confirmar que ningún espacio natural está a salvo por más que sea Patrimonio de la Humanidad.

El PNUMA señalaba en un informe que el 15% de las tierras del planeta están protegidas, de uno u otro modo, un porcentaje que excluye la Antártida, que es inmensa pero que, por cierto, también esconde valiosos minerales y recursos naturales, al igual que Groenlandia, la Amazonía o las selvas de Centroáfrica. 

En este caso, se trata de la compañía canadiense Reconnaissance Energy (Recon Africa), que según su página web “descubrió’ una cuenca sedimentaria en el río Kavango y ha conseguido el 90% de una licencia de explotación otorgada por el Gobierno de Namibia para un área de 25.341 km2. Cuando se hace un seguimiento, es sorprendente la cantidad de minas que los canadienses tienen abiertas por el mundo, ya sea conbre en el Congo o Zambia, oro en Perú o plata en Guatemala.

La licencia de Recon África, en realidad fue traspasada por otra empresa que la consiguió en 2015 y se suma a una segunda sobre el mismo río en el noreste de Botsuana, con otros 8,990 km2 para explotar durante un cuarto de siglo cualquier descubrimiento comercial. En total, un poco menos del tamaño de Suiza. ¿Y qué es lo que han ‘descubierto’ ? Pues un “sistema de petróleo activo’ a nueve kilómetros de profundidad en la cuenca, que dicen tiene condiciones óptimas. Seria, según los expertos, la única cuenca que aún queda por explotar a esa profundidad en el planeta y se estima que contiene 18,2 mil millones de barriles de petróleo. La comparan con la cuenca pérmica que se encontró en Texas.

Justo este mes de enero, la empresa canadiense acaba de anunciar que iniciará las consultas públicas ambientales para que se presenten alegaciones, pero informaciones en medios de la zona indican que ya han iniciado las obras paras las perforaciones de prueba en al menos en uno de los tres pozos que el gobierno de Namibia ya ha autorizado a 55 km al sur de la ciudad de Rundu y en la primera mitad de enero, según un comunicado de la empresa, comenzarán a perforar.

Como en tantas otras ocasiones la población local no ha sido consultada ante del inicio de las prospecciones. Es mas, aseguran que o tiene ni idea del proyecto, que implica cientos de pozos de petróleo. “La comunidad local está en la oscuridad, no tiene pistas sobre lo que está pasando”, denuncia en Mogaby News Max Muyemburuko, presidente de Muduva Nyangana Conservancy, “y quieren que se escuche su voz”. Muyemburuko niega contacto alguno con Recon o el gobierno de Namibia y recuerda que la población vive del turismo y los recursos naturales de la tierra, medios de vida que desaparecerían ante una contaminación por la producción de petróleo y gas, a lo que se añaden los daños ambientales. “Kavango es la única tierra que tenemos”, asegura. “Queremos guardarlo para la generación venidera”.

La respuesta del Ministerio de Minas del país africano es que las actividades de exploración de petróleo no dañarán el Okavango “de ninguna manera”, ni ningún parque nacional, y destaca los beneficios económicos que se obtendrán. Claro que si incluye parte de la iniciativa de conservación KAZA (Kavango–Zambezi Transfrontier Conservation Area), que aglutina áreas con diferente protección en varios países en torno a los ríos Kavango y Zambeze. Según las organizaciones de la zona, la mayor parte del área que cubre la licencia de exploración petrolera en Namibia se encuentra en precisamente en Kaza, en total, 520.000 kilómetros cuadrados repartidos entre Angola, Botsuana, Namibia, Zambia y Zimbabue. Allí vive la mayor población de elefantes africanos y es una de las últimas fortalezas del perro salvaje  (Lycaon pictus).

Portada del informe de Recon Africa sobre explotación en Kalahari.

Y las dos áreas de exploración de Recon Africa tanto en Botsuana como en Namibia se encuentran en gran parte dentro de la cuenca del río Kavango, que desemboca en el delta del mismo nombre, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los conservacionistas están especialmente preocupados por el impacto potencial que la perforación de petróleo y gas podría tener en los cursos de agua interconectados de la cuenca del río. “Existe una grave falta de conocimiento sobre los recursos de agua subterránea en el área objetivo de extracción de petróleo y gas”, dijo Surina Esterhuyse, geohidróloga de la Universidad del Estado Libre, Sudáfrica en una entrevista. “En Botsuana, la cuenca del río Okavango todavía es relativamente prístina, pero la exploración y extracción planificadas podrían tener graves impactos en el delta y en los recursos hídricos en Namibia y Botsuana, dos zonas de gran escasez de agua”, añadía Esterhuyse, cuya investigación se centra en el impacto de la extracción de petróleo y gas en los recursos de agua subterránea. Como en otras extracciones de recursos similares, para convencer a la población más cercana de las bondades de la actividad minera, la compañía ha anunciado que ya han acondicionado un pozo de agua potable, en una zona de gran carestía de este recurso.

A la escasez de agua, que requerírían los pozos,  investigadores y ecologistas suman el riesgo de que se contaminen los recursos hídricos, aumente la deforestación y desertificación, se incrementen los niveles de ruido causados ​​por perforaciones, afectando a personas y a la vida silvestre y haya más caza furtiva e incluso más actividad sísmica, que puede persistir mucho tiempo después de la perforación. Chris Brown, director ejecutivo de la Cámara de Medio Ambiente de Namibia, ya dijo el año pasado que un proyecto de esta naturaleza debía pasar por revisiones ambientales y procesos de permiso y Recon África asegura que habrá jornadas informativas y consultas en las poblaciones ma´s cercanas, Rundu y Nkurenkuru y sus autoridades tradicionales, pero no incluye a otras zonas más alejadas que también podrían ser afectadas y también debieran tener voz y voto.

Mapa de la zona donde está la futura explotación petrolífera

Por otro lado, los riesgos que plantea la extracción de petróleo y gas podrían ser aún mayores si se utilizan técnicas de fracturación hidráulica no convencionales, comúnmente conocidas ‘fracking’, algo que ha suscitado otra preocupación añadida tras la contratación de ingenieros experimentados en está técnica, si bien tanto Recon como el gobierno de Nambia lo han desmentido.

Llama la atención que la misma Recon Africa que quiere sacar a la atmósfera muchos miles de millones de toneladas de CO2, colaborando en incrementar el cambio climático global, afirme en su web que los camiones que se utilicen serán “eficientes, de huella limitada y ecológicos”, una etiqueta que va a dejar de tener sentido con tanto uso fuera de lugar. También lo llama que el Gobierno canadiense, muy comprometido con los compromisos del Acuerdo de Paris (recientemente anunció un sustancial aumento del impuesto de carbono para reducir un 40% las emisiones hasta 2030), no ponga cortapisas a explotaciones que contradicen estos objetivos.

Viviendas que contaminan: el reto pendiente


ROSA M. TRISTÁN

Siete millones de casas por rehabilitar para que dejen de derrochar energía. La sociedad está muy lejos de conocer y valorar lo que supone habitar en hogares con ventanas que no cierran bien, paredes que no aislan y agujeros por los que se escapa una energía que es cara, tanto para el bolsillo como para el medio ambiente. Y las instituciones tienen planes y propuestas, pero no acaban de llegar y convencer. Falta comunicación y falta formación entre nosotros, los ‘habitantes’. Esta es la principal conclusión de una jornada (Vivienda, Energía y Sostenibilidad) organizada por CECU (Confederación Española de Consumidores y Usuarios) a la que fue invitada como ‘relatora’ y en la que estuvieron presentes representantes de administraciones pero también de la ciudadanía.

Empezaré por lo más positivo. Es gran noticia la apuesta del Gobierno -que explicó Paula Santos, asesora del Ministerio de Transición Ecológica- por la eficiencia energética de las viviendas. Allí, en casa, consumimos el 30% de la energía y, por tanto, es muy positivo que por fin haya un Plan Nacional Integrado de Energía y Clima que, entre otras cosas, pretender reformar casi 500.000 viviendas en tres años para que contaminen lo menos posible. Otra cosa es cómo conseguirlo, porque de momento son muy pocos los concienciados que quieran invertir en un cambio que, efectivamente, puede ser muy bueno para el planeta, pero que ahora no ven tan claro que lo sea para sus bolsillos. Eva García Sempere, asesora en el Ministerio de Consumo, destacaba que sólo entre los jóvenes (de 25 a 35 años) se considera un aspecto positivo tener una casa menos ‘derrochona’ de energía, aunque otra cosa es que quieran gastar los ahorros en aislarla convenientemente cuando la que se tiene es vieja. Una reforma para hacerla más bonita, si. Ahora, meterse en obras para que sea más sostenible es otra cosa.

Quienes vivimos en una comunidad de vecinos conocemos bien lo difícil que resulta llegar a consensos hasta para reformas imprescindibles cuando se trata de poner dinero. Y más en tiempos de crisis. Koldo Navascués, de la asociación de consumidores EKA-CECU, en Euskadi, puso un ejemplo que resume las dificultades: “En mi edificio somos 25 hogares, con 14 ancianos de más de 70 años. En la cubierta podríamos poner paneles solares, y se revalorizaría la casa, pero son inversiones que no van a hacer. Se necesitan ayudas, y no sólo subvenciones, sino para hacer estudios, presupuestos de cada caso, porque son distintos. En general, el 90% de los edificios son anteriores a las certificaciones vigentes sobre eficiencia. No estamos preparados y según la UE para el 31 de diciembre de este año las emisiones contaminantes de las viviendas debería ser casi nula”, destacaba.

Por contra, ese mercado de la rehabilitación de viviendas para que quienes las habitan utilicen energías limpias o al menos gasten menos en sus facturas de gas y luz, sería un gran mercado que generaría muchos puestos de trabajo en la construcción, como destaca Inés Leal, de la consultora especializada Tecmared. Leal defendía que “los usuarios son inteligentes si les explican las cosas” pero también comentó que “falta valentía” para obligar por normativa a hacer las reparaciones que son imprescindibles si queremos descarbonizar nuestra vida antes de 2030: la realidad, señaló, es que ahora no hay demanda de los ciudadanos. ¿Y no habría que provocarla, como cuando nos ‘meten por los ojos’ el último modelo de coche o de ordenador?

Aurora Blanco, de la empresa Ecoo, explicó que el paso hacia una tercera revolución renovable está dando sus primeros pasos. “La primera llegó con las primeras placas solares en 2005; la segunda, con la expansión del autoconsumo en casas individuales en 2017, pero la tercera es ahora implantarse en las ciudades con ‘comunidades energéticas’, es decir, que se compartan las cubiertas de los edificios para poner placas solares y se creen redes entre vecinos”. Leal recordaba que, precisamente, en los presupuestos para 2021 (si se aprueban como están) hay 1.690 millones de euros para estos temas. Pero es un reto complejo, porque como recordaba el científico Fernando Martín-Consuegra (CSIC), “la demanda de energía hoy es tan alta que no hay azotea que soporte tanta calefacción como usamos (es el 55% de todo el consumo en el hogar), así que el primer paso sería acabar con el derroche”.

Las visiones más generalistas de la jornada las aportaron el catedrático Carlos Montes (UAM) y Fidel García Berlanga, de la plataforma Mundo Rural. Para el primero, las viviendas conforman ciudades y es fundamental que esas ciudades “sean más verdes y más humanas, porque en ese reencuentro con la naturaleza puede cambiar el estilo de vida”, mientras que Fidel mencionaba que en este camino de transición cada pueblo requiere un plan específico, en el que es importante contar con los materiales tradicionales de construcción (como el adobe, la madera…) y añadía que debe ser un cambio energético “en alianza con la conservación de la biodiversidad” y no la contra, mencionando a empresas locales, pequeñas, frente a grandes corporaciones como las que están creando la actual ‘burbuja eólica’ en algunas comunidades autónomas (recomiendo leer mi artículo en Público.es) .

Conclusión: Hay posibilidades de que nuestras viviendas sean menos contaminantes, pero vamos muy lentos. Mucho más lentos que en el mundo transporte (que ya es decir) y a este ritmo mucho me temo que llegaremos a 2050 con los indeseables 1,5ºC más de temperatura media global en la puerta. Un 1,5º que en el caso de España supondrán muchas más olas de calor, más sequías, más megaincendios, más inundaciones en Levante, más conflictos por la cada vez más escasa agua de los ríos, más gasto público que saldrá de nuestros impuestos… Y pese a todo: ¿seguiremos con nuestra casa vieja, la ventana que no encaja, las puertas sin burletes y en mangas de camisa en invierno o con chaqueta en casa en el infernal verano?

Para que algo cambie, y así quedó claro en esta jornada, hace falta invertir mucho en grandes campaña de comunicación, con datos claros que expliquen factura en mano las ventajas del cambio, y también serán precisas muchas ayudas públicas para convencer de lo que se puede conseguir poniendo placas solares en azoteas que están desaprovechadas. Y también en las de los edificios públicos (colegios, centros culturales, oficinas…), como la iniciativa que ECODES está promoviendo en un barrio de Zaragoza (El Asombrario, julio 2020).

Tampoco conviene obviar las presiones que las grandes compañías eléctricas harán a medida que este modelo avance para no perder clientes por el autoconsumo, porque a fin de cuentas la energía es el gran negocio. Pero estamos en ruta a la transición. No queda otra para afrontar este reto pendiente.

El veneno de los monocultivos, en el carro de la compra


Biodiversidad del maíz en Alta Verapaz, Guatemala… Ahora sólo nos venden del amarillo. @RosaTristán

ROSA M. TRISTÁN

Hubo un tiempo en el que la Tierra era tan biodiversa que varias especies de humanos la habitaban. Y así fue cientos de miles de años, hasta que en un pasado reciente quedó solo una y, tras un lento caminar, comenzó a domesticar cultivos. Los ‘sapiens’ cambiamos nuestra alimentación, comenzó a crecer nuestra población y sin pausa, y en el último siglo con prisa, llegamos a un nuevo ciclo en el que decidimos cambiar cada rincón del planeta: era un mundo de ‘recursos’ o, en su defecto, molestos seres vivos. En ese nuevo ciclo, el sistema creado no tiene como objetivo aquello que nos movió en nuestro pasado, COMER; de hecho, muchos cientos de millones de humanos no pueden garantizar su digna subsistencia. Nos movió, en realidad movió a unos pocos, obtener beneficios. Hoy, metidos en esa vorágine se arrasan selvas, se permite cazar impunemente cientos de lobos, se contaminan aguas de nitratos, se esquilman acuíferos de agua dulce y se socavan tierras en busca de minerales, que tampoco se comen.

Son tantos los impactos a diestro y siniestro que cada nueva investigación científica, deprime, y cada estudio de los impacto sociales que se generan, desesperan. Pero hay que saber, como me decía en una entrevista reciente el autor del libro “El planeta inhóspito’, David Wallace-Well. No podemos mirar a otro lado.

Campesinas de Kenia, cultivando té para exportar. Apenas subsisten con lo que ganan. |ROSA M. TRISTÁN

Campesinas de Kenia, cultivando té para exportar.  |ROSA M. TRISTÁN

Y precisamente ‘saber’ en profundidad es lo que movío a las tres periodistas que componen el equipo de Carro de Combate: Nazaret Castro (que vive en Argentina), Aurora Moreno (ha vivido en varios países de África) y Laura Villadiego (en Tailandia). Acaban de publicar con la editorial Akal un compendio de todo su trabajo bajo el título de “Los monocultivos que conquistaron el mundo”, un retrato de esa historia en la que un día dejamos de cultivar lo que nos daba la tierra que pisábamos para hacerlo a nivel industrial, de lo que venía de lejos, y así exportar lo que manda el ‘mercado’. Eso si, bajo ese argumento ‘paraguas’ de que aquello acabaría con el hambre en el mundo, tristemente irónico porque resulta que sigue habiendo hambre pero gran parte de esa comida ‘industrial’ (más de un 30%) va a la basura y otra gran parte a alimentar coches, no estómagos.

El libro de Nazaret, Aurora y Laura, que os recomiendo, se centra en tres de los cultivos más dañinos a nivel socioambiental: la caña de azúcar, la soja y la palma aceitera. Aportan muchos datos, y mucha historia, pero también numerosos testimonios de quienes padecen las consecuencias estos ‘mono-desastres’ de los que como consumidores no tenemos fácil escapar. “Ni siquiera los certificados de ecológico son completos si no incluyen el impacto social de usar mano de obra esclava o del cambio del uso del suelo”, como recordaba Laura.

Bien es cierto que da apuro demonizar lo poco que hay que se sale de la explotación más impune (léase, etiquetas que garantizan cierto nivel de sostenibilidad del consumo) pero los humanos somos especialistas en pensar más en el bolsillo que en las consecuencias, así que comparto la idea de que habría que mejorar un sistema para que calibre los impactos reales de los productos.

De lo que no hay duda, visto su exhaustivo trabajo de investigación, es que estos tres cultivos son tres graves problemas. Nazaret, que ha vivido en Brasil antes de llegar a Argentina, recordaba el día de la presentación que el 60% de los cultivos en el Cono Sur ya son de soja y un 90% de soja transgénica, es decir, que a su alrededor la biodiversidad de insectos y aves que comen insectos ha desaparecido… Los llaman ‘fitosanitarios’, explica Nazaret en su capítulo, pero son ‘agrotóxicos’ porque envenenan. ¿Y adónde va tanta soja? En realidad, va a alimentar al ganado (carne) cuyo consumo es cada día más exagerado y cuestionado, pero sin visos de cambiar pese a la alarma lanzada por el IPCC en su último informe. Y también va a alimentar vehículos, como biocombustible. “Pero no se exporta sola, con la soja Argentina exporta también agua, biodiversidad, nutrientes de la tierra…”, recordaba la periodista.

Lo mismo ocurre con la palma aceitera africana. Su cultivo se ha extendido por muchos países, como personalmente he podido ver en Ecuador (sobre todo en Esmeraldas), en Colombia (500.000 hectáreas hay ya en este país), en Guatemala (165.000 hectáreas)… Hoy está en casi todo lo que comemos y, además, se ‘vendió’ como un energía renovable, hasta que ocurrio lo que algunos predecían: un brutal aumento de la deforestación de bosques tropicales: Malasia e Indonesia son el gran ejemplo, pues producen el 86% del aceite de palma, pero también aumenta en Camerún. En los tres países, las selvas viajan en camiones para convertirse en plantaciones. En marzo de este mismo año, visto lo visto, la UE decidió poner medio-freno a las importaciones de este producto, pero no basta y su ‘plaga’ sigue extendiéndose a diestro y siniestro por el mapamundi.

Deforestación en Borneo @Forest News

Y qué decir de la caña de azúcar. Los ‘ingenios’ (así se llamaban las fábricas en las plantaciones decimonónicas) han generado capital desde los tiempos de las colonias europeas porque españoles, portugueses e ingleses enseguida vieron las ventajas de producir el preciado endulzante a precio de ganga con mano de obra esclava. Hoy, como señalan las autoras, es una ‘amarga dulzura’ porque es un monocultivo más en pocas manos y las condiciones de sus trabajadores siguen siendo de esclavismo. Da igual que sea en Latinoamérica o en Camboya, que de ese país también dan muchos detalles.

En todo caso, no es culpa del producto, como insisten Nazaret, Laura y Aurora. Es culpa de un sistema que premia la concentración de la producción y penaliza a los pequeños agricultores, en contra de lo que dicen los Objetivos de Desarrollo Sostenible, de lo que se defiende desde el ámbito científico, de lo que viven en el terreno los líderes sociales y comunitarios, que pierden la vida y la libertad si se niegan a entrar en ‘la rueda’, de lo que denuncian infinidad de ONGs. No es culpa ni de una caña, ni de una palmera o ni de una planta con vainas.

Pero como consumidores debemos saber lo que esconden nuestros alimentos y por ello, ese libro de Carro de Combate es necesario. Y seguir apoyando su trabajo, también.

Libro editado por Foca (Akal)