Neandertales junto al ‘Torrente del Mal”


Hallan restos de dos neandertales, un niño y un adulto, en la Cova de Teixoneres de Cataluña

Cova de les Teixoneres . @IPHES

ROSA M. TRISTÁN

La historia de las Cuevas del Toll (‘charco’, en catalán), en el municipio barcelonés de Moià, está plagada de misterios. En una de ellas, la Cova de Teixoneres, que no es otra cosa sino ‘cobijo de tejones’, han encontrado restos de al menos dos neandertales, uno de ellos una criatura de tres o cuatro años, que aún no se sabe si fueron allí enterrados u objeto de un festín caníbal. En otra, la Cova del Toll propiamente dicha, hay tantos restos de osos de las cavernas que los investigadores aún no saben cúantos son, aunque si que han averiguado que algunos fueron también menú de algún banquete, quien sabe si de los mismos neandertales que esporádicamente ocupaban la caverna vecina. Esta campaña, un nuevo fósil de neandertal, un diente, el segundo hallado en tierras catalanas y en la misma cueva Teixoneres, ha reconfirmado, por si hacía falta, que el proyecto científico de Moià tiene futuro y que queda mucho trabajo para dar respuesta a las incógnitas que surgen a cada golpe de piqueta.

Canino superior de un niño neandertal de hace 52.000 años. @IPHES

El director del proyecto, el arqueólogo Jordi Rosell, el Instituto de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), no disimula su entusiasmo con los trabajos en unos yacimientos que pueden aportar mucho al conocimiento de la especie extinta hace unos 30.000 años, lugares que tienen una historia científica con tantos altibajos como la investigación en nuestro país.

Y es que las cuevas llevaban mucho tiempo ocultas en un frondoso bosque, sobre el mencionado Torrente del Mal, riachuelo que -explica Rosell- seguramente debe su nombre  a las múltiples leyendas de magia y brujería que siempre hubo por la zona. En los años 40 del pasado siglo, esa época de la postguerra en la que la que los chavales de los pueblos tenían pocas distracciones y mucho trabajo duro en los campos, una pandilla se entretenía buscando cuevas cerca de su pueblo, cuando encontraron la del Toll, gracias al agujero por el que salía el agua del río.

Adentrándose en ella más de un kilómetro, su sorpresa fue mayúscula cuando se toparon con dos ollas de cerámica del Neolítico. Aquel descubrimiento les animó a seguir investigando y no tardaron en dar con un tapón de arcilla que había cerrado la entrada a una gran galería. Allá por 1954, a base de pico y pala, se logró abrir la boca de la cueva, a la vez que aparecían no sólo más restos de cerámica sino también los de un muerto primitivo y los de numerosos osos de las cavernas que habían escogido ese recóndito lugar para hibernar.

Fue entonces cuando el profesor Josep Fernández Villalta y otros expertos, señalaron la necesidad de hacer unas catas científicas. De hecho, la Cueva del Toll fue uno de los yacimientos presentados en el congreso de la UISPP en 1957, pero después se cerraron y cayeron en el total olvido hasta los años 70. Pero por poco tiempo. En esa década, entre 1972 y 1073, tan sólo unos arqueólogos franceses se acercaron al lugar  para excavar sus niveles neolíticos, tras lo cual volvieron a cerrarse. Para mayor desastre, en 1982, una inundación interior del río dañó las catas de los 50. Aún así, no sería hasta 1998 cuando un arqueólogo se interesó por el lugar y el Ayuntamiento de Moiá decidió aprovechar las cuevas para hacer un Parque Arqueológico. Habían pasado más de 40 años de abandono  cuando, con ese fin, en 2003 aterrizó en ellas un equipo del IPHES para iniciar las primeras excavaciones sistemáticas.

Molar superior de adulto encontrado este año. @IPHES

“En 2016 encontramos el primer diente de un niño neandertal, y este año otro más y una muela de un adulto, todos de hace unos 40.000 años. Pero lo interesante es descubrir cómo ocuparon esta zona tanto ellos como los osos de las cavernas, pues son los yacimientos más ricos de la Península en esta especie de plantígrado y la población que se ha encontrado de ellos más meridional”, explica Rosell, que codirige el proyecto con Ruth Blasco.

En un viaje al pasado, la Cueva de Teixoneres nos habla de dos momentos diferentes. Primero, hace entre 35.000 y 45.000 años, de un lugar al que los neandertales acudían a finales de la primavera o comienzos del verano. Por la zona solían moverse pequeñas partidas de caza, se hacían con  sus presas, curiosamente muchas piezas de ejemplares jóvenes o de hembras preñadas, y luego dentro de la cueva las asaban al fuego: hay un tremendo revoltijo de huesos de ciervos, uros, caballos o corzos en los hogares. Algunos son fetos. “Sabemos que traían la materia prima para sus herramientas, el sílex, de lugares a más de 30 kilómetros, desde la costa hacia el interior. Paraban, comían y se iban. No se quedaban”, señala Rosell.

Herramientas de neandentarles, con diferentes materiales. @IPHES

Pero los investigadores siguieron profundizando… y ahora ya están en un nivel de hace 52.000 años. En aquel entonces, los habitantes neandertales de la caverna si eran autóctonos, usaban el cuarzo que hay en los alrededores y  habitaban con mucha frecuencia el refugio junto al ‘Torrente del Mal” en un gran espacio: el yacimiento tiene más de 400 m2  y la zona que habitaron fue de unos 100. Es allí donde el pasado año apareció el primer diente de leche de una criatura humana. “Pensamos que debe estar todo el niño pero son huesos tan pequeños y rotos, y tan mezclados con otros, que es difícil distinguirlos de los otros animales”, reconoce el arqueólogo. José María Bermúdez de Castro, investigador del CENIEH y experto mundial en dientes, les dejó claro que la pieza era infantil pero que no se había caído, como el común a esas edades, sino que había sido arrancada.

De momento, tienen tres hipótesis de trabajo: una, que aquello fuera un cubil de hienas (que lo fue también) y el niño o niña fuera devorado por uno de estos carnívoros, si bien es poco probable porque las hienas buscan la oscuridad y se halló cerca de la entrada; la segunda, que fuera un enterramiento neandertal; y la tercera, que fuera un acto de canibalismo: los neandertales se comieron al niño como a los otros animales. “Aún es pronto para saberlo pero estamos intentando identificar más fósiles humanos con técnicas modernas”, apunta Rosell.

Cuevas del Toll, parte visitable. @Patronato del Museo de Moià

En la campaña de Agosto de este año, mientras las autoridades de Moià ofrecían un refrigerio a la treintena de personas que excavaban en las cuevas, y celebraban el hallazgo de otro diente de niño (posiblemente del mismo, pero no se sabe), unas jóvenes se acercaron radiantes con otra pieza dental entre sus dedos: un molar de un homínido neandertal adulto, hallado a escasa distancia de los anteriores. “¡Imagina la alegría general! Ya tenemos al menos dos individuos, los únicos neandertales encontrados en Cataluña en una excavación sistemática”.

Al mismo tiempo, en la Cueva del Toll también se trabaja con intensidad cada verano. Las cerca de 30.000 personas que cada año se acercan a conocerla -fue acondicionada con este fin- no interfieren en las excavaciones de un lugar que acoge espectaculares fósiles de osos de hace unos 50.000 años, pero en el que, además, han hallado herramientas musterienses y huesos con marcas que indican que los vecinos neandertales no hacían ascos a su carne. ¿Aprovechaban cuando estaban hibernando para matarles a lanzazos? ¿Carroñeaban los osos que morían en el lugar? De momento son algunas de las preguntas pendientes de respuestas.

Ahora toca restaurar lo encontrado, clasificarlo y estudiarlo. Todo indica que los alrededores del ‘Torrente del Mal” no eran mal lugar para los neandertales.

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José Latova: el investigador de la luz en el Arqueológico


ROSA M. TRISTÁN

Si por algo me resisto a dejar mi profesión, pese a tantas trabas como hay en el camino, es porque me permite conocer a personas de la talla de José Latova, más que un fotógrafo, un investigador de la imagen, un científico de la luz. Hace cinco años que nos encontramos en Luxor (Egipto), en las excavaciones del Proyecto Djehuty en las que trabaja desde hace años con el egiptólogo José Manuel Galán. Estábamos muy lejos de nuestro entorno habitual en Madrid, donde acaba de inaugurar una exposición de su obra en el Museo Arqueológico Nacional con más de 100 fotografías, audiovisuales y hasta un interactivo que permite pasearse 360º por algunas piezas especiales. Hasta mediados de agosto hay ocasión de verla, y disfrutarla.

Javier Trueba, José Latova, José Manuel Galán, Asunción Rivera, Pía Frade, David García, Kamal Helmy, José Miguel Parra y Gema Menéndez, el Proyecto Djehuty al fondo, en una imagen de Latova. @ROSATRISTÁN

Y es que Pito Latova (como le llaman los amigos) lleva 40 años retratando el Patrimonio Nacional, es decir, nuestros tesoros del pasado. Nadie como él ha estado presente en tantas excavaciones arqueológicas con sus cámaras a cuestas para documentar los trabajos con una precisión y belleza que no pueden dejar indiferente. Si no hubiera sido por  él, no dispondríamos hoy de las imágenes de gran parte del proceso de trabajo que ha llevado a hallazgos en Altamira (cuyo ‘Techo de los Polícromos’ preside una de las salas), en Atapuerca, en Luxor (Egipto) y en toda la Península Ibérica, por donde ha buceado en cuevas, abrigos, ruinas y museos. Ahora, esas  imágenes nos miran desde las paredes del Museo Arqueológico Nacional, que por cierto ha tenido que recurrir a la Bolsa de Madrid para financiar la muestra (de ahí que figure su logo).

Dice el MAN en su web: “Latova ha aportado a la fotografía arqueológica soluciones técnicas y fotográficas punteras, como el uso y aplicación de la tecnología digital, de la fotogrametría, o de los escaneados tridimensionales y el análisis y toma de imágenes multiespectrales, que se aplican en la actualidad en proyectos de investigación del arte rupestre, restauración, conservación preventiva”. Cierto, pero es que además su pasión por la ciencia le ha llevado más lejos: a aplicar esas técnicas para descubrir lo oculto, como las 450 pinturas rupestres que escondía la cueva cántabra de El Castillo, o que la cueva de Altamira era un 20% más grande de lo que se creía.

Con Pito y con Luciano Municio, conocí el arte rupestre que se escondía en la Cueva de la Fuente Nueva (en Segovia), uno de los lugares más sorprendentes que he conocido, pero también que todas las cuevas de la Meseta esconden otros cientos de obras de arte primitivas que sólo el empeño de este fotógrafo ha sacado en parte a la luz.  Y digo en parte porque, pese a su valía, es un proyecto que ha tenido que abandonar por falta de fondos. Municio, por cierto, que estuvo en la inauguración, me comentaba que la Fuente Nueva se ha inundado este año (tampoco se pudo trabajar en ella por falta de dinero)  y está a la espera de poder entrar a ver lo que se ha perdido…

Extraña forma de sujetar una pieza en un museo, que documentó Latova con su cámara.

Desde luego, no podían faltar los miembros y ex miembros del equipo del Proyecto Djehuty, que tiene un gran espacio dedicado en la exposición. Es uno de los grandes proyectos arqueológicos de España en el extranjero, de esos por los que merece la pena apostar sí o sí, y que dirige José Manuel Galán. Triste ver que algunos arqueólogos de la talla de Gema Menéndez han tenido que dejar su trabajo y no encuentran donde seguir ejerciendo. Otros, como Pía Frade, siguen en la brecha. Y los hay que se dedican a escribir libros, como José Miguel Parra, que acaba de publicar “Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto”.

Sobre el mundo de la Arqueología recibí otra buena noticia: el documentalista José Manuel Novoa va a hacer una serie en TVE sobre los más importantes yacimientos arqueológicos en la Península Ibérica. Desde luego, excelente novedad para quienes estamos cansados de programas de cocina, citas a ciegas, faranduleo y casposidad. Un poquito de ciencia entretenida, como la que nos ofrece Novoa desde hace años (más fuera del país que dentro) suena de maravilla.