200 científicos revelan que la Amazonía y otros bosques tropicales se secan


ROSA M. TRISTÁN

Hay unos umbrales para los seres vivos más allá de los cuales la vida es imposible. Y no hay retorno posible. Ese es el punto al que están llegando los bosques tropicales debido a unas temperaturas máximas diarias que ya están situándose por encima de los 32,2ºC, según un reciente estudio publicado en la revista ‘Science’ , en el que han participado 178 instituciones de todo el mundo. A esas temperaturas, aseguran casi 200 investigadores de cuatro continentes, los árboles pierden el carbono que almacenan más rápidamente, no ya porque a más calor más riesgo de incendios, que también, sino por la propia fisiología de una vegetación que evolucionó en zonas donde las olas de calor eran esporádicas y las lluvias más continuas.

Los científicos que publicaban estas conclusiones señalan la urgencia de tomar medidas inmediatas para conservar estos bosques tropicales y estabilizar el clima global. Y lo explicaban así: el dióxido de carbono, como sabemos gas de efecto invernadero, es absorbido por los árboles a medida que crecen y se va almacenando como madera. Pero cuando se calientan demasiado y se secan (como cualquier planta) van cerrando los poros de sus hojas para ahorrar agua, algo que han comprobado que les impide absorber más carbono. Al morir, vuelven a liberar ese carbono almacenado a la atmósfera. Un dato a no olvidar es que los bosques tropicales contienen aproximadamente el 40% de todo el carbono almacenado por las plantas terrestres.

Vista aérea del bosque tropical en la Isla Barro, Panama. @Smithsonian Tropical Research Institute

Para este estudio, los investigadores midieron la capacidad que tienen a gran escala porque  “crecen en una amplia gama de condiciones climáticas”, según explica Stuart Davies, director de los Observatorios de la Tierra Global del Bosque del Smithsonian (ForestGEO), una red mundial en la que participan 70 espacios de 27 países para realizar estudios forestales. En esta investigación participan, además,científicos de Brasil, Ghana, Liberia, Congo, Colombia, Venezuela… “Queríamos evaluar su resistencia y sus respuestas a los cambios en las temperaturas y explorar las implicaciones de las condiciones térmicas, lo que es algo muy novedoso”, señala Davies, del Instituto Smithsonian. 

En la actualidad, el almacenamiento de carbono en los árboles en casi 600 lugares en todo el mundo se conoce gracias a diferentes iniciativas de monitoreo, como RAINFOR, AfriTRON, T-FORCES y la mencionada ForestGEO. En este caso, con el equipo de investigación dirigido por Martin Sullivan de la Universidad de Leeds y la de Manchester, primer firmante del trabajo, se monitorearon más de medio millón de árboles de 10.000 especies en un total de 813 áreas de bosques tropicales. En total, hicieron más de dos millones de mediciones del diámetro de estos árboles en 24 países distintos. 

En su análisis posterior, detectaron grandes diferencias en la cantidad de carbono almacenado por los bosques tropicales en América del Sur, África, Asia y Australia. Los de Sudamérica, fundamentalmente la Amazonía, según sus conclusiones almacenan menos carbono que los bosques del Viejo Mundo, tal vez debido a las diferencias evolutivas en las especies de árboles. También encontraron que los dos factores que predicen cuánto carbono pierden los bosques son la temperatura máxima diaria a la que están sometidos y la cantidad de lluvia que reciben en las épocas más secas del año. La buena noticia es que estos bosques siguen almacenando altos niveles de carbono aún cuando hace calor y que se pueden adaptar a las altas temperaturas, pero la mala es que tienen un umbral crítico de tolerancia, que es un máximo de 32ºC durante el día. El aumento de la temperatura en las noches lo llevan mejor…

Como explican en ‘Science’, a medida que las temperaturas alcanzan los 32,2ºC, liberan el carbono que almacenan mucho más rápido. Y predicen, además, que los bosques de América del Sur serán los más afectados por si no frenamos el calentamiento global porque, de hecho, las temperaturas allí ya son más altas que en otros continentes y las proyecciones de futuro también son más altas para esta región. Steve Paton, director del programa de monitoreo físico de STRI, señala que en 2019 ya hubo 32 días con temperaturas máximas de más de 32º en una estación meteorológica en Panamá y un primer vistazo a sus datos indica que los días excepcionalmente calurosos se están volviendo más comunes.

¿Y qué puede pasar? Pues, por un lado, el aumento de carbono en la atmósfera puede exacerbar el calentamiento pero, por otro, los bosques podrían adaptarse a temperaturas más altas, es decir, podría pasar que las especies de árboles que no pueden soportar el calor mueran y sean reemplazadas gradualmente por otras más tolerantes. Lo que pasa es que eso puede llevar varias generaciones humanas y no tenemos tiempo para tanto. Además, habría que mantener los bosques intactos, cuando estamos en la senda de la deforestación y los incendios.

El autor principal de este gran estudio global, Martin Sullivan, insiste sobre el hecho de que los bosques tropicales “son sorprendentemente resistentes a pequeñas diferencias de temperatura” y que podrían continuar almacenando una gran cantidad de carbono en un mundo más cálido, pero también en que eso pasa porque tengan tiempo para adaptarse y, sobre todo, no alcanzar esa frontera de los 32ºC, algo a lo que parece que se acercan cada día un poco más: “Si llegamos a temperaturas promedio globales de 2°C por encima de los niveles preindustriales, casi tres cuartas partes de los bosques tropicales estarían por encima de ese umbral y cualquier aumento adicional conduciría a pérdidas rápidas del carbono forestal que acumulan”, augura. La cuenta para la vida en la Tierra sería muy negativa: el carbono que liberarían los bosques a la atmósfera por la muerte y descomposición de los árboles sería mucho mayor que el que captan por su crecimiento.

Para Jefferson Hall, también coautor del trabajo y director del Proyecto Agua Salud del Smithsonian en Panamá, la solución pasa por conservar y por encontrar nuevas formas de restaurar la tierra ya degradada, como es plantar especies de árboles que ayuden a que los bosques tropicales sean más resistentes a las realidades del siglo XXI. Es lo que se hace desde este proyecto que busca especies nativas que pueden utilizarse para administrar el agua, almacenar carbono y promover la conservación de la biodiversidad en ese punto crítico que es Panamá, donde se conectan América del Norte y del Sur. Curiosamente, por culpa del COVID-19, se ha suspendido por primera vez en 40 años el monitoreo de su estación de investigación en la isla panameña de Barro Colorado.

Desde Brasil, Beatriz Marimon, de la Universidad Estatal de Mato Grosso, destaca que “cada aumento de un solo grado por encima de este umbral de 32ºC  libera cuatro veces más dióxido de carbono que el que se hubiera liberado por debajo del umbral” y lanza un mensaje sobre la imperiosa necesidad de “proteger y conectar los bosques que quedan”. Lo hace desde un país amazónico donde últimamente la deforestación ha aumentado su ritmo de destrucción un 54% en sólo 10 meses y donde el fuego ya campa a sus anchas. 

Amazonía: NO TODO VALE


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Fernando Trujillo, en el Amazonas, con un delfín rosado.

ROSA M. TRISTÁN

No todo vale para salvar la Amazonía. Y, a la vez, la estamos perdiendo… poco a poco, ante la indiferencia general. Perdemos sus árboles, la biodiversidad de sus ríos, perdemos las gentes que la habitan y no quieren saber nada de nosotros, porque no les interesa nuestra forma de vida. Y ahí estamos, quietos. Sin mirar para no ver.

Yo el otro día me asomé a una ventana. Y descubrí el documental ‘Río Abajo’, de Mark Grieco, un cineasta independiente norteamericano que ya se hizo famoso con su película sobre el impacto de una minera canadiense en Colombia, ‘Marmato’. Ahora, de la mano del biólogo colombiano Fernando Trujillo, se adentraba en el dilema de si todo vale para salvar a una especie de la depredación humana. En concreto, el delfín rosado que habita los ríos amazónicos, el boto como le llaman en Brasil, y que hoy es carnaza para un pez carroñero, la dañina piracatinga, mota o blanquillo, según estemos en Brasil, Colombia o Bolivia. Unos 1.500 ejemplares de delfin rosado son muertos cada año porque para las comunidades que habitan a orillas del Amazonas, este hermoso mamífero es su herramienta para ‘pescar’ el pez omnívoro que les sacó de la miseria.

La UICN calculaba en diciembre pasado que los delfines rosados podrían desaparecer en tan solo 50 años porque cada década su población disminuye entre un 30% y un 50%, otra especie más en crisis por un sistema, hoy descontrolado, que nos lleva a la deriva.

Trujillo, que durante 30 años ha investigado la especie, ahora a través de su Fundación Omacha, quería acabar con las matanzas, pero…. ¿todo vale? En la Asociación de Amigos del Manatí (AMPA) en Brasil, por cierto patrocinada por la petrolera Petrobras, según se desprende del documental, no se hicieron la misma pregunta. Y contactaron con Richard Rassmusen, un famoso presentador a lo Frank de la Jungla (sin palabras), de programas sobre naturaleza (y con ocho demandas judiciales por delitos ambientales) que se comprometió a conseguir las imágenes de un asesinato de delfín rosado para que fuera prohibida la pesca de piracatinga en su país. “Basta de bla, bla , bla… Hay  que actuar”, afirma en la película.

Arauca 2010

Y Richard se fue a unas comunidades amazónicas y pagó a unos pescadores y les animó a matar a un ejemplar, una hembra embarazada de delfín rosafo, para poder grabarlo con su cámara. “¿Pero no lo publicarán, verdad?”, le pidieron los comunitarios. Pero si. Lo publicaron. AMPA envió el vídeo al programa de televisión estrella del país y se aprobó una moratoria y las comunidades se quedaron sin una alternativa para seguir viviendo, acusados además por el resto de aldeas vecinas de ser los culpables de aquello,  amenazados por los intermediarios por haberse prestado a algo así. “Al pagar para grabarlo, en mi opinión traspasó la línea ética, aunque no lo hizo por su imagen porque hasta dos años después no se supo que él estaba detrás de aquel vídeo”, recordaba hace unos días Trujillo durante el estreno de “Río abajo” en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Trujillo reconoce que el objetivo ambiental se consiguió, aunque aún se matan botos, pero recuerda también que en la Amazonía viven hoy 34 millones de seres humanos, de los que 3,5 millones son indígenas. Y no olvida que otras amenazas que disminuyen la pesca de otras especies, como son las grandes hidroeléctricas, la minería, los cultivos de soja. “El pescador amazónico jamás habría tenido interés en la mota, pero era lo que le pedía el mercado. Y aún lo siguió pidiendo en Colombia hasta hace dos años y aún se consume en Bolivia”.

El biólogo descubrió, además, que esa especie carroñera, de la que se consumían en su país 1.300 toneladas al día, acumulaba índices de mercurio que estaban minando la salud humana en silencio. Aquella investigación también a él le supuso amenazas de muerte en la Amazonía, en países (Brasil y Colombia) donde casi cada día matan a un defensor o defensora de derechos. Muchos ambientales. Tuvieron que pasar dos años para que, en 2017, el Gobierno de José Manuel Santos aprobara una veda permanente para la mota que protegiera a su población y de paso a los delfines rosados.

Pero Fernando Trujillo sabe que son necesarias la alternativas, porque sin ellas no hay futuro para el Amazonas. Opciones que no están en esa pesca carroñera, pero tampoco en las minas, que vierten más de un kilo de mercurio por kilo de oro conseguido, ni en las hidroeléctricas, de las que hay 178 grandes en marcha y otras 270 en proyectos en la región. “¡Sólo dejarán tres ríos libres en el Amazonas! Sin migraciones tampoco habrá peces. Morirán en las turbinas mientras los amazónicos no verán esa electricidad”, denunciaba en Madrid.

No, él defiende proyectos locales de acuicultura con especies nativas, cultivos orgánicos, incluso un turismo sostenible en el que la belleza sea el imán, pero cuidando que no genere destrucción. ¿Utopía estando en manos de dirigentes como Jair Bolsonaro o Iván Duque? Realmente, no son tiempos para el optimismo.

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Miembros de la FUNAI con los indígenas korobo no contactados, el pasado mes de marzo. FUNAI

Río más abajo, las cosas tampoco son mejor. En Brasil, los indígenas hoy sedentarizados en comunidades agrícolas, entran en tensión con los indígenas no contactados, cada vez más acosados por presencias que no quieren. Estos días, la Fundación Nacional del Indio ( Funai ) ha explicado que tuvo que salir de expedición para localizar a un grupo de aislados korubo que podían tener un conflicto con otros de étnia matis en el entorno del río Coari, afluente del Amazonas. Ya en 2014-2015 hubo guerra entre ambos y varios korubo, que no llevan armas de fuego, murieron en los enfrentamientos. Otros se quedaron con los matis a vivir, pero cuatro años después querían un reencuentro con los suyos. ¿Cómo hacerlo sin que resultaran de nuevo afectados?

Finalmente, la expedición de FUNAI salió desde el Río Ituí compuesta por 30 personas. El pasado 19 de marzo, encontraron en total a 34 korubo de tres familias, con dos embarazadas y tres bebés. Lo primero fue vacunarles, como marca el Programa Nacional de Inmunización para Indígenas, y luego propiciaron el encuentro. 

Pero si la FUNAI aún guarda como lema el no contacto que propició Sydney Possuelo, que por cierto me cuenta que sigue activo y al que espero reencontrar algún día, otros no tienen tantos reparos . Después de que Bolsonaro tomara el poder, decenas de hombres armados han asaltado aldeas en reservas indígenas, como la de de la tribu Uru-yo-wau-wau, animados por los discursos de su presidente, que recordemos está en el poder gracias al apoyo de las fortunas del agronegocio.

No, no todo vale. Con la Amazonía perdemos todos.