Luis Arranz: Un encuentro único con dos gorilas gemelos en el corazón de África


-El biólogo Luis Arranz dirige el Parque Nacional de Dzanga Sangha en República Centroafricana, una de las pocas selvas vírgenes del planeta

-Apenas 8.000 pigmeos baaka se mantienen en una región afectada por la deforestación y amenazada por el furtivismo de traficantes de marfil

-Retrata para este Laboratorio la realidad de un continente donde el expolio de especies salvajes continúa imparable.

El parque le ‘recibió’ tras el nacimiento de dos gorilas gemelos, un acontecimiento especial.

ROSA M. TRISTÁN

Inguka e Inganda son gemelos. Y viajan sobre el lomo de su madre. Son bebés gemelos de gorila, una extraña circunstancia para todos los primates (en el caso humano, hasta la llegada de la inseminación artificial). Inguka e Inganda nacieron en enero de 2016, así que apenas tienen un año. Aún no pueden defenderse en la vida solos. Su padre es un impresionante macho de espalda plateada llamado Macumba. Toda la familia vive en la reserva Dzanga Shanga (República Centroafricana), 4.000 kilómetros cuadrados de selva virgen en la frontera de este país con Camerún y la República del Congo. Allí también habita desde hace unos meses,  el español Luis Arranz, director de este gigantesco espacio gestionado por WWF. También lo hacen sus vecinos, los pigmeos, que llevan miles de años adaptados a vivir en las frondosos bosques tropicales que desaparecen por doquier. “Realmente es un pueblo fascinante”, asegura Arranz en una conversación por Skype en la que se escuchan de fondo extraños sonidos de la naturaleza difíciles de identificar. La selva llega a través del altavoz en todo su esplendor.

Hace ya muchos años que Luis Arranz anda ‘vagabundeando’ por África. Guinea Ecuatorial, Chad, República Democrática del Congo y ahora República Centroafricana. Hoy, en su nuevo destino se encuentra feliz. “Aquí no hay tanto furtivismo como en otros parques nacionales que he dirigido en África, al menos de momento. Estoy aterrizando, esperando a que la familia venga a vivir conmigo ahora que veo que todo está tranquilo. Pero ya he comprobado que esto es impresionante. Un gran bosque tropical del que los pigmeos tienen un conocimiento sorprendente”, explica al otro lado de la pantalla.

A finales del año pasado, aún andaba por el centro de Madrid con destino incierto, en un interludio de poco más de un año tras su salida del Parque Nacional de Garamba (RDC) en 2015, un lugar que le dejó una tremenda huella. Allí fue testigo de cómo los furtivos tiroteaban a sus rangers, rescató a niños torturados que huían de la guerrilla ugandesa para toparse con los leones del parque, se topó con animales asesinados. Ahora , vecino de Igunka, de Inganda, de Macumba… sólo piensa en poner Dzanga Shanga al mismo nivel que el Parque Nacional de Virunga (Uganda) , donde miles de turistas se pelean cada año por ver de cerca esa mirada humana de esos lejanos ‘primos’ de los que nos separamos hace 10 millones de años pero con los que aún compartimos un 15% de nuestro genoma (más que con los chimpancés).

En realidad, habitan en lo que es una impresionante selva repartida entre tres países. Al parque que dirige el biólogo canario, se suma la reserva camerunesa de Lobeke y la congoleña de Nouabalé-Ndoki. “Es increíble la fauna que hay. He visto más animales en una tarde que en Guinea Ecuatorial en 14 años. ¿Elefantes? Pues es difícil hacer un censo porque son de bosque, pero una investigadora americana que trabaja aquí desde hace 25 años identificó en su día más de 4.000 y en un nuevo recuente lleva ya unos 2.000. Me intriga ver este parque tan tranquilo, cuando en otros países del entorno hay tanto furtivismo”.

Desde luego, pocos lugares se conocen en los que uno pueda encontrarse cada día con algunos de los escasos 5.000 ejemplares de gorilas silvestres que hay en el planeta. En Dzanga Shanga, explica Arranz, tiene ya cuatro grupos habituados a los humanos, es decir, que se dejan ver sin atacar ni salir huyendo, lo que para Arranz es un imán para quienes desean disfrutar de su visión sin aglomeraciones. “Al año vienen unos 200 turistas, pocos porque para llegar hay que venir desde la capital, Bangui, a varias horas en coche, o desde Yaundé (Camerún) con una avioneta. Pero esa cifra quiero que aumente”, asegura, “para garantizar su conservación”.

Hasta que la deforestación llegó a las fronteras de la reserva, los pigmeos baaka habitaban el bosque y los sangha sangha vivían del río Sangha prácticamente como hace miles de años, integrados plenamente en la naturaleza. “Pero se abrió la carretera para sacar madera, empezaron a llegar bantués y ahora ya son la mitad de la población. Los baaka poco a poco van perdiendo sus tradiciones, se van sedentarizando; vivir en la selva es duro, así que prefieren vivir cerca de los poblados. Ya son pocos los que pasan meses en el bosque, aunque entre las zonas de parques hay amplias zonas que les han dejado para que vivan y cacen al modo tradicional, como desde hace miles de años”, apunta Luis.

Uno de los proyectos del Parque Nacional que más le entusiasma tiene que ver con ellos: el programa Dima-Kali (bosque, en baaka, y río, en sangha) . “Se trata de que los mayores enseñen a los jóvenes las costumbres de una étnia de la que quedan  entre 7.000 y 8.000 en este territorio. Con ellos, desaparece su conocimiento del bosque, su habilidad de subir a los árboles a coger miel, su forma de hacer cabañas en media hora, sus técnicas de pesca… Por ello tratamos de que perduren”, señala el biólogo. “Es fascinante como conocen el bosque, como identifican todas las plantas medicinales, el comportamiento de los animales. Saben exactamente por donde pasan y cuándo. De hecho, muchos trabajan con nosotros en los seguimientos a gorilas”.

Per la deforestación en el extrarradio del parque que menciona, no sólo ha traído a étnias de fuera. Para Arranz abre la puerta a  un peligro en el horizonte: “La tala va trasladando a los elefantes, gorilas y otros animales hacia el sur, así que tendremos más animales, pero me temo que un día los furtivos no los encontrarán vendrán aquí a matarlos”, augura.

Luis Arranz, en Dazanga Shanga. Entre elefantes…

De momento, reconoce que lo único que echa en falta es volar. En Garamba cada día cogía su avioneta para recorrer la inmensa sabana, pero en una selva frondosa no tendría sentido. “Aquí hay salinas y agua y es fácil ver elefantes, rinocerontes, iloceros. Van y vienen para beber. eEn Zacouma [Chad] era sahel, más desértico, y también en Garamba, con más espacios abiertos para ver, pero estaban los furtivos, había tiros cada semana. Aquí nunca los ha habido, aunque los guardas están poco armados y si llegaran podría ser un desastre, por ello hay que prepararse”, asegura.

Su gran reto ahora es “dar a conocer el Dzanga Shanga a los turistas”. “También debemos trabajar más con los pigmeos, mejorar la educación ambiental en la zona y, a nivel de conservación, formar a los guardas. En Zakouma, cuando me fui en 2007 había 3.885 elefantes y era buena cifra; ahora quedan 500. Se cargaron casi todos. En Garamba en años 60 había 15.000 y el último censo eran 2.000. Aquí queremos que no bajen. Es triste y deprimente cuando ocurre. El comercio de marfil cada vez se paga más y mientras no se corte el tráfico en Asia y Europa, nada que hacer. No hemos acabado con tráfico drogas, ni de armas, ni de mujeres, ni de esto. Hay que prohibir exportación de marfil. Es inmoral pero el precio kilo de rinoceronte pasó al precio de kilo de oro en 2016. Y eso les proporciona a los furtivos helicópteros, armas, de todo. Otro ejemplo: ya no nos queda un rinoceronte blanco del norte en libertad. Ni uno. De hecho, se llevan rinocerontes a reservas en Australia porque creen que es la única forma de salvarlos, ahora que quedan unos 15.000. En países como Kenia o Tanzania, incluso en el Parque Nacional de Kruger (Sudáfrica) se los están cargando, al ritmo de dos al día. Creen que si la situación cambia en el futuro en África se podrá reintroducir de nuevo”.

El retrato de Arranz es desolador: ” Ahora se han puesto de moda los pangolines y los están matando. Dicen que sus escamas curan enfermedades, en medicina asiática fundamentalmente. El otro día en Camerún descubrieron un contenedor con toneladas de escamas de pangolines”.

“Animo a todo el mundo a venir porque sitios así, os digo que en unos años no van a quedar. Llegará un día que a este ritmo no veamos elefantes, gorilas, pigmeos… Venid si os gusta  la naturaleza. Discotecas no hay”.

 

Los fármacos ‘falsificados’ que intoxican en África


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Puesto callejero en el que se venden fármacos en Senegal. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Una investigación publicada en la revista The Lancet Global Health (17 de enero de 2017), y divulgada por Médicos Sin Fronteras (MSF) ha revelado que entre finales de 2014 y 2015, más de un millar de personas en el remoto distrito de Ituri (República Democrática del Congo, RDC) fueron intoxicadas por fármacos que eran falsificados o que tenían mal su etiquetado. En  concreto, los médicos, sin saberlo, les estaban suministrando un tratamiento contra la esquizofrenia en lugar de un medicamento contra la ansiedad o los trastornos del sueño, patologías extendidas en una zona azotada por una guerra civil desde 1997, donde proliferan los casos de ‘niños soldados’ y una minería del oro que solamente genera miseria y destrucción.

En ese contexto, fue a finales de 2014 cuando comenzaron a llegar a los centros de salud de Ituri personas con el cuello rígido y con contracciones musculares incontroladas que alertaron a los profesionales de la ONG MSF y del Ministerio de Salud congoleño. De los 930 pacientes con los síntomas, 11 acabaron muriendo, entre ellos cinco menores de cinco años. Por los síntomas, al principio pensaron que se trataba de un brote de meningitis, pero más tarde comprobaron que se debía a que habían ingerido una sustancia tóxica.

El pediatra Nicolas Peyraud, examinando a un niño en Berberati, República Centroafricana. @MSF

MSF Paediatrician Nicolas Peyraud examining kid at Berberati Regional University Hospital

¿Cómo lo descubrieron? Algunos facultativos detectaron síntomas de intoxicación (como son espasmos faciales o retracción de la lengua) en los enfermos, por lo que decidieron analizar algunas muestras de su orina y también de los 39 medicamentos que eran prescritos con más frecuencia en las farmacias de Ituri. Para sus sorpresa, detectaron un compuesto farmacológico denominado haloperidol, un antipsicótico que se emplea para tratar la esquizofrenia, pero en unos comprimidos que se vendían como diazepam.  “El diazepam se usa generalmente para tratar una serie de patologías relacionadsa con la ansiedad y convulsiones, pero en la región de Ituri su uso está aún más extendido. Con mucha frecuencia, los pacientes reciben este fármaco para tratar una amplia gama de enfermedades, desde trastornos del sueño a dolores de cabeza e incluso malaria”, explica Nicolas Peyraud, pediatra de MSF. Por contra, el haloperidol causa reacciones distónicas graves.  “Aunque estas contracciones musculares del rostro, los ojos, la lengua, el cuello o los brazos rara vez suponen un riesgo para la vida, a menudo causan angustia, pánico y vergüenza para los pacientes”, afirma el Dr. Peyraud de MSF.

Los investigadores descubrieron que los fármacos falsificados se comercializaban en botes bajo dos nombres comerciales: AGOG “Centaur Solina” y AGOG ‘Diazpam’. En África es muy frecuente que los medicamentos se entreguen por unidades a los pacientes, lo que abarata el coste. En este caso, los investigadores detectaron que en Uganda y otros países de la región también se estaban distribuyendo ambos productos y que había relación con una empresa de la India llamada  AGOG Pharma Ltd, si bien sus responsables señalaron que no fabrica diazepam, sino haloperidol en ampollas etiquetadas como “AGOHAL, Haloperidol tableta BP 10 mg”. La otra empresa india relacionada con esos nombres, Centaur Pharmaceuticals (Mumbai), confirmó, a su ve, que ellos si fabrican diazepam, pero no el otro compuesto.  Está claro que alguien falseo ambas marcas, si bien no se señala al culpable.

El estudio de Lancet recuerda que la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe de 2010, ya detectó que de los 26 reglamentos sobre medicamentos en países africanos, 14 carecían de un programa de control de la calidad. De hecho, no hay más que viajar por África para comprobar cómo las medicinas se venden en cualquier puesto callejero, expuestas al sol o la lluvia, sin ningún tipo de prospecto ni control. “La existencia de medicamentos deficientes daña tanto a pacientes individuales como a sistemas de salud en su conjunto. Los débiles sistemas de regulación de los medicamentos, combinados con sanciones inadecuadas, corrupción y fronteras porosas, exponen a especialmente a comunidades pobres, extremadamente vulnerables, a fármacos tóxicos y de mala calidad.Hay una gran necesidad de apoyo nacional e internacional para la autoridades reguladoras de medicamentos  en países económicamente pobres. Este brote toxicidad grave debe ser un llamado de atención porque todo el mundo tiene derecho a recibir medicamentos de calidad”, denuncian los autores de este trabajo.