La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

El tráfico de especies acaba con el 62% de las poblaciones de fauna salvaje


Una investigación internacional revela cómo el comercio de especies salvajes afecta a la biodiversidad

Trampas de animales salvajes requisadas y expuestas a la entrada del Parque Nacional Hlane, en Swazilandia. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

A la entrada del Parque Nacional de Hlane, en Swazilandia, una amalgama de alambres recibe a los visitantes. “Los tenemos aquí para que todo el mundo vea la terrible cantidad de caza furtiva,  incluso en espacios protegidos”, me contaba hace unos años uno de los guardas, en uno de los pocos lugares donde se pueden rinocerontes blancos, presas codiciadas para el comercio con especies salvajes. Hoy, el comercio de vida silvestre mueve entre los 4.000 y los 20.000 millones de dólares anuales y afecta a la mayoría de los principales grupos taxonómicos. Al menos 100 millones de ejemplares de plantas y animales son objeto de tráfico internacional, un comercio que afecta al  24% de las especies de vertebrados terrestres (es decir, 7.638 especies diferentes). Pese a este elevado volumen, y el daño en la biodiversidad global de este negocio, hay una gran falta de compresión global del impacto real que tiene estas ‘sustracciones‘ de vida, según revela un trabajo de compilación desarrollado por un equipo de investigadores, dirigido por el británico Oscar Morton (Universidad de Sheffield)  que ha publicado en la Nature Ecology & Evolution, utilizando 31 estudios previos diferentes. 

En sus conclusiones, destacan que la abundancia de especies disminuye en un 62% en los lugares del planeta donde se comercia con ellas, legal o ilegalmente, y que las especies en peligro de extinción sufren una disminución aún más pronunciada, el 81%, que las que no lo son.  Los autores afirman que las medidas de protección actuales están fallando a las especies con las que compartimos la Tierra, estén en áreas protegidas, como Hlane, o no lo estén. 

Rinocerontes en parque del sur de África, P.N. Hlane. @ROSA M. TRISTÁN

El análisis distingue entre las capturas a escala local, cuyo fin suele ser dar seguridad alimentaria y algunos ingresos a 150 millones de hogares en el mundo, y un comercio a escala nacional e internacional que se sale de ese pequeño ámbito y tiene que ver con el tráfico ilegal de mascotas, medicinas y carnes de lujo o de partes de animales de gran valor, sean cuernos de rinoceronte, orquídea, exóticas aves de Java o escamas de pangolín. “En todas las escalas, el comercio puede tener potencial para apoyar los medios de vida e incluso proteger a las especies de la extinción, pero un comercio sostenible,  potencialmente tan lucrativo como los métodos insostenibles”, señalan los autores. Por desgracia, como indican, se opta por un comercio intensivo.

A diferencia de otras investigaciones sobre este asunto, Morton y sus colegas (de Estados Unidos y Noruega)  se centran en comparar poblaciones de lugares con tráfico y sin tráfico de especies. En total, analizan 506 taxones,  de los que 452 ​​son para mamíferos, 36 aves y 18 reptiles. Comprobaron que cuando en una zona se sacan las especies de gran tamaño proliferan otras de aves y ardillas, comercializadas con menos frecuencia; y también que los traficantes suelen ir a áreas cercanas a zonas inaccesibles por estar muy protegidas. 

Pangonlin en la reserva centroafricana de Dzanga Sangha. @PANGOLIN SANGHA PROJECT

Esa mascota…. exótica

Un autobús en Petén, Guatemala. Un control de policía hace bajar a los viajeros. Inusitadamente, de bolsas y refajos comienzan a salir tucanes, guacamayos de mil colores… Si el comercio de carne de fauna salvaje (al margen de la subsistencia) provocó caídas de un 59,7% en las especies, el de mascotas llega al 73%. De “tremenda” califican en Nature la escala de este tráfico a nivel mundial (hasta 84 millones de pájaros cantores en Java) y sin embargo solo el 5% de los estudios que encontraron se centran en este asunto. Todo indica que falta mucho trabajo por hacer para saber el volumen real de esta amenaza, en relación con otras como la deforestación, la degradación de los hábitats o el exceso de caza. 

También se fijan en el tráfico internacional, que se desvincula de las comunidades locales, y ven la gran amenaza que suponen los planes para coordinar la salida de la medicina tradicional china a través de la nueva Ruta de la Seda hacia Europa (vía Kazajistán), la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, que aumentará el comercio del país con el 62% de la población mundial y, con ello, el peligro para especies de valor medicinal, como el oso pardo (Ursus arctos) o el escaso leopardo de las nieves (Panthera uncia) . “La ampliación de redes comerciales sin una comprensión sólida de los impactos será desastrosa para la conservación, acelerando la extinción de especies”, señalan los autores. Entre las que creen que corren un gran riesgo de desaparecer mencionan el mono araña Ateles belzebuth (99,9%) y el Ateles chamek (99,9%), así como el tapir de Baird (Tapirus bairdii)

Si bien el tráfico en áreas protegidas y reconocidas mundialmente fue menor que en las no protegidas (un 56% frente a un 71%), lo cierto es que destacan lo grave que es el problema en lugares que  porcentaje. Y lo mismo pasa con la protección más local: no evita totalmente la caza o captura,  que se prevé que empeorará cuanto más zonas urbanizadas y más rutas de acceso existan. En todo caso, y aunque apuestan por la necesidad de proteger mejor determinados territorios con fauna especialmente valorada para el comercio, recuerdan que hay que hacerlo “sin castigar injustamente” a los marginados económicamente, es decir, a pequeños agricultores que dependen de la carne de animales silvestres para obtener algunos ingresos y proteínas suplementarias. Por ello, apuntan que esa protección debe combinarse con programas de mejora de las habilidades o garantías de ingresos para la población local.

En todo caso, recuerdan que mientras no haya una respuesta globalmente coordinada y financiación para generar y sintetizar datos, así como promulgar prohibiciones comerciales específicas y una vigilancia adecuada, será muy difícil acabar con tan lucrativo negocio…. 

Y para muestra algún botón:

Sólo en África central cada año se cazan 400.000 pagolines. En Camerún ya están en extinción

En el mismo continente, cada 26 minutos es asesinado un elefante según la organización IFAW.

En Asia, Indonesia sigue siendo un agujero negro: En enero pasado se han incautado 11.000 aves exóticas con destino a la isla de Java. 

 

 

 

Okavango, un tesoro único amenazado por el petróleo


En Namibia, cerca del Delta del Okavango, uno de los lugares con más concentración de fauna salvaje del planeta. @ROSA M. TRISTÁN

Una compañía canadiense tiene licencia para explotar 25.000 kms2 en la zona del delta africano con mayor biodiversidad de vida salvaje

ROSA M. TRISTÁN

Cada vez quedan menos lugares en la Tierra tan asombrosos como el Delta del Okavango y sus alrededores, en el corazón de África. En realidad, no es un río que desemboca en el mar, como el Ebro, sino que el Kavango lo hace en una inmensa llanura por la que los cinco grandes (león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo), entre otros muchos seres vivos, corren, cazan, se reproducen y viven ajenos a un mundo que cada día les acorrala un poco más. También hay comunidades humanas. La noticia de que en las cercanías de ese majestuoso lugar se preparan explotaciones petrolíferas, por parte de una compañía canadiense, ha desencadenado una campaña internacional que pretende ponerle freno y que viene a confirmar que ningún espacio natural está a salvo por más que sea Patrimonio de la Humanidad.

El PNUMA señalaba en un informe que el 15% de las tierras del planeta están protegidas, de uno u otro modo, un porcentaje que excluye la Antártida, que es inmensa pero que, por cierto, también esconde valiosos minerales y recursos naturales, al igual que Groenlandia, la Amazonía o las selvas de Centroáfrica. 

En este caso, se trata de la compañía canadiense Reconnaissance Energy (Recon Africa), que según su página web “descubrió’ una cuenca sedimentaria en el río Kavango y ha conseguido el 90% de una licencia de explotación otorgada por el Gobierno de Namibia para un área de 25.341 km2. Cuando se hace un seguimiento, es sorprendente la cantidad de minas que los canadienses tienen abiertas por el mundo, ya sea conbre en el Congo o Zambia, oro en Perú o plata en Guatemala.

La licencia de Recon África, en realidad fue traspasada por otra empresa que la consiguió en 2015 y se suma a una segunda sobre el mismo río en el noreste de Botsuana, con otros 8,990 km2 para explotar durante un cuarto de siglo cualquier descubrimiento comercial. En total, un poco menos del tamaño de Suiza. ¿Y qué es lo que han ‘descubierto’ ? Pues un “sistema de petróleo activo’ a nueve kilómetros de profundidad en la cuenca, que dicen tiene condiciones óptimas. Seria, según los expertos, la única cuenca que aún queda por explotar a esa profundidad en el planeta y se estima que contiene 18,2 mil millones de barriles de petróleo. La comparan con la cuenca pérmica que se encontró en Texas.

Justo este mes de enero, la empresa canadiense acaba de anunciar que iniciará las consultas públicas ambientales para que se presenten alegaciones, pero informaciones en medios de la zona indican que ya han iniciado las obras paras las perforaciones de prueba en al menos en uno de los tres pozos que el gobierno de Namibia ya ha autorizado a 55 km al sur de la ciudad de Rundu y en la primera mitad de enero, según un comunicado de la empresa, comenzarán a perforar.

Como en tantas otras ocasiones la población local no ha sido consultada ante del inicio de las prospecciones. Es mas, aseguran que o tiene ni idea del proyecto, que implica cientos de pozos de petróleo. “La comunidad local está en la oscuridad, no tiene pistas sobre lo que está pasando”, denuncia en Mogaby News Max Muyemburuko, presidente de Muduva Nyangana Conservancy, “y quieren que se escuche su voz”. Muyemburuko niega contacto alguno con Recon o el gobierno de Namibia y recuerda que la población vive del turismo y los recursos naturales de la tierra, medios de vida que desaparecerían ante una contaminación por la producción de petróleo y gas, a lo que se añaden los daños ambientales. “Kavango es la única tierra que tenemos”, asegura. “Queremos guardarlo para la generación venidera”.

La respuesta del Ministerio de Minas del país africano es que las actividades de exploración de petróleo no dañarán el Okavango “de ninguna manera”, ni ningún parque nacional, y destaca los beneficios económicos que se obtendrán. Claro que si incluye parte de la iniciativa de conservación KAZA (Kavango–Zambezi Transfrontier Conservation Area), que aglutina áreas con diferente protección en varios países en torno a los ríos Kavango y Zambeze. Según las organizaciones de la zona, la mayor parte del área que cubre la licencia de exploración petrolera en Namibia se encuentra en precisamente en Kaza, en total, 520.000 kilómetros cuadrados repartidos entre Angola, Botsuana, Namibia, Zambia y Zimbabue. Allí vive la mayor población de elefantes africanos y es una de las últimas fortalezas del perro salvaje  (Lycaon pictus).

Portada del informe de Recon Africa sobre explotación en Kalahari.

Y las dos áreas de exploración de Recon Africa tanto en Botsuana como en Namibia se encuentran en gran parte dentro de la cuenca del río Kavango, que desemboca en el delta del mismo nombre, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los conservacionistas están especialmente preocupados por el impacto potencial que la perforación de petróleo y gas podría tener en los cursos de agua interconectados de la cuenca del río. “Existe una grave falta de conocimiento sobre los recursos de agua subterránea en el área objetivo de extracción de petróleo y gas”, dijo Surina Esterhuyse, geohidróloga de la Universidad del Estado Libre, Sudáfrica en una entrevista. “En Botsuana, la cuenca del río Okavango todavía es relativamente prístina, pero la exploración y extracción planificadas podrían tener graves impactos en el delta y en los recursos hídricos en Namibia y Botsuana, dos zonas de gran escasez de agua”, añadía Esterhuyse, cuya investigación se centra en el impacto de la extracción de petróleo y gas en los recursos de agua subterránea. Como en otras extracciones de recursos similares, para convencer a la población más cercana de las bondades de la actividad minera, la compañía ha anunciado que ya han acondicionado un pozo de agua potable, en una zona de gran carestía de este recurso.

A la escasez de agua, que requerírían los pozos,  investigadores y ecologistas suman el riesgo de que se contaminen los recursos hídricos, aumente la deforestación y desertificación, se incrementen los niveles de ruido causados ​​por perforaciones, afectando a personas y a la vida silvestre y haya más caza furtiva e incluso más actividad sísmica, que puede persistir mucho tiempo después de la perforación. Chris Brown, director ejecutivo de la Cámara de Medio Ambiente de Namibia, ya dijo el año pasado que un proyecto de esta naturaleza debía pasar por revisiones ambientales y procesos de permiso y Recon África asegura que habrá jornadas informativas y consultas en las poblaciones ma´s cercanas, Rundu y Nkurenkuru y sus autoridades tradicionales, pero no incluye a otras zonas más alejadas que también podrían ser afectadas y también debieran tener voz y voto.

Mapa de la zona donde está la futura explotación petrolífera

Por otro lado, los riesgos que plantea la extracción de petróleo y gas podrían ser aún mayores si se utilizan técnicas de fracturación hidráulica no convencionales, comúnmente conocidas ‘fracking’, algo que ha suscitado otra preocupación añadida tras la contratación de ingenieros experimentados en está técnica, si bien tanto Recon como el gobierno de Nambia lo han desmentido.

Llama la atención que la misma Recon Africa que quiere sacar a la atmósfera muchos miles de millones de toneladas de CO2, colaborando en incrementar el cambio climático global, afirme en su web que los camiones que se utilicen serán “eficientes, de huella limitada y ecológicos”, una etiqueta que va a dejar de tener sentido con tanto uso fuera de lugar. También lo llama que el Gobierno canadiense, muy comprometido con los compromisos del Acuerdo de Paris (recientemente anunció un sustancial aumento del impuesto de carbono para reducir un 40% las emisiones hasta 2030), no ponga cortapisas a explotaciones que contradicen estos objetivos.

Crowdfunding ‘Proyecto Djehuty’: el tesorero se queda sin dinero


ROSA M. TRISTÁN

LINK A CROWDFUNDING: EXCAVACIÓN EN EGIPTO

Djehuty, un proyecto puntero de la investigación arqueológica española en el extrajero, capitaneado por el egiptólogo José Manuel Galán, el munir, ha lanzado un “crowdfunding” (una iniciativa de captación de fondos colectiva) para poder sacar adelante las excavaciones que cada año realiza en Luxor (Egipto) desde 2001. El equipo ha recurrido a este sistema ante la falta de suficientes recursos económicos públicos (no hay más que ver los presupuestos del Gobierno para la ciencia) y también de empresas ‘mecenas’. En concreto, el proyecto Djehuty necesita 20.000 euros para continuar rescatando el pasado de la colina de Dra Abu el-Naga, que se eleva justo en frente del templo de Amón-Ra en Karnak, el santuario más importante de la civilización faraónica  en Tebas. Djehuty, el tesorero de Hatshepsut, se ha quedado sin dinero (por cierto, un título que me han ‘cedido’ para este artículo).

Con José Manuel Galán, a la entrada de la excavación.

El proyecto, que se dirige desde el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y es tutelado por el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, es sin duda uno de los más emblemáticos en España. Sus impresionantes resultados en forma de piezas únicas figuran ya en varias vitrinas del Museo de Luxor, donde las misiones arqueológicas de medio mundo se pelean por estar. A lo largo de los años, bajo esa colina junto al Nilo, el equipo (en la foto superior) ha sacado a la luz hallazgos tan relevantes como el primer jardín funerario conocido, tumbas de príncipes y ministros de hace 3.500 años, cientos de momias de animales y también unas cuantas de humanos, ataúdes con flechas y arcos… Y, por supuesto, la espectacular tumba de Djehuty, el tesorero de la reina Hatshepsut, que era su primer objetivo cuando hace ya 17 años se encontraron en mitad de un espectacular cementerio lleno de tesoros. También la de Hery, otro noble de la época.

Hace ya algún tiempo que tuve la suerte de visitar ese lugar. Una foto con Galán de aquel viaje encabeza este blog desde que fue creado. Desde entonces, cuando veo las fotos de cada campaña, compruebo lo mucho que ha cambiado su aspecto, fruto de un esfuerzo que ha seguido adelante pese a las dificultades para la ciencia española en el último decenio. Aquel 2012, las excavaciones las patrocinaba Unión Fenosa Gas (UFG), que lo hizo hasta 2016. La empresa dejó de interesarse por el negocio del gas en Egipto. Este año, tras la salida de UFG, Galán consiguió ayuda de Técnicas Reunidas (empresa especializada en infraestructuras para petróleo y gas y también con presencia en Egipto) y de Indra. Con ellas, financió las excavaciones, justo en las que se descubrió el jardín milenario, pero el acuerdo era por una temporada  y proyectos como Djehuty no tienen fecha a corto plazo. Cuanto más excavan, más encuentran.

Lo cierto es que el patrocinio empresarial que lograron daba para pagar la campaña de excavación, en la que tienen que contratar cada año a un centenar de trabajadores de la zona, pero no bastaba para mantener a un equipo de investigadores activo, algo necesario, como recogí en 2014 en un artículo titulado “Apadrina un egiptólogo”.  Ya entonces mucha gente valiosa había tenido que dejar el proyecto, y en algunos casos la ciencia, por falta de recursos para pagarles.

Para 2018, tras mucho buscar y poco encontrar (Indra acaba de comprometerse por otra temporada, pero no basta), Galán finalmente se ha decidido por pedir a la sociedad el apoyo que no consigue de las instituciones, porque no se rinde y porque está dispuesto a regresar en enero y febrero de este año a Dra Abu El Naga para acabar el trabajo, para seguir encontrando piezas maravillosas y para que un día las tumbas de esa colina, que restauran con esmero un buen puñado de investigadores, sea visitada por millones de turistas. “Tenemos algo de ayuda del Plan Nacional y del Ministerio de Cultura, pero nos encontramos problemas porque hay muchos gastos que no podemos justificar y existen, como el pago a los egipcios, y también porque esos fondos exigen co-financiación de los contratos con la institución, y el CSIC no tiene dinero. Algunos investigadores se han quedado sin contrato por esa razón”.

Su idea es conseguir fondos por ‘suscripción popular’ que luego la Asociación Djehuty done al CSIC, una fórmula que permite sacar adelante el proyecto a falta de que el CSIC logre atraer empresas para el mismo. “Lo bueno es que socializas Djehuty, que abres la puerta a que la gente se sienta partícipe. No somos los primeros en hacer un crownfunding científico, aunque no conozco otro en Arqueología en el CSIC”.

Si se piensa, parece increíble lo poco que necesita: ¡20.000 euros! Como comprarse un coche nuevo, y no de alta gama. Comparado con lo que cuesta patrocinar cualquier evento deportivo  o una gala de famoseo o un programa de televisión  basura, sinceramente parece una nimiedad, pero es la diferencia entre que España siga con un proyecto arqueológico puntero en Egipto o acabe en otras manos.

Lo gastarán, dicen, en cosas tan imprescindibles como:

  • Sueldo de los más de 100 trabajadores egipcios implicados en la campaña.
  • Alojamiento y manutención del equipo técnico. Como todos los años, en el pequeño hotel rural Marsam, justo detrás de los colosos de Memnón, a 3 Km del yacimiento  (corroboro que nada lujoso, pero acogerdor).
  • Material arqueológico y de restauración comprado en el mercado de Luxor, que así es más barato.

Y su plan de trabajo es intenso para los dos meses (enero y febrero de 2018) que tienen previsto ir:

  • Excavación y estudio exhaustivo del jardín funerario encontrado este año y sus alrededores.
  • Excavación de la gran tumba del año 2000 a. C. asociada al jardín
  • Excavación de las cámaras donde se depositaron centenares de momias de animales en el siglo II a. C., además de radiografiar una selección de ellas y estudiarlas en detalle.
  • Radiografiar y estudiar las momias humanas halladas en campañas anteriores.
  • Trabajos de conservación de los objetos hallados.
  • Restauración de las tumbas de Djehuty y Hery y su acondicionamiento para ser abiertas al público.

Si sacan más, hay toda una lista de asuntos en los que gastarlo, sobre todo en contratos. A cambio de las aportaciones, ofrecen diferentes materiales del proyecto: libros, documentales, cuadernos, calendarios.. Pero es lo de menos. Lo de más es que, ante la falta de interés en proyectos que sitúan a la ciencia española en el mundo, la sociedad, al menos una parte, tenga que colaborar para que el trabajo de tantos años no quede en la estacada por unos presupuestos para la ciencia tan pobres que ni siquiera le llegan enteros.

“En 2018, además queremos doblar en el equipo para estudiar y reconstruir el medio ambiente de la antigua Tebas, con el estudio del jardín. No se ha hecho antes nada así. Hemos pedido a Europa un proyecto que se llama EDEN para ello, pero tardará en decidirse y el jardín puede deteriorarse. Hay que estudiarlo ya. Y tenemos semillas, polén, momias de aves, de serpientes, musarañas. Tengo una reponsabilidad con el equipo y hay que hacerlo bien”, me asegura Galán.

Resulta una irónica coincidencia que el mismo día que se inaugura una gran exposición en el Museo Arqueológico Nacional, titulada “El Poder del  Pasado”, sobre los 150 años de historia de la Arqueología en ese país, un proyecto de este calibre no logre el apoyo de los grandes para seguir adelante. Esperemos que si lo tenga de quienes lean esto. Su nombre figurará para siempre entre los mecenas de la Egiptología, al más puro estilo de Lord Carnavon, que pagó a Howard Carter las excavaciones en las que se encontró la tumba intacta de  Tutankamón. Quién sabe lo que nos puede deparar esa reseca y agujereada colina de Luxor…

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Luis Arranz: Un encuentro único con dos gorilas gemelos en el corazón de África


-El biólogo Luis Arranz dirige el Parque Nacional de Dzanga Sangha en República Centroafricana, una de las pocas selvas vírgenes del planeta

-Apenas 8.000 pigmeos baaka se mantienen en una región afectada por la deforestación y amenazada por el furtivismo de traficantes de marfil

-Retrata para este Laboratorio la realidad de un continente donde el expolio de especies salvajes continúa imparable.

El parque le ‘recibió’ tras el nacimiento de dos gorilas gemelos, un acontecimiento especial.

ROSA M. TRISTÁN

Inguka e Inganda son gemelos. Y viajan sobre el lomo de su madre. Son bebés gemelos de gorila, una extraña circunstancia para todos los primates (en el caso humano, hasta la llegada de la inseminación artificial). Inguka e Inganda nacieron en enero de 2016, así que apenas tienen un año. Aún no pueden defenderse en la vida solos. Su padre es un impresionante macho de espalda plateada llamado Macumba. Toda la familia vive en la reserva Dzanga Shanga (República Centroafricana), 4.000 kilómetros cuadrados de selva virgen en la frontera de este país con Camerún y la República del Congo. Allí también habita desde hace unos meses,  el español Luis Arranz, director de este gigantesco espacio gestionado por WWF. También lo hacen sus vecinos, los pigmeos, que llevan miles de años adaptados a vivir en las frondosos bosques tropicales que desaparecen por doquier. “Realmente es un pueblo fascinante”, asegura Arranz en una conversación por Skype en la que se escuchan de fondo extraños sonidos de la naturaleza difíciles de identificar. La selva llega a través del altavoz en todo su esplendor.

Hace ya muchos años que Luis Arranz anda ‘vagabundeando’ por África. Guinea Ecuatorial, Chad, República Democrática del Congo y ahora República Centroafricana. Hoy, en su nuevo destino se encuentra feliz. “Aquí no hay tanto furtivismo como en otros parques nacionales que he dirigido en África, al menos de momento. Estoy aterrizando, esperando a que la familia venga a vivir conmigo ahora que veo que todo está tranquilo. Pero ya he comprobado que esto es impresionante. Un gran bosque tropical del que los pigmeos tienen un conocimiento sorprendente”, explica al otro lado de la pantalla.

A finales del año pasado, aún andaba por el centro de Madrid con destino incierto, en un interludio de poco más de un año tras su salida del Parque Nacional de Garamba (RDC) en 2015, un lugar que le dejó una tremenda huella. Allí fue testigo de cómo los furtivos tiroteaban a sus rangers, rescató a niños torturados que huían de la guerrilla ugandesa para toparse con los leones del parque, se topó con animales asesinados. Ahora , vecino de Igunka, de Inganda, de Macumba… sólo piensa en poner Dzanga Shanga al mismo nivel que el Parque Nacional de Virunga (Uganda) , donde miles de turistas se pelean cada año por ver de cerca esa mirada humana de esos lejanos ‘primos’ de los que nos separamos hace 10 millones de años pero con los que aún compartimos un 15% de nuestro genoma (más que con los chimpancés).

En realidad, habitan en lo que es una impresionante selva repartida entre tres países. Al parque que dirige el biólogo canario, se suma la reserva camerunesa de Lobeke y la congoleña de Nouabalé-Ndoki. “Es increíble la fauna que hay. He visto más animales en una tarde que en Guinea Ecuatorial en 14 años. ¿Elefantes? Pues es difícil hacer un censo porque son de bosque, pero una investigadora americana que trabaja aquí desde hace 25 años identificó en su día más de 4.000 y en un nuevo recuente lleva ya unos 2.000. Me intriga ver este parque tan tranquilo, cuando en otros países del entorno hay tanto furtivismo”.

Desde luego, pocos lugares se conocen en los que uno pueda encontrarse cada día con algunos de los escasos 5.000 ejemplares de gorilas silvestres que hay en el planeta. En Dzanga Shanga, explica Arranz, tiene ya cuatro grupos habituados a los humanos, es decir, que se dejan ver sin atacar ni salir huyendo, lo que para Arranz es un imán para quienes desean disfrutar de su visión sin aglomeraciones. “Al año vienen unos 200 turistas, pocos porque para llegar hay que venir desde la capital, Bangui, a varias horas en coche, o desde Yaundé (Camerún) con una avioneta. Pero esa cifra quiero que aumente”, asegura, “para garantizar su conservación”.

Hasta que la deforestación llegó a las fronteras de la reserva, los pigmeos baaka habitaban el bosque y los sangha sangha vivían del río Sangha prácticamente como hace miles de años, integrados plenamente en la naturaleza. “Pero se abrió la carretera para sacar madera, empezaron a llegar bantués y ahora ya son la mitad de la población. Los baaka poco a poco van perdiendo sus tradiciones, se van sedentarizando; vivir en la selva es duro, así que prefieren vivir cerca de los poblados. Ya son pocos los que pasan meses en el bosque, aunque entre las zonas de parques hay amplias zonas que les han dejado para que vivan y cacen al modo tradicional, como desde hace miles de años”, apunta Luis.

Uno de los proyectos del Parque Nacional que más le entusiasma tiene que ver con ellos: el programa Dima-Kali (bosque, en baaka, y río, en sangha) . “Se trata de que los mayores enseñen a los jóvenes las costumbres de una étnia de la que quedan  entre 7.000 y 8.000 en este territorio. Con ellos, desaparece su conocimiento del bosque, su habilidad de subir a los árboles a coger miel, su forma de hacer cabañas en media hora, sus técnicas de pesca… Por ello tratamos de que perduren”, señala el biólogo. “Es fascinante como conocen el bosque, como identifican todas las plantas medicinales, el comportamiento de los animales. Saben exactamente por donde pasan y cuándo. De hecho, muchos trabajan con nosotros en los seguimientos a gorilas”.

Per la deforestación en el extrarradio del parque que menciona, no sólo ha traído a étnias de fuera. Para Arranz abre la puerta a  un peligro en el horizonte: “La tala va trasladando a los elefantes, gorilas y otros animales hacia el sur, así que tendremos más animales, pero me temo que un día los furtivos no los encontrarán vendrán aquí a matarlos”, augura.

Luis Arranz, en Dazanga Shanga. Entre elefantes…

De momento, reconoce que lo único que echa en falta es volar. En Garamba cada día cogía su avioneta para recorrer la inmensa sabana, pero en una selva frondosa no tendría sentido. “Aquí hay salinas y agua y es fácil ver elefantes, rinocerontes, iloceros. Van y vienen para beber. eEn Zacouma [Chad] era sahel, más desértico, y también en Garamba, con más espacios abiertos para ver, pero estaban los furtivos, había tiros cada semana. Aquí nunca los ha habido, aunque los guardas están poco armados y si llegaran podría ser un desastre, por ello hay que prepararse”, asegura.

Su gran reto ahora es “dar a conocer el Dzanga Shanga a los turistas”. “También debemos trabajar más con los pigmeos, mejorar la educación ambiental en la zona y, a nivel de conservación, formar a los guardas. En Zakouma, cuando me fui en 2007 había 3.885 elefantes y era buena cifra; ahora quedan 500. Se cargaron casi todos. En Garamba en años 60 había 15.000 y el último censo eran 2.000. Aquí queremos que no bajen. Es triste y deprimente cuando ocurre. El comercio de marfil cada vez se paga más y mientras no se corte el tráfico en Asia y Europa, nada que hacer. No hemos acabado con tráfico drogas, ni de armas, ni de mujeres, ni de esto. Hay que prohibir exportación de marfil. Es inmoral pero el precio kilo de rinoceronte pasó al precio de kilo de oro en 2016. Y eso les proporciona a los furtivos helicópteros, armas, de todo. Otro ejemplo: ya no nos queda un rinoceronte blanco del norte en libertad. Ni uno. De hecho, se llevan rinocerontes a reservas en Australia porque creen que es la única forma de salvarlos, ahora que quedan unos 15.000. En países como Kenia o Tanzania, incluso en el Parque Nacional de Kruger (Sudáfrica) se los están cargando, al ritmo de dos al día. Creen que si la situación cambia en el futuro en África se podrá reintroducir de nuevo”.

El retrato de Arranz es desolador: ” Ahora se han puesto de moda los pangolines y los están matando. Dicen que sus escamas curan enfermedades, en medicina asiática fundamentalmente. El otro día en Camerún descubrieron un contenedor con toneladas de escamas de pangolines”.

“Animo a todo el mundo a venir porque sitios así, os digo que en unos años no van a quedar. Llegará un día que a este ritmo no veamos elefantes, gorilas, pigmeos… Venid si os gusta  la naturaleza. Discotecas no hay”.

 

Los fármacos ‘falsificados’ que intoxican en África


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Puesto callejero en el que se venden fármacos en Senegal. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Una investigación publicada en la revista The Lancet Global Health (17 de enero de 2017), y divulgada por Médicos Sin Fronteras (MSF) ha revelado que entre finales de 2014 y 2015, más de un millar de personas en el remoto distrito de Ituri (República Democrática del Congo, RDC) fueron intoxicadas por fármacos que eran falsificados o que tenían mal su etiquetado. En  concreto, los médicos, sin saberlo, les estaban suministrando un tratamiento contra la esquizofrenia en lugar de un medicamento contra la ansiedad o los trastornos del sueño, patologías extendidas en una zona azotada por una guerra civil desde 1997, donde proliferan los casos de ‘niños soldados’ y una minería del oro que solamente genera miseria y destrucción.

En ese contexto, fue a finales de 2014 cuando comenzaron a llegar a los centros de salud de Ituri personas con el cuello rígido y con contracciones musculares incontroladas que alertaron a los profesionales de la ONG MSF y del Ministerio de Salud congoleño. De los 930 pacientes con los síntomas, 11 acabaron muriendo, entre ellos cinco menores de cinco años. Por los síntomas, al principio pensaron que se trataba de un brote de meningitis, pero más tarde comprobaron que se debía a que habían ingerido una sustancia tóxica.

El pediatra Nicolas Peyraud, examinando a un niño en Berberati, República Centroafricana. @MSF

MSF Paediatrician Nicolas Peyraud examining kid at Berberati Regional University Hospital

¿Cómo lo descubrieron? Algunos facultativos detectaron síntomas de intoxicación (como son espasmos faciales o retracción de la lengua) en los enfermos, por lo que decidieron analizar algunas muestras de su orina y también de los 39 medicamentos que eran prescritos con más frecuencia en las farmacias de Ituri. Para sus sorpresa, detectaron un compuesto farmacológico denominado haloperidol, un antipsicótico que se emplea para tratar la esquizofrenia, pero en unos comprimidos que se vendían como diazepam.  “El diazepam se usa generalmente para tratar una serie de patologías relacionadsa con la ansiedad y convulsiones, pero en la región de Ituri su uso está aún más extendido. Con mucha frecuencia, los pacientes reciben este fármaco para tratar una amplia gama de enfermedades, desde trastornos del sueño a dolores de cabeza e incluso malaria”, explica Nicolas Peyraud, pediatra de MSF. Por contra, el haloperidol causa reacciones distónicas graves.  “Aunque estas contracciones musculares del rostro, los ojos, la lengua, el cuello o los brazos rara vez suponen un riesgo para la vida, a menudo causan angustia, pánico y vergüenza para los pacientes”, afirma el Dr. Peyraud de MSF.

Los investigadores descubrieron que los fármacos falsificados se comercializaban en botes bajo dos nombres comerciales: AGOG “Centaur Solina” y AGOG ‘Diazpam’. En África es muy frecuente que los medicamentos se entreguen por unidades a los pacientes, lo que abarata el coste. En este caso, los investigadores detectaron que en Uganda y otros países de la región también se estaban distribuyendo ambos productos y que había relación con una empresa de la India llamada  AGOG Pharma Ltd, si bien sus responsables señalaron que no fabrica diazepam, sino haloperidol en ampollas etiquetadas como “AGOHAL, Haloperidol tableta BP 10 mg”. La otra empresa india relacionada con esos nombres, Centaur Pharmaceuticals (Mumbai), confirmó, a su ve, que ellos si fabrican diazepam, pero no el otro compuesto.  Está claro que alguien falseo ambas marcas, si bien no se señala al culpable.

El estudio de Lancet recuerda que la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe de 2010, ya detectó que de los 26 reglamentos sobre medicamentos en países africanos, 14 carecían de un programa de control de la calidad. De hecho, no hay más que viajar por África para comprobar cómo las medicinas se venden en cualquier puesto callejero, expuestas al sol o la lluvia, sin ningún tipo de prospecto ni control. “La existencia de medicamentos deficientes daña tanto a pacientes individuales como a sistemas de salud en su conjunto. Los débiles sistemas de regulación de los medicamentos, combinados con sanciones inadecuadas, corrupción y fronteras porosas, exponen a especialmente a comunidades pobres, extremadamente vulnerables, a fármacos tóxicos y de mala calidad.Hay una gran necesidad de apoyo nacional e internacional para la autoridades reguladoras de medicamentos  en países económicamente pobres. Este brote toxicidad grave debe ser un llamado de atención porque todo el mundo tiene derecho a recibir medicamentos de calidad”, denuncian los autores de este trabajo.