La crisis del ‘Mar Nuestro’: la pesca en el foco


ROSA M. TRISTÁN

A pocos días de que comience la Cumbre Mundial por la Biodiversidad en Montreal (Canadá), de la que cabría esperar un acuerdo similar al de Paris para el cambio climático –y que, además, se cumpliera-, la FAO pone el foco en uno de los lugares más amenazados del planeta: el Mar Mediterráneo. Con  1.500 metros de profundidad media y 2,5 millones de kilómetros cuadrados, el “Mar Nuestro”, como lo bautizaron los romanos, está en crisis y así lo certifica un informe de la FAO, la Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU, presentado hoy.

El informe “El estado de la Pesca en el Mediterráneo y el Mar Negro”, elaborado por la Comisión General de Pesca del Mediterráneo (CGPM) de la FAO, nos confirma que, pese a los esfuerzos por evitar que ambos mares se conviertan en cementerios de biodiversidad, nos queda mucho camino por andar para que un día no metamos la cabeza bajo sus aguas y solo veamos latas, toallitas y plásticos. Hoy, se señala, 73% de las especies comerciales de estos mares–las que vemos en el mercado- se sobreexplotan, es decir, que se pescan por encima de su capacidad para reponerse.

En general, esa presión pesquera -a pesar de las quejas del sector, que pareciera que aún querría pescar más días y más cantidad- es el doble de la que debiera ser si se siguieran criterios científicos. En otras palabras: habría que evitar la mitad de las capturas que se hacen si queremos un Mediterráneo vivo y capaz de alimentarnos y deleitarnos en el futuro, como viene haciendo desde que los ‘sapiens’ llegamos a sus orillas hace decenas de miles de años. Y no sólo nosotros: también los neandertales consumían sus productos, como se ha podido comprobar en las cuevas de Gorham, en Gibraltar.

Ciertatemente, la crisis del COVID-19 hizo bajar las capturas hasta un 15% en los años 2020 y 2021, lo que permitió cierto respiro bajo las aguas. Entre las especies que se han recuperado, especialmente porque están sujetas a algún plan de gestión propuesto por la CGPM, están la merluza europea y el lenguado (además del rodaballo, en el Mar Negro), pero la naturaleza precisa de su tiempo desde que se deja de explotar hasta que las poblaciones de especies se recuperan.

El español Miguel Bernal, secretario ejecutivo de la CGPM de la FAO desde poco -si bien lleva 10 años de trabajo en FAO-, nos destaca la importancia de haber logrado poner en funcionamiento 10 planes plurianuales de ordenación pesquera que abarcan unas 15 especies comerciales y afectan a casi 7.000 embarcaciones. También , señala, se han  establecido 10 zonas de acceso restringido para esta actividad que ayudan a mejorar las poblaciones y los ecosistemas de aguas profundas en más de 1,7 millones de km2 res. Pero, a la vez, es consciente del reto.

 Y es que la situación, especialmente en el Mediterráneo, es más que preocupante.

“Aquí se empezó tarde con la gestión, cuando el Mediterráneo es un mar frágil, con ecosistemas en zonas de riesgo y con países costeros muy vinculados a la pesca, al turismo, al transporte por ese mar, y a la vez afectado por la polución plástica, la destrucción de hábitats, los vertidos..”. Se empezó tarde, explica, porque resulta que los planes de gestión mencionados comenzaron hace tan sólo unos ocho años y hace apenas cinco que se aceleró su puesta en marcha. Por el contrario, aún falta por planificar qué pescar y cuánto y dónde para más de la mitad de las especies comerciales (unas 30) en todos los países implicados. Además, ¿son todos igualmente responsables o aquí también ‘pesa el pasado’?

“Si miramos atrás, la pesca en la UE se desarrolló intensamente mucho antes que en la costa africana; sus flotas crecieron mucho más que en los países no comunitarios. Ahora, en la UE la flota disminuye y el control de lo que se hace es mayor, pero la situación es más difícil en los países no comunitarios para se ajusten a la baja, cuando algunos es ahora cuando están ahora desarrollando su sector y quieren pescar. Aún así, se están adaptando”, afirma Bernal.

En la presentación del informe, pudimos escuchar a Raquel Llopis , pescadora, empresaria y miembro de la asociación A Son de Mar. Llopis mencionaba la falta de relevo generacional que hay en el sector pesquero, por otra parte poco atractivo tanto por su dureza como por los escasos salarios. Es un equilibrio entre economía y medio ambiente que no es nada fácil, por mas que desde la CGPM se promueva que “hay que asegurar alimentación y trabajo”. “Se trata de una balanza entre conservación y pesca, que no puede frenarse, pero es verdad que hay tensiones porque el sector está bajo estrés y los planes de gestión generan rechazo, lo que no impide que se sepa que hay que tomar medidas”, apunta el experto de FAO.

Y es que por si fuera poco la sobrepesca y el plástico, el cambio climático, que aumenta la temperatura del agua, propicia la llegada de especies invasoras. Según FAO, en el Mediterráneo Oriental el 50% de las capturas ya son de especies no indígenas. “En estos casos –explica Bernal- la pesca puede ser la solución. Es el caso del cangrejo azul, una especie de fuera que ya se comercializa en Argelia y aue se exporta con éxito a Europa, además de acabar con ella”.

El informe también menciona las técnicas de pesca, algunas tan polémicas como el arrastre, un método poco selectivo que genera un gran número de peces descartados para su venta una vez capturados. Bernal reconoce que es un grave problema y que habría que mejorar la técnica, si bien puntualiza que “no es verdad que se arrastre todo el fondo, pues hay zonas, como las de roca, donde no se accede” y destaca que más del 60% del Mediterráneo está libre de pesca de arrastre. Visto por el otro lado, si lo habría en casi el 40% . Otra cosa son los controles que se hacen de las pesquerías mediante a inspecciones a barcos para impedir actividades ilegales, que considera eficaces.

De lo que hay pocas dudas tras ver este informe es de que tanto el Mediterráneo como el Mar Negro son una de las regiones pesqueras en mayor riesgo. De momento siguen generando unos ingresos anuales de 2.900 millones de dólares y empleando a medio millón de personas, de las que solo una parte son tripulantes y, entre ellos, apenas el 10 % con menos de 25 años. Sin embargo, ¿hay que mantener estos niveles? Si hay sobreexplotación, está claro que sobran barcos o días de pesca o cantidades capturadas. Pero ¿Cuántos? “Es difícil de cuantificar, pero estamos en ello y este año vamos a debatir cuánto habría que disminuir. Todos, eso si, son conscientes de que con sobreexplotacion no hay futuro para este sector “, asegura Bernal.

Por úlimo, el asunto de aumentar las zonas marinas protegidas, que reclaman algunos científicos y activistas ambientales. Actualmente, ni el 2% del Mediterráneo lo está de forma total. Para Bernal,  en este asunto no se trata de proteger de la pesca, sino de otros impactos, como pueden ser la destrucción de hábitats costeros o la polución plástica. “Pesca sostenible y ecosistemas sanos pueden ir de la mano en el Mediterráneo”, defiende el portavoz y responsable de una comisión que aglutina a 23 países.

¿Y el futuro?  “Soy optimista –concluye – pero nuestro secretario general, Antonio Guterres, ya nos alerta de que tenemos que cambiar el sistema de producción y tomar medidas inmediatas. Creo que las cosas están cambiando y que para ello el asesoramiento científico es crucial; ahora bien, las medidas sin consenso, no funcionarán. Hay que debatirlas e identificar las mejores soluciones”.

Las pesquerías en pequeña escala representan el 82 % de las embarcaciones y el 59 % de los puestos de trabajo. Asimismo, dan empleo al número más alto de jóvenes, pero los salarios de los pescadores en pequeña escala son normalmente inferiores a la mitad de los de los pescadores en flotas industriales.

La CGPM está formada por 23 Estados miembros y su principal objetivo es garantizar la conservación y el uso sostenible de los recursos marinos vivos, así como el desarrollo sostenible de la acuicultura.

África: una bomba de gas y petróleo estalla en el continente


Ballena en Hermanus (costa sur de Sudáfrica) donde se extraerá gas natural.

ROSA M. TRISTÁN

A pocas semanas del comienzo de la próxima Cumbre del Clima que este año tendrá lugar en África, en concreto en Egipto, ni el contexto internacional político ni económico resultan alentadores de cara a sus resultados. Mientras que la ciencia nos dice cómo el cambio climático está dañando la salud de millones de especies, también la humana, y ésta con más ahínco en el continente donde evolucionó, al mismo tiempo proliferan los proyectos que alientan la extracción de combustibles fósiles en ese mismo lugar. Se calcula que sólo los nuevos proyectos de gas natural africano tienen un valor de 400.000 millones de dólares, en clara lo contradicción con la meta de no superar un calentamiento global de 1,5º C a final de siglo. Lo financian y explotan empresas del hemisferio norte y también en los últimos años de China y la India.

El último gran proyecto en las aguas de Sudáfrica ha hecho saltar nuevas alarmas. La empresa francesa ‘TotalEnergies’ –la misma que tiene a sus trabajadores nacionales en huelga por bajos salarios- ha solicitado en septiembre licencia para explotar dos grandes yacimientos de gas en aguas de este país con hasta 1.000 millones de barriles de petróleo.  TotalEnergies planea invertir 3.000 millones de dólares para comenzar a trabajar en una gran área oceánica donde, según las organizaciones ambientales, hay una espectacular biodiversidad marina. “Se haría –denuncian los ambientalistas- a expensas de la vida silvestre y de los medios de subsistencia de los pescadores a pequeña escala de la zona”.

El negocio a la vista se centra en dos bloques, los yacimientos de Brulpadda y Luiperd, que fueron descubiertos entre 2019 y 2020, justo en un lugar que es de paso de grandes ballenas –son fáciles de observar desde la playa de Hermanus, como he comprobado personalmente-, gigantescos tiburones blancos de hasta cuatro metros de largo, miles de focas y leones marinos, orcas y también pingüinos que viajan hasta allí desde la no lejana Antártida.  No es la primera vez que esta empresa europea se ve envuelta en polémicas: la misma compañía construye el mayor oleoducto del mundo desde el Lago Alberto (Uganda-Congo), en el corazón del continente hasta el Indico, 1.440 kilómetros de tubería que atravesará zonas de gran riqueza de vida salvaje y humana y se llama EACOP. Por allí fluirán 1.700 millones de barriles de petróleo fuera de África. También es la misma compañía que ha trabajado, hasta hace unas semanas, en la extracción de gas costero de Cabo Delgado (Mozambique), provocando miles de desplazamientos en la región.

Ahora, para intentar frenar la extracción de esta nueva gran ‘bolsa’ de CO2 sudafricana, se ha lanzando la campaña internacional #OceanTotalDestruction, a la que se han sumado ya dos ganadoras premio ambiental Goldman, Liziwe McDaid (de la organización The Green Connection) y Claire Nouvian (de BLOOM). McDaid ha calificado el proyecto de “fraude” porque “intenta hacer ver que el cambio del carbón al gas como una transición de energía verde para África” pese a que la petrolera, que había renunciado en 2021 a esta explotación, la ha retomado en el contexto de la crisis energética en Europa.  ¿De verdad su destino es la población africana? Además, recuerda que la Agencia Internacional de la Energía  dijo que “más allá de los proyectos ya comprometidos a partir de 2021”, no habría más nuevos”. Pero eso fue antes de la guerra en Ucrania y el corte de suministro ruso, cuando gas aún no era ‘verde’ para la UE.

En realidad, este nuevo operativo de TotalEnergie en Sudáfrica es uno más de los muchos en ciernes encaminados a saciar el mercado de combustibles fósiles. Entre los más importantes, los también nuevos yacimientos de Zimbabue y Costa de Marfil, el aumento de extracción de petróleo en Nigeria, el del gas en Mozambique, la exploración del petróleo en el Okavango, la extracción de gas y petróleo frente a la costa de Mauritania y Senegal (en el ultimo caso explotado por la británica BP y Kosmo Energy de EEUU). De hecho, en el Foro Empresarial de la Energía en África, celebrado el pasado verano, se argumentaba que aprovechar esos recursos son el camino para acabar “con la pobreza energética” del continente,  si bien la mayor parte de esa energía contaminante se va fuera del continente gracias a infraestructuras (como los oleoductos) que siempre acaban en un puerto donde embarcarla.

Mapa de campos gasístico en Sudáfrica

Desde la plataforma Africa Climate Justice, que agrupa a numerosas organizaciones de su sociedad civil, se argumenta que en realidad “los únicos ganadores serán los países ricos y las corporaciones transnacionales que buscan obtener grandes ganancias”. A nivel global, el colectivo ya ha contabilizado 195 gigantescos proyectos petroleros, que producirán 646 gigatoneladas de CO2, unas cifras incompatibles con el Acuerdo de París de 2015 y con los compromisos nacionales posteriores. Y recuerdan que el riesgo en África no es un horizonte. Es hoy.

Sólo en este año, por el continente ha pasado el ciclón Batsirai, que desplazó a 150.000 personas en Madagascar en febrero (impacto agravando los efectos de la peor sequía en 40 años); la  llamada “bomba de lluvia de Durban”, que en abril destruyó miles de casas en KwaZulu-Natal (Sudáfrica); el aumento de las tormentas de polvo en el Sahel; y una escasez de lluvias que tiene a  14 millones de personas del Cuerno de África en riesgo de hambruna. morir de hambre. Estos desastres que tienen su origen en el cambio climático, no sólo socavan la seguridad alimentaria de cientos de millones de personas, sino que alimentan la violencia.

No lo dicen sólo activistas y científicos del ramo ambiental. El pasado 19 de octubre, más de 250 revistas de salud de todo el mundo publicaron de forma simultánea un editorial en el que se instaban a los líderes mundiales a hacer justicia climática por África en la COP27. Entre otras, The BMJ, The Lancet, el New England Journal of Medicine, el National Medical Journal of India y el Medical Journal of Australia.

Los autores afirman que el cambio climático tiene “efectos devastadores” en la salud de los africanos.  Hablan de 1,7 millones de muertes al año por unas condiciones meteorológicas que han cambiado el clima y la ecología, generando catástrofes y aumentando la presencia de malaria, dengue, ébola… Calculan que la crisis climática ha arramblado con un tercio del PIB en los países más vulnerables  y alertan de que mirar a otro lado sólo causará inestabilidad en otros continentes. “Llegar al objetivo de 100.000 millones de dólares anuales de financiación para el clima es ahora globalmente crítico si queremos prevenir los riesgos sistémicos de dejar a estas sociedades en crisis”, aseguran. Y aún así, explican, no bastará con ese dinro ya prometido en el pasado y no cumplido, sino que harán falta recursos adicionales para compensar las pérdidas y los daños, porque si se gasta el dinero en reconstruirse,  no lo habrá para prepararse en evitar el desastre. “Si hasta ahora no se han dejado convencer por los argumentos morales, es de esperar que ahora prevalezca su propio interés”, concluyen.

El oleoducto Eacop a su paso por Kenia. @OilNewsAfrica

Todo indica que en  la próxima COP27 se hablará más de la vulnerabilidad climática de África y de la llamada “transición justa” a energías limpias y que ocurrirá a la vez que aumenta la presión por conseguir nuevos yacimientos de ‘energía sucia’ , incluso en lugares de ese continente que son reductos de una biodiversidad irrecuperable.

Africa Climate Justice lo califica de “hipocresía climática” en países ricos que buscan sus emisiones “cero neto” compensando su contaminación con bonos de carbono y soluciones de geoingeniería, mientras siguen financiando la extracción de combustibles fósiles bajo la tierra y el océano africanos , sin respetar los derechos de los pueblos indígenas y campesinos que viven en lugares como Cabo Delgado (Mozambique), el Okavango en Namibia, la costa sudafricana, la de Senegal o en las comunidades afectadas por el nuevo gaseoducto EACOP que cruzará el este del continente.

África se juega mucho con el clima. Pero la COP27 africana huele mucho al CO2 que se está desenterrando en el continente por parte de grandes empresas, muchas del norte, mientras su población, desprotegida y muy vulnerable, vive con esa “bomba” sobre sus cabezas. COP27 es una oportunidad para desactivarla o al menos reducir los impactos de la explosión saldando la cuenta de la injusticia climática.

Un Starmus Festival «marciano», marcado por la crisis climática en la Tierra


ROSA M. TRISTÁN

Entrega de la Medalla Stephen Hawking de las artes a Brian May

Cuando el músico Rick Wakeman, que marcó la historia de la música con el grupo Yes, anunció la concesión de la Medalla Stephen Hawking de las Artes a Brian May, guitarrista de Queen, el auditorio del Sport and Concert Center en Yerevan (Armenia) explotó en aplausos mientras el músico subía al escenario. Poco después, fueron premiadas la primatóloga Jane Goodall, que se llevó la medalla a la  trayectoria científica -no pudo estar presente pero si envió un vídeo-, la escritora americana Diana Ackerman y la NASA TV, en la categoría de cine. La entrega de estos galardones era uno de los momentos más esperados de un evento que, hasta el día 10, ha logrado reunir en la ciudad a un espectacular grupo de científicos, entre ellos casi una decena de premios Nobel, astronautas y músicos. Es la sexta edición del Starmus Festival, nacido en España y ahora repetido por todo el mundo.

El festival, que este año se dedica a conmemorar los 50 años del envío de una primera nave a Marte, en realidad ha comenzado con el foco más puesto en la Tierra que en otros planetas. Prácticamente todos los participantes, hasta el momento de esta crónica, han hecho referencia a la situación a la que los seres humanos estamos llevando a nuestra ‘casa’ debido al cambio climático que hemos provocado con nuestra actividad en el último siglo. Con diferentes enfoques, desde microbiólogos a físicos, pasando por climatólogos y artistas, tienen muy presente la urgencia que tenemos en actuar para solucionar este problema.

Para empezar, el propio Brian May, gran apoyo del astrofísico Garik Israelian para la organización  del Starmus Festival desde 2011. “El mundo camina en la dirección equivocada y debemos llamar la atención sobre ello porque estamos dejando un terrible impacto y si dejáramos de pensar tanto en nosotros y pensáramos en la humanidad tendríamos un mundo mucho mejor”,  declaraba en una rueda de prensa.

En la misma línea han intervenido los primeros científicos que se han podido escuchar en unas sesiones a las que están acudiendo miles de personas, muchas de ellas jóvenes, que no han querido perderse la ocasión de ver a sus ídolos musicales y acercarse a escuchar a astronautas como Charlie Duke, de la misiones Apolo a la Luna, Chris Hadfiel , que fue comandante de la Estación Espacial Internacional, o Garrett Reisman, que viajó en tres transbordadores distintos (el Discovery, el Atlantis y el Endeavour) y ahora se ha unido a la compañía privada de Elon Musk, SpaceX, y ya sueña con millones de humanos viajando por el espacio.

Uno de los más incisivos respecto a la crisis climática ha sido el científico y divulgador británico Chris Rapley, que fue responsable del Programa Antártico Británico durante nueve años y presidente del comité científico antártico SCAR. Rapley  recordaba a la audiencia los riesgos a los que nos enfrentamos en la Tierra porque, señalaba, “el cerebro humano es muy complejo pero ha evolucionado para vivir el instante y eso es una barrera que debemos romper, pues tenemos la creatividad suficiente como para poner en marcha soluciones”. “Estamos atascados y los medios de comunicación tienen que hacer más para ayudar a salir de ese atasco”, señalaba en una declaraciones antes de su conferencia.

También la microbióloga y Nobel francesa Emmanuelle Chanpertier, Nobel de Química en 2020, se ha referido al reto que suponen las bacterias en un mundo que se calienta y en el que, por un lado, pueden surgir nuevas infecciones y, por otro, hay que adaptarse. En este sentido, explicó cómo el mecanismo que descubrió para editar genomas de seres vivos –lo hizo con una bacteria, pero es extrapolable a otros organismos- puede ayudar, acelerando un proceso que ya se da en la naturaleza, a adaptarse a un planeta con unas condiciones climáticas distintas, que es a lo que nos enfrentamos.

Y aunque la primatóloga Jane Goodall no ha podido estar en Yerevan, si que envió un emotivo mensaje en el que, además de agradecer la medalla, hizo hincapié en la importancia de recordar que no estamos solos en la Tierra, sino que nos acompañan otras especies a las que debemos proteger, algo que no estamos haciendo.

La exploración astronómica, como no puede ser menos, es otro eje fundamental del encuentro. Como me contaba  la astrofísica y directora del Centro Carl Sagan Lisa Kaltenegger, “conocer otros mundos nos ayuda también a conocer el nuestro, sobre todo, a saber cómo va a evolucionar la Tierra en el futuro” . Poco después o se anunciaba a nivel internacional que había sido encontrado otro exoplaneta –ya van más de 5.000 desde que Michel Mayor y Didier Queroz encontraron el primero-, en cuya búsqueda ha participado Kaltenegger, un astro que está en una lejana estrella a unos 100 años luz  -bautizado como Speeculoos 2- y que podría tener respuestas que nos ayuden a saber cómo una ‘ Tierra’ se va convirtiendo en un planeta ‘Venus’ . Por cierto, Mayor también está en Yerevan.

Imposible no mencionar que todo ello tiene lugar entre conciertos de música en los que miles de personas disfrutan de actuaciones de Brian May, Rick Wakeman, el armenio Trigran Hamasian o el grupo Sons of Apollo con el guitarrista Ron «Bumblefoot” (en el pasado en Gun’s and Roses).

El fundador y promotor del Starmus, sin embargo, destacaba de todo el programa las actividades paralelas que se desarrollan en las universidades armenias y en las calles de la capital . “Esta es la gran novedad del Starmus en Armenia, un país al que hace tiempo soñaba con traer el festival  y gracias al apoyo oficial conseguido ha sido posible. Que más de 100.000 personas, al final, participen en alguna parte del programa de Starmus va a ser un gran éxito que nos anima a seguir ya preparando nuevas ediciones”, nos comentaba.

El cóctel explosivo de la ceguera climática


Atardecer en Castilla @Rosa M. Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Este verano estamos asistiendo a una debacle ambiental, política y social de proporciones inconmensurables si hablamos en términos ambientales. Tanto es así, que al intentar hacer balance una no sabe por donde empezar. Más de 200.000 hectáreas quemadas –empiezo por los incendios forestales- en un país mediterráneo en ya acelerado proceso de desertificación debiera bastar para que todo el mundo se pusiera manos a la obra para que tamaña barbarie no se repita. Si sumamos la sequía, la falta de agua para beber en muchos pueblos, el agua del mar a 30º, augurando ‘Danas’ otoñales… Este cóctel explosivo debiera ser suficiente para crear un consejo de expertos y expertas, científicos a poder ser, a nivel nacional (un IPCC pero al que se haga más caso) que pusiera datos y realidades sobre las causas, las medidas para prevenirlas más certeras en cada lugar y qué hacer después para no seguir en próximos año, en la medida de lo posible, en la misma debacle.

Sin embargo, atónita, veo cómo en lugar de esos análisis y de aumentar la conciencia ciudadana con continuas “asambleas climáticas” (sólo hemos hecho una, y muy menor), algunos medios ponen el micrófono a cualquiera en un pueblo para que suelte una barbaridad que se hace viral, resulta que consejeros y otros políticos, responsables de los territorios más masacrados en la península, pero absolutamente irresponsables en sus declaraciones, la repiten cual mantra . A saber: que los ecologistas y ambientalistas, que ahora más que nunca se basan en datos científicos, son los culpables de los incendios forestales, que el cambio climático no mata o que es normal que haya calor (44,9ºC en Orihuela el 4 de julio). Y todo así, a bocarrajo.

En el caso de los incendios que nos abrasan el ánimo, ahora resulta que alertar desde hace décadas de lo que iba a pasar –y está pasando- te convierte en incendiario, culpable del estado de unos bosques que resulta que es evidente que están resecos porque no llueve, porque además hace un calor insoportable y porque, como bosques que son, tienen sus arbustos, sus maderos viejos de los que comen cientos de bichos, su capa de humus… y lo que no tienen son la ganadería extensiva (ovejas, principalmente) que limpiaban amplias zona, que no todas.

@Tve

Pero también se olvida que si arden es porque, salvo rayo mediante, en un momento de extrema emergencia climática, hay detrás manos humanas que lo provocan, adrede –lo que ya es de traca- o por obra y gracia de lo que algunos llaman errores no intencionados y debieran ser delitos, imprudentes en muchos en esos pueblos donde hay aún gente que no sabe, o no quiere enterarse, de que el clima ha cambiado y sus ‘tradiciones agrícolas’ no pueden seguir como antes. Es verdad que nuestra España rural se vacía –tampoco es que lo pongan fácil a los recién llegados que quieren quedarse y mejorar cosas, a decir verdad- pero los que hay deben saber que cosechar  a mediodía con 40º C es delito y quemar rastrojos o basuras en ola de calor y tirar fuegos artificiales en fiestas del verano. Idealizar a los humanos por el lugar donde viven me parece de un desconocimiento supino de los pueblos.

El Retiro el domingo 24 de julio, la parte al sol era la permitida para caminar. Los paseantes, infriendo la «norma». @Rosa M. Tristán

Claro que tampoco vamos a pedir peras al olmo, porque si en los pueblos no se enteran de lo que está pasando, en las urbes menos… Que ahí tenemos a alcaldes de pro, elegidos por los urbanitas, como los de Madrid, cerrando parques y sombras y ‘reconstruyendo’ plazas de hormigón –barbacoas humanas, las he bautizado- porque el verde sólo vale si es pintado o en césped de plástico (veasé la Plaza de España de la capital), que a ver si lo vegetal hace daño… Y también tenemos los aires acondicionados a todo trapo en centros comerciales y oficinas donde hay que entrar con rebequita, no sea que del resfriado tengamos mocos y nos entre la paranoia de que es COVID. Y, por supuesto, en las urbes regamos a los que se sientan en las terrazas como si fueran tiestos, con un sistema que requiere consumo de energía continuo y no renovable, eso si, no tanta como la que gastamos en invierno en calentarles con estufas, facilitando en ‘calentamiento climático corpóreo’ en vena.

Todo esto está pasando mientras en España hemos duplicado ya con creces el calentamiento de 2ºC de media que el planeta quería –y lo pongo en pasado- evitar a finales de siglo. Orihuela se lleva la palma, pero las temperaturas récord han proliferado al mismo ritmo que los embalses se han vaciado (y aún he visto cultivos regándose en plena Castilla de secano). Como decía certeramente Fernando Valladares, igual es el verano más fresquito que tendremos en nuestra vida, pero está claro que “no miramos arriba” porque asusta y es mejor seguir ciegos.

Hay que decir que en Europa la cosa no va mejor: también arde Italia y Francia y Grecia y Alemania… mientras en la UE ‘resucitamos’ el carbón como combustible, que es la mejor forma de que salte por los aires el afamado Acuerdo de Paris de 2015, y llamamos «verde» a lo que era negro: el gas; o azul fosforito: las nucleares.

Por cierto, también en California el entorno del maravilloso Parque Nacional de Yosemite (¿sabes que es el segundo creado en el mundo, en 1890?)

Y ¿qué decir de África, donde casi nadie tiene coche, ni hay industrias ni aires acondicionados? Poco se habla estos días de que el Cuerno de África está sufriendo su peor sequía en 40 años, como alertaba el pasado 25 de julio la agencia humanitaria de la ONU. Alerta que cae en oídos sordos, por cierto, aunque haya ya 18,7 millones (18.700.000) de seres humanos en riesgo de severa desnutrición. Los muertos, ni se sabe, pero el millar que se calcula que ya tenemos en España por el calor son una gota. En todo caso, no nos preocupemos, que si los africanos subsaharianos osan acercarse a nuestras fronteras, ya los echamos a patadas, que ya se encarga Marruecos de acusarles de traficantes o abandonarlos en el desierto.

Isla Rey Jorge este mes. Foto de investigadores chilenos @Antarctica_cl

¿Y si miramos a los hielos? Malas noticias… El Ártico, un verano más, presenta un panorama terrible. A mediados de julio en Groenlandia perdió, en sólo tres días (del 15 al 17) 18.000 millones de toneladas de hielo, casi lo mismo que en una semana en 2021 en un área de un millón de kms cuadrados (el doble que la Península Ibérica). En la Península Antártica, científicos chilenos informan de que el pasado 17 de julio, en pleno invierno antártico, tenían 10ºC en Base Esperanza, 15ºC más de lo esperable en esa fecha debido a llegada de masas de aire cálidas.

Avalancha en los Alpes.

De las cordilleras, casi da miedo hablar. Los Alpes, los mayores glaciares de Europa, con grandes avalanchas que causan muertos, refugios ya inaccesibles por las grietas que ha dejado el deshielo; los Andes, tras un inicio seco del invierno austral, ahora parece que comienza a nevar, aunque han perdido ya el 30% de su masa glaciar. En el Himalaya cuentan los últimos estudios que se han secado el 50% de las cascadas y la estación meteorológica South Col detectó el pasado día 21 de julio un récord inimaginable hace nada: una temperatura máxima de -1,5º C a una altitud de 7.945 metros en el mismísimo Everest.

Con todo lo anterior, hay que escuchar que la culpa es de los ecologistas porque, claro, es mucho más fácil acusar a los activistas ambientales (como ya se hace también con las feministas) que al sistema económico tal como está estructurado, igual que más fácil acusar al lobo que a la gran superficie o a la macrogranja que exprime a los ganaderos o, por qué no, a las grandes compañías que estos días nos sonrojan con sus dividendos.

Y para terminar el repaso, reconozco que me va corroyendo el convencimiento de que esto no se arregla con acuerdos internacionales vendidos con muchas alaracas que luego acaban en la basura, por desgracia. Quizás si acabe con una catástrofe a paso lento en la que saldrán perdiendo los de siempre: los pobres.  Aún con esa amenaza delante, sigo creyendo en la apuesta por las renovables, porque no queda otra, porque el humano evolucionó aprendiendo a ser eficiente con la energía y en el camino lo olvidamos; eso si,  serán útiles si logramos que el decrecimiento del consumo sea visto como oportunidad y no como un cataclismo. Y confío en las iniciativas de grupos humanos que no están sujetos a los vaivenes del poder, como tantos políticos, sin olvidar que son elegidos por mayorías. Y sugiero que habrá que dedicar nuestra inmensa creatividad tecnológica no tanto a nuevos móviles (ya no se qué más pueden hacer) como a mejorar el reciclaje de unos materiales terrestres que no podemos seguir expoliando infinitamente, y menos a costa de masacrar pueblos ajenos.

Mi generación ha destrozado la biosfera de un  planeta entero en 60 años.

Si hay responsables lo somos todos. Culpar a los que nos avisaban es, cuando menos, mezquino.

Vuelve Starmus Festival: de Armenia a Marte en un viaje ‘cósmico’ irrepetible


ROSA M. TRISTÁN
Cuando el otro día veía en una televisión un especial sobre las misiones Apollo de la NASA y la épica del primer viaje a la Luna, recordé aquella ocasión en la que subí con Neil Armstrong en el ascensor. Ocurrió en el primer Starmus Festival, en Canarias, en el que el gran estreno de un evento que ya ha hecho historia –al poco tiempo Armstrong murió- y que este año se repite, tras el parón de la pandemia, y viaja hasta Armenia, cuna de una de las civilizaciones humanas más antiguas del mundo. Hasta allí irán premios Nobel, astronautas y cosmonautas, directivos de agencias espaciales, expertos en cosmonáutica, innovadores de la tecnología y artistas que podrán música e imágenes a unas conferencias que abordarán un tema tan apasionante como es la conquista de Marte.


“Este año lo dedicamos a Marte porque se han cumplido 50 años de la llegada del primer artefacto humano a ese planeta”, explica su director y fundador, el astrofísico Garik Israelian, armenio asentado en España desde hace décadas. En total, en esta ocasión estarán en Yerevan, la capital, entre el 5 y el 10 de septiembre, ocho premios Nobel (Kip Thorne, Michel Mayor, Emmanuel Chapentier…) , astronautas como Charlie Duke, Yuri Baturin o Jim Bagian, científicas como Maureen Raymon (directora del Lamont-Doherty Earth Observatory en Columbia y una autoridad en la ciencia que estudia el pasado climático de nuestro planeta) o la astrónoma Ewine Fleur van Dishoeck, que dirige la Unión Astronómica Internacional y Premio Albert Einstein en 2015.

Con el Nobel Michel Mayor y Francois, su esposa.

Pero antes de seguir con este intenso programa científico de impacto mundial, como los anteriores, conviene recordar el origen del Starmus Festival. Nació de la iniciativa de Israelian, astrofísico en el Instituto de Astrofísica de Canarias, que tiene en su haber importante reconocimiento internacional y muy buenos contactos, allá por el año 2011. Quería, me contaba entonces, organizar un evento que animara a los jóvenes a interesarse por la ciencia, y más concretamente con la que tiene que ver con el Cosmos, tanto en su faceta más astronómica como aeroespacial. Su idea era reunir a los mejores investigadores del mundo y acompañarlos de grandes músicos, bandas que atrajeran a esa juventud que veía alejarse de la investigación. Además, quería sumar a la ecuación a grandes divulgadores científicos, personas que ya sea con su pluma, su cine, sus libros o sus programas en medios debían ser reconocidos en Starmus.


Muchos son los altibajos que Garik Israelian ha tenido en el camino. Para empezar, la búsqueda de financiación para que el festival no perdiera nivel. España “no es país para ciencia”, por más que se insista en ello y aquí las autoridades no se lo pusieron nada fácil. Pero lo superó viajando a otros países . Logró implicar al famoso Stephen Hawking –muy ilusionado con la creación de la Medalla Hawking que concede Starmus al mejor divulgador o divulgadora – y pese a sus dificultades físicas, no dudo en viajar hasta Canarias en varias ocasiones para participar activamente. “Disfruté mucho del festival. Es una combinación de ciencia y música rock, las cuales me encantan. Espero que haya un STARMUS el próximo año, y me invites. En un mundo acosado por tantos problemas terribles y tan falto de soluciones, STARMUS ofrece un rayo de esperanza. Starmus confirma su posición como una cámara de debate única para el futuro de la raza humana”, dijo el físico en la primera ocasión.


Como ya señalaba, no lo pudo hacer Neil Amrstrong, pero si volvió a repetir Buzz Aldrin en 2019, y también el no menos mítico cosmonauta ruso Alexei Leonov –que fue un habitual hasta su fallecimiento-, el biólogo Richard Dawkins, la cosmonauta Valentina Tereshkova… y así hasta un sinfín de grandes científicos y científicas de renombre mundial, entre ellos 25 ganadores del premio Nobel, algunos de los cuales están de nuevo en el programa este 2022.


La Medalla Hawking para la Comunicación Científica, que con tanta ilusión crearon el propio Stephen Hawking, Alexei Leonov y la estrella de rock y astrofísico Brian May, de Queen, cada año tiene más prestigio. Ya la han conseguido Elon Musk, Jean-Michel Jarre, Neil deGrasse Tyson, Hans Zimmer y el documental The Particle Fever. ¿Quién será este año?


En este Starmur VI, volveremos a disfrutar con el Nobel Michel Mayor (ya me ha escrito para confirmarme que nos veremos, algo que no ocurre desde 2017, antes de que fuera Nobel, en 2019), con la astrofísica Jill Tarter y con Jean-Jacques Dordain, ex director general de la Agencia Espacial Europea – siempre sorprenden en sus conferencias- pero también con nuevas incorporaciones, como es el caso del ex administrador de la NASA Charles Bolden, bajo cuyo mandato se lanzó el Curiosity rover a Marte (2012), Tony Fadell, uno de los creadores del Iphone, o el científico chino Ju Wi, presidente de la Chinese Society of Space Research. En definitiva, será una ocasión única para conocer el estado de la investigación astronómica y la ‘conquista’ del espacio exterior, entendida como un conocimiento que nos sitúa en el diminuto lugar que nos corresponde. La ocasión de estar cerca de seres humanos que nos han enriquecido a todos con su curiosidad infinita.


Y luego está la parte cultural. Este año, no podrá asistir Brian May, que se encuenta en gira mundial con el nuevo Queen, pero si artistas de la talla de Rick Wakeman, el rockero Jeff Scot Soto, el actor David Zambuka (ya estuvo en Starmus III, dejando perplejo al mismo Hawking) o el guitarrista William Sheehan. Por supuesto, habrá espacio para grandes artistas de la rica cultura armenia e incluso está previsto un concierto de la Orquesta Sinfónica del país.


“Estoy feliz de que finalmente el festival Starmus llegue a Armenia, un país que sigue siendo un gran desconocido pese a la tremenda riqueza cultural que tiene. Es una buena oportunidad para atraer turistas con una agenda científica y posicionarlo en el mapa mundial como país de ciencia y de cultura. Debemos hacer todo lo posible para lograr este objetivo”, anima Garik Israelian a quienes estén interesados en la asistencia.
La entradas se pueden adquirir ya están a la venta en su WEB: https://www.starmus.com/

‘Cuchillos en el aire’ en la reunión del Tratado que rige la Antártida


Christopher Michel via Flickr under CC BY 2.0

España ha logrado que sus propuestas sobre el impacto del turismo y la coordinación científica se aprobaran en una cita marcada por la guerra y los recelos en aumento de China

ROSA M. TRISTÁN

La Antártica ya no es inmune a las tensiones políticas y a las guerras, sean frías o calientes y así ha quedado de manifiesto en la 44ª Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) que esta semana ha tenido lugar en Berlín. Mientras hablaba el delegado ruso, 25 delegaciones de otros tantos países abandonaron la sala. El representante de Ucrania, por su parte, recordaba que la ciencia polar antártica se ha quedado desmantelada a causa de la invasión ordenada por Vladimir Putin, cuando no destruidos sus centros de investigación. “¿Cómo vamos a hacer ciencia ahora – se preguntaba- si ni siquiera puede tener el puerto de Odesa para el nuevo buque polar que acababa de adquirir?


Al final, no hubo suspensión de la reunión en el seno del Tratado, como si la hubo en el Consejo Ártico el pasado mes de abril, pero tampoco se ha conseguido introducir ninguna de las medidas más urgentes que se exigían desde algunas delegaciones y también desde la sociedad civil, representada con las ONG, dada las amenazas que se ciernen sobre el continente blanco. El éxito más rotundo es de dos propuestas del Comité Polar Español: una sobre coordinación científica y otra sobre los impactos del turismo antártico.


Jennifer Morgan, ex presidenta de Greenpeace y actual titular de la secretaría del Tratado Antártico, ya dijo en la conferencia inaugural que «lo que ocurre en la Antártida no se queda en la Antártida”, en referencia a como nos afecta a todos. Pero es que a la vez, lo que ocurre fuera de la Antártida la afecta en gran medida, en términos de impactos ambientales, y la casi paralización en las decisiones es hoy tan grande que los reunidos en la capital alemana ni siquiera han sido capaces de designar a los emblemáticos pingüinos emperador, los más grandes del planeta, como “especie especialmente protegida”, cuando ya se sabe que sus poblaciones están amenazadas por el cambio climático, como toda la fauna del continente de hielo.

De hecho, un estudio internacional publicado en Global Change Biology en agosto de 2021 augura que el 98% podrían desaparecer en sólo siete décadas si no se disminuyen drásticamente las emisiones contaminantes que generan el cambio climático. “El bloqueo vino de China, que dice que no es necesario, que falta ciencia”, señala Antonio Quesada, responsable del Comité Polar Español y máximo representante de la delegación española en el encuentro de Berlín.


La propuesta de protección fue presentada por el Reino Unido y contaba con el apoyo de muchos gobiernos occidentales a un plan de acción específico, pero China argumentó que hacía falta más investigación científica sobre las amenazas a las que se enfrenta esta especie polar. Es la misma postura que esgrime desde 2016, junto con Rusia, para bloquear las declaración de nuevas áreas protegidas en el Océano Austral, que hoy está amenazadas por el aumento del deshielo y el impacto en especies como el krill, base de la cadena trófica, es decir, de la alimentación de la vida polar.


Como observadora del Tratado, la organización ASOC (Antarctic and Southern Ocean Coalition) mostraba al término del encuentro su perplejidad porque esta iniciativa fuera rechazada. “Todos los países que son Partes del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid tienen obligaciones de proteger a las especies antárticas. Esta designación habría sido una medida lógica para mitigar las amenazas que pesan sobre una especie majestuosa y muy querida por gente de todo el mundo”, afirmaba su directora ejecutiva Claire Christian.

Desde días antes, ASOC y otras organizaciones habían apostado fuerte porque esta medida de protección saliera adelante. Ricardo Roura, presente en las reuniones de Berlín, nos declaraba: “Nos hemos movilizado ante la Puerta de Brademburgo por la protección del pingüino emperador, que es el único que anida sobre el hielo marino para conseguir la máxima protección posible, que puede poner límites a la visitas turísticas a sus colonias”, explicaba. De momento, el ‘emperador’ deberá esperar.


Otra de las esperanzas estaban puestas en que se adoptara un plan completo de respuesta al cambio climático, dado que ya hay pruebas científicas incuestionables de que la Antártida se halla en la primera línea de fuego de la crisis climática. Cada vez son más frecuentes las noticias sobre olas de calor, con subidas de temperaturas de hasta 40º C sobre las habituales –incluso se ha llegado a un registro de 18º C-, desplomes de plataformas de hielo marino que contenían hasta ahoar la salida de grandes masas de hielo interior glaciar y, este mismo año, récords de mínimos de ese mismo hielo marino invernal, tan fundamental para mantener el frágil equilibrio en esa zona del globo.


El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) —una evaluación de vanguardia sobre el cambio climático realizada por cientos de científicos de todo el mundo— ya ha lanzado un funesto mensaje de advertencia sobre los riesgos para todo el planeta derivados de no actuar con determinación frente al derretimiento de los polos. No sólo por el aumento del nivel del océano global y el daño la biodiversidad de esas zonas únicas, sino porque cambia las corrientes oceánicas que ‘diseñan’ el clima terrestre.

Esta misma semana, en un evento en el Instituto Francés, el director del Instituto Polar Francés, Jerome Chappellaz, recordaba que realmente no sabemos qué va a pasar cuando lancemos más CO2 a la atmósfera. Hay mucha incertidumbre. “Gran cantidad de energía acumulada en la Tierra, que hemos añadido como CO2, está almacenada en el océano en un 90% porque la absorbe, y el 70% está en el Océano Austral. Pero no tenemos idea de cuánto más de si seguirá ahí en el futuro, si dejará de captarlo o si comenzará a emitir ese CO2. Nos faltan respuestas -reconocía – y es una dinámica climática monstruosa, como un petrolero que entra en un puerto a toda velocidad. Cuantos más esperemos para frenar, con más fuerza chocará. No hay que esperar a más trabajos científicos para tomar medidas, ni esperar al final de la guerra de Ucrania. Pero todos los políticos siguen hablando de crecimiento, cuando hacerlo de otro indicador: el estado del planeta”.


“Lo importante es mantenerse por debajo de una subida de 1,5 grados. En las cumbres del clima, los gobiernos se comprometen a hacer cambios y hay empresas ya comienzan a cambiar, pero también debemos hacerlo con nuestros hábitos. Debemos reducir al máximo el cambio climático”, señalaba, por su parte, la investigadora polar Carlota Escutia, representante de España en el comité científico antártico SCAR en temas de evolución del cambio climático.


Ambos saben de lo que hablan. Chapellaz lleva muchos años taladrando el hielo antártico para obtener ‘testigos de hielo’ que nos hablan de lo que ocurrió hasta hace 800.000 años y Escutia recoge sedimentos en el fondo oceánico, retrocediendo muchos millones de años en el pasado, que nos da pistas de lo que puede pasar. Los trabajos de su equipo han permitido averiguar que hace entre tres y cuatro millones de años con una contaminación de unos 400 ppm (partes por millón de CO2) similar a la que tenemos hoy (en realidad, tenemos 414 ppm) en la Antártida había hielo, pero mucha más vegetación. «Era como hoy el sur de Chile», señala Escutia. El nivel del mar aumentó hasta 20 metros en todo el planeta. ¿Cuántos miles de millones de personas verían sus hogares y tierras submarinas si esto acontece? “Si se cumpliera el Acuerdo de París, a finales de este siglo tendríamos medio metro más de agua, aquí, en nuestra costa, pero si no se cumple podrá ser hasta un metro”, alertaba la científica.


Sin embargo, pese a estas y otras muchas alarmas, el Tratado Antártico no avanza. Todas las decisiones se toman en su seno por un consenso que cada vez es más difícil y también hay cada vez más voces que hablan de crisis. No sólo por la actual guerra. Es verdad que el conflicto ha hundido a la ciencia ucraniana –de hecho, sus científicos están saliendo a otros países a trabajar, incluido España, donde habría ya cerca de un centenar- y que si se ha frenado la inclusión de Canadá como miembro consultivo del Tratado, el veto de Rusia y China tiene mucho que ver, pero lo más grave, según los asistentes a estos días de cumbre polar, es que se han paralizado los posibles avances relacionados con el cambio climático, retrasándose una resolución oficial para un plan concreto de respuesta. Es como una vuelta a la situación en 2016, cuando debería caminarse hacia el 2030…


La clave estaría en el papel de China, protagonista indiscutible de los últimos desencuentros, más preocupante que Rusia. “Sus posiciones de bloqueo a posibles avances desde 2019 son una culpa compartida –reconoce Quesada- porque hasta ahora hemos aplicado el ‘rodillo occidental’ con nuestra forma de hacer ciencia, desde nuestra óptica, cuando hay otros modos, con un control más gubernamental, como es el caso chino; ahora es una potencia y ya no se calla, no acepta que se la ningunee en estos foros, así que al final el resultado es que no se avanza”.


En similares términos habla Jerome Chappellaz, consciente de que China está en vías de establecer un nuevo orden mundial y, en pleno siglo XXI, ya no sigue las órdenes ni de Europa ni de Estados Unidos: “Es inquietante, porque se oponen a menudo en detalles, pero eso indica una posición de principios, un pulso con el que quieren demostrar que China decide; y la realidad es que si una sola nación no quiere aprobar algo, no avanzamos en las reuniones del Tratado, así que habrá que sentarse con China en las negociaciones y reconocer que la situación está cambiando, que tiene peso en el nuevo orden mundial, y habrá que llevarles hacia una postura que vaya más allá de sus intereses nacionales porque hay que trabajar juntos”, declaraba el científico y responsable polar francés.


DOS APORTACIONES FUNDAMENTALES DE ESPAÑA


Lo más importante que se ha logrado en la reunión anual en Berlín, casi lo único, están dos avances que se deben a la propuestas de España, una en materia de coordinación científica y otra sobre el turismo. Gracias a la primera, desde ahora los trabajos científicos en el continente se coordinarán mejor que hasta ahora, gracias a un sistema de intercambio de estos trabajos entre países que permita sistematizar mejor la información. “Se trata de saber mejor qué queremos investigar cada país y qué información interesa de cara al futuro”, señala Quesada.


La otra gran propuesta de la delegación española, un éxito total apoyado por 22 países, es la de investigar cómo el turismo antártico está impactando en el continente, analizar los impactos acumulativos. Recordemos que en la temporada estival de 2019-2020 fueron 74.400 turistas (concentrados en pocos meses y zonas), cifras que cayeron por el COVID-19 y que ya han empezado a remontarse, esperando que se alcancen los 106.000 en la temporada 2022-2023 según la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO, por sus siglas en inglés). Como explica el representante español, “desde ahora los países, por una resolución del Tratado, tendrán que monitorizar cómo están impactando estas visitas en las zona cercanas a sus bases científicas, algo de lo que hay información, pero no suficiente”.


Esta decisión, que fue cofirmada por Estados Unidos, se basa en artículos científicos publicados por el equipo del investigador Javier Benayas, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre turismo antártico. Según Benayas “nos faltan datos de los impactos reales y si no se conocen, no se puede hacer una gestión turística adecuada, adaptada a cada lugar”. Tiene muy presente lo ocurrido en la pequeña Isla Barrientos, un lugar cercano a la isla Rey Jorge, muy visitado por su espectacular belleza. Allí, los visitantes acabaron creando senderos muy impactantes para la fauna que hubo que acabar cerrando después de que analizaran a fondo los daños. De cara al futuro, el proyecto con su equipo es aplicar lo que denomina ‘gestión adaptativa’ a seis lugares cercanos a la dos bases españolas, con apoyo de financiación española y holandesa.


La resolución sobre el turismo también se opone a ciertos tipos de infraestructuras turísticas permanentes, dado que sigue siendo un continente dedicado a la ciencia, aunque sea visitable.


Pero de momento, otros asuntos tan fundamentales como urgentes, tendrán que esperar a más adelante. En el aire sigue la decisión sobre la protección del Océano Austral en la sensible área del Mar de Weddell, pero también en la Península Antártica y un área de la zona oriental del continente. En total, cuatro millones de kilómetros cuadrados que dependen de que la Comisión para la Conservación de los Recursos Marinos Vivos Antárticos (CCAMLR, en inglés) logre algún día solventar el veto de China y Rusia. Con ‘los cuchillos en el aire’, metafóricamente hablando, de momento parece más imposible que el fracaso con los pingüinos empererador…. La 37º reunión (presencial) de CCAMLAR tendrá lugar en octubre en Australia y no pinta bién.


Y mientras tanto, los hielos antárticos, como los árticos, siguen su camino de deshielo…

Olas de calor en la Antártida: un 25% más cálidas por el cambio climático de origen humano


En Isla Decepción, en febrero de 2020, cuando se alcanzado los 13,3º C. @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN

Viajar hacia la Antártida en un buque oceanográfico como el Hespérides casi en mangas de camisa, no es normal, pero si es una experiencia que es hasta 10 veces más probable que se repita debido a la emergencia que está generando transformaciones en el clima del planeta, causada por la intervención humana. Por primera vez, un estudio científico, español, nos dice expresamente que un 25% de esa intensificación del calor se debe el cambio climático, confirmándose así lo que hasta ahora se sabía, pero no se había cuantificado.

Esta es la principal conclusión de un artículo que el grupo antártico de la Aemet, junto con la Universidad de Barcelona, la de Lisboa y el Instituto de Geociencias del CSIC, publica esta semana en la revista “Communications Earth & Environment. Se centran, precisamente, en la ola de calor que vivió la autora de este artículo cuando llegó a la base española Juan Carlos I, en febrero de 2020. El termómetro entre los días 6 y 11 llegó a marcar allí los 12,6º C -al sol, la sensación térmica aún era mayor- pero es que en la base argentina Esperanza marcó los 18,3º C, en la de Marambio los 15,8º C y en la Gabriel de Castilla, los 13,3º C. ¿Qué probabilidad había de que me tocara un evento así?

Ahora ya sabemos, gracias a estos investigadores, que tenía 10 veces más de probabilidad de tenerla que si hubiera viajado entre 1950 y 1984, cuando las olas de calor eran un 25% más fresquitas. «Lo que hemos hecho es un estudio de atribución, es decir, utilizando la estadística para ver qué pasaba antes en situaciones similares, con análogas circulaciones del aire, y qué es lo que sucedió diferente en esos días de 2020. De este modo, descartamos el posible efecto que pudiera haber tenido la parte dinámica y lo que queda es la subida de temperatura que tiene que ver con el cambio climático de origen humano, al que es atribuida la ola de calor», asegura el científico de Aemet, Sergi González, primer firmante de este trabajo.

En realidad, momentos puntuales con subidas de temperatura no son nuevos en la Antártida. Pero si que ahora se certifica que son 0,4º C más cálidas de lo que eran antes, según señala este trabajo, y además son mucho más probables, según dice otro trabajo chileno reciente, al margen de que haya cambios de circulación de las corrientes, también llamados ríos atmosféricos. Es más, desde ese mes de febrero ahora estudiado, ha habido nuevas olas de calor en ese continente. En ninguna se superado los más de 18º C, ni se han aproximado a esa temperatura, pero si se han superado las que son las medias habituales (hasta ahora) en algunas zonas, tanto en el verano como en el invierno polar. La ola más reciente, en marzo pasado, en la Antártida Oriental se superaron en 40 grados sobre lo que se considera habitual, produciéndose apenas unos días después el colapso de una gran plataforma de hielo milenario de 1.200 kilómetros cuadrados.

Siempre que se mencionan estos episodios en un lugar tan lejano, conviene recordar el impacto que tiene el deshielo antártico en el aumento del nivel del mar -justamente estos días se habla en España de playas en el Levante que se quedan sin arena tras grandes tormentas, pero sobre todo hay que hablar de comunidades enteras que se quedarán inundadas- y en el cambio de las corriente océanicas, tan relacionadas con el clima global de la Tierra. También conviene recordar que todo ello tiene que ver con las emisiones contaminantes generadas por la actividad humana en apenas 100 años, sobre todo en las últimas décadas, un ciclo basado en el consumo, y derroche, de combustibles fósiles que no parece tener fin.

LINK al artículo científico: https://www.nature.com/articles/s43247-022-00450-5

Cómo el clima de la Tierra ‘modeló’ a los seres humanos en dos millones de años


ROSA M. TRISTÁN


Hasta tiempos muy recientes el clima ha modelado nuestra vida y nos ha hecho como somos. Durante dos largos e intensos millones de años, los cambios de temperaturas, lluvias y, por tanto, de biomasa de la que poder alimentarnos, han afectado a la evolución de nuestro cuerpo y nuestro cerebro y también nos han llevado de un lado a otro a medida que nuestro hábitat cambiaba, sin más fronteras que los accidentes geográficos, ni banderas ni visados ni concertinas. Es algo que se intuía, porque igual ha ocurrido con otros animales, y ahora se confirma en un estudio publicado en Nature.

Durante los últimos cinco millones de años, señalan, la Tierra pasó de tener un clima más cálido y húmedo durante el Plioceno (hace entre 5,3 y 2,6 millones de años) a otro más frío y seco en el Pleistoceno (entre 2,6 millones y 10.000 años). Dentro de este marco de tiempo, los cambios en la órbita de nuestro planeta alrededor del Sol, los llamados ciclos de Milankovitch, cambiaron el clima. Los científicos, en el siglo XX, ya han establecido un vínculo entre ese cambio climático forzoso con las migraciones humanas primitivas, pero faltaba demostrar esa relación con datos, que es lo que se ha hecho ahora.

Axel Timmermann y sus colegas han combinado registros ambientales con los análisis de los fósiles y arqueológicos para estudiar los movimientos de seis especies de homínidos, agrupadas en cinco grupos: los más primitivos (Homo habilis y ergaster), los H. erectus, los heidelbergensis o preneandertales, los neandertales y los sapiens. Demuestran que los cambios en la temperatura, las precipitaciones y la producción primaria neta terrestre (una medida de la cantidad neta de carbono capturada por las plantas cada año) tuvieron un gran impacto en la distribución, dispersión y, potencialmente, diversificación de todos los homínidos.

Durante el Pleistoceno Inferior, los más primitivos se asentaron en ambientes con poca variabilidad climática. Sin embargo, hacia el final de Pleistoceno, todo indica que se convirtieron en vagabundos o nómadas globales y se adaptaron a una amplia gama de condiciones climáticas en su deambular. Además, se cree que las perturbaciones climáticas en el sur de África y Eurasia hace entre 400.000 y 300.000 años contribuyeron a la transformación evolutiva de los heidelbergensis en sapiens y neandertales.


Los primeros humanos africanos parece que si que disponían de estrechos corredores en el sur y el este de África -Valle del Rift- que se caracterizaban por una variabilidad de hábitats acorde con la especialización de estas especies, si bien ya los posteriores Homo erectus, hace un millón de años, podían vivir en ambientes muy diferentes, como prueba el hecho de que restos suyos se hayan encontrado en lugares muy distintos. Los más recientes heiderbergensis y los neandertales eran más especiales para buscar un lugar donde asentarse. Pero los más expansivos somos, sin duda, los sapiens, que desde el principio fuimos capaces de vivir en zonas tan secas y calurosas como un desierto o tan frías como las estepas siberianas.

De hecho, los heidelbergensis con los que tenía nuestra especie hábitats compartidos, no disponían tanta capacidad de adaptarse. Para ellos, las zonas donde encontraron un clima adecuado, además de Eurasia, fueron la parte centro-oriental y austral de África. Hace entre 400.000 y 300.000 años, un fuerte estrés climático en el sur, según este trabajo, cambió las condiciones de su hábitat, lo que provocó su desaparición y favoreció que surgiéramos los sapiens, hace entre 300.000 y 200.000 años. Es más, Timmerman y su equipo plantean que una especie se convirtió en otra. No habría habido esa misma transición en África del Este, donde está la llamada Cuna de la Humanidad. Apuntan que hay muchas ‘lagunas’ de fósiles que hacen pensar menos en una transición de una a otra especie que en una llegada, si bien esta hipótesis choca con la más extendida sobre una evolución de nuestra especie multirregional en diferentes grupos de sapiens.

Los mapas de hábitat idóneos que han hecho los investigadores en este trabajo, en todo caso, nos ayudan a conocer las ubicaciones posibles de formación de nuevas especies humanas, su sucesión y su superposición, como ocurre en Europa. Vemos que la tolerancia a las condiciones climáticas secas pudo mejorar la movilidad de nuestra especie, facilitando las dispersiones en oleadas diferentes documentadas en Eurasia a través de la península del Sinaí, el paso de Bab-el Mandeb hacia el Levante o la Península Arábiga.

Pese a ello se mantienen incertidumbres en la atribución de especies, particularmente para el período entre un millón y 300.000 años. Su cálculo de la superposición de especies según el clima, permite ver dónde estaban los espacios habitables para cada especies de acuerdo con una perspectiva multirregional y ahí surgen el sur y el este de África, además de región al norte de la Zona de Convergencia Intertropical, como refugios a largo plazo para varios tipos de humanos arcaicos. A medida que el clima cambiaba en las escalas de tiempo orbitales, estos refugios cambiaron geográficamente, creando patrones de población con mayor complejidad.

En definitiva, los cambios climáticos, forzados a nivel astronómico, fueron claves en la distribución de los humanos y en su diversificación . Ahora son cambios forzados por causas humanas -las emisiones de gases contaminantes- y la diversificación no está siendo biológica, pero una nueva distribución es inevitable bajo la brújula de la supervivencia, que marca al norte.

Ríos de aire tropicales que desintegran hielos antárticos


Isla Livingston en febrero 2020, días después de la ola de calor. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Tras los últimos eventos climáticos en la Antártida y los colapsos del hielo que les han acompañado, incluso en la zona más fría de la Tierra, algunos científicos polares apuntaban a corrientes de aire tropicales, húmedas, que están llegando hasta el continente del sur, provocando olas de calor que acaban acelerando el deshielo y con él los cambios en el nivel del mar y en las corrientes oceánicas a nivel global.

Faltaba poner datos a estos fenómenos, especialmente numerosos en la Península Antártica, la zona del continente de hielo que se calienta a doble velocidad que el resto, y ahora es que han hecho los investigadores de Francia, Portugal, Bélgica, Alemania y Noruega en el trabajo que acaban de publicar en la revista “Communications Earth and Environment”.

Los datos que han recopilado indican que el 60% de los eventos de desprendimientos de hielo alrededor de las plataformas de hielo Larsen de la Península Antártica entre los años 2000 y 2020, fueron provocados por condiciones atmosféricas extremas, olas de calor polares que, si se cumplen las proyecciones –y todo indica que así va a ser si no se frenan las emisiones contaminantes globales- pueden poner en riesgo de colapso a la plataforma marina Larsen C. Al tratarse de hielo marino podría pensarse que ello no tiene que afectar al aumento del nivel del mar a nivel planetario, pero  resulta que el 80% del hielo interior antártico se ‘evacúa’ por los glaciares y éstos son contenidos, como si de un contrafuerte se tratara, por estas plataformas heladas. Sin ese contrafuerte, el hielo interior sale “como el vino espumoso se vierte tras la expulsión del corcho”, señalan los científicos en un comunicado. Y la Larsen C es el ‘tapón’ más grande que contiene el hielo interior en la zona del Mar de Weddell.

Estas olas de calor -entre las que destaca la que tuvo lugar en febrero de 2020, cuando se alcanzaron más de 18,3º C en una base polar argentina- se producen, según explican, porque llegan hasta la Antártida ríos atmosféricos de aire cargados de humedad que se originan en zonas subtropicales o latitudes medias y que aumentan las temperaturas bruscamente. La última de estas corrientes de aire llegó en marzo de este año a la Antártida Oriental, donde si bien no se llegaron a rebasar los cero grados en el interior, si subió la temperatura 40º respecto a lo normal y se provocó el colapso de la plataforma de hielo frente al Glaciar Conger.

Irina Gorodetskaya, una de las autoras de este trabajo y gran experta en este tema, nos deja claro que estos ríos atmosféricos están relacionados con el cambio climático global, que aumenta su frecuencia y su intensidad, pero especifica que su causa última son eventos en los que se superan umbrales de temperatura máxima. “Las proyecciones climáticas futuras nos muestran la extensión de la temporada de deshielo y su migración hacia el sur de la plataforma Larsen C, pero también una mayor frecuencia e intensidad de ríos atmosféricos que llegarán a tierra en la Antártida, en concreto a la Península”. Todo ello, afirma, “conlleva el riesgo de tener un impacto perjudicial en la estabilidad de la Larsen C”.

Irina Gorodetskaya . Foto del proyecto antártico HYDRANT

No conviene olvidar que esta plataforma de hielo marino es la más grande que queda en torno a la Península Antártica y que, como se explicaba, funciona como un ‘tapón’ de un hielo interior que es suficiente para aumentar 60 metros el nivel del mar global si de derrite en su totalidad. Esos 60 metros más de agua supondría la inundación de grandes extensiones de la tierra, hoy habitadas por miles de millones de seres humanos que no estaban cuando hace decenas de millones de años la Antártida era verde.

En realidad, lo que puede pasar con el hielo marino de la Larsen C no es muy distinto de lo que ya ocurrió con las Larsen A y Larsen B en la misma zona: la primera colapsó en 1995 y la segunda en 2002. En su momento, ambos eventos se relacionaron con el derretimiento superficial de su hielo, que las debilitó, y con el fuerte oleaje oceánico provocado por las tormentas. Ahora, Jonathan Wille y sus colegas han añadido el factor «vientos cálidos» que provocan ‘olas de calor’ puntuales.

En las dos primeras décadas de este siglo han identificado un total de 21 eventos de desprendimiento y colapso de plataformas marinas y en 13 detectaron que antes hubo una llegada de fuertes ríos atmosféricos, con una diferencia de unos días con el colapso. Como en marzo pasado. Estos corredores en la atmósfera por los que viaja vapor de agua tropical, elevan las temperaturas y generan charcos de agua que se acumula en lagos o rellena grietas y que acaba fracturando las plataformas y desestabilizándolas. A  ello se añade que sus bordes se desintegran, permitiendo que entren corrientes desde el océano.

Gorodetskaya nos cuenta que estos ríos atmosféricos cálidos también están llegando al Ártico si bien allí no existen plataformas del tamaño de las antárticas. “En el Ártico, los ríos atmosféricos y las olas de calor se han relacionado con fuertes impactos en la reducción del hielo marino y el extenso derretimiento de la superficie sobre la capa de hielo de Groenlandia”, responde. Precisamente, Irina acaba de regresar este 16 de abril de participar en la campaña ártica del avión HALO que estudia estas corrientes de viento árticas.

Un estudio científico se pregunta: «Medio billón de toneladas de basura de plásticos ¿dónde están?»


@KYUSHU UNIVERSITY

ROSA M. TRISTÁN

Mientras se escribe este artículo decenas de miles de kilos de plástico en todo el planeta están vertiéndose al océano en algún punto. Seguramente, en 2022 superaremos la producción de 461 millones de toneladas de plásticos de todo tipo a nivel global y sólo un 9% será reciclado de algún modo. Si bien no es nada fácil calcular qué cantidad acaba en los mares y las cifras son muy dispares según la fuente, un nuevo equipo de la Universidad de Kyushu, en Japón, acaba de publicar una investigación que podría acercarse a la realidad: pueden ser más de 25 millones de toneladas (25,3 millones de toneladas exactamente) y dos tercios de ellos ni siquiera se pueden monitorear.

Flujo de plásticos en el Atlántico

El trabajo está dirigido por uno de los más importantes expertos en la materia a nivel internacional, el japonés Atsuhiko Isobe, que ha liderado numerosas expediciones por el Pacífico y el Indico para visibilizar lo que no vemos bajo las olas. Se ha publicado en la revista Science of Total Environment, donde se asegura que pese a ser cifras alarmantes, son la punta del iceberg, dado que hay al menos otros 540 millones de toneladas de basura plástica mal gestionada en el mundo, casi el 10% de la producción global, que aún están atrapadas en la tierra y no se sabe dónde. Además, aunque tanto Isobe como muchos científicos inspeccionan fundamentalmente las superficies y playas, hay grandes cantidades de plásticos oceánicos muy por debajo de la superficie o en el lecho marino, ocultos del alcance de la observación científica más habitual.

“Para evaluar la cantidad y el paradero de los desechos plásticos en los océanos de la Tierra, debemos considerar todo el proceso desde su nacimiento hasta su enterramiento, comenzando con la emisión desde los ríos al océano y continuando con su transporte y fragmentación en pedazos”, dice Isobe en un comunicado de su Universidad.

Flujo de plásticos en el Pacífico

Para hacer los modelos que nos permiten aproximarnos a esta realidad, los japoneses se basaron en estudios previos que describen cómo se descomponen y envejecen los plásticos y los cruzaron con datos del viento obtenidos por satélite, que permiten saber hacia dónde y cómo se mueven. Para conocer las fuentes de estos desechos, ajustaron las estimaciones más recientes sobre este tipo de basura en los ríos en función del PIB de los países y las predicciones sobre lo que no se está reciclando adecuadamente desde 2010 (por cierto, que en Japón más que reciclar se incinera y hay incineradoras hasta en el centro de Tokio). Además, tuvieron en cuenta el dato de que el 20% del plástico oceánico proviene de la industria pesquera mundial.

Incineradora de Higashisumida (Tokio, 2019) @Rosa M. Tristán

SÓLO UN 3% DE LOS PLÁSTICOS FLOTA

Según sus resultados, los plásticos grandes y los microplásticos que flotan en la superficie del océano suponen sólo el 3% de todos los plásticos oceánicos. Si bien hay en torno a otro 3% de microplásticos en las playas, el 23% de los plásticos del océano son más grandes y están cerca de las costas. Pero sus simulaciones sugieren que los otros dos tercios restantes pueden estar ocultos (66.7%). Más de la mitad, estarían en el lecho marino porque pesan y son más densos que el agua de mar, como es el caso de aquellos que incluyen tereftalato de polietileno (PET) y cloruro de polivinilo (PVC), que son muchos.

El resto son microplásticos viejos que llevan muchos años almacenándose en el fondo y en otros lugares de los océanos del mundo.

Con todo, señalan que lo más preocupante -y ya lo es que nos comamos el pescado con plástico o forme parte de los músculos de las tortugas, como han relevado trabajos españoles en el IDAEA- es la cantidad de residuos de este material que están siendo mal gestionados en la tierra y que podrían llegar a los ecosistemas y al océano en el futuro, multiplicando por 20 la cantidad actual. Para concluir que son esa décima parte de los 5.700 millones de toneladas producidas hasta la fecha, combinaron las estimaciones sobre lo que llega anualmente al océano con datos disponibles sobre lo que realmente se recicla o incinera. Y alertan de que más de medio billón de toneladas, al no descomponerse en la naturaleza , «sobrevivirán a los humanos en este planeta». De hecho, se han encontrado del Ártico a la Antártida.

La autora con Atsuhiko Isobe, en Tokio @Rosa M. Tristán

«Pudimos estimar el presupuesto de los plásticos oceánicos, pero son solo la punta del iceberg», asegura Isobe, al que tuve la oportunidad de conocer en Tokio durante la cumbre climática del G-20 en 2019, cita en la que la basura plástica fue tema prioritario, junto con el hidrógeno.

Ahora, anuncia que su próxima tarea es investigar y evaluar el paradero de esos más de 500 millones de toneladas que aún no ha llegado al océano, pero podrán hacerlo: “Esa va a ser una tarea hercúlea. Se han logrado pocos avances hasta ahora en el campo de los ‘plásticos terrestres‘ debido a la falta de métodos de observación”, reconoce.

Isobe lanzó hace unos años un programa de ciencia ciudadana en su país utilizando fotos de colaboración colectiva e Inteligencia Artificial para evaluar la masa de desechos plásticos vertidos en ciudades y playas.

En esta investigación, de impacto mundial, se recuerda que de los 32 millones de toneladas de plástico que cada año tiramos al medio ambiente, entre 1,8 y dos millones acaban, como mínimo, en los océanos a través de los ríos, plásticos que duran de cientos a miles de años, aunque ese período puede acortarse debido a la remineralización por bacterias. De hecho, hay estudios que dicen que están mutando bacterias para convertirse en ‘come-plásticos’ .

ARTICULO COMPLETO: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0048969722010270?via%3Dihub