Indígenas: cuidadores de la Amazonía desde hace 5.000 años


Una investigación revela que en el pasado los amazónicos sólo modificaron de forma intensa las zonas fértiles cercanas a los ríos para asentarse

PNAS

Rosa M. Tristán

Son muchos los estudios científicos que nos dicen que los pueblos indígenas son excelentes guardianes de la biodiversidad cuando mantienen su forma de vida tradicional, especialmente en lugares como la Amazonía, donde hay aún grandes espacios sin ‘reconvertir’ en pastos para vacas. Ahora, se ha dado a conocer que esta capacidad de preservar el entorno –eso si, siempre que estos pueblos no sean ‘colonizados’ y atraídos por otros modos de vida – perdura desde hace milenios, al menos 5.000 años en el caso de esa zona del mundo que sigue siendo un lugar privilegiado pese a las amenazas que se ciernen sobre la inmensa selva sudamericana.

Un trabajo liderado por científicos del Instituto Smithsonian de EEUU ha encontrado evidencias de cómo los pueblos amazónicos prehistóricos no alteraron de forma significativa grandes partes de los ecosistemas forestales en la Amazonía occidental, preservándolos de forma efectiva sin cambios en su composición, unas conclusiones que desmiente estudios previos que apuntaban a que en el pasado estos pueblos fueron moldeando la rica biodiversidad actual o que fue reforestada tras un periodo de cambio climático.  

Los autores señalan que sus nuevos datos pueden ser claves para la conservación de los ecosistemas amazónicos, siempre, claro está, que poderes económicos y políticos lo permitan, algo que en Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Colombia o Venezuela no está nada claro. Es más, no hay más que mirar a la web brasileña de Amazonía Sofocada para comprobar que mientras está leyendo esta noticia hay cientos de incendios en gran parte de esa cuenca y se sabe que prácticamente todos son premeditados.

Volviendo a la zona más inalterada, la distribución de las especies de flora había hecho pensar a algunos científicos que la selva había sido “modelada” de forma intensa por los indígenas precolombinos en función de sus intereses; otros mencionaban como origen de su estado actual el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo o incluso el hecho de que muchos de los amazónicos murieran tras la llegada de los colonizadores europeos. Veían ahí la explicación a unas supuestas transformaciones. Pero se equivocaban en la premisa, según los resultados publicados estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se sugiere que durante al menos los últimos 5.000 años todas las áreas alejadas de las tierras junto a los ríos se quedaron intactas, sin ser prácticamente deforestadas con fuego, el mismo método que ahora las destruye, y sin ser cultivadas intensivamente.

Como explica en un comunicado del Smithsonian la autora principal, Dolores Piperno, “los asentamientos humanos complejos y permanentes en la Amazonia no tuvieron influencia sobre el paisaje en algunas regiones”. “Nuestro estudio añade evidencias de que la mayor parte del impacto ambiental de la población indígena en el medio forestal se concentró en los suelos ricos en nutrientes cercanos a ríos y que su uso de la selva tropical circundante era sostenible, sin causar pérdidas de especies detectables o perturbaciones durante milenios”.

Para explorar la escala de la posible, o no, modificación indígena de la Amazonía, Piperno y sus colegas recogieron 10 núcleos de suelo (perforaciones de aproximadamente un metro de profundidad) en tres lugares remotos de las cuencas hidrográficas del Putumayo-Algodón, al noroeste de Perú. Querían analizar los fitolitos (microfósiles de plantas mineralizadas) y el carbón vegetal u hollín que se ha acumulado a lo largo del tiempo bajo los bosques más antiguos (los alejados de riberas y que no eran inundables). Esos ‘núcleos de tierra’ les permitieron profundizar en un pasado que se remonta unos 5.000 años, según dataron con carbono 14.

Comprobaron, tras comparar los registros de las muestras halladas con un inventario de árboles, que no había nada que indicara que hubo talas ni un uso agrícola anual que hubiera dejado raíces o semillas. Ni siquiera detectaron un aumento importante de especies de palmeras que eran aprovechables y que hoy son muy dominantes en la flora moderna, es decir, que hace cinco milenios nadie las cultivó. Y lo mismo pasa con otros árboles: a lo largo del tiempo encontraban la misma estructura forestal, estable y diversa.

“Nuestros datos respaldan algunas investigaciones anteriores que indican que áreas considerables de algunos bosques de tierra firme amazónicos no fueron impactadas significativamente por las actividades humanas durante la era prehistórica. Más bien parece que durante los últimos 5.000 años, las poblaciones indígenas de esta región coexistieron y ayudaron a mantener grandes extensiones de bosque relativamente sin modificar, como continúan haciéndolo hoy”, apuntan los autores.

Los tres lugares estudiados están ubicados a un kilómetro de los cursos de los ríos y las llanuras aluviales. Son bosques interfluviales que en realidad suponen más del 90% de la superficie del Amazonas y, por lo tanto, cruciales para comprenden la influencia de los asentamientos humanos que los arqueólogos encuentran cerca de los ríos, como, por otro lado, es natural en todas las civilizaciones. En un lugar donde llueve en grandes cantidades, el fuego ha sido casi siempre de origen humano y, de haberse usado para limpiar grandes áreas, para usos como la agricultura y los asentamientos, habría dejado su huella.

Los investigadores también realizaron estudios de los bosques modernos que se encuentran en el entorno de cada muestra extraída, un inventario extraordinario de 550 especies de árboles y 1.300 de otras especies de flora, que dan idea de la biodiversidad amazónica. “Pero no encontramos evidencias de plantas de cultivo o agricultura; no hay evidencia de tala de bosques ni de incendios; no hay prueba alguna del establecimiento de jardines forestales. Es similar a lo que se encuentra en otras regiones amazónicas “, señala Piperno.

A tenor de estos datos, podemos decir que todavía hoy existen regiones en la selva muy parecidas a las que había hace esos 5.000 años, incluso que permanecen totalmente inalteradas. “Esto significa que los ecólogos, científicos del suelo y climatólogos que buscan comprender la dinámica ecológica y la capacidad de almacenamiento de carbono de esta región pueden estar seguros de que están estudiando bosques que no han sido muy modificados por los humanos sustancialmente”, afirma la investigadora.

Pero también alerta de que, por otro lado “no debemos asumir que los bosques alguna vez fueron resilientes frente a perturbaciones importantes”, es decir, que más vale conservarlos con las políticas adecuadas porque su respuesta ante la destrucción y su capacidad de recuperación es desconocida.

La explicación que encuentran para que los precolombinos no usaran ese suelo alejado de ríos es que tiene pocos nutrientes, por lo que es poco agradecido para los cultivos, algo que ahora se solventa con la utilización de fertilizantes en el caso agrícola y robando nuevos espacios al bosque en el caso ganadero. Por desgracia, a ello se suman otras graves amenazas en la región del Putumayo, como es la minería ilegal, que está en aumento en Perú.

Para Piperno es importante hacer más trabajos en otras regiones alejadas de ríos y llanuras aluviales de la Amazonía aún no estudiadas para obtener una visión más amplia de lo sucedido en tiempos remotos. “En todo caso, no se trata de que los indígenas no utilizaran de ninguna forma el bosque, sino de que lo usaron de forma sostenible y no modificaron mucho su composición de especies”, comenta. “Es un lugar donde los humanos parecen haber sido una fuerza positiva en este paisaje y su biodiversidad durante miles de años”.

Desde luego, algo que no podemos decir de muchos otros sitios…

La Cara Invisible del Planeta: una cita para limpiar, tras mucho ensuciar…


Más de 200 grupos en 31 provincias se suman en la recogida de residuos en ríos, playas y montes de toda España bajo el lema “Desplastificar los supermercados”

ROSA M. TRISTÁN

La ‘bola’ ha crecido como si fuera de nieve… hasta fundirse por muchos rincones de este país, desde la Playa de los Genoveses (Almería) a la de Bastiagueiro (en A Coruña). Es la convocatoria de la ‘La Cara Invisible del Planeta’, un movimiento social, independiente y comprometido, que ha logrado reunir a cerca de 200 grupos de activistas ambientales de todo el país en 31 provincias para limpiar, en la jornda próximo sábado12 de junio, los ríos, lagos, pantanos, fondos oceánicos y playas. Celebrarán así el Día Mundial de los Océanos, que en realidad es este día 8.

Para poner el contexto en el que nos movemos, sólo recordaré una de las muchas cifras que dan idea del volumen de plásticos en nuestros mares-vertederos: ocho millones de toneladas de ese material llega cada año a la parte azul del la Tierra, más del 70% a través de los ríos. Ya os he contado que está integrado en los músculos de las tortugas y las sardinas y que es imposible saber cuánto hay en las profundidades. Ni siquiera hay datos fiables de todo lo que flota del Ártico a la Antártida..

La campaña de este sábado, coordinada por las organizaciones “Ola sin plástico” y “Nasti de plastic Bizkaia”, quiere, según sus promotoras, mostrar la conexión que hay entre todos esos espacios: supermercados, espacios naturales y mares. Comenzó a gestarse el pasado mes de octubre, cuando a las asociaciones vascas se sumaron otros colectivos, como Enmienda Tu Mierda, en el corredor del Henares (Madrid). “El boca a boca corrió como la pólvora. Somos independientes totalmente de otras iniciativas similares y no ha sido fácil conseguir los permisos y materiales, dado que no contamos con financiación, salvo puntual en algunas provincias. Para organizarnos, montamos un canal de Telegram, que echa humo, pero visto el resultado estamos muy felices”, cuenta Nuria Atienza, de Nastic de Plastic Vizcaya.

En su caso, están preparando una recogida de plásticos en Plenztia, un lugar conocido por la cantidad de basura que se acumula, ya sea en la zona de playa, en el puerto bajo el agua o en las orillas de la ría.  En esta ocasión, con la colaboración de una organización de personas con discapacidad. “Lo que muchos no saben es que para ir a limpiar Costas nos cobra 190 euros por el permiso para limpiar”, señala Atienza. No deja de ser surrealista, cuando por tirar residuos no se paga, salvo raras excepciones, como prueba la cantidad de porquería que hay en nuestro medio ambiente. 

Limpieza de Enmienda Tu Mierda en río Jarama. @Rosa M. Tristán

En el caso de Enmienda Limpia Tu Mierda, Esther Moraga cuenta que ya tienen 40 inscritos y que volverán otra vez más al río Jarama, “porque ahí tenemos para sacar y sacar basura mucho tiempo” : los colectores cargados de toallitas, bastoncillos y demás residuos se vierten todavía sin control alguno al cauce de este afluente del Tajo. “Es esa cara invisible que no vemos pero está ahí y creemos que limpiar sirve para recuperar, pero también para concienciar, como también lo hacemos al ir los colegios a contar cómo estamos destruyendo la naturaleza”, comenta Ester.

En el caso de Pleintza, explican que Costas no les deja poner una carpa informativa sobre la actividad, que serviría de divulgación ambiental y para dar a conocer el lema de la recogida y promover la vuelta de los supermercados la venta ‘a granel’ . “Lo importante es dejar el mensaje de que no hay que comprar plásticos innecesarios; pensamos que reciclar es el compromiso más light, necesario pero insuficiente. Mucho plástico que tiramos al contenedor amarillo acaba incinerado; con ello, no se trata de desincentivar el reciclaje pero hay que ser conscientes de que el objetivo es comprar menos y sin esperar al 2050”, señala Atienza.

Basta echar un vistazo al mapa para ‘clickar’ en el punto que interesa e inscribirse. En municipios como El Boálo, incluso se convoca para ir a caballo. En otros, como Badalona o Palma de Mallorca, la cita incluye a buceadores dispuestos a limpiar el fondo marino.  Hay convocatorias a las que se han sumado de grupos locales de Ecologistas en Acción, WWF o Fridays For Future, pero también las hay de otros colectivos más pequeños, escuelas de buceo o surf, pequeñas empresas, proyectos europeos, cofradías de pescadores… Todo un catálogo para elegir el más cercano.

La idea que tienen es sumar el peso de todo lo que se recoja y realizar una clasificación para saber qué tipo de objetos son los más frecuentes en cada zona, para lo cual todos los grupos anotarán los datos en una ficha estandarizada, acordada previamente. Estos datos serán volcados en el programa SurfRider y se incluirán en sus informes anuales. En el caso del País Vasco, además, la empresa Tecnalia quiere utilizar lo recogido para un proyecto de investigación europeo sobre el comportamiento del plástico en los mares.

La Cara invisible del Planeta, señala en un comunicado,  no sólo quiere proponer un cambio en los usos y costumbres de los consumidores, sino también “un replanteamiento y toma de responsabilidades de la generación y del uso por parte de la industria, una mejora en la gestión de los residuos que promueva la reutilización y los envases retornables y una mayor responsabilidad tanto de las administraciones como de las personas individuales con el medio ambiente, en general, y el medio marino, en particular”. 

“Nos ha costado dinero porque hay que comprar guantes, bolsas, y hay ayuntamientos  que ayudan y otros que no nos ponen ni un contenedor para echar lo recogido; pero que quede claro que detrás no tenemos ningún interés lucrativo… La Cara Invisible del Planeta está formada por gente que se deja la piel día a día, la mayoría en su tiempo libre, porque quiere vivir en un planeta más sostenible, libre de plásticos” , insisten.

La realidad es que casi sobrepasadas por el éxito, pero encantadas pese a las trabas en el camino, las promotoras de esta limpieza general de nuestra naturaleza no dan abasto para coordinar a tanta demanda de participación como están teniendo, aunque también han tenido alguna baja porque no pagan nada por participar.

Llegados a este punto, recordar que las limpiezas están abiertas a la participación de toda persona interesada y que para conocer los puntos de limpieza en todo el país hay que entrar e inscribirse en www.lacarainvisibledelplaneta.org. El único requisito es tener muchas ganas de ver el paisaje más limpio.

Ríos de mercurio con el deshielo de Groenlandia


ROSA M. TRISTÁN

Si hay un elemento en la Tierra que se ha demostrado peligroso para la salud neurológica es el mercurio (Hg), un metal que forma parte del planeta y cuyos más importantes yacimientos están en China, Indonesia o Tayakistán, aunque también en España hay una gran mina, en Almadén, que nos sitúa en el mapa. Lo que no estaba en los ‘presupuestos’ globales de mercurio era la tierra bajo los hielos de Groenlandia, que a través de las cuencas glaciares está llegando al Océano Ártico, alterando su composición y suponiendo un grave peligro, dada su toxicidad, para la fauna que allí habita y, por tanto, para las poblaciones humanas.

La voz de alarma la han lanzado esta semana en la revista Nature Geoscience una veintena de investigadores de diferentes instituciones americanas y europeas, en un trabajo donde detectan “concentraciones extremadamente altas de mercurio disuelto que se encuentran en los ríos de agua de deshielo”.

Los científicos habían detectado ya un incremento llamativo de mercurio, que es bioacumulativo, en organismos marinos. De ahí que se iniciara una investigación en los cerca de 4.000 kilómetros cuadrados que cubren tres cuencas glaciales: la del Glaciar Russell, el Glaciar Leverett y el Isunnguata Sermia, además de los tres sistemas de fiordos (Nuup Kangerlua, Ameralik Fjord  y Søndre Strømfjord, que reciben entradas sustanciales de agua de deshielo). Todos ellos están en la zona suroeste de la capa de hielo de la gran isla helada, donde se recogieron muestras del agua en temporadas de verano de diferentes campañas.

Los resultados no dejan lugar a dudas: las concentraciones de mercurio disuelto que se encuentran en las aguas naturales y los rendimientos de mercurio de estas cuencas glaciales son dos órdenes de magnitud más altos que los de los ríos árticos de otras zonas. Se estima que el mercurio disuelto de la región suroeste de Groenlandia representan aproximadamente el 10% del flujo fluvial mundial estimado para este elemento, en concreto 42 toneladas al año, incluyendo la exportación de metilmercurio bioacumulable.

Liderados por el norteamericano John Hawkings, el equipo encontró también altas concentraciones a través de los gradientes de salinidad de los fiordos, llegando a ser las más altas registradas hasta ahora, mucho más elevadas que en otros glaciares de cordilleras como el Himalaya. “Los resultados sugieren una fuente geológica de mercurio en el lecho de la capa de hielo. Son altas concentraciones de mercurio y su gran exportación a los fiordos río abajo tienen importantes implicaciones para los ecosistemas árticos, lo que destaca la necesidad urgente de comprender mejor dinámica del mercurio en la escorrentía de la capa de hielo bajo el calentamiento global”, afirman en el artículo publicado ahora.

La urgencia de que se realicen más estudios está en la elevada toxicidad del mercurio, que podría estar en la capa de hielo, y en que esa capa se está derritiendo cada vez a mayor ritmo en los últimos años debido al cambio climático. Es más, según otro trabajo publicado también estos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS), este derretimiento del Ártico está llegando ya al peligroso “punto de no retorno” , es decir, el punto en el que la nieve caída es menor que la cantidad de hielo que se derrite. Es un proceso que se da fundamentalmente en las áreas más bajas, que son las más cercanas a los fiordos.

La cuestión es que ahora no sólo se sabe que ese hielo hecho agua podría aumentar hasta siete metros el nivel del mar, desplazando a millones de personas, sino que además llegará contaminada por cientos de toneladas de mercurio, que no se destruye sino que se acumula en los organismos vivos, ya sea de peces o de los humanos que se comen esos peces. Usando una palabra más técnica, se biomagnifica en las redes alimentarias acuáticas, sobre todo a través del consumo de mariscos. Incluso se ha cuantificado el costo socioeconómico de sus impactos en más de 5.000 millones de dólares al año, cifras que pueden dispararse al aumentar el deshielo, como está pasando.

MTOTO, el niño amortajado en la Edad de Piedra africana


ROSA M. TRISTÁN

El ‘Niño dormido’ es en realidad  “el niño amortajado” y ese hecho, que nos habla de una sensibilidad humana ancestral, del dolor por la pérdida de una criatura y de un cuidado esmerado a la hora de la muerte, es lo más fascinante de la historia de Mtoto, el pequeño de unos tres años que fue sepultado hace la friolera de 78.000 años en una cueva de Kenia. Su historia nos la ha descubierto el equipo de investigación del CENIEH (Centro Nacional de Evolución Humana) y de la Universidad Complutense de Madrid, en colaboración con otras muchas instituciones internacionales (30, ni más ni menos), todos bajo la batuta de una joven científica española. Y con ellos Mtoto ha hecho historia en la portada de Nature.

Tras haber conocido a lo largo de los años a los pueblos de cazadores-recolectores africanos, no resulta difícil recrear mentalmente la hipotética historia de Mtoto en la cueva Panga ya Saidi, al sur de Kenia y a escasos 15 kilómetros del Indico; es un espacio que, visto en las fotos, recuerda a la cueva Gran Dolina de Atapuerca, casi 100 m2 capaces de albergar a decenas de humanos desde la lejana Edad de Piedra Media, como se denomina una cultura africana que coincide con lo que en Europa es el Paleolítico Medio. El tiempo de los neandertales. Así, mientras a nuestro continente llegaban los primero sapiens con sus nuevas herramientas y adornos y pinturas, en el este de África moría Mtoto (el niño, en swajili) y sus allegados -¿sus padres quizás?- le hacían una fosa en el mismo lugar donde habitaban, comían, tallaban huesos, se pintaban de ocre, para tenerlo cerca de sus vidas. En su hogar.

@Fernando Fueyo

Antes de proceder, tal y como me va describiendo sin disimulado entusiasmo María Martinón-Torres, directora de CENIEH y primera autora de este trabajo, aquellos seres primitivos que vestían pieles y tallaban piedras se esmeraron en colocar al hijo de lado, con las piernas encogidas, como si durmiera en posición fetal, y le colocaron debajo de la cabeza algo hecho de vegetales a modo de almohada, como si pretendieran su comodidad, incluso le envolvieron en una mortaja -quién sabe si hecha con la piel de un animal o con fibras de plantas que ya no existen- con un fin que no conocemos pero que podría ser para protegerlo, como también hicieron los mayas o los egipcios con sus muertos en dos civilizaciones muy posteriores que no llegaron a encontrarse. Alrededor no colocaron, o no nos ha llegado, ningún objeto que pudiera relacionarse con un símbolo, un ‘Excalibur’ que decenas de miles de años después nos indicara lo especial que era ese lugar.

Este enterramiento de un ‘sapiens’ no es que sea el más antiguo conocido, pues se sabe que los neandertales y los sapiens europeos de aquellos tiempos ya enterraban a sus bebés y niños muertos. Es más, en la Sima de los Huesos, hace casi medio millón de años, se ha documentado una fosa común, no excavada pero si intencionada de preneandertales y también se conoce desde 2015 otra en la cueva Rising Star de Sudáfrica -de la especie Homo nadeli, que  podría tener 200.000 años- , pero el caso de Mtoto nos revela unas prácticas mortuorias que no se imaginaban en ese continente en tan lejanos tiempos, y además con niños, que morían con facilidad en torno a esos tres años, con el destete, como aún explican los antropólogos que ocurre en algunas étnias.

@Elena Santos / Jorge González

También se conocían algunos hallazgos que apuntaban a enterramientos de ‘criaturas sapiens’ africanas, aunque no están tan bien documentados. Es el caso del esqueleto de un niño recuperado en una grieta o pozo natural en Taramsa (Egipto) con unos 69.000 años o el que se encontró en la Cueva Border de Sudáfrica, allá por 1941, de hace unos 74.000 años. Pero entonces no se hicieron los trabajos de investigación que hoy son posibles y ya no se puede saber si sus huesos estaban articulados, es decir, en su sitio, o habían sido movidos.

LOS PALEO-DETECTIVES Y FORENSES

El estudio de Mtoto, a largo de tres años, ha sido minucioso hasta la extenuación. “Es un orgullo que la ciencia española esté liderando un trabajo como este; demuestra que el equipo de Atapuerca está en yacimientos de todo el mundo, una señal de que se han hecho bien las cosas, invirtiendo en nuevas generaciones de paleontólogos, arqueólogos y demás disciplinas”, destaca Martinón-Torres.

Vayamos al caso del amortajado. La cueva keniata que habitó se descubrió allá por 2010 como yacimiento paleontológico, un lugar relleno de sedimentos que alcanzan desde esa Edad de Piedra Media hasta hace sólo 500 años. Allí comenzó a trabajar un equipo del Instituto Max Plack de Ciencias de la Historia Humana (el proyecto Sealinks) junto a científicos del Museo Nacional de Kenia. Como en la Gran Dolina, hicieron en un sondeo de pocos metros para ver qué había debajo y allí en 2013 descubrieron algunos huesos y una ondulación extraña en la capa de sedimento. Aún tardarían cuatro años (2017) en saber que la onda registrada se debía a que se había cavado un agujero en el suelo, que se rellenó después con tierra de otra zona de la caverna. Ocultaba un conglomerado de frágiles huesos.

Como 78.000 años son muchos, al ir a sacar el esqueleto, los científicos alemanes y keniatas comprobaron que se desintegraba casi sin tocarlo, así que optaron por escayolarlo y llevarlo a un laboratorio. Descubrieron entonces dos dientes de leche y Michael D. Petraglia no dudó en contactar con la experta paleontóloga española del CENIEH. “Por supuesto le dije que estudiaríamos los dientes, pero también le comenté que en el CENIEH teníamos un laboratorio de restauración muy especializado y puntero a nivel mundial, así que al final Mtoto acabó en Burgos”, recuerda María.

Los equipos del CENIEH y de la Complutense, donde trabajan Juan Luis Arsuaga y Elena Santos, entraron en acción. La restauradora del CENIEH Pilar Fernández y  Santos, que hizo la reconstrucción virtual con técnicas de tomografía computerizadas en 3D, iniciaron un lento trabajo de excavación en la pieza, reconstrucción digital, excavación, reconstrucción…  que duró dos largos años. La historia de cómo el niño había enterrado y conformado el amasijo de huesos fue saliendo a la luz. “Participaron muchas técnicas y fue fantástico ver cómo todas las piezas encajaban en la hipótesis del enterramiento”, señala Martinón-Torres, que trabajó en los dientes con José María Bermúdez de Castro. No había ADN, aunque lo buscaron, pero si hallaron en los tejidos dentales pistas de que Mtoto de sexo masculino, usando el mismo método que permitió averiguar que “El chico de la Gran Dolina” en realidad era “Chica”.

Lentamente, cual detectives o forenses, desgranaron lo ocurrido en la fosa. Encontraron que todos los huesos estaban en el lugar que debían en caso de enterramiento, que tenía una postura deliberada, que la cabeza se apoyó en una almohada que desapareció con el tiempo, provocando que el cráneo rotara 90º, y que las costillas estaban desplazadas hacia dentro, lo que indica que el tórax estuvo envuelto en algo (la mortaja). “En definitiva, le dejaron allí con delicadeza y ternura. Y sepultado, como nos cuenta también el estado de los huesos, tan frágiles porque se enterraron frescos y experimentaron la putrefacción de las bacterias, huesos que tienen los rastros de los caracoles, los insectos… Los pasos tras la muerte”, explica la paleontóloga. Luego, los huecos entre los huesos (algunos como los fémures se hicieron polvo y ya no existen) se fueron rellenando de la tierra circundante.

@Mohammad Javad Shoaee

Este duelo por el ser perdido ocurrió en tiempos de una cultura ‘sapiens’ que fue típica de esa zona de África en la que ya se usaban los pigmentos, las conchas perforadas como adorno, los huesos tallados… Y de todo ello hay muestras cerca de Mtoto, hoy convertido en la prueba de una pena que no fosiliza y que por tanto es difícil de probar, pese a que sabemos que nuestra especie tiene capacidad simbólica en África desde hace 320.000 años y especialmente desde hace 100.000. “Este entierro demuestra que la inhumación de muertos es una práctica compartida por las poblaciones que viven dentro y fuera de África durante el último período interglaciar”, indica el trabajo, que también nos descubre que la diversidad humana viene de muy lejos, de un proceso complejo y regionalmente diverso.

Las primeras apariciones conocidas de un conjunto de innovaciones humanas modernas relacionadas con la tecnología, la organización social, el simbolismo y explotación del paisaje y los recursos ocurrió en África en el periodo que corresponde a la vida del pequeño Mtoto. También, ahora sabemos que los comportamientos mortuorios no eran por cuestiones prácticas, como evitar atraer a carrroñeros o de limpiar la zona habitada. Habrá que esperar para ver si es el único amortajado o hay cuando de excave toda la superficie de la cueva.

La precisión de la reconstrucción en 3D de Elena Santos y Jorge González merece una mención especial porque ellos nos han traído al niño dormido, nos han permitido intuir cómo era su rostro, acercarnos a su vida, lo que sin duda ha facilitado esa gran portada.

Mtoto descansa ya de vuelta en Kenia, y me cuenta María que está en el Museo de Nairobi junto a otros famosos paleo-protagonistas de nuestra remota historia de primates. Con el ergaster Niño de Turkana, el Paronthropus Cascanueces, el cráneo del ‘habilis’ al que llamaron Cenicienta…  Pero de ellos, Mtoto es el único que tuvo una tumba .

El deshielo de 217.000 glaciares de la Tierra: una amenaza que se acelera


Una investigación en ‘Nature’ revela que el deshielo de los glaciares de montaña cada vez es más rápido y amenaza la supervivencia de cientos de millones de personas

Glaciar en el sur de Groenlandia, una de las zonas donde más se deshielan. @Rosa M. Tristán

Los glaciares de la Tierra desaparecen…y muchos a ritmo acelerado. Desde que comenzó este siglo y hasta 2019, han perdido unas de 267 gigatoneladas de hielo cada año. Menos al principio y más al final de la segunda década. Es el equivalente al 21% del aumento del nivel del mar que se ha producido en este tiempo, es decir, si las sumáramos, casi 5.000 gigatoneladas (1 gigatonelada = 1.000 toneladas). Las cifras, aunque rebajan algo las que señalaban estudios previos más imprecisos, no dejan de ser preocupantes habida cuenta de que unos 200 millones de personas habitan las costas del planeta y podrían estar en zonas ya inundadas a final de este siglo. Ponerles cifras, cada vez más certeras, es el camino de la ciencia para poner el foco en la urgencia de tomar medidas que palíen estas pérdidas y sus consecuencias.

Lo datos han sido publicados en la revista Nature por el grupo dirigido por uno de los científicos más relevantes en la materia, Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulousse. “El mensaje más importante detrás de nuestros hallazgos es de gran significancia política. El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con el acuerdo de París y luchar por lograr un escenario de cambio climático con reducción de emisiones de efecto invernadero. Solo así podremos asegurar la existencia de hielo en las montañas del futuro, pero más importante aún, reducir los diversos y profundos riesgos asociados al aumento de la temperatura global”, asegura vía email Inés Dussaillant, coautora del trabajo.

El estudio anterior más similar –siempre sin incluir las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia-, cifraba esa pérdida de hielo en 335 gigatoneladas anuales entre 2006 y 2016. “Las estimaciones de error del anterior trabajo, firmado por Michael Zemp, incluía un error relativo del 40%  y en este nuevo es sólo el 6%. Para el primero hicieron extrapolaciones regionales de observaciones en el terreno en un conjunto limitado de glaciares, mientras que esta investigación se basa en técnicas altimétricas de satélite, que calculan lo que se llama el balance de masa geodésico”, explica el glaciólogo español Francisco Navarro, de la Universidad Politécnica de Madrid, que trabaja en el estudio de glaciares antárticos desde hace décadas.

Esta concreción es, de hecho, el gran valor de este trabajo Dussaillant: “Se puede decir que estamos seguros de que nuestros números se acercan más a la realidad de lo que sucede. Otra gran diferencia es la resolución espacial: mientras los otros estudios solo eran capaces de estimar los valores de pérdida de hielo regional, el nuestro permite estimar las pérdidas de cada glaciar individualmente, por lo que la estimación a nivel regional es más precisa”.

La conclusión, aún mejorando modelos previos, es preocupante: midiendo esos cambios en la elevación de la superficie en todos los glaciares de la Tierra han comprobado que su adelgazamiento se ha duplicado en dos décadas: “Los glaciares actualmente pierden más masa y a tasas de aceleración similares o mayores que las capas de hielo de Groenlandia o la Antártida”, aseguran.

Dussaillant nos da más detalles de unos hallazgos que, como adelanta, serán recogidos, en el próximo trabajo del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) que se presentará en agosto: “Entre los glaciares que se derriten de forma más rápida están los de Alaska, Islandia y los Alpes. De estas regiones la que tiene menos hielo son los Alpes, por lo que se podría esperar que esta región pierda sus glaciares antes. Pero la situación también muestra un efecto profundo en los glaciares de las montañas de Pamir, el Hindu Kush y el Himalaya. Los principales ríos de esta región, como el Ganges, Brahmaputra e Indo, son alimentados por glaciares del Himalaya. Ahora, el deshielo asegura el acceso al agua para quienes viven río abajo pero si el retroceso de los glaciares del Himalaya continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas”.  La situación, dice, es igualmente preocupante para los Andes, donde los glaciares son cruciales para sostener los caudales de los ríos en los meses del verano y en sequía. 

Sin embargo, pese a la importancia que tienen para la humanidad, los autores señalan que había una importante “brecha de investigación” debido a que están muy repartidos por el mundo. Algunos, como los de nuestra cordillera de los Pirineos, están muy estudiados, pero en realidad sólo se monitorean desde el terreno unos pocos cientos en todo el globo.  En este caso, utilizaron datos de satélites, como el IceSat o el instrumento ASTER a bordo del satélite Terra (ambos de la NASA) con un enfoque que permitía un estudio global y preciso, incluso recogiendo datos de diferentes épocas del año para mitigar el efecto de las estaciones. Consiguieron hasta 39 observaciones independientes por cada píxel en el 99,9% de los 217.175 glaciares inventariados. Incluyeron casi 200.000 km2 de glaciares de la costa de Groenlandia y en los mares antárticos, denominados glaciares periféricos.

En este deshielo general, mencionan dos anomalías: una en el Atlántico Norte y otra ya conocida en el Karakórum. “Identificamos zonas del mundo donde las tasas de derretimiento glaciar se vieron desaceleradas entre 2000 y 2019. Están a lo largo de la costa este de Groenlandia, Islandia y Escandinavia. Este patrón divergente se atribuye principalmente a una anomalía meteorológica en el Atlántico Norte, que provocó temperaturas más bajas y un aumento en las precipitaciones entre los años 2010 y 2019, los dos factores principales que contribuyeron a reducir la pérdida de hielo”, explica la científica.

Respecto a la Anomalía del Karakoram, que también ha tenido muy intrigados a los científicos, explica que “antes del 2010, los glaciares en esta cordillera se encontraban estables y en algunos casos incluso aumentando su volumen, pero ahora nuestro análisis revela que también pierden hielo, al igual que los de otras regiones del mundo”.

Al margen de anomalías, mencionan siete regiones que representan el 83% de la pérdida de hielo global: Alaska (25%); la periferia de Groenlandia (13%); Norte y Sur del Ártico de Canadá (10% cada uno); Antártico y subantártico, Asia de alta montaña (Asia Central, Asia Meridional Occidental y Sur de Asia Este) y los Andes del Sur (8% cada uno).  En 20 años, sólo las regiones árticas más al norte perdieron hielo equivalente a una media de 0,28 metros de agua al año. En comparación, en la Antártida y la zona subantártica fue mucho menor (0,17 m/año).  Y la desaparición de los glaciares también va a buen ritmo en otras zonas, como Nueva Zelanda, donde han “adelgazado” entre 2,5 y 0,5 metros anualmente, en los últimos años, siete veces más que en 2000-2004.

Según Dussalillant, “los hallazgos de este estudio permitirán mejorar los modelos hidrológicos y usarse para hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos del Himalaya o de los Andes durante los próximos años. Estas dos regiones son de alta preocupación hídrica y si el retroceso de los glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas a venir”.

Atribuyen la aceleración global de la pérdida glaciares al calentamiento global de la atmósfera, dado que observan en general que las precipitaciones de nieve son modestas y hay un fuerte aumento en la temperatura del aire (0.030º Kelvin al año. Aunque parte de esa pérdida puede ser natural, reconocen que “la fuerte concordancia con el aumento en las temperaturas de la superficie global sugiere, indirectamente, una considerable respuesta al forzamiento antropogénico”.

“Con el tiempo, esperamos que nuestro trabajo a línea ayude a impulsar el desarrollo de la próxima generación de modelos hidrológicos y glaciológicos globales, y en última instancia, den lugar a proyecciones más fiables en todas las escalas. A la luz de el cambio rápido y continuo de la criosfera,  unas proyecciones más fiables son críticas para el diseño de estrategias de adaptación, con impactos que van de un mayor aumento del nivel del mar a cambios en la gestión del agua”, concluyen en su artículo.

Sobre si es reversible o no esta situación, la científica responde con claridad: “Hay una parte de la perdida del hielo que está ya comprometida. Actualmente los glaciares no están en equilibrio con el clima actual y seguirán retrocediendo hasta alcanzar un nuevo equilibrio, incluso si las condiciones climáticas actuales se mantienen constantes durante los próximos años. Sin embargo, si logramos disminuir las emisiones actuales y alcanzar la meta del Acuerdo de Paris, podremos contribuir a reducir el deshielo considerablemente. Y junto a ello, reducir riesgos relacionados con el calentamiento global que tendrán impactos más profundos para la humanidad”.

El lenguaje de los gorilas


ROSA M. TRISTÁN

@NATURE

La imagen de un gorila de montaña dándose golpes en el pecho como diciendo “aquí estoy yo” me retrotrae a imágenes de la película “El Libro de la Selva”. Ahora, un estudio internacional publicado en Nature hace unos días nos revela cómo esos golpes que se dan con las manos para producir un sonido de tambor, están transmitiendo una información real sobre el tamaño de su cuerpo y permite la identificación de individuos.

Los autores reconocen que ya se había sugerido anteriormente que los gorilas pueden golpearse el pecho para transmitir información, pero la naturaleza exacta de la información no estaba clara. Para explicarnos los detalles de este ‘lenguaje mímico’ Edward Wright, del Instituto Max Planck de Alemania, y sus colegas observaron y grabaron a un total de 25 gorilas de espalda plateada, machos adultos salvajes de más de 12 años, que llevan años monitoreados por la Dian Fossey Gorilla Fund (https://gorillafund.org/) en el Parque Nacional de los Volcanes de  Ruanda, entre enero de 2014 y julio de 2016.

Para comprobar el tamaño corporal les hicieron fotografías en las que se midió la distancia entre los hombros de los gorilas y también grabaron el sonido para comprobar la duración, el número y las frecuencias de 36 los golpes de pecho hechos por seis de los  machos, concluyendo que las frecuencias de sonido de los machos más grandes eran significativamente más bajas que las de los más pequeños. Dado que los machos más grandes pueden tener sacos de aire más grandes cerca de la laringe, ello podría reducir las frecuencias de sonido. También observaron variaciones en la duración y el número golpes realizados por diferentes gorilas, lo que permitiría identificar a los sujetos que realizan la acción.

Makmba. @Rosa M. Tristán
Makumba en parque nacional Dzanga Shanga de Rep. Centroafricana @Rosa M. Tristán

Los autores sugieren que  ese sonido de los golpes en el pecho permite que los gorilas de montaña se comuniquen a través de los densos bosques tropicales en los que viven, donde a menudo les resulta difícil verse y proponen que los usan para informar para la elección de pareja sexual y evaluar la capacidad de lucha de los competidores.

En general, los sonidos emitidos juegan un papel crucial para evaluar a los rivales y elegir compañeros en muchas especies de animales, dado que no se pueden fingir fácilmente y cuesta producirlos. Quienes no alcanzan un nivel de capacidades sonoras quedan fuera de juego, ya sea de ganar en una competición o de tener éxito reproductivo. Así se determina en especies tan distintas como los macacos rhesus los monos colobos blancos y negros,  el ciervo rojo, el gamo, los pandas gigantes o los elefantes marinos.

Pero no se habían estudiado prácticamente nada sobre las señales acústicas no vocales como el golpe en el pecho de los gorilas, que no sólo se ve sino que se escucha a más de un kilómetro de distancia. Y hay que recordar que los gorilas viven en grupos con un solo macho y varias hembras, así que hay una gran competencia entre ellos para no perderlas a ellas, porque las gorilas pueden dispersarse y elegir otros compañeros. De hecho, una de las que conocí en el parque de Dzanga Shanga (República Centroafricana) me cuentan que se ha ido con otro macho, abandonando al gran Makumba.

Investigaciones anteriores ya sugerían que golpearse el pecho es una señal importante en la competencia para hacerse con pareja, por lo que si bien un espalda plateada apenas se golpea una vez cada 20 horas de forma habitual, pude hacerlo cada muy pocos minutos cuando hay encuentros con otros grupos, como observó el investigador M. Robbins, y también cuando las hembras están en celo. La investigación prueba que así están dando idea del volumen del pecho, es decir su corpulencia pues los machos mayores se lo golpean durante más tiempo y a más ritmo que los más pequeños, dada la energía que tienen que gastar en ello.

“Este es uno de los pocos estudios en mamíferos que demuestran que el tamaño del cuerpo está codificado de manera confiable en una señal acústica no vocal”, apuntan los autores en su trabajo. “El golpe en el pecho ha evolucionado como una señal multimodal para, al menos en parte, mejorar la transmisión de información en un entorno con visibilidad limitada”.

La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

El ‘lío’ genético de los humanos del Pacífico


@Eric Lafforgue/Art In All Of Us/Corbis/Getty. NATURE
@Eric Lafforgue/ Corbis/Getty. Nature.

ROSA M. TRISTÁN

La historia del viaje de los seres humanos por el planeta, hasta llegar casi al último rincón en tiempos remotos, es una odisea. Entre esos lugares remotos está esa región del Pacífico, plagada de islas, en las cercanías de Oceanía. ¿Quiénes y cuándo llegaron hasta allí? ¿Cómo lo hicieron? ¿De dónde venían? ¿Se adaptaron a su ambiente insular como ya lo hiciera otra especie, el Homo floresiensis?

Algunas de las preguntas tienen respuesta en el análisis detallado que se revela en Nature gracias a un estudio genómico que nos cuenta detalles de la aventura de llegar a lugares tan paradisíacos como el archipiélago de Bismarck y las Islas Salomón, Micronesia, Santa Cruz, Vanuatu, Nueva Caledonia, Fiji y la Polinesia. Después de que los humanos emigraron fuera de África, todo indica que se establecieron allí hace unos 45.000 años, después de llegar navegando.

Según los restos arqueológicos, lo primero en poblarse fueron las Birmack y las Salomón y unos 10.000 años después las demás.  Mucho más tarde, hace unos 5.000, llegarían desde Taiwan los humanos de la llamada cultura ‘lapita’, que acabaría poblando Oceanía, que llevaron la agricultura y las lenguas austronesias a ese continente.

Pero lo que revela este trabajo es que la historia en el Pacífico es más compleja de lo que se pensaba, como suele ocurrir con lo relacionado con nuestra especie, y para explorarla más a fondo Lluis Quintana-Murci, Étienne Patin y sus colegas han analizado los genomas de 317 individuos actuales de 20 poblaciones repartidas por la región del Pacífico y también individuos de otras regiones, en total 462.

Sus hallazgos nos cuentan que el acervo genético de los antepasados ​​de los individuos esas islas se redujo antes de que se asentaran en la región y que las poblaciones divergieron hace unos 20.000 a 40.000 años. Mucho más tarde, después de la llegada de los pueblos indígenas desde Taiwán, hubo episodios recurrentes de mezcla con las poblaciones de las cercanías de Oceanía.

En sus análisis encuentran que los individuos de las poblaciones del Pacífico también portan ADN de neandertales, como todos los no africanos, y de los denisovanos, genes estos últimos que les han venido muy bien para adaptarse a esta región del mundo. El ADN denisovano lo adquirieron a través de múltiples episodios de hibridación entre humanos modernos y estos homínidos arcaicos, un fenómeno común en toda la región de Asia y el Pacífico. Calculan que toda la población tiene el mismo porcentaje de genes neandertales, pero el de denisovanos varía mucho más, entre el 0 % y el 3,2 %, dado que se cruzaron en diferentes ocasiones. Y si los genes de neandertal están asociados con funciones relacionadas con beneficios para el desarrollo neuronal, el metabolismo y la pigmentación de la piel, el de los denisovanos está implicado en el funcionamiento inmunológico frente a muchos patógenos y podría haber proporcionado una reserva de genes que ayudaron a los colonos originales a combatir infecciones locales, ayudándolos a adaptarse a sus nuevos hogares en la isla. De hecho, los isleños del Pacífico presentan niveles más altos de genética de estas dos especies ancestrales que el resto de los humanos, dado el aislamiento genético que hubo entre archipiélagos tras su llegada porque la navegación durante la época del Pleistoceno era posible pero limitada.

En definitiva, los humanos modernos del Pacífico recibieron múltiples  de diferentes grupos relacionados con los denisovanos y que hubo una población en Asia oriental muy relacionada con ellos. A ello se suma otro grupo lejanamente relacionado con los denisovanos detectado en las poblaciones cercanas a Oceanía. Es decir, que no hubo un origen común entre las poblaciones de las cercanías de Oceanía y Asia Oriental, sino que éstas últimas heredaron segmentos arcaicos indirectamente, a través del flujo de genes de una población ancestral de las poblaciones de Agta o islas del Pacífico, una hibridación o mezcla que tuvo lugar hace unos 46.000 años posiblemente en el sudeste asiático, antes de las migraciones a las islas. Y en tercer lugar, hay otro grupo de papúes que se deriva de un grupo más lejanamente relacionado con los denisovanos, hace unos 25.000 años,  en Sondolandia (también sudeste asiático).

También otros homínidos arcaicos, como Homo floresiensis y Homo luzonensis , estaban relacionados con los denisovanos, humanos que pudieron persistir hasta hace entre 21.000 y 25.000 años.

La productividad agrícola global se ha reducido un 21% por el cambio climático


Una investigación en ‘Nature’ revela que la pérdida es mayor a las ganancias por las innovaciones y muy grave en África, Latinoamérica y Caribe

ROSA M. TRISTÁN

El cambio climático, generado por el ser humano con la emisión de gases de efecto invernadero, no está compensando los avances en producción agrícola en grandes áreas de África, América Latina y el Caribe. De hecho, la producción agrícola mundial se ha reducido un 21% desde el año 1961 hasta 1915, respecto a lo que hubiera sido si ese factor no hubiera existido, datos que se analizan en una investigación publicada este mes de abril en la revista ‘Nature’ por un grupo de científicos norteamericanos, liderados por Ariel Ortiz-Bobea, de la Universidad de Cornell.

“Nuestro estudio sugiere que el clima y los factores relacionados con el clima ya han tenido un gran impacto en la productividad agrícola”, señala en un comunicado de su universidad Robert Chambers. Para llegar a esa conclusión desarrollaron un modelo que estima cómo son los patrones de productividad con el cambio climático y cómo hubieran sido sin este fenómeno. Las conclusiones son demoledoras: aunque la investigación agrícola ha fomentado el crecimiento de la productividad, la influencia histórica del cambio climático antropogénico es aún mayor, así que la producción global ha disminuido una quinta parte, lo que supone haber perdido siete años de crecimiento de la productividad que se hubiera producido sin ese calentamiento global y sus consecuencias.

La investigación determina que el impacto es más severo, precisamente, en las zonas de menor riqueza del planeta, alcanzando entre el 26% y el 34% en las zonas más cálidas, que corresponden con África, Latinoamérica y el Caribe. Además, detectan que la agricultura global ha aumentado en su vulnerabilidad al cambio climático.

Los datos utilizados, recabados en el Departamento de Agricultura de EEUU, corresponden a 172 países entre los años 1961–2015 . En total, 9.255 observaciones, si bien en el caso de Palestina son desde 1995 y hay algunos que se han incorporado recientemente (Chechoslovaquia, Yugoslavia, Etiopia, Sudan, etc.)

Mapa del estudio que indica la disminución de la productividad agrícola debida al cambio climático antropogénico

Los investigadores destacan que hasta ahora no se habían cuantificado los impactos en la producción agrícola del aumento de 1ºC en la temperatura global registrada desde hace un siglo. Si había estudios sobre productividad de los cereales, que suponen el 20% de la producción neta global, pero recuerdan que no es igual el impacto en los rendimientos de cultivos básicos que proporcionan la supervivencia a miles de millones de personas en el planeta, sobre todo en zonas como África subsahariana, donde la productividad ha crecido mucho más lentamente. En concreto, el impacto del cambio climático supone un 34% menos de producción agraria en África de lo que hubiera sido sin él, un 30% menos en Cercano Oriente y África del Norte y un 26% menos en Latinoamérica y Caribe, mientras que en América del Norte es sólo un 12% menos y en Europa y Asia Central un 7% menos. “Los grandes impactos negativos para África parecen particularmente preocupantes dada la gran parte de la población empleada en la agricultura”, señalan los autores.

Por otro lado, plantean una cuestión fundamental sobre la adaptación al cambio climático: si la agricultura se está volviendo más o menos sensible a los extremos climáticos. Para ello, hacen un estudio de dos periodos de su y encuentran que en la segunda parte (1989-2015) la respuesta a la temperatura es notablemente más pronunciada que en la primera (1962-1988), lo que significa, explican, que las temperaturas más altas se han vuelto más dañinas, una repuesta que no está impulsada por cambios aislados en países periféricos.

En general, sus hallazgos vienen a confirmar con datos lo que ya se ve sin ellos, habida cuenta de los movimientos migratorios que están produciéndose: el cambio climático generado por el ser humano exacerba la desigualdad entre países ricos y pobres. Es más, los agricultores afectados reducen cantidad de insumos (fertilizantes, insecticidas, etc) que utilizan, dado que disminuyen sus recursos para comprarlos. Así, el impacto del clima no sólo es directo (más sequías, más olas de calor, menos lluvias, más inundaciones, cambios en los ciclos…) sino que hay efectos indirectos. Si se tienen en cuenta estas reducciones, consideran que aún se habría reducido más la producción agrícola global: un 27,6%, siete puntos más.

Ortiz-Bobea declara al respecto en SciTechDaily que “en general, nuestro estudio encuentra que el cambio climático provocado por el hombre ya está teniendo un impacto desproporcionado en los países más pobres que dependen principalmente de la agricultura. Parece que el progreso tecnológico aún no se ha traducido en una mayor resiliencia climática”.

La investigación, eso si, no recoge el impacto positivo que el CO2 ha tenido en la agricultura, dado que los fertilizantes se producen con combustibles fósiles o la presencia de investigación agrícola o intensiva en entradas de carbono.

Sin embargo, señalan que ello no sesga sus estimaciones sino que las hace algo más imprecisas. En todo caso, señalan que su análisis es un primer paso hacia estadísticas más detalladas, si bien no hay duda de que se está reduciendo cada vez más la producción agrícola a medida que nos alejamos de un sistema climático sin influencias humanas, acumulándose ya un impacto detectable y considerable a partir de 2020, año fuera del estudio.

Chambers, por su parte, apunta que el trabajo puede ayudar a ver qué hacer en el futuro con los nuevos cambios en el clima “que van más allá de lo que hemos visto anteriormente”. “Se proyecta que tendremos casi 10.000 millones de personas que alimentar para 2050, por lo que asegurarnos de que la productividad crezca más rápido que nunca es una gran preocupación”, indica.

En este sentido, platea sus dudas sobre si los niveles actuales de inversión en investigación agrícola son suficiente para sostener las tasas de crecimiento de la productividad del siglo XX en el siglo XXI. Los investigadores no entran a valorar, dado que no es el tema de su estudio la cantidad de producción agrícola que no se destina a alimentar humanos, sino como biocombustibles para el transporte, ni tampoco el hecho de que un tercio de la comida que se produce acaba en la basura en el mundo desarrollado, factores que también tienen que ver directamente con la alimentación humana.

Articulo científico: LINK

Los ‘sucios’ negocios que destruyen África


ROSA M. TRISTÁN


Tengo en la pared un cuadro que refleja a la perfección la situación. Una mujer, negra, en un país africano, cava su campo y sale un chorro negro. “Por favor, que no sea petróleo”, piensa. La viñeta, de Vázquez, tiene muchos años, pero sigue siendo actual porque, para millones de habitantes de ese continente, tener petróleo o el gas natural, que también es un combustible fósil aunque algunos lo olvidan, sigue siendo una desgracia.


Recientemente escribía de lo que está pasando en las cercanías del Delta del Okavango, y el desastre ambiental que puede causar la nueva Texas, dicen, explotada por una empresa canadiense (Recon Africa). Pero después descubrí que sólo es uno más de los grandes proyectos en marcha que implican el negocio con ambos productos del subsuelo terrestre. En Reserva Natural (RNE) os hablaba de ello el otro día, información que ahora amplío.

No solo se quiere extraer la gran bolsa de petróleo en las cercanías de la cuenca del Okavango, en África del este y central. También en el norte de Mozambique, Cabo Delgado, hay un suculento proyecto en marcha para explotar un inmenso yacimiento de gas natural de unos 5,7 billones de metros cúbicos (se podrían cubrir las necesidades de gas del Reino Unido, Francia, Alemania e Italia durante un período superior a 20 años, según el ICEX). Se descubrió en 2010 en el fondo del mar (base de Rovuma), a más de un kilómetro de profundidad y a 50 kms de la costa africana.

Las infraestructuras necesarias para su puesta en marcha ya han expulsado a miles de familias de pescadores y agricultores de la zona de Cabo Delgado y los conservacionistas y científicos han denunciado los daños que supone, además, para la biodiversidad de una de las regiones costeras más valiosas por su fauna y flora. Cuentan que esas costas de Cabo Delgado albergan manglares y selvas litorales, y sus barreras de coral son el hábitat de tortugas marinas, dugones, delfines, ballenas jorobadas y varias especies de tiburones y mantas raya, mientras que los informes de impacto ambiental de este proyecto han sido denunciados por no reflejar los daños reales.

De momento, la presencia y ataques de islamistas parecen haber puesto un freno temporal a los planes que se han estado elaborando durante más de una década, al menos por parte de la francesa Total, que ha parado sus operaciones. En realidad, hay muchas otras grandes empresas -Total, Exxon Mobil, Chevron, la italiana Eni, BP, Mitsui de Japón, Petronas de Malasia y también CNPC de China- que están involucradas y que aseguran en sus webs que llevarán el desarrollo al país, si es que alguien se lo cree a estas alturas.

UN OLEODUCTO POR EL LAGO VICTORIA

Un poco más al norte, ya está planificado otra de esas infraestructuras en un espacio africano de espectacular riqueza natural: se trata del gran oleoducto que se va a construir desde Uganda a Tanzania, pasando por el lago Victoria, para sacar el petróleo por la costa del segundo. Es un desastre contra el que hace un mes más de 260 organizaciones de 49 países emitieron una carta abierta dirigida a los bancos que participan como asesores e inversionistas en la construcción del llamado Oleoducto de Crudo de África Oriental (EACOP).

@Yale Environment 360

Se trata de construir, con de 3,5 millones de dólares, una inmensa tubería de 1.445 kms de largo que ocuparía en total unos 2.000 km2, que atravesaría ríos, lagos y hasta una docena de reservas protegidas por las que campan leones, elefantes y chimpancés. A eso se suma, como indican los firmantes, que afectaría a unas 400 aldeas y que más de 14.000 familias se quedarían sin tierras de cultivo, muchas también sin casas. Es más, parece que la empresa TOTAL , que también anda detrás de este proyecto, ya ha bloqueado tierras en su favor, sin que los afectados recibirán compensación alguna.


La empresa informa en su web que en la zona de Tilenga (cerca del lago Alberto) hay yacimientos con 1.000 millones de barriles de petróleo y gas licuado que tiene licencia para extraer; datos que disfrazan con mucha información sobre su responsabilidad ambiental, pero mención alguna a que este campo petrolífero se superpone con el Parque Nacional de Murchison Falls en el Lago Alberto. Es decir, ya antes de mover el combustible hacia la costa este campo petrolífero supone una tremenda amenaza potencial para gran cantidad de especies de vida silvestre.

Pero es que luego está el trayecto y, dado que la fauna no sabe de oleoductos, se teme que la construcción de la inmensa tubería atraviese corredores para elefantes y chimpancés orientales y que abra potencialmente reservas protegidas para los cazadores furtivos. De hecho, casi un tercio de la longitud del oleoducto atravesaría la cuenca del Lago Victoria, que da sustento a 40 millones de personas en la región y agua a muchos más millones. ¿Qué sería de ellos y de los humedales aledaños si hubiera un derrame? En realidad, ya se ha visto lo que ocurre en Nigeria o Camerún, donde hay oleoductos similares. “Los posibles derrames de petróleo son una gran amenaza en algunos de los últimos reservorios de agua que quedan en los Grandes Lagos Africanos, alimentando disputas entre los paises”, argumenta, por su parte, Bantu Lukambo, director de la ong Innovation for the Development and Protection of the Environment de la RDC.


Muchos más detalles de todo ello vienen en un informe llamado ‘Bank Track’, en el que se estima que el petróleo que fluirá a través del oleoducto liberaría 33 millones de toneladas métricas de CO2 a la atmósfera, que es más que las emisiones de Uganda y Tanzania juntas. Por cierto que entre los bancos ‘asesores’ de este proyecto, al que se pide desde las ONG su inhibición, están Standard Bank (Sudáfrica), Stanbic Bank (Uganda) , the Industrial & Commercial Bank of China y el japonés Sumitomo Mitsui Banking Corporation.


Tanzania, además, tiene otro gran proyecto en la costa, como Mozambique. Hace unos años que Shell (anglo-holandesa) descubrió grandes yacimientos de gas en su mar, situados a más de 2.500 m de profundidad. De momento, el proyecto está medio parado porque en Mozambique era más fácil sacarlo, pero resulta que el presidente del país, que ponía reparos a las empresas extranjeras, ha fallecido y su sucesora podría no ser tan exigente (al parecer las empresas no quieren que nadie les pueda denunciar si cometen una tropelía… ). De momento, este negocio no ha echado andar, pero es posible que se reactive.

Lo que la historia ha demostrado con creces es que el interés de las grandes empresas en sacar más y más combustibles fósiles de África (sumemos lo del norte en Sudán o Argelia o lo del oeste en Nigeria o Chad) no como es evidente, no ha generado ni genera, ni previsiblemente ni generará, ninguna ventaja a las poblaciones afectadas.

Cuando estuve en una comunidad cerca de Kribi (Camerún), hace 18 años, pude vivir en directo cómo en la comunidad donde viví la pesca era mínima por los escapes del oleoducto que llegaba a escasos kilómetros de donde habitaba. Justo enfrente, en el mar, tenía una gran plataforma flotante que de noche parecía una ciudad, a la que llegaba la tubería y desde donde cargaban los petroleros. Era un proyecto que lideraba el Banco Mundial, con partición de Exxon, Chevron, Petronas y la camerunesa COCTO. En una paradisíaca costa, donde los pigmeos iban a coger huevos de tortuga, me contaban los pescadores que no sacaban casi peces, que a veces el agua olía mal y su piel enfermaba. Después han hecho en Kribi un inmenso puerto, pero la miseria continúa.


Y así, mientras el mundo occidental y rico, con una mano da ‘limosnas’ en forma del Fondo Verde del Clima para que los países pobres del sur se adapten al cambio climático y no contaminen, con la otra las empresas de ese mundo destroza en el continente africano los pocos tesoros de biodiversidad que van quedando. El Delta del Okavango, la costa de Cabo Delgado o el lago Victoria. Y cabe preguntarse: ¿Con qué desparpajo vamos luego a pedirles recortes de emisiones, si son empresas francesas, canadienses, inglesas, holandesas o españolas (recuerdo que Repsol trabaja en yacimientos en Indonesia y México a lo grande) las que hacen pingües beneficios para que sigamos manteniendo nuestro nivel de consumo, sin pensar de dónde viene la energía?


No olvidemos que si no hay derrames, ni accidentes, ni incendios como los que hemos visto en Nigeria, en el futuro cercano, esos miles de billones de toneladas de CO2 nos retornará a todos, y más quienes viven en esos territorios, como el ‘sucio negocio’ que es en forma de más cambio climático, es decir, más sequías, más olas de calor, más inundaciones.

Todo indica que algo no estamos haciendo bien contra el cambio climático cuando siguen pasando estas cosas.
Y las hacemos así, sin despeinarnos.
Y si es posible, sin enterarnos.