La pandemia del COVID-19 pone en ‘jaque’ a la ciencia en la Antártida


Un brote de COVID-19 a bordo del buque Hespérides le obliga a regresar a Argentina cuando llevaba ocho proyectos a bordo en una campaña que ha afectado a Brasil, Bélgica, EEUU, Uruguay, Rusia, Argentina y a turistas.

El Hesperides en Caleta Cierva (Península Antártica) @Armada

ROSA M. TRISTÁN

“Aquí estamos, en burbuja, encuarentenados” . El mensaje fue enviado hace pocos días desde Punta Arenas (Chile) por la científica polar española Carlota Escutia, que llevaba meses preparando el viaje a la Antártica con su proyecto DRACC22. Pero no ha podido llegar a su destino. Un brote de COVID-19 a bordo del  buque oceanográfico Hespérides, declarado cuando cruzaba la noche de este miércoles el Mar de Hoces (canal del Drake) ha dado al traste con los planes, al detectarse, hasta ahora, nueve casos positivos del corononavirus y otro dos que aún están como “sospechosos”. Por segundo año, el buque de la Armada resulta afectado por la pandemia y se trastoca la campaña antártica española.

A bordo del buque, viajan cuando escribo estas líneas un total de 90 personas, de las que 37 son personal científico de ocho proyectos diferentes. Eran quienes iban a culminar con su trabajo un a 35º campaña antártica que se había salvado hasta ahora de la infección, hasta que el miércoles por la tarde las sospechosas toses de algunos compañeros de travesía –siete de la tripulación, casi todos oficiales, y dos científicos- se convirtieron en la peor noticia posible. “Me avisó el comandante sobre las 19.30 horas y tras reunirse un comité de crisis, se decidió que se dieran la vuelta hasta Ushuaia, en Argentina, y allí esperar que hagan los 14 días de cuarentena que se exige. Estamos buscando hoteles para que, en cuanto toquen puerto, los científicos puedan bajarse y dejar más espacio a bordo para que la tripulación pueda distribuirse mejor, dado que hay camarotes hasta con 10 personas”, señala el secretario técnico del Comité Polar Español, Antonio Quesada. “Pensábamos que este año nos íbamos a librar, pero nos ha tocado”, reconoce.

Y es que ya en la pasada campaña polar, hubo un brote en el Hespérides pocos días  después de salir de Cartagena hacia la Antártida y tuvo que regresar con urgencia a Canarias. Hubo 35 casos y al final un militar acabó falleciendo. En esta ocasión, todos los casos son leves hasta el momento y se espera que no se agraven dado que está todo el mundo vacunado.

Los planes son que los científicos que van a bordo, cuando se recuperen los enfermos y todos pasen la cuarentana, en su mayor parte regresen a España. El proyecto más afectado de todos es el DRACC22, que dirigen Escutia y Fernando Bohoyo, con los que viajan una veintena de personas que iban a investigar sobre la corriente circumpolar antártica y el impacto en ella del cambio climático en una campaña oceanográfica que ya no podrá ser, al menos este año. “Aquí estamos, marcha atrás y de vuelta a Ushuaia”, explica escuetamente Escutia en un mensaje. Su plan era estar unos 20 días navegando.

Según Antonio Quesada, se está valorando que algún otro proyecto, como ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), si podría aprovechar algunas jornadas hasta que se cierren las dos bases españolas. “Todavía no está confirmado nada. Nos harán mañana (por hoy) una PCR a todos nada más llegar a Ushuaia. Nosotros de momento estamos bien, aunque si hay casos entre los científicos”, confirma Asunción en otro mensaje.

Carlota Escutia, al fondo el Hespérides.

En la misma incertidumbre están los dos del equipo que estudia los glaciares, que dirige Francisco Navarro. «No saben aún si podrá ir uno de ellos cuando pasen la cuarentena, aunque sería para trabajar solo un par de día. También está el riesgo de que surjan más positivos. Están algo deprimidos», reconoce el científico de la UPM.

De hecho, el plan para la tripulación del Hespérides es que, una vez recuperada, vuelva a cruzar el Drake camino del hielo para así finalizar algunos proyectos y a mediados del mes de marzo recoger a la 73 personas que hay entre la base Juan Carlos I (Isla Livingston) y la Gabriel de Castilla (Isla Decepción), donde se sigue trabajando con normalidad.

Sobre cómo es posible que el brote se haya producido, con los protocolos de aislamientos puestos en marcha, no hay ninguna explicación. El año pasado la Armada hizo una investigación de lo ocurrido, de la que no se sabe aún el resultado. Este nuevo brote se ha declarado cuando el Hespérides llevaba desde diciembre sin pisar un puerto y más de 20 días sin tocar las bases científicas, que se han salvado hasta ahora de contagios. En teoría, la cuarentena era permanente, tanto entre tripulación como resto de personal, pero es evidente que ha habido alguna ‘fuga del coronavirus’.

En todo caso, la pandemia durante esta campaña ha impactado en la Antártida de lleno, mucho más que en la de 2020-2001. Ha hecho tanta mella en las campañas científicas de varios países que no va a ser fácil organizar la salida de todo el mundo que allí se encuentra, algo que preocupa en el CONNAP, el consejo  de directores de programas antárticos.

Se comenzó el verano austral con un brote en la base belga Princess Elisabeth que afectó a 11 de sus residentes. Luego vendrían los casos detectados en la base argentina Esperanza, los de la base brasileña Comandante Ferraz, los de la base uruguaya Artigas, los positivos de los turistas de un campamento sobre el hielo del interior continental, cerca de la base rusa de Novolazárevskaya -también afedctada por el COVID-19-, los positivos en las bases rusas Progress y Vostok (esta última en el lugar más inaccesible de la Antártida por ser el más alejado del océano), el viaje frustrado del rompehielos americano Laurence M. Gould por contagios a bordo, detectados en Punta Arenas, o el también cancelado, hace pocos días, por la misma razón del buque chileno Aquiles, que iba a hacer servicios de logística a varias bases, como la búlgara vecina de los españoles en Isla Livingston o la de checa, en la isla James Ross, que se han quedado colgadas de momento a falta de organizar esa logística, tan compleja en la Antártida.

El rompehielos americano Gould, en una imagen de la Academia de las Ciencias de EEUU

“La situación es muy complicada ahora mismo. Se anulan viajes de buques y también de vuelos a la Isla Rey Jorge por contagios de los pilotos. Y no son fáciles de reemplazar. A nivel internacional, se está tratando de buscar alternativas con otros buques para las bases que se han quedado sin ella. En el Comité Polar Español hemos contratado un avión desde Rey Jorge a mediados de marzo para sacar a parte del personal de la campaña cuando ésta acabe. Pero para ir a esa isla desde donde estamos precisamos del Hespérides. Esperemos que no se declaren más casos porque la cuenta con cada nuevo empieza de nuevo”, explica Quesada.

La situación, así, se dificulta también para campañas siguientes, dado que los proyectos no realizados deberán tener hueco en la del año que viene, lo que podría afectar, a su vez, a los que estaban ya previstos para ella; y hay que tener en cuenta que ya se acumula el retraso de la campaña anterior, cuando el buque oceanográfico se quedó sin viajar.

Una ‘ola de calor’ antártica ha roto una plataforma de hielo de 3.000 km2


Científicos chilenos anuncian que el 8 de febrero se batieron récords de temperaturas en varias bases con la llegada de vientos ‘tropicales’ al continente de hielo

@PRuiz (Inach)

ROSA M. TRISTÁN

Los vientos del trópico están transformando la Antártida. No sólo podrían tener influencia en la banquisa –como contaba en un artículo reciente en El País- sino que también andan detrás del colapso de grandes plataformas de hielo y de una subida súbita de las temperaturas, como las que han tenido lugar los pasados 7 y 8 de febrero de 2022: se alcanzaron los 13,7ºC en la base coreana King Sejong, la más alta desde 1988, en la Península Antártica. No se llegó a los 18,3ºC registrados ese mismo mes hace dos años, récord absoluto antártico, pero si que hubo una temperaturas fuera de lo normal para ese continente, tanto de día como de noche .


La explicación, según científicos chilenos, está en lo que denominan un “riego de vientos tropicales”, fenómenos puntuales que están investigando y que podrían estar detrás del fin de grandes plataformas de hielo antártico, como la que colapsó el pasado 20 de enero, más de 3.0000 kms cuadrados al este de la Península, es decir, como toda Álava, justo donde en 2002 también se rompió la gran plataforma Larsen B. En el evento de este año, ese hielo apenas tenía 20 años y unos 10 metros de espesor, frente a la gigantesca Larsen B, que si bien sólo era algo más grande (3.250 kms2) si tenía 20 veces más profundidad (200 metros) porque se trataba de hielo que llevaba allí 12.000 años . Toda la plataforma Larsen está situada la parte noroeste del Mar de Weddell, que por cierto se quiere proteger.


Raúl Cordero, científico del Instituto Nacional Antártico de Chile y en la Universidad de Santiago, explica que ese “riego de viento húmedo en la atmósfera provoca horas o días de altas temperaturas, aunque en general se trate de un verano austral frío”. “Estamos trabajando con colegas de Portugal para ver su posible relación con el cambio climático, que es muy probable, si bien aún no podemos no tenemos la absoluta certeza”.

En realidad, no fue sólo en la base asiática donde hubo una ‘ola de calor’ en esos días de febrero. También hubo récords de máximas en la base argentina Carlini (llegaron a los 13.6°C), en base ucraniana Vernadsky (los 11,5ºC alcanzados fue la temperatura más alta desde 1988) y en la base chilena Profesor Julio Escudero, donde se llegaron a los 8,1 °C a las 17.00 horas. Ésta última fue la tercera temperatura más elevada en medio siglo para un mes de febrero (recordemos que en base Esperanza se registraron 18,3º de hace dos años). “Lo curioso, además, es que también hubo elevadas temperaturas durante la noche, hasta los 6ºC, lo que en la Antártida es mucho”, señala Cordero.


La cuestión está en que estos vientos húmedos y cálidos del trópico provocan en el continente antártico lluvias que contribuyen al deshielo, aunque duren pocas horas. “El evento del pasado día 7 de febrero duró 24 horas. En el verano austral se forman lagos de agua sobre las plataformas de hielo costeras, un agua que con el sol aumenta y puede generar lo que se llama hidro-fracturas. Esos lagos son observables vía satélite. Si la plataforma está como un queso ‘gruyere’, con el empujón de estos vientos húmedos se fragmenta en pedazos, que es lo que ha pasado en enero y febrero de este año, cuando ha habido vientos de hasta 70km/h ”, explica a este blog Raúl Cordero.


Su equipo se muestra convencido de que la gran Plataforma Larser C, que pesa un billón de toneladas de hielos milenarios, podría destruirse totalmente también hacia mediados de este siglo si continúa este combinación de aumento de temperaturas y vientos. De hecho, una gran parte ya colapsó en 2017, desprendiéndose de ella el iceberg más grande detectado desde hace 65 años, el A68. Todo ello, afecta directamente el aumento del nivel del mar global, generando inundaciones y afectando a las corrientes oceánicas. Sólo ese iceberg ha vertido al océano global 150.000 millones de toneladas de agua dulce durante tres años.


Por ello, para los investigadores, el monitoreo de éste y otros fenómenos climáticos en tiempo real en Antártica se vuelve crítico para comprender los efectos del cambio climático. Chile ha instalado en sus bases cuatro nuevas estaciones de monitoreo, que están permitiendo tener datos de unas ‘olas de calor’ puntuales a las que hasta ahora no se les daba tanta importancia. “Las olas de calor de larga duración que se producen actualmente pueden dar lugar a lagunas persistentes de agua de deshielo, que a su vez han demostrado ser los principales mecanismos de colapso de las plataformas de hielo”, señalan las investigadoras chilenas Sarah Feron y Penny M. Rowe. En la misma línea, Irina Gorodetskaya, de la Universidad de Aveiro (Portugal) señala que “estas temperaturas extremas de corta duración ya han mostrado en el pasado impactos devastadores en las plataformas de hielo alrededor de la Península Antártica».


Y, por su parte, Marcelo Leppe, director del Instituto Antártico Chileno (INACH) recuerda que hoy sabemos que la biodiversidad antártica es más rica de los que se pensaba y está siendo amenazada por el aumento de las temperaturas antárticas “pero estos cambios también afectan en el resto del planeta y la ciencia nos está demostrando que el calentamiento global aumenta los incendios forestales, que a su vez liberan material que cae sobre los glaciares y afecta su capacidad de reflejar la radiación solar y, por lo tanto, su capacidad de enfriar el planeta, en un circulo vicioso muy preocupante y que necesitamos comprender”.


Con el Observatorio de Cambio Climático, Chile busca instalar una red de sensores descentralizada de 8.000 kilómetros desde el norte grande a la Antártida, lo que permitirá recopilar información para la formulación de acciones de mitigación y adaptación necesarias para el futuro. Gorodetskaya, que lidera uno de esos equipos, señalaba que sobre el evento extremo de los pasados 7 y 8 de febrero han compartido la información con colegas que trabajan en la Península Antártica (chilenos, portugueses, coreanos, argentinos, españoles, rusos, británicos, ucranianos, entre otros).

Artículo en Nature (Raúl Cordero y grupo)