Los neandertales de Atapuerca, entre “Fantasma y Estatuas”


Yacimiento de Cueva Fantasma, en tareas de limpieza previas a la excavación. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Llegar a media mañana a la Sierra de Atapuerca, en plena campaña de excavación, es coincidir con el momento en el que los equipos de todos los yacimientos se reúnen en un descanso que aprovechan para ponerse al día de las primeras novedades de la jornada. Es un buen momento para comentar, entre un café y un bocadillo, el último hallazgo en cualquier punto de la sierra, salvo el Mirador, cuyo enclave está lejos para aprovechar el refrigerio.

Este pasado 22 de julio justo entraba a la Trinchera en ese momento y llevaba el objetivo bien claro: conocer la nueva Cueva Fantasma, llamada así porque realmente su aspecto hoy no es el de una cueva así que, aunque presentían que existía, no la encontraban. Eudald Carbonell ya me había enseñado el año pasado los inicios de los trabajos en ese lugar situado justo encima de la Gran Dolina, otra grande y famosa cueva, lugar de tantos hallazgos importantes para la evolución humana, pero fue después de irme cuando encontraron el fragmento de un cráneo que, por su cronología, debe ser de un neandertal, aunque no se ha confirmado.

Este año ha pasado lo mismo: el último día de excavación, apenas 48 horas después de mi visita, han encontrado otro fósil de neandertal de hace 50.000 años, en este caso un hueso de un pie,  y ha sido en la Galería de las Estatuas, un yacimiento situado al final de la Cueva Mayor en la que un equipo los buscaba desde hace años y que también visité en una ocasión. El hallazgo tuvo lugar en el lugar donde se lavan los sedimentos,  en las orillas del río Arlanzón, donde el equipo dirigido por Gloria Cuenca los criban para que nada escape, mucho menos un hueso de un homínido por pequeño que sea.

Falange de un pie de neandertal hallado en Galería de las Estatuas. @Javier Trueba

Los neandertales eran las piezas que faltaban en Atapuerca para tener completa en la sierra burgalesa toda la historia de la evolución  humana en Europa desde hace 1,2 millones de años hasta nuestros días. “Estamos convencidos de que sus restos aparecerán antes o después. Tenemos sus lugares de asentamiento, sus herramientas. El yacimiento de Fuente Mudarra era un taller al que iban a hacer utensilios de piedra. Sabemos que estaban y los encontraremos”, me han repetido los codirectores a lo largo de los últimos 15 años. Ahora, hay dos yacimientos que seguramente los tienen, el ya confirmado de Galería de las Estatuas y  Cueva Fantasma, donde todo indica que también proporcionará piezas del puzzle neandertal.

Precisamente, tal como quería, Cueva Fantasma fue lo primero que visité después del refrigerio en esa mañana. Su apariencia, para mi sorpresa, es muy distinta a la que recordaba del año anterior. Ante mis ojos había una gran extensión de terreno a cielo abierto, en la que ya en las primeras tareas de limpieza superficial en apenas un mes habían encontrado una gran cantidad de fósiles. Es una nueva mina para excavar durante decenas de años: 12 metros de sedimentos que está en el nivel más alto de las galerías que socavan la sierra. “Si queríamos encontrar neandertales, este es un lugar adecuado por su cronología. El año pasado, entre los restos de limpieza, ya encontramos un trozo de cráneo que seguramente pertenece a esta especie, aunque hay que excavar para confirmarlo”, explicaba Carbonell ante el yacimiento.

En el interior, Ana Isabel Ortega y otros compañeros barrían, con cepillo y recogedor, llenando cubos de tierra de los restos de la antigua cantera. Justo encima de su cabeza, ya asomaba un palimpsesto, todo un amasijo de huesos fosilizados (bóvidos, caballo, quizás de ciervos… ). “Ven a verlo de cerca”, me dijo. Es el tipo de invitación que no se puede rechazar, así que en esa primera parada en Atapuerca acabé junto a un montón de fósiles que aún no se sabe cómo allegaron ahí, ayudándola a cargar y vaciar los cubos. “Esto de trabajar en un yacimiento en Atapuerca no lo habías hecho aún”, me comentaba mientras me iba describiendo el lugar y me dibujaba la inmensa Cueva Fantasma en la cabeza. “Aquí tienes unas costillas y más allá parece un húmero”, explicaba Anai mientras el polvo se me metía en la piel y mi temor a pisar algo importante iba en aumento.

Yacimiento de la Gran Dolina, donde han aparecido 8 bifaces achelenses. @ROSA TRISTÁN

Después de pasar un buen rato en lo que fue una caverna hace decenas de miles de años, me ‘enganché’ a José María Bermúdez de Castro para que me llevara hasta la cercana Gran Dolina, donde entramos por su parte superior para bajar a la excavación por una de los laterales. También es una cueva sin techo, pero en este caso fue el equipo quien lo quitó hace décadas para poder descubrir lo que ocultaba.

La Gran Dolina desde arriba, con su infinidad de cuadrículas y las cabezas agachadas sobre ellas sacando restos del pasado, y al fondo la Trinchera del Ferrocarril, es una imagen fascinante. “Estamos en el final del nivel 10 y en contacto con el nivel 9 hemos encontrado ocho bifaces achelenses este año. De hecho, íbamos a bajar más rápido pensando que no había ya nada importante, pero al encontrar los bifaces hemos ralentizado el ritmo” , me contaba Bermúdez de Castro entre la incesante percusión de los martillos machacando grandes moles de piedra, la música permanente de Atapuerca. La arqueóloga Marina Mosquera, en una pausa entre golpe  y golpe me reconocía que están “encantados” de acabar de excavar este duro nivel 10: “Hemos quitado aquí toneladas de piedras y ya estamos pensando en lo que hay abajo; queremos acabar con la dinámica de tantos bloques de piedra”.

Unos cuantos niveles más abajo, se encuentra TD4, con restos fósiles y herramientas de casi un millón de años. Allí, como esperaba, se encontraban Jordi Rosell y María Martinón-Torres, junto con un equipo de excavadores  que se ha traído María del University College of London, donde da clase e investiga desde 2015. Este año en TD4 han sacado restos de hienas manchadas, de las que han encontrado un cráneo entero. “Esto es importante, porque nos confirma que hace un millón de años ya estaba esta especie en Europa, una prueba más de que comenzaba la modernidad”, me explicaba Rosell.

Seguí por la Trinchera hasta el yacimiento de La Galería para saludar a Isabel Cáceres y comprobar que ya han logrado unir toda la superficie del yacimiento, esa trampa o ‘supermercado’ como le gusta llamarle, que antes estaba dividido en dos partes por un bloque de piedra, y ahora parece mucho más grande. Toda una remodelación. Y como excavar en Atapuerca ‘engancha’, concentrada sobre una cuadrícula trabajaba Aurora Martín, directora del Museo de la Evolución Humana, dándole al cincel y al martillo. “Todos los años lo hago. Me desconecto de las tareas del museo. Y por cierto, vente por allí, que hay una excelente exposición nueva sobre las montañas”.

Ya apretaba el Sol de mediodía cuando abandoné la Trinchera, no sin antes visitar a Rosa Huguet y a Xose Pedro Rodríguez en la Sima del Elefante, conocer el socavón que han hecho enfrente del yacimiento-agujero en el que se encuentra la Sima y ser presentada a su mascota del día: un simpático ratoncillo de campo que había amanecido entre las cuadrículas. No hubo tiempo para acercarse hasta El Portalón, ni al Mirador para conocer de primera mano los nuevos cadáveres canibalizados que han encontrado este año, pero es que Atapuerca es demasiado grande para abarcarlo en un día.

Aurora Martín excavando en La Galería. @Rosa Tristán

Por la tarde, mientras sabía que los excavadores limpiaban, restauraban y clasificaban todo lo que han encontrado en la residencia Gil de Siloé, en el Museo de la Evolución me esperaba Aurora y la exposición ‘Montañas’, un excelente recorrido por lo que han supuesto las montañas para el arte, la ciencia, el misticismo y la exploración que ha contado con la colaboración del catedrático Eduardo Martínez de Pisón y que reúne 200 piezas, algunas realmente sorprendentes. Hasta mediados de diciembre se puede visitar, así que hay tiempo. Y como era un día de fortuna, dio la casualidad que Juan Luis Arsuaga estaba recorriendo en ese momento la muestra, que era el único codirector de Atapuerca al que no había visto en esa intensa jornada.

Él me dio la pista de un colofón de lujo para la jornada: un concierto audiovisual que tuvo lugar ese mismo día 22 en el Museo dedicado a Einstein con diferentes piezas de música clásica ‘ilustradas’ con obras audivisuales muy ‘especiales’, muchas del fotógrafo José Latova. Utilizando pigmentos en agua, con diferentes densidades y con técnicas previas a la digitalización, según me contó Latova, el artista había conseguido generar movimientos que recordaban a las imágenes de galaxias, supernovas y agujeros negros del telescopio Hubble.

Y así pasé de lo más terrenal a lo cósmico en tan unas horas. No se puede pedir más.

 

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España, la vida sobre un ‘polvorín’ forestal


ROSA M. TRISTÁN

Llevo más de 30 años visitando de forma recurrentemente Cantabria. He visto cómo la ganadería ha ido desapareciendo, los prados se van convirtiendo en bosques, la maleza crece desordenada, las fuentes se secan y lo que era un verde luminoso aún en verano… amarillea. Ahora me paseo entre auténticas yescas y aunque recogemos la leña para nuestro hogar, no no damos a basto y temo lo peor. La peor pesadilla: que un día ese maravilloso bosque de robles de la imagen desaparezca.  Y es que comienza la era de los “superincendios“, según avisa la organización WWF España en el informe “Fuego a las puertas” que acaban de publicar, pero no queremos darnos cuenta. También calculan que al año destinamos 300 millones de euros a la prevención de los fuegos forestales. “¿Y cuánto a la limpieza?”. Un misterio. Es la cifra que nadie quiere dar, que ya es para temerse lo peor. En realidad, 300 millones de euros, no me parece caro para salvar los bosques de las llamas. Es lo mismo que la cláusula de rescisión del contrato de un conocido futbolista o lo  recaudado en Madrid en un fin semana gracias a un famoso festival. Sirva esta comparación para ponerlo en su justa medida.


                                                          Cantabria @Rosa Tristán 

No es que la extinción funcione mal. ¡Qué va! Según WWF, el 74% de los incendios se apagó en 2016 antes de que se quemara una sóla hectárea, y eso es un gran éxito. El problema es que están proliferando fuegos que resultan incontrolables (caso Doñana, o Río Tinto, o la Sierra Calderona… por decir los últimos ocurridos estos días). Son incendios ‘explosivos’, como los calificaba Lourdes Hernández, autora del informe que no sólo seguimos provocándolos (el 96% se deben a la acción humana), sino que aumentan exponencialmente el riesgo para las vidas humanas en la medida que ‘colonizamos’ o ‘urbanizamos’ los bosques sin ningún tipo de conciencia de donde estamos. Desde luego,  es evidente que esos ‘superincendios’ requieren ‘supermedidas’ para evitarlos, y  ‘super-presupuestos’ para poder trabajar en ellas. Si ahora se estima que hay una media de 19 al año (de los 12.500 fuegos forestales que sufre nuestro territorio al año), WWF ha constatado que están en aumento y augura que así seguirán mientras la yesca se hace dueña de unos parajes cada año más secos, con menos lluvias y con aún más escasa gestión.

“Hemos comprobado que los grandes incendios aumentan un 25% su tamaño y un 50% la superficie afectada. Esto no son sólo es un problema forestal o rural sino de emergencia civil, porque cada vez hay más personas que ponen en riesgo su vida, que tienen que ser desalojadas. Son incendios más difíciles de apagar y los servicios de extinción también arriesgan su seguridad”, recordaba Hernández.

Tres son las causas que convierten los bosques en ‘polvorines’ : un cambio climático que nos hace batir récords de temperatura cada año y enferma los bosques; un abandono del campo, del mundo rural que antes gestionaba los recursos madereros manteniendo la salud de la masa forestal, como compruebo en la cornisa cantábrica; y un caótico desarrollo de urbanizaciones, en medio de pinares, robledales o encinares, que ‘lucen’ estupendas en los folletos promocionales, pero que no sólo no tienen en cuenta que están en zona de riesgo de incendio, como señala WWF, sino que incrementan la posibilidad de que se produzcan ya sea por descuidos o accidentes. “Sin embargo, no hay una cartografía que indique cuáles son las zonas de alto riesgo de incendio. Los últimos datos son del año 2000 y señalan que había un 4% de zonas periurbanas forestales (zonas de riesgo)” , recordaban en WWF.

Si a ello se suma que, según denuncia la organización, la normativa de prevención está descoordinada (por un lado va la Ley de Montes, por otro las normas de urbanismo y por su lado las de Protección Civil) y que las construcciones ilegales acaban por legalizarse (del mismo modo que pozos ilegales, como los del entorno del Parque Nacional Doñana, siguen explotándose como si no fueran una barbaridad), ya tenemos la cerilla sobre la yesca. Y para evitar que prenda y la llama se extienda, apenas un gasto de 12 euros por hectárea ¡al año¡, que sería lo que se gastaría en limpiar, mantener, gestionar, informar para prevenir, etcétera. Y digo sería porque, por lo visto, de esos 300 millones de euros un buen pellizco se van en abrir pistas contra-incendios o dejar depósitos de agua, algo más relacionado con la extinción del fuego que con evitarlo.

Enrique Segovia, coordinador de Conservación en WWF, comentó algunas de las soluciones evidentes a este “fuego a las puertas”, pocas pero algunas a largo plazo y, por tanto, poco ‘rentables’ en votos y muy rentables ‘a futuros’. La primera, dar a conocer el riesgo real de las zonas, que todo el que tiene una casita como la del cuento sepa que está en un área de posible incendio y, a ser posible, cuidarlo (muy impopular entre los constructores). La segunda, no permitir que las zonas forestales se urbanicen (aún más impopular que la anterior). La tercera, realizar una buena gestión de los bosques, y ello pasa por su explotación controlada, por fomentar el retorno al ámbito rural y apoyar a los productores locales (¿para qué pudiendo ser camareros a 8 euros la hora?). Y la última, informar y comunicar del riesgo, más allá de ponerlo en los paneles de las autovías, que ya se me ha olvidado el último anuncio televisivo sobre el tema.

Yo añadiría otra: denunciar a quien consiente esas urbanizaciones, a quien recorta los presupuestos, a quien permite que exista una carbonera junto a un Parque Nacional (Doñana) sea o no culpable del incendio, a quien no protege estos bosques que nos dan la vida mientras nosotros se la quitamos.

Mirador de Piedrasluengas @Rosa Tristán