Starmus 2016, el primer homenaje a Stephen Hawking


Stephen Hawking, y su ordenador... en Starmus 2014. @RosaTristán

Stephen Hawking, y su ordenador… en Starmus 2014. @RosaTristán

ROSA M. TRISTÁN

Cuando el astrónomo de origen armenio Garik Israelian, en 2011, organizó el primer festival ‘Starmus’ en Tenerife no pensó que aquello pudiera generar tanta adicción entre algunas de las más prominentes mentes pensantes de las últimas décadas. Pero así es. Recientemente, el científico del Instituto de Astrofísica de Canarias volvió a sorprender con una nueva edición, la tercera, de un evento que volverá a marcar un hito en la historia de este país, y del mundo. Y si son muchos los que repiten en el programa respecto a las anteriores, y es la mejor prueba de que Starmus ‘engancha’, tampoco son pocos los que van aumentando la ‘nómina’ de notables de la ciencia que no quieren perderse la celebración.

Entre los primeros, ni más ni menos que el físico británico Stephen Hawking, al que rendirá homenaje el festival Starmus 2016 y que pese a sus problemas de movilidad no ha dudado en ir a la presentación oficial del mismo, por cierto, el primer homenaje que se le hace a nivel internacional por increíble que parezca. Y entre los segundos, ni más ni menos que 12 premios nobel que han confirmado su asistencia del 27 de junio al 2 de julio en la isla canaria. Otros, como Neil Armstrong, lo hicieron una vez, dejando su primera y única huella en este país.

Garik Israelian, fundador del Festival Starmus. @RosaTristán

Garik Israelian, fundador del Festival Starmus. @RosaTristán

Hace unos días, Israelian habló con este Laboratorio para Sapiens, que ha estado en las dos ediciones anteriores,  sobre Starmus 2016 y sobre esa necesaria “divulgación científica” que quiere conseguir aunándola con el arte, pues ambas, ciencia y arte, son facetas intrínsecas de nuestra especie desde sus orígenes más tempranos. En su visita, la primera pregunta sale sola:

¿Y por qué un homenaje a Stephen Hawking, cuando en 2014 ya fue, indiscutiblemente, la figura central del festival?

“Conocerle fue una gran experiencia vital. Es un símbolo de lucha por la vida, el ejemplo de un ser positivo. A todos nos emocionó en 2014 y me sorprendió que nunca antes hubiera tenido un homenaje. Soy de los que piensan que deben hacerse cuando las personas están vivas, y así se lo dije a Alexei Leonov (el cosmonauta ruso) y a Brian May (guitarrista de Queen), que forman parte del consejo asesor, que les pareció una idea excelente. Cuando se lo contamos a Hawking, también le emocionó. Él es científico, pero también un fenómeno social y homenajearle es hacerlo al cerebro humano, a la voluntad, al sentido del humor. No se mueve, pero lo analiza todo, no deja sin terminar una sola frase. Una vez decidido, pensé en que era una gran responsabilidad, que tenía que tener un gran nivel.

Así es la pantalla que Hawking utiliza para comunicarse con el mundo. @RosaTristán

Así es la pantalla que Hawking utiliza para comunicarse con el mundo. @RosaTristán

¿Cómo ha conseguido reunir a 12 premios Nobel, y algunos de los últimos años?

Algunos los elegí yo y otros fueron sugerencias, incluso del propio Hawking. Y dijeron que sí, lo que es un gran satisfacción. Tendremos a Francois Englert, nobel con el Peter Higgs por el estudio de la masa de las partículas elementales;l matrimonio noruego formado por May Britt Moser y Edvard I. Moser; a Adam Riess, que probó la aceleración de la expansión del Universo, y a muchos otros, como Robert Wilson, a la bióloga Carol Greider, etcétera. Pero no será un serio congreso científico, sino dinámico, rápido, con humor. Con charlas de no más de 30 minutos, y entre ellas vídeos, música… Porque también vendrán artístas, cantantes, directores de cine. 

¿Dónde se celebrará este Starmus? La edición pasada, el auditorio Magma de Tenerife se quedó pequeño…

Esta vez queremos que venga más gente, así que será en la Pirámide de Arona, que tiene 1.700 asientos. Está en Playa de las Américas,  y allí se desarrollará todo el programa. En anteriores ediciones se realizaban actividades en un hotel costoso y alejado; organizar la logística era complicado. En la próxima edición el público tendrá más fácil acudir, pues la oferta de alojamiento en Playa de las Américas es más variada. 

Además del homenaje a Hawking, hay un lema: “Más allá del horizonte” ¿A qué se refiere? ¿Cuál será el tema?

No habrá un solo tema. Por ello contaremos con químicos, biólogos, físicos, astronautas [entre ellos, Michael López Alegría] y hasta economistas. Al nobel Joseph Stiglitz (2001) le he pedido que nos traiga a todos del cielo a la Tierra, que hable de los problemas en este planeta, de las dificultades que tenemos y hacia dónde vamos. Todo en la ciencia tiene relación, y a la vez lo tiene con la música y las artes. De hecho, además de May, contamos con el apoyo de Peter Gabriel. 

Brian May en concierto en Starmus 2014. @RosaTristán

Buzz Aldrin, Alexei Leonov y Brian May, en el Starmus 2011@RosaTristán

Buzz Aldrin, Alexei Leonov y Brian May, en el Starmus 2011@RosaTristán

Comenzó el primer festival casi sin apoyo, financiándolo con el Premio Ambartsumian que recibió en 201o. En 2011, hubo más ayuda del Gobierno canario, que no del central…¿Con qué presupuesto cuenta para esta ocasión?

En principio, el presupuesto es de un millón de euros, pero no lo se con exactitud. Cuando se organiza algo así, es difícil saberlo, pues los ponentes son de primera y aunque no cobran, sí que piden cuestiones que no se les puede negar. Es preciso mantener un nivel adecuado. Eso no quiere decir que sea caro para el público. Para los estudiantes y los canarios, la inscripción a todo el programa serán 250 euros y para el público en general 500 euros por los cinco días, incluidos los conciertos. Por mil euros, puede venirse a todo el festival desde la Península y muchos lugares de Europa. Creo que más de 1.800 personas pueden permitirse venir a escuchar a Hawking, a Richard Dawkins, a David Gross o Jill Tarter… 

¿Cree que, en esta ocasión y por primera vez, recibirá apoyo del Gobierno central, al ser un evento único en el mundo que se celebra en España?

De momento no hemos contactado, pero sí que espero su apoyo, pues como dices es un evento internacional, el primer homenaje al personaje del siglo XXI que es Stephen Hawking. De manera informal saben que se va a realizar y creo que si lo apoyarán, aunque de momento hay elecciones en el horizonte y no creo que se pronuncien.

Ahora que va por la organización de la tercera edición, ¿Qué ha supuesto Starmus en su vida?

Estoy feliz de que cada vez sea más famoso. También es cierto que ha aumentado las complicaciones en mi vida, pero cada vez veo más claro que es necesario, que los científicos debemos llegar a la población que no llegábamos antes y Starmus lo consigue. Así lo ha visto el Cabildo de Tenerife, que lo apoya porque ha visto que además de vender playas se puede vender la ciencia que se hace en las islas con las estrellas. Y con la ventaja de que el control de la organización es mío, con total libertad de elegir el programa y los ponentes. 

 

 

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Robots cuánticos, las máquinas creativas del futuro


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ROSA M. TRISTÁN

(Publicado en Estratos)

Las fronteras entre lo que somos como especie y las máquinas que creamos se diluyen a velocidad de vértigo. Robots capaces de aprender, improvisar, adaptarse y evolucionar. Y ya están aquí a pequeña escala, como las pequeñas criaturas en los inicios de la historia de la vida, pero con posibilidades que pueden dar un salto de gigante gracias a la mecánica cuántica, y en pocos años.

Hoy, ya existen “los planos” sobre los que podrán construirse esas máquinas inteligentes, y son obra, entre otros, del científico español Miguel Angel Martín-Delgado y el italiano Giuseppe Davide Paparo, ambos en el consorcio científico Quitemad, en Madrid.

La primera vez que un grupo de físicos empezó a hablar de la posibilidad de hacer cálculos de naturaleza cuántica fue en los años 80 del siglo pasado, pero no fue hasta los 90 cuando se empezó a poner en práctica. Es la mecánica que estudia las reglas que rigen los objetos microscópicos, el nivel atómico de la materia. Después de que Peter Shor, en 1994, publicara un algoritmo matemático que aumentaba exponencialmente la velocidad de procesamiento de información, y lleva su nombre, apenas pasó un año para que se presentara un sistema de computación cuántico, un trabajo del físico español Juan Ignacio Cirac, premio Príncipe de Asturias en 2006,hoy en el Instituto Max Planck de Alemania.

Paralelamente a estos desarrollos, la Inteligencia Artificial que está detrás de los robots ha ido buscando caminos para acercarse a lo que más caracteriza a los ‘sapiens’. “Lo que diferencia un ordenador de un robot es que el primero es una máquina de bits al que tienes que poner toda la información, pero la inteligencia artificial tiene una definición poco clara. Es hacer lo mismo que un ser humano, pero ¿qué es lo que nos hace inteligentes y cómo expresarlo mediante modelos matemáticos? Es una pregunta para la que nos falta un ingrediente”, afirma a ESTRATOS Martín-Delgado.

DIAGNÓSTICOS MÉDICOS

Sea como fuere, hoy los robots son capaces de hacer cosas asombrosas. Los hay que pueden evitar colisionar con una persona, otros se dejan llevar de la mano, pueden detectar una fuga de gas o radiaciones y hacer diagnósticos médicos. Gracias a los desarrollos de Inteligencia Artificial, son capaces de dar respuesta a estímulos externos de cualquier magnitud que se pueda medir.

Ordenador cuántico D-Wave Two

Ordenador cuántico D-Wave Two

Un paso más allá es su capacidad de improvisar, como los humanos, y ahí hay camino por recorrer, según el profesor Antonio Barrientos, del Centro de Automática y Robótica de la Universidad Politécnica de Madrid. “Improvisar es actuar sin un esquema previo entrenado. Los humanos lo hacemos continuamente combinando esquemas de comportamientos anteriores a contextos nuevos, mezclando lo que conocemos para resolver un problema que no conocemos. Un robot, su programa o algoritmo, puede hacer lo mismo. Igual que nosotros sopesamos mentalmente alternativas y optamos, también el robot puede seleccionar la mejor, en su caso en función del coste de batería o del tiempo, pero también es verdad que nuestra capacidad de cortar y pegar mentalmente es muy superior a la suya”, apunta Barrientos.

Su equipo trabaja en el desarrollo de robots que sirvan para vigilar y patrullar grandes infraestructuras utilizando el aprendizaje de las máquinas mediante la Teoría del Juego: se trata de robots que aprenden a resolver juegos aplicando cierta racionalidad, basándose en los beneficios que obtiene cada jugador, en este caso el tiempo empleado.

MÁQUINAS QUE APRENDEN

Y es que hoy los robots aprenden, aunque cada uno cosas muy sencillas: a jugar al tenis, a ir de la mano, reconocer caras o dar la vuelta a una tortilla. Y para ello se utilizan, principalmente, técnicas aprendizaje basadas en el razonamiento (buscando una lógica en el pensamiento abstracto humano), las redes neuronales humanas, o los ‘algoritmos genéticos”, es decir, la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Si la primera se basa en el pensamiento, la segunda parte del sistema nervioso animal, que funciona mediante conexiones eléctricas entre neuronas. Esas ‘chispas de salida’ saltan cuando estímulos del exterior superan cierto umbral y se recombinan en sucesivas capas de neuronas, hasta que damos una respuesta. Si nos equivocamos, nuestra plasticidad neuronal rompe esas conexiones para no repetir el error. Y si no ocurre, tenemos un problema. En el caso de los robots, explica Barrientos, es lo mismo: “Se entrena el sistema el número de veces adecuado hasta mejorar las conexiones y lograr que las decisiones sean las mejores frente a los estímulos recibidos del entorno”.

Jean Bautista Mouret. @Twitter

Jean Bautista Mouret. @Twitter

Por su parte, los algoritmos genéticos evolucionan como el ADN. La robótica sigue el modelo de la historia de la vida, en la que han sobrevivido los fuertes, que son los que se aparearon y generaron individuos mejor adaptados al entorno, a la vez que se  potenciaban posibles mutaciones favorables: “Los cromosomas son como las decisiones que tiene que tomar un robot para resolver un problema. Se proponen combinaciones y las que quedan más alejadas de la solución se eliminan. Luego se van “apareando” las certeras y al final, tras evaluar muchas opciones, aprende a hacer algo que no sabía”. Es así como el equipo del francés Jean Baptiste Mouret y Sylvain Koos, del Instituto de Sistemas Inteligentes y Robótica de la Sorbona, ha logrado que un ingenio, con forma de tarántula negra, sepa cómo caminar sin saber hacerlo previamente.

LOS ‘ROBOTS-SAPIENS’ DEL FUTURO

En esa misma línea, el israelí Hod Lipson, director del Laboratorio de Máquinas Creativas de la Universidad de Cornell (EEUU), ha diseñado con su equipo un robot-científico, capaz de determinar leyes físicas sencillas. Su centro es un lugar del que salen ‘criaturas’ mecánicas inquietantes: “En una ocasión indicamos a uno de los desarrollos que diseñara una estructura fotónica y del sistema surgió algo en lo que no habíamos pensado antes; y tenemos otros que ya ha creado modelo, que se han patentado”, señalaba en una entrevista reciente. Ahora, su ambicioso objetivo es crear robots con autoconciencia, el robot-sapiens lo llaman, y ya ha dado los primeros pasos para ello con máquinas capaces de “auotoreconocerse”.

La mecánica cuántica puede ser la baza que espera a la Inteligencia Artificial en un futuro cercano, aunque hay dudas de que sea el salto definitivo. Fue en 2014 cuando Martín-Delgado y sus colegas, algunos de la Universidad de Innbrück (Austria), publicaron “el plano” de la construcción de un robot basado en esta parte de la física que estudia el movimiento de las partículas microscópicas.

Para explicar sus posibilidades, el investigador, también profesor de la Universidad Complutense, distingue entre lo que se denomina Inteligencia Artificial débil y fuerte, que es la que más se acerca a la humana: “La débil ha desarrollado todos estos robots capaces de responder a estímulos y de aprender cosas sencillas, como el Curiosity que está en Marte; pero la fuerte es la de un robot con conciencia humana total. De la una a la otra quizás pasemos con la fuerza bruta, es decir, con más capacidad de cálculo o más velocidad, pero yo creo que falta algo más, un ingrediente que no sabemos cuál es todavía”.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL 

Pese a ello, el algoritmo cuántico que ha desarrollado con su equipo abre un futuro prometedor para la Inteligencia Artificial en su versión débil, en cuanto que incrementa asombrosamente la rapidez y la seguridad de la transferencia y el procesamiento de información.  “Los robots cuánticos serán más rápidos, aumentando de mil instrucciones por segundo a un millón, o incluso más”, augura.

El cambio cuantitativo significará un incremento espectacular de la rapidez con la que un robot se adaptará a su entorno, de su aprendizaje, de la búsqueda soluciones en entornos que requieren respuestas inmediatas, y en definitiva de su capacidad de crear más allá de algo sencillo.

Aún no existe este robot revolucionario, pero sí su arquitectura interior para un tamaño pequeño, incluso se conocen sus piezas fundamentales. Y matemáticamente se sabe que gracias a las reglas cuánticas optimizará a los robots actuales. “Quien quiera puede animarse a fabricarlo en un laboratorio para comprobar que improvisa mejor porque es más rápido y eso, como pasa con los cazadores, significa supervivencia. Por lo pronto, nuestro  siguiente reto es hacer el diseño para un robot más grande sin que se degraden sus características”, apunta Martín-Delgado.

Prueba del auge de  la mecánica cuántica es el interés en su desarrollo de Google, el más potente buscador informático, y la NASA. Juntos han creado el Laboratorio de Inteligencia Artificial Cuántica y ya tienen un ordenador, bautizado como D-Wave Two™, que es 35.000 veces más rápido que uno convencional.

LA FRONTERA DE 2020

Pero en éste, como en otros campos de la investigación, es difícil predecir qué pasarán en pocos años. Martín-Delgado si tiene claro que para 2020 la cuántica estará implantada, pues los chips ya están fabricándose en tamaños diminutos de 24 nanómetros, a punto de entrar en la escala atómica, la de los Armstrong, que es 10 veces más pequeña. Y en ese tamaño, sin contar con la mecánica cuántica, los átomos escapan.

La pregunta inevitable va mucho más allá:¿Llegará el día que los robots puedan sentir emociones? Hod Lipson está convencido de ello, aunque cree que serán sentimientos distintos a los nuestros. Para Antonio Barrientos, cualquier predicción es aventurada: “Es díficil saber cuándo se alcanzará una meta tan destacable como que sientan lealtad o gratitud. Cualquier respuesta es especulativa porque hace falta ese salto cualitativo que no conocemos. Algunos dicen que está en el aumento de las capacidades de cálculo, otros en la luz, o quizás en otras variables. Suena sugerente, o inquietante. Hoy no podemos saber adónde se puede llegar. Lo mismo que Leonardo da Vinci no pudo predecir el teléfono móvil, nosotros no podemos aventurar que pasará ni siquiera en 10 años”.

En todo caso, el día en el que “existirá Inteligencia Artificial que no seamos capaces de distinguir de la nuestra”, como auguró el matemático británico Alan Turing hace 70 años, parece mucho más cerca.

Un día en el taller de restauración del Museo del Prado


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Una docena de profesionales de la restauración de pintura revelan los secretos del trabajo que permite “resucitar” obras que forman parte del patrimonio cultural universal y están en los fondos de la pinacoteca. Es uno de los talleres más pretigiosos del mundo.

ROSA M. TRISTÁN

Una luz suave, nada estridente, que va adquiriendo los matices del atardecer, se cuela por los grandes ventanales del taller de restauración de pintura del Museo del Prado. Situado sobre el antiguo claustro del Monasterio de los Jerónimos, integrado en la pinacoteca, el gran espacio transpira la tranquilidad que el equipo de restauradores precisa para trabajar sobre obras que forman parte del imaginario cultural universal. A simple vista, nadie diría que han pasado los siglos. Los mismos pinceles, los mismos botes con pinturas, los mismos lienzos, idénticas posturas al enfrentarse a las obras…Pero, hasta cierto punto, es engañoso.

Cuando se explora se descubre que la tarea que trata de remendar el paso del tiempo  también ha experimentado transformaciones en las últimas décadas, al albur de las nuevas tecnologías, si bien su esencia sigue siendo la misma: un trabajo delicado en el que son necesarios profesionales capaces de “resucitar” aquellas obras humanas que, por avatares de todo tipo, están llenas de achaques.

Radiografía de las obras, utilizadas por los restauradores. @RosaTristán

Radiografía de las obras, utilizadas por los restauradores. @RosaTristán

Enrique Quintana, jefe del taller de restauración, tiene claro cómo debe ser la intervención: “La forma de aproximarnos a las pinturas en el Prado siempre busca  devolver la vida a la pintura, que es la que nos dice lo que necesita. El objetivo es que siga comunicándose con el espectador y para ello hay que romper las barreras que se instalan entre ellos. Si el problema es que amarillea el barniz, porque se oxida, lo vamos eliminando para que recuperen profundidad; y lo mismo si es una grieta, o si se ha perdido pintura. Nosotros restablecemos vida interior obra hasta donde es posible”, explica a ESTRATOS.

En taller, durante la visita, reina una de las grandes obras del museo: “La Inmaculada Concepción” de Francisco de Zurbarán. Está en manos de Rafael Alonso, Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales del año 2010. Junto al lienzo, que va para 400 años de historia, una pequeña mesa llena de pinceles, buriles, gafas-anteojos… Y también una radiografía y una espectrografía  infrarroja, realizadas por el Laboratorio de Análisis, que le permiten ver exactamente donde están las lagunas. “Es algo con lo que no contaban los restauradores anteriores. Esta obra, por ejemplo, ha sufrido muchas restauraciones y ahora, gracias a estas tecnologías, vemos mejor dónde nos metemos. El infrarrojo nos ha mostrado, por ejemplo, que esta pintura tiene un daño causado en el pasado por una vela, de la que debía estar cerca y que degradó el color en una zona”, explica la restauradora Lucía Martínez Valverde.

Instrumental de los restauradores. @RosaTristán

Instrumental de los restauradores. @RosaTristán

Ella es una de los 12 profesionales que tiene la pinacoteca para trabajar en las 8.200 obras pictóricas que acumula en paredes y sótanos. A ellos se suman otros tres especializados en escultura, tres para obra gráfica y papel (grabados, fotografías…), tres destinados en exclusiva a los marcos y un experto en los soportes. Es uno de los pocos museos del mundo con un equipo tan amplio, comparable al Hermitage de Moscú que cuenta con 18, y duplicando al Metropolitan de Nueva York. “Somos un gran equipo. Por ejemplo, tener un especialista en soportes, como José de la Fuente, es fundamental; pocos lo tienen, pese a que hasta el siglo XVI se pintaba en tabla, que es un material vivo y sufre alteraciones con la humedad que requieren un trabajo muy concreto. De hecho, le reclaman de fuera cuando precisan de sus servicios”, explica Quintana.

El responsable de restauración reconoce que cada institución tiene su propia forma de acercarse a las obras, su ‘escuela’, y la del Museo del Prado es muy conservadora. “Para nosotros lo más importante es aquello que dejamos, no lo que quitamos, como ocurre en otros enfoques. Para nosotros una pintura es como una persona. Sólo actuamos si podemos mejorar sus condiciones de vida, si es posible que un espectador se adentre gracias a nuestra actividad en ese espacio mágico y real que es el arte. El problema al que nos enfrentamos puede ser físico o debido a que ha perdido su capacidad de diálogo con el observador, porque no hay que olvidar que son piezas con una gran carga didáctica y emocional”, argumenta.

Materiales utilizados en el pasado en el taller de restauración del Museo del Prado. @RosaTristán

Materiales utilizados en el pasado en el taller de restauración del Museo del Prado. @RosaTristán

Tomar estas decisiones requieren un proceso que se inicia en el momento que un conservador detecta ese daño o esa incomunicación.  A continuación, la obra en cuestión pasa al  Laboratorio de Análisis del museo, donde se realizan pruebas con rayos x, las espectografías con infrarrojos, microscopías ópticas con luz ultravioleta y cromatografías que permiten analizar sus componentes orgánicos (aglutinantes, adhesivos, consolidantes, colorantes, etcétera). Es un lugar con un ambiente muy distinto al taller, más aséptico. Trabajan otras cuatro personas (dos en análisis de imagen y dos en los de química), encargadas del diagnóstico técnico del “paciente”.

Eso sí, siguiendo el símil médico, los suyos no son análisis definitivos. “Es la obra la que nos dice: ‘Si me tocas aquí, me duele’; la analítica es fría, y nos dice si hay una falta en un punto, pero a veces no lo que pasa en toda la superficie; evidentemente, ayuda, pero hace falta ponerse delante del cuadro para saber por dónde tirar, que puede ser lo difícil. A veces requiere un debate entre todos”, apunta el restaurador jefe.

Con toda la información disponible, incluida la histórica, sólo queda ponerse manos a la obra. Prácticamente con los mismos productos que se utilizaban hace más de 100 años, porque, aseguran, ya están muy testados y se sabe que son poco dañinos. Martínez Valverde abre el armario en el que guardan los ingredientes con los que aún hacen artesanalmente muchos de los productos. “Se han mejorado las gelatinas de los animales, que suelen ser de pescado o de conejo, pero en el fondo son lo mismo desde que los restauradores del XIX descubrieron que había que desengrasar los pigmentos para se pudieran eliminar fácilmente. También nos hacemos los barnices, en proporciones que sabemos que se podrán disolver en el futuro, y por supuesto disolventes. Dicen que cada restaurador tiene su receta secreta que no comparte, pero en el Prado no es así.”, asegura.

Un cambio importante de las últimas décadas ha sido la eliminación de los reentelados, es decir, añadidos de tela por el reverso de los lienzos, algo que era habitual hace unas décadas, pero que ya no se practica, salvo excepciones, porque altera los colores.

En general, la postura reacia a las novedades, que caracteriza al Taller de Restauración del Museo del Prado, afirman que les ha evitado cometer errores importantes. Por ejemplo, hace unos años se puso de moda el uso de unos filtros que evitaban los daños de la luz ultravioleta de las bombillas incandescentes. “Ahora usamos la tecnología LED, que no emite calor. Si hubiéramos utilizado esos filtros en la restauración no servirían de nada”, comenta la restauradora.

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Pero además de ser alquimistas, ¿qué más es preciso para ser un buen restaurador? Martínez Valderde lo explica en pocas palabras: “Esencialmente tener una formación histórica, estética y sobre todo visual. Es importante tener capacidad técnica para reproducir los colores y dibujar; somos como los arqueros que tensan la cuerda para disparar una flecha en la diana, pero sin margen de error. Por ello, percibir los colores en su justa gradación es fundamental, y en ello hay una parte innata, aunque también se puede practicar”. Otra ‘virtud’ importante es la prudencia “pues es mejor perder la oportunidad de acercarnos lo más posible a lo que era el original de la obra que cometer errores, como los que vemos en cuadros que fueron restaurados en el pasado”.

Entre las anécdotas, lo ocurrido con una copia del ‘Felipe IV Cazador’ de Diego de Velázquez. “Aquel cuadro tenía una veladura amarilla y parecía que se debía a que el barniz se había oxidado, pero no era así. El autor lo había pintado con ese tono porque lo copio del original cuando ya estaba amarillento: era lo que él veía. Por ello hay que tener cuidado.  Y es importante no llegar al fondo de todos los colores; se trata de dejar los cuadros lo mejor posible para que los restauradores del futuro lo encuentren en buenas condiciones”.

En Prado, casi todo el equipo pasó por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Madrid, que lleva casi 40 años formando profesionales. “Es un centro en el que casi toda la formación que recibí fue práctica. Ahora se han diversificado las enseñanzas, que se imparten también en las facultades de Bellas Artes, para introducir otra materias importantes, como la informática, aunque se ha eliminado tiempo para esas prácticas”, explica Martínez Valverde.

Para los  más avezados, el Taller del Prado es ahora también una escuela a la que acuden desde muchos rincones del mundo a aprender, un impulso que se ha dado desde la dirección y de la que se sienten especialmente orgullosos. Actualmente, la Fundación Iberdrola aporta tres becas al año para estudiantes, a las que se suman las del Ministerio de Cultura. Además reciben a profesionales de otros países que quieren conocer de cerca cómo se trabaja en esta pinacoteca. “Es una gran satisfacción para nosotros que vengan a conocer nuestro trabajo”, apunta Quintana.

Difícil les resulta elegir entre las restauraciones realizadas en los últimos tiempos, pero sin duda una de las más complicadas ha sido la de “La Anunciación” de Rogier van der Weyden, el autor flamenco al que el Prado dedica hasta junio una exposición y sobre el que en mayo se celebra un simposio internacional. En 2012 comenzó la preparación de esta obra, que ha tardado tres años en ser expuesta al público, a finales de marzo.

Formada por 13 tablas horizontales, y realizada hace más de 500 años, a lo largo de su larga historia ha sufrido percances que le provocaron grietas, deformaciones, fracturas, desconches…y una desastrosa restauración antigua, en la que la adosaron una estructura de madera atornillada por detrás que acabó por deformarla. Estaba en tal mal estado que, pese a ser la última pintura de Van der Weyden era difícil considerarla como “obra maestra”, reconocen en el museo. Tras pasar por el taller, hoy luce con esplendor.

En este caso, el estudio con luz ultravioleta sacó a la luz todos los repintes anteriores, la radiografía permitió ver todos los injertos que tenía y la fotografía infrarroja ayudó a conocer el diseño previo sobre el que trabajó el autor.

Con todo ello, llegó la restauración propiamente dicha: comenzaron eliminando los añadidos entre las juntas de los paneles, lo que puso en evidencia que había más pérdida de pintura de la que se creía. A continuación, De la Puente restauró el soporte, para lo que hubo que retirar la estructura de madera, separar cada una de las tablas y volver a pegarlas después siguiendo la curvatura que tenía la obra original y cerrando las grietas con cuñas de madera. Como complemento, se creó otro soporte posterior con siete bastidores de una madera flexible que sujeta la tabla. La tarea incluyó el injerto de más de 500 piezas en los cantos del cuadro para ayudar a rectificar las faltas.

Ya con una nueva estructura posterior, se inició el trabajo con la pintura. Primero, limpiando el barniz oxidado y la suciedad superficial; luego, quitando repintes añadidos a lo largo de los siglos; y más tarde, rellenado de estuco las faltas de material, para dejar la superficie enrasada. Los vacíos de pintura fueron desapareciendo con acuarelas, tras lo cual se le dio una capa de resina natural que ayuda a separar el original de la intervención posterior que, como colofón, consistió en matizar las faltas persistentes con pigmentos.

“Desde luego,”- explica Martínez Valverde- “es un trabajo que no podría hacer un robot, una tarea que requiere un cuidado exquisito y la colaboración de todo el equipo. A veces tenemos que parar para saber por dónde seguir, o porque el proceso así lo exige; y por ello no es extraño que el mismo restaurador trabaje sobre dos o tres obras al mismo tiempo. Unas pueden llevar semanas y otras muchos meses. Casi todas las obras antiguas a las que nos enfrentamos ya fueron restauradas en el pasado. Salvo las del siglo XIX o comienzos del XX, que son como una partitura en blanco”

Mientras enseña la gigantesca obra de Simonete Lombardo en la que trabaja, Flevit super illam, reconoce que no entiende cómo se pueden hacer las cosas tan mal en la restauración. “No me refiero a casos tan conocidos como el del “Ecce Homo” de Borja, aquel que repintó una señora del municipio, sino a otros en los me pregunto qué habrán hecho para llegar a ese resultado tan nefasto, de algunos que tenían los ojos torcidos”.

Su colega, la también restauradora y profesora Carmen Cueto, que lleva 17 años dedicada a la restauración, en su caso fuera del Museo del Prado, apunta al “intrusismo” que hay en la profesión. “Trabajar en ese taller, con arte clásico o antiguo, debe ser fascinante, muy distinto al arte contemporáneo donde hoy hay muchos más problemas porque los materiales se han diversificado mucho, se han mezclado o ya no tienen repuesto, y no se pueden hacer artesanalmente. Y también hay mucho arte efímero, cuya conservación es un gran dilema”, apunta Cueto.

En un histórico armario de madera del Taller del Prado, los restauradores guardan algunos tesoros que nunca lucirán en las paredes: pinceles, buriles y pigmentos con los que sus antepasados en el puesto hicieron posible que miles de obras llegaran a nuestros días. A escasos metros, en otro de cristal y metal, los tarros, los calentadores de agua y las planchas que forman o han formado parte de su reciente menaje laboral. “Si en el fondo no hemos cambiado tanto”, insisten.