48 horas en el mundo de hielo (1)


Glaciar de Qaletalliq,  con un río subterráneo. ROSA M. TRISTÁN

Glaciar de Qaletalliq, con un río subterráneo que cae en cascada. ROSA M. TRISTÁN

DESDE GROENLANDIA

Anochece en Groenlandia. Las guardias de la noche están organizadas. A las tres de la mañana se prevé una ‘ventana’ entre las nubes que volverá a teñir el cielo de colores. Y todos esperamos que nos den la alerta para no perderse, una noche más, ese fenómeno que llena de magia la noche, aún haciendo ciencia: las auroras boreales.

La noche de ayer, la primera en esta gran isla vecina del Polo Norte, cumplió las expectativas. Pasaban las 10 de la noche cuando unas ráfagas de electrones, impulsadas desde la  corona de nuestra estrella, el Sol, entraron en la atmósfera terrestre. En unos segundos, pinceladas de color verde se colaron entre las estrellas, entre la luz de una Luna casi llena, entre las nubes… su tenue brillo tomó fuerza y ¡zas!, prendidas sobre nuestras cabezas, una lluvia de rayos iluminó la noche.

Fue la bienvenida a la Expedición Shelios, el proyecto coordinado por el astrónomo Miquel Serra-Ricart que no ha querido perderse la emoción de transmitir al mundo los momentos estelares del nuevo ciclo solar y su máximo de actividad. Tormentas a 150 millones de kilómetros que nos llegan como actividad eléctrica y que estos días nos ponen en contacto, aún más, con el Universo del que somos una mota, o aún menos.

Formar parte de este equipo es un privilegio. Llegamos ayer, yo desde Cophenague (Dinamarca) y los demás desde Reijkavik (Islandia). Nos esperaba Ramón Larramendi, explorador, aventurero, innovador (ha inventado un catamarán polar y ecológico) y director de la agencia Tierras Polares, que ha descubierto el mundo de los hielos a miles de personas desde hace 16 años.

La primera aurora de mi vida, en el cenit. En el campamento de Fletanes de Tierras Polares.|JUAN CARLOS CASADO

La primera aurora de mi vida, en el cenit. En el campamento de Fletanes de Tierras Polares. JUAN CARLOS CASADO

El viaje, en la misma tarde, desde el Narsarsuaq, donde está el aeropuerto, hasta el campamento de Qaleraliq, donde nos encontramos, fue una de las más hermosas aventuras que he vivido. Embarcados en dos lanchas neumáticas, con todo el equipaje a bordo, 120 kilómetros de fiordos groenlandeses, entre inmensos bloques de hielo que Larramendi y el otro piloto sorteaban con destreza. Hielo azul, hielo milenario, oxigenado, que rompe de los glaciares y vaga por el agua hacia el mar….A menudo se queda varado en las playas, donde acaba por desaparecer, o se amontona en  las esquinas de los fiordos hasta que una corriente los lleva hasta su destino.

El intenso frío, con el viento azotando a los pasajeros, se compensaba con la emoción de ir al vaivén de las olas, viendo pasar, como los restos de un naufragio, icebergs que me recuerdan que Groenlandia tiene un 20% menos de hielo que en 1980. El adelanto del naufragio del planeta.

Llegamos a Qaleraliq helados, pero contentos. Y descargar la carga en la playa que dejó el final de un antiguo glaciar (hoy una morrena) no es mala gimnasia para entrar en calor.

El campamento de Tierras Polares está en un enclave espectacular, en una de las puntas del mundo. Varias tiendas iglús gigantes, con literas, y una salón-comedor más grande. Un urinario portátil, almacén y provisiones y poco más. Capacidad para 40 personas… Y está hoy a tope.

Campamento en el fiordo de Qaretalliq de Tierras Polares. |ROSA M. TRISTÁN

Campamento en el fiordo de Qaretalliq de Tierras Polares. |ROSA M. TRISTÁN

Tras la llegada, Miquel enseguida se puso a organizar la captación fotográfica de las auroras boreales que, si las nubes no lo impedían, íbamos a disfrutar. Entre su equipo hay grandes expertos en astro-fotografía, y en astronomía, y en informática, en telecomunicaciones, y cuatro estudiantes que, a este paso, también lo serán de algo algún día.

El espectáculo no nos defraudó. Tan intenso  y tan corto. Durante hora y media, más o menos, escudriñamos el cielo en busca de esa tenue luz verdosa que anunciaba alguna aurora. Me sorprendió la cantidad de colores que mi ojo no era capaz de ver, pero sí ese invento que son las cámaras. Donde yo veía verdes, ellas encontraban también rojos, y rosas, y casi violetas…. ¿Es magia? No, no hay trucos que valgan en este viaje a las estrellas. Rojos, al chocar electrones con el oxígeno, verdes por el nitrógeno, azules cuando su fuerza es mayor.

Pero las nubes seguían avanzando y no tardaron en cerrar el escenario para hacerse dueñas de este perdido rincón del Ártico. Y ahí seguían esta mañana y hasta bien avanzada la jornada, cuando hicieron un descanso en su continua descarga de agua para poder llegar hasta el final de la morrena, y pisar la orilla del lago glaciar, y ver pasar a los karibús a lo lejos….

Hermoso lugar para ver las estrellas….

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  1. Pingback: Un ‘museo viviente’ en Groenlandia (3) | Laboratorio para Sapiens

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