Réquiem por el solitario George


Cuando el ‘Solitario George’ nació, hace más de 100 años, el mundo era mucho más grande. Nadie supo entonces que en una diminuta isla del Pacífico rompía el cascarón la que sería la última tortuga gigante de la subespecie ‘Chelonoidis nigra abingdoni’. Su muerte, sin embargo, no ha tardado más de unas horas en ser global en un mundo que ha ‘empequeñecido’ a medida que se hacía ‘global’.

El luto en la Fundación Charles Darwin de las Islas Galápagos, en cuyas instalaciones vivió los últimos años intentando reproducirse, no es sólo por su pérdida. Lo es porque ya son sólo siete las subespecies de tortugas gigantes que sobreviven ese espacio único (y hubo un tiempo que eran 14), porque cuando el ‘Solitario George’ nació había 200.000 ejemplares similares en su isla y hoy no llegan a 20.000, porque en su caso, como en muchos otros, no funcionó la reproducción dirigida científicamente y, lo peor, porque los humanos seguimos sin querer comprender que cada ser vivo que desaparece nos deja más solos.

Nunca estuve en Las Galápagos. Aún sin ‘George’, es de los pocos sitios donde los esfuerzos de conservación han logrado aumentar las poblaciones de tortugas terrestres, que llegaron a ser sólo 3.000 hace unas décadas. Pero en Tortuguero (Costa Rica), pude comprobar como los mismos turistas que pagan y se emocionan por ver hacer su nido a una tortuga marina carey (‘Eretmochelys imbricata),  al día siguiente compran pulseras hechas con su caparazón, o una peineta.  Son los mismos que tiran plásticos al mar, que luego estos animales confunden con las medusas que les alimentan, causándoles  y la muerte. Los mismos que se olvidan de que la luz de sus casas junto a las playas,  les impide salir a desovar.

En Boavista (Cabo Verde) un proyecto científico español, del CSIC y la Universidad de Las Palmas, ha trabajado durante años para evitar la caza y la destrucción de los huevos de tortugas bobas (‘Caretta caretta’). Es una especie totalmente desaparecida en España.

Ver nacer miles de diminutas ‘tartarugas’ es un espectáculo fascinante.  Saber que sólo una de cada 1.500 llegará a adulta, no amilana a los voluntarios que, pacientemente, rescatan los huevos de lugares de riesgo y los protegen antes de eclosionar. Esa labor, que exige patrullar noche tras noche las largas playas africanas, ya se ha visto recompensada: este año ha descendido la mortalidad de las tortugas bobas, tras años de trabajo y sensibilización de la población local. Adolfo Marco, uno de los responsables del proyecto, del CSIC, recordaba hace unos días que en 2007 en esas playas se cazaron más de 1.200 hembras. El año pasado fueron 55.

Algunas de las recién nacidas caboverdianas se soltaron en 2007 en Fuerteventura y Almería, con el ánimo de introducir la especie de nuevo en las costas españolas. Se sabe que, cuando sean adultas, volverán al lugar del que salieron para dejar sus huevos. Pero pasarán años antes de saber si esas pequeñas crías vuelven a las playas, si es que antes no tropezaron con un cazador, un anzuelo, redes y palangres de pesca o con una medusa plastificada. Por ello, conservar y promover medidas para que los mares y las tierras no vacíen de especies que viven en tan delicado equilibrio es ya una urgencia. La muerte del ‘Solitario George’ es un toque de atención para no ser un día los ‘Solitarios humanos’.

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