El colonialismo en la Paleontología mundial sigue vivo, según una investigación


Restos de ‘Lucy’ , en Etiopía

Una investigación revela el sistema de ‘ciencia del paracaídas’ que aún practican investigadores de fósiles que van a trabajar a países del Sur Global

ROSA M. TRISTÁN

Desde tiempos históricos, expediciones científicas, europeas primero y después también norteamericanas, han viajado a países del hemisferio sur en busca de especímenes y fósiles para su estudio y análisis. Su papel fue fundamental para el avance de la ciencia. Ahora, una investigación revela que un ‘colonialismo científico’, que se expandió durante el siglo XIX y XX, sigue muy vivo en pleno siglo XXI. Así lo revela, en la revista Nature Ecology & Evolution, un grupo de científicos de ambos hemisferios. Según sus resultados, en los últimos 30 años, el 97% de los datos sobre fósiles han sido aportados por originarios de países ricos (Estados Unidos y Europa Occidental, fundamentalmente) y “con poca o ninguna colaboración en el país” donde estaba el material. Aseguran que los legados coloniales y los factores socioeconómicos asociados no sólo han sesgado en el pasado la investigación paleontológica, sino que lo siguen haciendo.

Los autores, que proceden de Alemania, India, Brasil, Sudáfrica o Reino Unido, llaman ‘ciencia del paracaídas‘ a aquella en la que los extranjeros llegan al sur como caídos del cielo, a menudo sin interactuar con las comunidades locales, lo que hace que haya “un sesgo de muestreo, con impactos potenciales en las estimaciones de la biodiversidad pasada”. Nussaïbah Raja, Emma Dunne y otros miembros del equipo,  tras analizar lo ocurrido en estas tres décadas gracias a la base de datos Paleobiology Database, advierten de que “los análisis globales pueden enmascarar prácticas de investigación colonialistas dentro del país”.

Por países, señalan que EEUU y Europa Occidental son los que más invierten en investigación, por lo que es lógico que tengan más presencia. De hecho, el 50% de los datos sobre fósiles los aporta el primero, que tiene tantos trabajos dentro de sus fronteras como fuera. Le siguen Alemania, Reino Unido y Francia, cada uno con un 10% del total, pero en estos casos lo llamativo es que publican más cantidad de fósiles no europeos que europeos:  hacen más fuera de sus países que dentro y, además, casi la mitad de esa investigación que hicieron en el extranjero no involucró a ningún científico local (es ciencia de paracaídas al 100%).

También destacan el llamativo el caso de Suiza (el 86% de las investigaciones paleontológicas suizas las hacen fuera de sus fronteras) y que en países con territorios de ultramar, como Dinamarca en el caso de Groenlandia o Francia en el caso de la Polinesia Francesa,  la población local figure rara vez en un trabajo. No digamos ya alguien de la población indígena…

En el otro lado de la balanza, estarían los países cuyos científicos trabajan, sobre todo, con fósiles de su territorio, como China (el 75% es nacional), Argentina (66%) y Japón (50%). La razón, explican, es que son ‘centros regionales de conocimiento paleontológico’ y se ha impulsado su estudio, con yacimientos como los de Lagerstätten  , de fama mundial, o en el caso de Argentina con sus yacimientos espectaculares de dinosaurios. Además, tienen leyes que impiden sacar fósiles de estos países.

Los ‘paracaidistas’ de la ciencia en África

Muy llamativo es el caso de África, el continente por excelencia de la ‘ciencia del paracaídas’ . Casi todo el conocimiento desde 1990 sobre los fósiles africanos se ha producido fuera del continente, especialmente ligado a sus ex potencias coloniales: un 25%  de todas las investigaciones en Marruecos, Túnez y Argelia las hicieron franceses, el 17% de los fósiles tanzanos los estudiaron alemanes y el 10% de investigación paletontológica en Sudáfrica o Egipto es obra de británicos.

En todo caso, Europa occidental no se limita a investigar en antiguas colonias, siguiendo la tendencia extractiva de los siglos anteriores, sino que se extiende por el mundo entero y el suyo es un modelo que ya comienzan a seguir nuevos actores. China, por ejemplo, ya ¡ ha puesto el foco en los fósiles en ámbar de Myanmar, trabajos que los chinos hacen sin ninguna colaboración  local.

Precisamente Myanmar, pero también República Dominicana, Marruecos, Mongolia y Kazajistán son algunos de los países preferidos para los investigadores extranjeros, y por tanto, los más proclives al colonialismo científico. Si en el caso de Myanmar y República Dominicana el imán es el ámbar, que ya es comercial, en el desierto de Marruecos, Mongolia y Kazajistán, los atraen los espectaculares fósiles de vertebrados . Los autores explican que los vertebrados consiguen más fácilmente financiación para proyectos y, además, en esos casos hay desde hace décadas un tremendo tráfico de fósiles .

En definitiva, los autores denuncian que “la dinámica del poder observadas actualmente en la disciplina siguen siendo análoga a la que existió durante la era del saqueo colonial”. Es decir, que la Paleontología moderna se basa aún «en un sistema de explotación propio de la colonización” y que, si bien es verdad, que se están creando ‘centros regionales’ importantes (China, Brasil, Argentina…), en ellos se siguen las directrices científicas del Norte global y se discrimina a lo local. Leyes como las de China, Argentina, Brasil o Tanzania, que impiden sacar los fósiles, si que potencian los trabajos de sus investigadores nacionales, pero no existen en todos los lugares.

Otro factor discriminador, apuntan, es el hecho de que el inglés sea el rey de la ciencia: el 92% de las publicaciones registradas en la base de datos entre 1990 y 2020 son en ese idioma, seguido de chino, alemán, alemán, francés y español. Y detectan que, incluso donde figuran como coautores algunos científicos locales y nacionales de donde se extraen los fósiles, éstos no ocupan prácticamente nunca el puesto de ‘autores principales’, estando siempre “en una posición de subordinación”.

En sus conclusiones, recuerdan que lo que pasa en Paleontología también se ha detectado en otras áreas de la ciencia, como la genómica, las ciencias marinas y la ecología. Dado que ya se llevan al menos 70 años haciendo excavaciones paleontológicas, parece que tiempo ha habido para crear profesionales, si se hubiera querido.

Para dar la vuelta a esta situación, los firmantes del artículo recomiendan más colaboraciones científicas basadas en el respeto y los intereses de la población local, en las que los extranjeros, antes de llegar a un país, se informen sobre si ya hay científicos locales trabajando el tema y, si es así, diseñen el proyecto conjuntamente. No basta, dicen, recurrir a ese tipo de asociaciones sólo para facilitarse los trámites burocráticos, como no basta formar a paleontólogos en el país si no es para que se conviertan en los líderes de sus proyectos nacionales. Además, recuerdan, científicos del norte también pueden aprender de sus pares del sur por sus experiencias y prácticas locales.

Financiar ciencia colaborativa con el Sur Global

En el caso de la UE, por ejemplo, critican que el Consejo Europeo de Investigación promueva la financiación de proyectos en los que los científicos de instituciones europeas son evaluados individualmente por sus resultados y no se tengan en cuenta otros factores, como la colaboración local. “Incluso en el caso de colaboraciones con investigadores locales, la difusión de los resultados generalmente ocurre en la “base de operaciones” de los investigadores principales, marginando a estos investigadores locales y sus contribuciones”, añaden.

Como fósiles hay en todo el mundo, consideran que la Paleontología es un campo “ideal” para financiarse de esa forma colaborativa. “En lugar de luchar por el individualismo o competir entre sí, los paleontólogos de diferentes países podrían unir sus recursos, experiencia y esfuerzos para explorar una miríada de preguntas de investigación que tienen importancia global”.

Desde luego, apuntan que es fundamental que los países del sur global inviertan en sus instituciones para recoger y organizar las colecciones de fósiles y datos localmente, demás de promover la formación de sus paleontólogos, pero ello, reconocen, requiere esa colaboración entre países que podría ayudar a garantizar apoyos para ello. También consideran que tienen solución los problemas de visados a los que se enfrentan científicos del Sur, así como una  cultura editorial académica que se basa en publicar en revistas que están en el norte, en las que la ciencia local está poco o nada representada tanto por la barrera idiomática, como el bajo gasto en I+D y la ‘ciencia del paracaídas’.

El artículo acaba mencionando que “se requieren con urgencia cambios sistémicos generalizados para abordar desequilibrios de poder global en la disciplina de la Paleontología que han persistió durante más de dos siglos”. Y es algo que, dicen, deben hacer los investigadores para evitar este colonialismo, pero sobre todo está creen que en manos de los organismos que financian sus investigaciones, sociedades y revistas científicas “que deben garantizar que las prácticas de investigación poco éticas y explotadoras existentes estructuralmente integradas en la Paleontología se conviertan en una cosa del pasado”.

Como colofón, señalar que en el caso de España, los proyectos paleontológicos españoles que he visitado, como es el caso del que IDEA desarrolla en Olduvai (Tanzania), cuentan con un potente equipo local, y como codirector el tanzano Audax Mabulla. Es más, los propios españoles se enfrentaron al ‘colonialismo’ anglosajón en la zona, que hace años no veían con buenos ojos su presencia. Además, si bien hay numerosas colaboraciones de españoles con equipos extranjeros, son pocos los proyectos que nuestros investigadores realizan fuera, tanto por falta de fondos como porque la riqueza paleontológica española es mucha en nuestro territorio. A destacar, el trabajo de exploración que Eudald Carbonell y Bienvenido Navarro hicieron en Eritrea hace unos años.

También falta una reflexión profunda sobre la escasez de fondos para la investigación paleontológica en países del Sur Global, una investigación que, si bien tiene muchos ‘agujeros negros’, ha permitido averiguar tanto del pasado de la vida en la Tierra a lo largo de 200 años. Sin acceso a esos materiales, es posible que muchos de los materiales se hubieran perdido antes de ser puestos en valor.

Artículo completo: AQUÍ

El mundo patas arriba… pero los negocios ‘bien, gracias’ 


ROSA M. TRISTÁN

Llevamos unos días en los que resulta muy difícil dar crédito a lo que estamos viviendo. El batiburrillo en torno a las macrogranjas, que no son otra cosa que fábricas de carne viva, se ha convertido en una cuestión política –en tiempos de campaña electoral – obviando todo tipo de datos científicos, técnicos, sanitarios, por supuesto, al mundo ecologista en su conjunto e incluso los propios programas electorales, las agendas internacionales que se venden a ‘bombo y platillo’ en cumbres mundiales, los comunicados de asociaciones que ahora sacan el estandarte del ‘pobre de mí’… Pero no es solo eso lo que tenemos sobre la mesa: también cultivos en zonas protegidas, aviones sin pasajeros, glaciares gigantes que se resquebrajan, temperaturas récord en América del Sur y Australia… El mundo está ‘patas arriba’, pero los negocios, bien gracias.

Hace más de 10 años, en El Mundo, un encuentro con el escritor e investigador norteamericano Jonathan Safran Foer, que vino a presentar su exitoso libro “Comer animales”, ya me abrió los ojos a lo que estaba pasando en su país con la carne. Al parecer, todo comenzó por un granjero de Virginia que recibió, en 1923, por error, un envío de 500 pollos en vez de 50 y decidió criarlos encerrados. En 1926, tenía 10.000. Fue la primera granja industrial de la historia, me contaba.

Casi un siglo después, el 99,9% de los pollos, el 97% de las gallinas, el 95% de los cerdos y el 78% de las vacas que se crían en su país salen de esas ‘fábricas’ de hacinamiento. Pero también casi un siglo después, hemos pasado por las ‘vacas locas’, la gripe aviar y la triquinosis. Sabemos que ya hace unos años el 30% de la huella humana en el planeta la causaba la ganadería (ScienceDirect), que consumió en menos de 10 años (entre 1996 y 2005) una cantidad de litros de agua potable impronunciable: 2.422.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 . Hoy serán más. De los bosques, la cuenta es un despropósito: 450 millones de hectáreas menos desde 1990 y el 80% en zonas como la Amazonia, donde hoy en donde había árboles hay vacas, dice la FAO.

@United Egg Producers

En un artículo en Ecologismo de Emergencia ya se dan muchos datos del impacto que supone el negocio de las macrogranjas a nivel ambiental en España. En contaminación de acuíferos, ríos, humedales o lagos, nitratos o emisiones atmosféricas. Y basta echar un vistazo para encontrar quienes están detrás: Greenpeace reveló no hace mucho que la mayor y más contaminante macro-granja de España (en Catillejar, Granada) es de la gran marca El Pozo y… ¡¡cría 651.000 lechones al año. No es muy distinto de lo que pasa con Intercalopsa (que proporciona los jamones a Mercadona) y su proyecto de macrogranja en Cuenca ni tampoco de la que Campofrío y Elausa pretendían levantar en la comarca palentina de la Vega-Valdavia. Desistieron ante las quejas generales, para indignación del promotor y alcalde del PP del pueblo vecino.

En este tipo de ‘industrias’, que no granjas, se ‘cría-fabrica’ una parte de la carne de ese pollo deshuesado que encontramos en el supermercado en bandejas plastificadas a 4,5 euros medio kilo; y ese el kilo de cerdo adobado que ronda los 4,6 euros o ese filete que sólo suelta agua por un poco más: 6,7 euros los 600 gr. ¿Es eso es democratizar el consumo, como hay quien argumenta? ¿Realmente pagamos el coste que nos está suponiendo? Y, por otro lado, ¡si con 500 gramos a la semana tenemos de sobra! Lo dice la OMS y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que algo sabrán del tema…

Contenedores en puerto de la provincia de Zhejiang, en el este de China. @Xhinuanet

Menos he leído estos días sobre el destino final de la ‘gran tajada’ del negocio que emana de este territorio cada día más reseco y contaminado. Se exporta a China: los envíos de porcino, el ganado en el centro del huracán político, crecieron en más de 300.000 y 700.000 toneladas en 2019 y en 2020, respectivamente. Es un aumento de más del 100% . Y es que resulta que os 1.400 millones de chinos se quedaron sin cerdos por una epidemia de peste porcina que afectó a sus granjas y de la que ya se recupera el país asiático. ¿Qué pasará cuando los chinos ya no compren tanto? Pues yo lo veo venir: que los grandes agronegocios que han crecido al albur de ese excepcional evento hablarán de “grave crisis” del sector, ‘desastre’, ‘insostenibilidad’ y obtendrán más subvenciones de las que tienen para mantener ‘sine die’ su burbuja beneficios, en los que va empaquetada nuestra naturaleza. No hay más que ver lo que pasa con el descenso de las aves o la contaminación de aguas superficiales y acuíferos (Cuéllar, por ejemplo) o el insalubre aire que respiramos.

Por si ello fuera poco, esa carne de macrogranjas se alimenta a base de soja que nos llega en parte de Estados Unidos (1,7 millones de toneladas en 2017, de un país donde la soja es transgénica) y en otra gran proporción de dos países con deforestación galopante: en 2018, España compró 1,15 millones de toneladas de soja a Argentina y de ellos el 11% venía del Gran Chaco, un bosque seco en continuo retroceso por la deforestación, como denuncia la ONG Mongabay; al Brasil de Bolsonaro se compraron 2,4 millones de toneladas, el 31 % con sello de la Amazonía y el 10 % de la Mata Atlántica. Y son datos de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), que no duda en calificar esta soja como “sostenible” sin dar más explicaciones sobre qué significa ese adjetivo para ellos y cómo lo certifican en el terreno.

@Rosa M. Tristán

Aún andaba perpleja con las reacciones a este tema cárnico, que acertadamente está situando a cada cual en su sitio (ya sabemos que si nos hablan algunos de ODS hay que cogerlo con ‘pinzas’), cuando nos enteramos de que uno de los más importantes parques nacionales de Europa, el humedal de Doñana, está en el ‘punto de mira’ de los ‘tiros’ del mismo gran negocio agroalimentario. Otra novedad 2022 de las que quitan el hipo del susto. El gobierno andaluz, al que el medio ambiente le debe parecer un ‘atrezzo’ para que se muevan cazadores y poco más, quiere legalizar 1.400 hectáreas de cultivos de fresas y otros frutos rojos que llevan décadas esquilmando ilegalmente el acuífero de este lugar único en el mundo.

Hace muchos años que visité la zona con WWF y vi los pozos ilegales. Desde entonces se me atragantan las fresas de Huelva. Salvo las que llevan su certificado ‘eco’ y en su temporada de siempre, que aún sigue siendo la primavera. Doñana, así lo alertan científicos y ecologistas, está en grave riesgo por escasez de agua. Incluso tenemos ya una denuncia sobre el tema de la UE del pasado año. Entonces, ¿acaso no nos importa perder algo que es Patrimonio de la Humanidad? Porque esto no es cosa de ecologistas, es de todos, del mundo entero. ¿Y vamos a consentir que acabe como el Mar Menor, hecho una pocilga? Me da por pensar que igual en vez de millones de aves migratorias hay alguien ya está pensando en poner cerdos…

Enclave nuclear de Handfor. 200 millones de toneladas de residuos

Claro que a nivel internacional, también se me ponen los pelos de punta con algunas novedades de este 2022 de estreno. Resulta que para la Unión Europea, la energía nuclear ahora es “verde”. Que digo yo que este color pierde tono a pasos agigantados… Es un cambio de criterio que, por cierto, no se mencionó en la COP26 de noviembre. Que el ‘lobby’ nuclear iba a salir en danza como alternativa al gas y al petróleo, era de prever, pero que volviéramos a los 80 de un plumazo en este asunto tras un Chernóbil, un Fukushima y residuos radiactivos que se acumulan bajo tierra en Francia, Finlandia y con Alemania sin saber dónde meterlos, porque nadie los quiere de vecinos, no era de esperar. De hecho, aquí tampoco queremos cementerios nucleares, así que de momento nuestra porquería radiactiva anda concentrada en El Cabril y otra parte nos la llevamos a acumular a Francia, a un precio nada desdeñable.

He buscado datos y resulta que sólo en Estados Unidos se acumulan ya 80.000 toneladas métricas de basura radiactiva de sus 96 reactores nucleares. Y al parecer en condiciones más que discutibles para ser la primera potencia mundial . Mitch Jacoby, químico en EEUU, escribía para la Sociedad Científica de Química de su país, en 2020, que sólo en los depósitos subterráneos de Hanford (Washington) hay más de 200 millones de litros de estos desechos esperando ser procesados y que se sabe que un tercio de los 180 tanques de almacenamiento, muchos de los cuales han superado su ‘vida útil’, tienen fugas, contaminan el subsuelo y amenazan el cercano río Columbia. Otros 136 millones de litros del material esperan ser procesados en en otro lugar similar junto al río Savannah, en Carolina del Sur. Y todo ello es ‘verde’ para la UE, donde se calcula que hay otras 60.000 toneladas métricas de esta basura indestructible, sin contar lo que tenga Rusia.

Para remate final, en el año que comenzamos en manga corta, con temperaturas tan fuera de lugar en España que son penosas y con olas de calor desde Australia (¡¡51ºC han alcanzado estos días!!) a Argentina (hasta 43º), pasando por Senegal o Mali, resulta que las compañías aéreas nos informan de que van a volar sus aviones vacíos para no perder negocio, ni más ni menos que unos 18.000 vuelos fantasma en una sola compañía europea. Ello cuando acaba de terminar el año en el que alcanzamos una contaminación, a nivel global, de 414 ppm de CO2, que en el caso de España se acercan a las 420 ppm. Un momento perfecto para seguir llenando el cielo de una aviación que contribuye al 2% de las emisiones globales.

Si acaso, la única buena noticia que me ha llegado, según mi criterio, resulta que nos ‘la venden’ como un desastre. Me refiero a la bajada de la población en China, que según explican en un informativo televisivo es funesta porque “se frenaría su desarrollo económico”, es decir, su capacidad de producción. Que la población humana mundial pueda empezar a frenarse, y no por pandemias ni por desnutrición o miseria, sino porque a las familias, y especialmente a las mujeres, no les da la gana tener más hijos e hijas, me parece que es lo único que podría frenar tanto desaguisado planetario… Desde luego, todos podríamos vivir mejor (incluidos animales y plantas) si lo que redujéramos fueran nuestra ansia de tener más y más (y los ejemplos anteriores son un botón) pero creo que en 2022 no va a ser el caso…

Pero la rueda sigue y sigue…. y los negocios, bien gracias. Porque una vez que se consigue el premio de una bicoca de aumento de los beneficios estos se convierte en norma.

Y no me digan que los periodistas ambientales solo damos malas noticias.. ¡Nos lo ponen muy difícil!

Un paseo de luz y arte por el mundo de Frida Kahlo 


La exposición inmersiva de Frida Kahlo en Madrid, una experiencia para acercarse a la artista mexicana.

ROSA M. TRISTÁN

Hay vidas que están marcadas por la mala suerte y a la vez rodeadas de un haz de una luz que se hace más fuerte con el paso del tiempo. Ahora en Madrid, en el Teatro Instante (calle Palos de la Frontera, 20), tenemos la ocasión de sumergirnos en el baño de luces y color que es la exposición “Vida y obra de Frida Kahlo”, la artista mexicana que triunfó en vida en la primera mitad del siglo pasado pese a la alargada sombra del hombre que tenía al lado.

Ese baño de arte y emociones, no es una muestra al uso. Es ‘inmersiva’, esa aún novedosa tecnología que nos permite, no ya ver, sino ‘entrar’ en cuadros que están y no están, que son un reflejo a lo grande de su realidad, cuadros que no ocupan espacio, sino tiempo… En total, unos 45 minutos de viaje a 130 obras de esta mujer de Coyoacán que hoy es un icono en México y más allá, mucho más allá, hasta encontrar su rostro, uno de los muchos autoretratos que se hizo, en las ‘chapitas’ feministas, en camisetas de marcas comerciales, en tazas y pegatinas.

No fue fácil conseguir los derechos de emisión audiovisual de tanta obra. Lo sabe bien Carla Prat, coordinadora de la muestra promovida y organizada por la empresa Acciona Ingeniería Cultural. “Recurrimos al Banco de México, que tiene el fideicomiso de las obras y su legado, tal como lo dejó su viudo, el también pintor Diego Rivera, y rastreamos instituciones, museos, particulares… Desde Buenos Aires a Paris, el Centro Pompidou”, nos cuenta Carla. Así se enteró de que entre los grandes coleccionistas de la mexicana están Madonna o Salma Hayek (que la interpretó en su biografía en el cine).

Traducir todo aquello a imágenes en las que las obras toman vida propia, y el espectador se siente hormiga paseando por el universo Kahlo, es el trabajo que ha hecho el equipo de TrigreLab. Muros y suelo desaparecen al paso de esa Frida de la que salen las raíces como si fuera la tierra, metidos en una de sus frutas tropicales, acompañándola por los bosques, en sus amores y en su sufrimiento, aunque sin poner en ello el foco.

“Casi siempre se la ha presentado desde el dolor de los dos accidentes que, según ella misma, sufrió: el físico del autobús y el emocional con Rivera, que dice que fue el peor. O como acompañante de Diego. Aquí, queremos contar el triunfo de una artista internacional, creativa, única. Una mujer que se relaciona con gentes como André Bretón, Marcel Duchamp, Kandisnski o Leon Trostky”, explica Carla.  Y es que Frida fue reconocida en todo el mundo, de las pocas artistas por entonces a las que el Louvre compró un cuadro antes de muerta.

En ese paseo que nos lleva de un lado a otro de una sala en continuo movimiento, está también su vida privada, la herencia de esa familia medio europea y sobre todo medio indígena en la que se sentía tan a gusto; y, cómo no, los inconmensurables accidentes que marcaron su complejidad vital para siempre. Con Diego, del amor al odio, pasando por el odio-amor y el amor-odio. Y, cómo no, nos lleva también a La Casa Azul familiar, con sus animales, sus plantas y sus frutales.

Carla Prat reconoce que había muchos retos por delante cuando en el otoño de 2020 se plantearon sacar adelante el proyecto: “Uno, conseguir el permiso de reproducción de las obras “porque en este caso están en muchas manos , no como el caso de Van Gogh que ya son dominio público; otro, romper estereotipos sobre Frida, un personaje con muchas caras: feminista, artista, icono del pop, extraña surrealista (“Yo no soy surrealista porque no retrato mis sueños sino mi realidad”, dijo), hija o amante.

¿Por qué Frida? “En Acciona hemos hecho muchos trabajos expositivos para otros pero queríamos hacer un producto inmersivo nuestro y Frida Kahlo es un personaje muy atractivo y complejo”, reconoce la coordinadora de la muestra. Encontrar el espacio adecuado fue otro de los desafíos y al final fue ese Teatro del Instante, en lo que fueron las cocheras de compañía de transportes de viajeros, La Sepulvedana, un lugar muy especial para la autora de este artículo porque allí pasó muchas horas de su infancia, entrando y saliendo, fascinada con tantos autobuses que recorrían los pueblos de toda España, todos juntos cuando iba a visitar a los familiares que vivían y trabajaban en ese lugar.

Y luego está la música, que acompaña con sus palabras a la paleta de sus colores, que evoca sus viajes a Europa o el organillo en las calles de Ciudad de México. Emociones a flor de piel.

La experiencia es tan intensa que una se pregunta si con tanta inmersión los museos tradicionales tendrán sus horas contadas, en una humanidad que cada vez busca más las pantallas. “No, no lo creo. Es una tendencia global, indudablemente, pero es complementaria. Los libros no se han acabado porque haya e-books. Además, hubiera sido imposible reunir físicamente 130 obras de Frida. Recientemente un cuadro suyo se vendió por 39 millones de dólares, imagina lo que costaría en seguros. Así mucha más gente podrá conocer su obra y luego si va a un museo donde la haya, la buscará [no en España, donde no hay ninguna obra suya expuesta]. 

Aún así, da un poco de miedo esa forma de sentir que te absorbe un cuadro…

La exposición de Acciona, que coincide con otra de fotografías de la artista, estará abierta en Madrid hasta abril y luego tiene previsto viajar por el mundo. Primero a Barcelona, y luego a Bangkok, Tokio, Estocolmo… De hecho, que sepa Carla Prat es la única del mundo inmersiva sobre la Kahlo, a excepción de la que se inauguró hace unos meses en Ciudad de México.

Web para entradas: https://www.accionaexhibitions.com/

¡Rumbo a la Antártida! Un año más…


Estudiar la ‘personalidad’ de los pingüinos, ver el fondo del Océano Austral, buscar contaminantes emergentes, conexiones vía ionosfera… La ciencia española polar desplaza a 300 personas al continente de hielo esta XXXV campaña

Sobre el glaciar Johnson en Isla Livingston, 2020 @ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTÁN
Si hay años especialmente importantes para la campaña científica que España hace en la Antártida este será, sin duda, uno de ellos. Tras el semi-parón obligado del año pasado, debido al COVID-19, y muy especialmente a los contagios que hubo en el buque oceanográfico Hespérides cuando iba de camino, en estos momentos ya tenemos dos buques en o hacia el continente de hielo y a muchos de los científicos y científicas polares haciendo la ‘preceptiva’ cuarentena antipandémica en las ciudades de salida, como Punta Arenas (Chile) o Usuahia.

Este año, casi 300 personas entre investigadores (150 del total), técnicos, militares y demás personal de apoyo, ocuparán al 100% las bases Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, en dos islas de un archipiélago a las que va desde hace 35 años y que están situadas junto a la Península que más se calienta de ese lejano continente (recordemos que alcanzó los 18,3 ºC el 6 de febrero de 2020 en una base argentina, justo cuando la autora de este artículo estaba por allí). “Como el año pasado hubo poca actividad, en esta ocasión van varios de los proyectos que se quedaron sin salir y los que tenían que ir esta convocatoria, así que están a tope”, explica Antonio Quesada, el secretario general técnico del Comité Polar Español. En total, serán más de 26 proyectos científicos de los que una decena son internacionales. “Ha sido un gran esfuerzo el llevar los dos barcos este año”, reconoce Quesada, que este año vivirá la campaña en la distancia.


Aún a riesgo de dejar algo importante fuera, destacaría esta 35° campaña la presencia del proyecto DRACC2022 de Carlota Escutia y Fernando Bohoyo, que estudia esa corriente circumpolar que protege la Antártida y que estaría modificándose por el cambio climático. Un equipo de una veintena de investigadores (españoles, norteamericanos, británicos, daneses…) participan en un proyecto que estudia lo ocurrido hace 35 millones de años, momento con tres momentos climáticos críticos para la Tierra –eso si, entonces sin 7.700 millones de humanos- para ayudarnos a saber lo que puede ocurrirnos en el futuro. El Hespérides será su base de operaciones.

Entre corrientes y contaminantes


A bordo del mismo buque, también estará el proyecto ANTOM, que codirigen Begoña Jiménez y Jordi Dachs. Ellos buscan contaminantes emergentes (es decir, toda suerte de compuestos químicos inventados por el ser humano que vertemos a la naturaleza ) en las profundidades de las aguas oceánicas. Si el pasado año muestrearon el Atlántico, entre enero y febrero próximo lo harán entre América y la Antártida, además del Mar de Bellinghausen que rodea una parte de la Península.

Con la contaminación marina antártica tiene que ver otro proyecto más, el CHALLENGE, de Conxita Avila. Lo suyo es analizar los impactos humanos en el bentos antártico, o lo que es lo mismo, los organismos que habitan su fondo marino, para lo cual cogerán muestras en el entorno de las bases y zonas turísticas y en otras zonas más prístinas con las que hacer poder comparaciones.

Pingüinera de barbijos de Isla Decepción @Rosa M. Tristán

Personalidades pungüineras

Entre los habitantes más comunes de esas aguas australes están los pingüinos, que en esta época ya andan anidando por los acantilados de Punta Descubierta en Isla Decepción. En breve, les visitarán los investigadores Josabel Benlliure y Andrés Barbosa, entre otros miembros del equipo PERPANTAR, que este año estrenan proyecto y van dispuestos a estudiar a fondo la ‘personalidad pingüinera’. ¿Pero eso existe? Pues si y resulta que entre las 18 especies de pingüinos hay desde el gran explorador al más timorato de los individuos, y de ello, me comentan, depende que unos se adapten mejor que otros a cambios que les están dejando sin su necesario krill, al aumento de la temperatura o a la destrucción de su hábitat.

Seguramente coincidirán por allí con el grupo PiMetAn de Antonio Tovar, que ya el año pasado estudiaba el papel de estas siempre sorprendente aves como ‘recicladores de metales’, como os contaba en otro artículo. En esta ocasión, nos ofrecerán imágenes con los drones que llevan para estudiar sus poblaciones, por cierto tras hacer una gran labor en la isla de La Palma sobre la erupción volcànica.


Entre las novedades de la campaña -evidentemente muchos proyectos requieren años de trabajo y se repiten, así que consultad #SomosAntártida en El País, donde os los he ido contando- , mencionar la cámara de cielo que se va a instalar en la Juan Carlos I para estudiar las partículas flotantes atmosféricas (los aerosoles, que ahora casi todo el mundo conoce por el COVID-19) porque resulta que estas partículas dispersan la radiación solar y, por tanto, afectan al clima.

Nuevo es también, y en la misma base, el estudio mediante sensores de los líquenes que crecen sobre los ‘nunataks’, esas rocas que afloran en medio del hielo glaciar y son colonizadas por la lenta vida de los líquenes: es el proyecto POLAR-ROKCS que dirigirá nuestro experto en líquenes Leopoldo García Sancho. Y de estreno es igualmente el proyecto denominado ROCK-EATERS, o ‘comedores de piedras’, dirigido por la microbióloga Asunción de los Ríos (CSIC), que buscará microorganismos colonizadores de las rocas que va dejando libre el hielo –por culpa del retroceso glaciar- y que acaban liberando nutrientes al degradar el mineral donde se asientan. Por primera vez, Asuncion y su grupo llevarán un laboratorio portátil a cuestas que es capaz de secuenciar el ADN en el mismo lugar del muestreo, sin tener que esperar meses para hacerlo de vuelta en España.

En un nivel más tecnológico, Joan Lluis Pijuan (Univ. Ramón Llul) viaja con una maleta llena de sensores con la técnica Near Vertical Incidence Skywave (NVIS), que permite la comunicación entre puntos a 200 kms de distancia, al utilizar ondas que llegan hasta la ionosfera, se reflejan y regresan a la Tierra, superando así cualquier tipo de accidente del terreno, algo muy útil en una Antártida donde las comunicaciones no son nada fáciles. O en el Himalaya..

Sobre el glaciar, recogiendo y colocando estacas para ver su avance. @ROSA M. TRISTÁN

Como señalaba, hay proyectos que vuelven una campaña más, porque no tendría sentido perder los datos tras varias décadas, como es el estudio de los glaciares que dirige Francisco Navarro (UPM). Hay curiosidad por saber en qué estado encuentran el glaciar Johnson este año, tras los últimos retrocesos de hielo y las demasiado altas temperaturas que ha habido la pasada primavera austral. Lo mismo cabe decir del permafrost, que analiza Miguel Angel de Pablos (UAH), esos suelos helados tan afectados por el deshielo como los glaciares en esa zona de la Antártida.

A ello, se suman otras series históricas que recogen datos desde hace más de 25 años sobre movimientos sísmicos, vulcanología o geomagnetismo terrestre. Por supuesto, también estará la Aemet, fundamental para el trabajo antártico . «Y no olvides que damos apoyo al desarrollo de proyectos internacionales, con países como Canadá, Italia, Reino Unido, Portugal, Colombia y Bulgaria. Es más, dos de los proyectos españoles trabajarán en bases de otros países: base Artigas (Uruguay) y King Sejong (Corea del Sur)», señala Fernando Bohoyo, que además de investigador es el nuevo responasable del Pograma Antártico Científico.

Esta campaña, para su desesperación, se han encontrado con unos precios disparados en los precios de los vuelos desde España hasta la punta sur de América. «Esto nos desbarata los presupuestos pero no hay mucha elección para cumplir con los protocolos anti-COVID, que tenemos que cumpliar estrictamente. Lo importante es que ya estamos abriendo las bases y sin problemas», señala.

Conviene recordar que las entidades que gestionan la campaña son la Unidad de Tecnología Marina del CSIC, que tiene a su cargo el buque Sarmiento de Gamboa y la BAE Juan Carlos I en la Isla Livingston y que coordina la logística general de la campaña; el Ejército de Tierra, que gestiona la BAE Gabriel de Castilla en la Isla Decepción y la Armada, que opera el BIO Hespérides.

#COP26 : Los científicos del IPCC no creen a los políticos


Una encuesta de ‘Nature’ revela que el 60% cree que llegaremos a los 3ºC más de temperatura global en 2100

ROSA M. TRISTÁN


No, lo científicos no creen a los políticos. En realidad, pareciera que no se creen ni ellos mismos, porque ya hemos visto al primer ministro británico Boris Johnson criticar el “bla, bla, bla” al estilo de Greta Thunberg en la Cumbre del Clima de Glasgow y al secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, clamando que la naturaleza no es un váter ante los líderes de más de medio mundo en la misma COP26 (es decir, llevamos 26 años de encuentros anuales…).


No es bueno caer en el derrotismo. Es más, es nefasto. Sin embargo, casi dos tercios de los autores del último informe del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático), formado por un selecto y numeroso grupo de investigadores e investigadoras -los mismos que nos vienen alertando del enfermizo estado del equilibrio planetario desde hace años- son escépticos sobre el futurible de que se va a conseguir limitar el aumento de la temperatura global a 1,5ºC, como escuchamos estos días a los políticos. Dos tercios de los que respondieron a una encuesta enviada por la revista Nature (el 60% exactamente), están convencidos de que el mundo se calentará al menos 3ºC al final de este siglo. De cumplirse tan agorero pronóstico, lo verán sus nietos, y sus hijos si aún son jóvenes. Es evidente que no creen en las promesas de los políticos de que desde 2050 (o 2060 si es China y 2070 si es India) no habrá más emisiones…

El científico del CSIC Fernando Valladares, que no es del IPCC pero si experto en cambio climático, comparte este descreimiento: «No nos creemos a los políticos por razones objetivas. La primera, por la forma en la que son elegidos, con vidas políticas cortas que no guardan relación con planes que precisan décadas. Y la segunda, por las reglas del juego democrático porque deben gustar al electorado y eso no va con las medidas impopulares que avalan los informes del IPCC. Hay pocos valientes que se enfrentan al sistema. Hemos oído tantas veces sus compromisos, que si me preguntan si sus propuestas de ahora son suficientes, la verdad es que me da igual. Lo que quiero es que se cumplan. ¿De qué me sirve que el G20 diga que va a reducir las misiones si se queda en nada? Es objetivo que los políticos distorsionan la realidad para ser votados, que el ‘modus operandi‘ de la democracia no favorece la implantación de medidas impopulares».


El cuestionario de la revista científica, publicado este lunes pasado, fue contestado por el 40% (92) de los 234 científicos que participaron en el informe presentado el pasado mes de agosto del IPCC y sus respuestas expresan sus serias dudas sobre el cumplimiento del Acuerdo de París de 2015, que tanto logró conseguir (décadas) y cuyas acciones concretas están en negociación y debate en esta COP26, seis años después. De hecho, tan sólo un escuálido 4% cree que nos quedaremos en los 1,5ªC que se pretenden para no provocar terribles impactos por toda la Tierra. El resto de los preguntados tira para arriba: 2º, 2,5º… Incluso hay otro 4% que aventura que se llegarán a los 4ºC. El colapso total de grandes zonas.


Entre los científicos del IPPCC que han respondido, también son inmensa mayoría (hasta un 88%) los que tienen claro que estamos viviendo una “crisis climática” e incluso hay otro 82% que está convencido de que verá una catástrofe por este motivo a lo largo de su vida. Se entiende que en directo, porque ya ha habido unas cuantas. A Unai Pascual -uno de los 50 autores del informe conjunto del IPCC y el IPBES (plataforma científica internacional centrada en la biodiversidad) presentado en junio pasado e e investigador en el Basque Centre for Climate Change (BC3)- no le sorprenden estas respuestas: «La comunidad científica lleva alertando a la sociedad y los gobiernos que estamos ante una crisis climática que requiere acciones valientes y urgentes. La labor del IPCC y el IPBES se hace por el bien común, sin cobrar nada por ello. No es extraño que ante la inacción surja la frustración y la desconfianza en la clase política», contesta desde un avión que le lleva a México a una reunión del IPBES.


Como expertos en el tema, ocho de cada 10 también están a favor de involucrarse en este asunto y alertar de las consecuencias; de hecho el 66% ya lo está, ya sea a través de publicaciones, vídeos, conferencias, libros o presionando con cartas y acudiendo a manifestaciones. Están tan preocupados que entre ellos hay un 60% sufre «ansiedad climática» (el 40% de forma esporádica y el resto habitualmente). Del total, 52 de los científicos reconocen que de alguna forma ya han cambiado su vida por este motivo, ya sea a la hora de elegir el lugar donde vivir, de tener más o menos hijos o de consumir y viajar, que ahora hacen de otra forma.

Para Valladares, hay dos grandes grupos de científicos: los que utilizan la frialdad de los datos de la ciencia para poner distancia respecto a la gravedad -«y es bueno que haya gente así»- y los que no pueden evitar implicarse emocionalmente: «Yo soy más emocional y me sale la necesidad de aunar los datos con la parte social y la necesidad de cambiar las cosas y detener los riesgos. Y eso me genera ansiedad, que llevo con dignidad pero es inevitable», reconoce. «Los datos acaban teniendo ese impacto tanto en científicos, que es donde primero se comenzó a estudiar hace ya unos cinco años, como en periodistas dedicados a este tema o part de le de la sociedad».

En general, los científicos consideran que el IPCC como tal no debe jugar un rol a la hora de promover los temas relacionados con el cambio climático, sino dedicarse a investigarlo desde una postura neutral, aunque luego si se involucren a nivel individual, y también creen que la representación de expertos de todos los países es la adecuada en este grupo, aunque algunas de las personas encuestadas señalan que falta camino por recorrer en este asunto, como también falta representación femenina.

Sobre su impacto, señalan que lo más importante del IPCC es hacer llegar los resultados de la ciencia a la sociedad en general y a los políticos (el 38% así lo cree), mientras que sólo un 14% considera que sus informes sirven para adoptar políticas determinadas, a nivel nacional o internacional. Un porcentaje muy escaso, teniendo en cuenta que en Glasgow no hay dirigente que no les mencione.


Hay quien opina también que el IPCC podría hacer más en términos de alcance local para promover la ciencia y para involucrar a los legisladores después de que se publican sus informes, aunque por lo que parece ocurre al contrario: como ha sido revelado por Greenpeace, los grupos de presión (empresas, países petroleros, científicos al servido de…) trabajan intensamente para que sus informes sean ’retocados’ convenientemente para que sus intereses no se vean amenazados.


De hecho, desde 1990, el informe de agosto pasado, el sexto, ha sido el más duro hasta el momento que han presentado, dando por hecho que el impacto de la acción humana está, no ya provocando, sino aceleramiento del cambio climático cada vez más.

La cuestión es que los mismos científicos nos plantean soluciones, nos cuantifican sus efectos, desarrollan tecnologías y recuperan el papel de la naturaleza como factor fundamental. Incluso hablan abiertamente de un cambio de modelo basado en el consumo por otro basado en el bienestar. Es decir, nos ofrecen salidas.

Para Unai Pascual está siendo muy importante la movilización y la organización social a nivel social, «pero la mayoría a nivel local» que asegura que «se han empoderado en gran parte por la labor de la comunidad científica y cada vez más científicos usan su labor conscientemente para que los movimientos sociales presionen a los gobiernos, lo que es muy positivo». «Desde esa relación se puede presionar con más eficacia para dar un giro de 180º a las políticas y atajar en lo posible la crisis climática. En eso estamos cada vez más científicos y esto no va a parar», concluye.

Quedan días por delante en esta COP26 y de momento lo que vemos es que la tendencia de esos mismos políticos es aplazar todo para la década siguiente, la de 2030. El freno a la deforestación, los límites al metano, la reducción de emisiones… Así que los científicos no creen a los políticos cuando hablan de que harán todo lo posible para no superar los 1,5ºC .. .

¿Por qué será?

Antártida, crónica de una frustración anunciada


Hoy comienza la COP26 ¿Habrá más suerte?

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ROSA M. TRISTÁN


El Océano Antártico no será protegido, tampoco este año. Con ser una decisión que se preveía en casi todas las esferas diplomáticas, políticas y científicas, no deja de ser una frustración, anunciada, que la decisión de crear nuevas áreas marinas con protección sea de nuevo aplazada otros 12 meses.


Frustración porque si no somos de capaces de considerar una prioridad dejar sin explotar un mar al que los humanos llegamos hace apenas 150 años, ¿cómo pensar en conseguirlo para ese 30% de todo el planeta, con sus minerales, sus maderas, sus ríos, sus plantas y animales, que ya está inmerso, de un modo u otro, en algún negocio, algún consumo, algo que alguien considera fundamental para ‘seguir creciendo’?


En el juego de la diplomacia internacional, la baza dependía de China y Rusia, dos países que se han quedado solos en la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, en inglés) que se ha reunido las pasadas dos semanas y que se cerró el pasado viernes con sus posturas inamovibles. China y Rusia, precisamente dos grandes implicados en el cambio climático –el uno por ser uno de los mayores contaminantes al acaparar buena parte de la producción mundial- y otro por ser quien tiene grandes reservas de gas natural (combustible fósil como el petróleo, por si alguien no lo sabe) con las que ‘chantajea’ a diestro y siniestro. Pues bien, la biodiversidad antártica no les preocupa, y lo dicen justo los días que en el gigante asiático se celebraba una reunión preliminar de la Cumbre de la Biodiversidad…. Ver para creer.


No ha bastado el impulso internacional que se intentó dar el asunto en España, coincidiendo con el 30 aniversario del Protocolo de Madrid, este ‘anexo’ al Tratado Antártico que sirvió para proteger la tierra de la minería y otro impactos. En realidad, pocos de los presentes –políticos, ministros, científicos y activistas- confiaban que hubiera el necesario consenso; que el millón y medio de firmas recogidas en el mundo para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de turbulentas y ricas aguas (en el Mar de Weddell, la Península Antártica y la Antártida Oriental) dejaran de ser visitadas por grandes buques pesqueros que rompen sus frágil equilibrio.


“Estamos muy decepcionados al presenciar una vez más esta oportunidad perdida de asegurar lo que podría han sido el acto más grande de protección de los océanos en la historia mediante el establecimiento de tres AMP en la Antártida. El planeta y las preciosas aguas de la Antártida no pueden permitirse un año más de inacción ”, ha declarado después Claire Christian, directora ejecutiva de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), que también estuvo en Madrid recientemente. Similares declaraciones se han hecho desde WWF y Greenpeace.


Es más, para ASOC esta demora en las negociaciones y la incapacidad de avanzar “pone en riesgo la credibilidad internacional de la CCAMLR”, porque resulta que esta Convención habla de desarrollar recomendaciones científicas y la ciencia ya ha hablado hace tiempo, señalando la imperiosa necesidad de proteger el Austral y hacerlo cuanto antes.


Destaca, eso si, que de los 26 países que forman parte de CCAMLR, este año a la iniciativa de la protección de estas tres áreas se sumaron como co-patrocinadores otros cuatro países (India, Corea del Sur, Ucrania, Uruguay e incluso Noruega, éste último aunque tiene importantes empresas que capturan el krill). Pero no bastó. Al menos si se llegó a un consenso para evitar la sobrepesca de ese crustáceo, que proporciona el 96% de las calorías de todos los mamíferos y aves marinas de la Antártida (pingüinos, focas, ballenas…).


La cuestión es que estamos hablando de un lugar lejano, frío, inhóspito, de cuyos recursos no depende la alimentación humana. Si no somos capaces de consensuar este asunto ¿qué pasará con los retos que la COP26 tiene por delante? ¿Qué acciones serán capaces los líderes del mundo de iniciar? ¿cómo conseguir un compromiso firme y real de que se van a recortar emisiones contaminantes cuando resulta que líderes fundamentales para ello ni siquiera van a ir a Glasgow?


Las soluciones las tenemos, como también sabemos qué hay que hacer para no esquilmar ecosistemas que ni siquiera conocemos bien, como los antárticos. Sabemos que hay que reducir la presión del consumo a mansalva, que hay que cortar una globalización comercial que marea productos de acá para allá a bordo de ‘chimeneas de CO2’ flotantes, que las renovables están aquí para quedarse –a ser posible sin generar más destrozo- , que aunque está cara (y cada vez más) seguimos derrochando energía fósil y que, con todo ello, hemos generado un cambio climático que ya está causando miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de pérdidas económicas.


Uno de los temas fundamentales de esta cumbre será la financiación climática para mitigar, adaptarse y pagar los daños del cambio climático. Mitigar es invertir en tratar de que no vaya a más, adaptarse es prepararse para los impactos que ya están llegando y que, todo indica, que se agravarán, y pagar daños es asumir la responsabilidad de quien ha generado catástrofes climáticas que afectan más a quienes menos tienen, los países del sur global. Hasta ahora, no se han cumplido los compromisos de dotar de dinero estos fondos, y de lo que hay el 80% son créditos a devolver por quienes los pidan, aumentando así su deuda externa.


Otro tema es el de los mercados de carbono, es decir, crear un mecanismo que permita a los países más contaminantes compensar sus emisiones comprando ‘créditos de carbono” que pueden venir de acciones de reforestación, captura de CO2, proyectos de renovables y de países que tienen de sobra. Pero la cuestión es que ya existe en mecanismo puesto en marcha en Kioto y que unos países quieren mantener esos derechos ya adquirios (China, India y Corea el Sur) mientras la UE quiere partir de cero.

También está el riesgo de que en esa compraventa, los dos países implicados se apunten el tanto, lo que en el fondo es ‘trucar’ la cuenta de carbono. En definitiva, si bien según algunos aseguran que sin mercado de carbono es muy difícil que los grandes contaminadores cumplan el Acuerdo de Paris de 2015, según otros no deja de ser una ‘trampa’ para seguir contaminando a costa de pagar, mientras el clima en la Tierra sigue calentándose, con el grave riesgo de superar los 1,5ºC marcados.


Según el IPCC, de seguir así, las emisiones aumentarán un 16% más para 2030 y la temperatura subirá hasta 2,7ºC. Con esas temperaturas los hielos antártico y árticos acelerarían exponencialmente su derretimiento, el nivel del mar subiría inundando tierras donde viven millones de personas, países como España sufrirían olas de calor cada vez más intensas, superando quizás muchos días los 47ºC que ya hubo el pasado verano en Egipto, escasearía la comida y las migraciones climáticas serían un flujo continuo…


Comienzan dos semanas que son claves para la vida en la Tierra, la nuestra también. Visto lo ocurrido con la Antártida y la protección de su océano, no parece que vivamos tiempos de consensos… Ojalá me equivoque.

La ‘quijotesca’ España rural se enfrenta a los molinos


Paisaje desde las almenas del Castillo de Olite (Navarra) este verano. @ROSA M. TRISTÁN

Hace casi un año, en noviembre de 2020, escribía en Ecologismo de Emergencia un artículo sobre la fórmula elegida para la expansión de la expansión de la energía eólica y fotovoltáica en el territorio español. Poco antes, había acabado la COP25, en Madrid, y si algo quedó claro es que íbamos de cabeza a un planeta caliente e inhabitable en muchas zonas por ir “muy lentos” en la necesaria transición hacia unos ‘combustibles’ que no cambiaran el clima planetario.

Desde entonces hemos vivido incendios devastadores en el Mediterráneo, en California, en Rusia… y sequías terribles en Madagascar o Etiopía mientras se han ahogado en inundaciones en China, Alemania o Guatemala.
La cuestión es: ¿Estamos haciendo bien esa imprescindible transición? ¿no hemos vuelto a repetir los errores del pasado para no mover un dedo por cambiar la causa última del cambio climático, que no es otra la dinámica de un motor de ‘desarrollo’ basado únicamente en el consumo de productos?


Basta salir a las zonas rurales para sentir que la transición energética se apodera de montes y llanos, que el horizonte es otro pero los atascos son los mismos, como lo son los miles de camiones que llevan las mercancías. Basta andar por los pueblos de Castilla, Cantabria, Navarra, Extremadura o Aragón para ver cómo se ha transformado el paisaje que sus habitantes vienen a reivindicar a Madrid este sábado, convocados por 170 organizaciones, casi todas locales o comarcales.


Luis Bolonio, portavoz de la plataforma Aliente que las agrupa, recordaba que el Plan Nacional Integral de Energía y Clima (PNIEC) del Gobierno indica que para 2030 debía haber una producción de 89 gigavatios ‘verdes’ pero que ya habría más de 200 GW en marcha, pese a lo cual se ha dado desde el verano luz verde a otros 17 proyectos nuevos. “Se está alimentando la especulación energética con grandes compañías que, al final, acaban amenazando hasta a los miembros del Gobierno, que ahora vemos que no son soberanos. Si juegas con tiburones, al final te muerden”, denuncia Bolonio.

En realidad, cuando se viaja los pueblos y se habla con sus gentes son muchos los testimonios que indican los fallos en este proceso. Lo he podido comprobar ‘in situ’ directamente. Más que informar sobre los polígonos eólicos o parques solares que van a instalarse, de sus impactos y sus ventajas, los pros y los contras, y de forma independiente para que participen en la decisión, todo indica que se les ocultan datos. Me recuerda a lo visto con grandes proyectos hidroeléctricos en países como Guatemala o Etiopía, donde las decisiones se toman al margen de los pueblos indígenas afectados. Aquí es la España vacía quien alza su voz.

Bolonio asegura tener pruebas de personas que son engañadas e incluso amenazadas con expropiaciones si no aceptan ceder sus terrenos para instalar eólicos o torres de salida de la energía generada. “Una oportunidad histórica como eran las renovables, la hemos convertido en un error histórico al no haber potenciado que se instalaran renovables en las casas, sobre los tejados, como autoconsumo, evitando así impactos en el medio natural y agrícola y lo que supone llevar la energía a larga distancia, ahorrando el 35% que se pierde en el camino y democratizando el sistema”.


En su opinión, se ha olvidado la ventaja que tanto energía eólica como fotovoltaica tienen de ser modulables para “escapar del poder que ejercen las grandes empresas en busca del beneficio a corto plazo” y se obvia que “no queda otra que decrecer para tener futuro”, entendido este decrecimiento no como algo negativo que nos lleve de vuelta a las cavernas, sino como una solución al exacerbado e insostenible nivel de consumo, y por tanto de energía necesaria, en el que vivimos inmersos. Incluso el comedido IPCC lo reconoce en su último informe: el crecimiento perpetuo que conlleva el capitalismo nos lleva al colapso.


“La transición requiere un orden lógico que pasa por rebajar el uso de energía, aumentar la eficiencia para no derrochar tanto y apostar por instalar energías renovables en zonas que ya están impactadas, porque no negamos la necesidad de instalar plantas eólicas o fotovoltáicas a gran escala, pero en zonas ya degradadas y que las decisiones sobre ellas sean democráticas, con participación ciudadana. Ahora, los municipios afectados se enteran por el BOE de turno de lo que les afectará y tienen 30 días para hacer alegaciones y si platean un recurso les cuesta entre 10.000 y 14.000 euros”, denuncia Bolonio.


Mapa con las zonas de sensibilidad ambiental para instalar energía eólica @MITECO

En realidad, no hay un mapa oficial que recoja todas las instalaciones y propuestas sobre la mesa, si bien si existe una zonificación realizada en el Ministerio de Transición Ecológica (MITECO) donde se especifican las zonas en las que el impacto ambiental sería muy elevado. Se excluyen zonas de alta biodiversidad que están protegidas, de impacto en poblaciones, áreas de paso como el Camino de Santiago o vías pecuarias, zonas de agua o inundables y zonas de impacto visual en el paisaje, si bien este último indicador no es excluyente, sino un impacto a ponderar. Es una zonificación orientativa y no obligatoria. “Lo que vemos son lugares destrozados y es verdad que la UE y los compromisos internacionales obligan a reducir emisiones, porque no somos negacionistas del cambio climático, pero lo que no se puede hacer es socializar impactos y centralizar beneficios. De los 400.000 millones de los fondos de la UE para la recuperación post-Covid, 70.000 millones son para autoconsumo, pero para potenciarlo hay que cambiar leyes y normativas porque tienen fallos graves”, asegura el portavoz de Aliente.


Hoy, explica, cualquiera que quiera instalar su propio sistema de autoconsumo en su casa, hace una inversión (unos 3.000 euros de media) pero tarda entre 10 y 12 meses en que su instalación sea reconocida, un tiempo en el que el usuario no puede utilizar esa energía, que se vierte a la red de una compañía distribuidora. “También el excedente que se produce al día debe ir a la red, aunque luego cuando lo necesite, le cobran tres veces más de lo que le han pagado”, denuncia Bolonio.


Conviene recordar al respecto, el informe que en mayo de año pasado hizo el Observatorio de la Sostenibilidad, poco antes de que estallara la burbuja renovable. Según este trabajo, en 2025 se podrían tener en España un millón de de tejados solares (17.603 hectáreas) que producirían 15.400 GWh, suficientes para abastecer a más de la sexta parte de la población (unos 7,5 millones de personas). Sus datos apuntan que, además, se crearían 15.532 empleos y se evitarían 4,2 millones de toneladas de CO2. Es una alternativa por la que han apostado en firme en Alemania, donde ya hay 1,4 millones de tejados solares, en Reino Unido con 800.000 o en Italia con 600.000. Aquí, en el país que vende sol y playa al resto del mundo, se calcula que hay unos 10.000. Incluso, recuerdan en Aliente, a los tejados podrían sumarse placas fotovoltaicas sobre todas las autopistas, que sumadas suponen otros muchos miles de hectáreas.


“El cambio climático está aquí y también la oportunidad de hacer las cosas bien, en lugar de generar malestar e incluso conflictos entre unos pueblos y otros porque unos reciben algunos beneficios y otros solo los impactos. Por ello reivindicamos un cambio de rumbo», concluye Bolonio.


Las cinco grandes ONG ambientales del país (WWF, SEO/BirdLife, Greenpeace, Ecologistas en Acción y Amigos de la Tierra recuerdan, en un comunicado conjunto que apoyan la transición energética, pero a la vez demandan una zonificación vinculante (no como la actual) que garantice que su desarrollo proteja la biodiversidad y ponga en el centro a las comunidades locales. Vender que se genera empleo ya ha quedado claro en muchos lugares que no es cierto, dado que el mantenimiento es muy especializado y requiere poca fuerza de trabajo.

A la voz de esa España vacía que llena su paisaje de infraestructuras, se han sumado además numerosas personas con mensajes de apoyo (Carlos Taibo, César Vea, David Serrano, Gustavo Duch, Javier Sierra, Jorge Reichmann, Joaquín Araujo, Luis Pastor, Marta Bordons, Odile Rodríguez de la Fuente o Yayo Herrero, entre otros.

Es urgente cambiar el sistema energético. Si no, es verdad, el cambio climático arramblará con todo, incluida la biodiversidad que ahora amenazan estos ‘molinos de viento’ contra los que batallan ‘quijotescos’ habitantes del mundo rural. Pero es urgente también apostar por otras vías, que existen, para que el impacto en nuestra rica naturaleza sea el menor posible, aunque las grandes compañías privadas se revuelvan y tengamos que adaptarnos, todos, a un modelo de vida mucho menos derrochador. Nos va en ello el futuro.

Las finanzas ‘anti-ambientales’ de China por el mundo


Un estudio en ‘Nature’ revela gran parte de los créditos de bancos chinos, por valor de casi 500.000 millones de dólares, se destina a obras de ‘desarrollo’ que dañan la biodiversidad y las tierras indígenas

ROSA M. TRISTÁN

Raro es visitar hoy un país del hemisferio sur, especialmente de América Latina o África, donde China no tenga presencia. Si en el pasado fueron Europa y luego los Estados Unidos quienes pusieron el mundo del sur a su servicio, permitiendo así el desarrollo económico del que aún gozan, ahora el gigante de Asia se ha convertido en uno de los mayores prestamistas de mundo de carreteras, ferrocarriles, centrales eléctricas o grandes presas allá donde le llaman.

Un estudio publicado en la revista científica Nature ha examinado cómo estos proyectos tienen lugar en zonas de alto riesgo para la biodiversidad y las tierras de los pueblos indígenas, sin que los impactos ambientales y los derechos vulnerados sean tenidos en cuenta. En definitiva, el ‘modus operandi’ sigue siendo el mismo desde el siglo XIX para las ‘nuevas’ potencias económicas.

El trabajo, dirigido por Kevin Gallagher, de la Universidad de Boston, se centra en los proyectos de desarrollo financiados por China entre 2008 y 2019 fuera de sus fronteras. En total, han rastreado 859 préstamos internacionales en 93 países otorgados por los dos principales bancos chinos, el CDB y CHEXIM, por valor de 462.000 millones de dólares. En 594 de estos préstamos se han cartografiado las zonas donde tienen lugar (marcados con puntos, líneas o polígonos en el mapa que acompaña esta noticia).


Pues bien, en esa década, el 63% de los proyectos financiados por China están en hábitats críticos, protegidos o de tierras indígenas, con hasta un 24% de las aves, mamíferos, reptiles y anfibios amenazados del mundo potencialmente afectados. Son proyectos que se concentran, principalmente, en África Central, el sudeste asiático y partes de América del Sur, especialmente la cuenca amazónica. Apuntan los científicos que “en general, estos proyectos de desarrollo de China plantean mayores riesgos que los del Banco Mundial, particularmente los del sector energético”, aunque éste tampoco se libra de las críticas. “Estos resultados proporcionan una perspectiva global de los riesgos socioecológicos que existen y pueden servir para orientar estrategias para ecologizar la financiación del desarrollo de China en todo el mundo”, proponen Gallagher y sus colegas. El hecho de que China ya cuente con instrumentos aprobados que, supuestamente, defienden el desarrollo sostenible, no da alas al optimismo de que vayan a hacerlo.


Los territorios indígenas, a tenor de estos resultados, están siendo especialmente afectados. Ocupan el 28% del planeta, el 40% de las áreas protegidas terrestres y el 37% de los bosques intactos, pero a falta de ser reconocidos sus derechos de forma eficaz (en realidad, el convenio 169 de la OIT habla de esos derechos), los proyectos de desarrollo se implantan sin su consentimiento generando no sólo conflictos sociales, económicos y políticos, como señala la investigación, sino persecución y muerte de sus líderes.


En Nature demuestran que los bancos de China están atrayendo a los proyectos de más riesgo, evidentemente porque tienen menos reparos éticos que otros, y les recomiendan tomar medidas que eviten estos impactos, como sería proporcionar asistencia técnica a los países anfitriones que no pueden evaluar y monitorear los riesgos ambientales y sociales de los proyectos. Es más, señalan que aunque pudieran tenerse en cuenta algunas medidas de mitigación o algún beneficio a las comunidades, hay que tener en cuenta consecuencias menos visibles y muy graves en áreas con riesgos excepcionales. Incluso denuncian que aumentan a tal ritmo estos proyectos de desarrollo que los daños a la biodiversidad o los conflictos sólo se documentan después de realizados. De hecho, ni siquiera los bancos tienen personal para ello. El CHEXIM’s, con más activos que el Banco Mundial, sólo cuenta con 3.000 empleados, menos de la quinta parte que el BM.

Pero además de más personal, proponen otras soluciones, como contar con los conservacionistas a la hora de identificar proyectos y, si ya están en marcha, monitorizar y mitigar los impactos, como es el caso de una carretera que pueda expandir la frontera agrícola en zona boscosas. También apuntan que debieran utilizarse herramientas como el mapa global de riesgos que ha elaborado este grupo de científicos, si bien reconocen que es precisa una evaluación in situ para comprobar los riesgos no visibles, y considerar factores como qué se construye, cómo se gestiona o que medios de vida o prácticas culturales hay en la zona.

No deja de ser llamativo que el 38% de los proyectos financiados por China estén a menos de un kilómetro de hábitats críticos, protegidos o indígenas (70.000 km2 ) y si ampliamos el círculo a 25 kms, son 1.710. 000 km2. De todo ello, las tierras indígenas son el área más grande en riesgo (el 20%) mientras que las protegidas son el 6%. Al margen del impacto humano, habría 1.114 especies de las 7.000 amenazadas en el planeta que están en estas zonas de potenciales impactos.


Por continentes, señalan que las zonas más amenazadas (un 4,6% de la superficie terrestre) se concentran en el sudeste asiático, la cuenca del Amazonas y la zona al sur del Sáhara. Incluso en países donde, en general, el riesgo para los pueblos indígenas sería bajo, como Mali, Nigeria, Chad , Irán, Egipto o Namibia, los prestamos chinos están justamente en zonas de alto riesgo. Y lo mismo ocurre con áreas de gran biodiversidad en Benin o Bolivia.

La comparativa con el Banco Mundial en esta década, indican que en lo que se refiere a los indígenas, ambos mecanismos financieros les ponen igualmente en riesgo, salvo si son proyectos energéticos, donde China parece que es más dañina.

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Una ‘Arabia verde’ fue ruta de los humanos en su viaje a Asia hace 400.000 años


Tormenta de arena durante los trabajos de excavación. @Palaeodeserts Project (Klint Janulis).

ROSA M. TRISTÁN

Siempre se dice que es importante saber lo que ocurrió en el pasado y que la experiencia que debería servir para acumular conocimiento de lo que, inevitablemente, se repite. Durante años, escuché hablar sobre una ruta de migración humana de salida de África más allá de la hoy conocida de Oriente Próximo, un camino que estaba en buena parte oculto bajo el mar por la costa arábiga, y por tanto difícil de estudiar. Pero si algo tiene la ciencia es que rompe fronteras (al menos del conocimiento) y ahora un estudio fascinante, publicado en Nature, nos habla de cómo el interior de esa península de emires y beduinos hoy desértica -si acaso habitada en su interiro por altas torres petrolíferas que exprimen CO2 de la Tierra -, fue también un corredor de migrantes humanos primitivos que se movían al albur del clima, es decir, no de forma muy distinta a como ocurre hoy en muchas zonas del planeta.

La evidencia de que hubo especies de Homo en esas tierras desde hace 400.000 años es una pieza del rompecabezas del viaje de la evolución que nos faltaba para entender cómo nuestra especie y nuestros antepasados se movieron por el mundo hasta habitar casi todos los rincones (y el casi es la Antártida). También lo es haber descubierto que en todo ese largo tiempo hubo periodos de aumento de las lluvias que hacían que la Península Arábiga fuera un buen camino para salir de África hacia el suroeste asiático, pese al aspecto inhóspito que hoy presenta. En lugares del desierto del Nefud, sin agua ni alimentos en miles de kilómetros, hubo lagos y ríos que transformaban la región en pastizales, atrayendo a unos seres que, curiosamente, llevaban culturas diferentes con ellos, como revelan ahora los científicos del Instituto Max Planck de Alemania, en colaboración con la Comisión del Patrimonio del Ministerio de Cultura de Arabia Saudita y muchos otros investigadores saudíes e internacionales, incluidos los Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (CENIEH) de España.

Para el Dr. Huw Groucutt, autor principal de este trabajo, del Max Planck , no hay duda de que las dunas de arena escondían un gran secreto de nuestra Prehistoria. En concreto, en un lugar ya conocido como Khall Amayshan 4 (KAM 4) del Nefud, donde han constatado que hubo hasta seis fases en el pasado en las que se formó un lago de agua dulce y que en cinco de ellas, entre los sedimentos, quedaron atrapadas herramientas de piedra hechas por primitivos humanos hace 400.000, 300.000, 200.000, 100.000 y 55.000 años. Todo un botín que va desde un hacha de mano achelense propia del Paleolítico Inferior, hasta lascas típicas del Paleolítico Medio, en Eurasia neandertal y también otras hechas por los ‘sapiens’. No lejos, en un oasis situado a 150 kms de estas dunas el Oasis de Jubbah, había utensilios de factura humana con 200.000 y 75.000 años.

Stone axe. The Palaeodeserts Project

Llama la atención cómo fue posible encontrar algo en ese mundo infinito, casi uniforme, cambiante al albur del viento. Mathieu Duval, un investigador del programa Ramón y Cajal en el CENIEH que colabora en este trabajo, me cuenta que hace tiempo alguien dió una pista sobre alguna pieza lítica por esa zona del Nefud y hace 10 años, un equipo del Max Planck se lanzó a la búsqueda. «Nadie había buscado ahí antes. Se hacía en la costa, y por eso se encontraban restos allí . Pero la realidad es que si se busca en el desierto también aparecen, sea el Kalahari, el sur de Argelia o el norte de África. Eso nos habla de la cantidad de piezas que aún están por descubrirse sobre el pasado de nuestro género» , comenta Duval.

En este desierto, empezaron haciendo una prospección con fotos satélite buscando depósitos con potencial. Luego se pasó a la fase de hacer sondeos y luego comenzaron las excavaciones, que son muy complejas porque lo que ves un año, desaparece al siguiente. No hay hallazgo que resista la fuerza de una tormenta como la que ilustra la foto superior. «Hace un par de años descubrimos huellas fósilizadas de ‘sapiens’ y otros animales de hace 120.000 años en lo que había sido un lago y hubo que hacer todo el estudio en pocos días en una campaña porque sabíamos que a la siguiente habrían desaparecido», señala el joven científico, que participó en su datación. Un par de años antes también habían encontrado el hueso de un dedo de esas mismas fechas en el yacimiento de Al Wusta.

Pero ahora hablan de episodios muy anteriores y para conseguir estas fechas han utilizado una técnica llamada datación por luminiscencia que se aplica sobre los sedimentos, es decir, registra el tiempo transcurrido desde que los pequeños granos de arena fueron expuestos por última vez a la luz solar, mostrando así las breves fases en las que el desierto se convertía casi en sabana, con miles de lagos, humedales y ríos en los huecos entre las dunas, momentos aprovechados para migraciones tanto humanas como de otros animales – los hipopótamos, por ejemplo- pues la realidad, como tantas veces he escuchado al paleontólogo español Bienvenido Martínez, nunca viajamos solos y lo hicimos siempre que hubo oportunidad, sin más fronteras, vallas ni concertinas que las impuestas por la geografía y el clima. El trabajo de Mathieu desde el CENIEH ha consistido, precisamente, en datar un diente de bóvido mediante otra técnica, denominada de uranio-torio, para comprobar que concordaban las fechas.

La investigación, publicada el 1 de septiembre de 2021, nos descubre, además, una gran variedad de grupos humanos a lo largo del tiempo, poblaciones que podían llegar de diferentes sitios, a tenor de las diferentes formas en las que hacían sus objetos durante los cortos periodos de tiempo que estaban en Arabia. Esto indica, según los arqueólogos, que provenían de lugares diferentes y por tanto certificaría la existencia de grupos muy divididos incluso de especies humanas distintas que eran contemporáneas. Es más ¿Y si Arabia fue otra zona de cruce para homínidos originarios de África y Eurasia? Son muchas las preguntas que surgen al hilo de esta nueva ‘pieza’ enterradas en el desierto. Lo que si parece es que las herramientas halladas son del mismo tipo de las que permanecieron más tiempo en uso en África. También los fósiles de animales que han encontrado muestran características más africanas que provenientes de Oriente Medio, apuntando más a una salida africana hacia Asia del sur que otras opciones.

Falange de ‘sapiens’ @Nature 2018

Y más preguntas ¿Quiénes eran esas especies que pasaron por allí? Ese es el gran misterio, todavía, porque hasta ahora en toda Arabia sólo se había encontrado el mencionado dedo humano de hace unos 85.000 años y las huellas de hace 102.000 y 130.000 que son claramente de Homo sapiens.

«Arabia ha sido vista durante mucho tiempo como un lugar vacío en el pasado», ha señalado el doctor Groucutt en un comunicado. «Nuestro trabajo muestra que todavía sabemos muy poco sobre la evolución humana en vastas áreas del mundo y destaca el hecho de que aún hay muchas sorpresas». «Este mapa coloca a Arabia en el mapa mundial de la Prehistoria humana», agrega su colega, Michael Petraglia, también del Instituto Max Planck. Y es que, como explica el arqueólogo Robin Dennell (Universidad de Exeter), en un articulo paralelo en Nature, resulta que ahora sabemos que hubo más de una ruta de salida de África: una por la pequeña puerta que hoy es Israel, para los ‘sapiens’ abierta desde hace casi 200.000 años; y otra mucho más grande, pero inconstante, que fue la Península de Arabia, más al albur de los monzones y los periodos interglaciares que abrían el camino. Y dado que éste también fue lugar de paso, bien pudo ser que los neandertales que andaban por Oriente Próximo se cruzaran en Arabia con nosotros ‘sapiens’ en ese viaje. Dennell apunta que si hace entre 50.000 y 65.000 años ya estábamos en Australia, está claro que nuestra colonización de la Tierra tuvo que comenzar mucho antes.

Mathieu Duval

También concuerda ese vía árabe con las herramientas de hace entre 172.000 años (Paleolítico Medio) que se encontraron en India y otras , de hace 385.000, en el sudeste asiático. Algunas, como demuestran algunos estudios, probarían que los humanos ya estábamos por aquellas lejanas tierras antes de la gran erupción del volcán Toba en Indonesia (hace 74.000 años) e incluso hay dientes humanos en Sumatra que han sido datados por esas fechas.

El consorcio internacional de científicos que han trabajado en en Nefud incluye miembros de organizaciones y universidades e instituciones de Arabia Saudita, Alemania, Australia, Pakistán, el Reino Unido y España. En nuestro caso, Mathieu Duval, un investigador del programa Ramón y Cajal que trabaja en el CENIEH, que está especializado en geocronología y lleva años vinculado a este proyecto. «Estamos hablando de cientos de miles de años de presencia esporádica en ese desierto. No sabemos cuánto duraba cada fase de estancia, igual unos pocos años o unos pocos miles de años. En los sedimentos no podemos ver periodos tan pequeños, pero se han identificado decenas de yacimientos en el Nefud y hay trabajo para mucho tiempo», asegura.

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Los microplásticos: del Ártico a la Antártida llenando estómagos


ROSA M. TRISTÁN

Un pinguino papúa y otro barbio en Isla Livingston. En sus estómagos es posible que haya microplásticos. @Rosa M. Tristán

La invasión plástica es de tal calibre que cada vez resulta más difícil encontrar un lugar de este planeta adonde no llega para dejar su huella. “Ser conscientes de los microplásticos nos abrió los ojos. Antes de saber de su existencia, veíamos desaparecer una bolsa o envase y creíamos que se había diluido, que ya no estaba, pero no es así, sigue ahí, presente, en lo inerte y lo vivo”, comenta el biólogo español Andrés Barbosa. Su último territorio conquistado: los estómagos de los pingüinos antárticos, según un estudio que acaba de ser publicado por científicos españoles y portugueses en la revista Science of the Total Environment.

Este trabajo científico hace recordar otro que hace justo un año multiplicó de un ‘plumazo’ los datos que teníamos sobre esa ‘basura invisible’ que es el resultado de lo que llevamos décadas vertiendo a los mares descontroladamente: la masa de microplásticos que se encuentran en las aguas superiores del Océano Atlántico, desde Gran Bretaña hasta las islas Malvinas, oscila entre los 12 y los 21 millones de toneladas, según una investigación que salió publicada en la revista Nature Communications por el equipo liderado por Katsiaryna Pabortsava, del National Oceanography Centre (NOC). Es decir, que sólo de diminutos plásticos habría tanta basura como la que pensábamos que era el total acumulado en los últimos 65 años, unos 17 millones de toneladas. Diez veces más de lo que se pensaba. Y aún hay más:  “Si se asumimos que la concentración de microplásticos que han medido a 200 metros de profundidad es representativa de toda la masa de agua hasta el fondo marino a una media de 3.000 metros , entonces sólo el Atlántico podría contener alrededor de 200 millones de toneladas de basura plástica de pequeño tamaño”, declaraba el coautor Richard Lampitt, también del NOC.

Con este panorama, podría no ser extraño que los plásticos y microplásticos presentes en la Antártida vengan de más allá de la corriente circumpolar que rodea al continente, aunque no se sabe con certeza. En realidad, basta pasearse por algunas playas de la Península Antártica para tropezarse con algún objeto del insidioso material ‘duradero’, y sin necesidad de microscopio ni espectroscopio alguno. Lo que se investiga ahora es cómo afecta a una fauna polar que, en principio, habita un lugar prístino, alejado y protegido.

Por ello alarma a los científicos descubrir que tres de las especies de pingüinos del continente (adelia, barbijos y papúa) ya los tienen incorporados a sus dietas y en unos porcentajes muy elevados: hay microplásticos en un 15% de las muestras de las heces de los adelia, en el 28% de los barbijos y el  29% de las de los papúa.

Basura plásticas recogida en la Antártida en la campaña 2020. @RosaTristán

Para esta investigación se han utilizado heces recogidas en siete campañas polares, entre 2006 y 2016. Algunas llevaban tres lustros congeladas por Andrés Barbosa, experto en pingüinos del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC. “Nunca se sabe para qué pueden servir en el futuro”, asegura. De las 317 muestras analizadas, se extrajeron 92 partículas contaminantes y el 35%  resultaron ser microplásticos (un 80% polietileno y un 10% poliéster). También identificaron otras partículas de origen humano en el 55% de ellas, como fibras de celulosa. “Es el primer estudio con esta gran amplitud geográfica y de especies que se realiza en el continente antártico. Ahora sabemos que desde 2006 había microplásticos, aunque entonces no se buscaran. Lo que no hay es una variación llamativa por zonas. Ojalá este trabajo sirva para concienciar del impacto tremendo que tienen los plásticos y para seguir mejorando las reglamentaciones que debemos tener quienes vamos a la Antártida, ya sea para investigar, visitar o pescar”, afirma el biólogo.

Esta investigación es una colaboración conjunta con un equipo científico de la Universidad de Coimbra, dirigidos por Joana Fragao. Entre las neveras de Barbosa y las muestras recogidas ‘in situ’ en diferentes lugares de la Península Antártica y las Islas Georgia tenían heces más que suficientes para estudiar una dieta que se basa, fundamentalmente, en el krill.  “Los niveles de microplásticos son similares en todos, algo más altos en el pingüino papúa. Su dieta es más variada y al comer más peces y calamares tienen menos riesgo de ser afectados por el cambio climático, que disminuye el krill, pero más por los plásticos”, señala el científico español, que ya ha detectado contaminantes orgánicos, algunos procedentes del plástico, en huevos, tejidos, corazón y hasta el cerebro de los pingüinos que lleva investigando desde hace muchos años.

Incineradora de basura en la base Juan Carlos I de la Antártida. Sólo emite vapor de agua.

Antes de este estudio, ya se habían encontrado microplásticos en lugares antárticos tan protegidos como la península Byers, en aguas superficiales del Océano Austral y hasta en los sedimentos del continente del sur. Pero, en un lugar tan poco habitado, lo que no se sabe es lo que llega de fuera, sea el Pacífico y sus islas de polietileno o de la ‘sopa plástica’ del Atlántico, y cuánto se genera allí mismo. “En las playas de Byers he visto mucho plástico y su origen es incierto; puede que venga de lejanos territorios tras cruzar el canal del Drake o de cerca. No olvidemos que hay bases científicas, cruceros turísticos y barcos de pesca. La legislación ambiental antártica, fijada en el Protocolo de Madrid, es clara y se cumple, pero siempre se puede mejorar”, reconoce Barbosa, que es también coordinador científico del Programa Polar Español, cargo que dejará en breve.

Gran parte de las partículas que había en las heces de los pingüinos son fibras que provienen de los modernos tejidos que utilizamos para vestirnos en todo el mundo, también allí. Además, había fibras naturales de algodón y lana, que son asimismo parte de nuestro vestuario. Ciertamente, algunas bases modernas, como la española Base Juan Carlos I, en Isla Livingston, han incorporado lavadoras con filtros especiales para retener esas microfibras, que pude ver acumuladas en cubos, pero hasta ahora no es obligatorio para todas y muchas instalaciones antárticas, algunas habitadas durante todo el año, en cada lavado expulsan estos diminutos residuos plásticos que acaban en los estómagos de la fauna. De hecho, en la misma investigación se reclaman nuevos filtros de lavado, además de la implementación de nuevos materiales para las redes de captura de pesca que ahora se utilizan. En realidad, es una medida que, dado el volumen de lavados que diariamente realiza la humanidad, resulta evidente que debiera se adoptada en todo el mundo.

“Lo importante es que artículos como éste sirvan para concienciar de la necesidad de reducir la oferta y demanda de plásticos. Incluso a los concienciados nos resulta complicado no adquirir más de la cuenta. Si los encontramos en lugares como éste, dentro del cuerpo de los pingüinos, pensemos lo que hay en los peces que nos comemos. Si no lo hacemos por los pingüinos y otros animales, debemos hacerlo por nosotros”, argumenta Barbosa.

Entre esos otro animales, por cierto, están también aves marinas como los petreles o las gaviotas. Otro estudio dado a conocer esta misma semana apunta que el 93% de los petreles tienen plásticos en sus estómagos y que algunos aditivos que llevan estos plásticos (como retardantes de llama) se quedan en sus aparatos digestivos hasta al menos tres meses. En el caso de las gaviotas, científicos de la Universidad de Exeter acaban de encontrar que los huevos que ponen ya llevan ftalatos, un componente de los plásticos que tendrán los polluelos que vendrán al mundo.

Pero aún hay más noticias esta semana, que si tienen que ver con nuestra salud, porque resulta que se ha visto que los microplásticos pueden ser el caldo de cultivo perfecto para genes resistentes a los antibióticos (ARG), como se informa en Enviromental Science and Technology: científicos chinos han analizado estos ARG en cinco tipos de microplásticos encontrados a lo largo del río chino de Beilun y concluyen que son mucho más abundantes en regiones urbanas (hasta mil veces más) que en las rurales, donde hay menos contaminación de este tipo. Los autores del trabajo, que recogieron muestras en todo el río, señalan que los microplásticos son una superficie favorable para que las bacterias los colonicen y se conviertan en biopelículas, donde pueden propagar esa bacterias resistentes a casi todos los antibióticos utilizados en humanos y animales. Además, comprobaron que aumentaba la diversidad de ARG. De los cinco tipos de plásticos, el polipropileno era el que más riesgo tiene de propagar estos genes, posiblemente debido a su mayor superficie y capacidad para liberar materia orgánica disuelta.

Todo ello pone de manifiesto, en primer lugar, cómo la ciencia dedicada a la contaminación plástica va en aumento y a medida que se investiga más, salen a la luz los impactos que genera en el conjunto de la biosfera, mientras las medidas para limitar el uso de este material son muy limitadas y los lobbies productores, así como el poderoso sector de la industria alimentaria, lejos de atajarlo, promueven un consumo que, a la vista está, no desaparecerá de la Tierra por más que no lo veamos.

P:D: En Madrid incluso se hizo recientemente un museo temporal dedicado al plástico, con la excusa de que sería reciclado. En su presentación decía que «era sostenible».