MTOTO, el niño amortajado en la Edad de Piedra africana


ROSA M. TRISTÁN

El ‘Niño dormido’ es en realidad  “el niño amortajado” y ese hecho, que nos habla de una sensibilidad humana ancestral, del dolor por la pérdida de una criatura y de un cuidado esmerado a la hora de la muerte, es lo más fascinante de la historia de Mtoto, el pequeño de unos tres años que fue sepultado hace la friolera de 78.000 años en una cueva de Kenia. Su historia nos la ha descubierto el equipo de investigación del CENIEH (Centro Nacional de Evolución Humana) y de la Universidad Complutense de Madrid, en colaboración con otras muchas instituciones internacionales (30, ni más ni menos), todos bajo la batuta de una joven científica española. Y con ellos Mtoto ha hecho historia en la portada de Nature.

Tras haber conocido a lo largo de los años a los pueblos de cazadores-recolectores africanos, no resulta difícil recrear mentalmente la hipotética historia de Mtoto en la cueva Panga ya Saidi, al sur de Kenia y a escasos 15 kilómetros del Indico; es un espacio que, visto en las fotos, recuerda a la cueva Gran Dolina de Atapuerca, casi 100 m2 capaces de albergar a decenas de humanos desde la lejana Edad de Piedra Media, como se denomina una cultura africana que coincide con lo que en Europa es el Paleolítico Medio. El tiempo de los neandertales. Así, mientras a nuestro continente llegaban los primero sapiens con sus nuevas herramientas y adornos y pinturas, en el este de África moría Mtoto (el niño, en swajili) y sus allegados -¿sus padres quizás?- le hacían una fosa en el mismo lugar donde habitaban, comían, tallaban huesos, se pintaban de ocre, para tenerlo cerca de sus vidas. En su hogar.

@Fernando Fueyo

Antes de proceder, tal y como me va describiendo sin disimulado entusiasmo María Martinón-Torres, directora de CENIEH y primera autora de este trabajo, aquellos seres primitivos que vestían pieles y tallaban piedras se esmeraron en colocar al hijo de lado, con las piernas encogidas, como si durmiera en posición fetal, y le colocaron debajo de la cabeza algo hecho de vegetales a modo de almohada, como si pretendieran su comodidad, incluso le envolvieron en una mortaja -quién sabe si hecha con la piel de un animal o con fibras de plantas que ya no existen- con un fin que no conocemos pero que podría ser para protegerlo, como también hicieron los mayas o los egipcios con sus muertos en dos civilizaciones muy posteriores que no llegaron a encontrarse. Alrededor no colocaron, o no nos ha llegado, ningún objeto que pudiera relacionarse con un símbolo, un ‘Excalibur’ que decenas de miles de años después nos indicara lo especial que era ese lugar.

Este enterramiento de un ‘sapiens’ no es que sea el más antiguo conocido, pues se sabe que los neandertales y los sapiens europeos de aquellos tiempos ya enterraban a sus bebés y niños muertos. Es más, en la Sima de los Huesos, hace casi medio millón de años, se ha documentado una fosa común, no excavada pero si intencionada de preneandertales y también se conoce desde 2015 otra en la cueva Rising Star de Sudáfrica -de la especie Homo nadeli, que  podría tener 200.000 años- , pero el caso de Mtoto nos revela unas prácticas mortuorias que no se imaginaban en ese continente en tan lejanos tiempos, y además con niños, que morían con facilidad en torno a esos tres años, con el destete, como aún explican los antropólogos que ocurre en algunas étnias.

@Elena Santos / Jorge González

También se conocían algunos hallazgos que apuntaban a enterramientos de ‘criaturas sapiens’ africanas, aunque no están tan bien documentados. Es el caso del esqueleto de un niño recuperado en una grieta o pozo natural en Taramsa (Egipto) con unos 69.000 años o el que se encontró en la Cueva Border de Sudáfrica, allá por 1941, de hace unos 74.000 años. Pero entonces no se hicieron los trabajos de investigación que hoy son posibles y ya no se puede saber si sus huesos estaban articulados, es decir, en su sitio, o habían sido movidos.

LOS PALEO-DETECTIVES Y FORENSES

El estudio de Mtoto, a largo de tres años, ha sido minucioso hasta la extenuación. “Es un orgullo que la ciencia española esté liderando un trabajo como este; demuestra que el equipo de Atapuerca está en yacimientos de todo el mundo, una señal de que se han hecho bien las cosas, invirtiendo en nuevas generaciones de paleontólogos, arqueólogos y demás disciplinas”, destaca Martinón-Torres.

Vayamos al caso del amortajado. La cueva keniata que habitó se descubrió allá por 2010 como yacimiento paleontológico, un lugar relleno de sedimentos que alcanzan desde esa Edad de Piedra Media hasta hace sólo 500 años. Allí comenzó a trabajar un equipo del Instituto Max Plack de Ciencias de la Historia Humana (el proyecto Sealinks) junto a científicos del Museo Nacional de Kenia. Como en la Gran Dolina, hicieron en un sondeo de pocos metros para ver qué había debajo y allí en 2013 descubrieron algunos huesos y una ondulación extraña en la capa de sedimento. Aún tardarían cuatro años (2017) en saber que la onda registrada se debía a que se había cavado un agujero en el suelo, que se rellenó después con tierra de otra zona de la caverna. Ocultaba un conglomerado de frágiles huesos.

Como 78.000 años son muchos, al ir a sacar el esqueleto, los científicos alemanes y keniatas comprobaron que se desintegraba casi sin tocarlo, así que optaron por escayolarlo y llevarlo a un laboratorio. Descubrieron entonces dos dientes de leche y Michael D. Petraglia no dudó en contactar con la experta paleontóloga española del CENIEH. “Por supuesto le dije que estudiaríamos los dientes, pero también le comenté que en el CENIEH teníamos un laboratorio de restauración muy especializado y puntero a nivel mundial, así que al final Mtoto acabó en Burgos”, recuerda María.

Los equipos del CENIEH y de la Complutense, donde trabajan Juan Luis Arsuaga y Elena Santos, entraron en acción. La restauradora del CENIEH Pilar Fernández y  Santos, que hizo la reconstrucción virtual con técnicas de tomografía computerizadas en 3D, iniciaron un lento trabajo de excavación en la pieza, reconstrucción digital, excavación, reconstrucción…  que duró dos largos años. La historia de cómo el niño había enterrado y conformado el amasijo de huesos fue saliendo a la luz. “Participaron muchas técnicas y fue fantástico ver cómo todas las piezas encajaban en la hipótesis del enterramiento”, señala Martinón-Torres, que trabajó en los dientes con José María Bermúdez de Castro. No había ADN, aunque lo buscaron, pero si hallaron en los tejidos dentales pistas de que Mtoto de sexo masculino, usando el mismo método que permitió averiguar que “El chico de la Gran Dolina” en realidad era “Chica”.

Lentamente, cual detectives o forenses, desgranaron lo ocurrido en la fosa. Encontraron que todos los huesos estaban en el lugar que debían en caso de enterramiento, que tenía una postura deliberada, que la cabeza se apoyó en una almohada que desapareció con el tiempo, provocando que el cráneo rotara 90º, y que las costillas estaban desplazadas hacia dentro, lo que indica que el tórax estuvo envuelto en algo (la mortaja). “En definitiva, le dejaron allí con delicadeza y ternura. Y sepultado, como nos cuenta también el estado de los huesos, tan frágiles porque se enterraron frescos y experimentaron la putrefacción de las bacterias, huesos que tienen los rastros de los caracoles, los insectos… Los pasos tras la muerte”, explica la paleontóloga. Luego, los huecos entre los huesos (algunos como los fémures se hicieron polvo y ya no existen) se fueron rellenando de la tierra circundante.

@Mohammad Javad Shoaee

Este duelo por el ser perdido ocurrió en tiempos de una cultura ‘sapiens’ que fue típica de esa zona de África en la que ya se usaban los pigmentos, las conchas perforadas como adorno, los huesos tallados… Y de todo ello hay muestras cerca de Mtoto, hoy convertido en la prueba de una pena que no fosiliza y que por tanto es difícil de probar, pese a que sabemos que nuestra especie tiene capacidad simbólica en África desde hace 320.000 años y especialmente desde hace 100.000. “Este entierro demuestra que la inhumación de muertos es una práctica compartida por las poblaciones que viven dentro y fuera de África durante el último período interglaciar”, indica el trabajo, que también nos descubre que la diversidad humana viene de muy lejos, de un proceso complejo y regionalmente diverso.

Las primeras apariciones conocidas de un conjunto de innovaciones humanas modernas relacionadas con la tecnología, la organización social, el simbolismo y explotación del paisaje y los recursos ocurrió en África en el periodo que corresponde a la vida del pequeño Mtoto. También, ahora sabemos que los comportamientos mortuorios no eran por cuestiones prácticas, como evitar atraer a carrroñeros o de limpiar la zona habitada. Habrá que esperar para ver si es el único amortajado o hay cuando de excave toda la superficie de la cueva.

La precisión de la reconstrucción en 3D de Elena Santos y Jorge González merece una mención especial porque ellos nos han traído al niño dormido, nos han permitido intuir cómo era su rostro, acercarnos a su vida, lo que sin duda ha facilitado esa gran portada.

Mtoto descansa ya de vuelta en Kenia, y me cuenta María que está en el Museo de Nairobi junto a otros famosos paleo-protagonistas de nuestra remota historia de primates. Con el ergaster Niño de Turkana, el Paronthropus Cascanueces, el cráneo del ‘habilis’ al que llamaron Cenicienta…  Pero de ellos, Mtoto es el único que tuvo una tumba .

El deshielo de 217.000 glaciares de la Tierra: una amenaza que se acelera


Una investigación en ‘Nature’ revela que el deshielo de los glaciares de montaña cada vez es más rápido y amenaza la supervivencia de cientos de millones de personas

Glaciar en el sur de Groenlandia, una de las zonas donde más se deshielan. @Rosa M. Tristán

Los glaciares de la Tierra desaparecen…y muchos a ritmo acelerado. Desde que comenzó este siglo y hasta 2019, han perdido unas de 267 gigatoneladas de hielo cada año. Menos al principio y más al final de la segunda década. Es el equivalente al 21% del aumento del nivel del mar que se ha producido en este tiempo, es decir, si las sumáramos, casi 5.000 gigatoneladas (1 gigatonelada = 1.000 toneladas). Las cifras, aunque rebajan algo las que señalaban estudios previos más imprecisos, no dejan de ser preocupantes habida cuenta de que unos 200 millones de personas habitan las costas del planeta y podrían estar en zonas ya inundadas a final de este siglo. Ponerles cifras, cada vez más certeras, es el camino de la ciencia para poner el foco en la urgencia de tomar medidas que palíen estas pérdidas y sus consecuencias.

Lo datos han sido publicados en la revista Nature por el grupo dirigido por uno de los científicos más relevantes en la materia, Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulousse. “El mensaje más importante detrás de nuestros hallazgos es de gran significancia política. El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con el acuerdo de París y luchar por lograr un escenario de cambio climático con reducción de emisiones de efecto invernadero. Solo así podremos asegurar la existencia de hielo en las montañas del futuro, pero más importante aún, reducir los diversos y profundos riesgos asociados al aumento de la temperatura global”, asegura vía email Inés Dussaillant, coautora del trabajo.

El estudio anterior más similar –siempre sin incluir las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia-, cifraba esa pérdida de hielo en 335 gigatoneladas anuales entre 2006 y 2016. “Las estimaciones de error del anterior trabajo, firmado por Michael Zemp, incluía un error relativo del 40%  y en este nuevo es sólo el 6%. Para el primero hicieron extrapolaciones regionales de observaciones en el terreno en un conjunto limitado de glaciares, mientras que esta investigación se basa en técnicas altimétricas de satélite, que calculan lo que se llama el balance de masa geodésico”, explica el glaciólogo español Francisco Navarro, de la Universidad Politécnica de Madrid, que trabaja en el estudio de glaciares antárticos desde hace décadas.

Esta concreción es, de hecho, el gran valor de este trabajo Dussaillant: “Se puede decir que estamos seguros de que nuestros números se acercan más a la realidad de lo que sucede. Otra gran diferencia es la resolución espacial: mientras los otros estudios solo eran capaces de estimar los valores de pérdida de hielo regional, el nuestro permite estimar las pérdidas de cada glaciar individualmente, por lo que la estimación a nivel regional es más precisa”.

La conclusión, aún mejorando modelos previos, es preocupante: midiendo esos cambios en la elevación de la superficie en todos los glaciares de la Tierra han comprobado que su adelgazamiento se ha duplicado en dos décadas: “Los glaciares actualmente pierden más masa y a tasas de aceleración similares o mayores que las capas de hielo de Groenlandia o la Antártida”, aseguran.

Dussaillant nos da más detalles de unos hallazgos que, como adelanta, serán recogidos, en el próximo trabajo del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) que se presentará en agosto: “Entre los glaciares que se derriten de forma más rápida están los de Alaska, Islandia y los Alpes. De estas regiones la que tiene menos hielo son los Alpes, por lo que se podría esperar que esta región pierda sus glaciares antes. Pero la situación también muestra un efecto profundo en los glaciares de las montañas de Pamir, el Hindu Kush y el Himalaya. Los principales ríos de esta región, como el Ganges, Brahmaputra e Indo, son alimentados por glaciares del Himalaya. Ahora, el deshielo asegura el acceso al agua para quienes viven río abajo pero si el retroceso de los glaciares del Himalaya continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas”.  La situación, dice, es igualmente preocupante para los Andes, donde los glaciares son cruciales para sostener los caudales de los ríos en los meses del verano y en sequía. 

Sin embargo, pese a la importancia que tienen para la humanidad, los autores señalan que había una importante “brecha de investigación” debido a que están muy repartidos por el mundo. Algunos, como los de nuestra cordillera de los Pirineos, están muy estudiados, pero en realidad sólo se monitorean desde el terreno unos pocos cientos en todo el globo.  En este caso, utilizaron datos de satélites, como el IceSat o el instrumento ASTER a bordo del satélite Terra (ambos de la NASA) con un enfoque que permitía un estudio global y preciso, incluso recogiendo datos de diferentes épocas del año para mitigar el efecto de las estaciones. Consiguieron hasta 39 observaciones independientes por cada píxel en el 99,9% de los 217.175 glaciares inventariados. Incluyeron casi 200.000 km2 de glaciares de la costa de Groenlandia y en los mares antárticos, denominados glaciares periféricos.

En este deshielo general, mencionan dos anomalías: una en el Atlántico Norte y otra ya conocida en el Karakórum. “Identificamos zonas del mundo donde las tasas de derretimiento glaciar se vieron desaceleradas entre 2000 y 2019. Están a lo largo de la costa este de Groenlandia, Islandia y Escandinavia. Este patrón divergente se atribuye principalmente a una anomalía meteorológica en el Atlántico Norte, que provocó temperaturas más bajas y un aumento en las precipitaciones entre los años 2010 y 2019, los dos factores principales que contribuyeron a reducir la pérdida de hielo”, explica la científica.

Respecto a la Anomalía del Karakoram, que también ha tenido muy intrigados a los científicos, explica que “antes del 2010, los glaciares en esta cordillera se encontraban estables y en algunos casos incluso aumentando su volumen, pero ahora nuestro análisis revela que también pierden hielo, al igual que los de otras regiones del mundo”.

Al margen de anomalías, mencionan siete regiones que representan el 83% de la pérdida de hielo global: Alaska (25%); la periferia de Groenlandia (13%); Norte y Sur del Ártico de Canadá (10% cada uno); Antártico y subantártico, Asia de alta montaña (Asia Central, Asia Meridional Occidental y Sur de Asia Este) y los Andes del Sur (8% cada uno).  En 20 años, sólo las regiones árticas más al norte perdieron hielo equivalente a una media de 0,28 metros de agua al año. En comparación, en la Antártida y la zona subantártica fue mucho menor (0,17 m/año).  Y la desaparición de los glaciares también va a buen ritmo en otras zonas, como Nueva Zelanda, donde han “adelgazado” entre 2,5 y 0,5 metros anualmente, en los últimos años, siete veces más que en 2000-2004.

Según Dussalillant, “los hallazgos de este estudio permitirán mejorar los modelos hidrológicos y usarse para hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos del Himalaya o de los Andes durante los próximos años. Estas dos regiones son de alta preocupación hídrica y si el retroceso de los glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentar escasez de agua o alimentos en unas pocas décadas a venir”.

Atribuyen la aceleración global de la pérdida glaciares al calentamiento global de la atmósfera, dado que observan en general que las precipitaciones de nieve son modestas y hay un fuerte aumento en la temperatura del aire (0.030º Kelvin al año. Aunque parte de esa pérdida puede ser natural, reconocen que “la fuerte concordancia con el aumento en las temperaturas de la superficie global sugiere, indirectamente, una considerable respuesta al forzamiento antropogénico”.

“Con el tiempo, esperamos que nuestro trabajo a línea ayude a impulsar el desarrollo de la próxima generación de modelos hidrológicos y glaciológicos globales, y en última instancia, den lugar a proyecciones más fiables en todas las escalas. A la luz de el cambio rápido y continuo de la criosfera,  unas proyecciones más fiables son críticas para el diseño de estrategias de adaptación, con impactos que van de un mayor aumento del nivel del mar a cambios en la gestión del agua”, concluyen en su artículo.

Sobre si es reversible o no esta situación, la científica responde con claridad: “Hay una parte de la perdida del hielo que está ya comprometida. Actualmente los glaciares no están en equilibrio con el clima actual y seguirán retrocediendo hasta alcanzar un nuevo equilibrio, incluso si las condiciones climáticas actuales se mantienen constantes durante los próximos años. Sin embargo, si logramos disminuir las emisiones actuales y alcanzar la meta del Acuerdo de Paris, podremos contribuir a reducir el deshielo considerablemente. Y junto a ello, reducir riesgos relacionados con el calentamiento global que tendrán impactos más profundos para la humanidad”.

El lenguaje de los gorilas


ROSA M. TRISTÁN

@NATURE

La imagen de un gorila de montaña dándose golpes en el pecho como diciendo “aquí estoy yo” me retrotrae a imágenes de la película “El Libro de la Selva”. Ahora, un estudio internacional publicado en Nature hace unos días nos revela cómo esos golpes que se dan con las manos para producir un sonido de tambor, están transmitiendo una información real sobre el tamaño de su cuerpo y permite la identificación de individuos.

Los autores reconocen que ya se había sugerido anteriormente que los gorilas pueden golpearse el pecho para transmitir información, pero la naturaleza exacta de la información no estaba clara. Para explicarnos los detalles de este ‘lenguaje mímico’ Edward Wright, del Instituto Max Planck de Alemania, y sus colegas observaron y grabaron a un total de 25 gorilas de espalda plateada, machos adultos salvajes de más de 12 años, que llevan años monitoreados por la Dian Fossey Gorilla Fund (https://gorillafund.org/) en el Parque Nacional de los Volcanes de  Ruanda, entre enero de 2014 y julio de 2016.

Para comprobar el tamaño corporal les hicieron fotografías en las que se midió la distancia entre los hombros de los gorilas y también grabaron el sonido para comprobar la duración, el número y las frecuencias de 36 los golpes de pecho hechos por seis de los  machos, concluyendo que las frecuencias de sonido de los machos más grandes eran significativamente más bajas que las de los más pequeños. Dado que los machos más grandes pueden tener sacos de aire más grandes cerca de la laringe, ello podría reducir las frecuencias de sonido. También observaron variaciones en la duración y el número golpes realizados por diferentes gorilas, lo que permitiría identificar a los sujetos que realizan la acción.

Makmba. @Rosa M. Tristán
Makumba en parque nacional Dzanga Shanga de Rep. Centroafricana @Rosa M. Tristán

Los autores sugieren que  ese sonido de los golpes en el pecho permite que los gorilas de montaña se comuniquen a través de los densos bosques tropicales en los que viven, donde a menudo les resulta difícil verse y proponen que los usan para informar para la elección de pareja sexual y evaluar la capacidad de lucha de los competidores.

En general, los sonidos emitidos juegan un papel crucial para evaluar a los rivales y elegir compañeros en muchas especies de animales, dado que no se pueden fingir fácilmente y cuesta producirlos. Quienes no alcanzan un nivel de capacidades sonoras quedan fuera de juego, ya sea de ganar en una competición o de tener éxito reproductivo. Así se determina en especies tan distintas como los macacos rhesus los monos colobos blancos y negros,  el ciervo rojo, el gamo, los pandas gigantes o los elefantes marinos.

Pero no se habían estudiado prácticamente nada sobre las señales acústicas no vocales como el golpe en el pecho de los gorilas, que no sólo se ve sino que se escucha a más de un kilómetro de distancia. Y hay que recordar que los gorilas viven en grupos con un solo macho y varias hembras, así que hay una gran competencia entre ellos para no perderlas a ellas, porque las gorilas pueden dispersarse y elegir otros compañeros. De hecho, una de las que conocí en el parque de Dzanga Shanga (República Centroafricana) me cuentan que se ha ido con otro macho, abandonando al gran Makumba.

Investigaciones anteriores ya sugerían que golpearse el pecho es una señal importante en la competencia para hacerse con pareja, por lo que si bien un espalda plateada apenas se golpea una vez cada 20 horas de forma habitual, pude hacerlo cada muy pocos minutos cuando hay encuentros con otros grupos, como observó el investigador M. Robbins, y también cuando las hembras están en celo. La investigación prueba que así están dando idea del volumen del pecho, es decir su corpulencia pues los machos mayores se lo golpean durante más tiempo y a más ritmo que los más pequeños, dada la energía que tienen que gastar en ello.

“Este es uno de los pocos estudios en mamíferos que demuestran que el tamaño del cuerpo está codificado de manera confiable en una señal acústica no vocal”, apuntan los autores en su trabajo. “El golpe en el pecho ha evolucionado como una señal multimodal para, al menos en parte, mejorar la transmisión de información en un entorno con visibilidad limitada”.

La Tierra está ya malherida en la “década esencial”


ROSA M. TRISTÁN

John Kerry decía el pasado día 20 de abril en el evento de la organización Ocean Conservancy titulado  “How Ocean-Based Solutions Contribute to Net Zero” que “no podemos esperar” al 2050 para cumplir los compromisos del Acuerdo de Paris para lograr las cero emisiones y que “esta década es la esencial”. Es el mismo discurso dos días después ha trasladado Joe Biden en la Cumbre del Clima.  Ambos destacaban que en tan sólo 12 meses se multiplican los datos que nos dicen que el cambio climático se acelera en la Tierra, que ya estamos en 1,2ºC más que antes de la Revolución Industrial y, que por tanto, apenas nos faltan 0,3ºC para llegar a ese límite de grado y medio que nos hemos marcado como tope, mientras las emisiones contaminantes siguen creciendo.

Da igual donde mires, sea el Polo Norte, el Sur, los bosques tropicales o los océanos, basta echar un vistazo a las revistas científicas para comprobar que los investigadores de todo el mundo no dan abasto a diagnosticar los males y sus análisis, basados en datos recogidos meses antes,  se quedan viejos incluso antes de ser publicados. Pero son esos trabajos los que guían, o debieran guiar, la toma de decisiones políticas que siempre llegan tarde. Evidentemente, aún peor sería si no se tomaran…  pero ¿basta ello para enfrentarse al reto?

En esta cumbres sobre los océanos, preludio de la del Clima, Kerry, enviado especial de Biden para el cambio climático, recordaba que “estamos cambiando la química de los océanos” que llevaba millones de años estable, sin saber las consecuencias a lo que ello nos lleva y que el deshielo en el Ártico –este año de nuevo de récord- puede cambiar la corriente del Golfo, afectando al clima planetario.

Aprovechó la ocasión para anunciar algunas de las medidas relacionadas con los mares que su país pondrá en marcha, dentro de un presupuesto que cifró en 100.000 millones de dólares para la transición energética. Habló de la descarbonización del transporte de carga internacional –que ya hemos visto parte de su volumen en el accidente del Canal de Suez-; de la apuesta de EEUU por la energía eólica en alta mar, con la que quieren alcanzar los 30 Gw para 2030, el equivalente al consumo de 10 millones de hogares; y mencionó la necesaria protección como reservas del 30% de los mares del mundo, entre los que mencionó el de la Antártida; así como el apoyo que brindarán a islas, como Fiji o las Marshall, donde la subida del nivel del mar amenaza su existencia.

También intervino en este foro, virtual y algo nocturno, la secretaria de la Energía de EEUU, Jennifer Grandholm, quien destacó, como Kerry, la importancia de la llamada “energía azul” que se produce gracias a los océanos, si bien reconocía que como seguimos emitiendo gases contaminantes, hay que construir también “resiliencia para millones de ciudadanos que se enfrentan ya a desastres naturales” mencionando el de las islas del Pacífico, porque resulta que los huracanes en Filipinas, Honduras o Guatemala parecen no contar cuando se tocan estos asuntos.

Por su parte, el ministro noruego Sveinung Rotevatn, mencionó la granja eólica del Mar del Norte, la mayor del mundo, y su interés en contar con barcos cero emisiones para el transporte y la pesca en aras de lograr ese 50% de recorte de emisiones en 2030; mientras el japonés Hideaki Saito, ministro de Energía, asegutaba que su barco cero emisiones estará disponible en 2028 y “será una gran contribución a la descarbonización del transporte”.

Frente a esta apuesta clara por las renovables, el ministro británico Lord Golsmith, anfitrión en la COP26 de Glasgow (noviembre) alertó de la brutal pérdida de biodiversidad global, que augura ya la desaparición del 25% de los unos corales que son semilleros de vida. “Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 en esta década y también el Reino Unido apuesta por energía eólica en el mar pero no basta: hay que restaurar la naturaleza”, alertaba. Y como ejemplo, curiosamente, puso el caso de la Isla de Tabarca, en Alicante, donde recordó que ha aumentado la cantidad de peces en un 85% desde que está protegida. “Hay que proteger el 30% de la tierra y los océanos del mundo porque al recuperar la naturaleza solucionaremos otros problemas, aunque de momento el potencial reparador que tiene sólo atrae al 3% de la financiación climática”, dijo. “En Reino Unido vamos a destinar 3.000 millones de libras a soluciones basadas en esa naturaleza y otros países deberían hacer lo mismo”, añadía el representante británico.

Porque todo tiene su cara y su cruz y el equilibrio, que es la clave, requiere un cambio global que va más allá de cambiar un negocio por otro: petróleo por electricidad, y de proteger unos pequeños espacios de biodiversidad como si fueran, que lo son, tesoros, dejando manga ancha para acabar con el resto, sin molestar a quienes quieren seguir viviendo, y ganando, como antes de que fuéramos conscientes de los límites planetarios.

Precisamente el Día de la Tierra, más de 200 organizaciones de todo el mundo, entre ellas Survival, denunciaban el Día de la Tierra que ese 30% de áreas protegidas expulsará a millones de indígenas de sus territorios. Y el tema es que hay que hacerlo, si, pero contando con estos pueblos y, sobre todo, vetando los negocios que se lucran con la destrucción, tras sus componendas con los gobiernos de turno, o aprovechándose de la miseria. ¿Qué compromiso mundial hay que lo impida, cuando es imposible aprobar leyes que penalicen a esas empresas, protegidas bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de comercio?

Por ello en este Día de la Tierra me ha chirriado que se hable de cambio energético, fundamental ciertamente, y tan poco de transformaciones profundas a nivel económico. Basta un click en el móvil para ver en Google Timelapse la barbaridad de lo ocurrido en sólo 37 años. El mundo que estudiaba cuando iba al colegio nada tiene que ver con lo es hoy.

Es más, los que acabo de conocer pueden no seguir ahí en otros 37 años. Lo digo en relación con mi penúltimo gran viaje, al corazón de África. Una investigación acaba de confirmar que esos bosques primigenios que apenas hace dos años recorrí están gravemente amenazados por el cambio climático y la actividad humana, pese a que acumulan más carbono que la misma Amazonía. Al parecer, sus árboles son más grandes porque están favorecidos por la presencia de grandes herbívoros como los elefantes. El francés Maxime Réjoy Méchain y sus colegas han analizado datos de seis millones de árboles de más de 180.000 parcelas de campo repartidas en Camerún, Gabón, República Centroafricana, República del Congo y RD del Congo y 108 explotaciones madereras. Encontraron que en esa zona, que yo veía uniforme desde la avioneta en la que los sobrevolaba -salvo los claros de esas madereras-, hay hasta 10 tipos de bosques diferentes y están tan adaptados a su clima que los cambios y las presiones humana pueden afectar su potencial como “mitigadores de carbono en la atmósfera”. A más calentamiento, además, un ambiente más seco y más riesgo de incendios gigantescos como los que vemos ya en la Amazonía, California o Australia.

Los investigadores se temen que, dado que sólo un 15% de la masa forestal del continente africano está protegida, para 2085, esas selvas puedan desaparecer de grandes zonas, especialmente en las costas de Gabón y en RD del Congo, donde la presión es mayor. “Protegiendo a este tipo del bosque que hay allí y que ofrece una forma rápida de generar un sumidero de carbono que funcionará durante mucho tiempo”, aseguran . Confían en que trabajos como éste ayuden a saber dónde hay que proteger, como garantía para salvaguardar ecosistemas y la seguridad alimentaria en estas zonas. “Desarrollando planes de gestión sostenible que reconozcan la diversidad de formas en que las personas interactúan con estos bosques y depender de ellos será un gran desafío”, reconocen.

No hace mucho, en la misma revista Nature, salía publicado que el cambio climático ha hecho perder el 21% de la producción agraria global, sobre todo en las zonas más pobres como África, América Latina y zonas de Asia.

Y también hace bien poco me llegaban desde Chile datos sobre las olas de calor, repuntes de temperaturas y récords sobre récords que están registrando en la Antártida, mientras Groenlandia se enfrenta al reto de proteger su territorio de recursos que ocultaba el hielo y ahora son más fáciles de explotar.

Por ello, cuando en esta cumbre y después en la Biden escucho hablar de retos, oportunidades de empleos verdes, nuevas finanzas y más inversiones para esta “década decisiva” , no puedo evitar echar un vistazo a mi alrededor para ver qué es lo que cambia y compruebo que el mismo Gobierno canadiense que en ese evento habla de recortes de emisiones se vanagloria, a los pocos minutos, en Twitter, de su gran producción de petróleo y gas mientras una empresa de su país planea extraer más combustibles fósiles del Okavango; que el mismo Bolsonaro brasileño que habla de la hermosa Amazonía, promueve su desprotección; que el mismo gobierno colombiano que pide ayuda contra el cambio climático, permite que mueran asesinados decenas de líderes que tratan de conservar su tierra frente a narcos y mineras. Y que incluso en mi desarrollado país hay quien vota a quien niega la realidad del impacto de lo que estamos haciendo en la Tierra. Y 10 años no es nada . Pero es una década esencial. En eso si que los líderes de las cumbres tienen razón.

El ‘lío’ genético de los humanos del Pacífico


@Eric Lafforgue/Art In All Of Us/Corbis/Getty. NATURE
@Eric Lafforgue/ Corbis/Getty. Nature.

ROSA M. TRISTÁN

La historia del viaje de los seres humanos por el planeta, hasta llegar casi al último rincón en tiempos remotos, es una odisea. Entre esos lugares remotos está esa región del Pacífico, plagada de islas, en las cercanías de Oceanía. ¿Quiénes y cuándo llegaron hasta allí? ¿Cómo lo hicieron? ¿De dónde venían? ¿Se adaptaron a su ambiente insular como ya lo hiciera otra especie, el Homo floresiensis?

Algunas de las preguntas tienen respuesta en el análisis detallado que se revela en Nature gracias a un estudio genómico que nos cuenta detalles de la aventura de llegar a lugares tan paradisíacos como el archipiélago de Bismarck y las Islas Salomón, Micronesia, Santa Cruz, Vanuatu, Nueva Caledonia, Fiji y la Polinesia. Después de que los humanos emigraron fuera de África, todo indica que se establecieron allí hace unos 45.000 años, después de llegar navegando.

Según los restos arqueológicos, lo primero en poblarse fueron las Birmack y las Salomón y unos 10.000 años después las demás.  Mucho más tarde, hace unos 5.000, llegarían desde Taiwan los humanos de la llamada cultura ‘lapita’, que acabaría poblando Oceanía, que llevaron la agricultura y las lenguas austronesias a ese continente.

Pero lo que revela este trabajo es que la historia en el Pacífico es más compleja de lo que se pensaba, como suele ocurrir con lo relacionado con nuestra especie, y para explorarla más a fondo Lluis Quintana-Murci, Étienne Patin y sus colegas han analizado los genomas de 317 individuos actuales de 20 poblaciones repartidas por la región del Pacífico y también individuos de otras regiones, en total 462.

Sus hallazgos nos cuentan que el acervo genético de los antepasados ​​de los individuos esas islas se redujo antes de que se asentaran en la región y que las poblaciones divergieron hace unos 20.000 a 40.000 años. Mucho más tarde, después de la llegada de los pueblos indígenas desde Taiwán, hubo episodios recurrentes de mezcla con las poblaciones de las cercanías de Oceanía.

En sus análisis encuentran que los individuos de las poblaciones del Pacífico también portan ADN de neandertales, como todos los no africanos, y de los denisovanos, genes estos últimos que les han venido muy bien para adaptarse a esta región del mundo. El ADN denisovano lo adquirieron a través de múltiples episodios de hibridación entre humanos modernos y estos homínidos arcaicos, un fenómeno común en toda la región de Asia y el Pacífico. Calculan que toda la población tiene el mismo porcentaje de genes neandertales, pero el de denisovanos varía mucho más, entre el 0 % y el 3,2 %, dado que se cruzaron en diferentes ocasiones. Y si los genes de neandertal están asociados con funciones relacionadas con beneficios para el desarrollo neuronal, el metabolismo y la pigmentación de la piel, el de los denisovanos está implicado en el funcionamiento inmunológico frente a muchos patógenos y podría haber proporcionado una reserva de genes que ayudaron a los colonos originales a combatir infecciones locales, ayudándolos a adaptarse a sus nuevos hogares en la isla. De hecho, los isleños del Pacífico presentan niveles más altos de genética de estas dos especies ancestrales que el resto de los humanos, dado el aislamiento genético que hubo entre archipiélagos tras su llegada porque la navegación durante la época del Pleistoceno era posible pero limitada.

En definitiva, los humanos modernos del Pacífico recibieron múltiples  de diferentes grupos relacionados con los denisovanos y que hubo una población en Asia oriental muy relacionada con ellos. A ello se suma otro grupo lejanamente relacionado con los denisovanos detectado en las poblaciones cercanas a Oceanía. Es decir, que no hubo un origen común entre las poblaciones de las cercanías de Oceanía y Asia Oriental, sino que éstas últimas heredaron segmentos arcaicos indirectamente, a través del flujo de genes de una población ancestral de las poblaciones de Agta o islas del Pacífico, una hibridación o mezcla que tuvo lugar hace unos 46.000 años posiblemente en el sudeste asiático, antes de las migraciones a las islas. Y en tercer lugar, hay otro grupo de papúes que se deriva de un grupo más lejanamente relacionado con los denisovanos, hace unos 25.000 años,  en Sondolandia (también sudeste asiático).

También otros homínidos arcaicos, como Homo floresiensis y Homo luzonensis , estaban relacionados con los denisovanos, humanos que pudieron persistir hasta hace entre 21.000 y 25.000 años.

La productividad agrícola global se ha reducido un 21% por el cambio climático


Una investigación en ‘Nature’ revela que la pérdida es mayor a las ganancias por las innovaciones y muy grave en África, Latinoamérica y Caribe

ROSA M. TRISTÁN

El cambio climático, generado por el ser humano con la emisión de gases de efecto invernadero, no está compensando los avances en producción agrícola en grandes áreas de África, América Latina y el Caribe. De hecho, la producción agrícola mundial se ha reducido un 21% desde el año 1961 hasta 1915, respecto a lo que hubiera sido si ese factor no hubiera existido, datos que se analizan en una investigación publicada este mes de abril en la revista ‘Nature’ por un grupo de científicos norteamericanos, liderados por Ariel Ortiz-Bobea, de la Universidad de Cornell.

“Nuestro estudio sugiere que el clima y los factores relacionados con el clima ya han tenido un gran impacto en la productividad agrícola”, señala en un comunicado de su universidad Robert Chambers. Para llegar a esa conclusión desarrollaron un modelo que estima cómo son los patrones de productividad con el cambio climático y cómo hubieran sido sin este fenómeno. Las conclusiones son demoledoras: aunque la investigación agrícola ha fomentado el crecimiento de la productividad, la influencia histórica del cambio climático antropogénico es aún mayor, así que la producción global ha disminuido una quinta parte, lo que supone haber perdido siete años de crecimiento de la productividad que se hubiera producido sin ese calentamiento global y sus consecuencias.

La investigación determina que el impacto es más severo, precisamente, en las zonas de menor riqueza del planeta, alcanzando entre el 26% y el 34% en las zonas más cálidas, que corresponden con África, Latinoamérica y el Caribe. Además, detectan que la agricultura global ha aumentado en su vulnerabilidad al cambio climático.

Los datos utilizados, recabados en el Departamento de Agricultura de EEUU, corresponden a 172 países entre los años 1961–2015 . En total, 9.255 observaciones, si bien en el caso de Palestina son desde 1995 y hay algunos que se han incorporado recientemente (Chechoslovaquia, Yugoslavia, Etiopia, Sudan, etc.)

Mapa del estudio que indica la disminución de la productividad agrícola debida al cambio climático antropogénico

Los investigadores destacan que hasta ahora no se habían cuantificado los impactos en la producción agrícola del aumento de 1ºC en la temperatura global registrada desde hace un siglo. Si había estudios sobre productividad de los cereales, que suponen el 20% de la producción neta global, pero recuerdan que no es igual el impacto en los rendimientos de cultivos básicos que proporcionan la supervivencia a miles de millones de personas en el planeta, sobre todo en zonas como África subsahariana, donde la productividad ha crecido mucho más lentamente. En concreto, el impacto del cambio climático supone un 34% menos de producción agraria en África de lo que hubiera sido sin él, un 30% menos en Cercano Oriente y África del Norte y un 26% menos en Latinoamérica y Caribe, mientras que en América del Norte es sólo un 12% menos y en Europa y Asia Central un 7% menos. “Los grandes impactos negativos para África parecen particularmente preocupantes dada la gran parte de la población empleada en la agricultura”, señalan los autores.

Por otro lado, plantean una cuestión fundamental sobre la adaptación al cambio climático: si la agricultura se está volviendo más o menos sensible a los extremos climáticos. Para ello, hacen un estudio de dos periodos de su y encuentran que en la segunda parte (1989-2015) la respuesta a la temperatura es notablemente más pronunciada que en la primera (1962-1988), lo que significa, explican, que las temperaturas más altas se han vuelto más dañinas, una repuesta que no está impulsada por cambios aislados en países periféricos.

En general, sus hallazgos vienen a confirmar con datos lo que ya se ve sin ellos, habida cuenta de los movimientos migratorios que están produciéndose: el cambio climático generado por el ser humano exacerba la desigualdad entre países ricos y pobres. Es más, los agricultores afectados reducen cantidad de insumos (fertilizantes, insecticidas, etc) que utilizan, dado que disminuyen sus recursos para comprarlos. Así, el impacto del clima no sólo es directo (más sequías, más olas de calor, menos lluvias, más inundaciones, cambios en los ciclos…) sino que hay efectos indirectos. Si se tienen en cuenta estas reducciones, consideran que aún se habría reducido más la producción agrícola global: un 27,6%, siete puntos más.

Ortiz-Bobea declara al respecto en SciTechDaily que “en general, nuestro estudio encuentra que el cambio climático provocado por el hombre ya está teniendo un impacto desproporcionado en los países más pobres que dependen principalmente de la agricultura. Parece que el progreso tecnológico aún no se ha traducido en una mayor resiliencia climática”.

La investigación, eso si, no recoge el impacto positivo que el CO2 ha tenido en la agricultura, dado que los fertilizantes se producen con combustibles fósiles o la presencia de investigación agrícola o intensiva en entradas de carbono.

Sin embargo, señalan que ello no sesga sus estimaciones sino que las hace algo más imprecisas. En todo caso, señalan que su análisis es un primer paso hacia estadísticas más detalladas, si bien no hay duda de que se está reduciendo cada vez más la producción agrícola a medida que nos alejamos de un sistema climático sin influencias humanas, acumulándose ya un impacto detectable y considerable a partir de 2020, año fuera del estudio.

Chambers, por su parte, apunta que el trabajo puede ayudar a ver qué hacer en el futuro con los nuevos cambios en el clima “que van más allá de lo que hemos visto anteriormente”. “Se proyecta que tendremos casi 10.000 millones de personas que alimentar para 2050, por lo que asegurarnos de que la productividad crezca más rápido que nunca es una gran preocupación”, indica.

En este sentido, platea sus dudas sobre si los niveles actuales de inversión en investigación agrícola son suficiente para sostener las tasas de crecimiento de la productividad del siglo XX en el siglo XXI. Los investigadores no entran a valorar, dado que no es el tema de su estudio la cantidad de producción agrícola que no se destina a alimentar humanos, sino como biocombustibles para el transporte, ni tampoco el hecho de que un tercio de la comida que se produce acaba en la basura en el mundo desarrollado, factores que también tienen que ver directamente con la alimentación humana.

Articulo científico: LINK

Los ‘sucios’ negocios que destruyen África


ROSA M. TRISTÁN


Tengo en la pared un cuadro que refleja a la perfección la situación. Una mujer, negra, en un país africano, cava su campo y sale un chorro negro. “Por favor, que no sea petróleo”, piensa. La viñeta, de Vázquez, tiene muchos años, pero sigue siendo actual porque, para millones de habitantes de ese continente, tener petróleo o el gas natural, que también es un combustible fósil aunque algunos lo olvidan, sigue siendo una desgracia.


Recientemente escribía de lo que está pasando en las cercanías del Delta del Okavango, y el desastre ambiental que puede causar la nueva Texas, dicen, explotada por una empresa canadiense (Recon Africa). Pero después descubrí que sólo es uno más de los grandes proyectos en marcha que implican el negocio con ambos productos del subsuelo terrestre. En Reserva Natural (RNE) os hablaba de ello el otro día, información que ahora amplío.

No solo se quiere extraer la gran bolsa de petróleo en las cercanías de la cuenca del Okavango, en África del este y central. También en el norte de Mozambique, Cabo Delgado, hay un suculento proyecto en marcha para explotar un inmenso yacimiento de gas natural de unos 5,7 billones de metros cúbicos (se podrían cubrir las necesidades de gas del Reino Unido, Francia, Alemania e Italia durante un período superior a 20 años, según el ICEX). Se descubrió en 2010 en el fondo del mar (base de Rovuma), a más de un kilómetro de profundidad y a 50 kms de la costa africana.

Las infraestructuras necesarias para su puesta en marcha ya han expulsado a miles de familias de pescadores y agricultores de la zona de Cabo Delgado y los conservacionistas y científicos han denunciado los daños que supone, además, para la biodiversidad de una de las regiones costeras más valiosas por su fauna y flora. Cuentan que esas costas de Cabo Delgado albergan manglares y selvas litorales, y sus barreras de coral son el hábitat de tortugas marinas, dugones, delfines, ballenas jorobadas y varias especies de tiburones y mantas raya, mientras que los informes de impacto ambiental de este proyecto han sido denunciados por no reflejar los daños reales.

De momento, la presencia y ataques de islamistas parecen haber puesto un freno temporal a los planes que se han estado elaborando durante más de una década, al menos por parte de la francesa Total, que ha parado sus operaciones. En realidad, hay muchas otras grandes empresas -Total, Exxon Mobil, Chevron, la italiana Eni, BP, Mitsui de Japón, Petronas de Malasia y también CNPC de China- que están involucradas y que aseguran en sus webs que llevarán el desarrollo al país, si es que alguien se lo cree a estas alturas.

UN OLEODUCTO POR EL LAGO VICTORIA

Un poco más al norte, ya está planificado otra de esas infraestructuras en un espacio africano de espectacular riqueza natural: se trata del gran oleoducto que se va a construir desde Uganda a Tanzania, pasando por el lago Victoria, para sacar el petróleo por la costa del segundo. Es un desastre contra el que hace un mes más de 260 organizaciones de 49 países emitieron una carta abierta dirigida a los bancos que participan como asesores e inversionistas en la construcción del llamado Oleoducto de Crudo de África Oriental (EACOP).

@Yale Environment 360

Se trata de construir, con de 3,5 millones de dólares, una inmensa tubería de 1.445 kms de largo que ocuparía en total unos 2.000 km2, que atravesaría ríos, lagos y hasta una docena de reservas protegidas por las que campan leones, elefantes y chimpancés. A eso se suma, como indican los firmantes, que afectaría a unas 400 aldeas y que más de 14.000 familias se quedarían sin tierras de cultivo, muchas también sin casas. Es más, parece que la empresa TOTAL , que también anda detrás de este proyecto, ya ha bloqueado tierras en su favor, sin que los afectados recibirán compensación alguna.


La empresa informa en su web que en la zona de Tilenga (cerca del lago Alberto) hay yacimientos con 1.000 millones de barriles de petróleo y gas licuado que tiene licencia para extraer; datos que disfrazan con mucha información sobre su responsabilidad ambiental, pero mención alguna a que este campo petrolífero se superpone con el Parque Nacional de Murchison Falls en el Lago Alberto. Es decir, ya antes de mover el combustible hacia la costa este campo petrolífero supone una tremenda amenaza potencial para gran cantidad de especies de vida silvestre.

Pero es que luego está el trayecto y, dado que la fauna no sabe de oleoductos, se teme que la construcción de la inmensa tubería atraviese corredores para elefantes y chimpancés orientales y que abra potencialmente reservas protegidas para los cazadores furtivos. De hecho, casi un tercio de la longitud del oleoducto atravesaría la cuenca del Lago Victoria, que da sustento a 40 millones de personas en la región y agua a muchos más millones. ¿Qué sería de ellos y de los humedales aledaños si hubiera un derrame? En realidad, ya se ha visto lo que ocurre en Nigeria o Camerún, donde hay oleoductos similares. “Los posibles derrames de petróleo son una gran amenaza en algunos de los últimos reservorios de agua que quedan en los Grandes Lagos Africanos, alimentando disputas entre los paises”, argumenta, por su parte, Bantu Lukambo, director de la ong Innovation for the Development and Protection of the Environment de la RDC.


Muchos más detalles de todo ello vienen en un informe llamado ‘Bank Track’, en el que se estima que el petróleo que fluirá a través del oleoducto liberaría 33 millones de toneladas métricas de CO2 a la atmósfera, que es más que las emisiones de Uganda y Tanzania juntas. Por cierto que entre los bancos ‘asesores’ de este proyecto, al que se pide desde las ONG su inhibición, están Standard Bank (Sudáfrica), Stanbic Bank (Uganda) , the Industrial & Commercial Bank of China y el japonés Sumitomo Mitsui Banking Corporation.


Tanzania, además, tiene otro gran proyecto en la costa, como Mozambique. Hace unos años que Shell (anglo-holandesa) descubrió grandes yacimientos de gas en su mar, situados a más de 2.500 m de profundidad. De momento, el proyecto está medio parado porque en Mozambique era más fácil sacarlo, pero resulta que el presidente del país, que ponía reparos a las empresas extranjeras, ha fallecido y su sucesora podría no ser tan exigente (al parecer las empresas no quieren que nadie les pueda denunciar si cometen una tropelía… ). De momento, este negocio no ha echado andar, pero es posible que se reactive.

Lo que la historia ha demostrado con creces es que el interés de las grandes empresas en sacar más y más combustibles fósiles de África (sumemos lo del norte en Sudán o Argelia o lo del oeste en Nigeria o Chad) no como es evidente, no ha generado ni genera, ni previsiblemente ni generará, ninguna ventaja a las poblaciones afectadas.

Cuando estuve en una comunidad cerca de Kribi (Camerún), hace 18 años, pude vivir en directo cómo en la comunidad donde viví la pesca era mínima por los escapes del oleoducto que llegaba a escasos kilómetros de donde habitaba. Justo enfrente, en el mar, tenía una gran plataforma flotante que de noche parecía una ciudad, a la que llegaba la tubería y desde donde cargaban los petroleros. Era un proyecto que lideraba el Banco Mundial, con partición de Exxon, Chevron, Petronas y la camerunesa COCTO. En una paradisíaca costa, donde los pigmeos iban a coger huevos de tortuga, me contaban los pescadores que no sacaban casi peces, que a veces el agua olía mal y su piel enfermaba. Después han hecho en Kribi un inmenso puerto, pero la miseria continúa.


Y así, mientras el mundo occidental y rico, con una mano da ‘limosnas’ en forma del Fondo Verde del Clima para que los países pobres del sur se adapten al cambio climático y no contaminen, con la otra las empresas de ese mundo destroza en el continente africano los pocos tesoros de biodiversidad que van quedando. El Delta del Okavango, la costa de Cabo Delgado o el lago Victoria. Y cabe preguntarse: ¿Con qué desparpajo vamos luego a pedirles recortes de emisiones, si son empresas francesas, canadienses, inglesas, holandesas o españolas (recuerdo que Repsol trabaja en yacimientos en Indonesia y México a lo grande) las que hacen pingües beneficios para que sigamos manteniendo nuestro nivel de consumo, sin pensar de dónde viene la energía?


No olvidemos que si no hay derrames, ni accidentes, ni incendios como los que hemos visto en Nigeria, en el futuro cercano, esos miles de billones de toneladas de CO2 nos retornará a todos, y más quienes viven en esos territorios, como el ‘sucio negocio’ que es en forma de más cambio climático, es decir, más sequías, más olas de calor, más inundaciones.

Todo indica que algo no estamos haciendo bien contra el cambio climático cuando siguen pasando estas cosas.
Y las hacemos así, sin despeinarnos.
Y si es posible, sin enterarnos.

¿Deforestas? Cuatro árboles por persona al año en los países ricos


Una investigación de ‘Nature’ revela el impacto del comercio internacional global en la deforestación tropical

ROSA M. TRISTÁN

Incendio en la Amazonía.

La imagen de los miles de contenedores varados en el Canal de Suez, tras el accidente del gigantesco buque Ever Given (Evergreen, pone en su casco) da idea del volumen de un comercio global que implica millones de toneladas de recursos naturales (léase agua, tierra, biodiversidad, minerales o bosques) viajando de un lugar a otro del planeta. Ahora, una investigación publicada en Nature, pone algunas preocupantes cifras a lo que se refiere a los árboles: cada persona de los países más ricos del planeta consume al año una media de cuatro árboles o 58 m2 de bosque al año y, lo que es peor, muchos proceden de los trópicos. Algunos, comos los suecos, llegan a los 22 árboles. ¿Cómo es posible entonces que en sus informes nacionales florezcan los bosques?

Una investigación de los japoneses Nguyen Tien Hoang y Keiichiro Kanemoto, del Instituto de Investigación de la Humanidad y la Naturaleza de la Universidad de Kioto, contesta a esta pregunta con un análisis de la deforestación global desde el punto de vista del comercio internacional que abarca desde 2001 a 2015. Volviendo al Ever Given ¿Cuánta madera habrá sido talada para llenar un buque de esas dimensiones? ¿Y los más de 300 que esperaban detrás?

Nguyen explica, por email, que  “mientras tienen ganancias forestales netas a nivel nacional, muchas economías importantes, como China, India, los países del G7 (excepto Canadá, donde el área de cubierta forestal se reduce)  y otros países desarrollados han expandido principalmente sus huellas de deforestación no doméstica en todos los biomas forestales, entre los que destacan los bosques tropicales” . Es decir, que “las importaciones de productos básicos relacionados con la deforestación tropical tienden a aumentar, mientras que se informa que la tasa de deforestación global está disminuyendo”.

Gráfico sobre la huella pér cápita de la deforestación

Para esta investigación, Nguyen y Keiichiro han utilizado datos de teledetección y un modelo de entrada-salida de productos de múltiples regiones, mapeando los cambios espacio-temporales en las huellas de deforestación global durante esos 15 años con una resolución de 30 metros.  “Dado que es la deforestación es la principal amenaza para la biodiversidad, nuestros mapas pueden ayudar a los legisladores a seleccionar los puntos críticos de especies que puede priorizar un país específico para reducir el impacto ecológico de su huella de deforestación. Además, políticos y las empresas pueden tener una idea aproximada de dónde y qué cadenas de suministro están causando esa deforestación y revisarlas para buscar soluciones específicas”, argumenta Nguyen.

De hecho, los 3,9 árboles que indirectamente talan al año cada uno de los consumidores que habitan en el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) proceden de puntos críticos de biodiversidad, como el sudeste asiático, Madagascar, Liberia, América Central y la Amazonía. Y son pérdidas asociadas a las actividades humanas, como la agricultura, silvicultura, urbanización o la producción de servicios básicos, sin considerar los incendios forestales, que no tienen que ver directamente con el comercio internacional, aunque si en gran parte con la actividad huamana. También dejaron fuera lo relativo a los consumos nacionales.

Las huellas de la deforestación, indican, son muy visibles en Brasil, Madagascar, Argentina, Indonesia y Costa de Marfil, que exportan productos que dañan los bosques (ganado, soja, café, cacao, aceite de palma y madera) al G-7 y China. Es llamativa la huella de algunos consumos muy concentrados, como el caso de Singapur (cuyo impacto se siente en Malasia, Sarawak, Madagascar o en el Petén  de Guatemala). La huella deforestadora de China, Japón y Alemania es también muy elevada en África y la Amazonia.

Incluso hacen un mapeo por productos concretos: el consumo de cacao en Alemania destruye los bosques de Costa de Marfil y Ghana, el algodón y sésamo que compran los japoneses, afecta a  la costa de Tanzania y el caucho y la madera que importa los chinos les llega de Indochina y el norte de Laos. En el caso de Estados Unidos, los puntos críticos son sus importaciones de madera de Camboya y Canadá, caucho de Liberia, frutas y nueces de Guatemala, carne y soja de Brasil y Chile. De la UE destacan que está entre los grandes importadores de soja y carne brasileña, que fomenta la destrucción de la Amazonía y la larga mano de China la detectan en las talas en Malasia, de donde importa palma de aceite, caucho y cacao.

Los investigadores encuentran que, pese a que aumenta la concienciación social sobre la deforestación, países como China e India han expandido su huella rápidamente: en 2014, la deforestación causada por sus importaciones fue más de seis veces superior a la de 2001.

Otros países del G20 también entraron en déficit en 2015.

Respecto a la pérdida promedio de árboles importados por persona en Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido fueron similares, alrededor de la mitad de los cinco árboles por estadounidense. Y si el consumo sueco supone 22 árboles por persona (la biomasa representa el 23% del suministro de energía nacional), en Noruega y Canadá rondan los 16. Pero para los autores, lo importante no es tanto el número como el rol que tiene ese árbol en la biodiversidad: “El impacto ambiental de tres árboles de la selva amazónica puede ser más grave que el de 14 árboles de una plantación por un noruego”.

Detectan, además, cómo hay países (como EEUU y Rusia) que importan ‘bosques tropicales’ mientras exportan ‘bosques boreales”. ¿Cómo no va a haber ‘atascos’ de tráfico de impacto global? Porque comprueban que en los 15 años de su estudio es una tendencia que va a más: la deforestación ‘importada’ es ya del 74% en USA y del 77% en Rusia; y en el caso de Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, en 2015 entre el 91% y el 99% y, de ella, entre el 46% y el 57% procedía de zonas tropicales.

Asimismo, ponen en evidencia como la deforestación y el PIB tiene mucho que ver: en esos 15 años todos los países desarrollados, salvo excepciones, aumentaron su PIB per cápita, es decir, su consumo y su dependencia de lo que importan. “El crecimiento económico no evita la deforestación, sino que la potencia, por más que a nivel nacional los países ricos eviten pérdidas de bosques”, aseguran.

Es decir, que si bien detectan un aumento de la concienciación contra la deforestación tropical –con iniciativas como la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación forestal (REDD +), que pone en valor no deforestar, o el consumo de bosques sostenibles, cuyos productos son certificados como tales, no es suficiente. “Los fondos disponibles para asegurar estos acuerdos y las certificaciones son limitados y su efectividad para detener la deforestación sigue siendo incierta. Más del 80% de las áreas forestales certificadas en el marco del Programa para la Aprobación de la Certificación Forestal (PEFC), el sistema de certificación forestal líder en el mundo, se encuentran en Europa y América del Norte, no en los países de acogida de la deforestación tropical”, recuerda Nguyen.

Tampoco está siendo efectiva, a su modo de ver, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques, aprobada en 2014, con la que pretendía reducir la deforestación en un 50% para el año 2020. Nada más lejos de lo logrado porque, recuerdan, las acciones son lentas, no cubren toda la oferta de productos y, además, hay poca transparencia y mucho blanqueo y fugas de madera.

¿Soluciones?

Los autores insisten en que proteger los bosques tropicales requiere soluciones integrales y a largo plazo, porque no vale mejorar mucho en el norte si con ello empeoramos la zona más rica del planeta.

Queremos que la gente piense en la deforestación antes de consumir productos que hacen peligrar esos bosques. Combatir la deforestación es una responsabilidad compartida entre los sectores público y privado y entre productores y consumidores. Y los países desarrollados tienen bases financieras y legales sólidas para reducir su huella de deforestación. Por el contrario, la protección de los bosques en los trópicos, principalmente en países pobres, requiere soluciones integrales a largo plazo, junto con una financiación significativa”, señala el investigador japonés. “Noruega ha comenzado recientemente a pagar parte de un acuerdo de 1.000 millones de dólares a Indonesia para reducir las emisiones forestales. También escuchamos que el gobierno alemán había impulsado recientemente ‘regulaciones vinculantes’ para toda la UE sobre el cacao producido de manera sostenible. Son buenos pasos adelante en la reducción de la deforestación tropical incorporada en el comercio y el consumo internacionales”.

No puedo dejar de mencionar otra investigación reciente, publicada en Frontiers in Veterinary Science, que apunta a la deforestación tropical como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad con un impacto negativo en la salud humana. En este caso, lo hacen estudiando la cobertura forestal y el aumento de plantaciones de palma aceitera en varios países y encuentran una relación entre brotes de enfermedades zoonóticas, transmitidas por vectores, entre 1990 y 2016, en la deforestación de los trópicos, pero también en la reforestación de zonas templadas, que suele hacerse sin atender a la biodiversidad de especies.

Los autores, en este caso investigadores de Tailandia y Francia, insisten en “la necesidad de construir urgentemente un marco de gobernanza internacional para garantizar la preservación de los bosques y los servicios ecosistémicos que brindan, incluida la regulación de enfermedades”, algo que ahora más que nunca se está poniendo en evidencia con la pandemia de coronavirus.

En definitiva, bosques, comercio y salud son un trío hoy indisoluble en un desequilibrio que nos hará caer. Multiplicar 4 árboles per cápita al año por cada uno de nosotros da una cifra de vértigo para una cubierta forestal que ya ocupa apenas el 30% de la tierra de la Tierra.

Los árboles revelan que las mayores sequías en 2.000 años fueron las de 2015 y 2018


@ROSA M. TRISTÁN

ROSA M. TRISTAN

Europa se seca más que en los últimos 2.100 años, cuando el Imperio Romano era el mandamás del continente y promovió una deforestación tan intensa que dejó el suelo del Viejo Continente erosionado en toda la cuenca del Mediterráneo. Ahora es el cambio climático, también generado por los seres humanos, lo que nos está secando y precisamente nos lo cuentan los árboles a los que tan poco aprecio tenía Julio César. 

Utilizando los anillos de los troncos, que son estables en isótopos de carbono y oxígeno, un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge y la Academia de Ciencias Checa, publican en Nature Geoscience esta semana el resultado de un trabajo con más de 27.000 mediciones realizadas en la República Checa y sureste de Bavaria, además de las cercanías (Alemania, Austria, Hungría, Eslovaquia…). Gracias a estos anos nos remontan en la historia, hasta el clima del año 75 a. C. Más de dos milenios atrás, en los que 21 robles vivos y 126 relictos (Quercus spp.) han sido testigos de sequías de tiempos tan remotos como la que hubo en el año 40, el 590 y el 950l 1510 d.C. También las del siglo XXI, que son las más intensas. “Nuestra reconstrucción demuestra que la secuencia de sequías estivales en Europa desde 2015 no tiene precedentes en los últimos 2.110 años. Esta anomalía hidroclimática probablemente sea causada por el calentamiento antropogénico y los cambios asociados en el posición de la corriente en chorro de verano”, señalan en sus conclusiones.

En concreto, en el trabajo utilizan dos especies de robles: el Quercus robur y el Quercus petraea, los géneros muy extendidos
en Europa central. Explican que el crecimiento del roble está limitado por la disponibilidad de humedad del suelo, sobre todo en el  período que va desde finales de primavera hasta principios de otoño. Los investigadores, liderados por Ulf Büntgen, además de los árboles vivos, recurrieron a fósiles y a madera histórica de construcciones de campanarios y torres de iglesias, así como muestras arqueológicas que extrajeron en colaboración con varias entidades comerciales durante las excavaciones. “Es la primera vez en la historia que tenemos una visión tan completa de la historia del clima en Europa y se confirma que estamos en el periodo más seco”, señala el biólogo Fernando Valladares sobre este trabajo.

Y es que en el artículo mencionan expresamente los graves impactos de las tres últimas grandes sequías europeas: la de 2003 (hubo más de 70.000 muertos por el calor aquel verano), la de 2015 y la de 2018, sobre todo en el sur del continente, donde hubo un aumento de plagas, pérdida de cosechas, límites al tráfico marítimo e incluso problemas de refrigeración en las centrales nucleares. No hay nada parecido en los dos milenios anteriores.

No es que sean las primeras… En lo que llaman Atlas de Sequías del Viejo Mundo recogen otras variaciones de sequedad y humedad antiguas y encuentran que entre la Edad Media y 1978 había sequías son interanuales y por decenios, si bien nunca hubo una tendencia a un clima seco como en las últimas décadas, sobre todo desde los años 50 del siglo XX. Las más extremas, no obstantes, fueron en 2015 y 2018. Antes de estas últimas, señalan, los más episodios más llamativos habían tenido lugar entre  los años 1490 y 1540, con un pico en torno a 1508-9. También hubo un periodo de aridez en torno a la Pequeña Edad de Hielo, en el siglo VI, un momento de grandes migraciones humanas. Siglos después, en la madera quedó registrado un periodo húmedo, en el XIII y XIV, que coincidió con la terrible Peste Negra.  Y más adelante, los anillos retrataron la llamada ‘sequía del Renacimiento’, en pleno siglo XVI, momento en el que Centroeuropa se llenó de más de 70.000 embalses y sistemas de recogida de agua para paliar sus efectos.

“Es una investigación muy interesante porque utiliza los isótopos de carbono y oxígeno para dar una visión muy completa del pasado. Conocíamos un trabajo de reconstrucción de las temperaturas de los últimos 11.000 años [se han hecho análisis con insectos semifosilizados y con sedimentos de tierra y hielo] pero no con este nivel de detalle. Lo más aproximado que había eran trabajos hasta dos siglos atrás, pero aquí usan un bio-indicador como es un árbol y la forma como vive la sequía con un detalle revelador”, señala el científico español. 

Los investigadores añaden que, en contraste con hallazgos realizados de Europa Occidental y en el occidente Cuenca mediterránea, el aumento e intensidad de las sequías en Centroeuropa no tiene que ver con grandes erupciones volcánicas. Ninguna de las cuatro erupciones históricas más grandes – la de 536 (desconocida), en 1257 (Samalas), en 1783-1784 (Laki) y en 1815 (Tambora)-, parecen haber afectado a esta zona ni haber causado variaciones de clima. Tampoco lo hicieron las 12 erupciones que ocurrieron entre el año 100 y el año 1200. De ahí que apunten a las emisiones de gases con efecto invernadero de origen en la actividad humana como causantes de las últimas grandes sequías, lo que no hace sino confirmar que el cambio climático es una realidad.

Por último, reconocen que los impactos de la circulación atmosférica y oceánica en el norte del Atlántico sobre las sequías en el continente europeo son un ámbito de estudio que todavía es muy desconocido. Así que queda mucho trabajo pendiente, y habrá que esperar a modelos simulen la variabilidad hidroclimática regional con mayor precisión, pero lo que parece claro es que los árboles y su madera son un buen termómetro de lo que está pasando en la Tierra. Además de arder cada vez en incendios más monstruosos, sucumbir a tormentas extremas (como Filomena, en España) o no prosperar en zonas donde antes si lo hacían, son cuidadosos ‘escribanos’ de lo que estamos haciendo. 

 

Frente a las presiones, nuevo manifiesto en favor del lobo ibérico


Manada de lobos en Asturias, captada por foto-trampeo. @CENSO NACIONAL LOBO IBÉRICO/ Angel M. Sánchez

La iniciativa del Censo Nacional Lobo Ibérico, con unas 500 firmas recogidas, avala la decisión del Gobierno de proteger la emblemática especie pese a las presiones recibidas

 

ROSA M. TRISTÁN

Casi 500 investigadores, asociaciones de conservación, políticos y particulares de todo el país han firmado un “Manifiesto por la Protección del Lobo”, promovido por el proyecto científico Voluntariado Nacional para el Censo del Lobo Ibérico y Evaluación del Estado de Conservación de sus Hábitats Naturales, con sede en la Universidad de Alcalá (UAH). La iniciativa se suma a la que hace unos días presentó la ONG conservacionista WWF España, que reunió a 300 científicos con el mismo fin: contrarrestar las presiones que está recibiendo el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO) para que de marcha atrás o modifique la decisión de incluir esta emblemática especie en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), medida aprobada el pasado 4 de Febrero de 2021 en la Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y la Biodiversidad. 

Desde entonces, el sector agroganadero y determinados partidos políticos han hecho bandera, a través de diferentes organizaciones, en la supuesta debacle que supone dejar de matar al Canis lupus por supuestos daños que hace al ganado,  por lo general ovejas pero también terneras, llenando las redes sociales de imágenes de hipotéticos ataques, en los que no es posible confirmar si los culpables fueron lobos o perros asilvestrados. Ayer mismo, se votó en el Congreso de los Diputados una Proposición No de Ley del PP para que pueda seguir cazándose, pero fue rechazada por mayoría de votos. Otra prueba de las presiones son declaraciones como las del ministro de Agricultura, Luis Planas, señalando que “proteger la biodiversidad no puede recaer sobre los hombros de los ganaderos“, declaraciones que contradicen la defensa de esa biodiversidad como bien común, tanto en España como en otros lugares, como la Amazonía, por otro lado muy afectada por el aumento sin control de agricultura extensiva. 

Frente a quienes aseguran que este carnívoro salvaje es “el mayor peligro para la supervivencia de la ganadería española”, como se ha declarado, las  estimaciones científicas del Censo indican que en toda la Península, incluido Portugal, habría unos 1.300 lobos, en torno a un millar en España y el resto en el país vecino. Otras fuentes suben la cifra hasta 2.000 o 2.500, si bien todos reconocen que es difícil concretar y en todo caso nada indica que es una especie que pueda ser cazada.

Esta es la razón por las que el grupo de trabajo del biólogo Angel M. Sánchez, del Proyecto Voluntariado Nacional Censo de Lobo Ibérico, lanzó un Manifiesto (que aún se puede firmar) en forma de carta a la ministra Teresa Ribera, en el que se defiende su protección, que ha tenido una gran acogida y es complementario del que promovió WWF: “Este es un proyecto de ciencia ciudadana y queríamos que la sociedad también se manifestase. Al final, muchas organizaciones se han sumado, como el Instituto Jane Goodall, FAPAS, grupos de Ecologistas en Acción, Lobo Marley y un largo etcétera. Ya lo hemos enviado a la ministra y a Hugo Morán (Secretario de Estado de Medio Ambiente)… Queremos que en temas de conservación los que decidan sean los científicos y los políticos; si incluyes a agricultores y cazadores, mal asunto. Ya tenemos un modelo ganadero insostenible. En Ávila, donde hay mucha ganadería extensiva, no se ven corzos, ni ciervos, ni jabalíes y los ríos están contaminados. Los ungulados silvestres son fundamentales para el hábitat del lobo. Lo que hay que hacer es reconstruir sus ecosistemas”, afirma Ángel M. Sánchez.

Precisamente, el manifiesto va en esa línea: “El conjunto de las organizaciones y personas firmantes agradecen al Ministerio de Transición Ecológica su apuesta firme y decidida por la recuperación de nuestros ecosistemas y la conservación de nuestra biodiversidad al conceder, a una especie emblemática y esencial de la fauna ibérica, como es el lobo, el respeto y la protección legal que sin duda merece. Confiando en que el futuro plan del lobo potencie las buenas prácticas ganaderas, descarte el control letal y se base principalmente en la conservación científica de la especie en cuanto a su indispensable papel, como súper- depredador apical, en los ecosistemas ibéricos”.

Volviendo a los números, el último censo oficial de la especie de 2014 habla de 297 manadas; como se señalaba, los especialistas coinciden es que es muy complejo tener una cifra, aunque hay estimaciones. Un trabajo de campo publicado en la revista WildLife Biology, en 2020, por científicos del CSIC y otras instituciones, indica que son grupos  de unos cuatro ejemplares en invierno y una media de 6,8 en verano, incluyendo subadultos. Lo hicieron con datos recogidos en 64 localizaciones (sumadas áreas de ambas temporadas). “Si se cuentan en verano parecen más, pero en invierno muchos cachorros mueren. Hay que hacer estudios de al menos cinco años. Hay manadas que desaparecen y resurgen años después. Como media, en toda Europa, las manadas de entre tres y cinco ejemplares, menos en zona mal conservadas y más al norte del Duero. En zonas poco estables no se reproducen todos los años. Y en España, el lobo tiene cero capacidad de dispersión porque no ‘reclutan’ jóvenes. Por ello no los hay ni en Andalucía ni en Extremadura y desaparece en Salamanca, Soria, La Rioja o Euscaki. Además, la protección es imprescindible porque hay poco flujo genético desde Pirineos, así que casi todos están emparentados. Deberían abrirse corredores ecológicos para que venga genética centroeuropea. “, señala el científico de la Universidad de Alcalá de Henares. 

Coincidiendo con el envío de este manifiesto, Ecologistas en Acción lanzaba ayer una batería de medidas que consideran que pueden permitir la coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva, unas acciones que, indican, es fruto de su experiencia con la campaña “Vivir con lobos”, en la que colaboran 50 ganaderos y ganaderas de zonas loberas. La primera de ellas es implantar ayudas públicas que faciliten la convivencia entre ganado y lobos, subvenciones para comprar y mantener mastines, que deben ser reconocidos como animales de trabajo, para hacer cerramientos con pastores eléctricos y otros sistemas y para contratar pastores. También aboga por agilizar el asunto de las indemnizaciones por daños, penalizando a los ganaderos que cometan fraude, informar de la posible llegada del lobo antes de que esté para poder prepararse y promover normativas que favorezcan el comercio de ganadería extensiva frente a la de las macro-granjas intensivas, así como dar valor social entre los consumidores a los productos que vienen de zonas con lobos. La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), los lobos matan anualmente “más de 15.000″ cabezas de ganado en España”, una cifra de la que no presentan prueba alguna y que resulta inverosímil para los lobos que hay.

En todo caso, la Ley propuesta por el Gobierno deja abiertas para el futuro la posibilidad de “algunas acciones de control de la especie” en determinadas condiciones, es decir, en zonas donde se certifiquen daños. La cuestión, señalan los expertos, es determinar el origen de esos daños y si esos daños compensan o no la gran función ecológica que realizan los lobos en la naturaleza.  A nivel mundial, el 62% de las poblaciones de fauna salvaje desaparecen, como certificaba recientemente una invstigación en Nature

Queda pendiente el debate sobre si es sostenible el modelo de mercado y nivel de consumo de carne actual, ya sea producida de forma intensiva en macro-granjas o de forma extensiva, ocupando grandes espacios. Sobre todo si, finalmente, esa carne acaba vendiéndose fuera de nuestras fronteras : en la UE y también en Marruecos, los Emiratos Árabes, Vietnam o Hong Kong, con el coste en agua, tierra, contaminación y daños a la biodiversidad en nuestro territorio que conlleva. Como colofón otro dato: el 21,4% de la carne de vaca española sale de nuestras fronteras mientras por otro lado de importa de Argentina o Brasil… ¿Nos quedamos con un planeta de vacas, cerdos y pollos y nada más?