Una gran aventura: “Atapuerca: 40 años inmersos en el pasado” (RBA)



ROSA M. TRISTÁN

Hay veces que la vida te pone delante oportunidades que no puedes dejar escapar. Recuerdo que iba en el coche cuando un domingo, a esa hora en la que casi todo el mundo sestea, me llamó Eudald Carbonell, uno de los tres codirectores de Atapuerca. “¿Quieres escribir un libro conmigo sobre el proyecto?”. Han pasado cuatro años desde esa llamada y el libro que ahora tengo en mis manos. Muchos días de buscar documentación, de confirmar datos, de entrevistas,  de visitas a los yacimientos para ‘empaparme’ bien de todo lo que allí se cuece, siempre de la mano de Eudald, a veces de José María Bermúdez de Castro, o de Juan Luis Arsuaga, pero también de otros muchos y muchas que están ahora aquí, en mis manos, en estas 400 páginas envueltas en el cráneo de ‘Miguelón’. A todos ellos les dedico mi parte en este trabajo “Atapuerca: 40 años inmersos en el pasado” (National Geographic, RBA).

Aquel día tuve que parar el coche. Atapuerca. Desde que conocí esa grieta en la sierra me atrapó entre sus entrañas, no sólo porque era el primer yacimiento paleontológico que visitaba sino porque las gentes que por allí pululaban, piqueta en mano, me acogieron desde el principio como alumna novata pero aplicada. Después, he visitado muchas otras excavaciones, en España, en África, en América Latina… Todas fascinantes, con historias que contar que van mucho más allá que la mera noticia. Historias de humanos de hoy y de un ayer que se remonta al origen de nuestros tiempos como especie. Quien le iba a decir al Homo antecessor que sus parientes acabarían viviendo apiñados en gigantescos y extraños montículos cuadrados que se llaman rascacielos, que se incendiarían los bosques llenos de caza por placer o, lo que es casi peor, para que unos fueran superiores a otros por sus riquezas, que sería cada día más difícil respirar el aire que da la vida, que no se podría beber el agua turbia de los ríos porque alguien la envenenó, que hablarían mis mirarse a los ojos y se reproducirían tras depositar sus ‘semillas’ en extraños objetos transparentes.

Con Eudald, Emiliano Aguirre y su mujer, en su despacho. @ROSATRISTAN

Pero también, quien le iba a decir que alguien mimaría sus huesos como un tesoro, y los estudiaría con mil y una técnicas para descubrirnos lo que comía, lo que le enfermaba, lo que hacía con sus manos, lo que sentía por los demás…

Aparqué y contesté a Eudald que sí, que contara conmigo para contar la historia de esos 40 años de trabajo, de dificultades y éxitos espectaculares. Y decidimos que él, como no podía ser menos, sería el hilo de un relato hecho en primera persona, porque sus experiencias vitales son intransferibles, como lo es su visión del proyecto.

Así, nos pusimos manos a la obra, interrumpida a veces por otros asuntos, pero nunca olvidada. Durante muchos fines de semana nos reunimos en una casa rural cercana a Burgos, familiar, acogedora (El Molino), acompañados por una chimenea y los buenos guisos de Mila y Maxi. Otras, en la sede de la Fundación Atapuerca, en Ibeas de Juarros, más formal, pero donde el equipo de allí nos apoyaba para buscar un dato, una imagen..  Luego, para ordenar ideas, también hice alguna escapada ultramar, hasta Fuerteventura, la isla de la tranquilidad, y sobre todo muchas visitas a la sierra, casi siempre en campaña estival, pero también en el frío invierno, compartiendo una carne asada en una hoguera, de forma no muy distinta a como lo harían los neandertales que la habitaron. Y así hasta ‘empaparme’ bien, del pasado y del presente.

Ahora aquí está el resultado. Y no sería lo mismo sin las ilustraciones de Mauricio Antón, sin las fotos de Javier Trueba, Jordi Mestre y muchos más, sin la cuidada edición de National Geographic (RBA) y, sobre todo, sin los fantásticos prólogos que nos han hecho Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez de Castro, codirectores del proyecto con Eudald Carbonell en esos 40 años.

El libro desde ya está a la venta ‘on line’ y en las librerías. En breve, también en versión digital para quien prefiera leerlo en ebook. Pero, la verdad, es una edición tan hermosa que merece la pena tenerlo entre las manos.

Sólo deseo, como coautora, que disfrutéis tanto leyéndolo como Eudald  y yo lo hemos hecho al escribirlo. Puedo decir que desde que colgué aquella llamada, un domingo invernal, a la hora de la siesta,hasta hoy, con “Atapuerca : 40 años inmersos en el pasado” ya en mis manos, no he dejado de aprender ni un sólo día.

UN ÁLBUM PARA EL RECUERDO

Y FIN….

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Crownfunding ‘Proyecto Djehuty’: el tesorero se queda sin dinero


ROSA M. TRISTÁN

LINK A CROWNFUNDING: EXCAVACIÓN EN EGIPTO

Djehuty, un proyecto puntero de la investigación arqueológica española en el extrajero, capitaneado por el egiptólogo José Manuel Galán, el munir, ha lanzado un “crownfunding” (una iniciativa de captación de fondos colectiva) para poder sacar adelante las excavaciones que cada año realiza en Luxor (Egipto) desde 2001. El equipo ha recurrido a este sistema ante la falta de suficientes recursos económicos públicos (no hay más que ver los presupuestos del Gobierno para la ciencia) y también de empresas ‘mecenas’. En concreto, el proyecto Djehuty necesita 20.000 euros para continuar rescatando el pasado de la colina de Dra Abu el-Naga, que se eleva justo en frente del templo de Amón-Ra en Karnak, el santuario más importante de la civilización faraónica  en Tebas. Djehuty, el tesorero de Hatshepsut, se ha quedado sin dinero (por cierto, un título que me han ‘cedido’ para este artículo).

Con José Manuel Galán, a la entrada de la excavación.

El proyecto, que se dirige desde el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y es tutelado por el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, es sin duda uno de los más emblemáticos en España. Sus impresionantes resultados en forma de piezas únicas figuran ya en varias vitrinas del Museo de Luxor, donde las misiones arqueológicas de medio mundo se pelean por estar. A lo largo de los años, bajo esa colina junto al Nilo, el equipo (en la foto superior) ha sacado a la luz hallazgos tan relevantes como el primer jardín funerario conocido, tumbas de príncipes y ministros de hace 3.500 años, cientos de momias de animales y también unas cuantas de humanos, ataúdes con flechas y arcos… Y, por supuesto, la espectacular tumba de Djehuty, el tesorero de la reina Hatshepsut, que era su primer objetivo cuando hace ya 17 años se encontraron en mitad de un espectacular cementerio lleno de tesoros. También la de Hery, otro noble de la época.

Hace ya algún tiempo que tuve la suerte de visitar ese lugar. Una foto con Galán de aquel viaje encabeza este blog desde que fue creado. Desde entonces, cuando veo las fotos de cada campaña, compruebo lo mucho que ha cambiado su aspecto, fruto de un esfuerzo que ha seguido adelante pese a las dificultades para la ciencia española en el último decenio. Aquel 2012, las excavaciones las patrocinaba Unión Fenosa Gas (UFG), que lo hizo hasta 2016. La empresa dejó de interesarse por el negocio del gas en Egipto. Este año, tras la salida de UFG, Galán consiguió ayuda de Técnicas Reunidas (empresa especializada en infraestructuras para petróleo y gas y también con presencia en Egipto) y de Indra. Con ellas, financió las excavaciones, justo en las que se descubrió el jardín milenario, pero el acuerdo era por una temporada  y proyectos como Djehuty no tienen fecha a corto plazo. Cuanto más excavan, más encuentran.

Lo cierto es que el patrocinio empresarial que lograron daba para pagar la campaña de excavación, en la que tienen que contratar cada año a un centenar de trabajadores de la zona, pero no bastaba para mantener a un equipo de investigadores activo, algo necesario, como recogí en 2014 en un artículo titulado “Apadrina un egiptólogo”.  Ya entonces mucha gente valiosa había tenido que dejar el proyecto, y en algunos casos la ciencia, por falta de recursos para pagarles.

Para 2018, tras mucho buscar y poco encontrar (Indra acaba de comprometerse por otra temporada, pero no basta), Galán finalmente se ha decidido por pedir a la sociedad el apoyo que no consigue de las instituciones, porque no se rinde y porque está dispuesto a regresar en enero y febrero de este año a Dra Abu El Naga para acabar el trabajo, para seguir encontrando piezas maravillosas y para que un día las tumbas de esa colina, que restauran con esmero un buen puñado de investigadores, sea visitada por millones de turistas. “Tenemos algo de ayuda del Plan Nacional y del Ministerio de Cultura, pero nos encontramos problemas porque hay muchos gastos que no podemos justificar y existen, como el pago a los egipcios, y también porque esos fondos exigen co-financiación de los contratos con la institución, y el CSIC no tiene dinero. Algunos investigadores se han quedado sin contrato por esa razón”.

Su idea es conseguir fondos por ‘suscripción popular’ que luego la Asociación Djehuty done al CSIC, una fórmula que permite sacar adelante el proyecto a falta de que el CSIC logre atraer empresas para el mismo. “Lo bueno es que socializas Djehuty, que abres la puerta a que la gente se sienta partícipe. No somos los primeros en hacer un crownfunding científico, aunque no conozco otro en Arqueología en el CSIC”.

Si se piensa, parece increíble lo poco que necesita: ¡20.000 euros! Como comprarse un coche nuevo, y no de alta gama. Comparado con lo que cuesta patrocinar cualquier evento deportivo  o una gala de famoseo o un programa de televisión  basura, sinceramente parece una nimiedad, pero es la diferencia entre que España siga con un proyecto arqueológico puntero en Egipto o acabe en otras manos.

Lo gastarán, dicen, en cosas tan imprescindibles como:

  • Sueldo de los más de 100 trabajadores egipcios implicados en la campaña.
  • Alojamiento y manutención del equipo técnico. Como todos los años, en el pequeño hotel rural Marsam, justo detrás de los colosos de Memnón, a 3 Km del yacimiento  (corroboro que nada lujoso, pero acogerdor).
  • Material arqueológico y de restauración comprado en el mercado de Luxor, que así es más barato.

Y su plan de trabajo es intenso para los dos meses (enero y febrero de 2018) que tienen previsto ir:

  • Excavación y estudio exhaustivo del jardín funerario encontrado este año y sus alrededores.
  • Excavación de la gran tumba del año 2000 a. C. asociada al jardín
  • Excavación de las cámaras donde se depositaron centenares de momias de animales en el siglo II a. C., además de radiografiar una selección de ellas y estudiarlas en detalle.
  • Radiografiar y estudiar las momias humanas halladas en campañas anteriores.
  • Trabajos de conservación de los objetos hallados.
  • Restauración de las tumbas de Djehuty y Hery y su acondicionamiento para ser abiertas al público.

Si sacan más, hay toda una lista de asuntos en los que gastarlo, sobre todo en contratos. A cambio de las aportaciones, ofrecen diferentes materiales del proyecto: libros, documentales, cuadernos, calendarios.. Pero es lo de menos. Lo de más es que, ante la falta de interés en proyectos que sitúan a la ciencia española en el mundo, la sociedad, al menos una parte, tenga que colaborar para que el trabajo de tantos años no quede en la estacada por unos presupuestos para la ciencia tan pobres que ni siquiera le llegan enteros.

“En 2018, además queremos doblar en el equipo para estudiar y reconstruir el medio ambiente de la antigua Tebas, con el estudio del jardín. No se ha hecho antes nada así. Hemos pedido a Europa un proyecto que se llama EDEN para ello, pero tardará en decidirse y el jardín puede deteriorarse. Hay que estudiarlo ya. Y tenemos semillas, polén, momias de aves, de serpientes, musarañas. Tengo una reponsabilidad con el equipo y hay que hacerlo bien”, me asegura Galán.

Resulta una irónica coincidencia que el mismo día que se inaugura una gran exposición en el Museo Arqueológico Nacional, titulada “El Poder del  Pasado”, sobre los 150 años de historia de la Arqueología en ese país, un proyecto de este calibre no logre el apoyo de los grandes para seguir adelante. Esperemos que si lo tenga de quienes lean esto. Su nombre figurará para siempre entre los mecenas de la Egiptología, al más puro estilo de Lord Carnavon, que pagó a Howard Carter las excavaciones en las que se encontró la tumba intacta de  Tutankamón. Quién sabe lo que nos puede deparar esa reseca y agujereada colina de Luxor…

LINK A CROWNFUNDING: EXCAVACIÓN EN EGIPTO

 

La ciencia, hermana pobre: no llega ni ‘su’ dinero


ROSA M. TRISTÁN

En la COSCE (Confederación de Sociedades Científicas de España), que representa a unos 80.000 investigadores de todo el país, no acaban de ver por ningún lado la cacareada recuperación económica en España (aunque estos días anda en caída libre), al menos en lo que se refiere a la ciencia. Es más, la ven en unos números rojos cada vez más altos, creciendo al mismo ritmo que las grúas-torre en las costas. Esos números rojos son los 20.000 millones de euros que tiene de déficit el sistema científico español. Pero es que, además, constatan un desinterés profundo de los políticos respecto a la realidad que se vive en los laboratorios. “Antes nos veíamos con algunos políticos cuando se planteaba la negociación de los presupuestos, aunque no nos hacían mucho caso. Ahora ni eso”, reconocen.

LINK a “Informe COSCE PGE 2017”

(sigue)

La lista de agravios contra la investigación y el desarrollo de los gobernantes tiene tantos puntos negros que la presentación de su último informe sobre los Presupuestos Generales del Estado 2017 es como un pozo sin fondo. Entre todos los datos, llama la atención que un seis de cada 10 euros públicos (el 61,7%) destinados a la ciencia no se hayan gastado en 2016. Pareciera que los científicos no necesitan dinero. Sin embargo, resulta que un año más (porque esto viene de lejos) la mayoría de los fondos presupuestados eran créditos (en concreto, el 60%) y el minoritario resto son las subvenciones (2.612,11 M€), que son las que realmente utilizan los investigadores. Ahora bien, también sorprende mucho que un 18% de esas subvenciones se quedara en las arcas del Estado (230 millones), cuando tan bien habrían venido a los investigadores. ¿Cómo es posible? Pues porque el año presupuestario 2016  lo cerró el ministro Montoro en  julio, dejando a muchos científicos en la estacada.

El informe también entra en el asunto de si las cifras confirman que la “ciencia es una prioridad” . Si partimos de que el dinero total disponible es de 6.513,7 millones y de que sólo ha habido para este año 84,18 más que el anterior (un 1,3%) es fácil de entender su desesperación. Ese aumento es menos que la inflación prevista (1,9%), por lo que en realidad no es un aumento sino una disminución. “Es otro año perdido”, señalaba José de Nó, tras mostrar una sucesión de gráficos en las que se veían en caída los recursos públicos.

Pero no sólo los proyectos tienen menos, sino que los organismos públicos de investigación (OPIS) también han sufrido recortes. El que más el INIA, de un 32%, pero también el Instituto Español de Oceanografía (un 7%), el IGME (un 4,1%), el Ciemat (un 2,7%)… y otros muchos aparentemente se han quedado como estaban en 2016, lo que quiere decir que también pierden. Crecer en fondo, no crecen en ninguno. Sin ir más lejos, el CSIC, que representa casi la mitad de todos, vió desaparecer este año casi 6 millones de euros (un 0,95%) de su ya escuálida cuenta presupuestaria.

Más allá  de las funestas cifras, COSCE no oculta el desencanto con la ansiada Agencia Estatal de Investigación, que iba a librar a la ciencia de una burocracia con la que casa tan mal la ciencia y la innovación. De momento, parece que no es ese su objetivo. Las sociedades científicas denuncian que el organismo, cuya función es gestionar los fondos y paliar los trámites administrativos al sistema, se ha quedado en  “una sección más de la Administración, con las mismas limitaciones que otros órganos administrativos”. Total, la ciencia sigue como estaba. “El problema es que ni siquiera se detalla cuánto del presupuesto va a gestión de esa agencia y cuánto es para proyectos. Y seguimos sometiendo a la investigación a plazos que van de año en año, sin contar con que hay proyectos financiados a varios años. Si la agencia no sirve y sigue el descontrol, entonces mal vamos”, reconocía otro de los autores del informe en su presentación, José Molero.

La preocupación se extiende al ámbito de la formación de investigadores. “Realmente, no hay forma de saber el presupuesto que se destina a este asunto. En cuanto a la formación de profesorado universitario (FPU) si vemos una caída del 2,2% , que aún es más grave si echamos la vista atrás y vemos de donde venimos”, señalaban los representantes de COSCE tras poner otro gráfico. En él se veía como la formación  de investigadores dispone hoy de  23,46 M€ menos que en 2011. “Tendríamos que recordar que es ahí donde está el futuro del país si queremos ser competitivos. Y también poner mecanismos para atraer a científicos que están fuera y “para contratar a investigadores punteros, pero no es así”, reconocía Molero. “Para solucionar este panorama sería necesario que los presupuestos crecieran al año un 5%, que no es tanto si pensamos que la media del PIB destinado en la OCDE es del 3%”, concluía.

Entre las soluciones, desde COSCE siguen apostando por un pacto por la ciencia, como aquel que se quiso firmar en 2013 y al que no se apuntó el PP, para que se saque a la ciencia del enfrentamiento político. Pero para ello hay que tener políticos que sepan algo de ciencia y de la gestión que lleva detrás, y eso de momento si que es ‘ciencia-ficción’ a tenor de los resultados. Por ello, otra propuesta es que en el Parlamento y en el Gobierno haya asesores científicos, al estilo del que tuvo Barak Obama (seguramente despedido por Trump) y del que tienen otros muchos dirigentes europeos. “España no asiste a foros internacionales porque no tiene esa figura que sería muy necesaria. Nosotros no queremos que los partidos pongan ideología y utilicen la ciencia para enfrentarse, como ocurre a veces, sino de que dispongan soluciones para que ésta avance en nuestro país”, apuntan.

De momento, todo indica que no les tienen en cuenta ni para aquello que les afecta.

 

 

 

 

 

La sopa de plástico del Mediterráneo, controlada desde el móvil


Así está el agua del Mediterráneo en Menorca. @ROSA M. TRISTÁN

Campaña para liberar de basura mares y playas gracias a la ‘ciencia ciudadana’

ROSA M. TRISTÁN

Cada segundo 200 kilos acaban en los oceános, unos ocho millones de toneladas al año. Plásticos que perduran hasta que se descomponen y algún cetáceo o tortuga o pez o ave marina se los traga o los estrangula o los apresa hasta la muerte. Plásticos que viajan por el globo terráqueo hasta llegar a zonas inhóspitas como el Polo Norte (allí lo ha detectado una expedición al Polo Norte de la Universidad de Exeter), que causan daño cerebral en los peces (Universidad de Lund) y que se cuelan en la sal de la ensalada (Universidad de Alicante). Plásticos que hacen daño a la vista si se ven, pero que también envenenan si no se ven. Flotando a medias aguas en alta mar o varados en los fondos.

El velero de Alnitak, en aguas de Menorca, en la campaña #Libera1m2. @ROSA M. TRISTÁN

En la foto que preside este artículo hay un frasco lleno de fragmentos plásticos, casi todos de polietileno. Se recogieron hace unos días en menos media hora desde el barco Toftevaag, perteneciente al Centro Alnitak, de la superficie del Mediterráneo, cerca de Menorca. Es un lugar reserva de la biosfera desde hace un cuarto de siglo y zona ZEPA, de especial protección de aves. La imagen contrasta con el mar color esmeralda que hay en esa costa. Es el mismo y engañoso agua.

Alnitak, entidad dedicada a la investigación y educación marina, trabaja en la campaña lanzada por SEO/BirdLife, en colaboración con Ecoembes, con dos fines muy claros: concienciar de que ‘basta ya’ de convertir océanos en vertederos y a la vez hacer ‘ciencia ciudadana’, que consiste en implicar a la sociedad para recoger residuos de playas y océanos y así obtener datos que nos digan qué es lo que hay, en qué cantidad y, gracias a las etiquetas, de donde viene. Es la campaña #Libera1m2  y  se desarrolla en al menos 70 puntos costeros estos días con diferentes organizaciones. En principio dura una semana, aunque debiera extenderse meses y años, hasta que ese ‘consomé’ fruto del petróleo desaparezca.

Filtro del agua, en el que se recogen muestras de plásticos. @RMT

Antes de partir del puerto de Mahón a bordo del velero, Pilar Corzo nos explica en qué consiste la app Marnoba para móviles y tabletas que se ha desarrollado desde la plataforma, del mismo nombre, para extender esa ciencia ciudadana: la aplicación permite que los residuos plásticos marinos queden clasificados y registrados en una base de datos del Ministerio de Medio Ambiente. “Es importante saber qué hay para que se tomen las medidas adecuadas, un estudio que es novedoso y se realiza a nivel europeo”, señala Corzo, mientras el capitán prepara el barco para la salida.

Para que los datos recopilados sean  útiles se dividen en cuatro módulos dentro de la app: playas, fondos para buceadores, barcos arrastreros y basuras flotantes, según donde se recoja la basura, que queda totalmente ‘fichada’ en su localización.  “El impacto de esta basura es tremendo y no sólo dentro del agua, también en aves marinas, aunque es más difícil de determinar; las aves los confunden con alimento y se los tragan, o se enredan en rafias y redes. En un estudio reciente se detectó que el 90% de las aves tenían microplásticos en el estómago. Ahora, queremos más datos para profundizar en estos impactos”, afirma Pep Arcos, el especialista de SEO/BirdLife en aves marinas. 

Lo mismo ocurre con las tortugas, que  los ingieren pensando que son medusas, una delicatessen para su dieta. Es para pensárselo dos veces: las bolsitas inútiles que nos dan en las farmacias y tantas otras tiendas, el flotador que olvidamos, un globo o el tapón de esa botella de agua están detrás de la regresión de las poblaciones de un buen número de fauna en el ‘vertedero’ que es el Mediterráneo. Así lo ha comprobado Ricardo Sagarminaga, propietario Toftevaag y fundador de Alnitak, que colabora con instituciones como el NOAA de Estados Unidos y que acaba de terminar una expedición de dos meses para el seguimiento de ballenas, delfines, tortugas, además de los muestreos y filtrados de basuras. “Todo lo que lleva etiqueta lo fotografiamos para saber de dónde viene y qué es, pues es el único modo de poder  tomar medidas preventivas. Otra cosa es recoger todo este plásticos, eso es imposible. Sólo disminuyendo el consumo es posible acabar con esto”, reconoce el experimentado navegante.

Ya iniciada la singladura con el velero de Alnitak (nombre de una estrella de la constelación Orión), el paisaje va abriéndose a la mirada: las calas costeras, algunas pardelas en el horizonte, delfines saltando. Un paraíso aparentemente inmaculado. Mientras Pep Arcos otea el horizonte en busca de aves, Sagarminaga pone en marcha el ‘transecto’, un filtro de agua que echa al agua y, como la cola de una cometa, flotando, nos va siguiendo la estela. En media hora, el resultado es sobrecogedor: un frasco en el que flotan infinidad de  bolas pelet y otros restos de colores, pequeños fragmentos que no llegan a la categoría de microplásticos, como los que genera nuestra ropa al lavarse, pero que ya están en proceso de descomposición, hasta confundirse  con el placton que alimenta los peces que nos alimentan a los humanos.

A proa, no lejos de los delfines, de repente aparece un besugo. Azul brillante. Con el ojo muy abierto. “Otro globo. No sabes cómo detesto los globos infantiles”, comenta el capitán Juan Manuel Arestre mientras lo ensarta desde la quilla. Son globos de colores, con formas de perros, gatos y soles que salen volando a miles de cientos de cumpleaños. El besugo pasa a formar parte del montón de bolsas que se acumula en la cubierta. Las han recogido con una zodiac en apenas 10 minutos, restos de paquetería de supermercados, envíos, sacos, algunos con etiquetas casi ilegibles en árabe. A saber de dónde vienen. “Si es que lo de cobrar 5 céntimos por una bolsa, no sirve. Mientras no controlemos el consumo, esto no tiene solución. Y reciclar, claro”, apuntan los tripulantes.

El  Toftevaag, con las velas al viento, se acerca a la Isla del Aire, en realidad un islote rocoso en el que solo hay un faro y donde nidifican aves como la pardela cenicienta o el paíño europeo. Desembarcamos. Allí también vive una lagartija negra (subespecie de Podarcis lilfordi lilfordi)  única en el mundo.Una capa de posidonias secas nos indica que allí cerca hay grandes praderas de estas algas que son nichos de biodiversidad. Basta fijar la mirada para que la belleza se trunque. El suelo es una alfombra sembrada de mini-plásticos y otros no tan ‘mini’ traídos por las corrientes. Proliferan los tapones de botellas: “Es que las botellas se llenan  de agua y van al fondo”, señala Pilar. En apenas unos minutos, me hago con más de 50 tapones. Otros muchos plásticos son difíciles de identificar. En realidad, la escena no es original: se repite en muchas costas españolas del Levante.

Después de introducir los datos de la recogida en la app Marnoba volvemos a bordo. El azul esmeralda del mar ya nos parece más turbio. Hemos estado cinco horas de travesía. 18.000 segundos. En ese tiempo, 3.800 toneladas de plásticos han llegado a los mares… Campañas como Libera deberían ser obligatorias.

@ROSA M. TRISTÁN

El niño neandertal de El Sidrón, un ‘aprendiz’ canibalizado


 

ROSA M. TRISTÁN

Un niño. Apenas levantaba un metro del suelo, exactamente 1,11 metros. Pesaba 26 kilos, por encima de lo que marca la media en una criatura actual para su edad. Tenía exactamente 7 años y 7 meses al morir y estaba enterrado en una cueva asturiana, El Sidrón, entre los restos de otros 13 individuos, algunos hermanos suyos, que fueron canibalizados, quien sabe si por venganza, hambre, por un rito o por nada especial. Como ellos, también algunos de sus huesos fueron ‘rebañados’ a cuchillo de piedra. Ese niño, pese a estar aún en edad de los juegos, ya hacía trabajos de adulto, cortando pieles, usando su boca como una herramienta más.  Había pasado hambre o una enfermedad en algún momento de su vida. Y crecía como todos a su alrededor, prácticamente igual que como los que llegaron después con sus innovadoras formas de vida, aunque él nunca llegó a conocerlos. Ese ‘Juvenil 1’ (su nombre) era neandertal y vivió hace 49.000 años, cuando ya su especie estaba en clara decaída.

 

Sabemos que su desarrollo era muy parecido al nuestro, salvo en dos partes importantes de su cuerpo: el cerebro y la columna vertebral, que crecían más lentamente, aunque no sepamos la razón. ¿Sencillamente por que eran más grandes? ¿Afectaba ello a su comportamiento? ¿A su capacidad cognitiva? ¿Tiene algo que ver con el consumo de energía, tan difícil de obtener en aquellos tiempos? Estas son algunas de las preguntas que se abren tras el trabajo, publicado esta semana en ‘Science’, del equipo del paleontólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) Antonio Rosas, que nos ha desvelado cómo crecían aquellos parientes extintos con los que llegamos a cruzarnos y tener descendencia.

La autora, en el yacimiento de El Sidrón, en 2012. @ROSA M. TRISTÁN

Hace unos años tuve el privilegio de conocer el yacimiento mientras estaban en activo las excavaciones con Rosas y el arqueólogo Marco de la Rasilla. Entonces, posiblemente, andaban sacando las piezas del puzzle que ha acabado siendo el esqueleto de niño neandertal más completo que se conoce, y de sus congéneres. “Ha sido un trabajo muy exhaustivo en el que hemos comprobado las similitudes en los patrones de crecimiento de nuestra especie y de los neandertales, comprobando su edad y su ritmo de desarrollo por tres caminos diferentes. La conclusión es que es similar, algo que no se sabía”, explica Luis de Ríos, otro de los autores de este trabajo, del que también han participado Rosa Huguet, Marcus Bastir y Antonio García-Tabernero, entre otros. “Eso nos dice que ese ritmo lo comparten por un ancestro común, una especie que puede ser el Homo antecessor. El Homo ergaster africano, sin embargo, maduraba más rápidamente, de forma más primitiva”, puntualiza Rosas.

Todos los huesos rescatados del niño neandertal de El Sidrón. @CSIC

Esas diferencias en la maduración de las vértebras (que corresponde a la de un niño moderno de unos cinco años) y,  del cerebro, tienen que tener una causa, pero no está clara. Rosas lo explica así: “En el caso del cerebro, en  el Homo sapiens requiere mucha energía para crecer y por ello se desarrolla totalmente [hasta los 1.350 cc de un ser adulto] en los primeros años mientras el cuerpo lo hace más lentamente hasta el ‘estirón’ de la adolescencia. En este niño neandertal su cerebro estaba al 87,5% del total cuando murió [de un volumen adulto de 1.520 cc en su especie]. No sabemos la razón por qué aún. Quizás sencillamente porque cerebro y tórax eran más grandes en su especie  pero debemos ser cautos. Tampoco sabemos si eso afectaba a su desarrollo cognitivo porque, de hecho, hacía tareas de adulto”, reconoce Rosas.

Por lo demás, el niño crecía como un ‘sapiens’ cualquiera (por cierto, el sexo lo ha inferido de un diente canino).  Al parecer, rodeado de su familia, como han desvelado los estudios de ADN, en los que El Sidrón es un yacimiento de referencia a nivel mundial:  entre los 13 individuos hallados está un hermano menor y también se sabe de dónde viene su madre. Los 138 fósiles encontrados de su esqueleto y su dentadura (un total de 30 piezas dentales) fueron arrastrados por una avalancha de lodo hacia el interior de la cueva

Antonio Rosas, entrando a El Sidrón, lugar de difícil acceso. @ROSA M. TRISTÁN

Me gusta pensar que esa criatura, que tan dura vida tuvo, y tan dura muerte, estaba aquel día sobre esa mesa bajo tierra en la que Antonio Rosas y su equipo intentaban recomponer una historia del pasado de la que ahora tenemos nuevas pistas… Y las que quedan: ahora tienen como meta estudiar la difícil etapa de la adolescencia neandertal gracias a los restos de tres jóvenes en esa edad, etapa de una masa gris en ebullición que por desgracia no fosiliza. Todo un reto.

Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), con una reproducción del cráneo del niño neandertal. @ROSA M. TRISTÁN

 

 

 

La ‘diplomacia científica’, a debate en España


  • Los científicos en el extranjero, a favor de colaborar con las embajadas en política científica pero piden a la instituciones que se respete  su independencia
  • La mayoría se ‘desmarca’ de la Marca España, dado que consideran que hacen ciencia donde están trabajando, que es fuera de España.

Representantes de las asociaciones y de las instituciones en el encuentro en Madrid.

ROSA M. TRISTÁN

Los representantes de 12 asociaciones de científicos españoles en el extranjero, desde Japón a Australia, pasando por Estados Unidos o China, por mencionar algunas de ellas, han solicitado una mayor sensibilidad en la comunicación pública por parte de las instituciones del Gobierno y “que se respete en todo momento la naturaleza independiente de las asociaciones”, tras un encuentro mantenido en Madrid, en la sede de la Fundación Ramón Areces. A las jornadas, acudieron también consejeros culturales y científicos de las embajadas, la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), la secretaria de Estado de I+D+i y el marqués Carlos Espinosa de los Montero, a la sazón Alto Comisariado del Gobierno de la Marca España.

El encuentro, el tercero que se celebra, ha tenido lugar unos meses después de la publicación de un artículo por miembros de FECYT que no sentó nada bien en buena parte de un colectivo en el que siete de cada 10 querrían volver a España si tuvieran aquí algún futuro y  en el que la mayoría asegura que la ciencia que hacen no es española, sino del país que se la paga. Así, en su comunicado final huyen del slogan ‘Marca España’, desmarcándose así de un mensaje que estuvo ‘flotando’ en los discursos de las instituciones.

Carmen Vela, secretaria de Estado de I+D+i en la Fundación Ramón Areces. @RosaTristan

Y es que la cuestión a dilucidar es quiénes son los diplomáticos científicos: ¿los investigadores que han dejado España, muchos por falta de oportunidades, o personal especializado en el cuerpo diplomático para atender sus necesidades en el extranjero? Del encuentro, quedó claro que para las asociaciones, que representan a unos 3.500 científicos, “los científicos e investigadores no se identifican como diplomáticos”. Eso no quita que por su trabajo no creen lazos entre países y sean un elemento más de la llamada ‘diplomacia científica’, concepto que viene del mundo anglosajón, donde hay auténticos ‘lobbies’ científico en el cuerpo diplomático. En el caso de España, las asociaciones considera fundamental “la necesidad de mayor transparencia y mejor flujo en la comunicación· con las instituciones” que la que ha habido hasta ahora y saben que tienen mucho que aportar, evidentemente si se les hace caso. De ahí a ser ‘embajadores’ de la ciencia española va un mundo para la mayoría.

Vela, en su intervención señaló la necesidad de aumentar las inversiones en ciencia, y señaló:”Queremos favorecer la movilidad del talento, estar cerca de nuestros investigadores que están fuera de nuestras fronteras y aprender de ellos, que es mucho lo que saben”, un guiño a las asociaciones que si recogieron ese último guante: “Somos elementos esenciales en diplomacia científica”, señalan, pero una diplomacia que en su opinión, debe ser siempre “abierta, multidireccional y basada en el respeto y la transparencia”.

Algunos aún recuerdan cuando se dijo que eran una ‘leyenda urbana’. Aquella frase dió lugar a una campaña que visibilizó a miles de investigadores fuera de las fronteras (sólo en el CERN trabajan entre 300 y 400).

En el evento, Espinosa de los Monteros, de ‘Marca España’, se centró en destacar  lo importante que es tener buena imagen y destacó que España es líder en I+D en energías renovables o ciencia aeroespacial, si bien ambos son sectores muy dañados por los recortes presupuestarios del Gobierno. Sin olvidar que el PP fue el único partido que no firmó la propuesta de un Pacto por la Ciencia, donde se abordaba la sostenibilidad del sistema científico.

Pablo Lanillos, portavoz de CERFA.

Para las asociaciones, el encuentro sirvió fundamentalmente para fortalecer el diálogo entre científicos e instituciones públicas o privadas “para que una diplomacia científica robusta revierta en una mejora de las condiciones para los científicos en España y en el exterior, así como para la competitividad de España en I+D.10 de septiembre de 2017”, como señalan en el comunicado consensuado, y también  para consolidar una “Red de Científicos Españoles en el Exterior” como organismo interlocutor . Esta red tiene como objetivos mejorar las condiciones de los investigadores españoles dentro y fuera e impulsar investigación de calidad en este país y potenciar las colaboraciones internacionales. “CERFA (en Alemania) acudimos porque queríamos dialogar, dejar claro que no queremos que nos utilicen pero que podemos colaborar porque nosotros surgimos, fundamentalmente, para dar apoyo a los científicos en el extranjero y mejorar sus condiciones”, apunta Pablo Lanillos, portavoz de esta  asociación.

Entre las posibilidades que pueden aportar señala las siguientes: “Partiendo de que hay quienes no quieren volver, pero otros sí, ahora como Red tendremos una voz para asesorar a las instituciones en ese sentido, dado que conocemos los modelos de investigación en otros países.  Y no queremos ser diplomáticos, sino participar de ello. Un paso importante sería tener una persona en todas las embajadas, un coordinador científico, que fuera nuestro interlocutor. De momento sólo hay en tres (Alemania, Gran Bretaña y EEUU), ahora en dos a la espera de una reposición en EEUU. Fuera hay un descontento generalizado sobre la política científica española, porque  no puede tener buena imagen si no hay financiación. Pero podemos aportar para la construcción científica en este país, en soluciones para el retorno. Para ello hubiera sido importante que estuvieran también las organizaciones que hay en España”, señala el miembro de CERFA.

Desde ECUSA (Estados Unidos) también defienden la figura de los coordinadores científicos en las embajadas: “Esto nos ha permitido establecer colaboraciones para la organización de eventos como los encuentros bi-anuales de científicos españoles en EEUU o sesiones de información sobre centros de investigación en España para aquellos interesados en volver”, señala su presidencia a preguntas de este medio.

Como otras asociaciones, defiende su independencia “política e ideológica”  y apuesta porque se cuente con los científicos, de dentro y de fuera, como asesores para mejorar el sistema científico, a la hora de elaborar documentos que tengan un impacto en la carrera investigadora.

Estrella Luna, presidenta de CERU (Reino Unido) también cree que pueden aportar “las experiencias adquiridas en los países de destino”. “Por ejemplo, nosotros desde el Reino Unido podemos aconsejar en la elaboración de una carrera investigadora bien definida y con ‘puntos de escape’ del sistema académico exclusivo, políticas de género y conciliación, organización de las instituciones científicas, de la financiación, etcétera.

Hay muchos matices y experiencias, pero en general los científicos españoles en el Reino Unido estamos financiados por fondos no españoles, por lo tanto, una mayoría no se siente identificado con el concepto de ‘Marca España”, concluye Luna.

Desde ECUSA, precisan que esa experiencia, que puede aumentar la competitividad de España, podrían centrarse en la introducción de protocolos para la transferencia tecnológica y de conocimiento y el desarrollo de colaboraciones a nivel internacional. Y añaden que en Estados Unidos ya han desarrollado dos programas de mentorazgo (formación) que trasladan las lecciones aprendidas en el extranjero a personas que están en España y que ayudan al intercambio bi-direccional de estos científicos”.

El mensaje final parece claro: colaboremos, pero no nos utilicen.

Neandertales junto al ‘Torrente del Mal”


Hallan restos de dos neandertales, un niño y un adulto, en la Cova de Teixoneres de Cataluña

Cova de les Teixoneres . @IPHES

ROSA M. TRISTÁN

La historia de las Cuevas del Toll (‘charco’, en catalán), en el municipio barcelonés de Moià, está plagada de misterios. En una de ellas, la Cova de Teixoneres, que no es otra cosa sino ‘cobijo de tejones’, han encontrado restos de al menos dos neandertales, uno de ellos una criatura de tres o cuatro años, que aún no se sabe si fueron allí enterrados u objeto de un festín caníbal. En otra, la Cova del Toll propiamente dicha, hay tantos restos de osos de las cavernas que los investigadores aún no saben cúantos son, aunque si que han averiguado que algunos fueron también menú de algún banquete, quien sabe si de los mismos neandertales que esporádicamente ocupaban la caverna vecina. Esta campaña, un nuevo fósil de neandertal, un diente, el segundo hallado en tierras catalanas y en la misma cueva Teixoneres, ha reconfirmado, por si hacía falta, que el proyecto científico de Moià tiene futuro y que queda mucho trabajo para dar respuesta a las incógnitas que surgen a cada golpe de piqueta.

Canino superior de un niño neandertal de hace 52.000 años. @IPHES

El director del proyecto, el arqueólogo Jordi Rosell, el Instituto de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), no disimula su entusiasmo con los trabajos en unos yacimientos que pueden aportar mucho al conocimiento de la especie extinta hace unos 30.000 años, lugares que tienen una historia científica con tantos altibajos como la investigación en nuestro país.

Y es que las cuevas llevaban mucho tiempo ocultas en un frondoso bosque, sobre el mencionado Torrente del Mal, riachuelo que -explica Rosell- seguramente debe su nombre  a las múltiples leyendas de magia y brujería que siempre hubo por la zona. En los años 40 del pasado siglo, esa época de la postguerra en la que la que los chavales de los pueblos tenían pocas distracciones y mucho trabajo duro en los campos, una pandilla se entretenía buscando cuevas cerca de su pueblo, cuando encontraron la del Toll, gracias al agujero por el que salía el agua del río.

Adentrándose en ella más de un kilómetro, su sorpresa fue mayúscula cuando se toparon con dos ollas de cerámica del Neolítico. Aquel descubrimiento les animó a seguir investigando y no tardaron en dar con un tapón de arcilla que había cerrado la entrada a una gran galería. Allá por 1954, a base de pico y pala, se logró abrir la boca de la cueva, a la vez que aparecían no sólo más restos de cerámica sino también los de un muerto primitivo y los de numerosos osos de las cavernas que habían escogido ese recóndito lugar para hibernar.

Fue entonces cuando el profesor Josep Fernández Villalta y otros expertos, señalaron la necesidad de hacer unas catas científicas. De hecho, la Cueva del Toll fue uno de los yacimientos presentados en el congreso de la UISPP en 1957, pero después se cerraron y cayeron en el total olvido hasta los años 70. Pero por poco tiempo. En esa década, entre 1972 y 1073, tan sólo unos arqueólogos franceses se acercaron al lugar  para excavar sus niveles neolíticos, tras lo cual volvieron a cerrarse. Para mayor desastre, en 1982, una inundación interior del río dañó las catas de los 50. Aún así, no sería hasta 1998 cuando un arqueólogo se interesó por el lugar y el Ayuntamiento de Moiá decidió aprovechar las cuevas para hacer un Parque Arqueológico. Habían pasado más de 40 años de abandono  cuando, con ese fin, en 2003 aterrizó en ellas un equipo del IPHES para iniciar las primeras excavaciones sistemáticas.

Molar superior de adulto encontrado este año. @IPHES

“En 2016 encontramos el primer diente de un niño neandertal, y este año otro más y una muela de un adulto, todos de hace unos 40.000 años. Pero lo interesante es descubrir cómo ocuparon esta zona tanto ellos como los osos de las cavernas, pues son los yacimientos más ricos de la Península en esta especie de plantígrado y la población que se ha encontrado de ellos más meridional”, explica Rosell, que codirige el proyecto con Ruth Blasco.

En un viaje al pasado, la Cueva de Teixoneres nos habla de dos momentos diferentes. Primero, hace entre 35.000 y 45.000 años, de un lugar al que los neandertales acudían a finales de la primavera o comienzos del verano. Por la zona solían moverse pequeñas partidas de caza, se hacían con  sus presas, curiosamente muchas piezas de ejemplares jóvenes o de hembras preñadas, y luego dentro de la cueva las asaban al fuego: hay un tremendo revoltijo de huesos de ciervos, uros, caballos o corzos en los hogares. Algunos son fetos. “Sabemos que traían la materia prima para sus herramientas, el sílex, de lugares a más de 30 kilómetros, desde la costa hacia el interior. Paraban, comían y se iban. No se quedaban”, señala Rosell.

Herramientas de neandentarles, con diferentes materiales. @IPHES

Pero los investigadores siguieron profundizando… y ahora ya están en un nivel de hace 52.000 años. En aquel entonces, los habitantes neandertales de la caverna si eran autóctonos, usaban el cuarzo que hay en los alrededores y  habitaban con mucha frecuencia el refugio junto al ‘Torrente del Mal” en un gran espacio: el yacimiento tiene más de 400 m2  y la zona que habitaron fue de unos 100. Es allí donde el pasado año apareció el primer diente de leche de una criatura humana. “Pensamos que debe estar todo el niño pero son huesos tan pequeños y rotos, y tan mezclados con otros, que es difícil distinguirlos de los otros animales”, reconoce el arqueólogo. José María Bermúdez de Castro, investigador del CENIEH y experto mundial en dientes, les dejó claro que la pieza era infantil pero que no se había caído, como el común a esas edades, sino que había sido arrancada.

De momento, tienen tres hipótesis de trabajo: una, que aquello fuera un cubil de hienas (que lo fue también) y el niño o niña fuera devorado por uno de estos carnívoros, si bien es poco probable porque las hienas buscan la oscuridad y se halló cerca de la entrada; la segunda, que fuera un enterramiento neandertal; y la tercera, que fuera un acto de canibalismo: los neandertales se comieron al niño como a los otros animales. “Aún es pronto para saberlo pero estamos intentando identificar más fósiles humanos con técnicas modernas”, apunta Rosell.

Cuevas del Toll, parte visitable. @Patronato del Museo de Moià

En la campaña de Agosto de este año, mientras las autoridades de Moià ofrecían un refrigerio a la treintena de personas que excavaban en las cuevas, y celebraban el hallazgo de otro diente de niño (posiblemente del mismo, pero no se sabe), unas jóvenes se acercaron radiantes con otra pieza dental entre sus dedos: un molar de un homínido neandertal adulto, hallado a escasa distancia de los anteriores. “¡Imagina la alegría general! Ya tenemos al menos dos individuos, los únicos neandertales encontrados en Cataluña en una excavación sistemática”.

Al mismo tiempo, en la Cueva del Toll también se trabaja con intensidad cada verano. Las cerca de 30.000 personas que cada año se acercan a conocerla -fue acondicionada con este fin- no interfieren en las excavaciones de un lugar que acoge espectaculares fósiles de osos de hace unos 50.000 años, pero en el que, además, han hallado herramientas musterienses y huesos con marcas que indican que los vecinos neandertales no hacían ascos a su carne. ¿Aprovechaban cuando estaban hibernando para matarles a lanzazos? ¿Carroñeaban los osos que morían en el lugar? De momento son algunas de las preguntas pendientes de respuestas.

Ahora toca restaurar lo encontrado, clasificarlo y estudiarlo. Todo indica que los alrededores del ‘Torrente del Mal” no eran mal lugar para los neandertales.

Tu ‘forro polar’, un peligro para los océanos: las microfibras


ROSA M. TRISTÁN

En los mares de la Tierra aparecen nuevas islas ‘artificiales’, grandes extensiones hechas con pedazos de plásticos diminutos, incluso microscópicos, que cambian de lugar y que acaban transformando a los organismos vivos que los ingieren. Se calcula que cada segundo 200 kilos acaban en los océanos, una cantidad que ha aumentado hasta un 450% en tan sólo medio siglo y, lo más preocupante, que no deja de incrementarse debido a las microfibras de la ropa o las microesferas de los cosméticos. Acabar con ellas es un reto pendiente para la ciencia y no seguir abusando de su uso el objetivo pendiente de la Humanidad.

@Discovery

Habitamos un planeta en el que el 23% de la población vive cerca de mares de los que, en buena medida, depende para su alimentación. Sin embargo, ese masa de agua que ocupa el l 75% de la superficie terrestre en el último siglo han sufrido una transformación insospechada. Recientes estudios científicos estiman que cada año ocho millones de toneladas de plásticos acaban en los océanos, y que el 80% proviene de tierra, cifras que no son fáciles de probar. El ser humano ha encontrado en el plástico la bicoca de un material resistente al paso del tiempo que, sin embargo, ha convertido del consumo de ‘usar y tirar’. De momento, según los científicos consultados por Estratos, la única solución factible pasa por reducir la cantidad de los vertidos mediante la concienciación ambiental, pues las alternativas factibles o no dan abasto o requieren desarrollos tecnológicos que están muy lejos en el horizonte.

Salud Deudero.

Así lo defiende, entre otros investigadores, la bióloga Salud Deudero, del Centro Oceanográfico de Baleares, que lleva muchos años navegando por uno de los mares más contaminados del planeta, el Mediterráneo. “En realidad, ni siquiera sabemos con exactitud la cantidad de fibras micro-plásticas que hay, pues lo que hacemos los investigadoes son muestreos que se extrapolan, pero lo de lo que no hay duda es que los polímeros del petróleo están en todos los lados, desde los polos a las aguas profundas, en los sedimentos. No hay un lugar en la Tierra libre de esta contaminación”, asegura.

El impacto más evidente tiene que ver con envases de plástico, desde botellas a bolsas. Ya antes de degradarse hasta convertirse en pequeñas partículas, acaban con la vida de seres como las tortugas marinas -que los confunden con medusas o se enredan entre ellos-. Cada año se calcula que mueren 300.000. Este tipo de residuos se están convirtiendo en grandes acumulaciones en costas y playas paradisíacas de Senegal, Haití o de la India, donde no existen sistemas de recogida. “Todos los productos envasados que nos llegan acaban en los ríos y el mar. Aquí no hay sistemas de reciclaje ni educación ambiental por falta de recursos, y los envases nos colapsan los sistemas de alcantarillado, generando inundaciones”, reconoce a ESTRATOS el responsable de Medio Ambiente en el sudeste de Haití, Pierre Debrousse.

Playa en Jacmel (Haití). @Rosa Tristán

Con todo, es el plástico ‘menos visible’ el que más preocupa hoy a muchos investigadores, las ‘micro-fibras’ y ‘microesferas’ de polietileno, polyester (PET), polipropileno (PP) o cloruro de polivinilo (PVC), partículas tan diminutas que las depuradoras no son capaces de detectarlas, y tan persistentes que han acabado formando cinco grandes islas de basura, en su mayor parte microscópica, que navegan a la deriva por el Pacífico (2), el Atlántico (2) y el Índico (2). “También las hemos visto en el Mediterráneo, pues las corrientes tienden a concentrarlos en algunos puntos y ni siquiera conocemos bien cuánto tiempo perduran. A veces, lo calculamos por la fecha que pone en una etiqueta, pero ¿cómo saberlo en un micro-plástico?”, señala la bióloga, quien ha publicado en la revista Marine Pollution Bulletin un estudio que identifica efectos de estos materiales en 137 especies.

El origen de estas pequeñas partículas, que no miden más de un milímetro de diámetro, no sólo está en la desintegración -debido a las mareas, los rayos ultravioletas o las olas- de los residuos visibles, que pueden tardar en degradarse de meses a cientos de años, sino también en muchos productos de uso cotidiano que ya, desde su fabricación, utilizan microfragmentos de este material. Son los cosméticos, los detergentes, los dentríficos y también la ropa sintética. Basten dos ejemplos para hacerse idea de su volumen: una crema ‘peeling’ para la piel puede contener más de 150.000 micro-perlas plásticas -lo que se puede probar en casa cogiendo una pequeña muestra, agitándola con agua y colándola a continuación- y un único forro polar libera en cada lavado hasta 1.900 partículas de fibra. Todo ello puede acabar en el estómago de una ballena, como probó en 2015 Mark Anthony Browne, de la Universidad de New South Wales (Australia), dada su capacidad para mezclarse con el placton que es la base de su alimento.

Mark Anthony Browne, recogiendo muestras en la costa americana.

Browne determinó el impacto que tiene nuestra ropa después de visitar 15 playas en los cinco continentes para muestrear la arena. Descubrió que en las zonas más cercanas a las depuradoras había un 250% más de micro-plásticos que donde no había vertidos, y que la mayoría eran partículas de polyester (56%) y acrílico (23%). Teniendo en cuenta que la industria textil transforma cada año 70 millones métricos de fibras en 400.000 millones de metros cuadrados de tela -con las que se hacen unos 15.000 millones de prendas de vestir-, las islas flotantes de nylon no tienen visos de desaparecer a corto plazo. “En este estudio comprobé que eran seis veces más abundantes en número que la gran basura plástica, como son bolsas, botellas o envases”, ha señalado Browne en artículo en The New York Times, en el que reclama más responsabilidad a las autoridades y las empresas para limitar este tipo de desechos. De momento, el Congreso de Estados Unidos es el único que ha dado un primer paso, al prohibir en enero de 2016 la utilización de las microperlas. De las micro-fibras, de momento, no se habla.

También en el estrecho de Vancouver (Canadá-Estados Unidos), el biólogo Peter Ross detectó en 2014 hasta 9.200 partículas de plástico en cada metro cúblico de agua marina, no lejos del lugar por donde pasan las ballenas. “Zooplancton que las ingiere, a su vez, es el alimento de muchos peces, como el salmón y de mamíferos marinos, para las que son un grave riesgo porque pueden bloquear su intestino o genera la lixiviación de sustancias químicas en su cuerpos”, afirma en la presentación de su trabajo.

Isla artificial de plásticos en el Pacífico detectada en junio de 2017. @UNAM

En España, incluso Parques Naturales como la Isla de Cabrera, que lleva décadas protegida como reserva integral, han sido ‘colonizados’ hasta los sedimentos marinos, como ha comprobado Daudera con sus investigaciones. “El peligro añadido es que es un material al que, por sus características químicas, se adhieren bacterias, virus y otros compuestos tóxicos, incrementando el daño que causa a los ecosistemas”, apunta la investigadora balear.

En los últimos años, abundan los estudios que ya han probado los cambios biológicos generados en peces y mariscos: en el Mediterráneo, Daudera y otros colegas compilaron trabajos europeos sobre la interacción con el plástico de 17.334 ejemplares de 134 especies diferentes, detectado el grave peligro de su ingestión, variable según la especie; en el Mar del Norte se han visto micro-plásticos en el intestino del 5,5% de los peces (Rummeel et al. 2016); en el Pacífico Norte, ya están contaminados el 9,2% (Davison y Asch, 2011) y también lo están los organismos de los mejillones o en las ostras del Atlántico (Cauwenberghe y Janssen 2014).

“No es fácil determinar qué cambios biológicos generan porque hay otros muchos factores que pueden influir y hacen falta más”, reconoce Salud Deudero. La alternativa ha sido realizar estudios de laboratorio, cuyas conclusiones no son halagüeñas. En un ensayo con lubinas realizado en Francia por David Mazurais, se probó que la mitad de los peces contaminados sufrían alteraciones intestinales; otro trabajo sobre el cangrejo común de mar ha determinado que al ingerir plásticos eclosionaban menos huevos; y también se ha visto que estos compuestos provocan la perdida de energía en gusanos ‘Arenicola marina’, un pequeño ser vivo fundamental porque remueve el sedimento oceánico.

Si estos cambios tienen lugar con esos ocho millones de basura plástica que echamos a los mares al año ¿hasta cuando podrán soportar los océanos el reinado de este material? ¿Cómo eliminar las microfibras de los jerseys sintéticos antes de que se incorporen a la cadena trófica?

El problema ya está sobre la mesa, pero las soluciones tecnológicas van lentas. En Estados Unidos, las empresas que venden ropa deportiva para el aire libre apenas han comenzado a recopilar información sobre su impacto ambiental; tampoco las de electrodomésticos parecen mostrar interés por el desarrollo de máquinas que eviten estos ‘microvertidos’, centradas como están en el ahorro de agua y de electricidad. Y las depuradoras capaces de detectarlos, aún son muy costosas.

Otro tipo de soluciones son las científicas, como la del hongo que ‘come’ plásticos parecen poco realistas: “Es tan poco el material que son capaces de depredar que no darían abasto”, afirma Decausa. De momento la única solución pasa por la sensibilización y la reducción del consumo, algo en lo que coinciden los científicos de todo el mundo con las organizaciones ecologistas. “En países en desarrollo no hay normas, ni conciencia social que impida que tiren su basura plástica a ríos y mares, pero aquí si la hay y no somos conscientes de que generamos microfibras continuamente, cada vez que lavamos o usamos una crema.

 

El ojo electrónico que `ve´ un garbanzo en la Luna


España ‘estrenó’ en junio uno de los microscopios más potente del mundo

José A. Calvet en el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Ver un garbanzo en la Luna y, además, determinar de qué está compuesto. Esta es la resolución que puede llegar a alcanzar el microscopio electrónico JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, el gigante que desde junio pasado está en acción en Madrid y que es uno de los tres que existen en el mundo. Su puesta en marcha ha abierto a los investigadores un sinfín de posibilidades para los estudios de materiales. Es capaz de “ver”, con una resolución de 0,5 Angström (A) -la diez mil millonésima parte de un metro-, lo que ocultan sus átomos.

Con esa facultad de hacer visible lo que no lo era hasta hace poco, no sólo es posible mejorar cualquiera de los materiales sólidos existentes, sino también crear otros que incluso permitan levitar a objetos tan grandes como un tren, mejorar las baterías de los móviles que llevamos en el bolsillo o descubrir con qué arcilla exactamente pintó Diego de Velázquez sus cuadros, de forma que puedan restaurarse con el mismo tinte que utilizó su autor hace más de cuatro siglos.

El JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es de tecnología japonesa, pero con una configuración diseñada en España. Todavía hoy los técnicos del país nipón visitan este país de vez en cuando para realizar unos últimos ajustes que mejoren sus capacidades, si bien lleva ya unos meses disponible para su uso científico. Sólo tres personas en su sede, el Centro Nacional de Microscopía Electromagnética (CNME), en el campus de la Universidad Complutense de Madrid, conocen perfectamente su complejo funcionamiento y aunque la demanda de su servicio va aumentando lentamente, aún es un gran desconocido para muchos de sus potenciales clientes, públicos y privados.

Este instrumento, que mide las distancias entre los átomos, es tan sensible a cualquier mínimo cambio ambiental que se encuentra dentro de una especie de ‘jaula’ para impedir que le afecten las inapreciables vibraciones del Metro, una de cuyas líneas pasa justamente por debajo del centro; también se mantiene su temperatura estable gracias a unos equipos acondicionadores especiales en sus paredes y en la puerta, justo antes de entrar en la sala, hay que pasar por unas alfombrillas atrapan las motas de polvo de las suelas de los zapatos. Nada puede interferir en la tarea de una herramienta que costó, en total, nueve millones de euros y que se encuentra en el exclusivo grupo de las 29  Instalaciones Científico-Tecnológicas Singulares (ICTS) de España.

El desarrollo de la tecnología del JEOL JEM GRAND ARM 300 cF, a principios de este siglo, supuso un salto fundamental en la microscopía electrónica mundial, que se encontraba estancada desde hacía más de una década. Aún hoy, tan sólo hay otra herramienta como ésta en marcha en el mundo, en concreto, en Dresde (Alemania), y otros dos se encuentran en instalación, en Tokio (Japón) y Berkeley (Estados Unidos). Otra empresa alemana, Thermo, también ha puesto en el mercado equipos similares, si bien no alcanzan la precisión de un JEOL.

“Si Ramón y Cajal levantara la cabeza, no creería lo que somos capaces de ver con este microscopio, pese a que el fondo el mecanismo se basa en el mismo principio que el suyo: un haz de electrones que pasa por un objetivo”, explica el físico José Antonio Calbet, director y artífice de esta instalación en la UCM. “Si nuestro Nobel veía neuronas, aquí somos capaces de observar átomos y también la distancia que les separa. Es el equivalente a que una persona se pusiera a 10 kilómetros de nosotros con una cerilla en cada mano en mitad del desierto y distinguiéramos las dos pequeñas llamas. Antes de este JEOL sólo se vería una luz. Esta resolución no se ha podido alcanzar hasta que no se han corregido las distorsiones de las lentes electromagnéticas, ahora incluso podemos diferenciar los elementos más ligeros y pequeños de la tabla periódica”, explica Calbet. “ Es un cambio fundamental porque si queremos ver las propiedades de un material determinado hay que saber cómo están colocados sus átomos, y no sólo verlos”, argumenta el director del CNME.

Efectivamente, los investigadores que acuden al CNME ya pueden observar cada uno de los átomos de sus muestras, saber a qué elemento de la tabla periódica corresponden y observar los defectos que hay en sus cadenas. En definitiva, conocer para poder transformar, mejorar o crear. “Si comprendes un defecto o propiedad en la materia puedes averiguar si es perjudicial o justamente lo que le otorga una característica determinada para un fin. ¿Y cómo lo vemos? En realidad, el microscopio electrónico nos mide los electrones que rebotan en la materia, la energía que sale despedida de los átomos. Es una cantidad que varía según el elemento de que se trate. A menos longitud de onda de los electrones, más resolución se obtiene”, apunta el experto.

Hoy no hay otra tecnología que alcance este nivel de precisión, ni siquiera los rayos X: “Los rayos X también permiten ver distancias entre átomos, pero necesitan que el sólido a observar tenga sus átomos ordenados por debajo de los 70 Angström de resolución, porque en otro caso no los distingue. Sin embargo, este microscopio si los ve y podemos obtener información a nivel muy local, además de la información de su estructura en un plano medio”, señala Calbet.

La historia de este centro ICTS está muy ligada a su persona. Hasta que se propuso la apertura del CNME, en 1988, en España casi todos los microscopios electrónicos de gran potencia estaban instalados en los hospitales y se dedicaban a la Medicina. Tan sólo había alguno con el que trabajar con materiales inorgánicos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ese año, junto a un grupo de profesores de la Facultad de Física, Calbet propuso a la Complutense tener sus propios microscopios para el estudio de materia no orgánica. “Primero compramos un microscopio de 400.000 voltios, con una resolución de 1, 7 Angströms, que era lo máximo que existía entonces y que en la potencia que se quedó estancada la tecnología durante más de una década”, recuerda.

Cabe recordar que los microscopios electrónicos se conocen desde los años 30 del siglo XX. Fue el checo Ernest Ruska el primero en desarrollar lentes electrónicas, por lo que acabó recibiendo el Premio Nobel en Física en 1986. Durante décadas, estos instrumentos fueron haciéndose más precisos por el expeditivo método de aumentar su voltaje (a más voltios, más electrones y menos longitud de onda entre ellos, por lo tanto más calidad de imagen), hasta que llegó un momento en el que ya no se mejoraba la resolución, debido a las distorsiones de la propia lente.

Tras un periodo de estancamiento, a principios del siglo XXI la tecnología comenzó de nuevo a avanzar, con el desarrollo en Japón y Alemania de correctores capaces de subsanar esas anomalías. Se descubrió que al colocar unos imanes a ambos lados de las lentes, se generan campos magnéticos que eliminan las distorsiones. Gracias a ellos, hoy es posible ver las mencionadas resoluciones de 0,5 Angström donde antes se llegaba a 1,7. Es decir, ya es posible ver desde la Tierra el equivalente a un garbanzo sobre la superficie de la Luna. Y, además, con tal precisión que se observan las columnas de átomos, ya sean grandes o pequeños, en su lugar exacto.

Por todo ello, cuando en el año 2005, la Fundación de Ciencia y Tecnología (FECYT) preguntó a los científicos españoles cuáles eran sus necesidades tecnológicas, aprovechando los fondos FEDER disponibles, Colbet no tuvo dudas: quería uno de esos nuevos microscópicos electrónicos de sorprendente resolución atómica que se estaban desarrollando y situaría al CNME en un centro puntero en el mundo. Hay que señalar que, en principio, la condición para acceder a los nueve millones de euros de inversión que suponía la instalación, pasaba por una cofinanciación entre el Gobierno y la Comunidad Autónoma de Madrid, algo a lo que ambos se comprometieron, si bien ésta última se ha terminado desmarcando. “Lo propuse porque era consciente de que sería un avance muy importante para los científicos en este país. Los problemas con la cofinanciación lo retrasaron, pero finalmente, sin apoyo de la Comunidad, se hizo la petición en 2012 y en abril de 2016 se hizo realidad”, recuerda el director del CNME.

Un paso importante fue decidir qué modelo comprar: el de los japoneses de JEOL o el de la empresa Thermo (antigua Philips), del entorno europeo-americano. “En realidad, había una carrera entre ambas empresas por lograr la ultra-alta resolución antes que la competencia y llegar a estos 0,5 Angström, pero el primer microscopio comercial que los garantiza es el que tenemos aquí, el japonés JEOL, que es el que ex cogimos. Es más, incluso hemos llegado a alcanzar resoluciones de 0,45”, señala Calbet mientras muestra en la pantallas del ordenadores algunas de las sorprendentes imágenes capturadas por el “gran ojo”. En concreto, un ‘nanohilo’ con átomos de lantero, estroncio y maganeso enviado desde París para que analicen sus propiedades de cara a su utilización en cabezales de discos duros de ordenadores.

Paralelamente a la petición del CNME, en Aragón otro grupo de científicos conseguía fondos suficientes de su comunidad autónoma para montar el otro gran microscopio electrónico de España, el Laboratorio de Microscopías Avanzadas, en Zaragoza, también otra de las escogidas ICTS. En su caso lo adquirieron en la empresa europea Thermo y está más centrados en investigaciones de electromagnetismo, por lo que Calbet asegura que su trabajo es complementario al de CNME. Asimismo, hay algunos microscopios electrónicos más en el País Vasco de gran potencia, pero no alcanzan la del JEOL japonés.

En realidad, al visitar la instalación de Madrid se comprueba que el JEOL JEM GRAND ARM 300 cF es tan sólo la mejor pieza de un complejo compuesto por dos piezas, que son dos microscopios con correctores de aberraciones. Si el JEOL corrige las anomalías de la lente del objetivo (que es la que toma la imagen), el que hay en la sala vecina -el JEM ARM200c- tiene instalado otro corrector para su lente condensadora de la luz. Juntos hacen un tándem hoy difícil de superar: “Si el JEOL es un microscopio que nos permite obtener la información cristalográfica con resolución atómica, el JEM nos da la información de sus composición con resolución atómica porque es de barrido. Podríamos haber puesto los dos correctores en un solo microscopio, pero entonces no pueden funcionar los dos a la vez, así que pensamos en este diseño con un corrector en cada uno”, precisa Almudena Torres, técnica especialista en su manejo.

En la actualidad, en el centro trabajan 10 personas, como ella, casi todos técnicos de alto nivel, si bien según su responsable deberían ser más para sacar el máximo provecho a la instalación. “El problema es que ahora no tenemos mecanismos de contratación de investigadores. Al estar en la universidad, la opción son oposiciones a profesores o contratos de técnicos de nivel básico, así que sólo tres personas tienen capacidad para manejarlo, pero sacamos un gran provecho”.

Ya antes de contar con estas nuevas herramientas, el CNME tenía una media anual de 850 grupos de investigación que requerían sus servicios, unas cifras que, previsiblemente, irán en aumento. “Es el segundo equipo montado en el mundo. Aunque lleva poco tiempo en España, apenas unos meses, ya han recibido peticiones de Francia, Holanda, Suecia y otros países, casi siempre a distancia. Nos envían sus muestras y les enviamos los resultados. Esta instalación abre infinitas posibilidades”, concluye Calbet.

 

CSI LAS VEGAS, BAJO LA LUPA ELECTRÓNICA

 

Entre las peticiones que llega al Centro Nacional de Microscopía Electrónica, hay algunas tan curiosas que los investigadores se sienten como si estuvieran en la sede de CSI Las Vegas. Han recibido muestras de la Policía y la Guardia Civil, interesada en que analicen suelos relacionados con delitos, del Museo del Prado, para que averigüen el origen de las arcillas de cuadros de Velázquez, y poder restaurarlos con el material más parecido al original; de componentes óxidos de los que se utilizan en los cabezales de los ordenadores, relacionadas con la catálisis de los motores diésel para rebajar sus emisiones contaminantes; de diminutos insectos amazónicos, en los que la diferencia entre una especie u otra es imposible de observar a simple vista porque depende de los pelos de una pata; de fósiles… Un sin fin de opciones que mantienen activos sus 11 microscopios actuales.

Ahora, el futuro pasa por poder bajar el voltaje para poder manejar material orgánicos sin que se deteriore y mayor rapidez de espectroscopia. “Se están diseñando microscopios a 15 megavoltios de gran precisión para que se pueda manejar material orgánico. Esa va a ser la siguiente revolución en este campo”, asegura Torres.

 

Reportaje publicado en ‘Estratos’ 117 

Los neandertales de Atapuerca, entre “Fantasma y Estatuas”


Yacimiento de Cueva Fantasma, en tareas de limpieza previas a la excavación. @Rosa Tristán

ROSA M. TRISTÁN

Llegar a media mañana a la Sierra de Atapuerca, en plena campaña de excavación, es coincidir con el momento en el que los equipos de todos los yacimientos se reúnen en un descanso que aprovechan para ponerse al día de las primeras novedades de la jornada. Es un buen momento para comentar, entre un café y un bocadillo, el último hallazgo en cualquier punto de la sierra, salvo el Mirador, cuyo enclave está lejos para aprovechar el refrigerio.

Este pasado 22 de julio justo entraba a la Trinchera en ese momento y llevaba el objetivo bien claro: conocer la nueva Cueva Fantasma, llamada así porque realmente su aspecto hoy no es el de una cueva así que, aunque presentían que existía, no la encontraban. Eudald Carbonell ya me había enseñado el año pasado los inicios de los trabajos en ese lugar situado justo encima de la Gran Dolina, otra grande y famosa cueva, lugar de tantos hallazgos importantes para la evolución humana, pero fue después de irme cuando encontraron el fragmento de un cráneo que, por su cronología, debe ser de un neandertal, aunque no se ha confirmado.

Este año ha pasado lo mismo: el último día de excavación, apenas 48 horas después de mi visita, han encontrado otro fósil de neandertal de hace 50.000 años, en este caso un hueso de un pie,  y ha sido en la Galería de las Estatuas, un yacimiento situado al final de la Cueva Mayor en la que un equipo los buscaba desde hace años y que también visité en una ocasión. El hallazgo tuvo lugar en el lugar donde se lavan los sedimentos,  en las orillas del río Arlanzón, donde el equipo dirigido por Gloria Cuenca los criban para que nada escape, mucho menos un hueso de un homínido por pequeño que sea.

Falange de un pie de neandertal hallado en Galería de las Estatuas. @Javier Trueba

Los neandertales eran las piezas que faltaban en Atapuerca para tener completa en la sierra burgalesa toda la historia de la evolución  humana en Europa desde hace 1,2 millones de años hasta nuestros días. “Estamos convencidos de que sus restos aparecerán antes o después. Tenemos sus lugares de asentamiento, sus herramientas. El yacimiento de Fuente Mudarra era un taller al que iban a hacer utensilios de piedra. Sabemos que estaban y los encontraremos”, me han repetido los codirectores a lo largo de los últimos 15 años. Ahora, hay dos yacimientos que seguramente los tienen, el ya confirmado de Galería de las Estatuas y  Cueva Fantasma, donde todo indica que también proporcionará piezas del puzzle neandertal.

Precisamente, tal como quería, Cueva Fantasma fue lo primero que visité después del refrigerio en esa mañana. Su apariencia, para mi sorpresa, es muy distinta a la que recordaba del año anterior. Ante mis ojos había una gran extensión de terreno a cielo abierto, en la que ya en las primeras tareas de limpieza superficial en apenas un mes habían encontrado una gran cantidad de fósiles. Es una nueva mina para excavar durante decenas de años: 12 metros de sedimentos que está en el nivel más alto de las galerías que socavan la sierra. “Si queríamos encontrar neandertales, este es un lugar adecuado por su cronología. El año pasado, entre los restos de limpieza, ya encontramos un trozo de cráneo que seguramente pertenece a esta especie, aunque hay que excavar para confirmarlo”, explicaba Carbonell ante el yacimiento.

En el interior, Ana Isabel Ortega y otros compañeros barrían, con cepillo y recogedor, llenando cubos de tierra de los restos de la antigua cantera. Justo encima de su cabeza, ya asomaba un palimpsesto, todo un amasijo de huesos fosilizados (bóvidos, caballo, quizás de ciervos… ). “Ven a verlo de cerca”, me dijo. Es el tipo de invitación que no se puede rechazar, así que en esa primera parada en Atapuerca acabé junto a un montón de fósiles que aún no se sabe cómo allegaron ahí, ayudándola a cargar y vaciar los cubos. “Esto de trabajar en un yacimiento en Atapuerca no lo habías hecho aún”, me comentaba mientras me iba describiendo el lugar y me dibujaba la inmensa Cueva Fantasma en la cabeza. “Aquí tienes unas costillas y más allá parece un húmero”, explicaba Anai mientras el polvo se me metía en la piel y mi temor a pisar algo importante iba en aumento.

Yacimiento de la Gran Dolina, donde han aparecido 8 bifaces achelenses. @ROSA TRISTÁN

Después de pasar un buen rato en lo que fue una caverna hace decenas de miles de años, me ‘enganché’ a José María Bermúdez de Castro para que me llevara hasta la cercana Gran Dolina, donde entramos por su parte superior para bajar a la excavación por una de los laterales. También es una cueva sin techo, pero en este caso fue el equipo quien lo quitó hace décadas para poder descubrir lo que ocultaba.

La Gran Dolina desde arriba, con su infinidad de cuadrículas y las cabezas agachadas sobre ellas sacando restos del pasado, y al fondo la Trinchera del Ferrocarril, es una imagen fascinante. “Estamos en el final del nivel 10 y en contacto con el nivel 9 hemos encontrado ocho bifaces achelenses este año. De hecho, íbamos a bajar más rápido pensando que no había ya nada importante, pero al encontrar los bifaces hemos ralentizado el ritmo” , me contaba Bermúdez de Castro entre la incesante percusión de los martillos machacando grandes moles de piedra, la música permanente de Atapuerca. La arqueóloga Marina Mosquera, en una pausa entre golpe  y golpe me reconocía que están “encantados” de acabar de excavar este duro nivel 10: “Hemos quitado aquí toneladas de piedras y ya estamos pensando en lo que hay abajo; queremos acabar con la dinámica de tantos bloques de piedra”.

Unos cuantos niveles más abajo, se encuentra TD4, con restos fósiles y herramientas de casi un millón de años. Allí, como esperaba, se encontraban Jordi Rosell y María Martinón-Torres, junto con un equipo de excavadores  que se ha traído María del University College of London, donde da clase e investiga desde 2015. Este año en TD4 han sacado restos de hienas manchadas, de las que han encontrado un cráneo entero. “Esto es importante, porque nos confirma que hace un millón de años ya estaba esta especie en Europa, una prueba más de que comenzaba la modernidad”, me explicaba Rosell.

Seguí por la Trinchera hasta el yacimiento de La Galería para saludar a Isabel Cáceres y comprobar que ya han logrado unir toda la superficie del yacimiento, esa trampa o ‘supermercado’ como le gusta llamarle, que antes estaba dividido en dos partes por un bloque de piedra, y ahora parece mucho más grande. Toda una remodelación. Y como excavar en Atapuerca ‘engancha’, concentrada sobre una cuadrícula trabajaba Aurora Martín, directora del Museo de la Evolución Humana, dándole al cincel y al martillo. “Todos los años lo hago. Me desconecto de las tareas del museo. Y por cierto, vente por allí, que hay una excelente exposición nueva sobre las montañas”.

Ya apretaba el Sol de mediodía cuando abandoné la Trinchera, no sin antes visitar a Rosa Huguet y a Xose Pedro Rodríguez en la Sima del Elefante, conocer el socavón que han hecho enfrente del yacimiento-agujero en el que se encuentra la Sima y ser presentada a su mascota del día: un simpático ratoncillo de campo que había amanecido entre las cuadrículas. No hubo tiempo para acercarse hasta El Portalón, ni al Mirador para conocer de primera mano los nuevos cadáveres canibalizados que han encontrado este año, pero es que Atapuerca es demasiado grande para abarcarlo en un día.

Aurora Martín excavando en La Galería. @Rosa Tristán

Por la tarde, mientras sabía que los excavadores limpiaban, restauraban y clasificaban todo lo que han encontrado en la residencia Gil de Siloé, en el Museo de la Evolución me esperaba Aurora y la exposición ‘Montañas’, un excelente recorrido por lo que han supuesto las montañas para el arte, la ciencia, el misticismo y la exploración que ha contado con la colaboración del catedrático Eduardo Martínez de Pisón y que reúne 200 piezas, algunas realmente sorprendentes. Hasta mediados de diciembre se puede visitar, así que hay tiempo. Y como era un día de fortuna, dio la casualidad que Juan Luis Arsuaga estaba recorriendo en ese momento la muestra, que era el único codirector de Atapuerca al que no había visto en esa intensa jornada.

Él me dio la pista de un colofón de lujo para la jornada: un concierto audiovisual que tuvo lugar ese mismo día 22 en el Museo dedicado a Einstein con diferentes piezas de música clásica ‘ilustradas’ con obras audivisuales muy ‘especiales’, muchas del fotógrafo José Latova. Utilizando pigmentos en agua, con diferentes densidades y con técnicas previas a la digitalización, según me contó Latova, el artista había conseguido generar movimientos que recordaban a las imágenes de galaxias, supernovas y agujeros negros del telescopio Hubble.

Y así pasé de lo más terrenal a lo cósmico en tan unas horas. No se puede pedir más.